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Conferencia de José Álvarez Junco en la entrega de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo Madrid, 11 de Mayo de 2004


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Conferencia de José Álvarez Junco

en la entrega de los

Premios Ortega y Gasset de Periodismo
Madrid, 11 de Mayo de 2004

Sólo son válidas las palabras pronunciadas

En los últimos días de febrero de 1848, reinaba en París un intenso ambiente revolucionario, aquel ambiente tan maravillosamente descrito por Flaubert en La educación sentimental. Uno de los muchos banquetes convocados en aquel invierno, fue prohibido por el gobierno del rey Luis Felipe de Orleáns, sabedor de que su inevitable final serían brindis coronados por vivas a la república. Dos órganos de prensa, Le National y La Réforme, liberal el primero y democrático con ribetes socializantes el segundo, convocaron una manifestación de protesta. Pese a que ésta también fue prohibida, en la plaza de la Concordia se concentraron numerosos grupos de gente –lo que entonces se llamaba “el pueblo”, palabra que la izquierda romántica empezaba a pronunciar con unción sacra–. En los barrios populares de Saint Martin y Saint Denis comenzaron a erigirse barricadas, y sobre algunas de ellas aparecieron banderas rojas. Pese a recibir la orden de desmantelarlas, la Guardia Nacional se negó a hacerlo, y el Oeste de París quedó en manos de los revolucionarios. En un movimiento desesperado, Luis Felipe, el “rey burgués”, destituyó a su primer ministro, François Guizot, reputado como historiador pero desacreditado como político, y prometió un nuevo gobierno, de orientación reformista. Era demasiado tarde. La fiebre revolucionaria crecía de manera incontenible y en pocas horas París entero era una barricada. El palacio real fue asaltado, sin que la guardia nacional impidiese la entrada de los rebeldes, y Luis Felipe huyó de Francia, tras abdicar en su hijo, el conde de París. Tampoco bastaron ya esas concesiones. La multitud exigía la proclamación de la república. ¿Cómo iba a resolverse el vacío de poder? ¿Quién iba a nombrar un gobierno provisional? ¿De dónde iba a salir la lista de los componentes de un nuevo poder revolucionario aceptable para los insurgentes? Y aquí viene la sorpresa para un observador actual.


Para admiración nuestra, los grupos revolucionarios se dirigieron a las redacciones de los dos diarios que habían caldeado el ambiente y convocado la protesta y encargaron a los periodistas que designaran los nombres de los nuevos ministros. Así se hizo, tras un tira y afloja entre los dos periódicos, puesto que representaban tendencias diferentes. Tras acordar al fin una lista única, quedó compuesto el gobierno y proclamada la República, la segunda en Francia tras la del 92. Como no podía por menos, en el nuevo gobierno abundaban los publicistas: el poeta Lamartine, el escritor Armand Marrast, el periodista y dramaturgo Étienne Arago, el historiador Garnier-Pagès, el autor de folletos socialistas utópicos Louis Blanc... Más adelante, en un momento ya de reflujo revolucionario, también sería brevemente ministro el gran escritor político Alexis de Tocqueville.
Los acontecimientos de 1848 alcanzaron enorme resonancia en toda Europa. El ejemplo parisino fue seguido en Austria, en diversos Estados alemanes e italianos y en otras partes del viejo continente. Con lenguaje muy de la época, los meses que siguieron a aquel febrero del 48 serían bautizados como “la primavera de los pueblos”. Fue la mayor oleada revolucionaria europea del siglo XIX. Con ella puede decirse que terminó el primer liberalismo, orientado hacia la limitación de poderes de los monarcas por medio de cámaras de notables, y la izquierda europea inició el camino hacia la democracia republicana, que incluía sufragio universal y legislación social.
El acontecimiento que les he narrado no es, por tanto, una mera anécdota. Y creo especialmente adecuado recordarlo aquí porque nos dice mucho sobre el poder de la prensa, y de los intelectuales (en especial, literatos y periodistas) en el momento álgido de la revolución liberal. Así como gobernaron Francia Lamartine, y antes Guizot, o Chateaubriand, o más tarde Tocqueville, en esas mismas décadas gobernarían España, o al menos desempeñarían importantes papeles políticos, Martínez de la Rosa, Toreno, Espronceda, el Duque de Rivas, Donoso Cortés...
