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Cuando se tiene algo que decir se lo dice en cualquier parte


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Literatura y Trabajo
Manos a la Obra n° 34

http://elinterpretador.net
Presentación

Cuando se tiene algo que decir se lo dice en cualquier parte”



Roberto Arlt, Los lanzallamas
Por momentos parece que todo es trabajo. El trabajo aliena pero también nos dignifica. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo trabajando. ¿Cómo trabajar? ¿De qué trabajar? ¿Por qué trabajar? Ese tiempo entregado nos suspende, quita el sentido a la tarea, desacomoda los engranajes del eje. Cuando el oficio se orienta hacia otro fin, separado de su ulterior producto, ocultándose en la forma en la que finalmente devendría, vamos perdiéndonos en la reproducción, en lo pedido, en aquello que se nos sustrae y no nos pertenece. Y así todo, hay trabajos y trabajos… Cuerpo y mente van cosidos, no hay modo de despegarlos, pero acumulamos suficiente cultura occidental como para despedirnos de esa unión y balancearnos en un vaivén que nos distrae: hacia arriba y hacia abajo. Jerarquizando vuelo aéreo contra fuerza terrena. Como si las manos no tocaran la máquina, como si el cerebro no moviera las piernas.
La escritura literaria ha figurado modos y sujetos que trabajan, solucionando, ampliando, estallando sus conflictos. Ha intentado trasmutar, trastornar y hasta negar la realidad, aun cuando lenguaje y trabajo son partes en sí mismas de la realidad. A artizar mandaba Echeverría en la Advertencia a La Cautiva. Escribir como un cross a la mandíbula, muchos años después es la frase que se nos pega de Arlt. Cómo escribir y qué escribir son preguntas que hilan la historia de la literatura desde que la ficción y el trabajo se fueron mezclando, a fines del XIX por estas orillas del Plata.
Nos gusta rumiar, hacer, leer literatura. A veces se asemeja a un trabajo, a veces dudamos de que lo sea. A veces hay pago de por medio, a veces no. Encontramos en la ficción ciertos modos de presentar un trabajo, ciertos modos de malear el material para hablar del trabajo. Hay un nosotros que nos grita desde el prólogo a Los lanzallamas que insiste en la fuerza, en la persistencia, como si el trabajo de lo escrito pudiera trasponer la línea, hacia el cuerpo del otro, más allá del enunciado, hacia fuera.
Más que un tema, es un problema constante que no podemos evitar. Transformar la naturaleza es trabajar. Y el escritor como trabajador ¿qué transforma? ¿Para qué? ¿Quiénes encuentran el producto de su trabajo? No podemos olvidar la naturaleza de las herramientas que maneja. Son comunes a todos, propiedad y posibilidad de muchos. Palabras propias pero ajenas, toda escritura inscribe forma. La forma cuajaría distinto si la historia fuera otra. En orgullosa soledad los escritores manipulan discursos que los exceden.
¿Qué lugar ocupa esa transformación entre el resto de trabajos que organizan la sociedad? La visibilidad del oficio y la posibilidad de intervenir nos arrastran al hecho social con una mezcla de desconfianza y responsabilidad. Artesanos más que artistas… ¿Cómo es escribir sin vender el tiempo de trabajo? ¿Cómo es vender el tiempo de trabajo por escribir? ¿Es cierto que leer es bloquear el tiempo, perder, de algún modo, aquello que se nos da contabilizado?
La disposición para escribir requiere paciencia y duración, bienes, otros trabajos. Es una disposición adquirida, sin destino. Escribimos a contratiempo y a contraturno, también robándole espacio a otras ocupaciones. A veces escribimos para relajarnos. Para poder leer. Pero cuando escribimos para que otro lea ¿es eso que estamos haciendo un trabajo?
Escribir como un lujo o como un robo. La faena que Olivari describió en la acción reiterada: como quien trenza y destrenza una misma cuerda.
Como un paso hacia otro tiempo. Como un nexo. Tarde o temprano todos buscamos entender nuestra tarea. Y dado que esta revista también se teje con trabajo, asumimos esta indagación en una primera persona temblorosa. Imaginando resultados fuera de la letra, como creencia. Entendiendo tema, trama y lenguaje como herramientas. Esperando una teleología en la acción. Y en estas preguntas invitamos a leer.
elinterpretador

Entrevista a Leónidas Lamborghini
seguido de poemas de El solicitante descolocado

por Santiago Llach


“Tengo una jubilación mínima y estoy acá”

Este diálogo con Leónidas Lamborghini forma parte de un proyecto de entrevistas sobre la vida y la obra del autor que lleva a cabo Santiago Llach.


