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Convenit selecta 7 issn 1517-6975


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CONVENIT SELECTA - 7

ISSN - 1517-6975

http://www.hottopos.com/convenit7/pardo.htm

Cicerón en el camino del humanismo

 


Jordi Pardo Pastor
jordi.pardo@campus.uab.es
Instituto Brasileiro de Filosofia e Ciência
Raimundo Lúlio («Ramon Llull»)

 

I. Introducción

Si partimos del juicio que René Descartes emitió sobre el silogismo aristotélico-escolástico, afirmando que éste sólo servía para manifestar a los otros aquello que ya se sabe, la Edad Media sería, a tenor de tal afirmación, una etapa intelectualmente tenebrosa. Aún más, un período de nuestra historia que, à la page con ilustrados como Edward Gibbon, deberíamos desterrar por resultar meramente bárbara. De sobra distinguimos que la realidad medieval no es tan oscura como algunos la pintan, pero, mismamente, tampoco aparece como ese paraíso piadoso y caballeresco de las novelas de Walter Scott. Como resultado, nuestra imagen de la Edad Media, más, incluso, que cualquier otro período de la historiografía, ha sido totalmente manipulada y falsificada de acuerdo con los prejuicios de cada uno de nosotros. La Edad Media no es sólo un período en el que los hombres eran rudos, vestían armaduras y vagaban con su rocín por acullá en busca de lances que solucionaban profiriendo quejas como: «Válgame Dios», «Voto a bríos». Frente a este panorama tan extemporáneo, en la Edad Media se forjan los pilares en los que, más tarde, se sustentará la Edad Moderna. Debemos tener en cuenta que los últimos tres siglos anteriores al Renacimiento están repletos de pensadores del calibre de Ramon Llull (1232-1316), Dante Alighieri (1265-1321), Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), Fernando de Rojas (1476-1541), para mencionar sólo algunos, que revolucionan las ciencias humanísticas con sus tratados y obras literarias.

II. La europa de los siglos XIV y XV: littera et societas

La época medieval, etapa en la que se mezclan factores tan disímiles como la expansión territorial por parte de los nobles y la cultura in aurea dicta, resulta una pintura bruegheliana llena de colores, procesiones, lágrimas y rebeliones. [1] La Guerra de los Cien años, las catástrofes demográficas, las invasiones de los otomanos a los reinos cristianos, y las mellas que sufre la Iglesia Católica son los aspectos negativos que padece la Europa occidental desde 1320, aproximadamente, hasta alrededor de 1450. Del mismo modo, los reinos ibéricos están, prácticamente, desgarrados debido a las constantes guerras civiles y las luchas dinásticas. [2] Por otro lado, la epidemia de Peste Negra del año 1348 que arrasó prácticamente el continente europeo es otro de los motivos que llevan el Estado a la ruina, tanto económica como política. Por si fuera poco, las familias nobiliarias están enfrentadas unas a otras y se producen fratricidios provocados por la sed de venganza (recordemos la suerte de soberanos como el rey Ricardo II, quien había desbancado del poder a su primo Henry Bolingbroke, y fue vencido más tarde por este mismo primo y asesinado en prisión, o Wenceslao de Luxemburgo –apodado el Borracho–, depuesto de su reino y encarcelado). De tal suerte, esta serie de enfrentamientos entre los diferentes partidos de un mismo estado y entre los mismos miembros de una familia desestabilizará, en gran medida, la jerarquía social de la época: velatores, oratores, laboratores. En la misma línea, otro factor que influirá en la determinación de la política europea es el desplazamiento de poder hacia el Imperio de Francia. Respaldado por Felipe IV, Clemente V (1305-1314) –sucesor del polémico Bonifacio VIII (1294-1303), que entró en conflicto con el rey francés– trasladó la corte a Aviñón y, en consonancia con su política galicista, abrió un proceso inquisitorial a la orden de los Templarios. En 1377, Gregorio XI (1331-1378) devolvió, y no sin algunos titubeos, la corte pontificia a la ciudad de Roma. Tras la muerte de este Papa en 1378, la falta de acuerdo entre los cardenales provocó una doble elección: Urbano VI (1378-1389) fue elegido como Papa en Roma, mientras que Clemente VII (1378-1394) permaneció en Aviñón. El doble pontificado que sufre la Europa occidental provocó infinidad de problemas políticos y enfrentamientos entre las potencias partidarias a Urbano VI y los seguidores de Clemente VII, el antipapa. Pero la problemática no termina aquí. En 1409, tras fracasar las vías conciliadoras, un grupo de cardenales eligió en Pisa un nuevo Papa: Alejandro V, que sería pronto sucedido por Juan XXIII. No será hasta 1417, con la conclusión del Gran Cisma de Occidente, cuyo inicio fue el mes de diciembre de 1413, que se establecerá la normalidad en el continente europeo con la elección del Papa Martín V (1417-1431).

