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SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 137, 1-15, BAC Madrid 1983, 230-49

 


Aplicación


P. José A. Marcone, I.V.E.

Jesús, Buen Pastor

                Introducción

                Hoy es 4º domingo de Pascua y la Iglesia celebra la el domingo de Jesús, el Buen Pastor. Pocas imágenes de Jesús son tan dulces y tan tiernas como lo es ésta, que nos recuerda todo el amor y toda la misericordia con que aquel pastor de la parábola (Lc.15) deja las 99 ovejas que están en el corral para ir en busca de la oveja perdida. El pastor, que es el dueño, el responsable y el guía del rebaño, no se siente humillado de tener que salir y sacrificarse por la oveja que no quiso ir esa tarde al corral. Quizá el pastor tuvo que afrontar las inclemencias del tiempo, frío o calor; tuvo que caminar por caminos difíciles y quebradas peligrosas, que podrían haber causado su fastidio, su hastío o disgusto. Y sin embargo, cuando logra encontrar a la oveja, no le grita, no le da con un palo, no le pega, no la obliga a caminar ni la lleva a los tirones, apurado y malhumorado, con deseos de volver pronto a casa. Sino que la alza suavemente, le da un beso y la carga sobre sus hombros. Y vuelve, muy cansado, pero alegremente, hablándole suavemente a la oveja, reprochándole suavemente que ella lo abandonó, preguntándole si ya no lo ama, preguntándole qué fue lo que la llevó a apartarse de él, preguntándole si en algo él le faltó. Le hablará a la ovejita como el Esposo del Cantar a la esposa: “Me robaste el corazón, hermana mía, novia mía, me robaste el corazón” (4,9). “Única es mi paloma (única es mi ovejita), mi perfecta. Ella, hija única de su madre, la preferida de la que la engendró” (6,9). Y finalmente la devolvería al rebaño, donde la ovejita, llena y satisfecha del afecto del pastor, se alegraría despreocupadamente al insertarse de nuevo en su comunidad.

                Cuántos de nosotros sabemos que necesitamos un pastor así. Cuántos de nosotros nos identificamos plenamente con esa ovejita rebelde. Cuántos de nosotros nos sentimos realmente carenciados de afecto, necesitados de perdón, de misericordia, de ternura. ¡Cuánto necesitamos del Buen Pastor!

                ¿Y quién es el Buen Pastor? Preguntémoselo a la Palabra de Dios, al Evangelio. Y nos responde el mismo Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn.10,14). El pastor que nos llena el alma de paz y alegría, el pastor que nos llena el alma de amor, de ternura, de afecto es Jesucristo.

                Pero, hoy, actualmente, aquí y ahora, ¿cómo actúa Jesucristo?; ¿en la persona de quiénes se hace presente?; ¿a quiénes ha dejado Jesús como pastores para que cumplan su misión de pastor? Sin ninguna duda: los sacerdotes (cf. 1Pe.5,1-4). Por eso, este domingo de Jesús, el Buen Pastor, es también la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, especialmente las sacerdotales, pero por extensión también las vocaciones de especial consagración.

                1. El sacerdote, otro Cristo-Buen Pastor

                El sacrificio de la Misa que dentro de un momento vamos a ofrecer en el altar será el gran clamor al cielo pidiendo a Dios que envíe sacerdotes. Y cuándo pedimos sacerdotes a Dios, ¿qué estamos pidiendo? Le estamos pidiendo, ni más ni menos, que Jesús se multiplique en el mundo. Le estamos pidiendo que haya como ‘fotocopias’ de Jesús el Buen Pastor. Le estamos pidiendo que el Buen Pastor que es Jesús esté reproducido en todos los lugares del mundo. Le estamos pidiendo que se repita en todo el mundo la presencia sacramental de Cristo. Cuando pedimos sacerdotes pedimos a Cristo multiplicado aquí y ahora, viviendo entre nosotros.

                Porque la realidad y la misión del sacerdote no es otra que la de ser el buen pastor entre los hombres. La misma realidad y la misma misión de Cristo que narrábamos al principio es la que le corresponde al sacerdote. El amor, la ternura, la misericordia, el perdón, el cariño, la dulzura de Cristo son las virtudes que el sacerdote está llamado a ejercitar sobre las ovejas. Existen los sacerdotes para hacer presente la caridad pastoral de Cristo entre los hombres de todos  los tiempos y de todos los lugares. Esa caridad es requisito indispensable para ser sacerdote. Así lo deja bien en claro Jesucristo cuando encomienda el cuidado del rebaño al Sumo Sacerdote, S. Pedro, el Papa, supremo pastor de la Iglesia católica. “Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Pedro le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis corderos!». Por segunda vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!». Por tercera vez le preguntó: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez si lo amaba, y le respondió: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo». Jesús le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!».” (Jn.21,15-17)

                Esa caridad pastoral del sacerdote está toda orientada a cuidar de los hombres en su realidad íntegra, alma y cuerpo, pero jerárquicamente. Primero, en orden de importancia, el alma, y después el cuerpo. Aunque muchas veces será más urgente auxiliar la psiquis y el cuerpo, para después dar el auxilio correspondiente a la vida espiritual.