Era la Europa de hace siglo y medio, que veía en los creadores literarios –con los periodistas incluidos en lugar destacado– a “conductores de pueblos”. La frente del poeta, escribió Víctor Hugo, es “la morada de Dios”. “La tierra me decía poeta”, se lee en otra de sus creaciones, y “el cielo respondía profeta”. En otro poema insiste: “Peuples! écoutez le poète! / Écoutez ce reveur sacré. / Lui seul a le front éclairé... / Car la poésie est l’étoile / qui mène à Dieu rois et pasteurs!”. Era el sueño del intelectual-sacerdote, del orientador moral de las masas, de lo que el siglo XX, de forma más prosaica, llamaría “el intelectual comprometido”, tan perfectamente encarnado por un Jean-Paul Sartre en los años cincuenta y sesenta. Hugo se refería a los poetas, cumbre de la inspiración para el romanticismo. Pero no hay la menor duda de que en esa categoría, al menos a lo largo del siglo XIX, habría que incluir también a los narradores de ficción, a los pensadores políticos y, desde luego, a los periodistas, agitadores e inspiradores de primera magnitud durante las revoluciones liberales.
Al comienzo de lo que llamamos Edad Contemporánea –nombre que quizás deberíamos ir pensando en cambiar, porque considerar contemporáneo nuestro a Fernando VII empieza a ser francamente inadecuado, aparte de desagradable–, la imagen que los intelectuales se construyeron sobre sí mismos fue realmente grandiosa. Ante hechos como el que les he narrado es imposible evitar preguntarse qué pasó, por qué aquellos entusiasmos, por qué aquel papel sacerdotal de los que hoy llamaríamos “líderes de opinión” en el alumbramiento de una nueva sociedad que en principio iba a ser laica. Habría que preguntarse también qué es lo que ha cambiado desde entonces y, por último, si de todo aquello queda algo en la sociedad actual.
Los intelectuales eran, hay que recordarlo, un producto de la modernidad. No es que en el Antiguo Régimen no hubiera grandes escritores y creadores artísticos. Baste recordar a Shakespeare, Cervantes o Molière. Y si descendemos de los grandes nombres a los de un rango secundario, a los divulgadores culturales, había miles de preceptores de los vástagos nobiliarios, decenas de miles de clérigos que predicaban cada domingo al vulgo o que enseñaban en unas escuelas muy minoritarias, básicamente latín, catecismo e historia sagrada. Aunque menos numerosos, había también escritores que se dedicaban a difundir y comentar noticias en hojas semanales o mensuales, llamadas Gacetas, Mercurios, Piscator, Teatros, Memoriales. Pero el hecho de que existiera este grupo social, creador y difusor de cultura, no significa que pudiera hablarse con propiedad de “intelectuales” en el sentido moderno del término, porque ni su situación profesional ni sus productos culturales eran independientes. El mantenimiento de artistas y escritores dependía, como se sabe, del sistema de patronato y mecenazgo; y la principal tarea cultural a la que se dedicaban consistía, o bien en interpretar la palabra divina, una verdad revelada de la que ellos no eran sino mensajeros, o bien en cantar las glorias de la monarquía o de la corporación o familia nobiliaria que les protegía.
La desaparición del sistema de mecenazgo y su sustitución por el mercado cultural moderno fue vista en su momento como una emancipación. En el marco del racionalismo progresista dominante, se entendía que iba a proclamarse al fin el “reinado de la inteligencia”, que la cultura iba a ser juzgada por un público cada vez más ilustrado que premiaría con imparcialidad los méritos de cada creador; y que la sociedad haría suyas las ideas más valiosas, igual que compraría los productos de mayor calidad. Hoy, con la perspectiva que da el paso del tiempo, somos menos optimistas; sabemos que el imprevisible y anónimo mercado cultural sólo premia a una mino­ría, y no necesariamente la más selecta; e incluso, aunque de ningún modo deseemos volver a él, que el anterior sistema de mecenazgo no coartaba la creatividad artística y científica tanto como decían sus enemigos.