Más abajo, una selección de poemas de El solicitante descolocado reeditado recientemente por Paradiso, a 50 años de su publicación.

Edición: Santiago Llach y Malena Rey


Yo en la fábrica vi ese armado
–No, mirá, la fábrica textil de mi viejo se llamaba "Terecar". Claro, porque mi vieja se llamaba Teresa y la esposa del español, del socio, se llamaba Carmen, entonces "Terecar". Hacíamos casimires. Esto era en los años cuarenta, una época de apogeo de los telares. Pero ellos se metieron mal, se metieron tarde con la tecnología, cuando ya declinaba.
Había un trabajo que las grandes empresas le encargaban a los telares: el trabajo de “façon”. Vos ibas a San Martín o a Villa Lynch y estaba lleno de telares, lugares donde había dos máquinas en una pieza. Eran telares mecánicos, eléctricos, con una persona por turno. Pero te imaginás una familia… aprendía el chico, aprendía la señora, había tejedoras…
[...]
–Me preguntas “a façon” qué era. Estos pequeños emprendimientos no tenían para comprar la lana y para pagar la tintorería, entonces venía la gran fábrica, y como tenía un excedente de demanda le daba la lana y le pagaba la mano de obra, es decir, el “a façon” [N. del e.: expresión francesa que significa trabajar por encargo recibiendo el pago a medida que se hace la labor]. Después el producto iba para la gran tejeduría y ahí le hacían todo el proceso de tintorería, pero a los façonniers les pagaban bien, les pagaban por el trabajo, vos recibías la lana y le devolvías el casimir hecho pero sin tintorería, sin lavado, sin nada. El telar tenía como un taxímetro, y cada vuelta de lanzadera el taxímetro funcionaba, entonces se pagaba por pasada. Las máquinas las comprábamos nosotros. Era una cosa que se podía comprar con unos ahorros, y a plazos más lentos. Eran telares argentinos. Antes de esta etapa los telares eran extranjeros, los tejedores eran extranjeros, italianos. Entonces vos veías a los que llamaban cabecita negra entrar de peones, y de repente estaban al frente del telar. Ahí había un ascenso, y vos lo veías todos los días. ¿Y el peón dónde está? Está en el telar, y hasta hace poco estaba barriendo el piso. Y otra cosa más: los oficinistas de las fábricas o de otros lugares querían ser tejedores, porque ganabas más. ¡No tenías empleados! Era un momento de prosperidad muy grande…
[...]
–Claro, década del cuarenta más o menos. Hay un momento dado en que se termina.
Mi viejo no era façonnier, tenía su independencia, tenía sus veinticinco telares. Se zurcía ahí, se mandaba a lavar porque no había tintorería, pero luego lo comerciabas vos. Se les vendía a empresas mayoristas, que después iban a los sastres.
[...]
–Ahí en casa había un galpón donde estábamos yo, mi viejo, una tía que hacía de jefa de personal, López el socio. Todos los demás eran tejedores. López puso la plata y mi viejo entró de socio industrial. Él no tenía el oficio del telar porque era metalúrgico, pero era el momento del auge de las especialidades. Él era la mano derecha del General Savio, que levantó la industria metalúrgica de los Altos Hornos de Zapla. Mi viejo qué hace, van bien los telares, entonces conoce a López en un veraneo, ellos no tenían hijos. Y se encariñaron mucho con nosotros, que estábamos en la misma pensión. Y yo veía que mi viejo salía como loco, caminaba... A todo esto don López tenía más de la mitad de un colectivo que hacía el recorrido Buenos Aires-Rosario. Y bueno, se habrá encariñado con nosotros. Esto habrá sido en los años ´40, ´45, ´47.
Y bueno, así se armó la cosa. Estábamos totalmente desinformados de la política. Lo teníamos en la fábrica al hermano de Framini de delegado, y decían textualmente así: "La ganamos toda, ahora la ganamos toda". Y eso yo lo escuchaba, ¿viste? Yo en la fábrica vi ese armado. Ya no era el hijo del patrón. Yo no tenía una posición, salvo en la facultad. En la facultad yo me tuve que retirar porque ahí eran todos gorilas, en Agronomía. Yo ya ahí era peronista, entonces éramos fascistas. Porque si no tenés ambiente, en esa época de la adolescencia, no podés tener más que uno o dos amigos. Y en Veterinaria llegué hasta tercer año. Porque además yo quería rajarme al campo, quería irme y trabajar con la tierra, y dentro de esa facultad todo muy lindo, cálculos infinitesimales, mecánica de no sé cuánto.
