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Cuarta jornada


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NOVELA SEGUNDA

Fray Alberto convence a una mujer de que el arcángel Gabriel está enamorado de ella y, como si fuera él, muchas veces se acuesta con ella, luego, por miedo a los parientes de ella huyendo de su casa se refugia en casa de un hombre pobre, el cual, como a un hombre salvaje, al día siguiente a la plaza lo lleva; donde, reconocido, sus frailes le echan mano y lo encarcelan.
Había la historia por Fiameta contada hecho muchas veces saltar las lágrimas a sus compañeras, pero estando ya completa, el rey con inconmovible gesto dijo:

-Poco precio me parecería tener que dar mi vida por la mitad del deleite que con Guiscardo gozó a Ghismunda, y ninguna de vosotras debe maravillarse, como sea que yo, viviendo, a cada paso mil muertes siento, y por todas ellas no me es dada una sola partecilla de deleite. Pero dejando estar mis asuntos en sus términos por el momento, quiero que sobre duros casos, y en parte a mis accidentes semejantes, siga hablando Pampínea; la cual, si como ha comenzado Fiameta, continúa, sin duda algún rocío comenzaré a sentir caer sobre mis llamas.

Pampínea, oyendo que a ella le tocaba aquella orden, más por su emoción conoció el ánimo de sus compañeras que el del rey por sus palabras y por ello, más dispuesta a recrearlas un poco que a tener (salvo por el solo mandato) que contentar al rey, se dispuso a contar una historia que sin salir de lo propuesto, las hiciera reír, y comenzó:

Acostumbra el pueblo a decir el proverbio siguiente: «Quien es malvado y por bueno tenido, puede hacer el mal y no es creído»; el cual amplia materia para hablar sobre lo que me ha sido propuesto me presta, y aun para demostrar cuánta y cuál sea la hipocresía de los religiosos, los cuales con las ropas largas y amplias y con los rostros artificialmente pálidos y con las voces humildes y mansas para pedir a otros, y altanerísimos y ásperos al reprender a los otros sus mismos vicios y en mostrarles que ellos por coger y los demás por darles a ellos consiguen la salvación, y además de ello, no como hombres que el paraíso tengan que ganar como nosotros sino casi como señores y poseedores de él dando a cada uno que muere, según la cantidad de los dineros que les deja, un lugar más o menos excelente, con esto primero a sí mismos, si así lo creen, y luego a quienes a sus palabras dan fe se esfuerzan en engañar. Sobre los cuales, si cuanto les conviene me fuera permitido demostrar, pronto le aclararía a muchos simples lo que en sus capas anchísimas tienen escondido. Pero quisiera Dios que en todas sus mentiras a todos les sucediese lo que a un fraile menor, nada joven, sino de aquellos que por mayores santones eran tenidos en Venecia; sobre el cual sumamente me place hablar para tal vez aliviar un tanto con risa y con placer vuestros ánimos llenos de compasión por la muerte de Ghismunda.

Hubo, pues, valerosas señoras, en Imola, un hombre de malvada vida y corrupta que fue llamado Berto de la Massa, cuyas vituperables acciones muy conocidas por los imolenses, a tanto le llevaron que no ya la mentira sino la verdad no había en Imola quien le creyese; por lo que, apercibiéndose de que allí ya sus artimañas no le servían, como desesperado a Venecia, receptáculo de toda inmundicia , se mudó, y allí pensó encontrar otra manera para su mal obrar de lo que había hecho en otra parte. Y como si le remordiese la conciencia por las malvadas acciones cometidas por él en el pasado, mostrándose embargado por suma humildad y convertido en mejor católico que ningún otro hombre, fue y se hizo fraile menor y se hizo llamar fray Alberto de Imola; y en tal hábito comenzó a hacer en apariencia una vida sacrificada y a alabar mucho la penitencia y la abstinencia, y nunca comía carne ni bebía vino cuando no había el que le gustaba.

