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Crescencio Palomo Iglesias, O. P. Vida y Obra de la M. Trinidad del Purísimo Corazón de María Esclavas de la Santísima Eucaristía Vida y Obra de la M. Trinidad del Purísimo Corazón de María Carreras Hitos


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Crescencio Palomo Iglesias, O.P.

Vida y Obra

de la M. Trinidad

del Purísimo Corazón de María

Esclavas de la Santísima Eucaristía
Vida y Obra de la M. Trinidad del

Purísimo Corazón de María

Carreras Hitos

Vida y Obra de la M. Trinidad

del Purísimo Corazón de María

Carreras Hitos

Fundadora de las Esclavas de la

Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios

por


crescencio palomo iglesias, o. p.

Edición corregida

Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios

Madrid · 2001


ÍNDICE
Palabras previas
I. PRIMEROS AÑOS (1879-1893)
Monachil

Orígenes familiares

Nacimiento y bautismo

Infancia


Confirmación

Primera Comunión

Enfermedad

Muerte de la madre

Orfandad

Educanda en Santa Inés

Vocación capuchina

II. SAN ANTÓN (1893-1925)


Entrada en el convento de San Antón

Postulantado

Toma de hábito

Noviciado

Profesión religiosa

Profesa en el convento de San Antón

Abadesa en el convento de San Antón

Las nuevas abadesas en el convento de San Antón

Nueva llamada para la adoración

De nuevo abadesa en el convento de San Antón

El Arzobispo aprueba la adoración perpetua

III. PRIMERAS FUNDACIONES (1925-1933)


Fundación en Chauchina

Proyecto de enseñanza

Fundación en Berja

IV. LAS NUEVAS FUNDACIONES (1933-1949)


Problemas tras la proclamación de la II República española

Cómo resolver el problema

Viaje para fundar en el extranjero

Primeros pasos en Portugal.

Fundación en Braga

Separación de Chauchina

Viaje a Roma

La Guerra Civil española

Expansión de la obra

Casa de Oporto

Casas de Sobrado del Obispo y de Melias

Casa de Granada

Casas de Laveiras - Caxías y de Lisboa

Casas de Madrid

Casa de Bilbao

Casa de Formia (Italia)

Casa de Torres del Río (Navarra)

Casa de Méjico

Casa de Viana do Alentejo

Aprobación de las Constituciones

Fin de la carrera

Hacia los altares

Un testimonio sobre la madre Trinidad

V. LA CONGREGACIÓN HOY


Casas en España

1. Berja (Almería)

2. Sobrado del Obispo (Orense)

3. Granada

4. Madrid

5. Bilbao

6. Los Negrales

Casas en Méjico



1. Méjico

2. León Guanajuato

Casas en el Perú



1. Lima

2. La Pampa

Casa en Venezuela



1. San Antonio de los Altos

Casas en Portugal



1. Braga

2. Oporto

3. Laveiras-Caxias

4. Lisboa

5. Viana do Alentejo

6. S. Brás de Alportel

7. Fátima

8. Fundão

Casas en Angola



1. Luanda-Cristo Rey

2. Catete

3. Luanda-Mãe de Deus

4. Ondjiva-Cunene

5. Lubango-Santa Teresinha

6. Namibe

7. Lubando-Anjo da Guarda

Casas en Cabo Verde



1. Ilhan do Maio

2. Ilha de Santiago-Praia
Palabras previas
La vida de la madre Trinidad se mueve por un impulso interior, es una vida contemplativa centrada en la adoración a Jesús Sacramentado, en cuya presencia amorosa su alma se recrea y se lanza hacia una acción de servicio a Dios y a los hombres dentro de un marco eclesial.

Esta acción, por brotar de su constante unión oracional con Dios, le viene exigida por el mismo Dios como una inspiración que siente en el fondo de su alma y que la lleva, muchas veces sin desearlo, a actuar, aún a costa de muchos sacrificios y sinsabores, por seguir lo que para ella es voluntad de Dios.

