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Cruel y extraño scarpetta 04


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Título: CRUEL Y EXTRAÑO

SCARPETTA 04
Autor: (1993) Patricia D. Cornwell
Título Original: Cruel and Unusual
Traducción: (1994) Jordi Mustieles
Edición Electrónica: (2002) Pincho

Este libro es para

la inimitable doctora Marcella Fierro.

(Enseñó bien a Scarpetta.)




PRÓLOGO

(REFLEXIÓN DEL MALDITO

EN LA CALLE SPRING)

Faltan dos semanas para Navidad. Cuatro días para nada en absoluto. Tendido en la cama de hierro contemplo mis sucios pies descalzos y el retrete blanco sin asiento, y cuando las cucarachas se arrastran por el suelo ya no doy un salto. Las miro de la misma manera que ellas me miran a mí.


Cierro los ojos y respiro despacio.
Me acuerdo de cuando rastrillaba heno a pleno sol sin recibir ningún salario en comparación con la forma en que viven los blancos. Sueño que tuesto cacahuetes en una lata y cuando los tomates están maduros los devoro como manzanas. Me imagino conduciendo la camioneta, con el sudor brillándome en la cara en aquel lugar sin futuro que juré abandonar.
No puedo usar el váter, sonarme la nariz ni fumar sin que los guardias tomen nota. No hay reloj. Nunca sé qué tiempo hace. Abro los ojos y veo una pared vacía que no tiene fin. ¿Qué se supone que ha de sentir un hombre cuando está a punto de irse?
Como una canción muy triste. No sé la letra. No me acuerdo. Dicen que sucedió en septiembre, cuando el cielo era como un huevo de tordo y las hojas estaban encendidas y caían a tierra. Dicen que una bestia andaba suelta por la ciudad. Ahora hay un sonido menos.
Con matarme a mí no se mata a la bestia. La oscuridad es su amiga, la carne y la sangre su festín. Cuando crees que ya no hay peligro en dejar de mirar es cuando más te vale empezar a mirar, hermano.
Un pecado conduce a otro.
Ronnie Joe Waddell

1


El lunes que llevé la reflexión de Ronnie Joe Waddell en la cartera no vi el sol en todo el día. Estaba oscuro cuando fui a trabajar por la mañana. Volvía a estar oscuro cuando regresé a casa. Gotitas de lluvia giraban bajo el haz de los faros, la noche lóbrega de niebla y crudamente fría.

Encendí un fuego en la sala de estar y pensé en las tierras de cultivo de Virginia y en tomates madurando al sol. Me imaginé un joven negro en la calurosa cabina de una camioneta y me pregunté si ya entonces su cabeza estaba llena de asesinato. El Richmond Times—Dispatch había publicado la reflexión de Waddell y yo había llevado el recorte al trabajo para incluirlo en su cada vez más voluminoso expediente. Pero los asuntos del día me distrajeron y la reflexión se quedó en la cartera. La había leído varias veces. Suponía que nunca dejaría de intrigarme el que poesía y crueldad pudieran residir en el mismo corazón.

Pasé las horas siguientes saldando facturas y escribiendo felicitaciones de Navidad con el televisor conectado y sin volumen. Como los demás ciudadanos de Virginia, siempre que estaba prevista una ejecución averiguaba por los medios de comunicación si se habían agotado todas las apelaciones o bien si el gobernador había concedido clemencia. La noticia determinaba que yo fuera a acostarme o volviera a meterme en el coche para regresar a la morgue.

Casi a las diez de la noche sonó el teléfono. Lo descolgué creyendo que sería mi delegado o algún otro miembro de mi equipo cuya velada, como la mía, estaba en suspenso.

—¿Hola? —dijo una voz masculina que no reconocí—. Estoy intentando localizar a Kay Scarpetta. Esto...., la jefa de Medicina Forense, la doctora Scarpetta.

—Al aparato —respondí.

—Ah, bien. Soy el sargento Joe Trent, del condado de Henrico. Encontré su número en el listín —parecía excitado—. Perdone que la moleste en su casa, pero tenemos una situación en la que realmente necesitamos su ayuda.

—¿Cuál es el problema? —inquirí con voz tensa, mirando fijamente la pantalla del televisor. Estaban pasando un anuncio. Esperé que no fuera necesaria mi presencia en la escena de un crimen.

—Esta misma tarde un varón blanco de trece años de edad fue raptado a la salida de un supermercado en Northside. Le pegaron un tiro en la cabeza y es posible que haya también algunos componentes sexuales en el caso.

Se me cayó el alma a los pies.

—¿Dónde está el cuerpo? —pregunté, mientras buscaba papel y pluma.

—Lo encontraron detrás de una tienda de comestibles de la avenida Patterson, en el condado. No está muerto. Aún no ha recobrado la conciencia, pero en estos momentos nadie puede decir con certeza si vivirá o no. Me doy cuenta de que este caso no le corresponde a usted, ya que la víctima no ha muerto, pero presenta algunas lesiones desconcertantes. No se parecen a nada de lo que yo haya visto jamás. Sé que usted ve muchas clases de lesiones distintas, y se me ha ocurrido que quizá podría hacerse una idea de cómo fueron infligidas estas y por qué.