Y sin apercibirse casi nadie, de ladrón, de rufián, de falsario, de homicida, súbitamente se convirtió en un gran predicador sin haber por ello abandonado los susodichos vicios cuando ocultamente pudiera ponerlos en obra. Y además de ello, haciéndose sacerdote, siempre en el altar, cuando celebraba, si muchos lo veían, lloraba por la pasión del Señor como a quien poco le costaban las lágrimas cuando lo quería. Y en breve, entre sus predicaciones y sus lágrimas, supo de tal manera engatusar a los venecianos que casi de todo testamento que allí se hacía era fideicomisario y depositario, y guardador de los dineros de muchos, confesor y consejero casi de la mayoría de los hombres y de las mujeres; y obrando así, de lobo se había convertido en pastor, y era su fama de santidad en aquellas partes mucho mayor que nunca había sido la de San Francisco de Asís. Ahora, sucedió que una mujer joven, mema y boba que se llamaba doña Lisetta de en cá Quirini casada con un rico mercader que había ido con sus galeras a Flandes, fue con otras mujeres a confesarse con este santo fraile; y estando a sus pies, como veneciana que era, que son todos unos vanidosos, habiendo dicho una parte de sus asuntos, fue preguntada por fray Alberto si tenía algún amante. Y con mal gesto le respondió:

-Ah, señor fraile, ¿no tenéis ojos en la cara? ¿Os parecen mis encantos hechos como los de esas otras? Demasiados amantes tendría, si quisiera; pero no son mis encantos para dejar que los ame un tal o un cual ¿A cuántas veis cuyos encantos sean como los míos, yo que sería hermosa en el paraíso? Y además de esto dijo tantas cosas de esta hermosura suya que era un fastidio oírla. Fray Alberto conoció incontinenti que aquélla olía a necia, y pareciéndole tierra para su arado, de ella súbitamente y con desmesura se enamoró; pero guardando las alabanzas para momento más cómodo, para mostrarse santo aquella vez, comenzó a quererla reprender y a decirle que aquello era vanagloria, y otras de sus historias; por lo que la mujer le dijo que era un animal y que no sabía que había hermosuras mayores que otras, por lo que fray Alberto, no queriéndola enojar demasiado, terminada la confesión, la dejó irse con las demás. Y unos días después, tomando un fiel compañero, se fue a casa de doña Lisetta y, retirándose aparte a una sala con ella y sin poder ser visto por otros, se le arrodilló delante y dijo: -Señora, os ruego por Dios que me perdonéis de lo que el domingo, hablándome vos de vuestra hermosura, os dije, por lo que tan fieramente fui castigado la noche siguiente que no he podido levantarme de la cama hasta hoy.

Dijo entonces doña Trulla:

-¿Y quién os castigó así?

Dijo fray Alberto:

-Os lo diré: estando en oración durante la noche, como suelo estar siempre, vi súbitamente en mi celda un gran esplendor, y antes de que pudiera volverme para ver lo que era, me vi encima un joven hermosísimo con un grueso bastón en la mano, el cual, cogiéndome por la capa y haciéndome levantar, tanto me pegó que me quebrantó todo. Al cual pregunté después por qué me había hecho aquello, y respondió: «Porque hoy te has atrevido a reprender los celestiales encantos de doña Lisetta, a quien amo, Dios aparte, sobre todas las cosas». Y yo entonces pregunté: «¿Quién sois vos?». A lo que respondió él que era el arcángel Gabriel. «Oh, señor mío, os ruego que me perdonéis», dije yo. Y él dijo entonces: «Te perdono con la condición de que irás a verla en cuanto puedas, y pídele perdón; y si no te perdona, yo volveré aquí y te daré tantos que lo sentirás mientras vivas». Lo que me dijo después no me atrevo a decíroslo si no me perdonáis primero.

Doña Calabaza -de-viento, que era un sí es no es dulce de sal , se esponjaba oyendo estas palabras y todas las creía veracísimas, y luego de un poco dijo: -Bien os decía yo, fray Alberto, que mis encantos eran celestiales; pero así Dios me ayude, me da lástima de vos, y hasta ahora, para que no os hagan más daño, os perdono, si verdaderamente me decís lo que el ángel os dijo después.

Fray Alberto dijo:

-Señora, pues que me habéis perdonado, os lo diré de buen grado, pero una cosa os recuerdo, que lo que yo os diga os guardéis de decirlo a ninguna persona del mundo, si no queréis estropear vuestros asuntos, que sois la más afortunada mujer que hay hoy en el mundo. Este ángel Gabriel me dijo que os dijera que le gustáis tanto que muchas veces habría venido a estar por la noche con vos si no hubiera sido por no asustaros. Ahora, os manda decir por mí que quiere venir una noche a veros y quedarse con vos un buen rato; y porque como es un ángel y viniendo en forma de ángel no lo podríais tocar, dice que por deleite vuestro quiere venir en figura de hombre, y por ello dice que le mandéis decir cuándo queréis que venga y en forma de quién, y que lo hará; por lo que vos, más que ninguna mujer viva, os podréis tener por feliz.

