Página principal

Crónica de una expropiación


Descargar 28.63 Kb.
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño28.63 Kb.
Brukman es de los trabajadores

Crónica de una expropiación

Después de 22 meses, y con el marco de una emoción incontenible, la Legislatura porteña aprobó la expropiación y ahora Brukman es, oficialmente, de los trabajadores, con un comodato por dos años. Por ahora son los dueños de las máquinas, la marca y los carneros: la norma les exige asociar a todos los empleados de la firma, incluso los que durante estos meses actuaron en contra de este resultado. Sorpresas, anécdotas y lágrimas de un día inolvidable.
El reloj del recinto marcaba 18.55. Afuera de la Legislatura porteña llovía. Tal vez, por lo que pasaba adentro. Los obreros de Brukman le tiraban papelitos a los vilipendiados diputados, algo inédito en la Argentina de hoy. Fue la primera señal de festejo. Enseguida llegaron los abrazos, las lágrimas y el pogo, al ritmo de "aquí están/estas son/las obreras sin patrón". Después de 22 meses de conflicto, este jueves se aprobó la expropiación de la planta textil a favor de la Cooperativa de Trabajadores 18 de Diciembre Limitada.
La norma establece la sesión en comodato, por dos años, del edificio de Brukman y la expropiación definitiva de las máquinas, marcas y patentes por un valor de hasta 150.000 pesos. También señala que los integrantes de la cooperativa se comprometen a abrir una escuela de oficios y a asociar a los obreros que eran empleados de la firma, pero que no participaron de la toma. Después de que se realice un inventario de los bienes y que la norma sea promulgada y publicada en el Boletín Oficial, los trabajadores podrán volver a la fábrica, de donde fueron desalojados hace seis meses.
La sesión estaba anunciada para las 14. A esa hora, se mezclaban en la puerta de la Legislatura porteña quienes manifestaban su apoyo a los trabajadores de Brukman y los vendedores ambulantes de la Costanera Sur, que están en conflicto con el gobierno de la Ciudad. El ruido de los bombos era ensordecedor pero, a decir verdad, resultaba inversamente proporcional a la cantidad de manifestantes, que con suerte llegaba a las 200 personas.
Sin embargo, el edificio de la Legislatura tenía todos los accesos cerrados. Los abogados de los trabajadores de Brukman y algunas obreras habían entrado temprano para ultimar algunos detalles. Pero la mayoría de las costureras llegó sobre la hora y se encontró con problemas para ingresar. Intentaron hacerlo por la única puerta abierta, pero estaba vallada. Una primera tanda logró ingresar agitando unos papelitos blancos que con letras azules decían: "Galería Público". La segunda tanda no tuvo tanta suerte. Cuando el personal de seguridad les bloqueó el paso, empezaron a forcejear. Después de atravesar 22 meses en conflicto, sufrir dos desalojos fallidos y uno efectivo, sobrevivir a una represión que dejó decenas de heridos y pasar los últimos seis meses dentro de una carpa húmeda y fría, no se iban a rendir fácil. Un par de trabajadoras empujó y empujó hasta entrar. "Mirá como me pegaron", señaló Deli, con sus 70 años, y mostraba su pierna ensangrentada. Una vez adentro, en uno de los pasillos de la planta baja le contó su hazaña a otra trabajadora, Celia Martínez, y le agregó información:
-Mientras empujaba, a un cana le mordí el brazo- se rió.
-¡Uy! -festejó Martínez-. Cuando lo vea la esposa...
El diálogo jocoso fue interrumpido por otra compañera que parecía más preocupada que risueña: "Hagamos un poco de lobby para que entren los que se quedaron afuera", propuso. Yuri Martínez, Gladis Guerrero y Susana Luna aún estaban en la calle, agitando en vano ese papelito que debía oficiar de contraseña.
Mientras tanto, el oficial planchador calificado Juan Carlos Righini y su compañero Mario Marín estaban sentados en un escalón del hall de entrada. "Veremos, veremos, después lo sabremos", era la única respuesta que ofrecía el primero ante cualquier señal esperanzadora. Un poco por cábala, otro poco por desconfianza. "Lo único que queremos es trabajar. Sabemos hacer ropa, la fabricamos para las mejores marcas, como Christian Dior", proclamaba Marín a quien se le cruzaba.
De pronto, el pasillo circular que rodea el recinto de sesiones se tapizó de guardapolvos celestes, los uniformes de las obreras de Brukman. Los 60 trabajadores de la cooperativa 18 de diciembre habían logrado reunirse en medio de una densa nube de humo de cigarrillo. Las bromas nerviosas iban y venían. Ni siquiera se salvó el dirigente del Polo Obrero, Néstor Pitrola, que se acercó a saludar. "Que hacía el otro día en la tele al lado de (el dirigente de la Corriente Clasista y Combativa Juan Carlos) Alderete", lo chicaneó uno.