—Descríbamelas —le pedí.

—Tenemos dos zonas. Una en la parte interior del muslo derecho, ya sabe, cerca de la ingle. La otra está en la zona del hombro derecho. Faltan trozos de carne, extirpados a punta de cuchillo, y en los bordes de las heridas hay cortes y rasguños extraños. Ahora está en el Centro Médico de Henrico.

—¿Han encontrado los tejidos escindidos? —mi mente repasaba velozmente otros casos, buscando algo semejante.

—De momento, no. Tenemos hombres allí que siguen buscando. Pero es posible que el asalto ocurriera dentro de un coche.

—¿Qué coche?

—El del atacante. El aparcamiento de la tienda de comestibles donde se encontró al muchacho queda de cinco a seis kilómetros del supermercado donde fue visto por última vez. Pudo subir al automóvil de alguien, quizá le obligaron.

—¿Tomaron fotografías de las lesiones antes de que los médicos empezaran a trabajar con él?

—Sí. Pero no le han hecho gran cosa. Debido a la superficie de piel que falta, tendrán que hacerle injertos; injertos totales, dijeron, si eso le dice algo.

Me decía que habían desbridado las heridas, que lo tenían con antibióticos intravenosos y estaban esperando para efectuar un injerto gluteal. Si, empero, no era éste el caso y habían rebajado el tejido alrededor de las lesiones y las habían suturado, no iba a quedar gran cosa que yo pudiera ver.

—No le han suturado las heridas —afirmé.

—Eso me han dicho.

—¿Quiere que vaya a echarle un vistazo?

—Sería estupendo —respondió con alivio—. Podrá ver perfectamente las lesiones.

—¿Cuándo desea usted que vaya?

—Mañana estaría bien.

—De acuerdo. ¿A qué hora? Cuanto más temprano, mejor.

—¿A las ocho en punto? La esperare frente a la entrada de urgencias.

—Ahí estaré —le prometí mientras el presentador me miraba con expresión adusta. Colgué el auricular, cogí el control remoto y subí el volumen del sonido.

—¿.... Eugenia? ¿Puedes informarnos de si el gobernador ha dicho algo?

La cámara pasó a la Penitenciaría del Estado de Virginia, donde hacía doscientos años que se almacenaba a los peores criminales de la Commonwealth [Designación oficial de cuatro estados de EE.UU., entre ellos el de Virginia. (N. del T.], en una franja rocosa del río James en las afueras de la ciudad. Manifestantes con pancartas y entusiastas de la pena capital se habían congregado en la oscuridad, sus facciones endurecidas por el fulgor de los focos de la televisión. Me heló el alma ver gente riendo. Una reportera joven y guapa, enfundada en un chaquetón rojo, llenó la pantalla.

—Como ya sabes, Bill —comenzó—, ayer se instaló una línea telefónica entre el despacho del gobernador Norring y la penitenciaría. Pero aún no ha dicho nada, y eso es muy significativo. Históricamente, cuando el gobernador no tiene intención de intervenir, guarda silencio.

—¿Cómo está la situación ahí? ¿Sigue relativamente tranquila, de momento?

—De momento, sí, Bill. Yo diría que debe de haber varios centenares de personas reunidas aquí en la calle. Y, naturalmente, la penitenciaría se halla casi vacía. Casi todos los internos, excepto algunas docenas, han sido trasladados ya al nuevo centro penitenciario de Greensville.

Apagué el televisor y al cabo de pocos minutos me hallaba conduciendo hacia el este con el seguro de las puertas puesto y la radio encendida. La fatiga se extendía por mi cuerpo como anestesia. Me sentía deprimida y entumecida. Temía las ejecuciones. Temía tener que esperar a que alguien muriera, y deslizar luego mi escalpelo sobre una carne tan tibia como la mía. Yo era una médico con un título en Derecho. Se me había enseñado a reconocer qué daba la vida y qué la quitaba, qué estaba bien y qué estaba mal. Más adelante, la experiencia se había convertido en mi maestra, limpiándose los pies en aquella prístina parte de mí que era idealista y analítica. Resulta desalentador que una persona reflexiva se vea obligada a admitir que muchos estereotipos son verdaderos. No hay justicia en la tierra. Nada podía reparar lo que Ronnie Joe Waddell había hecho.

El reo llevaba nueve años en la galería de los condenados a muerte. Su víctima no había sido uno de mis casos porque la asesinó antes de que me nombraran jefa de Medicina Forense de Virginia y me mudara a Richmond. Pero había estudiado atentamente su expediente. Conocía bien hasta los más atroces detalles. La mañana del 4 de septiembre, diez años antes, Robyn Naismith telefoneó al Canal 8, del que era presentadora, para avisar que se encontraba indispuesta y no iría a trabajar. Salió a comprar medicamentos para el resfriado y volvió a su casa. Al día siguiente se encontró en la sala de estar su cuerpo desnudo y maltratado, apoyado contra el televisor. En el botiquín se halló la huella de un pulgar ensangrentado que posteriormente fue identificada como perteneciente a Ronnie Joe Waddell.

