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Contemplativos activos


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Fecha de conversión18.07.2016
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CONTEMPLATIVOS ACTIVOS


El Libro del Profeta Jonás (IV/IV)

Exégesis (Jonás capt. 3-4)

Por segunda vez Yahvé habló a Jonás: Prepárate y vete a Nínive… y Jonás se preparó y se fue a Nínive” (3,1-3). Ahora sí, a la segunda, el profeta escucha a Dios y se presta a cumplir su cometido. Jonás necesitó de la persistencia de la llamada del Señor para aceptarle como Dios y cumplir su voluntad. Y nosotros, ¿estamos siempre dispuestos a cumplir la voluntad del Señor?

Datos simbólicos: “Nínive era una gran metrópoli, con un recorrido de tres días” (3,3). En los textos originarios, en hebreo, aparece como que “era grande ante Dios”, que es el superlativo más fuerte y expresivo que hay en lengua hebrea. Nínive era grande ante Dios porque creyó y se convirtió, no porque se necesitaran tres días para recorrerla; en la antigüedad no existían ciudades así. También es figurativo el plazo de cuarenta días para la conversión. Cuarenta días alude siempre a un periodo de reflexión y conversión, como son: los días del diluvio, los años que duró el éxodo, el tempo que pasó Elías entre el Carmelo y el Horeb, el tiempo que estuvo Jesús en el desierto, el período entre en nacimiento de Jesús y su presentación en el templo, etc.

Los ninivitas creyeron a Dios, organizaron un ayuno y se vistieron de saco y el rey se sentó en la ceniza” (3,5-6). Todos estos actos forman parte de los rituales judíos penitentes: el ayuno, vestirse de saco y cubrirse de ceniza. Esta conversión es utilizada por Jesús para mostrarles a los judíos su incapacidad para creer en Él (Mt 12,41: “La gente de Nínive se levantará en el juicio con esta generación y la condenarán, porque al menos ellos se convirtieron por la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás”; Lc 11,32). Sin embargo, esta conversión súbita de Nínive no parece real, pues no se han encontrado referencias de ella en documentos y textos ninivitas de la época.

En lo anterior, hay un aspecto importante a tener en cuenta. La conversión de Nínive comenzó por el pueblo: “los ninivitas creyeron… el anuncio llegó hasta el rey” (3,5-6). Es importante porque rompe la creencia popular de que las revoluciones de los pueblos empiezan desde los puestos de mando o de gobierno; es falso. Desde el mando no comienzan las revoluciones, sino las dictaduras; llámense como se llamen. Las transformaciones reales y profundas comienzan siempre desde de abajo. Así se generó el cristianismo durante los primeros siglos. Pasó de ser una secta perseguida, a ser una religión aceptada y, posteriormente, a ser la religión oficial del imperio romano. Así, de forma similar, se debe producir la re-evangelización de nuestra sociedad. Que no surgirá por la transformación de los obispos y de la jerarquía, sino desde la auténtica espiritualidad del pueblo llano. Una espiritualidad que llene la religiosidad con palabras de esperanza, en el sentido auténtico del mensaje revelado por Cristo durante su presencia terrenal. La conversión de la Nínive actual se producirá cuando nuestros corazones se conviertan, reconozcan y vivan en el amor en Cristo. Cuando, rota la superficialidad de muchas de nuestras oraciones, el corazón se nos abra en ansias de amor en llama viva por servir a Cristo, el Señor.

A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). La conversión de Nívive está llena de esperanza, solo buscan el perdón de Dios, no esperan ninguna otra cosa. En la petición del perdón no hay justificaciones o excusas, ni hay pretensiones extrañas, imposiciones o demandas; solo piden perdón. Es la misma situación que la que planteó David cuando huía de Absalón, su hijo: “Acaso Yahvé mire mi aflicción y me devuelva bienes por las maldiciones de este día” (2S 16,12). En ambos casos la petición de perdón se limita a una esperanza. Queda en abandono a Dios la respuesta que el Señor quiera darles. En la petición no hay súplica, solo esperanza. Aprendamos de ellos, pidamos perdón por nuestras faltas sin imposición, sin orgullo, sin demanda siquiera. Pidamos perdón exponiendo, tan solo, nuestro arrepentimiento. Pidamos perdón llenos de deseo y esperanza, abandonados a la libre decisión de Dios.

Cuando Dios vio lo que hacían y cómo se convertían de su mala conducta, se arrepintió del castigo que había anunciado contra ellos, y no lo ejecutó” (3,10). Dios es bueno, misericordioso y, además, escucha. Dios escucha la petición de Nívive y se compadece. Dios siempre está dispuesto a escuchar y a compadecerse del hombre, cuando el hombre pide con sinceridad y humildad: “cómo se convertían de su mala conducta”. Muestra la potencia que tiene la oración. Una potencia y poder intangible, pero real. Tanto que es capaz de hacer cambiar de opinión de Dios; la oración es capaz de conmover a Dios y hacerle actuar de forma diferente a su planteamiento original; es este caso, a no ejecutar el castigo sobre Nínive. Las claves del perdón a Nínive están en el cambio de las acciones de los ninivita, en su conversión. Es decir, la conversión, para que sea real, se debe corroborar con un cambio de vida. La conversión, cuando es real, conlleva necesariamente un cambio de vida, de actitud ante la vida. Un cambio que lleva al hombre hacia Dios. Por eso el futuro del hombre, en su camino hacia Dios, implica vivir en un cambio constante, a una conversión constante. Le lleva a ser un “hombre nuevo”, como dice san Pablo, en cada instante nuevo de vida.

Jonás sintió un gran disgusto… ya lo decía yo… clemente y compasivo…” (4,1-2). Jonás está sorprendido y disgustado, pues, por un lado, nunca creyó posible la conversión de Nínive y dio por cierta la destrucción de la ciudad. Jonás no admite que exista la posibilidad de conversión; no cree en la conversión de los malvados. Y, por otro, la acción de Dios perdonándolos le ha roto sus esquemas pues, según la tradición judía, los pecados cometidos debían ser rigurosamente castigados. El perdón de las faltas pasaba, ineludiblemente, por el castigo, en este caso por la muerte del pecador. Todo pecado debía ser castigado y purgado, por eso se sacrificaba en el Templo. En la mentalidad de Jonás no tiene cabida la acción misericordiosa de perdón de Dios. La acción de Dios ha desconcertado a Jonás. Desconcertó a Jonás y sigue desconcertando a muchos que se dicen ser buenos cristianos. Sabemos que Dios perdona, porque es bueno, pero difícilmente aceptamos que Dios perdone a nuestros enemigos (Nínive era enemiga de Israel) y menos aún que Dios nos pida que amemos a los enemigos (Mt 5,44). Todavía hay muchos cristianos que no terminan de comprender que la profundidad del amor de Dios lleva al amor absoluto… hasta el olvido de los pecados y faltas cometidas. El hombre creyente, que es imagen y semejanza de Dios, tiene que tender a pensar y actuar de igual manera. El cristiano que es cristiano y se esfuerza por abandonarse al amor del Dios de Jesucristo, Único Dios verdadero, debe amar sin medida y, por ello, perdonar y amar a los enemigos; incluso aunque estos no se conviertan. ¿Cómo es posible amar a Dios y no amar a las criaturas creadas por Dios, por su amor? Revisemos nuestros conceptos y raíces del seguimiento del Señor; quizá debamos cambiar algo en nuestras vidas y seguir convirtiéndonos a Cristo.

Jonás salió de la ciudad… al oriente” (4,5) Nueva acción de huída de Jonás. “Yahvé hizo crecer un ricino… Jonás se puso muy contento” (4,6) Acción protectora de Dios y agradecimiento de Jonás por los dones recibidos. “Yahvé envió un gusano y el ricino se secó… y envió un sofocante viento solano” (4,6-8). Nueva prueba para Jonás. “Jonás empezó a desfallecer y se deseó la muerte” (4,8) En todo este recorrido se aprecia la inconsistencia de Jonás, su incapacidad para mantener su fidelidad a Dios. Porque, según las circunstancias le sean o no propicias, está a bien con Dios o lo rechaza. Jonás ve a Dios como un ente que está a su servicio, con el que puede enfadarse cuando las cosas no van como él quiere y desea. Jonás pretende poner a Yahvé a su servicio. Es el pecado de idolatría de hoy día, queremos que Dios nos responda tal y como lo concebimos en nuestros deseos. Convertimos al Dios verdadero en un ídolo o nos idolatrizamos a nosotros mismos para que Dios nos sirva. En todo caso no reconocemos a Dios como Dios creador y salvador; desde la humildad de sentirnos sus creaturas.

El dialogo de Dios con Jonás hasta el final del libro, a causa del ricino muerto y de la misericordia de Dios, centra más aún el planteamiento anterior. Dios insta de nuevo a Jonás para que le reconozca como Dios y Jonás insiste en que se haga su voluntad (4,9). ¿Cuántas veces, cuando oramos, cuando pedimos, cuando vivimos, mantenemos este diálogo (mas bien, enfrentamiento) con Dios?, ¿cuántas veces nos resistimos a reconocer a Dios como el ser supremo que, en total libertad y misericordia, nos ama y quiere el bien para nosotros, pero por caminos que no deseamos?, ¿cuántas veces cambiamos el “hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra” del Padrenuestro, por el “hágase mi voluntad en la tierra”?, ¿dónde queda la adoración, la entrega y la donación que hemos de hacer a nuestro Dios?...

El libro termina con una pregunta de la que no consta respuesta: “¿Y no voy yo a compadecerme de Nínive, donde viven… personas que no distinguen el bien del mal?” (4,11). Es decir, Yahvé plantea a Jonás la pregunta: ¿No puedo yo ser bueno? Todos somos Jonás, ¿qué respondemos?, ¿aceptamos que Dios es libre para actuar como quiera?, ¿aceptamos siempre las decisiones de Dios, incluso las negativas?, ¿confiamos en Dios, aunque aparentemente los hechos sean negativos para nosotros?, ¿vemos la presencia del Señor y su mano protectora en medio de las dificultades de la vida?, ¿somos estables en nuestra fidelidad a Dios?, ¿nos mantenemos siempre a su servicio aceptando las propuestas que pone en nosotros?...

El libro de Jonás es una visión general sobre el pensar del ser humano, sobre su vida y sus planeamientos, sobre el sentido que tiene vivir. El Libro no dice si al final Jonás acepta a Dios como Dios o si continúa queriendo ser él mismo el centro de su vida. Cada uno de nosotros debe dar respuesta a esta pregunta final. Las opciones son solamente dos, ambas radicales e incompatibles: aceptamos a Dios y le adoramos por ser Dios o, por el contrario, queremos que todo lo creado gire en torno a nosotros, porque somos como Dios… como dijo la serpiente a Eva cuando le ofreció a comer del árbol del bien y del mal (Gn 3,5)



Reflexiones:

El Libro de Jonás apenas ocupa dos páginas en una Biblia con más de 1.800 páginas. Es un profeta menor, así está clasificado por los teólogos expertos. Pero Jonás, en sus dos páginas, ha hecho un retrato muy definido de lo que es el hombre. De las luchas y las inquietudes que tiene el hombre en su relación con Dios. Nos ha mostrado las debilidades del profeta y sus miedos; también su fortaleza y su fe. Nos ha mostrado la tensión en que vive el hombre entre la luz y las tinieblas; ese claro-oscuro indefinido en el que todo hombre se mueve. Esa lucha en la que, en el recorrido de su vida, según se acerque a Dios o se aleje de Él, el hombre se santifica o se condena. Es la esperanza, la fe y el seguimiento fiel del hombre a Dios lo que lleva al hombre, al final de su vida, hacia la salvación eterna o, por el contrario, a su perdición sin fin. Dios nos llama a la salvación; la perdición la busca el hombre.



Reflexionemos, pues, desde la serenidad, con paciencia y adoración a Dios, este libro estudiado. Descubramos los dones que Dios pone en nosotros y aceptémoslos, requisito indispensable para crecer hacia lo que estamos llamados a ser: uno en Dios.



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