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Conversión a la esperanza (José Mª Avendaño) Cuaresma con “un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista” (Ap 3, 18)


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Fecha de conversión21.09.2016
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CONVERSIÓN A LA ESPERANZA (José Mª Avendaño)
1. Cuaresma con “un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista” (Ap 3, 18)
Le digo al Señor: “Señor, ¡no vayas tan deprisa! Me cuesta seguirte. Vas demasiado deprisa para mí. Espérame, déjame alcanzarte. Quiero que unjas mis ojos con el colirio resucitador que tú llevas, aunque no soy digno para tal regalo”. Y oigo que me dice: “Abre la puerta, que quiero ponerme a la mesa contigo, y regalarte mi colirio para que recobres la vista, y mires el mundo como yo quiero”.

Dios nos llama a mirar la realidad con el colirio que Él nos da, aunque siempre atentos para desvirtuarlo, no suceda que oigamos aquellas duras palabras: “Conozco tu conducta: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 15). Nos cuesta ver la cara amable de este mundo y las potencialidades que se encierran.


Pero mirando desde los ojos de la fe la realidad de la Iglesia encarnada en nuestro mundo, y con la confianza que nos comunica el Señor –“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)–, se constata un período hermoso en su historia, que se sitúa en la unidad de la fe.
El siglo XX, y lo que llevamos de siglo XXI, ha sido un tiempo de florecimiento espiritual y teológico que subraya actitudes personales y comunitarias en parroquias, comunidades eclesiales, movimientos, congregaciones, institutos seculares, hermandades, etc.
Donde el alimento de la vida interior es la Palabra de Dios y la Eucaristía, como nos dice Jesucristo en el discurso del pan de vida: “El pan que Dios da es este que ha bajado del cielo y que da vida al mundo” (Jn 6, 33).

Donde la fe es el gran riesgo de la vida: “El que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la hallará” (Mt 16, 25).

Donde los pobres son el centro por ser los amigos de Jesús, que se ha hecho uno de ellos, y nos quedamos asombrados ante el Misterio de la Encarnación, ante la vida oculta de Nazaret, la vida desde Belén al Jordán, la Pasión, Muerte y Resurrección.

Donde los miedos se alejan ante lo nuevo, porque, más que temor, vemos en ello una oportunidad de Dios. Ahí están, por ejemplo, los jóvenes que con alegría y esfuerzo se preparan para la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Ellos nos enseñan, gracias a su sensibilidad, el coraje para distinguir lo que es verdadero de lo que es pura apariencia: “Examinad todo con discernimiento: quedaos con lo que es bueno, apartaos de toda clase de mal” (1 Tim 5, 21-22).

Donde la escucha del Evangelio de Jesucristo, la celebración de los sacramentos (en estos días, de modo especial, la Eucaristía y la Reconciliación), la oración, son alimento para el caminar diario y el principio de unificación de toda comunidad cristiana.

Donde la humildad nos lleva a dejar que el protagonismo sea del Espíritu Santo.

Donde el silencio y la oración ocupan un lugar esencial, alejándonos, poco a poco, de la perversa servidumbre a tanto ruido y verborrea, para conducirnos al sosiego y la paz interior.

Donde se anuncia el Evangelio y se propone la fe con palabras y obras, el testimonio creíble de la vida, respetando la libertad de cada uno, escuchando la indiferencia, practicando diálogos verdaderos y cultivando el arte de vivir en cristiano, formando comunidades fraternas y apostólicas.