Cuando llegué había varios automóviles aparcados detrás de la morgue. Fielding, mi delegado, ya estaba allí, al igual que mi administrador, Ben Stevens, y la supervisora de la morgue, Susan Story. La puerta cochera estaba abierta, dejando ver las luces que iluminaban tenuemente el asfalto del interior, y un agente de policía del capitolio fumaba sentado en su coche oficial. Se apeó en cuanto aparqué.

—¿Cree que es seguro dejar abierta la puerta cochera? —le pregunté. Era un hombre alto y enjuto con una tupida cabellera blanca. Aunque ya había hablado con él en numerosas ocasiones, no logré recordar cómo se llamaba.

—Por el momento parece que sí, doctora Scarpetta —respondió mientras se abrochaba la cremallera de su gruesa chaqueta de nylon—. No he visto ningún alborotador por aquí.

Pero cuando lleguen los de Instituciones Penitenciarias la cerraré y me aseguraré de que siga cerrada.

—Siempre y cuando permanezca aquí mientras tanto.

—Sí, señora. Puede contar con eso. Y vendrá una pareja de agentes uniformados por si acaso surge algún problema. Por lo visto hay muchas protestas. Supongo que ya habrá leído en el periódico lo de esa petición con tantas firmas que han presentado al gobernador. Y hoy mismo he oído decir que unos remilgados de California se han puesto en huelga de hambre.

Dirigí una mirada fugaz al aparcamiento vacío y a la acera opuesta de la calle Main. Pasó un automóvil sin aminorar la marcha, con un siseo de neumáticos sobre el pavimento mojado. Las farolas eran borrones en la niebla.

—Conmigo que no cuenten. Por Waddell, ni siquiera me perdería una taza de café —El policía protegió con las manos un encendedor y empezó a aspirar bocanadas de humo—. Después de lo que le hizo a esa Naismith.... Todavía me acuerdo de cuando la veía por la tele. A mí, las mujeres me gustan como el café: dulce y muy claro. Pero he de reconocer que era la negra más guapa que he visto en mi vida.

Hacía apenas dos meses que había dejado el tabaco, y ver fumar a alguien delante de mí aún me ponía frenética.

—Dios mío, debe de hacer casi diez años —prosiguió él—. Pero nunca olvidaré la conmoción que hubo. Uno de los peores casos que hemos tenido nunca. Se diría que un oso pardo la.... Le interrumpí.

—¿Nos hará saber lo que vaya ocurriendo?

—Sí, señora. Me lo dirán por radio y yo le pasaré la información —Regresó hacia el refugio de su automóvil.

En el interior de la morgue, luces fluorescentes despojaban de color al pasillo, impregnado de olor a desodorante. Pasé ante el pequeño despacho donde las casas de pompas fúnebres firmaban la entrega de los cuerpos, y luego ante la sala de rayos X y el frigorífico, que era en realidad una amplia sala refrigerada con camillas de dos pisos y macizas puertas de acero. La luz del pabellón de autopsias estaba encendida, las mesas de acero inoxidable bruñidas hasta refulgir. Susan estaba afilando un cuchillo largo y Fielding etiquetando tubos que contenían sangre. Los dos parecían tan cansados y faltos de entusiasmo como yo misma.

—Ben está arriba en la biblioteca, mirando la tele —me informó Fielding—. Nos avisará si hay alguna novedad.

—¿Qué probabilidades hay de que ese tipo tuviera el sida? —Susan se refirió a Waddell como si ya estuviera muerto.

—No lo sé —respondí—. Nos pondremos guantes dobles, todas las precauciones de costumbre.

—Espero que nos digan algo si lo tenía —insistió—. No me fío en absoluto cuando nos mandan estos presos. Creo que les da igual que sean VIH positivos, porque no es problema suyo. No son ellos los que han de hacer las autopsias y preocuparse por los pinchazos de aguja.

Susan se estaba volviendo cada vez más paranoica respecto a los riesgos profesionales, como la exposición a la radiación, a productos químicos y a contagios. No podía reprochárselo. Estaba embarazada de varios meses, aunque apenas se le notaba.

Después de enfundarme un delantal de plástico, volví al vestuario y me puse la bata verde, me cubrí los zapatos con polainas y cogí dos paquetes de guantes. Inspeccioné el carrito quirúrgico colocado junto a la mesa tres. Todo estaba provisto de etiquetas con el nombre de Waddell, la fecha y el número de autopsia. Los envases y tubos etiquetados irían a parar a la basura si el gobernador Norring intercedía en el último momento. Se tacharía el nombre de Ronnie Waddell del registro de la morgue y su número de autopsia sería asignado al próximo que llegara.