Volviendo a la jerarquía social, los pilares del mundo medieval se desmoronan debido al comportamiento de los dos estados superiores (velatores y oratores). Dentro de la concepción medieval, Dios ha creado al pueblo llano para trabajar, el clero para los ministerios de la fe y la nobleza para realzar la virtud, administrar la justicia y proteger a los desvalidos. Esta percepción de la realidad se desvanece debido a los conflictos tanto militares como religiosos: la nobleza se pone en entredicho debido a las continuas guerras y el poder de la Iglesia se ve abochornado debido a que tres papas se disputan la legitimidad. Presentado el estado de la cuestión, el pueblo llano alberga un sentimiento de frustración y desesperanza frente al medio que le rodea. Encontraremos en los cronistas o poetas de la época, la fuerte melancolía que se respira plasmada en sus textos:

 

Temps de doleur et de temptacion,


Aages de plour, d’envie et de tourment,
Temps de langour et de dampnacion,
Aages meneur près du definement,
Temps plains d’orreur, qui tout fait faussement,
Aages menteur, plain d’orgueil et d’envie,
Temps sanz honeur et sanz vray jugement,
Aage en tristour qui abrege la vie. [3]

 

Frente a este panorama se deben restaurar la virtus y la fides entre las dos clases dirigentes y, en este contexto, surge la idea de la verdadera nobleza que se sustenta en máximas como la igualdad: Omnes namque homines natura aequales sumus, referencia que San Gregorio Magno (540-604) había tomado ya de Cicerón y Séneca. A partir de dicho punto, surgirán hombres que, por primera vez, tratan a su propia época con satisfacción, con el anhelo de mejorar la situación general. No me refiero a los predicadores como San Vicent Ferrer, sino, más bien, a personajes como Ulrico de Hutten (1488-1523) que exclaman: O saeculum, o litterae! juvat vivere!, que a mi modo de ver resulta un triunfo de la naturaleza intelectual. Del mismo modo, el ideal cortesano, representado en Boucicaut, se sustentará en dos pilares como son la caballería y la ciencia: «chevalerie et sciencie, qui moult bien conviennent ensemble». [4] Algo parecido decía el Marqués de Santillana (1398-1458) en un libro que escribió en 1437 para animar al príncipe don Enrique de Castilla, heredero al trono, a interesarse por las letras: «La sciencia non embota el fierro de la lança, nin face floxa el espada en la mano del cavallero». [5]



 Presto el telar para labor y menester, se empezará a formar una cultura para y por las clases dirigentes basada en la antigüedad clásica, de donde se aplicarán los conceptos de la virtus y la fides. Pero, si no me engaño, una sociedad basada en la violencia y lo sanguinario es difícil que acepte con presteza las enseñanzas de los maestros de la Antigüedad. Dicho ello, se producirá la conocida disputa entre las armas y las letras, abogando los unos por la rudeza de la guerra y los otros por el adoctrinamiento de los dirigentes a partir de la sapiencia de los clásicos. [6] En estos momentos, la Literatura adoptará, a parte de su carácter epistemológico, un rasgo mucho más pedagógico, convirtiéndose en la herramienta para adoctrinar a la nobleza en una nueva ética. [7]

III. Literatura doctrinal y studia humanitatis


Con este carácter doctrinal, surge lo que vulgarmente denominamos Humanismo, palabra un tanto joven (no ha cumplido aún los dos siglos) que surgió en el Diecinueve para designar una especie de proyecto educativo y que más tarde se aplicó a un Renacimiento poco tanteado. Con todo, la esencia del humanismo la hallamos en una composición del portugués Pedro Nunes (1492-1577), conocido como el gran cosmógrafo, que mantenía una pasión que pocos especialistas conocen. Mientras en 1533 trabajaba en un importantísimo Libro de álgebra, aún hallaba tiempo para componer un epigrama In grammaticus:

[Tú que arrostras sin miedo las fatigas,


aplícate dispuesto a la gramática,
madre que nutre los saberes,
y si logras la dicha de alcanzarla,
por entre las marañas de las ciencias,
tendrás al fin la luz que aspirabas]. [8]

 

Nótese que Nunes eleva la Gramática como la «madre que nutre todos los saberes», describiendo que el camino hacia la sabiduría se halla en el dominio de la lengua, en el dominio de la Retórica. De esta misma idea se debió empapar Elio Antonio de Nebrija (1444-1522) al escribir sus Introductiones latinae (1481), fundamentadas en la idea de que toda cultura debe estar cimentada en el uso de la lengua, y en la imitación y comentario de los clásicos de la literatura Griega y Latina. [9] Del mismo modo pensaba Lorenzo Valla (1407-1457) que mucho antes, hacia 1440 en sus Elegantiae, postulaba que la Gramática, el conocimiento de la lengua latina, había liberado de la barbarie a los hombres y los había convertido en hombres libres.



Al hilo de este contexto, Marco Tulio Cicerón se erige como uno de los autores clásicos de más influencia en este período humanístico y prehumanístico. Si hace un instante afirmábamos que la Gramática es la ciencia que nos permite lograr el conocimiento, qué otro personaje clásico representa con mejor nota esta sentencia que el orador Cicerón. Ad pedem litterae, Francesco Petrarca (1304-74), estandarte del humanismo italiano, refiere que de niño, cuando los muchachos suelen bostezar sobre los libros de escuela, él se deleitaba con las elegantes cláusulas del autor de las Catilinarias. [10] Petrarca, intelectual cosmopolita libre de las restricciones políticas vinculadas al entorno particular del commune, otorga mayor relevancia a su propia libertad creativa que a los afanes de esta o aquella ciudad, señor feudal, rey o emperador. Para un humanista como Petrarca, la Literatura y su posición central no se convierte sólo en una teoría del saber, en una teoría del conocimiento, sino que va más allá erigiéndose como una experiencia estético-personal. En la raíz de estos studia humanitatis se agita, en palabras del profesor Rico, «una fascinación estrictamente hedonista por los logros de la Antigüedad, por el mundo antiguo como obra de arte». [11] Así pues, Petrarca vislumbró, gracias a los escritos del gran orador, lo que hacía trece siglos nadie había llegado a descubrir: una prosa bellísima, el arte de decir bien las cosas y la herencia espiritual de un romano. En este sentido, Cicerón se convierte en una clara influencia en el estilo literario de Petrarca, y, a su vez, en todo el humanismo italiano. [12] Entre los clásicos, Cicerón era un ejemplo de oratoria jurídica y un modelo para la prosa, Virgilio informaba sobre los orígenes de Roma y servía como autoridad para escribir poesía, y Horacio ofrecía una interesante preceptiva de máximas y aforismos.