Que algo me quedó, todo lo que vos quieras. Pero era como estar en una especie de bachillerato otra vez. En los tres años que estuve no agarré un arado, no te sé decir cómo se hace un injerto, no sé, ahora habrá cambiado, había un solo teodolito para una cola de no se cuántos. Pero me cansé, o me chupó la fábrica, el ambiente de la fábrica. Yo estaba como el hijo del patrón, iba ahí, y veía.
Ya estaba queriendo agarrar el telar, como un hobby, o la banqueta. Pero observaba ciertas cosas, me di cuenta de ciertas fallas técnicas. Yo le decía al viejo. Pero me precio de haberme dado cuenta el por qué de las varaduras... En el telar vos ponés la tela tejida en azul en el tribunal de las telas en crudo y entonces ves que en una parte el color azul agarró más que en otras. ¿Y dónde no agarró tanto? En las varaduras. Es una distensión del tejido donde la trama está más abierta, entre trama y trama hay una abertura así y normalmente tiene que haber esto. Y un día voy por atrás del telar y tiene un engranaje que va soltando el hilo para que luego el batán y la trama hagan con los hilos la tela, y yo veía que el gatillo del engranaje iba de a un diente, trac, trac, y en una de esas saltaba, iba de a dos dientes. Ahí se producía la falla. Varaduras es porque se varará, vendrá de no sé cuándo, yo no se si va con b larga o v corta, como un barco varado.
Mi viejo era la mano derecha del general Savio
–Mi viejo un día me habló de literatura, me mostró un poema suyo que a él le gustaba tanto. Él había fracasado como escritor y sabía lo que era eso. Pero le salieron dos hijos escritores y ahora mi hija Eva. Tenía publicado un libro que se llamaba Memorias de un pobre hombre. Él contaba que un día iba en el tranvía y un tipo se iba riendo a lo loco: estaba leyendo su libro. Él había pasado de una cierta marginalidad a una situación de burgués acomodado dentro de la metalurgia, y metido en ese gran trabajo con el general Savio. Y un día le vine con una imitación de Almafuerte y me corrió por la escalera. Yo no entendía un carajo. Y después ya de viejo con el Negro, qué se yo, lo primero que te decía: "Siga hasta el final". En mi casa había libros pero mi viejo era un ser más... En ese entonces era bien tener una biblioteca, él era un hombre que usaba bastón. Ganaba 700 pesos en los años treinta, con eso mi viejo mantenía a la familia de él, la familia de la vieja, y con las famosas libretas... Los pibes de la cuadra no tenían los juguetes que tenía yo, por eso venían a jugar a casa. El tren eléctrico era importado, marca Lionel, norteamericano. Qué paso. Yo siempre fui de la barra... me salvó eso. Yo no era el hijo del padre acomodado.
Tenía un disco de Beethoven con la Sonata Primavera
–Tengo una jubilación mínima y estoy acá. He trabajado, en México mucho. Me he tenido que ganar el mango con los tres hijos. Yo gracias a dios que pude salir con Las patas en la fuente… fue un desahogo. Tuve que ir a vivir a Lavallol a una casa de chapas, en el barro.
[...]
–Arranqué en Crónica después del '55. García [N. de los E.: Héctor Ricardo García, dueño de Crónica] recogió la redacción de Crítica, de Democracia y de El Mundo. Ahí me empecé a reconstituir, pero claro, de Llavallol al centro ida y vuelta; funcionaba todavía el puente del Riachuelo. Hilda tenía que lavar los pañales en una pileta afuera, con agua de bomba, fresca. Eso sí, tenía una quintita con rabanitos, achicoria, y me empecé a exiliar del centro. Hay gente que dice que no se puede escribir si no tenés un escritorio, hay gente que tiene de todo…
