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Cuando se tiene algo que decir se lo dice en cualquier parte


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El grupo de Boedo. Orígenes de una literatura militante

por Lucas Peralta y Leonardo Candiano
Nos resulta un tanto problemático el inicio de un breve artículo respecto del movimiento boedista. Tres años de investigación sobre el mismo y un libro publicado nos llevan inevitablemente a extendernos, quizás, más de la cuenta, y a dudar sobre qué ejes se deberían privilegiar para lograr transmitir la experiencia cultural de este Grupo de la forma más acotada y fidedigna posible ¿Qué decir de Boedo cuando todo lo dicho hasta ahora por la crítica literaria se puebla de errores, omisiones o distorsiones deliberadas? ¿Cómo hablar de un grupo literario olvidado aunque para nada olvidable? ¿Cómo comunicar claramente y en pocas líneas lo que fue y su importancia dentro de la cultura argentina cuando ya prácticamente nadie lo edita y, por lo tanto, pocos lo leen?
Quizás lo primero que haya que plantear para entrar en tema es que la práctica estética desarrollada por el Grupo de Boedo durante la década del veinte debe ser considerada como una de las experiencias culturales más relevantes de la izquierda argentina, y esto debido a múltiples factores; en primer lugar por su carácter fundacional, pues nunca antes en la historia de nuestro país había existido un movimiento desde el cual sus integrantes pretendiesen participar en el seno de la lucha de clases a través de sus propias especificidades artísticas. En segundo término, su importancia radicó también en la notable recepción que tuvieron sus obras en su tiempo, lo que convirtió a este Grupo en un espacio de referencia para amplios sectores de la población. En tercer lugar, por el hecho de que fue uno de los actores fundamentales de la renovación estética argentina de ese entonces, que fijó para siempre lo urbano como escenario literario. Cuarto, porque a sus integrantes se les debe la constitución del primer teatro independiente de la República Argentina, el Teatro Libre, en 1927. Y quinto, por haber formado parte activa del crecimiento y consolidación de uno de los proyectos editoriales más significativos que tuvo el país, el de Claridad, que con sus ediciones de magnitudes inéditas y a precios populares logró una expansión sin precedentes desde los humildes barrios del sur porteño hacia toda Sudamérica.
Por todo esto, más allá de la discusión sobre la vigencia o caducidad de los textos particulares producidos por el Grupo de Boedo, su actividad marcó un verdadero hito y su estudio resulta imprescindible para analizar el desarrollo de la cultura nacional.

Yendo a los datos fácticos, el Grupo de Boedo fue un movimiento de artistas revolucionarios que desarrolló su praxis estética entre 1924 y mediados de 1927 a través de tres publicaciones: Extrema Izquierda, Los Pensadores y Claridad. Sus autores más representativos fueron los narradores Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta y Roberto Mariani, el editor Antonio Zamora, los poetas Álvaro Yunque y César Tiempo, y los dibujantes Abraham Vigo, Facio Hebecquer y José Arato. Junto a ellos, una numerosa y variada cantidad de colaboradores le dieron forma e identidad a este proyecto que además de la publicación de las revistas mencionadas editó la colección de libros “Los Nuevos” con el objetivo de apuntalar a los escritores jóvenes comprometidos socialmente.