En 1333, Francesco visitó varias ciudades del centro de Europa, entre ellas Lieja, donde hizo uno de sus grandes descubrimientos como philologus: la oración Pro Archia de Cicerón, una inflamación poética que tuvo gran influencia en el Petrarca posterior: el del Canzoniere y los Triumphi. Serán estos años de inclinación a los estudios clásicos cuando Petrarca se centrará ad hominem y ad vitam, es decir, volcará su reflexión al hombre concreto y a su circunstancia específica. Las autoridades clásicas se erigirán como la memoria de Petrarca, galería de estampas que se confunden y aglutinan entre experiencia biográfica y mitografía literaria. De entre todas ellas, Marco Tulio se destaca por dos motivos: por la ejemplaridad de su prosa y por destilar ésta un juicio tan heterogéneo al escolasticismo, además de representar la virtus romana. De esta suerte, Cicerón se alza como el parangón con la Roma de César o Augusto, y así lo mostrará Petrarca en una obra como el De gestis Caesaris:

Quam ut leniret absentia, absoluto reo rebusque undique citra vota fluentibus, in insulam Rhodum se conferre disposuit, simul tu otio operam daret ac litteris apud Apollonium Milonem, clarissimum tunc facundie praeceptorem, sub quo Cicero ipse, romanae princeps elonquentiae, didicisse creditur. [13]

Así las cosas, Cicerón resulta el ‘príncipe de la elocuencia’. En esta misma obra, Petrarca citará en innumerables ocasiones a su amado Cicerón para enaltecer su capacidad como orador y el lugar que vivió como personaje histórico. [14] Por otro lado, en el De viris illustribus, galería de retratos de las biografías de personajes ilustres de la antigua Roma, se nos dirá: «Vir hic ‘Magnus in primis’, ut ait Cicero, ‘et qui perindulgens in patrem, idem acerbe severus in filium’ fuit». [15] Cicerón sirve como claro ejemplo de comportamiento para las capas nobles a las que se dirigen los escritos, ya que es un hombre sabio en la vida y, a la vez, ejemplar en la política: «Eum Fabritius captum cum indicio, quamvis alii aliter rem narrent, ad Pyrrum remisit, ‘idque eius factum’, ut ait Cicero, ‘laudatum a senatu est’» (Fabritius Lucinius, 5). Pero Francesco Petrarca no se limitará sólo a ‘laurear’ a Marco Tulio Cicerón en obras como el De viris illustribus o el De gestis Caesaris, para mencionar unas pocas, como el magnífico orador que fue, y el glorioso político que perdió la República romana tras su muerte. No, Petrarca llegará a adoptar la formulación y la concepción ciceroniana en sus obras latinas y, cómo no, en sus obras en lengua vulgar: el Rerum vulgarium fragmenta o los Triumphi, obra, ésta última, en la que nos centraremos con mayor detenimiento. [16]

Resumiendo, rápidamente, los Triumphi, decir que estamos ante un poema realizado en tercetos encadenados, divididos en seis partes. Cada una de ellas representa un triunfo ( Vid. supra, n. 16), con una extensión total del poemario de unos dos mil versos, constando cada una de las partes de uno o más capítulos. La obra empieza con los cuatro capítulos dedicados al triunfo del Amor, donde éste al amanecer de un seis de abril (fecha en la que Petrarca conoció a su amada Laura) de un año cualquiera, se duerme y tiene un sueño en el que visionará una procesión de amantes-presos que no son otros que personajes como Perseo, Pigmalión, Seleuco o Eneas. Entre todas estas figuras míticas, el autor descubre a Laura. Ésta no se halla en poder de Amor, así que, ahora, el autor, ya parte del cortejo, deberá reflexionar en la contemplación del sufrimiento amoroso. A continuación, en el Triumphus Pudicitie Laura se resistirá al yugo de Amor, saliendo vencedora de tal lance. En el Triumphus Mortis, la Muerte intentará amedrentar a Laura mostrándole un paisaje lleno de cadáveres; ella resultará serena, obrando el milagro: «Morte bella parea nel suo viso» (cap. I, v. 172). Tras la muerte, llega la fama (Trimphus Fame), que indicará al poeta que repare en los hombres ilustres por los méritos literarios. Entre ellos localizamos, cómo no, a Cicerón, seguido de Platón, Aristóteles y Virgilio, además de otros muchos poetas griegos y latinos. En los dos siguientes triunfos, Trimphus Temporis y Triumpus Eternitatis, el poeta se marcha acuciado por la angustia, y con un único consuelo: Dios.