Doña Bachillera dijo entonces que mucho le placía si el ángel Gabriel la amaba, porque ella lo quería bien, y nunca sucedía que una vela de un matapán no le encendiera delante de donde le viese pintado; y que cuando quisiera venir a ella era bien venido, que la encontraría sola en su alcoba; pero con el pacto de que no fuese a dejarla por la Virgen María, que le habían dicho que la quería mucho, y también lo parecía así porque en cualquier sitio que lo veía estaba arrodillado delante de ella; y además de esto, que era cosa suya venir en la forma que quisiese, siempre que no la asustara. Entonces dijo fray Alberto:

-Señora, habláis sabiamente, y yo arreglaré bien con él lo que me decís. Pero podéis hacerme un gran favor, y no os costará nada y el favor es éste: que queráis que venga en este cuerpo mío. Y escuchad por qué me haréis un favor: que me sacará el alma del cuerpo y la pondrá en el paraíso, y cuanto él esté con vos tanto estará mi alma en el paraíso.

Dijo entonces doña Poco-hila:

-Bien me parece; quiero que por los azotes que os dio por mi causa, que tengáis este consuelo. Entonces dijo fray Alberto:

-Así, haréis que esta noche encuentre él la puerta de vuestra casa de manera que pueda entrar, porque viniendo en cuerpo humano como vendrá, no podrá entrar sino por la puerta. La mujer repuso que lo haría. Fray Alberto se fue y ella se quedó con tan gran alborozo que no le llegaba la camisa al cuerpo, mil años pareciéndole hasta que el arcángel Gabriel viniera a verla. Fray Alberto, pensando que caballero y no ángel tenía que ser por la noche, con confites y otras buenas cosas empezó a fortalecerse, para que fácilmente no pudiera ser arrojado del caballo; y conseguido el permiso, con un compañero, al hacerse de noche, se fue a casa de una amiga suya de donde otra vez había arrancado cuando andaba corriendo las yeguas, y de allí, cuando le pareció oportuno, disfrazado, se fue a casa de la mujer y, entrando en ella, con los perifollos que había llevado, en ángel se transfiguró, y subiendo arriba, entró en la cámara de la mujer. La cual, cuando aquella cosa tan blanca vio, se le arrodilló delante, y el ángel la bendijo y la hizo ponerse en pie, y le hizo señal de que se fuese a la cama; lo que ella, deseosa de obedecer, hizo prestamente, y el ángel después con su devota se acostó. Era fray Alberto hermoso de cuerpo y robusto, y muy bien plantado; por la cual cosa, encontrándose con doña Lisetta, que era fresca y mórbida, distinto yacimiento haciéndole que el marido, muchas veces aquella noche voló sin alas, de lo que ella muy contenta se consideró; y además de ello, muchas cosas le dijo de la gloria celestial. Luego, acercándose el día, organizando el retorno, con sus arneses fuera se salió y volvióse a su compañero, al cual, para que no tuviese miedo durmiendo solo, la buena mujer de la casa había hecho amigable compañía. La mujer, en cuanto almorzó, tomando sus acompañantes, se fue a fray Alberto y le dio noticias del ángel Gabriel y de lo que le había contado de la gloria y la vida eterna, y cómo era él, añadiendo además a esto, maravillosas fábulas.

A la que fray Alberto dijo:

-Señora, yo no sé cómo os fue con él; lo que sé bien es que esta noche, viniendo él a mí y habiéndole yo dado vuestra embajada, me llevó súbitamente el alma entre tantas flores y tantas rosas que nunca se han visto tantas aquí, y me estuve en uno de los lugares más deleitosos que nunca hubo hasta esta mañana a maitines: lo que pasó de mi cuerpo, no lo sé.

-¿No os lo digo yo? -dijo la señora-. Vuestro cuerpo estuvo toda la noche en mis brazos con el ángel Gabriel, y si no me creéis miraos bajo la teta izquierda, donde le di un beso grandísimo al ángel, tal que allí tendréis la señal unos cuantos días.

Dijo entonces fray Alberto:

-Bien haré hoy algo que no he hecho hace mucho tiempo, que me desnudaré para ver si me decís verdad.