Yo tenía un disco de Beethoven con la Sonata Primavera, eso era lo que escuchaba. Y leía el Ulises, que viajó por todos lados. Anduvo una temporada en San Andrés también, con los ucranianos. La señora era curtidora, entonces casi no me cobraba nada la piesucha, había un convenio. Es una etapa fantástica que pasé antes de entrar a los diarios. Después, después el vagabundeo, después.
Con papel o sin papel me cago en el Graham Bell
–A Crítica entré por Murray. Murray era un genio desconocido. Un genio del periodismo. Luis Alberto Murray... "Marray". Irlandés. Un genio oral... por ejemplo... "le traicionaba" el teléfono a cada momento. "Con papel o sin papel me cago en el Graham Bell", me decía siempre. El inventor del teléfono, Graham Bell. Me cago en Graham Bell. Pero cuando entré por primera vez a un diario, yo no sabía lo que era.
En el '57 surgió Al público. En los sesenta, en la segunda parte, cuando pongo el título de Las patas en la fuente. Ahí ya tenía los hijos, no venía al centro ni sabíamos lo que era el cine, todo muy extraño, pero son alegrías. Fijate que se cerraban los diarios y vos en la lucha para encontrar un lugar donde salvarte, pero estaban los chicos y había que luchar. No le podemos pedir a la vida más alegría u otra alegría que estar en la lucha. Yo estaba en la lucha, en la lucha por el mango, la lucha concreta y al mismo tiempo en la lucha paralela con el poema…
[...]
–A mí Al público me sacó de la desocupación. Saco este libro y voy a hablar con el director de Crítica, el poeta Uribe, poeta extraño, raro, tenía un interés, se escapaba de la lírica. A todo esto yo llamaba por teléfono y nunca estaba. Lo veo entrar, voy y me cuelo en el ascensor. “Mire Lamborghini, acá no se puede pero le voy a dar una chance, treinta días”. Hablamos de literatura, del poema, de la gauchesca…
[...]
–En aquel tiempo no había horarios como ahora, entrabas y te quedabas hasta cualquier hora. Era el diario de Botana… Crítica estaba intervenida, había cosas que se podían decir y otras que no.
Esto fue después de la Revolución Libertadora, yo tenía tenía 28 años. Estaba en policiales, donde antes estuvo Roberto Arlt. Había gente que contaba historias. Estuve treinta días a prueba en el diario. Hice las tres categorías en un año: reportero, cronista y redactor. Me decían: “Pero esto lleva años”. Hacía campañas. Cortaban la luz, aumentaba Segba. Mandaban las quejas, las puteadas, se agrupaban. Hasta que un día un jefe me dijo pará. Vos en el diario tenés que aprender las leyes. Ese mismo día sale, a toda la página, un aviso de SEGBA. Eso que decía don Arturo [Jauretche]: libertad de empresa, no de prensa. Hay que vivir de los avisos. Yo lo viví en carne propia…
Lo de Crítica dura hasta que cae Frondizi; estuve unos seis o siete años. Yo era secretario general, delegado. Un día nos llaman de la dirección y nos dicen: no salen más, bajen y avisen. Los trabajadores no lo querían creer. Había un empresario que se llamaba Misel que tenía relación con las políticas de Frondizi y que bancaba el diario. Caído Frondizi, se acabó. Estuvimos como un mes tres de nosotros y muchos gráficos que apoyaba Ongaro. Ahí también tuve una experiencia. La gente del barrio, de los cafés, nos mandaban comida, coca. A los 15 días nos empezaron a llamar: “vagos de mierda, cuándo se van a ir”. También había problemas entre nosotros: “Vos dormiste en ese sillón, ahora me toca a mí”. La navidad la pasé adentro de la reja del diario, no podíamos salir. Todos los días, sonaba la sirena y cortábamos el tráfico. La poli no intervenía, éramos periodistas… Me fui metiendo en lo gremial por mis ideas, después los muchachos te eligen como delegado. Murray seguía estando, Uribe había desaparecido. La casualidad me ha hecho ser testigo directo de ciertas cosas.
[...]
–El periodista siempre fue así. Antes de irme a México, pasaron cosas que si te cuento no las creés. Se insinuaban posibilidades de hacer un diario y ahí íbamos todos los desocupados. Yo he trabajado con una máquina de escribir para todos. Con el tiempo, el periodista no sabe hacer más que eso