Frente a esta gradación de fuerzas naturales (amor, castidad, muerte y fama) y fuerzas dominantes (tiempo y eternidad), Laura se ve abrigada por la sustancia doctrinal de la ideología ciceroniana. Cicerón se asienta en los Triumphi como una especie de guía ideológico-literario que aparece tras muchas de las aseveraciones o plañidos que realiza el poeta. Para poner un ejemplo de los múltiples que podríamos hallar, cuando Petrarca clama contra el convencimiento de que Amor es una divinidad («Ei nacque d’ozio e di lascivia umana, / nudritio di penser dolci soavi, / fatto signore e dio da gente vana», Triumphus Cupidinis, I, 82-84), encontramos, tras esta formulación, las Tusculanae disputationes de Cicerón. Del mismo modo, en el Triumphus Pudicitie hallaremos la virtus y la fides que Cicerón había plasmado en sus De officiis y en las ya mencionadas Tusculanae. En el mismo sentido, muchas de las auctoritates que Petrarca cita o hace gala en el Triumphus Fame, pertenecen al Pro Archia de Cicerón.



Muerto ya Petrarca, la labor philologica que éste realizó, se palpa de forma ostentosa en los años venideros. Como apunta G. Billanovich en su «Petrarca e Cicerone» ( Vid. Supra, n. 12), la magna biblioteca del Petrarca fue el artífice de la divulgación doctrinal de Cicerón en el siglo XV. Los descubrimientos que Petrarca había realizado, y la cantidad de manuscritos que éste poseía facilitaron la labor a personajes como el copista Enrique de Prusia que transcribía en su pergamino obras de Cicerón pertenecientes a Petrarca para el ilustre maestro Giovanni Ludovico Lambertazzi. Dicho traslado contiene (pues, ahora, es el mss. Vaticano Palatino lat. 1820) los De officiis, De senectute, Paradoxa, las tres Caesarianae, las cuatro Catilinariae, los De imperio Cn. Pompei, Pro Milone, Pro Plancio, Pro Sulla, Pro Archia, además de las dos invectivas apócrifas contra Salustio y Cicerón. Si la labor de Petraca en vida fue la de revalorizar a los grandes clásicos y difundirlos tanto en las altas como en las bajas esferas culturales, tras su muerte su inmensa biblioteca será un filón de oro para los nuevos humanistas. Del mismo modo, la ardua labor de Francesco Petrarca se continuaría, años más tarde, con la mencionada traslación y todo lo que ello implica, además de con la organización de cursos sobre Cicerón como el que organizó Guarino de Verona (1374-1460) en 1444. Éste afirma que las gentes de Verona, al iniciar el curso sobre el De officiis, esperaban que el estudio de Cicerón aportara honor y deleite, además de una profundización en la lengua latina. Con el albor del Humanismo italiano, las figuras de personajes clásicos como Cicerón, adquieren un valor doctrinal, puesto que sirven como modelo ideológico para las clases dirigentes (además de modelo lingüístico y literario, por qué negarlo), y se popularizan, debido a que se hacen más accesibles para todos. En este mismo sentido, la difusión de las doctrinas clásicas responde a la intención de adoctrinar las capas dirigentes en unos valores que antaño resultaron los pilares de una sociedad como la romana, valores que se fundamentaron en la filología, la filosofía, la política, la geografía, la religión [...] en definitiva, en una cultura en letras mayúsculas. En palabras de Leonardo Bruni (1360-1444): «litterarum peritiam cum rerum scientiam coniungit». [17]

IV. Las traducciones de los De officiis, De senectute y De inventione de Cicerón


Dentro de esta línea de popularización de los autores clásicos, en consonancia a su moralidad y como ejemplo de las virtudes que debe poseer un caballero, localizamos el Humanismo, o, en palabras más certeras, ‘pseudohumanismo’ castellano. [18] Ciertamente, la influencia petrarquista en la Península Ibérica penetró, en un primer estadio y de forma temprana, en Cataluña con personajes como Bernat Metge a la cabeza. [19] A punto fijo, las obras que más repercusión tuvieron en los cenáculos intelectuales tanto de Cataluña como de su vecina Castilla fueron las de carácter doctrinal, es decir, la producción petrarquista en lengua latina y de tono moralizante. Personajes como don Enrique de Villena (1384-1434) tienen constancia de obras del Petrarca latino como el De vita solitaria. Del mismo modo, el De remediis utriusque fortune fue la obra con más fortuna en las letras españolas, puesto que parece utilizado y citado por autores como Juan Rodríguez del Padrón (ca.1395-ca.1452), Condestable de Portugal, Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (que poseyó una traslación italiana de dicha obra) y, además, por una obra como La Celestina (1499), en la que hallamos, nada más abrirse el libro, una cita manifiesta del De remediis: «Omnia secundum litem fiunt, sentencia a mi ver digna de memoria». [20]

Inmerso en este caldo de cultivo, surge la figura de Alonso García de Cartagena (ca. 1384-1456), obispo de Burgos, quien en 1422 emprendía las traducciones a la lengua castellana de las obras de Cicerón De officiis, De senectute, encargadas ambas por el secretario del rey Juan II de Trastámara (1406-1454), Juan Alfonso de Zamora, y el De inventione, para uso del entonces príncipe Don Duarte de Portugal. [21] Las «traslaciones en vernácula lengua», tal y como las llama Alonso de Cartagena, siguen la misma línea que los humanistas italianos habían propuesto en Italia para los estudios clásicos. Me explico: Alonso de Cartagena realiza la traducción de obras como las de Cicerón –y, entre otras, también la traducción de los Tractados y las Tragedias de Séneca [22] – para aleccionar con la sabiduría de los clásicos a hombres, como Juan Alfonso, interesados por las letras aunque no muy doctos.

