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Cuaderno de nueva york de José Hierro biografía josé Hierro


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CUADERNO DE NUEVA YORK de José Hierro

BIOGRAFÍA

José Hierro nació en el año 1922 en Madrid pero muy pronto se fue a vivir a Santander, ciudad en la que se crió y en la que acabó estudiando en la Escuela industrial. El poeta pasó cinco años en la cárcel por motivos ideológicos, desde 1939 hasta 1944.Obtuvo el premio Adonais en el año 1947. Colaboró en la revista Proel. Se le otorgó también el premio Nacional de Literatura en el año 1953, el de la Crítica en tres ocasiones (1958 , 1965 y 1999), el Príncipe de Asturias en 1981, el premio Nacional de las letras en 1990, el Reina Sofía  en 1996 y el Cervantes en 1998 por lo que, como se puede apreciar, su labor como poeta fue muy reconocida en todos los ámbitos.

El poeta ingresó en la Real Academia Española en el año 1999 para culminar así una vida plagada de reconocimientos que tristemente terminaría en Madrid el 21 de Diciembre del año 2002, dejando once títulos de poesía entre los cuales cabe destacar: Alegría, Quinta del 42, Cuanto sé de mí, Libro de las alucinaciones o Cuaderno en Nueva York.



Poemas seleccionados de Poeta en Nueva York

Beethoven ante el televisor

El alemán de Bonn identificaba
todos los sones de la naturaleza:
el del mar, el del río, el del viento y la lluvia,
el canto del ruiseñor, el de la oropéndola, el del cuco.
Un día, cantó un ave, y él no oía su canto:
fue la primera señal de alarma.
Luego avanzó implacable la sordera
hasta desembocar en la noche de los sonidos.
Compuso, desde entonces, imaginándolos.
Nunca pudo escuchar su misa en Re,
sus últimos cuartetos, su última sinfonía.
Luis van Beethoven murió en mil ochocientos veintisiete
(es lo que piensan los desinformados),
pero yo lo he visto en el Lincoln Center.
Fue en los años noventa. Ocupábamos
asientos contiguos. Yo lo reconocí
por su expresión huraña y tierna y feroz.
Y también por el desaliño de que nos hablan sus biógrafos.
Escribí en mi programa estas palabras:
“Excelente concierto”. Y él asintió
“No se moleste en escribir, oigo perfectamente”.
Después, en el descanso, hablamos de su música,
(sin duda se dio cuenta
de que acababa de reconocerlo.)
Avisaron que había que volver
a la sala para escuchar el plato fuerte,
la Novena. Pero él, van Beethoven,
dio media vuelta, y se marchaba.
“Pero, ¿precisamente ahora?” le pregunté.
“Yo regreso al hotel. Voy a escuchar
la Novena Sinfonía en el televisor,
la transmiten en directo”, contestó.
“¿Me permite que le acompañe?”, dije.
Y se encogió de hombros.
Pues aquí acaba todo.
Nos sentamos ante el televisor.
Escuchamos el golpe de la batuta
sobre el atril. Silencio. Y la orquesta rugió.
Entonces, Ludwig van Beethoven
se levantó y apagó el sonido.
Ahora sí que el silencio era absoluto.
Canturreaba a veces, levantaba la mano
para indicar la entrada a los timbales
en el Scherzo. Lloró con el adagio,
enardeció cuando cantaba el coro
las palabras de Schiller.
Yo nunca podré oír, nadie podrá,
lo que él oía. Finalizó el concierto.
Fue entonces cuando se levantó,
y se acercó al televisor,
recuperó el sonido.
Las cámaras enfocaban ahora
al público enardecido.
Van Beethoven oía, en mil novecientos noventa,
los aplausos que no podía oír en Viena,
en mil ochocientos veinticuatro.


Baile a bordo

Juan Sebastián (Bach, naturalmente)
y Mahalia (Jackson, claro) concelebran
su rito, río que se desplaza inmóvil
hacia la mar, que es el morir.
Juan Sebastián, con sus dedos de viento o tiempo,
arranca sones húmedos al teclado del Hudson.
Y los tubos del órgano
-casas de cuarenta pisos, servidumbre de color-
los agrandan, amueblan el espacio,
suben interminables y paralelos
hasta el umbral de las estrellas
agazapadas en la bruma.