Y luego de mucho charlar, la mujer se volvió a casa; a donde en figura de ángel fray Alberto fue luego muchas veces sin encontrar ningún obstáculo. Pero sucedió un día que, estando doña Lisetta con una comadre suya y juntas hablando sobre la hermosura, para poner la suya delante de ninguna otra, como quien poca sal tenía en la calabaza, dijo:

-Si supierais a quién le gusta mi hermosura, en verdad que no hablaríais de las demás. La comadre, deseosa de oírla, como quien bien la conocía, dijo: -Señora, podréis decir verdad; pero sin embargo, no sabiendo quién sea él, no puede uno desdecirse tan ligeramente.

Entonces la mujer, que poco meollo tenía, dijo:

-Comadre, no puede decirse, pero con quien me entiendo es con el ángel Gabriel, que más que a sí mismo me ama como a la mujer más hermosa, por lo que él me dice, que haya en el mundo o en la marisma.

A la comadre le dieron entonces ganas de reírse, pero se contuvo para hacerla hablar más, y dijo: -A fe, señora, que si el ángel Gabriel se entiende con vos y os dice esto debe ser así, pero no creía yo que los ángeles hacían estas cosas.

Dijo la mujer:

-Comadre, estáis equivocada, por las llagas de Dios: lo hace mejor que mi marido, y me dice que también se hace allá arriba; pero porque le parezco más hermosa que ninguna de las que hay en el cielo se ha enamorado de mí y se viene a estar conmigo muchas veces; ¿está claro? La comadre, cuando se fue doña Lisetta, se le hicieron mil años hasta que estuvo en un lugar donde poder contar estas cosas; y reuniéndose en una fiesta con una gran compañía de mujeres, ordenadamente les contó la historia. Estas mujeres se lo dijeron a sus maridos y a otras mujeres, y éstas a otras, y así en menos de dos días toda Venecia estuvo llena de esto. Pero entre aquellos a cuyos oídos llegó, estaban los cuñados de ella, los cuales, sin decir nada, se propusieron encontrar aquel arcángel y ver si sabía volar: y muchas noches estuvieron apostados.

Sucedió que de este anuncio alguna noticieja llegó a oídos de fray Alberto; el cual, para reprender a la mujer yendo una noche, apenas se había desnudado cuando los cuñados de ella, que le habían visto venir, fueron a la puerta de su alcoba para abrirla. Lo que, oyendo fray Alberto, y entendiendo lo que era, levantándose y no viendo otro refugio, abrió una ventana que sobre el gran canal daba y desde allí se arrojó al agua. La hondura era bastante y él sabía bien nadar así que ningún daño se hizo; y nadando hasta la otra parte del canal, en una casa que abierta había se metió prestamente, rogando a un buen hombre que había dentro que por amor de Dios le salvase la vida, contando fábulas de por qué allí a aquella hora y desnudo estaba. El buen hombre, compadecido, corno tenía que salir a hacer sus asuntos, lo metió en su cama y le dijo que allí hasta su vuelta se estuviese; y encerrándolo dentro, se fue a sus cosas. Los cuñados de la mujer, entrando en la alcoba, se encontraron con que el ángel Gabriel, habiendo dejado allí las alas, había volado, por lo que, como escarnecidos, gravísimas injurias dijeron a la mujer, y por fin desconsoladísima la dejaron en paz y se volvieron a su casa con los arneses del arcángel. Entretanto, clareando el día, estando el buen hombre en Rialto, oyó contar cómo el ángel Gabriel había ido por la noche a acostarse con doña Lisetta, y, encontrado por los cuñados, se había arrojado al canal por miedo y no se sabía qué había sido de él; por lo que prestamente pensó que aquel que tenía en casa debía de ser él; y volviendo allí y reconociéndolo, luego de muchas historias, llegó con él al acuerdo de que si no quería que le entregase a los cuñados, le diese cincuenta ducados; y así se hizo. Y después de esto, deseando fray Alberto salir de allí, le dijo el buen hombre: -No hay modo ninguno, si uno no queréis. Hoy hacemos nosotros una fiesta a la que uno lleva a un hombre vestido de oso y otro a guisa de hombre salvaje y quién de una cosa y quién de otra, y en la plaza de San Marcos se hace una cacería , terminada la cual se termina la fiesta; y luego cada uno se va con quien ha llevado donde le guste; si queréis, antes de que pueda descubrirse que estáis aquí, que yo os lleve de alguna de estas maneras, os podré llevar donde queráis; de otro modo, no veo cómo podréis salir sin ser reconocido; y los cuñados de la señora, pensando que en algún lugar de aquí dentro estáis, han puesto por todas partes guardias para cogeros.