Entré al periodismo sin saber un carajo, como una tabla de salvación. Siempre tuve esa marca de no ser periodista profesional. Sin embargo, fui delegado de Crónica y de Crítica. Es lindo cuando llegás y viene el Secretario de Redacción y te dice hacé esto y vos decís no. El tipo no te puede echar. Y casi siempre es una cuestión ideológica. El convenio de los periodistas es buenísimo. Hay que hacerlo cumplir al convenio. En mí época no marcábamos el reloj. ¿Cuándo te metieron eso, si nosotros no tenemos horario?
En los diarios de la tarde escribían escritores. Tenían que hacer las necrológicas. Tenían que buscarlos en Avenida de Mayo, borrachos, andá que se murió alguien, y si después vieras las necrólógicas, eran extraordinarios.
[...]
–El genio fue aprovechar a los desocupados. La redacción de Crónica tenía plumas de primer nivel, verdaderos maestros. Después de Crítica me la tuve que rebuscar en revistuchas…
Había una categoría de redactor general, ese tenía que hacer de todo, con la base de los datos que le pasaba el cronista. Yo llegué a hacer hasta clásicos de Boca. El redactor le daba ese clima, esa apertura que un tipo especialista en deportes no manejaba. La escuela de donde vengo es esa. Nunca junté esas notas. Ni siquiera eran firmadas. A mí me dieron un lugar para crítica de libros, además de redactor general.
Mis hijos buscaron, fueron al archivo de Crónica, pero no estaban, pasaron muchos años. Ahora ni las editoriales de La Nación se firman. Los columnistas de cine, de teatro, esos sí. O sea que había especialistas en cada rama y el redactor general se ocupaba de la nota del día y tenía que hacerla. Por eso los elegían con libros escritos. Si le gustaba a alguno del diario, entrabas. Roberto Arlt hacía eso en policiales. Sobre todo el de la tarde, que era un descanso. En el de la mañana iba una información periodística, y el de la tarde lo desarrollaba con ese criterio que te dije. Lo que valía era el color, la intención que te mandabas. No sabés lo que era Avenida de Mayo, a una cuadra Noticias Gráficas, La Razón, La Nación en Florida, Crónica en Riobamba. Después Crónica se fue a Parque Lezama, se sobredimensionó. Tenía un efecto visual fuerte, sobre todo la tapa, como lo que hizo Lanata con Página 12.
[...]
–Cuando vienen los militares del '76, me dejan sin trabajo en el diario y en YPF mediante una circular firmada por el Coronel Rueda. En YPF era secretario de prensa. El mismo tipo que me hacía la venia, el portero, ese día no me dejó pasar, “tiene que ir a una pieza arriba”, me dijo, y había gente llorando, albañiles, maestranza con treinta años de servicio, yo sólo estaba hace dos. Y uno me preguntó: ¿por qué nos despiden?. Y yo les dije: por peronistas, me di media vuelta, me vine con el telegrama y le dije a Graciela, mi segunda mujer: esto es un fusilamiento. Discutíamos por la calle Corrientes, nos cambiábamos de departamento, y en una de esas nos cambiamos a un departamento muy lindo que estaba en la calle Anchorena, y el portero nos dice: se tienen que ir porque acá viven todos militares y se han juntado en la reunión de consorcio y han preguntado de dónde salieron ustedes. Nosotros habíamos llegado por un amigo que trabajaba en TELAM, se lo alquilamos. De ahí salimos con la mudanza enseguida y nos fuimos a Córdoba y Pueyrredón, allí es lo del portero uruguayo. Un día, timbre a las 2 de la madrugada. Yo dormía vestido y me quedaba viendo tele hasta que se ponía blanco. En el dormitorio estaba Graciela con la nena recién nacida, ya dábamos por seguro que nos venían a buscar. Avisá a los amigos, si venían y se llevaban a la mujer, al hijo, he visto chicos en el balcón llorando porque se habían llevado a los padres. Todavía estábamos en una especie de nebulosa. A Ikonicoff lo torturaron, de pronto venían y contaban que habían allanado El Cronista Comercial y se habían llevado a Perrotta y al de gremiales. No se hablaba de torturas, después se transformó en esa cosa sistemática de una máquina de terror… La situación se hizo insostenible y había amigos en España que querían que fuera para allá. Estaba Armando Pirate, que fue padrino de Flavia, estaba Salas y otro más. Pero yo tenía el asunto del laburo. Alguien me habló de un corresponsal de O Globo, brasilero, con oficinas en la calle Corrientes (después lo agarraron en Uruguay). Lo voy a ver y le digo: tengo estas dos alternativas, México o España. Pero el asunto va a depender de dónde pueda trabajar enseguida, en cuanto llegue.