A las once de la noche, Ben Stevens bajó meneando la cabeza. Todos miramos el reloj de pared. Nadie dijo nada. Fueron pasando los minutos.

Entró el policía municipal, radio portátil en mano. Por fin recordé que se llamaba Rankin.

—Lo han declarado muerto a las once y cinco —anunció—. Estará aquí en cosa de quince minutos.


La ambulancia emitió un pitido de advertencia mientras entraba en marcha atrás, y cuando se abrieron las portezuelas traseras saltaron de ella varios guardias del Departamento de Instituciones Penitenciarias, en cantidad suficiente para reducir un pequeño motín carcelario. Cuatro de ellos sacaron la camilla donde yacía el cuerpo de Ronnie Waddell. La transportaron rampa arriba hacia el interior de la morgue, con tintineos de metal, roce de pies contra el suelo y todos quitándonos de en medio. Tras depositar la camilla sobre el suelo de baldosas sin molestarse en desplegar las patas, la empujaron como un trineo sobre ruedas, su pasajero sujeto con correas y cubierto con una sábana ensangrentada.

—Una hemorragia nasal —me explicó uno de los guardias antes de que pudiera preguntárselo.

—¿Quién ha tenido una hemorragia nasal? —pregunté, al advertir que las manos enguantadas del guardia estaban manchadas de sangre.

—El señor Waddell.

—¿En la ambulancia? —estaba intrigada, porque Waddell ya no hubiera debido tener presión sanguínea cuando lo llevaron a la ambulancia.

Pero el guardia estaba pendiente de otros asuntos y no obtuve respuesta. Tendría que esperar.

Trasladamos el cadáver a la camilla situada sobre la báscula del piso. Manos afanosas se ocuparon en desabrochar correas y apartar la sábana. La puerta del pabellón de autopsias se cerró sigilosamente cuando los guardias de Instituciones Penitenciarias se retiraron con tanta presteza como habían llegado. Waddell llevaba exactamente veintidós minutos muerto. Podía oler su sudor, sus sucios pies descalzos y el leve hedor de la carne chamuscada. Le habían arremangado la pernera derecha del pantalón por encima de la rodilla, y llevaba la pantorrilla envuelta en gasa nueva aplicada post mortem a las quemaduras. Había sido un hombre corpulento y vigoroso. Los periódicos le habían puesto el mote de «el gigante apacible», el poético Ronnie de ojos melancólicos. Sin embargo, hubo un momento en el que utilizó las grandes manos, los robustos hombros y los brazos que ahora tenía ante mí para arrancar la vida de otro ser humano. Desabroché los cierres de velcro de su camisa de dril azul claro, registrándole los bolsillos mientras lo desvestía. Buscar efectos personales es un formalismo generalmente infructuoso. Se supone que los internos no llevan nada encima cuando van a la silla eléctrica, y quedé muy sorprendida al descubrir lo que parecía ser una carta en el bolsillo de atrás de sus tejanos. El sobre estaba sin abrir. En su anverso, escrito en grandes letras de molde, rezaba:
SUMAMENTE CONFIDENCIAL.

¡ENTIÉRRENLO CONMIGO, POR FAVOR!


—Haz una fotocopia del sobre y de lo que haya en su interior y deposita los originales junto con sus efectos personales —le encargué a Fielding, tendiéndole el sobre.

Lo prendió con sujetapapeles en una tabilla, bajo el protocolo de la autopsia, y farfulló:

Jesús. Es más grande que yo.

—Me asombra que alguien pueda ser más grande que tú —le dijo Susan a mi delegado, practicante devoto del culturismo.

—Menos mal que no hace mucho que ha muerto —comentó éste—. De otro modo, habríamos necesitado las cizallas gigantes.

Cuando una persona musculosa lleva unas cuantas horas muerta, se muestra tan poco dócil como una estatua de mármol. La rigidez aún no había empezado a manifestarse. Waddell estaba tan flexible como cuando vivía. Se hubiera dicho que dormía.

Tuvimos que colaborar todos para pasarlo, boca abajo, a la mesa de autopsias. Pesaba ciento diecisiete kilos con cuatrocientos gramos. Los pies le sobresalían del borde de la mesa... Estaba midiendo las quemaduras de la pierna cuando sonó el timbre de la puerta cochera. Susan fue a ver quién era y al poco rato regresó con el teniente Pete Marino, la gabardina desabrochada, arrastrando un extremo del cinturón por el suelo de baldosas.

—La quemadura de la parte posterior de la pantorrilla mide diez centímetros por tres —le dicté a Fielding—. Está seca, contraída y ampollada.

Marino encendió un cigarrillo; parecía agitado.

—Están armando jaleo con eso de la sangre—dijo.

—La temperatura rectal es de cuarenta grados centígrados —anunció Susan tras extraer el termómetro químico—. Esto es a las once cuarenta y nueve.

—¿Sabe por qué tiene sangre en la cara? —preguntó Marino.

—Uno de los guardias habló de una hemorragia nasal —le contesté, y añadí—: Tenemos que darle la vuelta.