Este Grupo se asentó manifiestamente en una larga práctica social, cultural e ideológica que nació en la Argentina de finales del siglo XIX y se desplegó fuertemente en las primeras décadas del siglo XX. Se afirma en dos tradiciones que, aunque interrelacionadas, tienen desarrollos y particularidades propias: una es la lucha obrera bajo dirección anarquista y socialista; la otra es de carácter literario. Ésta última, a su vez, se vincula por un lado con la primera a través de los textos de Payró, Ghiraldo y Barret, autores representativos del socialismo y el anarquismo, y por el otro es producto de la necesidad de nuevas representaciones estéticas a causa del crecimiento urbano y de la influencia de la tradición literaria europea, fundamentalmente, la rusa.
Los años en los que se desempeña la actividad del Grupo de Boedo coinciden en nuestro país con la presidencia radical de Alvear, representante de la oligarquía argentina que durante su mandato estrechó vínculos con sectores conservadores tanto nacionales como extranjeros. En el plano internacional fueron los tiempos en que se profundizó la batalla Revolución/Contrarrevolución. El triunfo de la URSS generó la simpatía de amplios y heterogéneos sectores de masas y el temor de las clases dirigentes que veían amenazados sus intereses. El progreso del fascismo en Italia, de Primo de Rivera en España y del nazismo en Alemania eran claros signos de la respuesta de la reacción mundial contra el avance del socialismo internacionalista.
En este contexto, donde el mundo se desangraba en continuas luchas por imponer diversos sistemas políticos-económicos; ya sean comunistas, fascistas o liberales, los autores de Boedo no sólo tomaron partido por una de estas tendencias, sino que, más bien, se organizaron activamente dentro de las filas del bando proletario. Los hubo anarquistas, los hubo comunistas, los hubo indecisos entre ambas posturas, y hasta socialistas y cristianos, pero siempre como representantes de las capas más bajas del pueblo y en pos de su liberación cultural, política y económica.
El Grupo de Boedo desarrolló una literatura militante de estilo realista(1) con un sentido pedagógico mediante la cual se consideró el propio accionar cultural como una forma de participación política. Esta manera de entender el hecho artístico se relacionó estrechamente con una visión determinada sobre el arte y un rol específico asignado al escritor dentro de la sociedad.
El arte para los miembros de Boedo tenía un poder cognoscitivo que podía llegar a colaborar en la educación del pueblo. Escritor, literatura y público formaban así “una unidad inescindible”(2), al igual que el texto y su contexto de producción. La función del escritor, desde esta perspectiva y en ese momento histórico determinado por la profundización de la lucha de clases a escala mundial, era la de decir la verdad ordenando el caos moderno a través de un mundo de ficción que develase las reales condiciones de existencia y desenmascarase, de esta manera, las relaciones sociales capitalistas basadas en la desigualdad y la explotación.
Esta obligación de ser verídico trascendía al propio hecho estético y llevaba a la función política del escritor. Como postuló Bertolt Brecht durante los mismos años veinte: “Hay que decir la verdad por las consecuencias que se desprenden de ella en cuanto a la conducta a seguir”.(3)Dicha posición bien puede adaptarse al pensamiento boedista de ese momento, de la misma forma que la necesidad de dirigirse a un destinatario determinado:
Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, hemos de decir que existe la manera de hacerlas desaparecer, esto es, eliminando las condiciones de propiedad. Hemos de decirla, además, a aquellos que más sufren bajo estas condiciones, que tienen el máximo interés en su reforma, a los trabajadores, y a aquellos que podemos presentar como aliados suyos.(4)
Para el Grupo de Boedo burguesía y proletariado se enfrentan indefectiblemente en todas las esferas donde se encuentren, tanto en las calles como en la visión de la economía, la representación política y la práctica artística. En una sociedad dominada por la clase burguesa, luchar por la creación y el desarrollo de una cultura y un arte proletarios resulta para ellos una necesidad ineludible. La búsqueda será, entonces, la de la construcción de una práctica ideológica que aúne a los trabajadores y los identifique como clase social dominada y en conflicto con su clase antagónica.
Bajo esta mirada es que podría hablarse de la existencia de una literatura burguesa, o que responde desde la especificidad artística a la clase dominante y a su cosmovisión de mundo (y por lo tanto, a su mirada estética), y de una literatura proletaria que la combate; una literatura que se basa en el ocultamiento de las relaciones sociales y otra que las pone en evidencia de la forma más cruda posible utilizando todos los recursos ficcionales para ese fin. En resumen, el escritor no solo tendría para Boedo una función particular –decir la verdad-, sino también un lugar específico en la lucha de clases: Es el espacio artístico su arena política, desde donde puede defender los intereses hegemónicos o enfrentarse a ellos. El proletariado y la burguesía combaten a nivel ideológico en el arte y el escritor, con su práctica escrituraria, se establece de un lado o del otro. Le corresponde en tanto escritor y sólo por ello la pelea clasista en la literatura, la cual necesariamente debe vincularse en forma dialéctica con las demás facetas del todo social del cual forma parte.
Como ya expresamos, Boedo se posiciona manifiestamente en el campo de los trabajadores. Por lo tanto, busca construir una literatura proletaria que, en el marco del capitalismo, debía lograr quitarle a los sectores populares el velo impuesto delante de sus ojos por la clase dirigente. Ante la crítica de artistas y teóricos que intentaban separar el arte de la política y de los problemas urgentes y cotidianos de las masas, Castelnuovo, líder máximo del movimiento, responde:
Se nos dirá: y todo esto ¿qué tiene que ver con el arte?
Todo esto y todo lo demás tiene que ver con todo y con el arte también. El error del arte y de los artistas es creer que el arte sólo tiene que ver con el arte, como si estuviese desvinculado de la vida y de la sociedad, o como si fuese una actividad errabunda y peregrina que no tuviera nada en común con las demás actividades de la especie humana. Solamente estudiando cuanto rodea al arte, el panorama total donde se desarrolla, la sociedad que lo produce, la economía que lo alimenta, el clima que lo entona y la herramienta que lo ejecuta, solamente así podremos algún día aproximarnos a la comprensión y solución del problema.(5)
Este debate antecede para los miembros de Boedo a toda discusión formal o interna referente al hecho artístico, pues según la posición que aquí se tome se sostendrán posturas antagónicas a la hora de producirlo.
Dentro de este marco teórico las obras ficcionales boedistas se destacan, ante todo, por sus descripciones minuciosas, la preponderancia de un ambiente urbano y marginal, la utilización de protagonistas obreros o excluidos por el sistema capitalista que sufren maltratos constantes, la explotación laboral, la maquinización del hombre producto del mundo moderno y la deformación de los cuerpos por causa del trabajo. Estas situaciones se desarrollan bajo un tono pesimista marcado por la desilusión, el lugubrismo y los finales desesperanzadores propios de una literatura sin utopías; todo esto mediado por el uso de recursos narrativos como la exageración y la ironía, un lenguaje popular, llano y paratáctico, con poca utilización de metáforas, el coloquialismo, la adjetivación descriptiva, el tono testimonial y la aparición constante del discurso religioso.
Estas producciones estéticas se legitiman en cada autor a través de sus propias experiencias vitales, que se convierten en condición necesaria y valor primario para la escritura. Ellos podían escribir lo que escribían porque habían vivido y sufrido situaciones semejantes. No escribían para los obreros sino que eran parte del proletariado.
La denuncia social es la característica más saliente del corpus de obras boedistas. A diferencia de algunas producciones estéticas de izquierda, la propaganda revolucionaria casi no tiene espacio en estos textos. No se trata de poner énfasis en las esperanzas que otorga la posible llegada de un mundo socialista, sino de un ataque a los modos de vida del capitalismo desde una visión clasista que pretendió abarcar las situaciones de trabajo desde todo escenario posible; desde el campo a la ciudad, desde una oficina a la calle.
El trabajo, justamente, rige los textos del Grupo prácticamente en todos sus planos multiplicándose por los distintos niveles de los textos. Impera en el plano del narrador y en el de la representación de los personajes, ya que generalmente quienes narran y quienes protagonizan los cuentos boedistas son obreros o seres desclasados. Estructura además el plano de las acciones, ya que la mayoría de los relatos tienen preponderancia de escenas laborales o situaciones de injusticia social. Esto se relaciona también con el plano de la representación del espacio, pues en general serán las fábricas, las oficinas, el puerto, la calle y los suburbios los lugares donde transcurran las acciones que desarrollan los personajes. Como no podía ser de otra manera, esta noción recorre el plano estilístico, a través de la ya mencionada escritura simple, y el plano ideológico, con una visión en la que el trabajo tiene como consecuencia la alienación que lleva al embrutecimiento del hombre, quitándole de esta forma todo lo que podría llegar a ser y asimilándolo a la categoría de bestia.
Sus características literarias y posiciones teóricas respecto del arte y la cultura hicieron de Boedo un grupo homogéneo dentro del cual cada autor buscó con diferente éxito su propio estilo. Más allá de que hayan respondido ideológicamente al anarquismo, al comunismo, al socialismo o a cualquier otra corriente, sus postulados y sus prácticas respecto del hecho artístico permiten hablar de una línea estética definida y de un Grupo uniforme.
Contra el arte consolatorio y pasatista que había ganado terreno entonces, contra el arte que se iba volviendo “el opio de los pueblos”, Boedo reaccionó alzando su voz con una literatura del desconsuelo, de la opresión, con un arte-arma en pos de la transformación social. Lo importante para ellos no era cambiar la literatura sino el todo social del cual el arte era sólo una faceta. Contra el arte desinteresado, contra el arte por el arte, Boedo levantó las banderas de una militancia cultural revolucionaria. Contra la torre de marfil, la calle; contra el arte para minorías, el arte por y para el pueblo. En lugar de utilizar un lenguaje que no usaba nadie para nada, Boedo eligió el lenguaje que usaban todos para todo. Surgió como un Grupo organizado alrededor de una concepción utilitaria del arte que priorizó la realidad material de los desposeídos por sobre todo artificio. A la par de esta visión artística, sumó la imagen de otro mundo, el del trabajo. Si bien no todos sus miembros provenían de la clase obrera, sí eran ajenos y refractarios a la elite cultural de la época, y más allá de su origen socioeconómico, todos creían en el poder revolucionario del proletariado y en su capacidad intelectual. Boedo propone a la clase obrera como aquella que debe realizar su propia cultura, así como debe llevar a cabo su propia revolución. No sólo la incluye, por lo tanto, dentro del hecho artístico, sino también como productora del mismo, un lugar que hasta entonces le era negado.
Lucas Peralta y Leonardo Candiano
NOTAS

