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Cooperativismo socialista y emancipación humana x Iñaki Gil de San Vicente La Haine


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Cooperativismo socialista y emancipación humana

x Iñaki Gil de San Vicente - La Haine    ::    
10/5/2011

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La historia de la lucha de clases rezuma reflexiones y experiencias en las que el cooperativismo socialista aparece como una fuerza emancipadora pero muy perseguida

Nota: esta ponencia ha sido publicada en el libro “Cooperativas y socialismo. Una mirada desde Cuba”, compilado por Camila Piñeiro Harnecker.

1. AUTOGÉNESIS HUMANA Y COOPERACION SOCIAL

2. COOPERATIVISMO BOLCHEVIQUE

3. UTOPIAS E IMAGINARIO ANTIIMPERIALISTA

4. OCUPACIÓN, COOPERACIÓN Y PODER DE CLASE

5. AUTOGESTIÓN, PODER Y SOCIALISMO

6. AUTOGESTIÓN, DETERMINISMO Y COMUNISMO

7. ALIENACION, MIEDO Y ANTICIPACION COMUNISTA

8. REVOLUCIÓN CULTURAL Y RELACIONES COMUNISTAS

1. AUTOGÉNESIS HUMANA Y COOPERACION SOCIAL

¿Por qué Lenin optó por el cooperativismo desde el inicio de su vida revolucionaria y fortaleció esta convicción desde el inicio de la revolución bolchevique e insistió cada vez más en este sistema como una de las soluciones definitivas para avanzar al socialismo? Por dos razones estrechamente unidas. La primera, porque asumía la teoría marxista sobre el cooperativismo de producción y de consumo como uno de los métodos de avance al socialismo, método opuesto a la opción reformista del cooperativismo solamente de consumo, o solamente de producción, y siempre dentro de la dictadura del mercado burgués.

Para Marx y Engels la autogénesis humana, o sea, que nuestra especie se crease a sí misma mediante el trabajo social, era una de las bases del materialismo histórico desde sus inicios, aunque advirtieron que esa autoconstrucción estaba rota internamente por el surgimiento de la propiedad privada ([1]). Bien pronto avisaron de que la escisión social abría la posibilidad de la autodestrucción de las clases en lucha ([2]) de no triunfar la revolución, aviso que entonces produciría risa pero que ahora está al borde de ser una tragedia.

La deriva de la autogénesis a la autodestrucción responde al irracionalismo de la propiedad privada que destroza lo esencial de la especie, la cooperación entre productores asociados que recorre la historia humana, al rebajarla a simple disciplina militar burguesa ([3]). La acumulación originaria de capital lleva el saqueo y expolio de la propiedad comunal y colectiva a sus expresiones más terroristas ([4]), originando resistencias desesperadas de los pueblos precapitalistas basada en la solidez de sus relaciones comunales, y que Marx definió “sistemas nacionales de producción precapitalista”([5]). Su admiración hacia estas luchas no le impedía admirar a las de los trabajadores occidentales, y a sus experiencias cooperativistas vistas como “primera brecha” ([6]) en el sistema de explotación a pesar de sus limitaciones muy comprensibles.

En la Comuna de París de 1871 Marx confirma la dialéctica entre cooperación, poder comunal, cooperativismo y comunismo:

“Los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta que la imposibilidad de que el actual sistema continúe –y no son pocos– se ha erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de sustituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo «realizable»?”([7]).