Estas dos facetas: vida interior y acción, se han intentado tener en cuenta en estas páginas. Se ha querido situar los hechos en el tiempo y a la vez buscar el porqué de esa acción. La tarea no ha sido siempre fácil, pues la madre Trinidad, como alma de Dios, es sencilla, humilde, no busca protagonismo; solo busca la gloria de Dios y, por tanto, la eficacia, y no la notoriedad personal.

Por otra parte, no ha tenido biógrafos ni cronistas de su Obra, aunque esto último fue una de sus preocupaciones, por exigírselo sus directores. Hay constancia de que quiso cumplir con esta exigencia, pero no tuvo éxito, no pudo contar con una religiosa cronista, y esto no por falta de buena voluntad en las religiosas encargadas, las cuales hicieron lo que pudieron.

Las fuentes básicas con que se ha contado para este cometido son sus escritos y sus cartas.

Se conservan abundantes cartas, dirigidas la mayor parte a sus religiosas y más concretamente a las que ocupaban algún cargo, por lo que el tema suele ser un tanto administrativo, aunque con frecuencia se lanza a lo espiritual. Los datos históricos son escasos, pues su objetivo es mantener la comunidad en el espíritu religioso y buscar el medio de que este progrese, aunque, como es natural, salgan circunstancialmente algunas acciones relacionadas con las fundaciones y que hoy hay que interpretarlas por ir dirigidas a un interlocutor conocedor de la realidad, por lo que le sobraban fechas, lugares y nombres.

En cuanto a los escritos se trata de 41 cuaderno de tamaño y contenido muy desigual. Estos fueron escritos por la madre Trinidad para obedecer a diversos directores espirituales y a prelados cuando se lo mandaban. Esto hace que el contenido sea diverso y que haya hechos repetidos con narraciones y matices no coincidentes, aunque el fondo sea el mismo, y con variación de alguna fecha, lo que muestra que al escribir no tenía a la vista los escritos anteriores y que no controlaba las fechas. También hay constancia que escribió mucho más que se ha perdido, porque no le fue devuelto o porque algún director se lo mandó destruir, como es el caso de un diario de experiencias espirituales. De estos escritos brota un rico contenido espiritual, datos autobiográficos y algo de cronología.

Con esta publicación se pretende cumplir con el encargo de las “Esclavas de la Eucaristía y de la Madre de Dios” para conmemorar el 75 aniversario de la primera fundación de la madre Trinidad en Chauchina.
Madrid, 5 de junio de 2000
I. PRIMEROS AÑOS (1879-1893)

Monachil
El punto de partida de la vida de la madre Trinidad es Monachil, el pueblo de la provincia de Granada, donde nació, el 28 de enero de 1879, y donde vivió los diez primeros años de su vida y los seis meses previos a su entrada en el convento de San Antón de Granada.

Monachil es un pueblo pequeño de la vega granadina, asentado en las márgenes del río que le da su nombre. Este río llega al pueblo en un corto y rápido recorrido desde la garganta septentrional de Sierra Nevada, donde nace por bajo el picacho Veleta, y continúa su curso, ya más tranquilo, hasta verter sus aguas en el río Genil, a 22 kilómetros de su nacimiento.

La situación geográfica, al comienzo de la falda de la sierra, y los muchos cerros del término municipal, hacen de este pueblo un lugar pintoresco. Llegando desde Granada, único acceso por carretera, y después de pasar el Barrio Bajo y de remontar el Barrio Alto de Monachil, se empieza a apreciar, como a unos dos kilómetros, un conjunto de casas asentadas en una hondonada rodeada de una empinada montaña, que forman un muro infranqueable que corta la vista y también el paso a la carretera. Ya en el pueblo, llama la atención, la hermosa iglesia, el cauce del pequeño río Monachil que cruza encajonado la vecindad, beneficiándola con sus aguas frescas y, sobre todo, la cercana y gran montaña que preside el entorno.