El día que llegué a México me estaban esperando con flores
–El día que yo llegué a México me estaban esperando con flores; después se enojaron. Cuando llegamos estaban los amigos: Amílcar Fidanza, Adriana Martínez, Rubén Bas. Había una colonia nutrida. Fidanza aquí estaba en la FAP, fue siempre fiel a Perón. Después yo no sé bien... Antes era el agua y el aceite con Montoneros, pero no sé.
Vos llegás a un país y no sabés… Me tenían un departamento alquilado y esa noche tuvimos dónde meternos. Una vez que estabas ahí te sentías salvado, ni pensabas en el laburo. Pero estaba Jitrik, Bonasso en la Casa Argentina, y había que relacionarse por los laburos. Se hablaba de periodismo, otros estaban en la universidad, pero a mí esos sueldos no me alcanzaban. El azar hace cosas increíbles. Estuve en el edificio de Escobedo donde estuvo Cámpora, donde iban todos los exiliados argentinos. Tocan la puerta y era un tal Briante, que había sido torturado y se había escapado y me dice: “Vengo de una agencia de publicidad”. “Pero yo no hice nunca publicidad”. Precisamente, el hombre sí hace y me dice que necesita alguien que nunca haya hecho, para redactor. Fue así, voy, sin esperanza, nos sentamos y me dice: le han dicho la verdad. La agencia estaba vacía, perdía una cuenta y rajaba a todos. Me dice: ¿dónde quiere trabajar?. Era un lugar espléndido, en medio de jardines, en la terraza vamos a un sucucho y le digo: acá. Y empecé a escupir originales, sin saber de qué se trataba. Era un “racional”, un texto que es donde está el concepto de la campaña muy resumido, muy claro. Para radio, cine, salen todos unificados bajo ese concepto de “racional”. Estuve como veinte o treinta días, llovía y nadie venía a la terraza hasta que un día me llamaron. Me rajan, pensé, pero me habían aceptado. Y allí me quedé, dos o tres años y después trece años trabajando con la cuenta de Banamex. Era una cuestión de lenguaje, como me habían dicho, no de publicidad sino de comunicación. Yo no sabía ni jota y uno de los licenciados me contó cuál era el pensamiento vivo del capo del Banamex: “No quieren que el banco sea la estrella. La estrella es el cliente. No podemos hacer promesas que no se cumplen.” Empezaba siempre así “Procuraremos satisfacer sus necesidades”. Porque era como todos los demás bancos grandes. Había colas, etcétera. Era privado. Davó, que era el dueño, se fundió porque no podía cumplir y por otras cosas también. Entonces me voy a enseñar a unos colegios, entraba a las siete de la mañana y salía a las ocho de la noche. Primero di español, después arte, di no se cuántas materias, y un día me llaman de Banamex los licenciados con los que había estado en la agencia porque la agencia se había fundido. De los trece años en México, estuve once en distintos proyectos. Tengo fotos. Hubo trabajos que no se publicaron pero me pagaron lo mismo. Me trataron muy bien los licenciados. Después, cuando vine acá, un amigo me quiso hacer entrar en una agencia y ya vi la cosa que me había dicho Urondo. Había el petimetre que me preguntaba: ¿Así que usted estuvo en México? Como si viniera de los indios. Banamex, 700 sucursales, y el tipo estuvo trece años, free lance, pero eso no es un free lance. Era tomo y traiga, porque cubría folletería, presentaciones, audiovisuales. Me levanté y nunca más. Tuve que trabajar en los talleres literarios, en la Recoleta. Yo estaba acostumbrado al respeto.

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