Engels hace en esta época tres aportaciones decisivas: Una, propone a Bebel utilizar las expresiones “Comunidad”, “Gemeinwesen” y “Commune” ([8]) en vez de Estado, porque reflejan mejor el ideal socialista. Dos, plantea a Lavrov una cuestión vital para el cooperativismo que ha sido deliberadamente marginada por un marxismo mecanicista: la producción de placeres no sólo como medios de existencia sino también como medios de desarrollo humano “producidos socialmente” ([9]). A partir de un determinado momento, la sociedad puede dar el salto de la producción para las necesidades a la producción para los placeres, aunque sean en principio para la minoría dominante. Luego, la lucha por la producción de placeres liberadores azuza la lucha revolucionaria. Esta concepción es de una actualidad innegable donde el “placer” burgués es una poderosa arma reaccionaria. Y tres, describe el papel del trabajo social, en cooperación, de la “ayuda mutua”, de la “actividad conjunta” en un contexto de “transformación del mono en hombre” ([10]) indicando cómo la “cooperación de la mano, de los órganos del lenguaje y del cerebro” y la “acción planificada” permiten avanzar en un primer momento, pero bajo la propiedad privada generan efectos negativos, incontrolables y desastrosos, y demuestra cómo la búsqueda del beneficio individual burgués “al privar de toda propiedad a la inmensa mayoría”, al destruir la propiedad común, acelera la ruptura con la naturaleza y la “venganza” de ésta contra la especie humana.

2. COOPERATIVISMO BOLCHEVIQUE

La segunda razón es que el cooperativismo socialista debía servir de puente de unión a las diferentes fracciones de las clases trabajadoras, desde el campesinado hasta los obreros de las grandes fábricas, pasando por los trabajadores de las pequeñas empresas arruinadas, y debían a la vez racionalizar, ahorrar, evitar costos y tiempos muertos, y llevar los productos vitales directamente de la producción al mercado. Para que esto se lograse era necesario que el cooperativismo socialista estuviera hegemonizado por los comunistas más formados teórica y políticamente.

Al inicio de la revolución Lenin habla de las “comunas de consumo” ([11]) que han de integrar a las de producción, y al final de 1918 asume la necesidad de recuperar la cooperación rota por la disciplina laboral burguesa y por su división del trabajo: “Todos convenimos en que las cooperativas son una conquista del socialismo. Por eso cuesta tanto lograr las conquistas socialistas. Por eso es tan difícil triunfar. El capitalismo dividió intencionadamente a los sectores de la población. Esta división tiene que desaparecer definitiva e irrevocablemente, y toda la sociedad ha de convertirse en una sola cooperativa de trabajadores”([12]). Por debajo del lenguaje está presente la teoría y la filosofía marxista de la cooperación humana y de la comuna como bases de la autogénesis, y de la necesidad de reconstruir esa unidad rota por el capitalismo mediante el trabajo en cooperación, cooperativo, de “toda la sociedad”.

En 1919 el Partido editó un Manual de formación de la militancia en el que se explica lo esencial del cooperativismo en aquellos años cruciales. Se sostiene que antes de la revolución el cooperativismo estaba controlado por la derecha y por el reformismo, y que la mayoría de las cooperativas optaron por el zarismo ([13]), pese a esto se insiste en la necesidad de fortalecer el cooperativismo obrero, de que integre a toda la clase trabajadora, de que sea de producción y de consumo, de que esté muy unido a los sindicatos, de que los comunistas sean hegemónicos en su interior “que consigan en él un papel dominante” ([14]), y que integre también a la pequeña industria urbana, la artesanía y los trabajadores a domicilio([15]). Si el cooperativismo y en menor medidas los gremios, son imprescindibles para atraer a la revolución a estas clases y capas sociales urbanas tan propensas a la ideología pequeño-burguesa, en el campo sucede otro tanto pero con diferente complejidad porque “aquí se mezclan la agricultura urbana y suburbana, las comunas campesinas, los gremios, el cultivo cooperativo y la cooperación agrícola, espacios muy aptos para que “el pequeño capitalismo se atrinchere contra el poder soviético y la gran explotación socialista”([16]).