En medio del bullicio, Elisa organizaba la entrada al recinto. "Todos los que vienen con Brukman nos sentamos juntos, detrás de la banca de Lattendorf", iba diciendo en pequeños conciliábulos que armaba con sus compañeros. Mientras tanto, los camarógrafos de la tele preparaban sus equipos. Celia Martínez se cansó de repetir ante uno y otro cronista: "Este es un triunfo de los trabajadores y de todos los que nos apoyaron. Para nosotros es volver a vivir, porque trabajar es vivir. Recuperamos la dignidad". Elena Kaliba completaba: "Nos arrancaron como amas de casa y costureras y nos llevaron a esto. Ahora vamos a poder recuperar la vida familiar. En los últimos seis meses no tuvimos domingos, no pasamos con nuestros hijos ni el Día de la Madre, estuvimos sin maridos. Pasando frío, lluvia, hambre en una carpa húmeda".
Una y otra vez, ambas recorrieron con sus relatos el largo camino que empezó el 18 de diciembre de 2001, cuando decidieron quedarse en la fábrica a la espera de que los patrones le pagasen los salarios adeudados. "Nos pagaban vales de cinco pesos, no teníamos ni para el colectivo", rememoraba Elena. Siempre el recuerdo se detenía en el último 21 de abril, cuando los obreros intentaron reingresar a la planta, después del desalojo del Viernes Santo, y fueron corridos por más de diez de cuadras a balazos y gases.
En esas entrevistas también hubo espacio para repasar aciertos y replanteos. La persistencia, la solidaridad, hechos como la Semana Cultural, se mezclaban con serenas autocríticas: "A lo mejor nos equivocamos en no haber seguido más a la ley -explicaba Celia Martínez-. Pero aprendimos, los errores se cometieron porque no entendíamos mucho, de pronto tuvimos que luchar. Hubo gente que nos quiso ayudar y por ahí no nos asesoró tan bien, pero lo hizo de buena fe. Nos equivocamos todos, porque todo lo resolvimos y aprobamos en asambleas". Matilde Adorno completó la idea: "Aprendimos a enfrentarnos entre nosotros, a reventarnos en las asambleas y después a tomar mate y reírnos juntos".
"¡Brukman!", gritó Elisa con la voz desgarrada para sobreponerse al timbre que convocaba a los diputados a sesionar. Los obreros textiles entraron al recinto y se sentaron en las gradas. No estaban solos, había delegaciones de otras empresas recuperadas. Entre otras se distinguían Ghelco, Clínica Medrano, Sasetru, El Astillero, la Cooperativa Constituyentes y, también, un grupo de trabajadores de Zanón que viajó especialmente desde Neuquén. "Estuvimos acompañando durante estos dos años, cómo no vamos a venir ahora", señalaron Juan Orellano y Raúl Godoy.
Parados, en medio de esa marea de guardapolvos celestes, estaban los abogados Luis Caro, presidente del Movimiento de Fábrica Recuperadas, y Myriam Bregman del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos. "Cuando empiece la sesión, el diputado Crespo Campos va a decir las peores cosas de ustedes. Escúchenlo, pero no se enganchen. No le griten, no lo insulten, no entren en su juego. El quiere romper la sesión", advirtió Caro, que intentaba transmitir confianza. "Tranquilos, que hoy sale la ley. Ya tenemos los votos", aseguraba.
Por entonces había solo un puñado de bancas ocupadas. La espera se hacía larga. Delicia comenzó a desplegar la bandera que decía, una vez más, que Brukman es de los trabajadores. Mientras tanto, los demás cuchicheaban. Celia Martínez le contaba a Nilda que en una de las tantas idas y venidas compartió un viaje en ascensor con Elena Cruz, la diputada apologética del dictador Jorge Videla.. "Me dijo que iba a votar la expropiación, pero que no hagamos mucho ruido con los bombos porque le hace mal a los oídos", se mofó.
El calor y la impaciencia comenzaban a fastidiar a la barra. Hasta que un obrero de Ghelco tocó el silbato y el clima entró en ebullición. El ambiente se parecía al de una tribuna futbolera que espera la salida de sus jugadores al campo de juego. "Vamos a volver, a volver, vamos a volver", fue el primer canto. Sólo para calentar las gargantas.
Vilma Ripoll, la legisladora de Izquierda Unida, se acercó a Luis Caro y le susurró al oído: "Los radicales no bajan". Por un segundo se hizo silencio. "No hay problema, no los necesitamos", dijo Caro antes de ironizar: "Mejor. Que no vuelvan más".