Aunque duro le pareciese a fray Alberto ir de tal guisa, a pesar de todo le indujo a hacerlo el miedo que tenía a los parientes de la mujer, y le dijo a aquél adónde debía llevarlo: y que de cómo le llevase se contentaba. Éste, habiéndole ya untado todo con miel y recubierto encima con pequeñas plumas, y habiéndole puesto una cadena al cuello y una máscara en la cara, y habiéndole dado para una mano un gran bastón y para la otra dos grandes perros que había llevado del matadero, mandó a uno a Rialto a que pregonase que si alguien quería ver al ángel Gabriel subiese a la plaza de San Marcos. Y fue lealtad veneciana ésta.

Y hecho esto, luego de un rato, lo sacó fuera y lo puso delante de él, y andando detrás sujetándolo por la cadena, no sin gran alboroto de muchos, que decían todos: «¿Qué es eso? ¿Qué es eso?», lo llevó hasta la plaza donde, entre los que habían venido detrás y también los que, al oír el pregón, se habían venido desde Rialto, había un sinfín de gente. Éste, llegado allí, en un lugar destacado y alto, ató a su hombre salvaje a una columna, fingiendo que esperaba la caza, al cual las moscas y los tábanos, porque estaba untado de miel, daban grandísima molestia.

Pero luego que de gente vio la plaza bien llena, haciendo como que quería desatar a su salvaje, le quitó la máscara a fray Alberto, diciendo:

-Señores, pues que el jabalí no viene a la caza, y no puede hacerse, para que no hayáis venido en vano quiero que veáis al arcángel Gabriel, que del cielo desciende a la tierra por las noches para consolar a las mujeres venecianas.

Al quitarle la máscara fue fray Alberto incontinenti reconocido por todos y contra él se elevaron los gritos de todos, diciéndole las más injuriosas palabras y la mayor infamia que nunca se dijo a ningún bribón, y, además de esto, arrojándole a la cara quién una porquería y quién otra; y así le tuvieron durante muchísimo tiempo, hasta tanto que por acaso llegando la noticia a sus frailes, hasta seis de ellos poniéndose en camino llegaron allí, y, echándole una capa encima y desencadenándolo, no sin grandísimo alboroto detrás hasta su casa lo llevaron, donde encarcelándolo, después de vivir míseramente se cree que murió. Así éste, tenido por bueno y obrando el mal, no siendo creído, se atrevió a hacer de arcángel Gabriel; y de él convertido en hombre salvaje, con el tiempo, como lo había merecido, vituperado, sin provecho lloró los pecados cometidos. Plazca a Dios que a todos los demás les suceda lo mismo.

 

NOVELA TERCERA



Tres jóvenes aman a tres hermanas y con ellas se fugan a Creta, la mayor, por celos, mata a su amante, la segunda, entregándose al duque de Creta, salva de la muerte a la primera, cuyo amante la mata y con la primera huye, es culpado de ello el tercer amante con la tercera hermana y, presos, lo confiesan y por temor a morir corrompen con dinero a la guardia, y, pobres, huyen a Rodas y en la pobreza allí mueren .

Filostrato, oído el final del novelar de Pampínea, se quedó un poco ensimismado y luego dijo volviéndose a ella:

-Algo bueno y que me agradó hubo al final de vuestra novela, pero demasiada diversión hubo antes que habría querido que no hubiese.

Luego, volviéndose a Laureta, dijo:

-Señora, seguid vos con una mejor, si es que puede ser.

Laureta, riendo, dijo:

-Demasiado cruel estáis contra los amantes, si sólo un mal fin les deseáis; y por obedeceros os contaré una sobre tres que igualmente mal terminaron habiendo gozado poco de su amor. Y dicho esto, comenzó:

Jóvenes señoras, como claramente podéis conocer, todos los vicios pueden volverse, con grandísimo dolor, contra quien los tiene y muchas veces contra otros; y entre los que con más flojas riendas a nuestros peligros nos lleva, me parece que la ira sea el que más; la cual no es otra cosa que un movimiento súbito y desconsiderado, movido por los sentidos dolores; el cual, desterrada toda razón y teniendo los ojos de la mente ofuscados por tinieblas, con ardentísimo furor enciende nuestro ánimo. Y aunque con frecuencia le sobreviene al hombre, y más a unos que a otros, no menos ha sobrevenido (y con mayores daños) a las mujeres, porque más fácilmente se enciende en ellas y allí arde con llama más clara y con menor freno las agita.