A la vez, desde este 1919 Lenin insiste en fortalecer el cooperativismo aumentando la participación proletaria, semiproletaria y de comunistas en su interior([17]), planteando que la lucha contra la burguesía en las cooperativas ha de debatirse públicamente en la prensa([18]), y explicando la urgencia de aumentar el control de las cooperativas mediante la intervención de comisarios([19]), pero respetando los niveles de conciencia, no nacionalizando por la fuerza a las cooperativas reaccionarias sino ganándolas con el ejemplo comunista y con el apoyo estatal([20]). Lenin sabe que proliferan los fraudes, abusos y ocultaciones en su funcionamiento pero: “En ningún caso deberán poner trabas a las cooperativas, sino ayudarlas por todos los medios y colaborar con ellas”([21]). La tolerancia hacia las cooperativas no socialistas es parte de la política de concesiones a la burguesía, y Lenin debe explicarlo dentro del Partido ([22]) y también en la Internacional Comunista ([23]), volviendo a hacerlo al proponer la autogestión financiera de las industrias, que fortalece las tendencias proburguesas pero reafirma el deber del sindicalismo en defender a los obreros contra esos explotadores ([24]).

A finales de 1921 Lenin sabe que la lucha sindical aislada serviría de poco porque, además de la corrupción interna al cooperativismo burgués y de la posibilidad de recuperación de la burguesía, también hay que tener en muy en cuenta los tres “enemigos principales” del Partido: la altanería comunista, el analfabetismo y el soborno ([25]). Sabe que el Partido está pudriéndose y burocratizándose internamente y comienza una lucha cada vez más desesperada para impedirlo. Propone que la militancia ha de actuar con el resto del pueblo, entre los no comunistas, atrayéndoles; para eso es necesaria la formación teórica, política y filosófica ([26]). Apoya que el cooperativismo se internacionalice ([27]). Sostiene que los mejores comunistas cooperativistas entre a dirigir el Banco Cooperativo ([28]), y al final decide hace público el problema: “Nuestra administración sigue siendo la vieja, y nuestra tarea consiste ahora en transformarla a lo nuevo. No podemos transformarla de golpe, pero necesitamos organizar las cosas de manera que estén bien distribuidos los comunistas con que contamos. Es preciso que estos comunistas manejen las administraciones a las que les han enviado, y no, como ocurre a menudo, que sean las administraciones las que les manejan a ellos. No hay por qué ocultarlo y debemos hablar de ello con claridad” ([29]).

Los “últimos escritos” de Lenin, del 23 de diciembre de 1922 al 2 de marzo de 1923, luchan contra cuatro peligros crecientes: la burocratización; el ascenso del nacionalismo gran-ruso; el desprecio del cooperativismo; y los síntomas de desmoralización. Lenin era muy consciente de que los cuatro formaban una unidad y que era imposible resolverlos uno a uno, separadamente. El escrito titulado “Sobre las cooperativas” fue terminado el 6 de enero de 1923, y concluye así: “Se nos plantean dos tareas principales que hacen época. Una es la de rehacer nuestra administración pública, que ahora no sirve para nada en absoluto y que tomamos íntegramente de la época anterior; no hemos conseguido rehacerla seriamente en cinco años de lucha, y no podíamos conseguirlo. La otra estriba en nuestra labor cultural entre los campesinos. Y el objetivo económico de esta labor cultural entre los campesinos es precisamente organizarlos en cooperativas. Si pudiéramos organizar en cooperativas a toda la población, pisaríamos ya con ambos pies en terreno socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, implica tal grado de cultura de los campesinos (precisamente de los campesinos, pues son una masa inmensa), que es imposible sin hacer toda una revolución cultural”([30]).

3. UTOPIAS E IMAGINARIO ANTIIMPERIALISTA

¿Nos sirve ahora la propuesta de una “revolución cultural”? ¿Qué podemos aprender de una sociedad como la rusa de 1918 con una compleja interrelación de modos de producción y de formaciones sociales tan diferentes como la que nos transmite Lenin ([31])? ¿Y de la China de 1927 tan bien estudiada por Mao ([32]) y de sus propuestas sobre las asociaciones de todo tipo, el cooperativismo, la integración social de los sectores reaccionarios y criminales, etc.? ¿Y qué decir sobre las aportaciones de Mariátegui, de Mella y de tantas otras personas revolucionarias que han estudiado minuciosamente las realidades de las Américas, o de África, y no sólo sobre los “clásicos” ([33]) marxistas europeos? Otro tanto debemos preguntarnos sobre la extremadamente rica experiencia mundial consejista, comunalista y sovietista, asamblearia, y en general sobre el proceso totalizante que engloba la autoorganización, la autogestión, la autodeterminación y la autodefensa.