—¿Ha visto esto en el haz interno del brazo izquierdo? —Susan me señaló una abrasión.

La examiné con lupa bajo una luz intensa.

—No sé. Quizá se la haya causado una de las correas.

—Hay otra igual en el brazo derecho.

Le eché un vistazo mientras Marino me observaba y fumaba. Volteamos el cadáver y le colocamos un tarugo bajo los hombros. Manó un hilillo de sangre de la ventanilla derecha de la nariz. Le habían afeitado descuidadamente la barba y la cabeza. Hice la incisión en forma de Y.

—Puede que aquí haya abrasiones —sugirió Susan, contemplando la lengua.

—Sácala —Introduje el termómetro en el hígado.

—Jesús —masculló Marino entre dientes.

—¿Ahora? —Susan tenía el escalpelo a punto.

—No. Fotografía las quemaduras de la cabeza. Tenemos que medirlas. Luego extirpa la lengua.

—Mierda —protestó—. ¿Quién fue el último que usó la cámara?

—Lo siento —dijo Fielding—. No había carrete en la recámara. Lo olvidé. A propósito, te corresponde a ti reponer el rollo de película.

—Sería muy de agradecer que me avisaras cuando la recámara está vacía.

—Se supone que las mujeres son intuitivas. No creí que hiciera falta avisarte.

—Tengo las medidas de estas quemaduras de la cabeza —anunció Susan, haciendo caso omiso de su comentario.

—Adelante.

Susan le dictó las medidas y empezó a ocuparse de la lengua. Marino se apartó de la mesa.

—Jesús —repitió—. Esto siempre puede conmigo.

—La temperatura del hígado es de cuarenta grados y medio—le informé a Fielding.

Miré el reloj de soslayo. Waddell llevaba una hora muerto. No se había enfriado mucho. Era corpulento. La electrocución calienta el cuerpo. En autopsias que había hecho a individuos más pequeños, había encontrado temperaturas cerebrales de hasta más de cuarenta y tres. La pantorrilla derecha de Waddell estaba por lo menos a esa temperatura, caliente al tacto, el músculo en contracción tetánica total.

—Una pequeña abrasión en el borde. Pero nada importante —declaró Susan.

—¿Se mordió la lengua con tanta fuerza como para soltar toda esta sangre? —preguntó Marino.

—No —contesté.

—Bien, pues ya han empezado a armar follón al respecto —alzó la voz—. He creído que le interesaría saberlo.

De pronto caí en la cuenta. Hice una pausa y apoyé el escalpelo sobre el borde de la mesa.

—Usted ha presenciado la ejecución.

—Sí. Ya le dije que asistiría a ella. Todos lo miraron.

—Ahí afuera se están cociendo problemas —prosiguió—. No quiero que nadie salga de aquí solo.

—¿Qué clase de problemas? —inquirió Susan.

—Un puñado de lunáticos religiosos anda merodeando por la calle Spring desde esta mañana. De alguna manera se enteraron de la hemorragia y cuando salió la ambulancia con el cuerpo empezaron a marchar en esta dirección como una banda de zombis.

—¿Vio usted cuándo empezaba a sangrar? —quiso saber Fielding.

—Ah, sí. Lo frieron dos veces. La primera vez se oyó un siseo fuerte, como un radiador con una fuga de vapor, y empezó a salirle sangre por debajo de la máscara. Ahora dicen que quizá la silla no funcionó bien.

Susan puso en marcha la sierra Stryker y nadie quiso competir con su potente zumbido mientras cortaba el cráneo. Seguí examinando los órganos. El corazón estaba bien, y las coronarias de maravilla. Cuando paró la sierra, volví a dictarle a Fielding.

—¿Tienes el peso? —me preguntó.

—El corazón pesa quinientos cuarenta, y se aprecia una sola adherencia del lóbulo superior del pulmón izquierdo al arco aórtico. Incluso he encontrado cuatro paratiroides, por si aún no lo tenías.

—Ya lo tenía.

Coloqué el estómago sobre la tabla de cortar.

—Es casi tubular.

—¿Estás segura? —Fielding se acercó a inspeccionarlo—. Es extraño. Un tipo tan grande necesita un mínimo de cuatro mil calorías diarias.

—Pues últimamente no las ingería —repliqué—. No tiene ningún contenido gástrico. El estómago está absolutamente limpio y vacío.

—¿No se comió la última cena? —me preguntó Marino.

—Por lo visto, no.

—Normalmente, ¿suelen comérsela?

—Sí —respondí—. Normalmente.

Terminamos alrededor de la una de la madrugada y seguimos a los empleados de la funeraria hacia la entrada de automóviles, donde esperaba el coche fúnebre. Cuando salimos del edificio, la oscuridad palpitaba de luces rojas y azules. Parásitos de radio crepitaban en el aire frío y húmedo, se oía zumbido de motores y, más allá de la cerca de tela metálica que rodeaba el aparcamiento, había un círculo de fuego. Hombres, mujeres y niños aguardaban en silencio, los rostros fluctuantes a la luz de las velas.