El clima de este pueblo es húmedo y frío, con fuertes heladas en los inviernos. La economía de sus habitantes se ha basado en la agricultura: cereales, aceite y fruta; y en algún tiempo también en la explotación de las canteras de yeso y cal, y la industria de papel y paño, junto con los molinos de harina y aceite.

De Monachil han salido muchas y buenas vocaciones sacerdotales y religiosas, lo que denota las buenas costumbres y la arraigada religiosidad de sus vecinos. Una de estas vocaciones fue la de la madre Trinidad, en el siglo Mercedes Carreras Hitos, fundadora de las Esclavas de la Santísima Eucaristía de la Madre de Dios.

Orígenes familiares
Los padres de la madre Trinidad, don Manuel Carreras Chamorro y doña Filomena Hitos Linares, se conocieron en Málaga, y tras unas relaciones de unos tres años, no bien vistas por los padres de doña Filomena por ser el pretendiente de su hija y su familia desconocidos de ellos1, contrajeron matrimonio en Monachil el 9 de julio de 1871. Contaban en el momento de matrimoniar el esposo 27 años de edad y la esposa 19.

Don Manuel era natural de la villa de Martos, en la provincia de Jaén, y de profesión guardia civil. Conoció a doña Filomena de una manera providencial, por un favor de la Santísima Virgen, según le contaba a sus hijos, y que refiere la madre Trinidad en sus escritos:

«Mi padre, de edad de quince años quiso ser militar y marchó a Guadalajara (según le oí referir muchas veces, pasó su vida en Castilla la Vieja en distintos puntos), y estuvo muchas veces en grave peligro de perder su vida en cumplimiento de su deber, y que la Virgen Santísima, de quien fue devotísimo, le libró cuando la invocaba con fe y amor de hijo. ¡Cuánta fe tenía su corazón refiriéndonos con lágrimas los favores singularísimos de su patrona la Santísima Virgen de las Maravillas de Martos a donde nació!

»Sus palabras: “Siempre estaré bendiciendo a mi madre la Virgen Santísima la protección y cariño con que me acompañó siempre en todos los pasos de mi vida militar, y a pesar de mis travesuras en mi juventud, donde quiera que veía una imagen de la Virgen me descubría y rezaba sin temor a las censuras de mis compañeros, que no siempre sentían como yo. Y la bendita Madre cuidó siempre de mí. Mayor ya, me preocupaba del estado que había de tomar; quería encontrar una compañera ideal que me hiciera feliz... y no veía nada que llenara mi corazón, a ella encomendé con toda la fe de mi alma este asunto y puso en mi camino una mujer dotada de un alma hermosísima con un corazón de ángel, ¡vuestra madre!, prudente y discretísima que me dirige.

»No tenía un céntimo, la divina Providencia dispuso tuviese que ir con mi Coronel a Málaga, y en el mismo hotel, se hospedaba una señora con tres hijas, que pronto hicieron amistad con las hijas de mi Coronel, la mayor me encantaba oírla en las tertulias y reuniones de ambas familias. Era sumamente jovial, discreta, sencilla, alegre, tan simpática en su trato, tan agradable en su conversación que la familia de mi Coronel, pidió a la señora madre, dejase a sus hijas acompañar a las suyas, para hacerles más amena la temporada, que ambas habían ido de recreo. Me parecía todo providencial.

»Entonces yo buscaba la Patrona de Málaga, y pasaba muchas horas al pie de la Virgen de las Victorias pidiéndole que me diera aquella señorita por mi compañera. Salí de la iglesia, seguro que la Virgen me había oído, y en efecto, aprovechando una ocasión en que fui acompañando a las hijas de mi Coronel, me acerqué a ella y le dije: a la Virgen de las Victorias le confié un encargo de interés para usted, ¿no le ha dicho nada?

»Quedó en silencio y calló. Su silencio fue la contestación de la Virgen; a ella fui lleno de gratitud, y ella me dio fortaleza para conseguir mi intento, a pesar de la persecución y guerra que tuve que sostener tres años con toda su familia que se oponía a que llegase a ella. ¡Bendita sea la Madre de misericordia!”.