(1) Entendemos aquí el realismo no sólo como una estética determinada, sino también en el sentido que le otorga Bertolt Brecht a este término: “Realista significa: Aquello que descubre el complejo causal social / desenmascara los puntos de vista dominantes como puntos de vista de los que dominan / escribe desde el punto de vista de la clase que dispone de las más amplias soluciones para las dificultades más apremiantes en que se halla la sociedad humana / acentúa el momento del desarrollo / posibilita lo concreto y la abstracción.” En Sobre el compromiso en literatura y arte, Península, Barcelona, 1973. p. 237-238.

(2) Montaldo, Graciela, Historia Social de la literatura argentina (Dir. David Viñas), Irigoyen, entre Borges y Arlt (1916-1930), Contrapunto, Buenos Aires, 1989. p. 374.

(3) Brecht, Bertolt, Sobre el compromiso en literatura y arte, Op. Cit. p. 161

(4) Ibid p. 171. No pretendimos con estas comparaciones, ni estamos en condiciones de hacerlo, esbozar siquiera la hipótesis de la existencia de algún tipo de relación real entre el grupo de Brecht y Boedo. Nuestra intención fue remarcar la presencia expresa de una confluencia de los aspectos destacados que a nuestro entender manifiestan la profunda necesidad existente en el campo cultural de la época por renovar en forma radical la práctica artística desde una visión revolucionaria.

(5) Castelnuovo, Elías, El Arte y las masas, Claridad, Buenos Aires, 1935. p. 22.



Paul Laffargue

Bosta de trabajo

por Damián Galateo
Basados en El derecho a la pereza, escrito por Paul Larfague, se encamina un nuevo panorama dentro de la relación entre literatura, trabajo y sociedad. En el siguiente texto conviven desde Carson McCullers hasta León Trotsky, pasando por Paul Steinberg, W.H.Auden y Eduardo Sartelli.

La mayoría de las personas cuando escucha hablar del derecho a la pereza se ríe socarronamente o, en el mejor de los casos, hace una mueca picarona. El gesto es casi siempre cercano a la cara de un niño, que en un descuido de su madre le mira la bombacha por debajo de la pollera. Mitad prohibición, mitad deseo. Bueno señores, hay algo que decir: el trabajo es sin duda la bombacha blanca de nuestra vieja. Es la tela que oculta el lugar desde donde la mujer y el hombre han nacido, La pereza.

En 1880, hace ya 128 años y algunos meses, Paul Lafargue escribió El derecho a la pereza(1), y estoy casi convencido de que la cara que puso su cuñado fue la de un niño picarón. El cuñado de Lafargue era Marx. No voy ahondar en la reacción de Carlos Marx ante el texto del esposo de su hija. Lo poco que he leído al respecto no me ha dejado nada demasiado claro. Lafargue fue discípulo laborioso de Marx y compañía. Pero obviamente el texto no tiene una difusión como la de El capital, ni tiene un espacio en la educación de los ciudadanos. De hecho, aunque provengo de una familia muy política, lo desconocía. Recién cuando me topé con un compañero de estudio, Tomás Salatino, conocí el escrito de Lafargue, y ya se sabe, lo que está oculto hay que aclararlo.