Y no hay que maravillarse de ello: porque si queremos mirar, veremos que su fuego por su naturaleza antes prende en las cosas ligeras y suaves que en las duras y más pesadas; y nosotras somos (no lo tengan a mal los hombres) más delicadas que lo son ellos, y mucho más volubles. Por lo cual, viéndonos naturalmente a esto proclives, y mirando después cómo nuestra mansedumbre y benignidad son gran reposo y placer a los hombres con quien acostumbramos a tratar, y cómo la ira y el furor son de gran angustia y peligro, para que de ella con más fuerte pecho nos guardemos, el amor de tres jóvenes y de otras tantas señoras, como dije antes, convertido de feliz que era en infelicísimo por la ira de una de ellas, entiendo mostraros con mi historia.

Marsella es, como sabéis, en Provenza, una nobilísima y antigua ciudad, situada junto al mar, y ha sido antes en hombres ricos y en grandes mercaderes más copiosa de lo que hoy se ve; entre los que hubo uno llamado N'Arnald Civada , hombre de nacimiento ínfimo pero de claro honor y leal mercader, sin medida rico en posesiones y en dineros, el cual de su mujer tenía muchos hijos entre los cuales tres eran mujeres, y eran de edad mayores que los otros que eran varones. De las cuales, dos, nacidas de un parto, tenían quince años de edad, la tercera tenía catorce; y nada esperaban sus parientes para casarlas sino la vuelta de N'Arnald, que con su mercancía se había ido a España. Eran los nombres de las dos primeras, el de la una Ninetta, y de la otra Maddalena; la tercera se llamaba Bertella. De Ninetta estaba un joven, gentilhombre aunque fuese pobre, llamado Restagnone, enamorado cuanto más podía, y la joven de él; y de tal modo habían sabido obrar que, sin que ninguna persona en el mundo lo supiese, gozaban de su amor; y ya buen espacio gozado habían cuando sucedió que dos jóvenes amigos, de los cuales uno se llamaba Folco y el otro Ughetto, muertos sus padres y habiendo quedado riquísimos, el uno de Maddalena y el otro de Bertella se enamoraron. De lo cual percatándose Restagnone (habiéndole sido por Ninetta mostrado) pensó en poder ayudarse en sus carencias con el amor de éstos; y familiarizándose con su trato, ahora a uno ahora al otro, y a veces a los dos, les acompañaba a ver sus señoras y la de él.

Y cuando lo bastante familiar y amigo suyo le pareció ser, un día a su casa llamándoles les dijo: -Carísimos jóvenes, nuestro trato os puede haber demostrado cuánto es el amor que os tengo y que por vosotros pondría en obra lo que por mí mismo pondría; y porque mucho os amo, lo que se me ha venido al ánimo entiendo mostraros, y vosotros luego conmigo, juntos, tomaremos el partido que os parezca mejor. Vosotros, si vuestras palabras no mienten, y por lo que en vuestros actos de día y de noche me parece haber comprendido, en grandísimo amor por las dos jóvenes que amáis ardéis, y yo por la tercera, su hermana; al cual ardor, si queréis concedérmelo, me pide el corazón hallar un muy dulce y placentero remedio como es éste: vosotros sois riquísimos, lo que no soy yo; si quisierais juntar vuestras riquezas y hacerme a mí tercer poseedor de ellas junto con vosotros y deliberar a qué parte del mundo podríamos ir a vivir alegremente con ellas, sin falta me dice el corazón que podré hacer que las tres hermanas, con gran parte de lo que tiene su padre, con nosotros a donde queramos ir vengan, y allí cada uno con la suya a guisa de hermanos vivir podremos como los hombres más felices que hay en el mundo. A vosotros os toca ahora decidir si queréis haceros felices con esto, o dejarlo.

Los dos jóvenes, que sobremanera ardían, al oír que a las dos jóvenes tendrían, no pasaron mucho trabajo deliberando sino que dijeron que, si esto sucedía, estaban dispuestos a hacerlo. Restagnone, con esta respuesta de los jóvenes, de allí a pocos días se encontró con Ninetta, a la que no sin gran dificultad ver podía; y luego de que un tanto con ella hubo estado, lo que había hablado con los jóvenes le explicó, y con muchas razones se ingenió en que esta empresa le agradase. Pero poco difícil le fue porque ella mucho mas que él deseaba poder estar con él sin sobresalto; por lo que de buena gana le contestó que le placía y que sus hermanas, y máximamente en esto, harían lo que ella quisiese; le dijo que todas las cosas necesarias para ello lo antes que pudiera preparase.



Volviendo Restagnone a los dos jóvenes, que mucho sobre lo que les había dicho le preguntaban, les dijo que por parte de sus señoras el asunto estaba decidido; y entre ellos deliberaron irse a Creta después de vender algunas posesiones que tenían, bajo título de querer ir a comerciar con los dineros, y trocadas en dineros todas las demás cosas que tenían, compraron una saetía y la armaron secretamente con gran ventaja, y esperaron el término puesto.

Por otra parte, Ninetta, que del deseo de las hermanas demasiado sabía, con dulces palabras en tanto afán de hacer aquello las inflamó que les parecía que no iban a vivir lo suficiente para llegar a ello. Por lo que, venida la noche en que debían subir a la saetía, las tres hermanas, abierto un gran cofre de su padre, de él grandísima cantidad de dineros y de joyas sacaron, y con ellas, de casa las tres ocultamente saliendo, según lo planeado, allí a sus tres amantes que las esperaban encontraron; con los cuales sin ninguna demora a la saetía subidas, dieron los reinos al agua y se fueron, y sin detenerse un punto en ningún lugar, a la tarde siguiente llegaron a Génova, donde los noveles amantes gozo y placer por primera vez tomaron de su amor. Y proveyéndose de aquello que necesitaban se fueron, y de un puerto en otro, antes de que llegase el día octavo, sin ningún impedimento llegaron a Creta, donde grandísimas y hermosas posesiones compraron, en las cuales, asaz cerca de Candia construyeron hermosísimas y deleitables mansiones; y allí con muchos sirvientes, con perros y con aves de presa y con caballos en convites y en fiestas y en placeres con sus mujeres lo más contentos del mundo a guisa de barones comenzaron a vivir. Y viviendo de tal manera, sucedió (así como vemos suceder todos los días) que aunque las cosas mucho gusten, si se tienen en cantidad excesiva cansan, que a Restagnone, el cual mucho amado había a Ninetta, pudiéndola sin ningún temor tener a todo su placer, comenzó a cansarle, y por consiguiente, a fallarle el amor hacia ella. Y habiéndole en una fiesta sumamente agradado una joven del país, hermosa y noble señora, y cortejándola con toda asiduidad, comenzó a hacer por ella maravillosos gastos y fiestas, de lo que percatándose Ninetta, le entraron tantos celos de él que no podía dar un paso sin que ella lo supiera y sin que luego con palabras y con reproches a él y a ella no se atribulase. Pero así como la abundancia de las cosas engendra el fastidio, así multiplica el apetito el ser negadas las que se desean: y así los reproches de Ninetta acrecentaban las llamas del nuevo amor de Restagnone; y como con el paso del tiempo aconteciese o que Restagnone la intimidad de la mujer amada tuviese o que no, Ninetta, quienquiera que se lo dijese, lo tuvo por cierto, con lo que cayó en tanta tristeza, y de ella en tanta ira y subsiguientemente a tanto furor pasó que, convertido el amor que a Restagnone tenía en amargo odio, cegada por la ira, pensó con la muerte de Restagnone vengar la vergüenza que le parecía haber recibido. Y hecha venir a una vieja griega, gran maestra en componer venenos, con promesas y con dones la condujo a hacer un agua mortífera, la que ella, sin aconsejarse con nadie, una noche a Restagnone acalorado y que aquello no temía le dio a beber. El poder de aquello fue tal que antes de que llegase la mañana lo había matado; cuya muerte, sintiendo Folco y Ughetto y sus mujeres, sin saber que de veneno hubiese muerto, junto con Ninetta amargamente lloraron y honradamente lo hicieron sepultar. Pero sucedió no muchos días después que, por otra malvada acción, fue apresada la vieja que a Ninetta el agua envenenada le había preparado, la cual, entre sus otras maldades, al darle tortura, confesó ésta, claramente mostrando lo que por ello había sucedido; por lo que el duque de Creta, sin nada decir, ocultamente una noche fue a los alrededores de la villa de Folco, y sin alboroto ni oposición ninguna, se llevó presa a Ninetta, de la cual, sin ninguna tortura, prestísimamente lo que oír quería obtuvo sobre la muerte de Restagnone.