                Por eso, la primera, fundamental y más importante labor del sacerdote-buen pastor será la de cuidar del espíritu de los hombres a él encomendados, dándoles aquello que los satisface plenamente: Dios. La primera gran caridad, el fundamental acto de ternura del sacerdote-buen pastor es entregar Dios a las almas. Para eso precisamente se ha hecho sacerdote, porque sacerdote viene de dos palabras latinas: sacra-dans, el que da las cosas sagradas. Por eso el supremo acto de caridad del buen pastor es celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y entregar a las almas el Cuerpo de Cristo, Dios y hombre verdadero. Por eso no puede haber mayor dulzura del buen pastor que reconciliar al hombre con Dios a través del sacramento de la confesión.

                2. El llamado al sacerdocio

                ¿Y dónde están los hombres que van a reproducir a Cristo Buen Pastor? ¿Cristo ya no los llama? ¿Cambió Jesucristo su plan de hacerse presente a través de sacerdotes? No, Jesucristo no varió su plan. Él, con amor de hermano, sigue eligiendo y llamando a hombres de este pueblo para que prolonguen su sagrada misión: la de ser Buen Pastor entre  los hombres. Ese llamado de Jesucristo es lo que llamamos la vocación.

                Pero...¿qué es la vocación? “La vocación es un llamamiento que Cristo dirige al fondo de la conciencia de un joven para que consagre su vida al apostolado o a la práctica de la perfección cristiana. Es un renovarse en el transcurso de los siglos de las palabras de Cristo al joven del evangelio: ‘Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres, sígueme y tendrás un tesoro en el Reino de los Cielos’” (S. Alberto Hurtado)[1].

                Uno de las grandes preguntas que hacen los jóvenes ante la cuestión de la vocación, ya sea sacerdotal o religiosa, es ¿cómo me doy cuenta si estoy llamado al sacerdocio?; ¿cómo me doy cuenta si estoy llamada a ser religiosa? Dice el P. Hurtado que algunos creen que debe haber “una moción sensible del Espíritu Santo”, como la han tenido algunos santos, que sintieron un consuelo muy grande cuando se dieron cuenta que Dios los llamaba al sacerdocio; estaban como embriagados por un dulce sentimiento y lloraban de alegría. Ellos recibieron “un don místico extraordinario”, dice el P. Hurtado..

                Pero dice también S. Alberto Hurtado que “otros erróneamente también han pensado que para tener vocación se necesita tener atractivo por el sacerdocio, gusto natural por la vida y ministerios del sacerdote”.

                La vocación al sacerdocio o a la vida consagrada se manifiesta cuando un joven siente el deseo de consagrarse a Dios con recta intención, es decir, por el sólo motivo de consagrarse a Dios y a la salvación de las almas, teniendo las cualidades físicas, intelectuales y morales suficientes.

                No hay que creer que el que es llamado va a sentir un gran consuelo de seguir el sacerdocio o la vida consagrada. Esto lo tenía muy claro el P. Hurtado: “Es indudable que en la mayor parte de las mejores vocaciones no hay tal atracción, antes bien el sujeto experimenta una repulsión natural, un deseo espontáneo de la naturaleza que lo aleja del sacerdocio y lo inclina al matrimonio o a la vida del mundo. En la época ruda y materialista que vivimos, es normal sentir una fuerte repugnancia a una vida que toda ella es sacrificio, negación de sí mismo, a veces hasta el heroísmo. La parte animal del hombre no deja de hablar a pesar del llamamiento sobrenatural de Dios, y a veces estas voces animales resuenan con más fuerza que la suave voz de Dios que se hace oír en el silencio y recogimiento tan raros en este siglo de ruido y movimiento. Pero junto a estas mociones espontáneas de la naturaleza hay en los escogidos por Dios un deseo de la voluntad de hacer lo que Dios quiera, de ser generosos con su Redentor”.

                Bueno, pero concretamente...¿cómo se manifiesta esta elección de Dios? Dios siempre va a dar al elegido señales de ruta para que él vea que ha sido elegido. Dios siempre va a poner algo en su corazón o en su camino que le sirva de señal y de condición para que descubra su propia vocación. El P. Hurtado enumera algunas:


  • “una inquietud de ánimo que lo mueve a mirar el cielo (el deseo de las cosas altas);

  • “una predicación que lo hace aspirar a mayor perfección;

  • “la muerte de una persona querida que le enseña la vanidad de la vida;

  • “un libro que cae en sus manos;

  • “unos ejercicios espirituales que lo mueven a la santidad; y hacen que conciba como algo posible para él, aunque con grandes repugnancias a veces, la idea del sacerdocio o del vida religiosa”

                Nosotros podemos agregar: la escucha de la palabra de Jesucristo en el evangelio, por ejemplo cuando dice: “Cualquiera que haya dejado casa o hermanos...por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna”

                Por todo esto dice San Juan Bosco: “Me parece un grave error decir que la vocación es difícil de conocer. (...) Es difícil de conocer cuando no se quiere seguir, cuando se rechazan las primeras inspiraciones. Es ahí donde se embrolla la madeja... Mirad, cuando uno está indeciso sobre hacerse o no religioso, os digo abiertamente que éste ya tuvo vocación; no la ha seguido inmediatamente y se encuentra ahora embrollado e indeciso”



3. ¿Cómo debo seguir la vocación?