Para empezar, saco desde el medio: “En lugar de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los productos y un hartazgo general, los obreros, muriéndose de hambre, van a dar cabezazos contra la puerta del taller. Demacrados, enflaquecidos, asedian a los fabricantes con discursos piadosos: `¡Buen M. Chagot, dulce M.Schneider, dadnos trabajo, no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!´ Y esos miserables que apenas tienen fuerzas para mantenerse en pie, venden doce o catorce horas de trabajo dos veces más barato que cuando tenían con qué parar la olla. Y los filántropos de la industria aprovechan la desocupación para fabricar con mano de obra más barata.”(2)



Así Lafargue, pero antes de seguir, entendamos que ni la mujer, ni el hombre han venido al mundo para trabajar. Dejemos ese discurso programado para maestras de grado y periodistas deportivos. Somos una locomotora. Estamos echando humo, necesita más combustible. Arrojad dos o tres obreros al fuego, tenemos que acelerar el paso. ¿Acaso somos culpables por querer que nuestro tren avance ligero?
Sí al pastrón, no al patrón. Definición.
El trabajo es la venta del tiempo. Del tiempo real, corporal y psicológico. Para el ser humano el tiempo es único, irrepetible y evaporable, el segundero es la muerte. En lo psicológico o mental, porque uno trabaja con la mente, nuestra labor indudablemente interfiere en lo cotidiano, tanto en planificación como en acción. Ni que hablar del gasto emocional, y en el peor de los casos alimenticio, cuando se tiene la bendición del trabajo. Por último, y a lo mejor el más innegable de los causantes de nuestra pena, es el del plano corporal. Hombres y mujeres se deforman, se enferman, se mutilan, se adaptan, se permutan, se prestan, se homogenizan, se achican, se achicharran, y no por causa del tiempo como aniquilador natural del cuerpo sino por pura y exclusiva voluntad del trabajo.
¿Se es culpable por trabajar?
La realidad humana es insoportable y lo más triste es que el hombre y la mujer lo han querido así. No es verdad. Hay una hecho innegable, uno no elige nacer, nace. Nace pobre o nace rico, nace clase media o nace aristocracia, nace en un estado de facto o en democracia, nace en plena revolución francesa o en la edad media. En todo caso, los culpables son los padres, los progenitores. Digo culpables porque es por lo menos llamativo cuando algunos sectores se quejan de la máquina de hacer paraguayitos. Este lugar común que se le otorga a la reproducción de la pobreza es sin duda siniestro; y no porque tenga que ver con su educación o la falta de la misma. La educación no tiene nada que ver en este asunto, y es más, diría que la educación es una de las peores mentiras lanzadas a la jauría de la sociedad. Lo siniestro es que los mismos que se quejan de la multiplicación de la pobreza son los que más la aprovechan. El crecimiento de las sociedades depende de cuantos pobres, negros o mano de obra barata pudieron acoger, en el sentido guarango de la deformación de la palabra. Coger, a lo español y criollo de la cuestión. Coger de agarrar y coger de penetrar. Para decirlo de nuevo: cuánta leña se pudo quemar para mantener viva la llama económica de la sociedad. Estoy casi convencido de que aquellos períodos negros o tristes, de poco crecimiento económico, por ejemplo la Edad Media, han sido, para aquellos trabajadores que les ha tocado vivir ese tiempo, una experiencia menos costosa. Busquemos ahora el opuesto. Pensemos en los grandes imperios o en los países de mayor crecimiento. Sin duda la Alemania nazi fue una potencia económica. Cumple el sueño oculto de todo empleador que se precie como tal. Una fila de obreros que trabajan mucho, hablan poco, cobran nada y cuando ya no pueden más, a la cámara de gas –el desempleo. Así crecen los países; las recetas de explotación más exitosas se apoyan en mayor empleo al menor costo posible (sin ir más lejos, basta leer algunos de los pocos textos difundidos sobre la relación patronal y la dictadura militar en la argentina respecto de la relación entre empresas y fuerzas militares). En un documento de 1978 cuyo objeto principal era informar sobre la desaparición de 19 obreros del gremio ceramista que trabajaban en la empresa Lozadur, se afirma, no ya con referencia específica a la fábrica en cuestión sino en términos genéricos: “Creemos que en general hay un alto grado de cooperación entre directivos y las agencias de seguridad –dice el informe– dirigido a eliminar terroristas infiltrados de los lugares de trabajo industriales, y a minimizar el riesgo de conflictos en la industria. Autoridades de seguridad comentaron recientemente a la embajada –sin referencia especial al caso de Lozadur– que están teniendo mucho más cuidado que antes cuando reciben denuncias de los directivos sobre supuesto activismo terrorista dentro de las plantas industriales, que podrían ser en realidad apenas casos de legítimo (aunque ilegal) activismo gremial.” Es decir, de acuerdo a los funcionarios estadounidenses, el afán represivo de los empresarios era tal, que las propias fuerzas armadas, adalides de la lucha contra la subversión, debían “filtrar” sus denuncias. Al mismo tiempo, el documento señala que la principal causa de “denuncia” de trabajadores por parte de los patrones era su “desempeño como activistas gremiales”(3). Clarísimo, patrones del mundo unidos.

Pero detengámonos afuera, lejos de la gran argentina y su patética estrategia cívico-militar. Miremos lejos, miremos allá donde la Europa avanzada y educada nos muestra su bandera amarga y productiva. Vayamos a la Alemania, a la Alemania nazi, donde un chico de tan sólo 17 años se enfrenta al campo de concentración. Ese chico se llama, creo que aún vive, Paul Steinberg. En Crónicas del mundo oscuro(4), escrito por Steinberg medio siglo después del Holocausto, el joven que ha roto los lazos afectivos y se ha encerrado en una especie de coraza, así como lo señala Primo Levi en su libro Si esto es un hombre(5), debe y quiere sobrevivir a toda costa. El “a toda costa” significa no ayudar a sus amigos en caso de que pudiera y encontrar la manera de sobrevivir de la forma que sea requerida en el campo, arrastrándose. Del libro me quedé con dos preguntas, y un dolor en la boca del estomago que cruza todo mi estrecho pecho. El primer interrogante es si existía la envidia en el campo de concentración, pero está más cerca de una investigación personal. En cambio, la segunda pregunta, que el mismo Steinberg se la hace al igual que Semprún y Levi, es: “¿se es culpable por sobrevivir?”(6). Pero dejaremos para después esa pregunta, nos servirá a la hora de explorar los requerimientos del sistema capitalista cuando se trata de sobrevivir. Volviendo al tema central, es de suma importancia tener en cuenta que una de las primeras medidas que toman los nazis al tomar Francia es crear el STO (Servicio de Trabajo Obligatorio) acrecentando el número de empleados en sus fábricas de armamento, combustible y alimentación. No importaba ser judío, gay, comunista o lo que fuere, importaba la mano de obra, la barata y productiva mano de obra.