No obstante a la afinidad dogmática con el Humanismo italiano, Cartagena aún arrastra cierta actitud escolasticista, puesto que muestra un talante moralizante (centrado en el valor de las Sagradas Escrituras) que le conduce a condenar como inútiles e, incluso, perniciosas aquellas lecturas que se desvían del camino cristiano. En este sentido, estas tres obras de Cicerón respetan el valor de las Sagradas Escrituras pese a estar escritas por un autor pagano. Mi intención no es quitar hierro al asunto, pero debemos afirmar que los prólogos introductorios que Cartagena realiza a sus traducciones, tienen más de carácter humanístico, o, insisto, ‘pseudohumanístico’, que escolasticista. Porque, si la escolástica estaba forjada bajo una rígida estratificación del saber, en un lenguaje técnico y que sólo era apto para iniciados, los prólogos de Alonso García de Cartagena carecen de este lastre. En ningún momento estamos frente al excelsus homo universalis del ‘Renacimiento clásico’ que presentaban Amador de los Ríos y Menéndez y Pelayo [23] , pero sí es cierto que Cartagena en sus prólogos ofrece la idea de que los moralistas clásicos como Cicerón, los historiadores como Tucídides y los poetas épicos como Homero ofrecían enseñanzas importantísimas en el arte de ejercer la profesión de los nobles y en cómo llevar los asuntos de la ‘República’.

Estas traducciones de las obras de Marco Tulio Cicerón asientan las bases ideológicas del pensamiento político de la época, y, en gran medida, del pensamiento político occidental. Así pues, Cartagena, mediante sus traducciones y los prólogos que en ellas incluye, escribe una obra política en un momento en que se necesita asentar las bases sociopolíticas de la Corte y, en especial, del cortesano. El hecho de que traduzca el De officiis radica en que éste es un libro que trata del bien y de las utilidades del ciudadano, aprovechando la vida del hombre. El libro de los deberes de Cicerón es la herramienta perfecta para aleccionar a las clases dirigentes, y crear una nueva conciencia social que se base en la virtus y la fides en vez de en la guerra y la venganza. En esta misma línea ideológica, el libro De senectute es donde Cicerón nos narra la historia de Escipión el Africano, el ideal de sabio por antonomasia. Este episodio del libro de la vejez, crea una moral, una manera de ver la vida, que se encontraba en total oposición con el modus vivendi del señor feudal. Asimismo, ambas obras de Cicerón perfilan la nueva moral de la época, puesto que se exponen los clásicos como ideal de la virtud cortesana. De este modo, las traslaciones en vernácula lengua, junto con los exordios, constituyen los textos disponibles para aprehender el arte de gobernar. Debemos barajar la idea de que el ideal de la militia romana es el ejemplo que se está aportando a la nobleza, tanto italiana como castellana, y, por tanto, ésta será el ‘espejo’ de la caballería contemporánea. Esta imagen de que la militia romana era el ejemplo de la virtus que un caballero debía poseer, se estampaba una y otra vez en los prólogos que encabezaban las traslaciones de las obras clásicas. [24]

La traducción del De inventione, por otro lado, responde a la conjetura que planteábamos más arriba con el epigrama de Pedro Nunes. Esta obra de Cicerón es un tratado de Gramática, hecho que también conduce al noble a la sabiduría y a la virtus, puesto que la Gramática es la «madre que nutre todos los saberes». Tanto el De officiis, como el De senectute, y el De inventione son un palpable ejemplo de adoctrinamiento a partir de la palabra, en un sentido estricto del término. La oratoria ciceroniana, pese a estar traducida a la lengua vernácula, incide en el pathos del lector, aportándole un manantial de conocimiento y un ideario en el que la virtus sobresale por encima de cualquier otra cualidad. Así pues, podemos llegar a la conclusión de que Marco Tulio Cicerón se erige como un epítome de las virtudes que debe poseer el noble cortesano del siglo XV, como podemos observar en los prólogos de Cartagena ya aludidos. Exemplo ex contrariis, será el mismo Alonso de Cartagena quien condenará la obra de Cicerón en su Epistula, aconsejando otros caminos para encontrar la virtud:

Illi querendi erunt qui ad morum honestatem alliciunt; multi enim ex gentilibus fuerunt qui, licet fidem catholicam non receperint, in moribus tamen honeste loquuntur, alii virtutes ac vicia scientifice designando, tu Plato et Aristoteles, alii ad virtutum sequellam et viciorum fugam suo clamore excitando, tu Cicero et Seneca aliquibus in libri fecerunt, licet nonnullis locis aliquantulum aberrarunt. [25]

Estas restricciones a la obra de Cicerón y Séneca, cuando Cartagena había traducido obras de estos autores clásicos, llaman la atención; aunque podemos suponer que Cartagena se refiere a los De natura deorum y De divisione, del primero, y a alguna Tragedia perniciosa del segundo. En este sentido Cartagena se aleja del humanismo antropocentrista y se acerca más al escolasticismo medieval y a la concepción divina agustiniana y de los primeros Padres de la Iglesia.