El cooperativismo es una de las expresiones particulares de lo que e marxismo define como “el ser humano-genérico”, el que posee en abstracto las potencialidades implícitas en nuestra especie, decisivas en la autogénesis, y que I. Mészáros llama “poderes esenciales” desvirtuados por el “trabajo forzoso” y la propiedad privada ([34]). El humano genérico se materializa en los distintos modos de producción, en las diferentes formaciones económico-sociales, pero bajo la propiedad privada los “poderes esenciales” son sumergidos en la represión y en la alienación burguesa, desapareciendo de la vida pública, refugiándose en la lucha revolucionaria y, en parte, en el cooperativismo y en otras prácticas asociativas. Pero siempre dejan un poso, un rastro expresado en un “ideal social”, utopías igualitarias que alimentan lo que E. Bloch llama la “materia de la esperanza”, que impulsa a las gentes explotadas a levantar la bandera roja: “derrocar todas las realidades en las que el hombre es un ser humillado, esclavizado, abandonado, despreciable” ([35]). Desde otra perspectiva pero diciendo lo mismo sobre el fondo de la lucha por la recuperación de lo común, S. Neuhaus habla de la “reserva simbólica”([36]) transformadora acumulada en la historia de las luchas sociales y que mantiene una visión crítica de la realidad.

Entre otros muchos, M. Beer ([37]) investigó este ideal en el marco europeo pero llegando sólo hasta la década de 1920. Estudios más recientes han investigado esta dialéctica en Oriente ([38]) confirmando la existencia de un poso socializante en lo remoto de las tradiciones y de la cultura popular. La importancia de valores igualitarios antiguos defendidos por las sociedades secretas en la historia de las luchas de clases y de liberación nacional en China no se le escapa a nadie, y su fuerza era tal en las revueltas campesinas que en el siglo XII del calendario occidental, el emperador Zhen Zong decidió propiciar el budismo y el taoísmo, además del confucianismo ya dominante, para crear una ideología oficial capaz de adormecer al pueblo ([39]). Por ejemplo, la desesperada guerra defensiva china de 1899-1900, que tanto impresionó a Lenin, fue organizada y dirigida “por la sociedad secreta místico-religiosa Ihetuanes” ([40]). En África tropical la solidaridad comunal y las tradiciones sociales explican por qué la penetración del imperialismo originó luchas desde 1906, y por qué la capacidad de resistencia de las tribus a la explotación capitalista se asentaba en “las organizaciones tribales de ayuda mutua, culturales y religiosas existentes en muchas ciudades de África Occidental” ([41]).

Parte de la cultura europea se formó sobre el componente milenarista e igualitarista que sobrevive muy reprimido dentro de las diversas versiones de la religión cristiana “polifacética” ([42]), que refleja las contradicciones clasistas en las que late el resto muy tergiversado de un ideal comunista ([43]). Otras versiones del cristianismo apuestan brutalmente por el poder imperialista más salvaje en base a la idea del “reconstruccionismo cristiano” dirigido mundialmente por la extrema derecha neofascista norteamericana ([44]). Otra parte de la cultura europea que ha sido muy bien descrita por N. Cohn, estuvo influenciada por la utopía grecorromana del “Estado natural igualitario” ([45]) que terminaría dando cuerpo ideológico al “Milenio igualitario” después de integrar algunos componentes de la utopía comunitarista cristiana. Por un lado, actuaba el principio cristiano de “vivir así en la tierra como en el cielo” desde una visión colectivista, y por otra parte, se recuperó el mito de la “Edad de Oro”, del reino de la abundancia, etc., del que forman parte entre otros los mitos del Paraíso, del Maná, etc. Según N. Cohn hay que datar en 1380 el momento definitivo de irrupción del “Milenio igualitario” ([46]), cuando las luchas campesinas, artesanas y burguesas irrumpen definitivamente. Dentro de estas corrientes existían grupos político-religiosos, como los husitas radicales, los anabaptistas y otros, o los niveladores, etc., que reivindicaban abiertamente la primacía de la propiedad común, si bien con muy diferentes formas expositivas.