¿Qué es lo primero que debe hacer un joven o cualquier persona que ve algunos de los signos de los que habla S. Alberto Hurtado o San Juan Bosco? Debe ir a un sacerdote de su confianza y decirle: “Padre, siento un llamado a cosas altas, y quisiera estar seguro que Dios me está llamando al sacerdocio o la vida religiosa. Quisiera que usted me orientara en esto.” Y concertar una cita para hablar detalladamente de lo que está pasando en el alma con la disposición de seguir el consejo que le dé el sacerdote. Eso es lo que se llama “hacer dirección espiritual” o “tener un director espiritual”. Luego se conciertan otras citas y así, mes a mes, semana a semana, va hablando con el sacerdote hasta que, con su ayuda, se discierne definitivamente acerca de cuál es la voluntad de Dios.

Pero… ¡cuidado!, esto no significa que haya que entregarse a grandes cavilaciones para decidirse a entrar al Seminario o al Convento. Todo lo contrario. Hay que dejar todo con rapidez y perfección.

En primer lugar, con rapidez. En el evangelio vemos el ejemplo de los apóstoles Pedro y Andrés que “inmediatamente, dejando las redes, lo siguieron” (Mc.1,18). Y lo mismo se dice de Santiago y Juan: “Dejando a su padre, le siguieron” (Mc.1,20). También Mateo lo siguió inmediatamente: “Le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y le siguió” (Mc.2,14). Y San Pablo también, “sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre” (Gál.1,16), siguió a Jesucristo. Y la Virgen María, ante una misión tan excelsa que le era encomendada, inmediatamente respondió: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc.1,38). La vocación sacerdotal o religiosa es una flor muy delicada, es una flor de invernadero, que necesita rápidamente el ambiente necesario para que no se marchite. El roce del viento y del frío del mundo puede arruinarla para siempre.

El gran poeta José María Pemán pone en boca de San Francisco Javier:

“Las grandes resoluciones, para su mejor acierto

hay que tomarlas al paso

y hay que cumplirlas al vuelo (...)

Soy más amigo del viento,

señora, que de la brisa

y hay que hacer el bien de prisa

que el mal no pierde un momento.”

Y San Jerónimo le aconsejaba a uno de sus dirigidos: “Te ruego que te des prisa, antes bien cortes que desates  la cuerda que detiene la nave en la playa”.

En segundo lugar, con perfección. El que tiene vocación sacerdotal o religiosa debe estar dispuesto a hacer  lo que hizo Hernán Cortés. Ante la posibilidad de que su tripulación quisiera volver a España, quemó las naves ancladas en América, para quitar toda tentación de querer volver a la comodidad de la propia querencia. Así también, el que tiene vocación sacerdotal o religiosa, debe quemar las naves de sus afectos para arrojarse a la gran aventura que es seguir a Jesucristo por caminos donde no hay sendas  marcadas.

El que ha sido llamado debe estar dispuesto a morir a todas las cosas, como San Pablo: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (2Cor.4,10).

Conclusión

Pidámosle a la Virgen María la gracia de ser dóciles al llamado de Jesucristo.

 

Mons. F. X. Nguyen van Thuan



EL GOZO DE SER PADRES Y PASTORES CON CRISTO

1. Características del amor

En el diálogo que aparece en el último capítulo del Evangelio de Juan, Jesús le pregunta a Pedro sobre el amor, y en relación a la triple confesión de amor le encomienda su rebaño. "¿Me amas? ¿Me quieres? Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (cf. Jn 21, 15).

El "buen pastor" (Jn 10, 11) que da la vida por sus ovejas hace de Pedro el pastor llamado a serlo por la fuerza del amor con el que se entrega a los que se le han encomendado. La espiritualidad del obispo y del presbítero, que puede reconocerse en la identidad del pecador de Galilea convertido en príncipe de los apóstoles, es ser pastor, con las características de amor que Cristo vivió y dio a todos los que llamó, para que también ellos amaran y pastorearan su rebaño.

El diálogo entre Jesús y su apóstol se revive en el momento de la ordenación, cuando el obispo, signo de Cristo pastor, pregunta a los ordenandos: ¿quieren ejercer durante toda la vida el ministerio sacerdotal en el grado de presbíteros, colaborando con el obispo en el servicio al pueblo santo de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo? A la respuesta afirmativa, el obispo añade otras preguntas relativas al fiel seguimiento de Jesús en la vida de oración y de santificación del pueblo de Dios, al ministerio de la Palabra, a la unión enamorada con Cristo y a la plena comunión eclesial.

Del "sí" como respuesta a estas preguntas nace la identidad existencial del ministro ordenado, marcada por las características que brotan de la unión con Jesús sacerdote y llamado a ser pastor.

¿Qué significa ser pastor? Para explicarlo, Jesús no dijo nada específico. Solamente dijo: "Pastorea". Un pastor apacienta; es su deber, su trabajo. Por eso nuestro deber es cultivar una gran espiritualidad. Las cosas de cada día son un deber y una gran espiritualidad.

a. La intimidad

La primera característica de la identidad del ministro ordenado es la intimidad, la relación de amor y de ternura –profundamente sincera– con los demás. Igual que el buen pastor conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a él, así el pastor está llamado a vivir la escucha y la comprensión profunda de los que se encomiendan a él para que éstos a su vez lo escuchen a él con amor.

Semejante relación exige cuidar a cada oveja del rebaño; un cuidado a base de búsqueda, acogida y perdón. Donde está el amor del pastor allí está la mirada capaz de reconocer, llamar, acoger y regenerar.

b. La entrega

La fuente profunda de donde surge este estilo pastoral reside en la opción de dar la vida por las ovejas, como hizo Jesús, que se entregó a la muerte por nosotros, pecadores.

 Así el obispo o el presbítero que se esfuerce por ser buen pastor está llamado a dedicarse sin reservas, generosamente, en un éxodo de sí mismo sin retorno. Esta es la auténtica esencia de su caridad pastoral. No importa que en este movimiento de amor haya o no reciprocidad. A veces puede haber incluso ingratitud. No importa. Lo que cuenta es la entrega total, la donación generosa que irradia la gratuidad del Dios vivo; el cual, como dice san Bernardo, "no nos ama porque seamos buenos y bellos, sino que nos hace buenos y bellos porque nos ama"".

c. La evangelización

Un amor así impulsa a la evangelización de todo el hombre y de todo hombre. Éste vive de un impulso de generosidad tal que no puede detenerse ante el rechazo, la indiferencia o la lejanía, sino que quiere llegar a todos y a cada uno, especialmente a las ovejas que aún no están en el redil, para establecer con ellas una relación de amor que hace nuevo el corazón y la vida.

d. La unidad

La meta de este impulso es la misma unidad trinitaria. "Como tú, Padre estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste" (in 17, 21).

El buen pastor tiene en los ojos y en el corazón la belleza de Dios Trinidad Santa, y a ella conduce sus ovejas, según ella configura su rebaño y hacia ella tiende con todo el empeño de su corazón, de su inteligencia y de su vida: hacia la Santísima Trinidad. Porque una vez que un pastor ha conocido a Jesús, lo abandona todo para seguirlo, cambia, se regenera, se renueva: Zaqueo cambia (cf. Lc 19, 1). Mateo cambia (cf. Mt 9, 9). Magdalena cambia (cf. Jn 20, 18). La adúltera cambia (cf. Jn 8, 1). El endemoniado cambia (cf. Mt 9, 32). Todos los que conocen a Jesús cambian.

2. Jesús, buen pastor

Por eso hemos de ser contempladores del rostro de Jesús, de su belleza. Esta belleza apareció en la historia de Jesús que dijo de sí mismo: "El que me ve, ve al que me envió" (Jn 12, 45).

Él es la imagen radiante del Padre; en él el obispo y el presbítero pastor participan de la misma fuente de la vida: la paternidad de Dios. Nosotros somos padres porque participamos de la paternidad de Dios.

A este propósito, el Concilio Vaticano II afirmó: “Los fieles, por su parte, deben estar unidos a su obispo como la Iglesia a Jesucristo y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y crezcan para gloria de Dios”.

"El obispo... tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir y a dar la vida por sus ovejas". También los sacerdotes hacen esto.

"Los presbíteros, que ejercen el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor, según la parte de autoridad, reúnen, en nombre del obispo, la familia de Dios, como una fraternidad de un solo ánimo, y por Cristo, en el Espíritu, la conducen a Dios Padre".

"En cuanto a los fieles mismos, dense cuenta de que están obligados a sus presbíteros, y ámenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres; igualmente, participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que éstos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes".

En esta paternidad hay reciprocidad entre el pastor y las ovejas. Los fieles aman y ayudan a sus pastores. En Cristo Jesús, enviado por el Padre, tanto el obispo como el presbítero están llamados a reconocer la fuente de su identidad y misión y a presentarse a los suyos como un padre de familia, imagen viva de Aquél que es la fuente eterna e inagotable del amor. Dios Padre "amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn 3, 16).

A este propósito quiero recordar un pequeño episodio que me contaron. Un día dos sacerdotes jóvenes franceses pasaban por la plaza de San Pedro para ir a una audiencia privada con el Santo Padre. Un mendigo los detiene y les pregunta: "¿A dónde van?" Ellos le responden: "A ver al Santo Padre", y él añade: "¿Puedo enviarle un mensaje al Papa? Díganle que aquí hay un sacerdote renegado: yo". Los dos jóvenes sacerdotes, al llegar ante el Papa, se lo contaron. El Papa, en vez de demostrar tristeza o descontento por ello, les dijo a los dos sacerdotes que fueran a buscar al mendigo y que se lo trajeran. Ellos lo buscaron, pero había desaparecido, se había ido, y está claro que buscar a un mendigo en la ciudad de Roma no es fácil. Lo buscaron durante muchos días y al final lo encontraron. Se presentaron a la guardia suiza para subir a ver al Papa. Naturalmente, sin una tarjeta de autorización, los guardias les pusieron problemas, hasta que una llamada telefónica del secretario del Santo Padre autorizó la visita.

Aquel mendigo, todo sucio y harapiento, fue a ver al Santo Padre tal como estaba. En cuanto lo vio el Papa y oyó de los dos jóvenes franceses que era sacerdote, se arrodilló y le dijo: "Padre, tú tienes facultades para hacerlo, quiero confesarme". Los dos jóvenes sacerdotes, desconcertados, salieron de la sala. Sólo Dios sabe el diálogo que tuvo lugar entre el Papa y aquel sacerdote mendigo. ¡Así actúa un padre!

Nosotros decimos que este Papa es grande porque ha viajado mucho, más que si hubiera ido a la luna. Pero es grande sobre todo por su amor de padre, que hizo que aquel renegado volviera a descubrir su identidad, recordándole que el sello de la ordenación todavía lo tenía dentro. Así pues, es un verdadero padre, transparencia del único Padre celestial revelado por el buen pastor, Jesús.

3. El sacerdote, buen pastor

El obispo es el buen pastor, como el sacerdote. Por tanto, es padre de su pueblo en el signo de Cristo pastor, y también imagen viva del Padre de Jesús. Esto vale también para el presbítero.

Al obispo y al presbítero, los hombres les piden lo mismo que pidieron a Jesús: "Muéstranos al Padre y eso nos basta" (Jn 14, 8).

Esta petición se la hacen todos los sacerdotes y fieles al obispo, y los fieles al sacerdote. Ostende nobisPatrem, et nos sufficit.

Basta con que nos muestres que tú eres el Padre. No un artista, un profesor o un técnico, sino el Padre. En la parroquia no se necesita un técnico o un artista, sino un padre. El pastor tiene que responder a los fíeles con temor y temblor, pero también con mucha fe, lo que Jesús respondió a Felipe: "El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que les digo no son mías; el Padre, que habita en mí, es el que realiza las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo al menos, por las obras" (Jn 14, 9-11).

Así pues, yo he de poder decir: quien me ve a mí, ve al Padre. La paternidad del obispo –como la del presbítero– ha de ser, en la cotidianidad de su estilo de vida, en sus palabras y en sus gestos, la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús hizo accesible y quiso ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

Para que esto suceda, el ministro ordenado ha de reconocer y hacer que se reconozca siempre su verdadera riqueza y su verdadera pobreza. Si Dios es su riqueza, ningún bien de este mundo ha de interponerse para oscurecer este tesoro, aunque lo llevemos en vasijas de barro. Además, la pobreza es el estilo de vida de quien quiere ser rico sólo en Dios. El buen pastor es pobre de todo para ser transparencia de la perla preciosa, del tesoro escondido que vale más que todo y que se ha de amar por encima de todo. En esta pobreza, el obispo, como el presbítero, se ofrece como verdadero padre, totalmente entregado a su pueblo, disponible en todo, para todos, hasta el sacrificio de su vida, en una radicalidad que incluso puede asustar.

¿Quién podrá ser padre así? ¿Quién podrá darlo todo, realmente todo? Nos conforta la garantía y la promesa de Jesús: "El Padre mismo los ama" (Jn 16, 27).

Si es Él el que nos ama, el que nos ama a todos, el que hace posible el de otro modo imposible amor, entonces todo ministro ordenado sabe que puede ser padre con el corazón de Dios, sabe que puede amar en Aquél que ama a todos, que no excluye a nadie.

Durante la guerra étnica, se ha oído hablar de grandes campos de concentración en África. ¡Es terrible! Pero también hay ejemplos de valentía, de santidad. Quisiera contarles el ejemplo de un sacerdote de Ruanda:

Cuando la iglesia está llena de gente, es vigilada por los guardias. Este sacerdote, vestido con sus ornamentos litúrgicos, se presenta a la puerta de la iglesia, ante los guardias. Éstos le preguntan: "¿Tú eres tutsi o hutu?". Si responde: "Soy hutu" salvará su vida, no habrá problema, pero si dice: "Soy tutsi" lo matarán.

Les pide a los guardias que dejen marchar a casa a sus fieles. "Pueden matarme –les dice– porque yo soy padre. Un padre no es ni tutsi ni hutu. Yo soy un sacerdote del Señor". Y los guardias dispararon. Ciertamente, cayó un mártir del amor, un confesor de la fe. Gracias a estos sacerdotes que ofrecen su vida por el pueblo podemos tener buenos seminaristas, como este sacerdote.

En Burundi los guardias fueron a un seminario, llamaron a todos los seminaristas y les preguntaron: "Los que sean tutsís, pónganlos aquí, y los que sean hutus, pónganlos allí". Los seminaristas respondieron: "Nosotros vivimos juntos y morimos juntos, somos hermanos, no hay diferencia, nos amamos, vivimos y morimos juntos". Los mataron a todos. Fueron mártires de la caridad porque no hacían diferencias, no sentían hostilidad en aquel ambiente de odio y de venganza étnica. Pero hay que tener sacerdotes que sean auténticos padres y pastores.

Para vivir hasta el fondo este misterio de amor, el Señor quiso darnos una Madre que con su fe sirviera de modelo y de invitación y que con su mediación materna nos ayudara.

Todo discípulo se reconoce en el discípulo amado al píe de la cruz, y de modo particular se reconoce en él el ministro ordenado, pastor y padre. A él le llega la palabra de Jesús, que, viendo a su madre allí cerca, le dice: "Mujer, aquí tienes a tu hijo", y al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Un 19, 26). El obispo, lo mismo que el presbítero, se encomienda a María como hijo humildísimo y confiado, poniéndola en lo profundo de su corazón y en lo profundo de su Iglesia. Y María, a su vez, lo acoge y lo une en su corazón a su Hijo divino, para que el obispo o el sacerdote sea imagen transparente y fiel de Él.

En brazos de la Madre el buen pastor hace bellos a sus pastores, y Aquél que es imagen del Padre los hace imágenes vivas y luminosas de la caridad inagotable de su Padre celestial. Y así María nos ayuda a ser padres y pastores. Cerca del corazón de María podemos ser, como Jesús, padres y pastores.

¡Alabado sea Jesucristo!



F. X. Nguyen van Thuan, El gozo de la esperanza Editorial Ciudad Nueva pp 31-40

 

Benedicto XVI



El Buen Pastor

La imagen del pastor viene de lejos. En el antiguo Oriente los reyes solían designarse a sí mismos como pastores de sus pueblos. En el Antiguo Testamento Moisés y David, antes de ser llamados a convertirse en jefes y pastores del pueblo de Dios, habían sido efectivamente pastores de rebaños. En las pruebas del tiempo del exilio, ante el fracaso de los pastores de Israel, es decir, de los líderes políticos y religiosos, Ezequiel había trazado la imagen de Dios mismo como Pastor de su pueblo. Dios dice a través del profeta: "Como un pastor vela por su rebaño (...), así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas" (Ez 34, 12).

Ahora Jesús anuncia que ese momento ha llegado: él mismo es el buen Pastor en quien Dios mismo vela por su criatura, el hombre, reuniendo a los seres humanos y conduciéndolos al verdadero pasto. San Pedro, a quien el Señor resucitado había confiado la misión de apacentar a sus ovejas, de convertirse en pastor con él y por él, llama a Jesús el "archipoimen", el Mayoral, el Pastor supremo (cf. 1 P 5, 4), y con esto quiere decir que sólo se puede ser pastor del rebaño de Jesucristo por medio de él y en la más íntima comunión con él. Precisamente esto es lo que se expresa en el sacramento de la Ordenación: el sacerdote, mediante el sacramento, es insertado totalmente en Cristo para que, partiendo de él y actuando con vistas a él, realice en comunión con él el servicio del único Pastor, Jesús, en el que Dios como hombre quiere ser nuestro Pastor.

El evangelio que hemos escuchado en este domingo es solamente una parte del gran discurso de Jesús sobre los pastores. En este pasaje, el Señor nos dice tres cosas sobre el verdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y ellas lo conocen a él; y está al servicio de la unidad. Antes de reflexionar sobre estas tres características esenciales del pastor, quizá sea útil recordar brevemente la parte precedente del discurso sobre los pastores, en la que Jesús, antes de designarse como Pastor, nos sorprende diciendo: "Yo soy la puerta" (Jn 10, 7). En el servicio de pastor hay que entrar a través de él. Jesús pone de relieve con gran claridad esta condición de fondo, afirmando: "El que sube por otro lado, ese es un ladrón y un salteador" (Jn 10, 1).

Esta palabra "sube" ("anabainei") evoca la imagen de alguien que trepa al recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo.

Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es la verdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás, para Cristo, y así, mediante él y con él, ser para los hombres que él busca, que él quiere conducir por el camino de la vida.

Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y esto significa precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que él disponga de mí; para que yo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización y estima. Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más, para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar.

Queridos amigos, por esta intención queremos orar siempre de nuevo, queremos esforzarnos precisamente por esto, es decir, para que Cristo crezca en nosotros, para que nuestra unión con él sea cada vez más profunda, de modo que también a través de nosotros sea Cristo mismo quien apaciente.

Consideremos ahora más atentamente las tres afirmaciones fundamentales de Jesús sobre el buen pastor. La primera, que con gran fuerza impregna todo el discurso sobre los pastores, dice: el pastor da su vida por las ovejas. El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor: es el gran servicio que él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo, y no sólo en un pasado lejano. En la sagrada Eucaristía realiza esto cada día, se da a sí mismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. Por eso, con razón, en el centro de la vida sacerdotal está la sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz está siempre realmente presente entre nosotros.

A partir de esto aprendemos también qué significa celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que por nosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así se entrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, en la que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismo en las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo la alegría de saber que él está presente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me da la mano, se da a sí mismo.

La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la que aprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yo no poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, a estar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otras cosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser. Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vida llega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra.

En segundo lugar el Señor nos dice: "Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre" (Jn 10, 14-15). En esta frase hay dos relaciones en apariencia muy diversas, que aquí están entrelazadas: la relación entre Jesús y el Padre, y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a él. Pero ambas relaciones van precisamente juntas porque los hombres, en definitiva, pertenecen al Padre y buscan al Creador, a Dios. Cuando se dan cuenta de que uno habla solamente en su propio nombre y tomando sólo de sí mismo, entonces intuyen que eso es demasiado poco y no puede ser lo que buscan.

Pero donde resuena en una persona otra voz, la voz del Creador, del Padre, se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por tanto, así debe ser en nuestro caso. Ante todo, en nuestro interior debemos vivir la relación con Cristo y, por medio de él, con el Padre; sólo entonces podemos comprender verdaderamente a los hombres, sólo a la luz de Dios se comprende la profundidad del hombre; entonces quien nos escucha se da cuenta de que no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero Pastor.

Obviamente, las palabras de Jesús se refieren también a toda la tarea pastoral práctica de acompañar a los hombres, de salir a su encuentro, de estar abiertos a sus necesidades y a sus interrogantes. Desde luego, es fundamental el conocimiento práctico, concreto, de las personas que me han sido encomendadas, y ciertamente es importante entender este "conocer" a los demás en el sentido bíblico: no existe un verdadero conocimiento sin amor, sin una relación interior, sin una profunda aceptación del otro.

El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor ha abierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazón de Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres.

Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: "Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor" (Jn 10, 16). Es lo mismo que repite san Juan después de la decisión del sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijo que era preferible que muriera uno solo por el pueblo a que pereciera toda la nación. San Juan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: "Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52).

Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con la cruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel, en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribus dispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israel disperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos. La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó.

Homilía del Papa Benedicto XVI Basílica de San Pedro el domingo 7 de mayo de 2006.

 


Ejemplos Predicables


EL OPERADOR DEL PUENTE

Existe, en un lugar no muy remoto, un puente que atraviesa un gran río. Durante la mayor parte del día, el puente permanece con ambos carriles en posición vertical de manera que los barcos puedan navegar libremente por el río.

Pero a determinada hora, los carriles bajan, colocándose en forma horizontal, a fin de que algunos trenes puedan cruzar el río. Un hombre es el encargado de operar los controles del puente, y lo hace desde una pequeña choza que está ubicada al lado del río.

Una noche, el operador estaba esperando el último tren para activar los controles y poner al puente en posición horizontal; vio a lo lejos las luces del tren y esperó hasta que estuviese a una distancia prudente para bajar los carriles del puente. Cuando advirtió la cercanía del tren, se dirigió a la cabina de control donde horrorizado descubrió que los controles no funcionaban correctamente y que el seguro que sujetaba la unión entre los carriles, ya colocados en forma horizontal, se malogró.

Existía el peligro de que con el peso del tren, el puente no pudiese mantenerse firme, pues los carriles tambalearían, lo que ocasionaría que el tren se estrelle directamente en el río.

El tren de la noche trae muchos pasajeros abordo por lo que muchas personas perecerían inmediatamente en el accidente. Habría que hacer algo. El operador abandonó rápidamente la cabina de control, cruzó el puente para dirigirse al otro lado del río donde había un interruptor para accionar una palanca manualmente la cual sostendría los dos carriles del puente.

El operador tendría que bajar la palanca y tenerla en dicha posición con mucha fuerza hasta que el tren cruce el puente. Muchas vidas dependían de la fuerza de este hombre. Fue entonces cuando escuchó un sonido que provenía muy cerca de la cabina de controles y que hizo que se le helara la sangre. - "Papi, ¿dónde estás?", escuchó repetidas veces.

Su hijo de tan sólo cuatro años de edad estaba cruzando el puente para buscarlo. Su primer impulso fue gritar "corre, corre" pero se dio cuenta que las diminutas piernas de su pequeño jamás podrían cruzar el puente antes de que el tren llegase. El operador casi suelta la palanca para correr tras su hijo y ponerlo a salvo, pero comprendió que no tendría suficiente tiempo para regresar y sostener la palanca. Tenía que tomar una decisión: "la vida de su hijo" o "la vida de todas aquellas personas que estaban a bordo del tren".

La velocidad con que venía el tren evitó que los miles de pasajeros que venían en él se diesen cuenta del diminuto cuerpo de un niño que había sido golpeado y arrojado al río por el tren. Tampoco fueron conscientes de los sollozos y dolor de un hombre, aferrándose todavía a la palanca a pesar que el tren ya había cruzado y no era necesario que él estuviese ahí. Ni mucho menos vieron a ese hombre deambulando por el puente en dirección a su casa a decirle a su esposa como es que su único hijo había muerto brutalmente.

Ahora tú puedes comprender lo que le pasó al corazón de este hombre. Puedes comprender los sentimientos y el dolor de nuestro Padre del Cielo cuando sacrificó a su Hijo para construir ese puente que nos permitiese a todos sus hijos en la tierra obtener la vida eterna.

Y, tal vez ahora, puedas darle la verdadera importancia que tiene tu relación con nuestro Padre y lo agradecido(a) que debes ser con Él, por haber sacrificado a Su Hijo para salvar tu vida.

Semana del 11al 17 de mayo de 20114

Domingo 11 de mayo de 2014

4º Domingo de Pascua

Mayolo de Cluny, abad (994)
Hch 2,14a.36-41: Dios lo ha constituido Señor y Mesías

Salmo responsorial 22: El Señor es mi pastor, nada me falta

1Pe 2,20b-25: Han vuelto al pastor de sus vidas

Jn 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas
La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, pertenece al discurso de Pedro, ante el pueblo reunido en Jerusalén, a raíz del hecho de Pentecostés. Después de interpretarles el fenómeno de las lenguas diversas en que hablaban los discípulos invadidos por el Espíritu Divino, Pedro les evoca la vida y la obra de Jesús, les anuncia el "Kerygma", la proclamación solemne de la Buena Nueva, del Evangelio: Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha sido sepultado y al tercer día Dios lo hizo levantarse de la muerte librándolo de la corrupción del sepulcro y sentándolo a su derecha, como habían anunciado los profetas. Se trata ya, evidentemente, de una primera elaboración teológica del llamado «kerigma», o síntesis o núcleo de la predicación.

Lógicamente, esa formulación del kerigma está condicionada por su contexto social e histórico. No es que porque aparezca en el Nuevo Testamento ya haya de ser tenida como intocable e ininterpretable. Las palabras, las fórmulas, los elementos mismos que componen ese kerigma, hoy nos pueden parecer extraños, ininteligibles para nuestra mentalidad actual. Es normal, y por eso es también normal que la comunidad cristiana tiene el deber de evolucionar, de recrear los símbolos. La fe no es un «depósito» donde es retenida y guardada, sino una fuente, un manantial, que se mantiene idéntico a sí mismo precisamente entregando siempre agua nueva.

En muchos países tropicales son casi desconocidos los rebaños de ovejas cuidadas por su pastor. Eran y son muy comunes en el mundo antiguo de toda la cuenca del Mediterráneo. Muy probablemente Jesús fue pastor de los rebaños comunales en Nazaret, o acompañó al pastoreo a los muchachos de su edad. Por eso en su predicación abundan las imágenes tomadas de esa práctica de la vida rural de Palestina. En el evangelio de Juan la sencilla parábola sinóptica de la oveja perdida (Mt 18,12-14; Lc 15,3-7) se convierte en una bella y larga alegoría en la que Jesús se presenta como el Buen Pastor, dueño del rebaño por el cual se interesa, no como los ladrones y salteadores que escalan las paredes del redil para matar y robar. Él entra por la puerta del redil, el portero le abre, El saca a las ovejas a pastar y ellas conocen su voz. La alegoría llega a un punto culminante cuando Jesús dice ser "la puerta de las ovejas", por donde ellas entran y salen del redil a los pastos y al agua abundante. Por supuesto que en la alegoría el rebaño, las ovejas, somos los discípulos, los miembros de la comunidad cristiana. La alegoría del Buen Pastor está inspirada en el largo capítulo 34 del profeta Ezequiel en el que se reprocha a las autoridades judías no haber sabido pastorear al pueblo y Dios promete asumir Él mismo este papel enviando a un descendiente de David.

La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes, ya desde los primeros siglos de la iglesia, representaron a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Tales representaciones se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte pues, como dice en el evangelio de hoy "el buen pastor da la vida por sus ovejas".

La imagen de «ovejas y pastores» ha de ser manejada con cuidado, porque puede justificar la dualidad de clases en la Iglesia. Esta dualidad no es un temor utópico, sino que ha sido una realidad pesada y dominante. El Concilio Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870). Pío XI, por su parte, decía: «La Iglesia es, por la fuerza misma de su naturaleza, una sociedad desigual. Comprende dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Y estas categorías, hasta tal punto son distintas entre sí, que sólo en la jerarquía residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores» (Vehementer Nos, 1906). La verdad es que estas categorías de «pastores y rebaño», a lo largo de la historia de la Iglesia han funcionado casi siempre -al menos en el segundo milenio- de una forma que hoy nos resulta sencillamente inaceptable. Hay que tener mucho cuidado de que nuestra forma de utilizarlas no vehicule una justificación inconsciente de las clases en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II supuso un cambio radical en este sentido, con aquella su insistencia en que más importante que las diferencias de ministerio o servicio en la Iglesia es la común dignidad de los miembros del Pueblo de Dios (el lugar más simbólico a este respecto es el capítulo segundo de la Lumen Gentium del Vaticano II).

Como es sabido, en las últimas décadas se ha dado un retroceso claro hacia una centralización y falta de democracia. La queja de que Roma no valora la «colegialidad episcopal» es un clamor universal. La práctica de los Sínodos episcopales que se puso en marcha tras el concilio, fue rebajada a reuniones meramente consultivas. Las Conferencias Episcopales Nacionales, verdadero símbolo de la renovación conciliar, fueron declaradas por el cardenal Ratzinger como carentes de base teológica. Los «consejos pastorales» y los «consejos presbiterales» establecidos por la práctica posconciliar como instrumentos de participación y democratización, casi han sido abandonados, por falta de ambiente. La feligresía de una parroquia, o de una diócesis, puede tener unánimemente una opinión, pero si el párroco o el obispo piensa lo contrario, no hay nada que discutir en la actual estructura canónica clerical y autoritaria. «La voz del Pueblo, es la voz de Dios»... en todas partes menos en la Iglesia, pues en ésta, para el pueblo la única voz segura de Dios es la de la Jerarquía. Así la Iglesia se ha convertido -como gusta de decir Hans Küng- en «la última monarquía absoluta de Occidente». A quien no está de acuerdo se le responde que «la Iglesia no es una democracia», y es cierto, porque es mucho más que eso: es una comunidad, en la que todos los métodos participativos democráticos deberían quedarse cortos ante el ejercicio efectivo de la «comunión y participación». En semejante contexto eclesial, ¿se puede hablar ingenuamente de «el buen pastor y del rebaño a él confiado» con toda inocencia e ingenuidad? El Concilio Vaticano II lo dijo con máxima autoridad: «Debemos tener conciencia de las deficiencias de la Iglesia y combatirlas con la máxima energía» (Gaudium et Spes 43).

En la Iglesia de Aquel que dijo que quien quisiera ser el primero fuese el último y el servidor de todos, en algún sentido, todos somos pastores de todos, todos somos responsables y todos podemos aportar. No se niega el papel de la coordinación y del gobierno. Lo que se niega es su sacralización, la teología que justifica ideológicamente el poder autoritario que no se somete al discernimiento comunitario ni a la crítica democrática. ¿Qué la Iglesia no es una democracia? Debe ser mucho más que una democracia. Y, desde luego: no ha de ser un rebaño.



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