»Estas fueron sus palabras siempre que nos contaba, siendo pequeños, cómo vino de Jaén a este pueblecito de la vega de Granada.»2

De lo referido se aprecia que don Manuel era un hombre creyente, aunque no tuviese el fervor religioso de su esposa y de la familia de ésta. Pasaba también por ser un hombre bondadoso y generoso. Su hija, la madre Trinidad, dice:

«Tenía un gran corazón para los pobres a quienes repartía cuanto ganaba, hasta el punto de quitarse sus ropas para vestir algún pobre desnudo, como un invierno, volvió a casa sin capa porque encontró un pobre medio muerto de frío y se la dio; y mientras tuvo, no dejó nunca de socorrer todas las necesidades, y siempre llevaba detrás de él muchos pobres que le llamaban su padre. Muchos años después de muerto, cuando venían del pueblo al convento, me decían contristados: “Aquel hombre no debió morir; mientras él vivió con nosotros no se conoció el hambre en el pueblo, nos socorría a todos y no nos cobraba” (tenían almacén o tienda).»3

De los padres de don Manuel se sabe que se llamaban José Carreras González y María del Carmen Chamorro González y que eran naturales y vecinos de la referida villa de Martos. Otros datos de esta familia son desconocidos. La madre Trinidad se limita a decir: «Mis abuelos paternos no los conocí, pues mi padre era de Jaén y no tuvimos ocasión de conocernos, sólo por escrito.»4

Doña Filomena era natural de Monachil, al igual que sus progenitores. Ocupaba el cuarto lugar entre los siete hijos de la familia, de los que solo el quinto era varón. Sus padres, don José Hitos Lafuente y doña Josefa Linares Arboleda, eran «labradores con una desahogada fortuna que les hacía vivir y educar a sus hijos con todas las comodidades de una familia que vive de sus rentas, sin preocuparse más que de la cristiana educación de sus hijos en el santo temor de Dios.»5 En el pueblo gozaban de fama de buenos y fervientes cristianos y eran conocidos como “la familia levítica”6, por la mucha atención que prestaba a la parroquia y a todo lo relacionado con el culto.

La religiosidad de los Hitos Linares es algo notorio y digno de consideración. Dos hijas de este matrimonio fueron monjas: sor María Paz, que entró en las clarisas de la Encarnación de Granada, y sor Mercedes, en las capuchinas de San Antón, también de Granada. Esta última jugará un papel importante en la vida de la madre Trinidad probándola durante el largo período de postulantado y aconsejándola que se marchase a otro convento, como después se verá. Los otros cinco hijos se unieron en matrimonio y tuvieron hijos de los que salieron dos jesuitas, un sacerdote y siete religiosas. Dios bendecía así la religiosidad de esta familia.

El alma de esta religiosidad era doña Josefa, la abuela, mujer de carácter entero y de una piedad poco común en una mujer, que, como “la mujer fuerte” –según la llamaban sus nietos–, crió a sus hijos y nietos en la fe cristiana y los mantuvo muy unidos mientras vivió, como si se tratase de una sola familia7.

Doña Filomena era una mujer inteligente, culta, de carácter jovial y expresivo. Estuvo interna en las clarisas de la Encarnación de Granada, donde tuvo por maestra o formadora a su hermana sor María Paz y donde también tenía una tía, la madre San Gabriel, que la inclinaba a la vida religiosa, pero no sintiéndose con vocación, concluido el periodo de tres años de educanda, volvió con sus padres a Monachil. Era aficionada a la música y escribía poesías que recitaba a la familia8. Los años de formación en las clarisas de la Encarnación y el ambiente religioso de la familia hizo de ella una mujer de gran religiosidad y de delicada conciencia. Quería ser toda para Dios, por lo que «alguna vez solía decir a su madre: “nada, que mi corazón debió ser todo de Dios, y en un descuido lo dividí, y ahora quiero darle el corazón de mis hijos”.»9 Ciertamente fue una madre que en los pocos años de su vida educó a sus hijos para que sus corazones fueran de Dios