¿Quién habrá convocado a esta hora,
en este espacio navegante
al que ha llegado de Alemania
en su nave bien temperada,
el que aherrojó su sufrimiento
en las mazmorras de la matemática
y a la africana esclava
en cuya sangre se disuelve
el gemido de los azotados,
encadenados, des-selvados,
hacinados en las sentinas tórridas
de los barcos de asfixia, vómito, látigo,
sobre las olas repetidas y sobrecogedoras,
hasta aportar a los algodonales
del doloroso y hondo Sur!

Las barras del compás, la norma, el orden,
las herramientas de quién nunca sufrió
(¡como si alguien pudiese no haber sufrido nunca!)
o que disciplinó su sufrimiento,
lo domó, lo embridó
en las rejas del pentagrama,
y la vaharada de león y buitre,
de flores podridas y de insectos feroces,
la síncopa, el jadeo, la agonía del swing,
y los gritos no temperados,
el ritmo libre como el oleaje,
se han dado cita aquí, esta tarde,
en los ríos que ciñen la ciudad,
órgano, selva de metal y luz y escalofrío
y de deslumbramiento, y de nostalgia futura,
porque mañana ya será otro día.

Los pasajeros de la embarcación,
-veinte dolares, cena y baile incluidos-,
charlan, ríen, beben y cantan.
Algunos contemplamos el prodigio.
(Majestuosas, las gaviotasacompañan a los viajeros.
Casi nadie lo advierte.)
Y de pronto, sobre el preludio
filtrado por los siglos que el viejo Bach desgrana,
vuelan los alaridos de una fiera,
pura naturaleza ajena al tiempo:
Canta Mahalia, subrayando, contradiciendo,
complementando con su sufrimiento
a Juan Sebastián Bach, el que nunca sufrió.
El friso de Nueva York majestuoso y geométrico
es ahora jungla. 
Se retuercenlos bloques impasibles, lo mismo que serpientes,
me rodean, me envuelven; nos envuelven.
Tomo en mis brazos a la desconocida.
Mañana habremos vuelto cada uno a su tierra.
Pero ahora giramos, arrebatados por la música,
lloramos sobre el hombro de Mahalia
y sobre la empolvada peluca de Juan Sebastián
una música irrepetible, porque antes no existía.
Alrededor, gira la ciudad, irrepetible,
giramos y giramos hasta morir,
porque por fin nos hemos descubierto.

Alma Mahler Hotel

Vago por los pasillos de este hotel
construido en los años veinte
(cuando los gansters, la prohibición,
cuando Al Capone, emperador de Chicago) .
Recorro los pasillos fantasmales de un hotel
que ya no existe, o que no existe todavía
porque están erigiéndolo delante de mis ojos,
piso a piso, día a día,
a lo largo del mes de abril de 1991 :
es una proa que navega hacia Times Square,
en donde encallará.
No estuve aquí, no estaré aquí
para ver su culminación en la planta 40,
revestido por la cota de malla nocturna
-lluvia frenética de estrellas
de luciérnagas rojas, verdes, amarillas, azules,
que proclaman el triunfo de las tecnologías
made in Japan, in Germany, in US.A.
Este hotel (y si he dicho otra cosa,
ahora me desdigo) fue construido en 1870.
¿Habrá quien pueda asegurarme
que no es sólo una pesadilla
que va a desvanecerse al despertar?
Me detengo -no puedo continuar ante
la puerta de la habitación 312.
Soy un viajero que ha llegado
de otro nivel del tiempo
pero no sé si pasado o si futuro
(ya no estoy seguro de nada) .
Puede que aún no haya llegado,
que no haya estado aquí jamás,
que ni siquiera exista yo,
o que no sea real mi sufrimiento.
“Alma, mi amor" le grito susurrando,
le susurro, gritando, ante la puerta,
los brazos extendidos,
en la mano la espada flamígera,
para que no transpongan el umbral
del paraíso recobrado en esta habitación;
para que no me hieran.
"Alma, mi amor, no entres".
No quiero que suceda lo que ya sucedió,
lo que va a suceder.
No me ven ni me oyen.
Penetran a través de mí: soy humo
o ellos son humo.
Oigo sonar la transparencia helada
de las copas; pronuncian
palabras que no querría escuchar,
confundidos sus cuerpos en el éxtasis.
"Alma, mi amor, siempre me herirás".
Me abro las venas, me desangro,
como el afluente en el río caudal,
por el torrente de mi música.
Ella restañará la herida,
contendrá, piadosa, la hemorragia.
“Alma, mi amor", y nadie escucha mis palabras.
Este hotel fue derruido
en 1870, en 1920, en 1991.
O acaso nunca haya existido.