Los empleados de la funeraria depositaron el cuerpo de Waddell en el vehículo sin pérdida de tiempo y cerraron la portezuela posterior de un golpe.

Alguien dijo algo que no entendí y desde el otro lado de la cerca cayó de pronto una lluvia de velas como una tempestad de estrellas fugaces que aterrizaban blandamente sobre el asfalto.

—¡Condenados pájaros! —exclamó Marino.

Los pabilos refulgían anaranjados y minúsculas llamas punteaban el asfalto. El coche fúnebre salió apresuradamente en marcha atrás. Hubo destellos de flashes. Vi la unidad móvil del Canal 8 aparcada en la calle Main. Alguien corría por la acera. Hombres de uniforme apagaban las velas a pisotones, se dirigían hacia la cerca, pedían a los manifestantes que se dispersaran.

—No queremos problemas —dijo uno de los agentes—. Y no los habrá a menos que algunos de ustedes quieran pasar la noche en el calabozo....

—¡Asesinos! —gritó una mujer.

Otras voces se le unieron y hubo manos que aferraron las mallas de la cerca y empezaron a sacudirlas.

Marino me acompañó a toda prisa hasta mi coche.

Se alzó un cántico de intensidad tribal: «Asesinos, asesinos, asesinos....»

Manoseé las llaves con torpeza, las dejé caer sobre la esterilla, las recogí precipitadamente y logré encontrar la adecuada.

—La sigo hasta su casa—dijo Marino.

Puse la calefacción al máximo, pero no me calentó. Por dos veces comprobé si tenía los seguros puestos. La noche adquirió una calidad surrealista, una extraña asimetría de ventanas oscuras e iluminadas, y había sombras moviéndose en las comisuras de mis ojos.


Tomamos escocés en la cocina porque se me había acabado el bourbon.

—No sé cómo puede beber esta porquería —comentó Marino, descortés.

—Sírvase usted mismo lo que le apetezca del bar —repliqué.

—Por una vez, haré el sacrificio.

No sabía cómo abordar el tema, y era evidente que Marino no pensaba facilitarme las cosas. Estaba tenso, con el rostro enrojecido. Mechones de cabello gris se le adherían al cráneo húmedo, cada vez más calvo, y fumaba sin parar un cigarrillo tras otro.

—¿Había estado antes presente en alguna ejecución? —le pregunté.

—Nunca sentí el impulso irresistible de asistir.

—Pero esta vez se ofreció voluntario, así que el impulso debió de ser bastante irresistible.

—Estoy seguro de que si le echara soda y un poco de limón a este brebaje no quedaría ni la mitad de malo.

—Si quiere que estropee un buen escocés, veré qué puedo hacer.

Empujó el vaso hacia mí y fui a abrir el frigorífico.

—Tengo zumo de lima embotellado, pero no hay limón. Registré los anaqueles.

—Ya me va bien.

Vertí unas gotas de zumo de lima en el vaso y luego añadí la Schweppes. Sin prestar atención al extraño brebaje que ingería, Marino prosiguió:

—Quizá lo haya olvidado, pero el caso de Robyn Naismith lo llevé yo. Sonny Jones y yo.

—Yo aún no estaba aquí.

—Ah, sí. Es curioso, tengo la sensación de que ha estado aquí desde siempre. Pero sabe lo que ocurrió, ¿verdad?

Yo era jefa adjunta de Medicina Forense en el condado de Dade cuando Robyn Naismith fue asesinada, y recordaba haber seguido el caso en los periódicos, y haber visto posteriormente un pase de diapositivas en un congreso nacional. La antigua Miss Virginia tenía una belleza asombrosa y una atractiva voz de contralto. Era carismática y sabía expresarse ante las cámaras. Sólo tenía veintisiete años.

La defensa adujo que Ronnie Waddell había entrado con la única intención de robar, y que Robyn tuvo la desgracia de encontrárselo en casa a su regreso de la farmacia. Se alegó que Waddell no veía la televisión y que cuando saqueó la residencia de su víctima y la atacó físicamente ignoraba por completo cómo se llamaba ésta y qué brillante futuro le esperaba. Estaba tan aturdido por las drogas, arguyó la defensa, que no sabía lo que hacía. El jurado rechazó la alegación de demencia temporal y propuso la pena de muerte.

—Sé que hubo una presión increíble para que se atrapara al asesino —le dije a Marino.

—Puñeteramente increíble. Teníamos una magnífica huella latente. Teníamos marcas de mordiscos. Teníamos tres hombres rebuscando en los archivos, mañana, tarde y noche. No sé cuántas horas dediqué a ese maldito caso. Y al final cogimos al cabrón porque iba circulando por Carolina del Norte con una pegatina de inspección técnica caducada —Hizo una pausa y sus ojos se endurecieron cuando añadió—: Claro que entonces Jones ya no estaba con nosotros. Lástima que no haya podido ver cómo Waddell se llevaba su merecido.