Nacimiento y bautismo
La madre Trinidad nació en Monachil el 28 de enero de 1879, en una casa a las afuera del pueblo llamada “Casa Alta”10, y dos días después recibió el agua bautismal en la parroquia de la Encarnación. En el registro civil le pusieron el nombre de Mercedes y al ser bautizada le añadieron el de Juliana. La partida de bautismo dice:

«En el lugar de Monachil, provincia y arzobispado de Granada, en treinta de enero de mil ochocientos setenta y nueve, yo el infrascrito cura propio de su iglesia parroquial, bauticé solemnemente en ella a Mercedes Juliana, que nació el veintiocho; hija legítima de don Manuel Carreras, natural de Martos, provincia de Jaén y de doña Filomena Hitos, de ésta. Abuelos paternos José y Carmen Chamorro; maternos don José y doña Josefa Linares. Fue su madrina doña Rosa Hitos Linares, a quien advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones. Fueron testigos Manuel Robles y Fernando Rodríguez, de esta vecindad. Y para que conste lo firmo.- José Moratalla López.»11

Mercedes ocupaba el cuarto lugar de los once hijos que le nacieron al matrimonio formado por don Manuel Carreras y doña Filomena Hitos. Antes que ella habían nacido: Manuel José Basilio, el 16 de junio de 1872; José Lorenzo, el 10 de agosto de 1873 y murió muy pronto; Carlos, en 187512. Después de ella nacieron: Rosa Josefa, familiarmente llamada Pepita, el 10 de marzo de 1880 y fue religiosa con el nombre de sor Pura de la Preciosa Sangre; María Josefa Aurora, el 22 de febrero de 1882 y murió al poco de nacer; María Cayetana, el 7 de agosto de 1883 y murió en los primeros años de su vida; Francisco de Borja Luis de la Santísima Trinidad, el 13 de octubre de 1884 y murió al poco de nacer; Francisco de Asís Hilario José, el 14 de enero de 1886; Antonio Alejandro, el 26 de febrero de 1887; y Jesús María José, el 9 de junio de 1888. Estos dos últimos emigraron a América, a la república Argentina. Carlos fue el único que nació fuera de Monachil.

El nacimiento de Mercedes vino como algo providencial, por ser la primera niña del matrimonio después de tres varones y, sobre todo, por servir de unión al matrimonio que al parecer estaba desunido y en trance de quiebra. La causa de este problema familiar era la profesión de don Manuel, que como guardia civil, tenía que ausentarse del hogar familiar, lo que no era bien visto por su esposa que quería hacer comprender a su marido que dedicándose a la administración de su hacienda conseguía mayor remuneración económica para el sostén de la familia y al mismo tiempo ella gozaría de marido y sus hijos de padre. Hasta tal extremo debieron llegar las cosas que en el embarazo de Mercedes se marchó con los otros niños a casa de sus padres con la intención de no volver al hogar familiar. La madre Trinidad se hizo eco de este problema y considera como un don de Dios su nacimiento, pues a raíz de él el problema familiar quedó resuelto. Veamos lo que dice:

«Dios sea bendito que se valió de este gusanillo miserable parar traer la paz y alegría a la casa, pues mi madre sufría y pensó divorciarse si mi padre no se retiraba de la milicia, pues él quedó después del servicio militar de guardia civil, y mi madre quería se retirase y dedicase a sus pequeñas fincas que le daban más producto, le tenía mas padre de sus hijos y gozaba de más paz.