Para romper el silencio, Matilde Adorno se sentó de espaldas al recinto y comenzó a dirigir la barra: "No aguanto más/ no puede ser/que el patrón/ tenga siempre la razón", entonaban todos. El canto erizaba la piel, a tal punto que más de un legislador acompañaba el ritmo con su cabeza o sus manos.
A las cuatro de la tarde, dos horas después de lo previsto, hubo una aparición extraña. Casi como un espectro, resucitó una dirigente política que tuvo su cuarto de hora a fines del siglo pasado. Cecilia Felgueras -aquella niña mimada de Fernando de la Rúa que pasó al más silencioso de los ostracismos- subió al estrado en su carácter de vicejefa de gobierno para presidir la sesión.
Mientras un par de legisladores planteaban cuestiones administrativas e internas de la Legistura, el peronista Enrique Rodríguez se acercó a cuchichear con Caro. Lo mismo hicieron la legisladora del ARI, Delia Bissutti y otro peronista, Jorge Argüello. Le informaban que las comisiones de Presupuesto y Desarrollo Social iban a pedir un cuarto intermedio para firmar un solo despacho, de manera conjunta. "Quédense tranquilos que se vota -transmitieron los abogados de los trabajadores-. Sólo hay que esperar unos minutos".
"Tendríamos que haber comprado pañales descartables", se quejaba Nilda, una obrera que ya no aguantaba más y decidió aprovechar el cuarto intermedio para ir al baño. "Cuidame el asiento con tu vida", le pidió a un periodista.
Felgueras hizo una nueva aparición y puso en marcha el debate que terminaría con la expropiación de la planta textil. Ordenó al secretario que leyera el proyecto en voz alta y se hizo un silencio que sólo se quebró cuando la barra arrancó con el ya clásico: "Brukman es/ de los trabajadores/ y al que no le gusta/ se jode, se jode".
El peronista Santiago de Estrada tomó la palabra para anunciar que el PJ apoyaba el proyecto. Le siguió Luis García Conde del ARI que denunció que los accionistas de Brukman hicieron caer sobre las espaldas de sus empleados la política de vaciamiento que aplicaron a la empresa. Después dijo: "Enaltezco a los trabajadores como ejemplo de tenacidad y lucha. Se inscribe en la historia de las mejores luchas de los trabajadores argentinas, como la de los anarquistas y socialistas de principios de siglo, como el 17 de Octubre, como el Cordobazo. El desafío es mostrar que otros modelos son posibles. Adelante trabajadores de Brukman, el futuro es de ustedes", proclamó. Estallaron los aplausos y también las lágrimas de Celia Martínez, que le hicieron correr el rimel hasta trazar dos surcos en sus pómulos.
Mientras las obreras se comían las uñas como si fueran semillitas de girasol, Enríque Rodríguez tomó la palabra. "Prefiero un trabajador con un empleo, que con ayuda social. El establecimiento Cebex S.A (nombre de la sociedad propietaria de Brukman) es competitivo en la industria por sus maquinarias de altísima calidad para confeccionar vestimentas para caballeros y damas. Pero sería inservible sin la capacidad de estos trabajadores", sentenció. Después destacó el amplio consenso que se logró en la legislatura. Votaron el proyecto todas las agrupaciones de izquierda, el ibarrismo, el PJ, el ARI, cavallistas, y hasta algún macrista. Por eso, en algún momento, Abel Lattendorf dio las gracias a los trabajadores de Brukman: "Su lucha me permitió escuchar en este recinto cosas que nunca me hubiera imaginado".
La primera diputada mujer en hablar fue Delia Bissutti, del Ari. Planteó que había terminado frustrada el 2002, porque Brukman había sido el caso de fábricas recuperadas de mayor exposición pública y el de menores avances. Por entonces, el reclamo de los obreros era estatización de la planta con control obrero y chocaba con la voluntad de los legisladores. Bissutti empezó a trabajar activamente por la expropiación una vez que los trabajadores conformaron la cooperativa y dejaron de lado la exigencia de estatización. Más tarde, Vilma Ripoll, de Izquierda Unida pedirá que sea sólo una resignación temporaria.
"Batir el record de desocupación implica batir el record de indignidad. Por eso se hace necesario explorar nuevos caminos, como este", justificó Jorge Arguello que se comprometió públicamente a trabajar con Luis Caro y el Movimiento de Fábricas Recuperadas, para modificar la Ley Nacional de Quiebras a partir de diciembre, cuando asuma su banca como diputado nacional. A continuación, el macrista Oscar Moscariello argumentó su voto favorable diciendo: "Tal vez no sea técnicamente la mejor ley, pero es la ley posible del consenso, para que los trabajadores puedan sostener su dignidad".