Folco y Ughetto ocultamente le habían oído al duque, y a sus mujeres, por qué había sido apresada Ninetta; lo que mucho les dolió, y todo trabajo ponían en hacer que Ninetta escapase al fuego, al que creían que sería condenada, como quien muy bien merecido lo tenía, porque el duque firme estaba en querer hacer justicia. Maddalena, que hermosa joven era y largamente había sido cortejada por el duque sin nunca haber querido hacer nada que él desease, imaginando que si le daba gusto podría librar a la hermana del fuego, por un cauto embajador se lo dio a entender, que ella estaba por completo a sus órdenes si dos cosas se siguiesen de ello; la primera, que recuperase a su hermana salva y libre; la otra, que esto fuese cosa secreta. El duque, oída la embajada y agradándole, largamente consideró si debía hacerlo y al final estuvo de acuerdo y repuso que estaba pronto. Haciendo, pues, con consentimiento de la señora (como si de ellos quisiera informarse del asunto) detener una noche a Folco y a Ughetto, fue secretamente a albergarse con Maddalena; y fingiendo primero haber puesto a Ninetta dentro de un saco y deber aquella noche misma arrojar al mar con una piedra atada al cuello, con él se la llevó a su hermana y por precio de aquella noche se la dio, rogándole al irse por la mañana que aquella noche, que había sido la primera de su amor, no fuese la última, y además de esto le ordenó que de allí hiciese partir a la mujer culpable para que no le fuese reprochado aquello y no tuviese que empezar de nuevo a maltratarla. A la mañana siguiente, Folco y Ughetto, habiendo oído que Ninetta por la noche había sido arrojada al mar, y creyéndolo, fueron liberados; y a su casa para consolar a sus mujeres de la muerte de la hermana retornados, por mucho que Maddalena se ingeniase en esconderla mucho, Folco se dio cuenta de que estaba allí; de lo que se maravilló mucho y súbitamente sospechó, habiendo ya oído que el duque había cortejado a Maddalena, y le preguntó cómo podía ser que Ninetta estuviese aquí. Maddalena urdió una larga fábula para querérselo explicar, poco por él (que era malicioso) creída, y a decir la verdad la constriñó; y ella, luego de muchas palabras, se la dijo.

Folco, vencido por el dolor y montando en ira, desenvainada una espada, a ella que en vano le pedía merced, la mató; y temiendo la ira y la justicia del duque, dejándola muerta en la alcoba, se fue donde Ninetta estaba, y con rostro infinitamente alegre, le dijo: -Vamos pronto allí donde tu hermana ha determinado que te lleve para que no vuelvas a manos del duque.

La cual cosa creyendo Ninetta, y como temerosa, deseando irse, con Folco, sin otra despedida buscar de su hermana, siendo ya de noche, se puso en camino, y con aquellos dineros a que Folco pudo echar mano, que fueron pocos; y yéndose al puerto, subieron a una barca y nunca más se supo dónde llegaron. Venido el día siguiente y siendo Maddalena hallada muerta, hubo algunos que por envidia y odio que tenían a Ughetto, rápidamente al duque se lo hicieron saber, por la cual cosa el duque, que mucho amaba a Maddalena, corriendo fogosamente a la casa, a Ughetto apresó y a su mujer, que de estas cosas todavía nada sabían, esto es de la partida de Folco y Ninetta, los constriñó a confesar que ellos juntos con Folco habían sido culpables de la muerte de Maddalena. Por cuya confesión ellos, fundadamente temiendo la muerte, con gran habilidad a quienes los guardaban corrompieron, dándoles una cierta cantidad de dineros que en su casa escondidos para los casos necesarios guardaban: y junto con los guardias, sin tener espacio de poder coger ninguna de sus cosas, montándose en una barca, de noche se escaparon a Rodas, donde en pobreza y miseria vivieron no mucho tiempo. Pues a semejante partido el loco amor de Restagnone y la ira de Ninetta les condujeron a ellos y a los demás.

 

 

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