»Esta lucha llegó a ser una realidad antes de yo nacer. Mi madre se vino con sus tres niños a casa de la abuela y dijo no saldría más de ella. Todos sorprendidos llegase de Guadalajara el mismo día y hora de mi nacimiento como si le hubiesen enviado un propio. Decía él muchas veces a la familia: “¡cómo no queréis sea de todos mis hijos la más querida, si antes de nacer me avisó como un ángel de paz, que en las mayores penas de mi vida que me viera solo y abandonado de los seres más amados de mi corazón, lejos de mi casa y país!”; “me vino ella, sin duda me la envió el Señor, decía un día a la madre abadesa del colegio donde ingresamos mi hermana pequeñita y yo a los diez años, Santa Inés. Turbado y desesperado sin saber qué hacer entré en una iglesia que encontré abierta y como mi costumbre era rezar todos los días a la Virgen Santísima, a quien amé con gran fe desde niño, y entré, me sentí feliz, pues la divina Madre de Dios me daba en mi primera hija la solución de todos mis problemas: unirme con lazo indisoluble a la que me dio ella por compañera y ángel en la tierra”.»13

Desde entonces don Manuel se quedó definitivamente en Monachil, se dedicó a la administración de la hacienda de la esposa y más tarde añadió a estas tareas el trabajo en un comercio que abrió en el pueblo para tener ocupado al hijo mayor cuando abandonó los estudios eclesiásticos14.

Infancia
El ambiente familiar de los Carreras Hitos era el de una familia numerosa de clase alta en el pueblo y de gran religiosidad. Seguían la línea de los padres de la esposa y muy influenciados por la madre de ésta, quien nunca dejó de tomar parte muy activa en la educación de sus nietos y en especial de Mercedes y de su hermana Pepita, por ser las dos únicas niñas que vivían entre tantos hermanos.

El padre, don Manuel Carreras, no tenía la ferviente religiosidad de su esposa doña Filomena, aunque sí ejercía como católico practicante de convicción y colaboraba para que sus hijos recibiesen la mejor educación humana y cristiana. Esta cierta indiferencia religiosa de don Manuel llegaba a preocupar a doña Filomena y los padres de ésta, que querían llevarlo a su terreno. La ocasión la encontraron en una enfermedad de Mercedes, muy querida de su padre, que estando en trance entre vida y muerte, al tiempo que la encomendaban a Dios por intercesión de san José, pedían también porque su padre frecuentase los sacramentos: «todos creían –dice la madre Trinidad– moriría entonces e hicieron por mí salud grandes promesas, y los Siete Domingos a San José con el fin de que mi padre, que me quería mucho, frecuentase los santos Sacramentos, que aunque muy bueno y honrado, no tenía la devoción que mi madre y abuelos deseaban, y por mí lo hicieron todo, y desde entonces mi padre empezó a ser más piadoso, aunque nunca faltó a misa, ni dejaba a los criados sin obligarlos a misa, aunque abandonasen los ganados y faenas del campo.»15

En este ambiente familiar Mercedes vivió una infancia feliz de la que hace referencia muchos años después: «Mi niñez fue deliciosa, me sentía amada de cuantos me rodeaban, me decían me parecía a mi madre y compartían conmigo el respeto y amor y simpatía que por ella sentían. Sólo mi madre fue entera y nada de mimos, me castigaba mucho y me enseñaba a amar y conocer a Dios en todas las cosas, ver la mano divina que nos guiaba al cielo, dándonos educación, medios y doctrinas muy santas de la santa Iglesia y libros santos para sacar, aun de los males, medios de santificación y de alabanza a Dios nuestro Señor y a nuestra Madre dulcísima y san José a quien nos tenía consagrados desde el momento de nacer, especialmente a mí, que me repetía con frecuencia: “ya presentía que esta niña sería mi preocupación, pues es la que más fuerte vino”. Estuvo a morir, pues me decía que el señor Cura al bautizarme y decirle tenía tres días16 les dijo a los padrinos: “Creo que así es, aunque sus apariencias son de más de tres meses”. La abuela materna, que fue mi madrina17, decía que nadie podía creerlo por lo fuerte y despierta que estuve.»18 Y en otra ocasión, volviendo sobre el mismo tema dice: «Nos refería mi madre, que le di mucho quehacer desde antes de nacer, estuvo a la muerte, y avisaron a mi padre que estaba en Toledo, porque creyeron moría, y al nacer quedó completamente buena y yo nací tan robusta y grande que creían los que me vieron en la iglesia en el bautismo que tenía ya meses, cuando solo contaba tres días. Dicen era muy traviesa, miraba a todos como si conociera, esto me lo refería mi madre y abuela, cuando me reprendían me decían que venía dando ruido desde antes de nacer.» Y seguidamente, como confirmando lo anterior añade: «Cuánto les hice sufrir con mis travesuras.»19