No es eso lo que quiero tratar aquí, sino el hecho de que la revolución liberal abriera aparentemente un campo de acción tan grande a los publicistas, hasta el punto de permitirles soñar con dirigir, aunque fuera de forma indirecta, la vida política. El derrumbamiento revolucionario de las estructuras jerárquicas, privilegiadas y autoritarias del Antiguo Régimen, interpretado como el último peldaño de la escala que conducía a la felicidad universal, se atribuyó a la tarea de zapa realizada por los ilustrados a lo largo del siglo anterior. La “función crítica” del intelectual ganó así un prestigio hasta entonces desconocido. En un mundo aparentemente secularizado y desencantado, el mito de la revolución hizo posible la supervivencia encubierta de la promesa milenaria de una redención mágica y colectiva. La política adquirió un contenido no sólo ético, sino trascendental, redentor, transmutador de la realidad. ¿Puede acaso imaginarse una responsabilidad más alta que la de planear la felicidad humana, la de dirigir la historia en el momento en que se aproximaba a su culminación feliz?
Tal fue el peso moral con que se vieron cargados de forma repentina los creadores y difusores de la cultura. Como críticos o revolucionarios, ellos habían sido los elaboradores y difusores de los argumentos utilizados para rebelarse contra el poder. Pero el mundo moderno no sólo les ofrecía oportunidades críticas, de demolición revolucionaria. Les ofrecía también importantes tareas orgánicas. Una vez derribados los viejos esquemas de poder, ahora les tocaba justificar y defender los valores morales de la nueva sociedad, aspecto en el que, insisto, heredaron antiguas funciones clericales. También recayó sobre sus hombros nada menos que la tarea de inventar las nuevas identidades colectivas que habrían de sustituir a las anteriores unidades feudales o divisiones de linajes, estamentos y gremios. Surgían nuevos Estados y fronteras y la organización burocrática, el control político, la adecuación al nuevo ideal de unidad étnica e ideológica bajo cada autoridad soberana, requerían procesos de homogeneización cultural interna. Era precisa una nueva “cultura oficial”. ¿Quién iba a encargarse de crearla y mantenerla, sino los publicistas e intelectuales? Esa cultura empezó, además, a rodearse de funciones y ritos que excedían con mucho su inicial propósito instrumental: convertida en símbolo de la identidad del nuevo grupo, ascendió a la categoría de mito; subió a los altares, con el nombre de “cultura nacional”, como objeto de veneración y fervor místicos. Las analogías de publicistas e intelectuales con la antigua casta sacerdotal surgen a cada paso.
Si comprendemos la importancia de estas nuevas funciones asumidas por los intelectuales modernos, no nos extrañará tanto que tuvieran tales pretensiones políticas, tanta aspiración a influir sobre el poder, cuando no a ejercerlo directamente. Como artistas o científi­cos, eran los creadores y manipuladores litúrgicos de la cultura nacional; como maes­tros, la expandían y socializaban en ella a las nuevas gene­racio­nes; como ideólogos, legitimaban al nuevo Estado demo­cráti­co; como funciona­rios o profesionales, comunicaban ­­­los mundos rurales hasta enton­ces aislados y dispersos con los centros del poder urbano; como periodistas, ofrecían los hechos cotidianos y los interpretaban en un marco explicativo que orientaba de antemano sus consecuencias... No es raro que Víctor Hugo escribiera aquellas líneas grandilocuentes sobre sus tareas mesiánicas, a las que se creían destinados providencialmente.
Hoy, esos tiempos han terminado. A nadie se le ocurriría en los momentos actuales delegar en un grupo de periodistas la designación del gobierno. A nadie, quiero creer, menos a algún periodista excesivamente imbuido de su propia importancia (porque supongo que no es sólo en la universidad donde hay gente totalmente desconectada de la realidad). Han terminado esos tiempos porque ya no vivimos en una sociedad con verdades oficiales, con dogmas o creencias sobre los que se asiente la legitimidad del poder, y por tanto necesitada de sacerdotes que los expliquen y rindan culto. El origen remoto de este ocaso de los dogmatismos puede que se sitúe en el final de las guerras de religión, cuando, tras siglo y medio de matanzas despiadadas, gentes de creencias diversas decidieron, en los países del norte de Europa y las colonias inglesas de Norteamérica, que debían y podían vivir juntos, siempre que respetaran unas normas comunes. El hecho de que cada cristiano leyera la Biblia y obtuviera conclusiones y directrices por su cuenta, sin atenerse a la interpretación de una casta sacerdotal, tuvo sin duda mucho que ver con esta nueva situación de pluralismo moral, relativismo y tolerancia. Se comprendió que la unidad de creencias no era necesaria para la paz social. Y no creo casual que fuera en esos países, donde no se había reconocido a ningún sector social títulos para dirigir a los demás en materias teológicas, donde los intelectuales no han desempeñado, al llegar la modernidad, funciones ético-políticas; donde jamás, ni en la época de mayor auge del “intelectual comprometido”, circularon manifiestos firmados por pintores, cantautores o novelistas sobre temas de política económica o internacional; donde apenas ha atraído el marxismo en los medios académicos; y donde menos comprensión han expresado los intelectuales hacia las situaciones totalitarias.