—¿Cree usted que Waddell tuvo la culpa de lo que le ocurrió a Sonny Jones? —pregunté.

—¿A usted qué le parece? —Eran amigos.

—Trabajamos juntos en Homicidios, íbamos a pescar juntos, estábamos en el mismo equipo de bolos.

—Sé que su muerte fue un golpe para usted.

—Sí, bueno, el caso lo agotó. Trabajaba a todas horas, sin dormir, sin parar nunca en casa, y seguro que eso no contribuyó a arreglar las cosas con su mujer. Siempre me decía que no podía soportarlo más, hasta que dejó de decirme nada. Y una noche decidió comerse la pistola.

—Lo siento —dije con voz suave—. Pero no estoy segura de que pueda echarle la culpa a Waddell.

—Tenía una cuenta pendiente con él.

—¿Y quedó saldada cuando fue testigo de su ejecución? Al principio, Marino no contestó. Miraba fijamente hacia el otro lado de la cocina, la mandíbula rígidamente apretada. Le vi fumar y apurar su bebida.

—¿Puedo tomar otro de lo mismo?

—Claro. ¿Por qué no?

Me puse en pie y repetí la misma operación mientras pensaba en las injusticias y daños que habían contribuido a formar a Marino. Había sobrevivido a una infancia mísera y sin amor en la peor zona de Nueva Jersey, y albergaba una perenne desconfianza hacia cualquiera que hubiese tenido mejor suerte. No hacía mucho que su esposa lo había dejado tras treinta años de matrimonio, y tenía un hijo del que por lo visto nadie sabía nada. A pesar de su lealtad hacia la ley y el orden y su excelente historial de servicio en la policía, no estaba en su código genético llevarse bien con la jerarquía. Al parecer, el viaje de su vida lo había llevado por un camino difícil. Temí que lo que esperaba hallar al final no fuera sabiduría y serenidad, sino ajustes de cuentas. Marino siempre estaba enfadado por algo.

—Permítame una pregunta, doctora —dijo cuando regresé a la mesa—. ¿Cómo se sentiría si atraparan a los gilipollas que mataron a Mark?

Su pregunta me cogió por sorpresa. No quería pensar en aquella gente.

—¿No hay una parte de usted que desea ver colgados a esos cabrones? —prosiguió—. ¿No hay una parte de usted que desea ofrecerse voluntaria para el pelotón de fusilamiento y apretar personalmente el gatillo?

Mark había muerto porque una bomba colocada en una papelera de la estación Victoria de Londres tuvo que estallar en el momento en que él pasaba por allí. El pesar y la conmoción me habían catapultado más allá de la venganza.

—Para mí, sería un ejercicio de futilidad proponerme castigar a un grupo de terroristas —contesté.

Marino me dirigió una mirada penetrante.

—Eso es lo que se llama una de sus famosas respuestas de mierda. Si usted pudiera, les haría la autopsia gratis. Y querría que estuvieran vivos y los rajaría muy despacito. ¿Le he contado alguna vez qué pasó con la familia de Robyn Naismith? Cogí mi vaso.

—Su padre era médico en el norte de Virginia, una excelente persona —me explicó—. A los seis meses del juicio le diagnosticaron un cáncer, y dos meses después estaba muerto. Robyn era hija única. La madre se muda a Texas, se ve mezclada en un accidente de tráfico y se pasa la vida en una silla de ruedas sin nada más que recuerdos. Waddell mató a toda la familia de Robyn Naismith. Envenenaba todas las vidas que tocaba.

Pensé en la vida que Waddell había llevado en la granja, y me pasaron por la mente imágenes de su reflexión. Me lo figuré sentado en los peldaños de un porche, mordiendo un tomate que sabía a sol. Me pregunté qué le habría pasado por la cabeza durante su último segundo de vida. Me pregunté si habría rezado.

Marino apagó un cigarrillo. Estaba pensando en marcharse.

—¿Conoce al sargento Trent, de Henrico? —le pregunté.

Joe Trent. Antes estaba en K—Nine y fue transferido a la división de investigación cuando lo ascendieron a sargento, hace un par de meses. Un poco tímido, pero está bien.

—Me ha llamado a propósito de un chico....

—¿Eddie Heath? —me interrumpió.

—No sé cómo se llama.

—Un varón blanco de unos trece años de edad. Estamos trabajando en ello. Lucky's está en la ciudad.

—¿Lucky's?

—El supermercado donde fue visto por última vez. Está en la avenida Chamberlayne, en Northside. ¿Qué quería Trent? —Marino se puso ceñudo—. ¿Le han anunciado que Heath no va a salir de ésta y quería concertar una cita con usted por adelantado?

—Quiere que examine unas lesiones insólitas, posible mutilación.

—Cristo. Cuando se trata de niños, no lo soporto —Marino echó la silla hacia atrás y se frotó las sienes—. Maldita sea. Cada vez que te libras de un sapo, aparece otro para ocupar su lugar.