La influencia de Cicerón y de los autores clásicos no es sólo manifiesta en Alonso de Cartagena. Muchísimos autores castellanos enclavados en el mismo período remiten a Marco Tulio y a los otros clásicos grecolatinos. Como botón de muestra, podemos mencionar a Enrique de Villena, quien en su obra Los doze trabajos de Hércules desprende una erudición de tono clásico repleta de auctoritates. [26] En este sentido, cabe recordar la pintura de Juan de Lucena (m. 1506) en su Libro de vita beata (1463), donde el autor nos crea un diálogo entre los tres personajes más importantes del panorama político y literario del reinado de Juan II de Castilla: Juan de Mena (1411-1454), el Marqués de Santillana y Alonso de Cartagena. Lucena establece un diálogo entre estas viejas glorias, muertas ya, de la Corte castellana. El tema principal que tratan estos tres eruditos es el de cómo alcanzar la felicidad verdadera en el sentido ciceroniano-aristotélico del término. Bajo esta apariencia tan inocente, se esconde un tratado doctrinal en el que se ensalzan las enseñanzas de los tres autores y en donde por primera vez en toda la historia se ilustraba la imagen del intelectual por antonomasia.


V. Conclusiones


En definitiva, tras el panorama políticosocial que sufre la ciudadanía de los siglos XIV y XV y las constantes manifestaciones culturales, tanto eruditas como populares, del pesimismo de la época, los intelectuales se percatan de que se deben crear unos nuevos valores éticos que levanten la sociedad. El primer objetivo de estos intelectuales es devolver la virtus y la fama a las clases dirigentes, es decir, los velatores. Así las cosas, se realizará una revalorización de los clásicos grecolatinos, mostrándose que la militia romana resultaba el mejor ejemplo para los caballeros de la época. En este caldo de cultivo surge la figura de Marco Tulio Cicerón, que será valorado tanto por su oratoria como por su trasfondo ideológico. De esta suerte, humanistas de la talla de Petrarca o Leonardo Bruni, entre muchos, adquirirán los valores ciceronianos e imitarán el latín de este gran homo universalis. Del mismo modo, con los contactos culturales entre Castilla y la Península Itálica, nuestros intelectuales adoptarán un mismo esquema de comportamiento. Florecerá, pues, en los albores del siglo XV una inquietud intelectual que más tarde, ya en el Dieciséis se verá rematada en hombres como Nebrija y en un nuevo Imperio como el de Carlos I (1500-1558). Con Elio Antonio a la cabeza se formará una nueva cultura que proviene de esta primera aventura humanística que protagonizan Villena, Cartagena, Mena o Lucena, entre otros muchos. Una cultura que se erigirá en el respeto filológico a los clásicos y en la Philologia como ciencia compuesta y adornada por la Gramática, la Historia, las Antigüedades y, generalmente, coronada por una Crítica con especulación general a las demás ciencias.

Este episodio del ‘pseudohumanismo’ castellano se ungirá con nuestro mejor poeta del Primer Siglo de Oro, Garcilaso de la Vega, y con los comentarios filológicos que la obra de éste acarrea. Fernando de Herrera y Francisco Sánchez, el Brocense, serán dignos sucesores de los intelectuales del otoño de la Edad Media, esgrimiendo la sabiduría de los clásicos para atender el arte contemporáneo. En este sentido, la suerte de Cicerón en el siglo XVI será un tanto más inconstante, ya que los clásicos serán vistos como ejemplo de imitación, no en el sentido doctrinal, sino, más bien, en el aspecto de alzarse como un modelo estético-literario. La oscuridad del Barroco, las Poéticas Ilustradas, el Romanticismo, el Realismo, y las tendencias contemporáneas, evaporarán un tanto la figura de Cicerón y de los clásicos, que a estas alturas están reservados a unos pocos, eruditos o no, que han repescado en esta nuestra sociedad el espíritu philologicus que Petrarca propugnaba hace, prácticamente, siete siglos.




[1] En cuanto a este período de la Baja Edad Media del que nos ocuparemos, es fundamental el trabajo de Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media, Madrid, Alianza Universidad, 199613, que realiza una insuperable valoración de los siglos XIV y XV, tratando todos los temas posibles (política, arte, sociología...) desde todos los puntos de vista viables (antropológicos, religiosos, filosóficos...), tomando el año 1348 como punto de arranque de la crisis medieval. Por otro lado, Guy Bois (La grande dépression médiévale: XIVe-XVe siècles. Le précédent d’une crise systémique, París, Presses Universitaires de France, 2000) afirma que la crisis medieval empezó mucho antes de la peste negra (1348), puesto que en 1285 la moneda pierde estabilidad y a partir del año 1294 se abre un período de graves turbulencias, encaminándonos hacia 1300, año en el que se llega a una situación de bloqueo agrario que precipitó hacia la caída.  Vid., también, S. Battaglia, La coscienza letteraria del Medioevo, Nápoles, Liguori, 1965; J. F. Benton, «The Court of Champagne as a Literary Center», Speculum, 36 (1961), pp. 551-591; Íd., Culture, Power and Personality in Medieval France, ed. Thomas N. Bisson, Londres, Hambledon Press, 1990; E. R. Curtius, Literatura Europea y Edad Media Latina, 2 vols., Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1981; y P. Bonnassie, P. Guichard, y M. C. Gebert, Las Españas medievales, Barcelona, Crítica, 2001.

[2]  Vid. Jordi Pardo Pastor, «La monarquía autoritaria y la literatura doctrinal en la Castilla de los siglos XIV y XV», Revista Internacional d’Humanitats, 4 (2001), pp. 41-46, http: www.hottopos.com/rih4/index.htm.

[3] Eustache Deschamps, Œuvres complètes, ed. Queux de Saint-Hilaire y G. Raynaud, París, 1878-1903, 2 vols., aquí vol. I, núm. 31, p. 113.

[4] Livre des faicts du mareschal de Boucicaut, ed. Petitot (Collection de mémoires VI), p. 375.