Lear King en los claustros

Di que me amas. Di: «te amo»,
dímelo por primera y por última vez.
Sólo: «te amo». No me digas cuánto.
Son suficientes esas dos palabras.
«Más que a mi salvación», dijo Regania.
«Más que a la primavera», dijo Gonerila.
(No sospechaba que mentían.)
Di que me amas. Di: «te amo»,
Cordelia, aunque me mientas,
aunque no sepas que te mientes.


Todo se ha diluido ya en el sueño.
La nave en que pasé la mar,
fustigada por los relámpagos,
era un sueño del que aún no he despertado.
Vivo brezado por un sueño,
inerme en su viscosa telaraña,
para toda la eternidad,
si es que la eternidad no es un sueño también.


La tempestad me arrebató al Bufón,
al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
que era mi compañero, era yo mismo,
reflejo mío en los espejos
cóncavos y convexos, que inventó Valle-Inclán.


Los brazos de las olas me estrellaron
contra el acantilado y un buen día,
ya no recuerdo cuándo, desperté
y hallé sobre la arena
piedras labradas con primor,
sillares corroídos, lamidos y arañados
por los dientes y garras de las algas.
Entonces, desatado del sueño,
comencé a rehacer el mundo mío,
que se desperezaba bajo un sol diferente.


Y aquí está, al fin, delante de mis ojos.
Oigo como jadea
con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
Espera a que tú llegues
y me digas «te amo».
Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:
grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
índigos de Castilla.
Sólo tú eres capaz de devolverles
la transparencia, la luminosidad
y la palpitación que los hacían únicos.
Aquí están aguardándote.
Quiero oírte decir, Cordelia, «te amo».
Son las mismas palabras que salieron
de labios de Regania y Gonerila,
no de su corazón. Más tarde
se deshicieron de mis caballeros,
hijos del huracán, bravucones, borrachos,
lascivos, pendencieros… Regresaron
al silencio y a la nada.
La niebla disolvió sus armaduras,
sus yelmos, sus escudos cincelados,
aquel hervor y desvarío
de águilas, quimeras, unicornios,
efigies, delfines, grifos.
¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?


Mi reino por un «te amo», sangrándote en la boca.
Mi eternidad por sólo dos palabras:
susúrralas o cántalas sobre un fondo real,
-agua de manantial sobre los guijos,
saetas que desgarran con su zumbido el aire-
así la realidad hará que sean reales
las palabras que nunca pronunciaste
-¡por qué nunca las pronunciaste!-
y que ultrasuenan en un punto
del tiempo y del espacio
del que tengo que rescatarlas
antes de que me vaya.
Ven a decirme «te amo»;
no me importa que duren tus palabras
lo que la humedad de una lágrima
sobre una seda ajada.


En esa paz reconstruida
-sé que es tan sólo un decorado-, represento
mi papel, es decir, finjo,
porque ya he despertado.
Ya no confundo el canto de la alondra
con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote
contando días y horas y estaciones.
Y cuando llegues, anunciada
por el sonido de las trompas
de mis fantasmales cazadores,
sé que me reconocerás
por mi corona de oro (a la que han arrancado
sus gemas las urracas ladronas),
por la escudilla de madera que me legó el bufón
en la que robles y arces depositan
su limosna encendida, su diezmo volandero,
el parpadeo del otoño.


Ven pronto, el plazo ya está a punto
de cumplirse. Y no me traigas flores
como si hubiese muerto.
Ven antes de que me hunda
en el torbellino del sueño,
ven a decirme «te amo» y desvanécete en seguida.


Desaparece antes de que te vea
nadando en un licor trémulo y turbio,
como a través de un vidrio esmerilado,
antes de que te diga:
«Yo sé que te he querido mucho,
pero no recuerdo quién eres».


https://youtu.be/aReoZQY2D_w

Epílogo — Vida —

 Después de todo, todo ha sido nada,


 a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
 supe que todo no era más que nada.

 Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».


 Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
 Ahora sé que la nada lo era todo,
  y todo era ceniza de la nada.

 No queda nada de lo que fue nada.


(Era ilusión lo que creía todo
 y que, en definitiva, era la nada.)

 Qué más da que la nada fuera nada


 si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.




Mayo 2015


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