Es verdad que el recién terminado siglo XX ha sido todavía testigo de tardíos intentos de imponer verdades oficiales. Quienes nacimos en la España de mediados de ese siglo no necesitamos que nadie nos explique lo que es un nacional-catolicismo que atenazaba la información y la creación cultural. Y la memoria de regímenes de verdades oficiales está aún más reciente entre los habitantes de la Europa del Este. En ambos casos, al cultivo y protección institucional de tales creencias frente a posibles desafíos se dedicaba todo un grupo privilegiado, clérigos e intelectuales del régimen, en un caso, nomenclatura e intelectuales orgánicos, en el otro; herederos ambos de las funciones de orientación y control típicas del Antiguo Régimen.
No creo, por tanto, que sea un sermón, una exhortación ideológica o moral la que deba dirigirse hoy a la prensa. El periodismo no tiene que ver con la predicación. Han dejado de tener sentido las exigencias de conformación con ciertos dogmas sociales, como han dejado de tenerlo, en el extremo opuesto, los llamamientos al “compromiso intelectual”, al necesario “sentido crítico”. Tampoco lo tienen, en mi opinión, los llamamientos a la “objetividad”. Aunque nunca deban manipular intencionadamente los datos, ni éstos ni el lenguaje con que se expresa la prensa son objetivos o científicos, en el sentido académico del término. Los científicos, los académicos, somos necesarios a la sociedad. Pero también lo son ustedes, los periodistas, y de ustedes aprendemos nosotros mucho, por su creatividad, por su constante expresión de opiniones, frecuentemente contradictorias y siempre perecederas. De ahí que, si hay que exhortarles a algo, es a que sean libres, creativos, honestos, a que expresen su opinión sin ataduras, sin lealtades, sin respetos. La prensa no sólo tiene que ser libre para alcanzar calidad, sino que debe ser consciente de la enorme importancia de su papel como pilar básico de un régimen de libertades.
Por eso la prensa es una de las fuentes preferidas de los historiadores contemporaneístas, como yo mismo; pero no como fuente fidedigna de datos, sino como expresión de estados de opinión. Más que testigos o notarios de los acontecimientos históricos, los periodistas son actores, intervienen en los mismos. Para empezar, porque el hecho mismo de informar influye sobre la marcha de los acontecimientos. Nadie puede negar que el conocimiento público de algo que ha ocurrido, aparte de la forma en que se ofrezca la información, orienta sus consecuencias, cambia las perspectivas de su evolución futura. Hoy se otorga aquí un premio a Sergio Pérez Sanz por una foto tomada hace un año en las islas Azores. ¿Quién dudará de que aquella foto influyó en el curso posterior de los acontecimientos, seguramente en el vuelco electoral de hace dos meses? ¿No es imaginable igualmente que las fotos aparecidas hace sólo cuatro o cinco días sobre las torturas en Irak influyan sobre las elecciones norteamericanas del próximo noviembre? Las fotos, las noticias, no sólo dan testimonio de unos hechos, sino que modifican actitudes y provocan reacciones. Es lo que ha intentado Bru Rovira, alejándose de los caminos trillados por una información fácil, que se centra en los temas conocidos o esperados y olvida muchos otros; sólo sacándolos a la luz existirán esos hechos, serán realidad, y podremos hacer algo en relación con ellos.
Además de influir sobre los acontecimientos por el mero hecho de informar, la prensa orienta la percepción de la realidad en determinados sentidos y, por tanto, también moldea la realidad al crear opinión. El ser humano no puede interpretar el mundo en que vive sino a través de prismas culturales, y la prensa es hoy la gran creadora de los prismas culturales que orientan nuestra percepción. Nadie dudará de que describir los acontecimientos de la última semana utilizando palabras como “humillaciones” o “compañías de seguridad”, en lugar de “tortura” o “mercenarios”, revela ya una orientación política y una actitud ante los hechos. He dicho que esos prismas culturales “moldean” u “orientan” nuestra percepción, y me he sentido tentado de decir “deforman”; pero hubiera sido injusto; no porque no la deformen, sino porque habría dado a entender que existe otra manera, objetiva, no deformada, de acercarse a esa realidad exterior que rodea nuestra mente. La deformación no se puede evitar; lo único que podemos exigir es poder contrastar las diferentes “deformaciones”. Y como la dirección en que se oriente esta deformación favorece unos u otros intereses, se entiende que las pugnas por el control de la prensa, o de los medios de comunicación en general, sean tan duras y despiadadas como las competiciones abiertamente políticas por la conquista del poder. Son duras, pero necesarias, porque sin contraste de opiniones, sin pugna por hacer que se escuche una visión de los hechos, no hay libertad.
Esta verdad debe ratificarse en tiempos como los actuales, en que los viejos países liberal-democráticos, como los Estados Unidos de América, parecen sentir nostalgia por verdades y valores culturales uniformes, cuyo cuestionamiento sólo puede provenir de enemigos de la comunidad. Es especialmente trágico en un país que, hay que recordarlo, fue el que antes y de manera más radical estableció un sistema de convivencia válido para ciudadanos con distintos valores morales, creencias y costumbres. Allí precisamente surgen ahora tentaciones de defender una serie de principios básicos, como son unas creencias religiosas mínimas, una fe en la democracia o en el mercado libre, o incluso el inglés como lengua única, y oímos expresar miedos absurdos ante la “amenaza del español” de personas tan relevantes como Samuel Huntington; amenaza del español, de ese español que defiende El Nuevo Día, hoy justamente premiado, diario de Puerto Rico, país que precisamente tiene la fortuna de vivir en el pluralismo cultural.
A quienes sienten esas tentaciones habrá que recordarles, y con esto termino, las imperecederas líneas de uno de los padres fundadores del liberalismo anglosajón, John Stuart Mill, que en su ensayo Sobre la Libertad (texto cuya lectura debería formar parte de la educación elemental de nuestros hijos), escribe: “A medida que la humanidad progresa, el número de las doctrinas que dejan de ser objeto de discusión aumenta constantemente, y el bienestar de la humanidad puede casi medirse por el número y la importancia de las verdades que van convirtiendo en indiscutibles [...] Pero, aunque esta disminución gradual de la diversidad de opiniones sea necesaria e inevitable, no todas sus consecuencias son saludables. Porque perdemos de este modo una ayuda tan importante para el aprendizaje vivo e inteligente de la verdad como es la necesidad de explicarla o defenderla constantemente frente a sus adversarios [...] Allí donde se cree que los principios básicos no pueden ser discutidos; allí donde se considera clausurado el debate sobre los grandes problemas de la humanidad, no se encontrará la viveza intelectual que ha caracterizado a las más brillantes épocas de la historia [...] En una atmósfera generalizada de esclavitud mental han existido, y pueden volver a existir, grandes pensadores individuales. Pero en esa atmósfera nunca existió ni existirá un pueblo intelectualmente activo”.
El monismo intelectual, como dice Stuart Mill, el acuerdo generalizado sobre las verdades esenciales, apaga la creatividad. La pluralidad ideológica es un bien que debe ser perseguido por todos los medios. Ésta, que es una verdad válida para todos nosotros como ciudadanos, es especialmente importante para la prensa. La libertad es, sobre todo, libertad de opinión, y se expresa en la prensa todos los días. Esto debe repetirse especialmente en países como España, de larga tradición “monista”, en que la convivencia entre grupos de creencias distintas se ha creído desde hace mucho tiempo imposible, fuente de inevitables conflictos. No hace mucho que nos hemos incorporado al mundo liberal-democrático y quizás no hayamos aprendido todavía suficientemente lo mejor que tiene: ese respeto básico por la libertad, por los discrepantes. La prensa cumple, pues, una función política esencial en una sociedad libre, hasta el punto de que por la vivacidad de la prensa podemos medir el grado de libertad de que disfruta un país. De ahí el aprecio que todos debemos tener por los grandes periodistas, como los galardonados, y el apoyo que debemos prestar a premios como éste.



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