[5] Iñigo López de Mendoza, Proverbios de gloriosa doctrina e fructuosa enseñanza, Madrid, 1928, pp. 34-35.

[6] Sobre tema tan importante dentro de la evolución tanto literaria como política en la Baja Edad Media,  vid. Herbert Weisinger, «Who Began the Revival of Learning? The Renaissance Point of View», Papers of the Michigan Academy of Sciences, Arts and Letters, 30 (1945), pp. 625-630; Nicholas G. Round, «Renaissance Culture and its Opponents in Fifteenth-Century Castile», Modern Language Review, 57 (1962), pp. 204-215; P. E. Russell, «Las armas contra las letras: para una definición del humanismo español del siglo XV», en Íd., Temas de la Celestina y otros estudios, Barcelona, Ariel, 1978, pp. 207-239; Jocelyn N. Hillgarth, La hegemonía castellana, 1410-1474, Barcelona, Grijalbo, 1983.

[7] Sobre la ética del Humanismo,  vid. Francisco Rico, «Humanismo y ética», en Victòria Camps (ed.), Historia de la ética, Barcelona, Crítica, 1988, vol. II, pp. 507-540.

[8]  Vid. Francisco Rico, El sueño del humanismo, Madrid, Alianza, 1993 (esp. pp. 17-18 en cuanto a Pedro Nunes).  Vid. también J. R. C. Martyn, «Pedro Nunes – Classical Poet», Euphrosine, 19 (1991), pp. 231-270.

[9]  Vid. Francisco Rico, Nebrija frente a los bárbaros. El canon de gramáticos nefastos en las polémicas del humanismo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1978; Íd., «Un prólogo al Renacimiento español. La dedicatoria de Nebrija a las Introducciones latinas», Seis lecciones sobre la España de los Siglos de Oro. Homenaje a Marcel Bataillon, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1979, pp. 61-94; Íd., «Lección y herencia de Elio Antonio de Nebrija», Academia literaria renacentista. III. Nebrija, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1983, pp. 9-14; Íd., «El nuevo mundo de Nebrija y Colón», ibidem, pp. 157-185; Robert B. Tate, «Nebrija the Historian», Bulletin of Hispanic Studies, 34 (1957); Antonio de Nebrija, Gramática de la lengua castellana, ed. Antonio Quilis, Madrid, Centro de Estudios Ramón Areces, 19893.

[10] Para un breve esbozo biográfico de la vida de Petrarca,  vid. E. H. Wilkins, Vita del Petrarca, e la formazione del ‘Canzoniere’, trad. it., Milán, 19702; R. Fedi, Francesco Petrarca, Florencia, 1975; K. Foster, Petrarca, trad. esp., Barcelona, 1989; Francisco Rico, Vida de Petrarca, en F. Petrarca, Obras, Madrid, 1978, vol. I, pp. XLIII-LXXIX; G. Martellotti, «‘Inter colles Euganeos’. Le ultime fatiche letterarie del Petrarca», Il Petrarca ad Arquà, Atti del Convegno di Studi (Arquà, 6-8 nov. 1970), Padua, 1975, pp. 165-175; G. Billanovich, Petrarca letterato, I. Lo scrittorio del Petrarca, Roma, 1947.

[11] Francisco Rico, El sueño del humanismo, op. cit., p. 33.

[12]  Vid. W. Rëgg, Cicero und der Humanismus. Formale Untersuchungen über Petrarca und Erasmus, Zurich, 1940; G. Billanovich, «Petrarca e Cicerone», en Íd., Petrarca e il primo Umanesimo (Studi sul Petrarca 25), Padua, Antenore, 1996, pp. 97-116.

[13] Petrarca, De gestis Caesaris, ed. L. Razzolini, Bolonia, 1879, capítulo I.

[14]  Vid. capítulos II, XIV, XV, XVI, XVIII, XX, XXI, XV y XVII.

[15] Petrarca, De viris illustribus, ed. G. Martelloti, Florencia, Sansoni, 1964, Manlius Torcuatus, 6.

[16] La influencia de la obra de Cicerón en Petrarca alcanza, también, una obra tan compleja como el Secretum ( vid. Francisco Rico, Vida u obra de Petrarca I . Lectura del ‘Secretum’ (Studi sul Petrarca 4), Padua, Antenore, 1974). A continuación enumero los títulos de cada uno de los capítulos que se contienen en los Triumphi: Triumphus Cupidinis; Triumphus Pudicitiae; Triumphus Mortis; Triumphus Famae; Triumphus Temporis; Triumphus Eternitatis. Sobre los Triumphi,  vid. las principales edicones: Die Triumphe Francesco Petrarcas in kritischem Texte, ed. C. Appel, Halle, Niemeyer, 1901; Rime sparse e Trionfi, ed. E. Chiorboli, Bari, Laterza, 1930; Rime, Trionfi e poesie latine, ed. F. Neri, Milán/Nápoles, Ricciardi, 1951; Triumphi, ed. M. Ariani, Milán, Mursia, 1988; Trionfi, Rime, Codice degli abbozzi, ed. V. Pacca y L. Paolino, Milano, Mondadori, 1996. Por otro lado,  vid. también C. F. Goffis, Originalità dei ‘Trionfi’, Florencia, La nuova Italia, 1951; A. S. Bernardo, Petrarch, Laura, and the Triumph, Albany, State University of New York Press, 1974; E. Pasquini, «Preliminari all’edizione dei ‘Trionfi’», en G. Billanovich y G. Frasso (eds.), Il Petrarca ad Arquà. Atti del Convegno di Studi nel VI Centenario, Padua, 1975, pp. 199-240; K. Eisenbichler y A. A. Iannucci, Petrarch’s ‘Triumphs’. Allegory and Spectacle (University of Toronto Italian Studies 4), Toronto, Dovehouse, 1990; S. Longhi, «Vincitori e vinti. La macchina dei ‘Trionfi’», en F. Gavazzeni y G. Gorni (eds.), Le tradizioni del testo. Studi di letteratura italiana offerti a Domenico De Robertis, Milán/Nápoles, Ricciardi, 1993, pp. 35-47; Francisco Rico, «‘Fra tutti il primo’. (Sugli abbozzi del Triumphus Fame)», I ‘Triumph’i di Francesco Petrarca, Quaderni di Acme, 4 (1999), pp. 109-121.