Con respecto a las Américas, cuando los españoles invadieron Cuba, una de sus primeras atrocidades fue atacar y destruir la “casa grande” ([47]) que guardaba el excedente social, matando a la mayoría de sus ocupantes. La “casa grande” era como el templo en el modo de producción asiático o tributario. Los grandes imperios maya, azteca e inca, tenían sus respectivas “casas grandes”, templos y palacios, que pueden asemejarse, salvando las distancias, a las salas de asamblea en las cooperativas, en donde se debaten las decisiones. Pese a las diferencias pervive ([48]) una conexión de fondo: lo comunal y su defensa no ha desparecido del todo aunque esté desvirtuado; el dinero y el valor de cambio no dominan absolutamente sobre el trueque, la reciprocidad y el valor de uso; el fetichismo y la alienación no se han impuesto exterminando a otras formas de intercambio. Siendo esto significativo, tanto más lo que el sincretismo religioso andino y afro-indio e indio-europeo, se basó y se basa en una revalorización de lo comunal, como se aprecia en la “Teología de la esclavitud” ([49]) de la mitad del siglo XVI en adelante. La Teología de la Liberación solamente podía haber surgido en las Américas porque era en estos pueblos en donde la realidad comunal de las sociedades precapitalistas conectaba muy fácilmente con los restos del comunismo primitivo de la religión cristiana.

Veamos dos casos que nos ilustran sobre la complejidad de las interacciones entre lo comunitario precapitalista y la lógica mercantil. El primero es el de las Encomiendas de la Compañía de Jesús como medio de “civilizar” a los irreductibles guaraníes ([50]), y como medio de explotación económica muy rentable ([51]), gracias a la síntesis entre el comunitarismo guaraní y la disciplina económica jesuítica. Su éxito fue tal que provocó la envidia y la guerra corta pero durísima ([52]) con otros poderes cristianos. Gracias a su creciente poder, se convirtieron en una fuerza represiva muy eficaz que, pese a todo, no pudo impedir el surgimiento de resistencias que darían forma a los “comuneros” ([53]) de Paraguay en la mitad del siglo XVII y a las rebeliones indígenas y comuneras de comienzos del siglo XVIII ([54]). El segundo, muy actual, es el debate sobre el “Buen Vivir” que entronca con las tradiciones comunitarias de las culturas andinas y que da pie a muchas versiones diferencias, desde la socialdemócrata ([55]) hasta la que sostiene que “El marxismo tenemos que indianizarlo” ([56]), pasando por otras más ([57]). Las tradiciones y prácticas comunitarias están divididas socialmente en su interior, lo que permite que se impongan las versiones ideológicas creadas por las castas y/o clases dominantes en esos pueblos. Todo ello exige a los marxistas un esfuerzo teórico imprescindible en el que no podemos extendernos ahora ([58]), pero que tiene conexiones directas con el tema que tratamos aquí.

La conexión de fondo que recorre a las luchas por la recuperación de lo común, tiene en la experiencia de la sublevación de Oaxaca una de tantas confirmaciones. M. Juárez sostiene que: “La Comuna de Oaxaca es continuidad de un proceso que se inicia en América Latina con “la guerra del agua” en Cochabamba y la lucha heroica del pueblo boliviano, de las jornadas revolucionarias de 2001 en Argentina y las fábricas ocupadas como Zanon y Brukman, entre otros momentos claves de la lucha de clases en el continente. Y enfrenta a uno de los gobiernos “neoliberales” más pro yanquis de la región, que en los años previos estuvo a la delantera de la aplicación de los planes del FMI y el Banco Mundial” ([59]). Como vemos, el autor recorre luchas básicas en defensa del agua realizadas por pueblos originarios con una muy fuerte praxis comunitaria hasta los más ultracapitalistas proyectos del BM y FMI pasando por las ocupaciones argentinas.