En estas palabras se deja entrever que la familia mimaba a Mercedes, y por otras referencias que era la hija preferida del padre, lo que no es de extrañar dada la circunstancia de sexo y el lugar que ocupaba entre los hermanos, la primera niña después de tres hermanos. Esto hizo que el carácter inquieto, travieso e ingenuo de Mercedes se avivase y trajese a mal traer a la madre, que era la que menos la mimaba, y que necesitase la ayuda de la abuela para ir domando a la niña. Esta ayuda la prestó doña Josefa –según refiere la madre Trinidad– sintiendo que prestaba «un buen servicio al Señor, pues temía que en casa de mi madre, con el extremado amor de ellos a la primera niña, pues los tres primeros eran varones y pidieron mucho al Señor viniese yo, mi misma madre, que conocía mi condición traviesísima, que no dejaba vivir a nadie tranquilo por el carácter vivo y fuerte, que hacía andasen todos pendientes de mí por las travesuras que hacía a mi madre en la cocina, en el comedor; en el cuarto de costura le quebré la máquina tirándola al suelo porque no alcanzaba a coser el vestido a la muñeca... y no sé si tendría 3 ó 4 años de edad; y mi abuela, por aliviar a mi pobre madre de este tormento, me llevó consigo, y ella, de carácter entero y de una piedad poco común en una mujer, que sus nietos después la llamaban la mujer fuerte, domó la pequeña leoncilla, pues le hacía grandes travesuras, como fue un día mientras se fue a misa. Me dejó con la criada encargándole no me dejase sola, y, por socorrer a una pobre que llevaba un jarrito pidiendo aceite, abrí un depósito que tenía no se las arrobas (pues en los bajos de la casa tenían una fábrica aceitera), y como abrí el grifo con mucho trabajo, después no lo pude cerrar y se vació todo. Cuando avisaron a mi madre, que como era tan buena, llorosa se encomendó a la Sagrada Familia y entrando descalza con una cubita en aquella sala que era un lago de aceite lo recogió todo y cuando mi abuelo, que era hombre de mucho carácter, vino a la casa no lo advirtió ni dijo nada. Y después oía a mi madre decir a mi padre: “¡qué milagro nos hizo la Sagrada Familia hoy, si no es ella, la travesura de la niña nos sale carísima!, ¡gracias, Dios mío, que así nos favoreces!” La abuela en lugar de castigarme me escondió para que mi madre no me castigara como merecía.»20

En la forma de actuar de Mercedes se empieza a ver un carácter firme, seguro, dispuesto siempre para luchar, para conseguir lo que se proponía. Por ello no es extraño que al quedar huérfana de madre a la edad de 9 años quisiera suplir en todo a la madre perdida y así pretendió ponerse al frente de la casa, atender a su padre y cuidar de sus hermanos menores. Empezaba a nacer en ella un sentido de responsabilidad maternal, de entrega generosa, de servicio, de suplir las carencias de los demás, algo que mas tarde le tocó practicar con creces en sus larga vida de religiosa y especialmente en los años difíciles de fundadora.

Algo importante en la infancia de Mercedes fue su formación humana y religiosa, que recibió al mismo tiempo que su hermana Pepita, un año menor que ella. Protagonista de este cometido educativo fue la madre con la ayuda incondicional de la abuela.