Empezamos, pues, la Cuaresma desde el espesor de la vida de cada día, con los pies en la tierra, pero, a la vez, con la alegría y el gozo de quienes hemos puesto la confianza en el Señor Jesús que nos ha llamado a colaborar con Él, a echarle una mano.
“El programa del cristiano –el programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús– es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Deus caritas est, 31).
2. Cuaresma, tiempo de cuarentena para redescubrir nuestra vocación y amistad con Jesucristo
La Cuaresma es colaboración del hombre con Dios. Tiempo de penitencia, de conversión, para convertirnos más a Dios, acercarnos a Jesucristo, volvernos hacia los hermanos. Es un tiempo de revisión de nuestra vida, de mirarnos honestamente delante del espejo de Dios y preguntarnos si en verdad está siendo la vida de Dios el horizonte de nuestra vida.
Un tiempo de revisión y de enmienda, de ablandar la dureza de corazón, de rectificar, haciendo un transparente examen de conciencia para ver si se está debilitando nuestra relación con Dios y con el prójimo, en la familia, con los amigos, en la vida profesional, especialmente con los más débiles, los pobres, los que no cuentan para el mundo. Un tiempo para progresar: “Solo Dios basta”, enseñaba santa Teresa de Jesús; “oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente, los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”, escribía san Juan de la Cruz.
El encuentro personal con Cristo, en la fe y en el amor, cambia nuestra vida. Estamos ante un tiempo para preparar a los que quieren recibir el Bautismo, y reavivar la fe de los bautizados, mediante el catecumenado, la reconciliación de los penitentes y el cuidado espiritual de la vida del Pueblo Santo de Dios. Anticipo del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, el triunfo de la Vida. Vivir de modo más radical el Amor de Cristo.
Esto requiere: escucha, purificación del pecado, esfuerzo, convertirnos a Dios. Reconocer nuestra debilidad, acoger la Gracia del sacramento de la Penitencia y caminar hacia Cristo. Experimentaremos la prueba, la austeridad, la soledad, el desprendimiento, la oración y el encuentro con Dios. Iremos muriendo al hombre viejo. Se nos purificará la mirada para ver al mundo y al hombre desde Dios.
Es un tiempo de lucha espiritual, de tentación, de fidelidad al Señor. Recordaremos los cuarenta años que peregrinó el pueblo de Israel por el desierto, y los cuarenta días de Jesús también en el desierto.
Debemos atender a los aspectos importantes de nuestra vida; ir a lo esencial: oración, penitencia, conversión, renovación, limosna, ayuno… Pasar de la compasión al compromiso, colaborando en la edificación del Reino de Dios.
Son cuarenta días para reflexionar y volver sobre nosotros mismos. San Francisco de Asís lo hizo por medio de la enfermedad; para san Ignacio de Loyola, fue la convalecencia; el venerable Pedro Bienvenido se dejó encontrar por Dios al experimentar lo efímero de las cosas; para tantos hombres y mujeres, o para nosotros mismos, es el paso simbólico por el desierto, despojándonos de lo superfluo y lo que es pasajero, sin consistencia, dejándonos mirar por Dios que nos libera del peso del pecado y nos ofrece a manos llenas su perdón. Y valorar a ese Dios como el Tesoro de nuestra vida, al que no se puede comparar ningún bien terrenal.
3. A través del desierto
“Yo la seduciré, la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os 2, 16).
La Cuaresma es una peregrinación en la que el Señor nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría inmensa de la Pascua. Incluso en el “valle oscuro” que nos refiere el salmista (Sal 23, 4), mientras el tentador nos seduce a que desesperemos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos protege, arropa y sostiene.
“El desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre”, enseñaba Benedicto XVI en la primera homilía de su pontificado.
Pero conscientes de que, aunque atravesemos diferentes desiertos, Dios siempre está cerca, es nuestro mejor aliado. El Dios de la Vida que sacó a su Hijo de la muerte nos llama a todos a vivir.
En el desierto se descubre el paisaje interior de cada uno, se escucha y experimenta la voz de las entrañas, se purifica la vanidad, el orgullo, la desconfianza, la competitividad, las ganas de hacer carrera, la envidia, la dispersión, la superficialidad. Se gusta la paternidad de Dios.

En el desierto se aprende a ser paciente, respetuoso, escuchante, de la brisa suave de Dios y de los hermanos, como el profeta Elías, apreciando y valorando la gratuidad y la donación sin límites del Amor de Dios.

En el desierto se vive solo de lo necesario, se curan las heridas, se valora el vaso de agua fresca y el pan tierno con el que Dios nos alimenta e hidrata cada día. Se experimenta la debilidad, la pequeñez y la pobreza.

En el desierto se fragua y fortalece la amistad con Dios y con el prójimo. Se acrisola la verdadera amistad y el verdadero Amor, y los amores; Dios nos habla al corazón.

En el desierto se experimenta la lealtad y la fidelidad amorosa hacia Dios, el encuentro con Dios, el Amor de nuestra vida.