Simultáneamente a estas movilizaciones y combates, también se sostenían otros igualmente importantes para el debate sobre el cooperativismo y la autogestión. Nos referimos a las crisis del cooperativismo neutral y hasta crítico bajo las presiones de la ofensiva neoliberal lanzada por el imperialismo con el apoyo de las burguesías locales: “Durante la implantación del modelo neoliberal, el cooperativismo fue uno de los medios sociales más afligido. Esto se debe, en primer lugar, por su debilidad doctrinaria e ideológica. En segundo lugar, a la agresiva competencia entre cooperativas por ganar clientela, y por último, la falta de cambios estructurales para institucionalizar al cooperativismo” ([60]). La triple razón expuesta sintetiza no sólo el problema del cooperativismo en las Américas, sino a escala mundial desde el siglo XVIII, como iremos viendo.

No hay duda, pensamos nosotros, que estos y otros combates han ayudado a crear lo que G. Cieza denomina “imaginario de una América Latina unida contra el imperialismo” ([61]), que se ha formado a pesar de las derrotas y que ahora aumenta en fuerza y conciencia. La “reserva simbólica”, los “poderes esenciales”, el “ideal social” y la “materia de la esperanza”, el “imaginario antiimperialista”, etc., sin olvidarnos del cristianismo con su mensaje de “liberación y esperanza” ([62]), actúan como “fuerzas materiales” que enlazan constantes recurrentes en diversas fases históricas de lucha de clases. Y la pregunta es: ¿no apreciamos el nexo entre la “revolución cultural” propuesta por Lenin y la recuperación de la esperanza humana en este comienzo del siglo XXI en el que, entre otras propuestas idénticas destaca la de la “lucha de ideas” lanzada por Fidel Castro?



4. OCUPACIÓN, COOPERACIÓN Y PODER DE CLASE

La importancia de lo anterior para nuestro debate es que en los capitalismos “desarrollados” también laten estas fuerzas dormidas que en situaciones de crisis profunda remueven la dictadura del mercado burgués llegando a cuartearla por la recuperación de formas alternativa. La dictadura del mercado burgués no es absoluta ni total, no puede exterminar la tendencia a la recuperación de resistencias colectivas basadas en la cooperación no mercantilizada. De hecho, las primeras cooperativas modernas surgieron simultáneamente a los primeros efectos terribles de la protoindustrialización en Gran Bretaña, a finales del siglo XVIII. Según explica F. Bedarida, en 1760 surgió una cooperativa de molineros para realizar ellos la molienda y para vender la harina con precios más baratos rompiendo el monopolio de la industria harinera. Poco a poco aumenta el cooperativismo al calor del aumento de la explotación, y lo hace con ideas socialistas y hasta comunistas tal cual se pensaban en aquella época. Desde 1826 se puede hablar de un cooperativismo asentado y con fuerte crítica moral al capitalismo ([63]), pero resultó un fracaso económico y en 1844 se inicia una nueva fase más centrada en la búsqueda de la rentabilidad que garantice una mejora de los cooperativistas aunque sea ablandando o abandonando la lucha ético-moral contra el sistema. Los Pioneros de Rochale inician esta segunda fase que culmina 1863 con el Congreso de las cooperativas al por mayor, y con la imagen neutral y aséptica del cooperativismo oficial.

La contradicción entre la rentabilidad económica del cooperativismo y su eficacia como medio emancipador, recorre toda la historia de este movimiento desde finales del siglo XVIII, como hemos visto. Hemos visto arriba cómo “la agresiva competencia entre cooperativas por ganar clientela” es una de las razones que explican la crisis del cooperativismo oficial bajo los ataques del neoliberalismo, sin olvidarnos de su debilidad doctrinaria y de su poca adaptabilidad a los cambios. Pero estas razones deben ser completadas con otras más profundas, ancladas en la lógica misma del modo de producción capitalista, siendo una de ellas la primacía del mercado sobre la planificación, como iremos viendo, así como en el papel del reformismo político-sindical que, como sucedió a finales del siglo XIX bajo el dominio de la socialdemocracia alemana, dejó que se fortaleciera la tesis del “socialismo gremial como medio para la supresión pacífica del capitalismo” ([64]), a pesar de la declaración grandilocuente del Congreso de Hannover de 1899 sobre el cooperativismo.