“La octava mañana, después de pasar lista, descubrimos nuestros destinos. Número de bloque, número de comando (…) nos habíamos convertido, con demasiada frecuencia a título provisional, en miembros activos de la comunidad.

¿Cómo hacer comprender la amenaza que suponen dos ladrillos, dos ladrillos pegados uno a otro, que revolotean de mano en mano en una cuadrilla de albañiles? Parecen animados de vida propia, como una pelota. Rozan las manos desnudas, reciben un influjo de energía y continúan su viaje hasta su punto de destino, donde acaban apilados uno encima de otro.

Una curva graciosa, sin hiatos, acompañada de risas y de las canciones tradicionales de esta corporación con reputación alegre. Aquellos mismos ladrillos que me tira un abogado que, a su vez, recibe de un profesor de latín a quien se los ha pasado un peletero. Llevamos las manos enfundadas en unas grandes manoplas rotas. Los ladrillos no llegan jamás con el mismo ángulo, ni a la misma velocidad ni al mismo sitio; a veces se separan a medio camino. El que está delante del lugar donde cae el ladrillo sufrirá los golpes del Kapo y los insultos, que a nadie importan, del contramaestre civil. ¡Y mucho cuidado si aparece un SS! En ese caso, caerán porrazos y patadas (…) Nuestras manos, acostumbradas a sostener un periódico, una pluma, un tenedor, una maleta a lo sumo, se revelan incompetentes, algunas más que otras. Hay casos desesperados que no aprenderán nunca, tienen las manos en carne viva. Aquí las heridas abiertas no cicatrizan. Se les caen los ladrillos a los pies y les caen golpes en la cabeza. Su final está programado como en una partitura. Los ladrillos son unos asesinos (…) El regreso es a las cinco. El recuento, llegar al bloque, el litro de sopa de la cena. Vi con mis propios ojos cómo Philippe se fundía día a día como un pedazo de hielo”(7).
Steinberg, un joven de mundo burgués, estaba viviendo la experiencia full time del trabajo. Es cierto, a priori, el campo de concentración dista mucho del trabajo en una sociedad democrática. Dista mucho si uno es un joven de mundo burgués, empero no es así para los que no han tenido la suerte de nacer del otro lado de la orilla. Habría que preguntarle a los bolivianos, a los paraguayos, a los nacidos en el segundo cordón del conurbano bonaerense, a los pensionistas de constitución, habría que preguntarle a mi viejo si toda su vida no ha sido intentar pasar el ladrillo de mano en mano y ver más o menos a quién se le cae y a quién no. Sin duda, no se trata de decir “todos los pobres por ser pobres son buenos”. Hay muchos que son unos reverendos… a todos los seres humanos nos iguala el amor y nos desune el odio. Pero la división no deja de ser real, tangible y desmontable, no natural, no de selección natural, sino impuesta como un virus, un virus que esta metido en la mente de los más extremistas cuando se trata de cambio social. Es difícil lograr hacer entender el derecho a la pereza a los más revolucionarios, a varios con los cuales compartimos pensamientos e intentos, siempre fallidos (por ahora) de cambiar lo que nos rodea.

Hoy no tenemos que hacer nada. El emperador ha muerto. Mañana nos dirán dónde debemos dejar nuestras frutas. Hoy podemos comer la manzana tranquilos. Cuando vuelva el emperador, con mucha suerte, comeremos el cabito junto a toda la familia de hambrientos.


Pisss… sida.
Hace mucho tiempo, entrado ya en mi adolescencia, tuve el primer encuentro frontal con el trabajo en su utilización como método de control y acoplamiento al sistema. Esta imposición estuvo dada por mi hermano mayor, el Pollo. Mi hermano tenía en su conversación siempre una postura extrema, “foquista” para sintetizar, pero no tuvo problema en imponer su fuerza de edad y de tamaño, y en plena mañana, cuando yo ni por asomo me quería levantar a trabajar y ayudar en la pesada máquina laboral de mi padre, decirme “tenés que laburar, levantate y andá”. Así, me gané el mote de Fatiga. Pero yo tampoco tuve un momento de reflexión cuando en uno de los ensayos con la “banda”, ante el hastío de tres de los integrantes, pensé cobardemente, “estos forros no trabajan en todo el día y están cansados”.

Es que el trabajo es un virus y tiene el mismo componente que el virus de los negros, el virus de los judíos, el virus de los extranjeros o el virus de los gay, es un componente diferencial y propicio para la divisiones con las cuales el sistema ha crecido, salvo. Salvo, y con la única diferencia de que el trabajo no es adquirido a través de los genes ni es una elección de vida. El único virus que se me hace familiar es el SIDA, creado en contra del propio hombre. Pero es un virus necesario, necesitamos comer. Es cierto, es cierto, dentro de este sistema, por más que comida haya por todos lados, los que no tienen propiedades o herencias, o súper poderes, tienen que trabajar para alimentarse. No importa que la tierra sea fértil, no importa que los supermercados tengan galpones llenos de alimento. Si querés comer, tenés que trabajar. Aunque no siempre sea así. La clase mierda tiene una salvación, y esa salvación se da por la educación o el arte. ¿Se es culpable por ser artista?