Al regresar del desierto, junto a la sensación de la fragilidad, traemos el tesoro de que solo una cosa es necesaria: la verdad de nuestra filiación. Somos amados de manera gratuita desde toda la eternidad y para siempre: “El amor consiste en esto: no somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos ha amado primero y ha enviado a su Hijo como víctima que expía nuestros pecados” (1 Jn 4, 10).


La experiencia de la conversión comporta experiencia de Dios, experiencia de amor, porque Dios es amor. “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 3, 8). Tan es así que el Espíritu nos da “pies de gacela” y “alas de colibrí” para que caminemos, a pesar de los pesares, con la alegría de la salvación.
4. Con oración para el gozo
La Cuaresma ha de ser, ante todo, un tiempo de oración, y la oración tiene el alimento del amor, absteniéndose siempre de hacer daño a los demás y a nosotros mismos. Orar es entrar en la profundidad de todo gracias a la Presencia de Dios. Es contemplar la hermosura de todo lo creado, es agradecer, amar, dejarse iluminar por la Palabra de Dios que se ha hecho vida en Jesucristo.
Es necesario prever un tiempo para la oración diaria con verdadero gozo. Por la mañana, en casa, antes de iniciar todas las tareas de la jornada. Al atardecer, en una parroquia; en casa o ante el Santísimo Sacramento, como aquí en Getafe, donde tenemos una capilla para la Adoración Perpetua que ha cumplido ahora su primer aniversario; o si vas y vienes, cuando inviertes tanto tiempo viajando en coche, en metro o autobús, a mí me ayuda y da fuerza rezar el Rosario o meditar, a modo de letanía, la oración de Jesús: “Señor, Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”.
5. Con limosna para la esperanza
La limosna es fuente de riqueza. Ya nos dice Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). La limosna nos ayuda a vencer la constante tentación del dinero, y nos educa para socorrer al prójimo en lo que necesita, compartiendo con los demás lo que tenemos por la bondad de Dios.
“Ninguna devoción en los fieles es más agradable a Dios que la que se dedica a sus pobres; allí donde Dios encuentra la preocupación por la misericordia, reconoce la imagen de su propia bondad”, afirma san León Magno en unos de sus Sermones sobre la Cuaresma. Por eso, la purificación interior ha de ir acompañada de un gesto de comunión eclesial, como ocurría en la Iglesia primitiva.
San Pablo nos relata la colecta en beneficio de la comunidad de Jerusalén (cf. 2 Cor 8, 9; Rm 15, 25-27). Los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2404); no somos propietarios de los bienes que tenemos, sino administradores, el Señor nos invita a ser un instrumento de su Providencia hacia nuestro prójimo, sin que el corazón se hinche de vanagloria.
Como sabemos que “Dios ve en lo secreto” y en lo secreto recompensará, no busca el reconocimiento humano por las obras de misericordia que lleva a cabo. “Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo”, recomendaba san José Benito Cottolengo.
La práctica de la limosna nos ayuda a crecer con esperanza en la caridad y a reconocer en los pobres a Cristo mismo.
6. Con ayuno para la alegría
“Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4, 1-2). Jesús orando y ayunando se preparó para su misión, cuyo inicio supuso un duro enfrentamiento con el tentador.
El verdadero ayuno tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), desear humildemente a Dios, confiando siempre en su bondad y su misericordia.
A la vez, el ayuno contribuye a que tomemos conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos, mostrando que el prójimo que atraviesa dificultades no nos es extraño. “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1 Jn 3, 17). Por eso, cuando hacemos más pobre nuestra mesa, superamos el egoísmo y vivimos en el Amor.
El ayuno sincero contribuye a fortalecer la libertad interior frente a las falsas necesidades, nos exige renovar y confirmar el deseo de recurrir a Dios, de purificar nuestra vida y ejercitarnos en la oración y en la justicia. “El ayuno que yo quiero es este: que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores, que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo, que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano”, proclama el profeta Isaías (Is 58, 6-9).
La Cuaresma es un tiempo para vivir con alegría la sobriedad, la privación de cosas superfluas, para dedicarnos con más intensidad a lo verdaderamente importante. El amor a Cristo, a su Iglesia, encarnados en este mundo concreto “real”, no “imaginado”, ni “soñado”, lejos de la pereza, la instalación y la comodidad. Desde luego, el ayuno que más agrada a Dios es que nos abstengamos de pecar.


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