Ahora queremos estudiar con algún detalle qué contradicciones irreconciliables del capitalismo reactivan la tendencia a la cooperación y a la autogestión obrera. Y pensamos que la mejor forma es la de ir a las entrañas del monstruo imperialista, EEUU, en donde en diciembre de 1936 los trabajadores ocuparon de la fábrica de automóviles de Flint, de la General Motors en el Estado de Michigan: “La personas eran distintas después de la misma. “El trabajador se convirtió en un ser humano distinto (…) Las mujeres que han participado activamente se convirtieron en un tipo diferente de mujer, sus cabezas se mantenían altas y tenían más confianza. La naturaleza de la ciudad ha cambiado. Los capataces, que solían amenazar a los trabajadores, ahora caminaban sobre cáscaras de huevo. El miedo de los trabajadores se había esfumado. A través de su sindicato, los trabajadores ganaron otras cosas. En las dos semanas siguientes, 87 ocupaciones tuvieron lugar en Detroit. Se había extendido la sindicalización en todo el sector del automóvil” ([65]).

Con todo propósito, hemos recurrido a esta cita porque nos demuestra el papel de las mujeres en los momentos decisivos de la lucha revolucionaria. Desgraciadamente, no podemos dedicar toda la atención necesaria a la liberación de la mujer como logro imprescindible de la emancipación y de los logros de las revoluciones socialistas al respecto ([66]), y esta cita, además de descubrir su presencia, nos abre a otro panorama cruel: el del cargar contra la mujer trabajadora los cosos sociales de las crisis capitalistas. Muchas de las huelgas y recuperaciones de empresas han surgido por la previa movilización de las mujeres que han presionado a sus maridos para que se enfrentaran a la patronal, o han empezado ellas mismas. La respuesta del sistema patriarco-burgués yanqui, para seguir dentro del monstruo, se ha endurecido con el neoliberalismo, atacando furiosamente los derechos de las mujeres y reactivando lo peor de la ideología patriarcal ([67]), como lo demuestra S. Faludi en su valiosa investigación.

Más de setenta años después, a finales de 2008, la fábrica Republic Doors & Windows, en Chicago, fue ocupada por los trabajadores al enterarse que la empresa la iba a cerrar ([68]). Las sobreganancias imperialistas explican en buena medida, además de otras razones, porque el movimiento obrero yanqui ha estado relativamente dormido –aunque no tanto como dice la propaganda burguesa ([69]) – durante este tiempo, pero todo indica que algo se mueve en las clases explotadas, también en EEUU ([70]). Mientras tanto, entre 1936 y 2008, y como hemos dicho, las luchas resurgieron periódicamente y siempre iban unidas de algún modo a formas de vida que debemos incluir en aquella sabia afirmación de Lenin de que la revolución es la fiesta de los oprimidos, y a aquella otra tesis de Engels, arriba citada, de que en un momento preciso la lucha por placeres emancipadores se convierte en un fuerte impulso revolucionario. No hay duda de que las mujeres en huelga

La ocupación de fábricas, que muchas veces es el primer paso para fundar una cooperativa, es una práctica recurrente en el movimiento obrero del capitalismo más “desarrollado”, como lo demuestra I. García-Perrote ([71]) cuando hace un recorrido minucioso por Europa y EEUU hasta comienzos de la década de 1980. La experiencia latinoamericana se inscribe en esta dinámica: “¿Combatiendo al capital?”([72]). En contextos de crisis estas fuerzan emergen e impulsan el cooperativismo ([73]) y la lucha por lo comunal y por la cooperación, aumentando las ocupaciones de empresas ([74]) y las transformaciones en cooperativas de muchas de ellas: “El responsable de un banco al que pedimos dinero cerró el portafolio cuando escuchó la palabra cooperativa. ¡Debía de pensar que estaba ante el mismísimo Lenin!”([75]). En la situación presente, el cooperativismo no integrado puede distanciarse de las medidas que el Estado capitalista ([76]) impone a la clase trabajadora para descargar sobre ella los enormes costos sociales, mientras que otro cooperativismo, más integrado, también puede capear la crisis con menos pérdidas, como reconoce la OIT ([77]).