Cuando Marino se fue, me senté junto a la chimenea y contemplé el brillo cambiante de las brasas en el hogar. Estaba fatigada y me invadía una tristeza opaca e implacable que no me veía capaz de expulsar. La muerte de Mark me había dejado un desgarrón en el alma. Había llegado a darme cuenta, de un modo que me pareció increíble, de hasta qué punto mi identidad estaba ligada al amor que sentía por él.

La última vez que lo vi fue el día en que partió hacia Londres y conseguimos organizarnos para compartir un almuerzo rápido en el centro antes de que él se dirigiera al aeropuerto Dulles. Lo que con mayor claridad recordaba de nuestra última hora juntos era el modo en que ambos consultábamos nuestros relojes de pulsera mientras se acumulaban nubes de tormenta y la lluvia empezaba a escupir sobre el cristal de la ventana. Mark tenía un corte en la barbilla que se había hecho al afeitarse, y más tarde, cuando conjuraba mentalmente su rostro, la imagen de aquella heridita me causaba una inexplicable desazón.

Murió en febrero, cuando terminaba la Guerra del Golfo, y, resuelta a dejar atrás el dolor, vendí la casa y me mudé a otro vecindario. Lo único que conseguí fue desarraigarme a cambio de nada, y el paisaje familiar y los vecinos que antes me ofrecían algún consuelo desaparecieron de mi vida. Redecorar la vivienda y cambiar el diseño del patio sólo sirvió para aumentar mi estrés. Todo lo que hacía conllevaba complicaciones para las que no tenía tiempo, y a veces me imaginaba a Mark meneando la cabeza.

«Para ser una persona tan lógica....», decía él con una sonrisa.

«¿Y qué harías tú? —replicaba yo mentalmente algunas noches en las que no lograba conciliar el sueño—. ¿Qué coño harías tú si estuvieras aquí en mi lugar?»

Regresé a la cocina, enjuagué el vaso y pasé al estudio para escuchar los mensajes del contestador automático. Habían llamado varios periodistas, además de mi madre y Lucy, mi sobrina. Otras tres personas habían colgado sin decir nada.

Me habría encantado tener un número que no figurase en la guía, pero no era posible. La policía, los fiscales de la Commonwealth y los cuatrocientos y pico médicos forenses de todo el Estado podían tener motivos legítimos para llamarme fuera de horas. A fin de contrarrestar esta pérdida de intimidad, utilizaba el contestador para filtrar las llamadas, y cualquiera que telefonease para dejar mensajes amenazadores u obscenos se arriesgaba a ser localizado mediante el dispositivo de Identificación de Llamadas.

Pulsé el botón de Identificación y empecé a examinar los números que se materializaban en la estrecha pantalla. Cuando encontré las tres llamadas que me interesaban, quedé perpleja y algo molesta. A aquellas alturas, el número me resultaba curiosamente familiar. En los últimos tiempos venía apareciendo en la pantalla varias veces por semana, cuando la persona que llamaba colgaba sin dejar ningún mensaje. Una vez había probado a marcar el número para ver quién contestaba y me respondió el tono agudo de lo que parecía ser un fax o un módem de ordenador. Por la razón que fuera, aquel individuo o cosa me había telefoneado tres veces entre las diez y veinte y las once de la noche, mientras yo estaba en la morgue esperando el cadáver de Waddell. No tenía ningún sentido. Las llamadas de publicidad informatizada no deberían ser tan frecuentes ni realizarse a hora tan avanzada, y si era un módem que intentaba comunicarse con otro, ¿no hubiera debido darse cuenta alguien, después de tantos intentos, de que su ordenador estaba marcando un número equivocado?

Desperté varias veces durante las escasas horas de madrugada que quedaban. Cualquier crujido o ruidito que sonara en la casa me aceleraba el pulso. Las luces rojas del cuadro de mandos de la alarma situado frente a la cama brillaban siniestras, y cuando me volvía o arreglaba las mantas, detectores de movimiento que no conectaba cuando estaba en casa me observaban en silencio con sus centelleantes ojos encarnados. Mis sueños eran extraños. A las cinco y media, encendí las luces y me vestí.

El cielo estaba oscuro y me crucé con muy poco tráfico mientras conducía hacia la oficina. El aparcamiento situado junto a la entrada de vehículos estaba vacío y sembrado de docenas de velitas de cera que me hicieron pensar en las fiestas de amor moravas y otras celebraciones religiosas. Pero aquellas velas se habían usado para protestar. Horas antes, se habían usado como armas. Ya en la planta superior, me preparé café y empecé a revisar los papeles que Fielding me había dejado preparados, con la curiosidad de averiguar qué había en el sobre que encontré en el bolsillo de Waddell. Esperaba un poema, quizás otra reflexión o una carta de su capellán.

En cambio, descubrí que lo que Waddell consideraba «sumamente confidencial» y quería que fuera enterrado con él eran recibos de caja registradora. De un modo inexplicable, cinco correspondían a peajes y otros tres a comidas, entre ellas una cena a base de pollo frito encargada en Shoney's dos semanas atrás.

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