Diferencia entre concepto y realidad

(La educación y su destino literario)


Muchas personas manejan a la perfección los distintos conceptos y categorías que se interrelacionan en la sociedad. Comprenden la lucha de clases, el proceso de producción del capital, el plusvalor, la dualidad del trabajo, la plusvalía, por citar algunos términos dentro del diccionario marxista. Pero el lenguaje es sólo gesto. No tiene mayor importancia. Es ahí, en ese espacio de la palabra, en donde verdaderamente la literatura como arte del lenguaje no tiene injerencia. Si yo escribo “basta de explotación”, la explotación no cesa. Pero una cosa es la diferencia entre la realidad y el deseo escrito, y otra, la completa ruptura entre concepto y realidad. El saber es poder, sin duda, como también, sin duda, el conocimiento es una cadena en el cuello. ¿Qué trato de decir? La educación es indispensable para el sostén del sistema. Sostiene las tetas. Las levanta. Es por eso que en los colegios del Gran Buenos Aires abundan las escuelas de oficios, para que aprendan a sudar aquellos que van a sudar de grandes, y es por eso, también, que la capital federal se llena de centros culturales y de colegios con renombre intelectual pseudo-combativos. Considero que a un maestro o a un profesor se lo debe odiar de la misma manera en que se odia a un policía. No por su persona, no es particular, es general, representan un sistema, son fuerzas del orden. Pareciera que la cultura y la educación los distinguen, pero no es cierto. Es verdad, hay docentes muy pero muy buenos y también algún que otro policía bueno seguramente. Pero sus funciones tienen un fin innegable y a lo mejor imposible de destruir. Porque, no soy un imbécil, sin ellos la vida de nosotros, los clase mierda y la clase alta, sin ellos, digo, sin ellos que nos despiertan el conocimientos y nos cuidan nuestras cosas, la vida sería aún más complicada. Lo que no entiendo es cómo hombres que han comprendido que muchos de los problemas son estructurales se olvidan a quién representan y se aferran a un título como un soldado al arma. ¿Se es culpable por educar?

Pero volviendo al tema, no es como se cree que a aquel que no sabe es más fácil engañarlo. Eso no es cierto. El problema de la lucha de clases no pasa por adoctrinar al pueblo y abrirles los ojos. Los ojos están abiertos. Puede ser que estén enceguecidos de tanta luz, de tanta linternita que apunta sobre los ojos de los espectadores, de tanto juego óptico que nubla la mirada. Los indios no se dejaron vencer por los espejitos de colores, a los indios lo aplastaron con la fuerza, primero, con la educación, después. Entonces, amigos, dejemos la educación para los radicales. Para aquellos que saben que mejor es hablar con propiedad que entregar las propiedades. En casa de rico se escucha Silvio Rodríguez, en casa de rico se lee Pier Paolo Pasolini, en casa de rico se veneran los cuadros de Van Gogh. ¿O acaso ustedes creen que el pobre cuando sale por los barrios ricos no sabe que los dueños de esas casas son los patrones de sus padres, de ellos mismos y los futuros patrones de sus hijos? ¿Y piensan que no saben que los lindos autos que circulan se fabricaron a costilla de su hambre y trabajo? ¿Tan estúpidos piensan que son? No hace falta el secundario para darse cuenta. Se huele. El olfato es el sentido más despierto bajo el régimen del hambre. Intento decir que la educación no es vehículo de cambio. Es privilegio, como la lectura, privilegio de clase. Por supuesto, no nos queda otra que aprovecharlo. Yo leo, ¿soy culpable por leer?


Esfuerzo vs. Trabajo

(La verdadera cara del Dios escritor)


El trabajo es entrega, el esfuerzo es ganancia. Un escritor no trabaja. Un escritor que escribe encarcelado en la libertad del lenguaje se esfuerza intentando darle contenido y forma a su prosa, pero no trabaja. Muy distinto es el redactor que tiene que hablar de cosas que a él no le interesan ni medio, o tratar temas de los cuales esta muy poco convencido. Igualmente, el escritor tiene una posición particular en el mundo. Al respecto, Mr. W.H. Auden dice:
En el mundo moderno, un hombre que se gana la vida escribiendo poemas y novelas es un cuentapropista cuyos clientes no son sus vecinos, y esto lo convierte en una rareza social. Aunque se mate “trabajando”, su modo de vida lo coloca en un lugar intermedio entre el rentista y el gitano. Puede vivir donde quiera y relacionarse únicamente con las personas que elija. No tiene conocimiento de primera mano de todas las relaciones involuntarias creadas por la necesidad social, política y económica. Pocos artistas pueden ser comprometidos, porque la vida no los compromete: para mejor o para peor no pertenecen por competo a la Ciudad.(8)
Hay un ejemplo conocido por mí que a lo mejor aclara un poco la idea de Auden. Un joven cineasta que trabaja ocho horas por día se encuentra en el local con un conocido e interesante artista visual, el joven le alcanza su material y espera que, en lo posible, dentro de unos días le cuente qué le pareció. Espera unas semanas y finalmente lo encuentra. El reconocido artista le dice que le ha gustado la obra y le pregunta si tiene productor. No es una pregunta retórica, fue hecha con suma sinceridad, y demuestra la falta de realidad que lo adorna al artista reconocido; aclara lo poco que él mismo estaba involucrado en la vida cotidiana, y el corto alcance que tienen para él las relaciones de trabajo. El joven cineasta le dice que por supuesto no tienen ningún productor, que lo hace todo él, que de hecho en el mismo cortometraje, en la parte de los títulos, lo deja en claro. Por supuesto, el artista consagrado no tiene tiempo de fijarse en los nombres que aparecen, se debe pura y exclusivamente a su obra. El mundo a su alrededor gira, cada uno en la órbita que le corresponde. El artista, ¿es culpable por sobrevivir?

Pero dejemos de lado los ejemplos personales, en ellos siempre se involucran deseos pocos claros. Viajemos en el mar de la literatura. Vayamos a la madre patria, no a España, sino a los Estados Unidos. En California, en 1940, una joven de veintitrés años escribió un libro, su primer libro, llamado El corazón es un cazador solitario(9). Entre los muchos personajes que pueblan la historia se encuentra un médico negro que en plena noche navideña da una clase de marxismo literario, oigamos:


El doctor Copeland hizo una pausa más larga. Las caras que le rodeaban estaban esperando. -¿Cuál es el valor de una propiedad, de una mercancía que compramos en una tienda? El valor depende solamente de una cosa: del trabajo que lleve fabricar o cultivar ese artículo ¿Por qué una casa de ladrillo cuesta más que una col? Porque en la construcción de una casa de ladrillo interviene el trabajo de muchos hombres. Están los que fabrican los ladrillos y el mortero, y la gente que corta los árboles para hacer las planchas que se pondrán en el suelo. Están los hombres que hicieron posible la construcción del edificio, y los que transportaron los materiales al terreno donde se va a construir la casa. Luego están los hombres que construyeron las carretillas y los camiones que transportaron los materiales a este lugar. Y finalmente los obreros que levantaron la casa. Una casa de ladrillos requiere la labor de mucha, mucha gente…, en tanto que cualquiera de nosotros puede cultivar una col en su patio trasero. Una casa de ladrillo cuesta más que una col porque exige más trabajo que ésta. De manera que cuando un hombre compra esta casa de ladrillo está pagando por el trabajo que se empleó. ¿Pero quién se lleva el dinero…, el beneficio? No los hombres que hicieron el trabajo…, sino los jefes que los controlan. Y si estudiáis esto con más detenimiento, descubriréis que estos jefes tienen también sus jefes, y éstos a otros que los controlan a su vez…, de modo que quienes controlan todo este trabajo, el cual hace que el artículo valga dinero, son muy pocos. ¿Está claro hasta aquí?

-Comprendemos!

(…) El hombre no fabrica los recursos naturales; el hombre sólo los desarrolla, sólo los usa para su trabajo. Por lo tanto, ¿Debe una persona o un grupo de personas poseer estas cosas? ¿Cómo puede ser propietario un hombre de tierra y espacio y luz del sol y de lluvia para las cosechas?¿Cómo puede un hombre decir `esto es mío´ referente a estas cosas y negarse a que los demás las compartan? Por ello Marx dice que estos recursos naturales deberían pertenecer a todos, no divididos en pequeñas porciones sino utilizados por toda la gente según su capacidad de trabajar. Esto es así. Digamos que un hombre muere y deja su mula a sus cuatro hijos. Los hijos no querrán cortar la mula en cuatro trozos y llevarse cada uno su parte. Serán propietarios y harán trabajar a la mula juntos (…) Los que estamos aquí en esta habitación no tenemos propiedades privadas. Quizás uno o dos de nosotros sea propietario de la casa en que vive, o haya podido ahorrar un par de dólares…, pero no poseemos nada que no contribuya directamente a mantenernos vivos. Todo lo que poseemos es nuestro cuerpo. Y vendemos nuestro cuerpo cada día (…) Nos vemos obligados a vender nuestro cuerpo para poder comer y vivir. Y el precio que nos pagan es sólo el suficiente para permitirnos conservar la fuerza y así trabajar más tiempo en beneficio de los demás.(10)
Carson McCullers es la autora. Parafraseando, ¿está claro hasta aquí? No. Volvamos. Es complicado sacarle la ficha a la literatura. Pero ya vimos que por más que escribamos los deseos más honestos, estos no se concretan, horrible ficción. Así como el enamorado puede escribir “quiero que vuelvas” y el objeto amado no vuelve. El mejor escritor debería ser aquel que pueda materializar palabra y realidad. Una especie de Dios literario. Escribe: Ven… y la mujer ya está al lado suyo.

Pero eso no existe. Entonces, volviendo a la realidad, el escritor necesita una cierta comodidad. Un cierto mimo social, aunque muchas veces se jacte de su irreverencia contra el estado… Ahora que lo pienso, ya hubo revoluciones, es que con todo esto que a uno le inculcan de la eternidad del sistema, nos hemos olvidado de que la historia del hombre es la del cambio. Dejando de lado los resultados, que jamás son del todo comprensibles porque habría que tener en cuenta miles de variables. Pensemos en la relación entre los escritores y las transformaciones del mundo:


Una catástrofe, sea personal o social, es siempre una excelente piedra de toque, pues revela de manera infalible las verdaderas conexiones personales o sociales, no las aparentes. Y así, gracias a octubre, el arte anterior, que pasó a ser casi en su totalidad contrarrevolucionario, mostró su conexión indisoluble con las clases dirigentes de la vieja Rusia. Esto está tan claro ahora que ni siquiera hay necesidad de señalarlo. El terrateniente, el capitalista, el general uniformado o de paisano emigraron junto con su abogado y su poeta. Todos ellos decidieron entonces que la cultura había perecido. Sin duda, el poeta se había considerado hasta entonces como independiente del burgués y hasta había tenido peleas con él. Pero cuando el problema se planteó seriamente con la revolución, el poeta apareció inmediatamente como un parásito hasta la médula de los huesos. Esta lección histórica sobre la libertad del arte se desarrolló paralelamente a la lección sobre las otras libertades de la democracia, esa democracia que avanzaba limpiando tras las tropas de Yudenich. El arte contemporáneo, a la vez individual y profesional, a diferencia del viejo arte popular colectivo, crece en la abundancia y en el ocio de las clases dirigentes, y éstas lo mantienen. El elemento de prostitución, que era casi invisible cuando las relaciones sociales no estaban perturbadas, quedó crudamente al desnudo cuando el hecho de la revolución derribó los viejos pilares. La psicología del parasitismo y de la prostitución no tiene nada que ver con la de la sumisión, la educación o el respeto. Al revés, implica conflictos muy serios, explosiones, desacuerdos, amenazas de ruptura total, pero sólo amenazas.(11)
La cita es de León Trotsky, del libro Literatura y revolución(12). Fíjese que Trotsky no pertenece a los revolucionarios de odio acérrimo al arte, muy por el contrario, junto a Bretón escribió el Manifiesto por un arte revolucionario(13). Entonces, ¿estamos tratando de decir que todo lo que nos rodea es basura, basura que conspira a favor del sistema? Los educadores domestican, los policías cuidan, los poetas son parásitos, los libros placeres a costa del sacrificio de los trabajadores. Todo el universo está sostenido a través de una mentira, la mentira del trabajo, y de su hermano, el dinero. Los únicos buenos parecieran ser los pobres y los explotados del mundo. Es así. Aunque ya vimos que no se trata de buenos ni de malos. No es personal, de nuevo, no es personal, sino general. ¿Somos culpables por sobrevivir? Estamos perdidos, perdidos como un libro de Deleuze en plena villa miseria.
Poniéndole coto al asunto

(Se necesitan malos poetas… y también muchos, muchísimos trabajadores)


El siglo XX nos mostró a la clase mierda y sus derivados, que uno de los pocos lugares habitables para pasar una vida medianamente razonable, es el arte. Es por eso que inundan los estudiantes de cine, de letras, los artistas y poetas. Qué otra cosa se puede hacer más que escribir, pintar, leer o filmar.