[17] De studiis et litteris, ed. H. Baron, Leonardo Bruni Aretino. Humanistisch-philosophische Schriften, Leipzig/Berlín, 1928, p. 6.

[18] Sobre el humanismo en la Corte de castilla vid. Robert B. Tate, «Against the Middle Ages as a Cause of the Renaissance», Speculum, 20 (1945), pp. 461-467; Íd., «Mythology in Spanish Historiography of the Middle Ages and the Renaissance», Hispanic Review, 22 (1954); O. Di Camillo, El humanismo castellano del siglo XV, Valencia, Fernando Torre, 1976; Íd. «Humanism in Spain», en A. Rabil (ed.), Renaissance Humanism. Foundations, Forms, and Legacy Humanism Beyond Italy, Filadelfia, University of Pennsylvania Press, 1988, vol. II, pp. 54-108; A. Gómez Moreno, España y la Italia de los humanistas. Primeros ecos, Madrid, Gredos, 1994; J. N. H. Lawrance, «Humanism in the Iberian Peninsula», en A. E. Goodman y A. Mackay (eds.), The Impact of Humanism in Western Europe, Londres, Longman, 1990, pp. 220-258; Guillermo Serés, «Juan de Mena y el ‘prerrenacimiento’», en Juan de Mena, Laberinto de fortuna, ed. Carla Nigris, Barcelona, Crítica, 1994, pp. IX-XXXII; y Domingo Ynduráin, Humanismo y Renacimiento en España, Madrid, Cátedra, 1994.

[19]  Vid. Francisco Rico, «Petrarca y el ‘humanismo catalán’», Actes del sisè col·loqui internacional de llengua y literatura catalanes, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1983, pp. 257-291; J. Butiñá Jiménez, «De Metge a Petrarca pasando por Boccaccio», Epos. Revista de Filología, 9 (1993), pp. 217-231; y J. Turró Torrent, «Sobre el Curial, Virgili i Petrarca», en ed. A. Ferrando y A. G. Hauf, Estudis de llengua i literatura III. Miscel·lania Joan Fuster, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1991, pp. 149-168.

[20] Fernando de Rojas, Tragicomedia de Calisto y Melibea, ed. Guido Mª Capelli, Barcelona, Círculo de Lectores, 1999, «Nueva Noticia».

[21] Sobre Alonso de Cartagena  vid. A. Birkenmajer, «Der Streit des Alonso von Cartagena mit Leonardo Bruni Aretino», en Clemens Baeumker (ed.), Vermischte Untersuchungen zur Geschichte der mittelalterlichen Philosophie, Münster, 1922, pp. 128-211; L. Serrano, Los conversos D. Pablo de Santa María y D. Alfonso de Cartagena, obispos de Burgos, gobernantes, diplomáticos y escritores, Madrid, 1942; F. Cantera, Burgos, Alvar García de Santa María y su familia de conversos. Historia de la judería de Burgos y sus conventos más egregios, Madrid, CSIC/Instituto Arias Montano, 1952; M. Penna, «Alfonso de Cartagena», Prosistas españoles del siglo XV, Madrid, Atlas (BAE), 1959, vol. I, pp. xxxvii-lxx; M. Morrás, «Sic et non: En torno a Alfonso de Cartagena y los studia humanitatis», Euphorosyne, 23 (1995), pp. 333-346.

[22]  Vid. Marina Gurruchaga Sánchez, «Algunas observaciones acerca de los Tratados de Séneca traducidos por Alonso de Cartagena (Ms. 37 B. M. P.)», Faventia, 19/2 (1997), pp. 131-140.

[23] J. Amador de los Ríos, Historia y crítica de la literatura española, Madrid, Gredos, 1969, pp. 32-34; M. Menéndez y Pelayo, Biblioteca de autores españoles, en Íd., Obras completas, ed. E. Sánchez Reyes, Santander, CSIC, 1942, vol. LIV, p. 21.

[24]  Vid. J. N. H. Lawrance, «On Fifteenth-Century Spanish Vernacular Humanism», Medieval Studies Tate, (1986), pp. 63-79.

[25] Alonso de Cartagena, Epistula, BNM ms. 9208, fol. 20r.  Vid. J. N. H. Lawrance, Un tratado de Alonso de Cartagena sobre la educación y los estudios literarios, Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 1979.



[26]  Vid. Pedro M. Cátedra, «Enrique de Villena y algunos humanistas», Nebrija, 1983, pp. 187-203 ( vid. la muesca que se realiza en Historia y crítica de la literatura española. Primer suplemento, Barcelona, Crítica, 1991, pp. 342-348).



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