En Argentina, grupos se organizaron en economía de trueque para satisfacer necesidades básicas: “De todas formas los clubes del trueque pueden rescatar muy rápidamente valores de participación, y cooperación presentes también en la historia un poco olvidada en los últimos años (mutualistas, cooperativas, cooperadoras escolares, uniones vecinales, sindicatos, sociedades de fomento, etc.) y dar impulso, en un momento tan grave, a la imprescindible necesidad de cada familia de lograr con el esfuerzo y la solidaridad el pan de cada día y un horizonte a la esperanza” ([78]). En Venezuela la clase trabajadora empezó a crear cooperativas –“islas socializadas en un mar capitalista” ([79])– en defensa de la revolución. En el capitalismo español la economía de trueque ([80]) empieza a ser practicada por personas que se organizan en cooperativa para liberarse algo de la dictadura del mercado burgués, y aumenta un debate sobre los “bancos de tiempo” y otras tácticas que no podemos exponer aquí, por lo que nos remitimos a un texto ya publicado en Internet ([81]). Ahora bien, debemos ser muy críticos ([82]) con las promesas tramposas que la burguesía hace con respecto a las virtudes del “autoempleo” y otras formas de “iniciativa social”.

La “materia de la esperanza” también se activa en los países más individualizados en apariencia –véase la oleada de huelgas en el Estado imperialista francés, ese “arrebato social” ([83]) en defensa de los servicios y bienes públicos, de los derechos colectivos, etc.– porque estas fuerzas latentes bullen en las contradicciones irreconciliables surgidas cuando la cooperación y la propiedad común fueron rotas por la disciplina explotadora y por la propiedad privada. La recurrencia histórica del cooperativismo y del resto de expresiones de la cooperación humana asentada en los “poderes esenciales” de nuestra especie nace del potencial creativo de la fuerza de trabajo ([84]), del trabajo vivo y del valor de uso, que tarde o temprano choca de nuevo con el capital, con el trabajo muerto y con el valor de cambio. La experiencia obrera reciente actualiza la histórica capacidad de aprendizaje del movimiento obrero, demostrada en una triple conflictividad: por la “fuente” del conflicto que ahora se centra en la resistencia a las exigencias de aumento salvaje de la productividad; por las “formas”, que son los modos brutales y autoritarios con los que se impone la superexplotación, y por los “ejes”, por el aumento de nuevas frentes de lucha alrededor de la defensa de lo común, de lo colectivo, de lo público, cada vez más privatizado y expropiado por el capital ([85]). Esta experiencia replantea el valor de los métodos organizacionales “desde una perspectiva autogestionaria” ([86]) para, entre otros logros, superar las formas dirigistas con altos contenidos de “obediencia y sumisión” inherentes a la disciplina burguesa.

Pero queremos dejar en claro un principio elemental que nunca debemos olvidar: la cuestión del poder político, del poder de clase y de Estado, como objetivo a conquistar y como realidad a vencer cuando se trata del Estado y del capitalista. Llevando esta cuestión a su inmediatez comunalista y de cooperación liberadora, A. Boron reprocha a quienes no ven o rechazan la importancia del poder revolucionario, que olviden la historia real de las luchas y de las formas políticas de autoorganización como partidos, soviets, consejos obreros, etc., y los programas de reforma agraria, nacionalizaciones, expropiaciones de los capitalistas, etc., ([87]) para aceptar, por el contrario, la historia oficial, dominante.


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