Sin duda, no queremos trabajar. No queremos estar todos los días regalando nuestro cuerpo. A lo mejor un rato sí. Puede ser divertido. Pero todos los días, inclusive sábados y domingos, no, definitivamente no. No tiene que ser algo malo el hecho de que el arte se haya masificado. A los verdaderos artistas les molesta. A esos que vienen de familia, a esos que se han ido afuera a estudiar, a esos que son subvencionados de por vida por parte del estado, a los que escriben en diarios y revistas, les molesta. Qué mejor que molestarlos. El problema es qué se hace con todo esto. El problema es que nos creímos rápidamente que lo esencial es invisible a los ojos, cuando es justamente lo contrario. Lo esencial esta frente a nuestras narices al igual que un moco. El sistema es hábil y sabe que si nos gusta la farsa, lo mejor será darnos de comer farsa todo el día. Es por eso que somos una masa amorfa y a la deriva, como un camión lleno de vacas a punto de explotar, que ni siquiera sabe dónde queda el matadero, se inmolan antes, se convierten en bife de costilla en el mismísimo camión que las lleva. Nos empaquetamos solos y nos ponemos precio, algunos hasta nos acomodamos en las góndolas antes de tiempo.


Lo esencial es visible a los ojos
Ya vimos que la intención de llevar luz a los sectores oscuros es por lo menos retrógrada y costumbrista. No tiene mayor valor que aquel que salva su vida dentro del campo de concentración. Porque déjenme decirles que ni Primo Levi, ni Paul Steinberg han sobrevivido. Yo no soy Primo Levi, ni Paul Steinberg, por eso puedo decirlo. Los que volvieron del campo de concentración son otros. Otras personas, distintas a lo que eran antes. Pero nosotros también somos otros, no somos lo que podemos ser. Si me dejan decirlo (ya que en nuestra democracia se puede decir todo, total todo funciona como decir nada) no somos lo que podemos ser. Yo no soy el mozo que se levanta todos los días, inclusive sábados y domingos y le da de comer libros a la intelligentsia de Palermo. Yo soy el que descansa en brazos de una mujer, y muy al pasar, le recita un pornográfico poema al oído. Por supuesto, el problema es aún más complicado cuando el hambre apremia. Cuando el estómago se nutre de lo que encuentra ese día. Cómo luchar contra una escuela de años, contra una doctrina desde todos los rincones, desde todos los partidos políticos, desde los discursos del poder como de aquellos sinceramente contrarios a ellos. Todos nos dicen, diariamente, como un canto de pájaro: trabajar es la única manera de cambiar las cosas. No es trabajar, de nuevo, es el esfuerzo, trabajar es vender el cuerpo, el tiempo y la mente.
Volviendo a la fuente
Por último, antes de irme, déjenme volver un segundo más a Lafargue:

“Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se obligue a no trabajar más que tres horas por día, a haraganear y a farrear el resto de la jornada.”(14) Si de todas las utopías o distopías que ha dado el género de ciencia ficción tendría que elegir cual quisiera que se realice, sin duda me quedaría con el texto de Paul Lafargue.

Hemos dejado aparte la idea de que la máquina no se ha instalado en el mundo para competir con el hombre sino para ahorrarle su trabajo. Es importante tener en cuenta algo que el mismo Lafargue sabía. La máquina, más que nunca, hoy en día, sigue a merced del capital. Pero lo interesante de esta idea es que elimina esa estúpida melancolía cinematográfica sobre el trabajo manual; y abre un panorama, si bien más cercano a la ciencia ficción, mucho más propicio para la abolición del trabajo. Imagínense: la máquina trabaja, el hombre descansa, piensa, disfruta, se esfuerza para mejorarse a sí mismo y a su sociedad.

Finalmente, si todos tenemos la culpa de lo que nos hemos convertido, entonces nadie la tiene. Pero eso no es cierto. A cada quien su culpa, su responsabilidad. Lo que sí no podemos hacer, es decir que no lo sabíamos. Que no teníamos real idea de lo que pasa y pasaba y, muy probablemente, pasará por mucho tiempo. A no olvidar: El hombre y la mujer son animales de cambio. De seguro los Zares pensaron que su poder era eterno, pero no lo fue.


NOTAS

(1) Paul Lafargue, “El derecho a la pereza”, en Con el sudor de tu frente. Argumentos para la sociedad del ocio, selección y prólogo de Osvaldo Baigorria, Buenos Aires, La Marca, 1995.

(2) Poul Lafargue, “El derecho a la pereza”, en Contra la cultura del trabajo, compilado por Eduardo Sartelli, Buenos Aires, Ediciones Ryr, 2007.

(3) Artículo de la historiadora Victoria Basualdo sobre la relación entre grandes empresas y fuerzas militares en la última dictadura. Fue inicialmente publicado en marzo por la FETIA (Federación de Trabajadores de la Industria y Afines) de la CTA en un suplemento especial por los 30 años del golpe de estado de 1976.

(4) Paul Steinberg, Crónica del mundo oscuro, Barcelona, Editorial Montesinos, 1999.

(5) Primo Levi, Si esto es un hombre, Barcelona, Editorial Océano, 1985.

(6)Op. Cit.

(7)Op.cit.

(8) W. H. Auden, La mano del teñidor, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2007.

(9) Carson McCullers, El corazón es un cazador solitario, Buenos Aires, Seix Barral, 2008.

(10)Op. Cit.

(11) León Trotsky, Literatura y revolución. Escritos sobre arte y cultura, Buenos Aires, Editorial Antídoto, 2004.

(12)Op. Cit.

(13)Op. Cit.

(14)Op.Cit.

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