Según iban creciendo Mercedes y Pepita sus padres pensaron llevarlas al internado del Colegio de Santo Domingo de Granada con el fin de que estudiasen para profesoras cuando tuviesen edad. Pero doña Filomena temía que siendo tan pequeñas con el contacto con otras niñas mayores pudiesen desviarse de la educación moral y religiosa en que ella las venía formando. Por ello prefirió retenerlas a su lado y ocuparse personalmente de educarlas hasta que alcanzase una mayor edad. No obstante, para lograr una mayor eficacia buscó a una señora mayor, piadosa e instruida, algo parienta suya, para que fuese a su casa y enseñase a las niñas las disciplinas adecuadas a su edad. De este modo también lograba ayudar a esa familia, que había venido a extrema pobreza. Esta señora estuvo enseñando a las niñas a leer y escribir durante tres años, hasta que hicieron la Primera Comunión21.

Así doña Filomena conseguía la formación de sus hijas, y al tenerlas cerca la completaba con el amor de madre y les inculcaba las buenas costumbres y la vivencia de la fe cristiana que ella y su familia con profunda convicción practicaba. Por ello, la formación o preparación para la Primera Comunión no la confió a nadie, quiso ella preparar personalmente a sus niñas22, si bien le ayudó algo su sobrino Antolín, el padre Hitos, y otros seminaristas que se encontraban de vacaciones en el pueblo23.

Estos años infantiles, con especial connotación la formación y el clima familiar, marcaron fuertemente a Mercedes, que lo recuerda posteriormente, siendo ya religiosa y fundadora, con satisfacción y agrado, como un gran don de Dios al que debe responder con santidad de vida:

«¡Qué cuenta me pedirá el Señor si no me santifico, habiendo vivido desde mi infancia entre santos que se esmeraban tanto en darnos una educación religiosa como para conservar en nosotras la gracia bautismal.»24

«Nacimos y criamos en aquel invernadero de almas muy santas por dicha nuestra, como fueron los abuelos y tíos, especialmente tía Prudencia, Paz, Mercedes y su madre25 y la mía. ¡Qué hermosos y felices gozarán en el cielo aquella familia tan llena de fe y amor de Dios!.»26

«Antes de poder hablar, mi corazón amaba a Dios y quería ir al cielo. ¡Con tal unción y amor nos hablaba [mi madre] de Dios que lo veíamos en todo! Sin apenas pronunciar palabra nos enseñó los actos de fe, esperanza y caridad.»27

«Ya conoce lo santa que fue mi madre, parecía en familia un sacerdote, y con sus pequeñas hijas una madre con un alma de serafín. No sabíamos hablar y nos hacía pronunciar el “Jesús, María y José” y “Jesús, María y José, os doy el corazón y el alma mía”, y con tal fuerza nos lo decía que cuando acababa sus oraciones y consagraciones, muy hermosas, que nos hacía repetir con ella todos los días mañana y tarde, mi hermana sor Pura, con mucha gracia, abriendo sus manecitas le decía: Mamá ya no tenemos más que darle.»28

«Padre mío, mi santa madre y abuelita me enseñaron a amar a Dios desde antes de conocerle. Le oí decir a mi madre: “Os he enseñado a Dios antes que supierais hablar”. En efecto, allí se temía a Dios y no vi pecado alguno. Pero yo de genio muy fuerte y vivo le hice mucho sufrir, porque fui muy traviesa y alegre.»29

El esmero de doña Filomena en la formación de sus dos niñas iba muy arropado de la práctica religiosa: en familia rezaban diariamente el Trisagio, los Dolores y Gozos de San José y el Rosario entero; asistían al culto parroquial y colaboraban en lo relacionado con él, como era el arreglar la capilla de san José, por el que sentía la abuela gran devoción; de vez en cuando la madre hablaba a los niños de hechos históricos religiosos, como las apariciones de Lourdes y de La Saletta; les compraban libros con láminas, catecismos explicados y el santo Evangelio. Esto movía a los niños a relacionar sus juegos infantiles con lo relacionado con la iglesia y el culto, como era el que un hermano invitase a Mercedes a ayudarle a decir misa en altarcitos que ellos construían con piedras y que también el hermano mayor, que estaba en los primeros cursos del seminario, les predicase30.

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