La primera crítica, vino de la propia izquierda. Abel Lattendorf agradeció la lucha de los trabajadores de Brukman y hasta confesó haber dormido dentro de la fábrica para garantizar la toma. "Soy coherente", dijo. Pero después se opuso al artículo 8 de la ley en discusión, el que obliga a los trabajadores que participaron de la toma a incorporar a la cooperativa a aquellos que no lo hicieron.
Vilma Ripoll y Jorge Altamira del Partido Obrero coincidieron con Lattendorf. Aprobaron la ley general pero votaron en contra del artículo que cuestionaban. Recordaron que un grupo de los trabajadores que se beneficiarán con esta norma jugaron para la patronal y se presentaron en la Legislatura con una nota que decía que su único interés era cobrar la indemnización.
El debate por el artículo 8 consumió bastante tiempo y hasta generó alguna discusión entre los propios obreros. La decisión de incorporarlo en la ley se había tomado en la última asamblea después de una ardua discusión. "Es una extorsión -denunció Altamira-. Si no la aceptaban no les daban la expropiación". El legislador trotskista criticó, además, que no se explicite en la ley aprobada que los valores de los bienes expropiados no se tomen en moneda de quiebra y aprovechó para subrayar que el 40 por ciento de la deuda de la empresa quebrada es con una compañía uruguaya, Meeadows Pine, cuyo propietario es socio de Brukman
Cuando le llegó el turno al ucedeísta Julio Crespo Campos cumplió con el vaticinio de Caro. "Esta es la ley del apriete -denunció- Acá vienen 30 personas, gritan, insultan y ponen en marchas mecanismos como estos, que violan leyes y normas fundamentales". Después acusó a los trabajadores de haber golpeado y ultrajado a los trabajadores leales a los patrones. En la barra, Oscar, Juan Carlos, Elisa, se mordían los labios para no contestar. "Está mintiendo", protestaba Celia. "Es un provocador", decía Myriam Bregman. Crespo Campo seguía: "Estas personas no son Caperucita Roja, son una organización política que se aglutina en el Bloque Piquetero". Con buen manejo de la ironía, los obreros de Brukman lo ovacionaron cuando terminó. Mucho más que a Fernando Caeiro y Jorge Enriquez, los otros dos diputados que manifestaron a viva voz su oposición.
El ubicuo diputado Carlos Campolongo recordó a los empresarios ricos que tienen empresas pobres y también a los sindicatos que no defienden los justos derechos de los trabajadores. Señaló que la propuesta que realizó la patronal de Brukman para levantar la quiebra era irrisoria y lamentó las dificultades prácticas que existen para comprobar las quiebras fraudulentas.
Los discursos seguían y seguían hasta que la ibarrista Laura Moressi cerró la lista de oradores. Hizo un puntilloso recorrido de los pasos legales que se dieron para intentar explicar, de manera confusa, por qué no colaboró con la ley de expropiación hasta que no se dictó la quiebra, el pasado 20 de octubre. Después argumentó su voto favorable: "Dada la profunda crisis de ocupación y subocupación, tenemos el derecho de decidir de manera discrecional, pero no arbitraria, que esta propiedad esta sujeta de utilidad publica".
Mientras Moressi hablaba, comenzaban a escucharse crujidos de papel. Los trabajadores de Brukman cortaban cuanta hoja o volante tenían a mano. Unos minutos después, volvió el espectro. Cecilia Felgueras preguntó: "¿Quién está a favor?". Los diputados levantaron sus manos y los papelitos volaron. Los trabajadores se abrazaron, lloraron y bailaron pogo. Yuri Fernández cerró los puños y con la vista perdida gritó: "¡Por fin!". Myriam Bregman predijo cierto síndrome de abstinencia: "Ahora no sé qué voy a hacer. Desde hace seis meses todos los días estaba metida en la causa Brukman". Matilde Adorno cerró los ojos, contuvo en vano sus lágrimas y simuló con sus manos dos alitas. "Estoy aquí pero estoy en el aire", fue lo único que dijo antes de reprocharse:"¡Qué pelotuda! No puedo hablar".
Como la hinchada de un equipo campeón; los obreros siguieron cantando y gritando por la diagonal Julio Argentino Roca, a la que algún artista callejero le cambió el cartel por el de "Pueblos orginarios". Hubo fuegos artificiales, algún discurso que nadie escuchó y una frase que lanzó Celia Martínez y marcó el final: "¡Vamos a la carpa a comer chorizos!".
cortesía de lavaca.org


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje