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Conflictividad en la Ciudad y en la Campaña. Buenos Aires en la Primera Mitad del Siglo XIX


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REUNIÓN RER-PROER, 19 DE JULIO DE 2002: “Conflictividad en la Ciudad y en la Campaña. Buenos Aires en la Primera Mitad del Siglo XIX”, segunda parte.
Ciudad tomada. Estado y facciones en Buenos Aires.

Sobre una revolución federal durante octubre de 1820.

Fabián Herrero (CONICET-UBA)

La revolución comenzó luego del largo sonido de la generala más allá de las ocho o nueve de la noche del primer día de octubre. Lentamente, la ciudad fue ocupándase por sorpresa. Tal sensación es la que expresaron los vecinos que salían del teatro de la comedia y también la de aquellos que se encontraban en distintos cafés quienes, envueltos en un aire mezclado de temor y de sorpresa, se veían empujados abruptamente hacia las calles, ya que dichos locales acostumbrados a esos tipos de acontecimientos, rápidamente fueron cerrándose. Mientras tanto, algunas de las brigadas cívicas se encaminan hacia la plaza de la Victoria y casi al mismo tiempo, el reciente gobernador, Martín Rodriguez, abandona la ciudad. Más tarde, éste último, encuentra un sitio seguro en la campaña donde une sus fuerzas con las de Juan Manuel de Rosas. Así, la ciudad ha sido tomada. ¿Cuáles son las primeras acciones de los revolucionarios? En la Sala Capitular, una asamblea resuelve: desconocer la elección de Rodriguez en el cargo de gobernador de la provincia, dejando, provisoriamente, al Cabildo al frente del poder provincial. 1 Decide, asimismo, convocar posteriormente a un Cabildo Abierto para el día siguiente en la iglesia de San Ignacio.2 Por otra parte, nombra comandante de armas al coronel mayor Hilarión de la Quintana y, jefe de la brigada cívica, al coronel Manuel Pagola. Pero en pocos días, el gobernador y su jefe de campaña, atacan la ciudad derrotando a los revolucionarios. En suma, la revolución se produce porque los sectores de la oposición no estan de acuerdo ni con la elección de Rodriguez como gobernador, ni tampoco con la Junta que lo eligió. Los revolucionarios, entonces, apoyados por el Cabildo y algunas brigadas cívicas se enfrentan con los grupos centralistas partidarios del nuevo gobierno, respaldados por las ya mencionadas autoridades y el ejército de campaña al mando de Rosas. La ciudad fue tomada, hubo enfrentamiento entre las partes, los mismos fueron sangrientos y tuvieron como escenario los ámbitos más importantes desde un punto de vista político e institucional: la Plaza principal, las azoteas del Cabildo, el Consulado.3

Esta revolución de signo federal se incorpora a la serie de movimientos políticos que se suceden reiteradamente luego de mayo de 1810. Resulta indudable que se trata de un acontecimiento relevante. Después de todo, al cabo de pocas semanas aparece un orden político provincial relativamente estable y surge, a su vez, otro tipo de vínculo con las provincias, en el que se privilegia, sobre todo, el carácter pacífico en relaciones interprovinciales. Antes, me refiero a la primera década revolucionaria, la estrategia gubernamental, casi siempre de tendencia centralista, pretendía imponer sus decisiones a partir de su superioridad de fuerzas tanto militares como económicas. Así, momentáneamente, se resolvían viejos conflictos. Dentro de ese mundo político cambiante, y una vez concluidas aquellas sangrientas batallas que conmovieron a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, se inician, entonces, un conjunto de reformas que modifican en algunos aspectos la estructura institucional provincial y, al mismo tiempo, lentamente irrumpe con fuerza, el llamado partido del orden que consigue reunir en su seno a los diversos grupos políticos porteños.4

¿Cuáles son los problemas básicos que la revolución de octubre permite iluminar no sólo hacia 1820 sino y, sobre todo, en el proceso histórico mucho más extenso iniciado luego de 1810? A lo largo de este trabajo pensamos que es posible distingir, entre otros, tres ejes problemáticos. El primero, que la revolución ilumina con toda claridad es cúal es el orden político que debe considerarse como verdaderamente legítimo. En este punto, es una cuestión conocida que una vez caída la legitimidad monárquica, el nuevo poder que emerge en su reemplazo debía exhibir la suya para poder lograr el reconocimiento de la sociedad. La misma debía apoyarse en la voluntad popular, ya que inmediatamente después de producido aquella ruptura, había, entonces, retrovertido la soberanía al pueblo. ¿Cuál es el camino legítimo para acceder al poder? Las elecciones son la via adoptada para el acceso al poder. La importancia de los procesos electorales radica en su función como fundamento de la nueva legitimidad que debía reemplazar a la de monarquía castellana. Sin embargo, esa forma de acceso al poder no fue la única. El mundo político de la primera década revolucionaria reconoció otras formas que Bartolomé Mitre denominó “la tradición revolucionaria”, con ello hacía referencia a los Cabildos Abiertos, las asambleas populares, como así tambien, los llamados en voz de época Movimientos de Pueblo.5 Un Movimiento de Pueblo, por ejemplo, en octubre de 1812, encabezado por la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica, derrocó al Primer Triunvirato y a la Asamblea que se había constituido en ese momento, asimismo, impulsó exitosamente la convocatoria de una nueva Asamblea para que se trate la futura forma de gobierno, mientras pedía al Cabildo designe una nueva administración. Se suceden, posteriormente, otros episodios similares, aunque con resultados e impactos diferentes, en 1815, 1816 y 1820. Por su vinculación con mi presente estudio, aunque brevemente, una mención particular merece lo sucedido durante éste último año. Allí, por un lado, tenemos algunos gobiernos elegidos por elecciones, el confederacionista Manuel Sarratea y el centralista Ildefonso Ramos Mejía, por otro lado, estan aquellos que acceden al gobierno a partir de revoluciones, considerando, entre otras cuestiones, que no se cumplen los acuerdos firmados con las provincias del litoral, son los casos del centralista Juan Ramón Balcarce que derroca momentaneamente a Sarratea y del confederacionista Manuel Pagola que se apodera de la ciudad y de su gobierno luego de la caída de Ramos Mejía. El dilema parece ser el mismo, sediciones, tumultos o autoridades legalmente constituidas, esa son las dos formas de acceso al poder, las cuales seguirán siendo un problema serio durante todo el siglo. 6

El segundo eje problemático alude a que la revolución presenta el enfrentamiento de distintas autoridades legales. Al final de este estudio tendremos oportunidad de mostrar cómo el gobernador pero también la prensa consideran sumamente importante terminar con este tipo de rivalidades, la cual es percibida, una y otra vez, como “un choque de poderes” que produce “la anarquía” al enfrentarse bélicamente las distintas instituciones provinciales. No sólo me interesa saber cómo perciben este problema, sino también qué tipo de respuestas ofrecen al respecto. En esta línea, señalaré cómo las soluciones que ofrecen algunas de las facciones se refieren a cuáles son los límites de algunas instituciones y, por otro lado, intentan detectar primero y reformar después, algunos de ellas. El lugar del cabildo y sus milicias, como veremos, serán puestos a discusión por los distintos sectores políticos provinciales.

Las actividades de esos grupos constituye el tercer problema. Porque son ellos, precisamanente, los que presiden las distintas autoridades que estan en conflicto, en este sentido, el choque de poderes es también el choque entre las facciones de la provincia. Éstas, en todos los casos, presentan elementos comunes: las facciones son mal vistas, sustancialmente, son percibidas como agentes de desorden y de división de las instituciones de la provincia.7 Tal percepción no es nueva. En la década pasada se repiten las mismas preocupaciones y las mismas respuestas. Es decir, son entendidas en la perspectiva de un mundo antiguo y no moderno.8 No es posible, entonces, que pretendamos hallar entre las páginas escritas por los actores de esos días, notas o mensajes que nos brinden sus principios programáticos a manera, de cimiento ideológico de los partidos.9 Trataremos de probar, sin embargo, que se presentan ciertas ideas que aglutinan a determinados hombres a encolumnarse detrás de una facción. Cada una de ellas defendía, en el momento de la lucha, una propuesta diferente sobre qué hacer por ejemplo con algunos asuntos del estado, o bien qué tipo de relación debería mantenerse con las demás provincias. Es decir, en algunos aspectos, que intentaremos precisar, sí se presentan marcadas diferencias entre un grupo y otro. En este sentido, pensamos posible señalar que no es lo mismo planificar un poder militar de alcance nacional y con una actitud intervencionista frente a las demás provincias, líneas que defenderán algunos de los sectores vinculados con los federales que, otra, propiciada por los centralistas en el que se privilegia la paz y la reducción de las fuerzas. Las diferencias entre unos y otros son notables.10

Es relativamente variada la documentación que he revisado para esta investigación. Los expedientes de los distintos sumarios llevados a cabo luego de la revolución muestran un panorama de las ideas, temores y aspiraciones de los revolucionarios. Asimismo, consulté otros legajos del Archivo General de la Nación que me proporcionaron información sobre los ejércitos de Buenos Aires o bien, brindan diversos elementos sobre conflictos similares a los que aquí analizo. Las memorias de algunos protagonistas constituyen otros documentos que aportan información sobre esos días violentos. Asimismo, los acuerdos de las sesiones del Cabildo y la Junta de Representantes son valiosos en cuento nos ofrecen datos sobre las líneas de acción de los sectores políticos enfrentados. En esta misma línea leí, por último, los distintos diarios de la época. Por último, en dos partes he dividido los propósitos que guían mi trabajo. En primer lugar analizo la revolución. Así, por un lado, me pregunto sobre algunos aspectos relacionados con el grupo revolucionario, por ejemplo, quiénes son, dónde se reunen, qué planes tienen. Desde el lado de las fuerzas del gobierno, por otro lado, me interesó averiguar si sabían sobre dicha irrupción política y qué actitud sostienen en este sentido. Posteriormente, en una segunda parte, me detengo en algunas de las consecuencias del conflicto:¿qué ocurre con los revolucionarios? ¿cómo perciben los movimientos políticos recientes y qué respuestas ofrecen? Antes de introducirnos en el estudio de la revolución de octubre es conveniente detenernos, por un momento, en las interpretaciones que formularon los historiadores.



¿Qué dicen los historiadores?

Por su decisiva influencia sobre la investigación y la interpretación histórica del período, se destacan nítidamente algunos análisis puntuales. Si bien en algunos aspectos se suporponen, cada uno se liga a una visión particular del fenómeno que nos ocupa; así, éstos estudios giran en torno al conflicto de las facciones, de las instituciones de la provincia, o bien se preocupan por subrayar la dimensión social de los sectores intervinientes. Para comenzar, conviene detenernos en las interpretaciones de los primeros historiadores nacionales. Bartolome Mitre, para mencionar a uno de ellos, se preocupó por averiguar quiénes son los revolucionarios y cuáles son sus propósitos. Para el autor de la Historia de Belgrano, el bando revolucionario estuvo conformado por varias facciones federales: los partidarios de Dorrego encabezados por la mayoría del Cabildo y los que seguían a Soler y Sarratea, acompañados por gran parte de los tercios cívicos y algunas tropas de línea. La conspiración, en este sentido, se hizo contra la “restauración directorial” que conduce el nuevo gobierno de Martín Rodriguez .11 Estos argumentos son luego retomados por historiadores posteriores. Antes de seguir avanzando quiero detenerme un instante en el trabajo de Vicente López. 12 Para este historiador la revolución muestra claramente por un lado, un conflicto social y, por otro lado, señala que su irrupción es producto de un viejo problema institucional no resuelto. En primer lugar, entonces, observa que el partido plebeyo o cívico, se percataba con enojo y estupor de que la oligarquía comunal de los hábiles, de los ricos y de los abogados, que venían continuando la política y el favoritismo administrativo de la epoca anterior, se había sobrepuesto a Dorrego y al partido de Soler, que meses antes había procurado acabar con esa tradición aborrecida. Enfurecidos, entonces, resolvieron defender la posesión del gobierno en manos de Dorrego o de otro hombre de los suyos. En segundo lugar, sostiene que la verdadera fuerza de los movimientos convulsivos de la capital había estado en manos de los cívicos y, principalmente, del segundo tercio. A su juicio, éstos eran los que habían derrocado al general Alvear en 1815 y decidido “todas la peripecias del año 1820”.13

Merece destacarse, por otra parte, uno de las pocas investigaciones puntuales sobre el acontecimiento. Me refiero al estudio escrito por Carlos Heras. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, su foco de interés no es la revolución. En su opinión, es indudable que el tumulto, en sí, “nada significa”, ni por “los hombres que lo dirigieron, ni por la bandera ideológica que levantaron”. Para el autor, el hecho presenta otros aspectos más interesantes: cerró la serie de escándalos políticos sucedidos durante todo el año de 1820, sirvió para consolidar en el gobierno al brigadier Martín Rodriguez, y dió ocasión para que don Juan Manuel de Rosas afirmara su naciente prestigio. La desaparición del cabildo, en este sentido, es señalada como la consecuencia más saliente.14

Otros esfuerzos historiográficos ubican a la revolución en un contexto histórico mayor, en este esquema, prevalece, sustancialmente, la lucha de facciones de Buenos Aires. Para Julio Irazusta, por ejemplo, la revolución significa, como en parte ya mencionamos, la restauración de los directoriales y la iniciación de Rosas en la política.15 Se trata de un ensayo, es decir, de un estudio basado en las investigaciones existentes sobre el tema, en ese sentido, ridiculiza a los trabajos de Vicente López y de Emilio Ravignani, y rescata la ambiciosa reconstrucción empírica realizada por Ricardo Levene sobre la denominada anarquía del año veinte. ¿Cuál es su argumento? Desde su destierro, Dorrego había quedado fuera del partido burgués al que pertenece por su clase, pero al volver, no podía en sólo dos meses ligarse incondicionalmente a la nueva fuerza que había accedido a la vida política de la metropoli. La alianza momentánea con la facción directorial, con la que, si tenía divergencias ideológicas y profundos agravios personales, de otro lado tenía afinidades de clase, era aconsejada por el más elemental buen sentido. De las fuerzas materiales de que la alianza disponía, la más poderosa era sin duda la de los directoriales cuyo principal sostén son los milicianos Rosas. En este cuadro se pregunta: ¿Qué misterio es éste ? ¿Cómo es que los elementos que en el famoso aforismo acuñado por los rivadavianos y circulado por Sarmiento aparecen como violenta oposición de contrarios, la tesis y la antitesis, en una perfecta síntesis? ¿Cómo es que los nombres de Rodriguez, es decir, del superciudadano, y de Rosas, el super campesino, aparecen en los documentos oficiales y particulares de la época tan indisolublemente unidos como los del mismo Rosas y de Dorrego aparecerán ocho años más tarde, episodios de un cariz opuesto? El partido directorial, se contesta el autor, ya no era lo que había sido en tiempos de Moreno o de la Asamblea del año 13. Los liberales subsistían en el partido directorial, y más tarde volverían a primar en él, pero en 1820 estaba dirigido por los reaccionarios que de 1816 a 1819 rodearon a Pueyrredón y que en 1823 se levantarían contra Rivadavia. Aquí entonces formula Irazusta su hipótesis. Los directoriales antes de sucumbir politicamente dieron a la campaña acceso a la vida politica. Rosas participa, en calidad de subalterno, sin otra ambición que la de ayudar a las autoridades en la defensa del orden, su acción fue decisiva en la eliminación de Dorrego, en la sofocación del último alzamiento plebeyo del 5 de octubre, y sobre todo en el modus operandi de la paz con Santa Fe, lo cierto es que Rosas sirvió fielmente los fines del partido ciudadano.16 El partido directorial, concluye, era en estos momentos una aristocracia de ganaderos.



En los inicios de 1970 aparecen dos trabajos que, también de manera lateral, se ocupan del acontecimiento. Por esos días Enrique Barba escribe un ensayo en el que pretende concluir, a su juicio, de modo definitivo, y en este punto el autor no parece tener ningún tipo de dudas, con esa larga serie de trabajos cuyo objetivo estuvo marcado por derimir el significado del federalismo y el rosismo. Su hipótesis gira en torno a la idea de que Rosas nunca fue federal. Y es dentro de esta perspectiva, en la que debemos entender su percepción sobre la revolución de octubre de 1820 como “el último intento de los federales por conseguir el poder que ya nunca más alcanzarían.”17Tulio Halperín Donghi, por su parte, en un libro fundamental del período, retoma el tema de las facciones. El autor, desestima la tesis de la rebelión plebeya, sosteniendo que lo que se teme en Buenos Aires es la acción del partido popular contra los grupos directoriales. Se trata, de este modo, de la lucha de dos partidos que propician soluciones diferentes para la critica situacion vivida durante 1820. Cuestiona, en este sentido, la asociación entre el grupo directorial y la elite economica y social dominante en la provincia.18 Para ello, expone dos razones. En primer lugar sostiene que durante la decada de 1810, el grupo que dirigió la política revolucionaria, aunque reclutado dentro de la elite criolla, no era identico a ella; asimismo, considera que el curso mismo de la lucha debió aumentar las distancias entre uno y otro. Sin duda el régimen directorial advirtió los peligros implícitos en ese distanciamiento y buscó eliminarlo, pero su éxito fue en este punto limitado, y el aislamiento creciente del grupo gobernante fue advertido nítidamente ya en 1819. Esta discutible identificación entre partido directorial y elite economico-social tiene como consecuencia lógica la interpretación de los choques de los partidos durante el año de 1820, como manifestaciones de un abierto conflicto entre sectores sociales opuestos. En segundo lugar, considera que se intentó apoyar aquella interpretación a partir de testimonios contemporáneos y es, a sus ojos, indiscutible, que durante algunos interminables meses de 1820 las clases propietarias de Buenos Aires vivieron en el temor de una rebelión de la plebe.19 ¿Es decir que los conflictos que llenan ese año convulso no tienen ninguna dimensión social? Esta conclusión no se impone de ninguna manera: si la revolución social que teme Beruti en octubre es una fantasía nacida del miedo, hay opciones políticas menos dramáticas frente a las cuales la actitud de los distintos grupos sociales es diferente. Es aquí, como advertimos, donde debemos leer la hipotesis como siempre tan escurridiza del autor. Por debajo de la mítica guerra social, la amenaza que se dibuja es entonces la del retorno ofensivo de la oposición antidirectorial. ¿Pero por qué este retorno es considerado un peligro? Sustancialmente, el motivo lo encuentra en las soluciones políticas que la oposicion antidirectorial adopta y que haría imposible el rápido retorno a una paz que Buenos Aires necesita para rehacer su prosperidad. Por ejemplo, frente al avance portugués en la Banda Oriental, la oposición hubiera querido ver al gobierno de Buenos Aires dirigiendo una resistencia abierta. En suma, la facción militar y plebeya, tan fuerte en la ciudad, había sido finalmente doblegada por la acción de los rurales, el gobernador Rodriguez con sus tropas de frontera y los milicianos del sur, habían provisto la fuerza necesaria para sustentar el nuevo orden político de la provincia.

También para John Lynch se trata de un problema de la elite de Buenos Aires. Pero para el historiador inglés, aquél eje problemático debe conectarse con otra cuestión: el caudillismo. A partir de una hipótesis extensiva a todo hispanoamérica, sostiene que en este inmenso territorio emerge un proceso dual, por un lado, se manifesta el constitucionalismo y, por otro, la contínua irrupción de los caudillos. En esta línea, afirma que durante los sucesos de octubre de 1820: "Buenos Aires miró en dirección al sur y solicitó la ayuda de los estancieros para que, al frente de sus milicias rurales, acudieran al rescate de la capital.20". Se trata, entonces, de "las tropas de un caudillo para hacer frente a otros caudillos", tal enfrentamiento tuvo como consecuencia más relevante que "la elite urbana pagó con la intervención21". Finalmente, en una investigación reciente, Gabriel Di Meglio, señala que los miembros de la plebe urbana porteña jugaron un papel crucial en la crisis del año 1820.22 Para el autor la crisis de ese año dio lugar a la consolidación de la plebe urbana como un actor político, producto de la combinación de dos prácticas surgidas tras la Revolución: la intervención de los sectores subalternos en los conflictos dentro de la elite, dirigida por miembros de ésta, y la realización de una suerte de “motines autónomos” en el ejército y la milicia, conducidos por los grupos plebeyos.23 En ese marco, tres actores fueron derrotados, el Cabildo, los líderes populares y la plebe.24



I. La revolución

1. Los revolucionarios

¿Quiénes son?

Es difícil captar el número de participantes en la revolución. Sí, en cambio, es posible señalar algunas estimaciones al respecto, algunos testigos del acontecimiento mencionan más de 800 o 1000 hombres25. Las tropas de Rosas, por ejemplo, alcanzan la cifra aproximada de 500 uniformados. Esta fuerza militar puede ser un indicador, pensamos que bastante serio, para estimar el número de los hombres que forman un grupo armado en esos momentos. Sin embargo, no sabemos si estaban armados y preparados militarmente de la misma forma. Asimismo, y como empezamos a insinuarlo más arriba, distintas evidencias señalan claramente que los revolucionarios se movieron de manera desorganizada y que incluso algunos oficiales se lamentaron que en esas circunstancias resultaba muy improbable la obtención de una victoria.26

¿A qué extracción social pertenecen? Son de sectores sociales diferentes. Sustancialmente, ésas son las imágenes que dibujan los distintos protagonistas que han recorrido las calles calientes de aquellos días. Sostienen, de modo general, que se sumaron a los revolucionarios las llamadas "clases bajas", como asi también "lo principal del pueblo". En este sentido, Gregorio de La Madrid, desde el sector revolucionario, menciona que a él lo fueron a visitar para invitarlo a participar de la revolución "...lo principal del pueblo y hasta de las más bajas de las clases27." Un diplomático chileno que residía en Buenos Aires y que defendía al sector centralista, afirma haber visto en esos días a "vagabundos cívicos" y "pulperos pudientes".28 Una información más precisa, la brindan los distintos testimonios recogidos en los sumarios realizados a todos aquellos acusados de haber participado en la revolución.

¿Quiénes eran los caudillos? Esta es una de las preguntas que se repite con insistencia en los distintos sumarios mencionados. En la respuestas, podemos reconocer dos niveles diferentes de liderazgo. Por un lado, debo señalar a los que figuran como futuros candidatos a gobernador de la provincia, Manuel Dorrego y Miguel Soler. Ubico, por debajo de ellos, a los indicados como jefes de la revolución: El Cabildo, Manuel Pagola, jefe militar de la misma, e Hilarión de la Quintana como jefe político. También incluyo aquí a Lamadrid como uno de los principales jefes militares y, en el sector político, a los doctores Pedro José Agrelo y a Bernardo Velez. Estos serían los lideres principales. Luego estan los lideres intermedios. En un segundo escalón, es decir, aquellos que son mencionados en los distintos documentos como caudillos o jefes de las guerrillas. Se trata de oficiales de las milicias que, a su vez, generalmente aparecen como dueños de negocios en la ciudad, pulperías, cafés, panaderías, entre otros. Ambos tipos de lideres, los que denominamos principales y los intermedios, participan en las reuniones previas y discuten los planes revolucionarios (Cuadro 2) Todos estos lideres, además, cuando aparecen mencionados reciben el calificativo de Don.

¿A qué facción pertenecen? Los revolucionarios provienen de distintos grupos federales: Sarraeistas, Soleristas, Dorreguistas. Algunos son funcionarios del gobierno de Sarratea, otros, oficiales que tuvieron al mando de Soler y de Dorrego. De este modo, compartimos la hipotesis al respecto de los primeros historiadores nacionales. Hay, sin embargo, algo que sí pensamos resulta novedoso. Es la participación de algunos hombres vinculados a las actividades políticas de Carlos Alvear. Algunas de la proclamas revolucionarias, recordemos, cuestionan por igual a los directoriales, a los pueyrredonistas y a los seguidores de Carlos Alvear. Los casos de Galup y Carreto, por ejemplo, nos muestran a dos oficiales con mando de tropa, es decir actores importantes en la revolución. Antes, éstos, participan de intentos revolucionarios diferentes, los planes de Soler y Alvear. Más allá de su origen federal común y que ambos fueran impuestos como gobernadores, durante 1820, por Juntas de Representantes organizadas desde la campaña, la diferencia más importante entre ellos, radica en que mientras el primero lo hace desde una facción de Buenos Aires, el segundo, aparece con el respaldo de Estanislao López, aceptando, de esta manera, la intervención de este caudillo en el territorio provincial.29

¿Qué vinculación puedo establecer con el problema del caudillismo? Para ello, resulta pertinente detenernos un instante en un breve pero fulgurante trabajo de Tulio Halperin Donghi. El autor, apelando a la historia intelectual, traza el extenso itinerario del vocablo “caudillo” en los años de la primera mitad del siglo XIX. En una primera estación, señala que durante la primer década revolucionaria recibían aquel nombre los jefes rebeldes de fuerzas irregulares.30 La hipótesis, sustancialmente, se recuesta sobre la imagen que ofrecen los memorialistas que estan en contra de su irrupción en las provincias. En nuestro caso, apoyándonos en los datos de la revolución que analizamos, observamos que los caudillos son jefes de milicias regulares los cuales dependen del Cabildo, autoridad representantiva de la ciudad elegida por elecciones, por este motivo aquellos que actuan bajo sus ordenes en la revolución mencionan que lo hacen porque estaban impuesto a servicio.31 En este sentido, por ejemplo, Hilarión De la Quintana, uno de los mencionados ya como jefes militares de la revolución, cuando debe negociar con la Junta, afirma que él no puede decidir sin la aprobación del Cabildo.32


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