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Compensaciones desequilibrantes notas sobre la violencia en el neoliberalismo


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COMPENSACIONES DESEQUILIBRANTES
NOTAS SOBRE LA VIOLENCIA EN EL NEOLIBERALISMO
Ricardo Maliandi

No podría decir a ciencia cierta si la situación mejorará cuando las cosas cambien; lo que sí puedo decir es que tienen que cambiar para que la situación mejore


G.Ch.Lichtenberg


El siglo XX fue el más sangriento de la historia; pero el XXI, apenas comenzado, amenaza ya con quitarle ese desdichado record. La expansión y ampliación de la violencia, sin embargo, no sólo alcanza niveles inéditos en lo que atañe a los aspectos directamente cruentos, sino también en los estragos que produce, de modo progresivo y sin pausa, la imposición de un sistema económico socialmente desastroso. Se continúan usando, claro está, balas y misiles; pero se añaden maniobras financieras que suelen ser todavía más mortíferas y más eficaces para el exterminio sistemático. Ya no se trata simplemente de las consecuencias de una realidad mundial en la que rigen las “leyes del Mercado”, axiológicamente neutras (según los economistas neoliberales, pero discutible, según se verá). Ahora el sistema –acaso por haber entrado en crisis– se empantana con total cinismo en los peores recursos del fraude y la corrupción. Y ya no se limita a adoptar una actitud de indiferencia frente al hambre de vastos sectores de la población mundial, sino que implementa estrategias orientadas precisamente al empeoramiento de esa situación. Lo que antes constituía una innegable forma de injusticia social deviene ahora un nuevo tipo de genocidio a nivel planetario.


Michael Hardt y Antonio Negri, en su reciente best-seller (2002), muestran cómo el capitalismo, al llegar a su culminación, ha comenzado también su decadencia; pero no debemos olvidarnos de que un depredador herido es más peligroso que uno sano. El liberalismo, tanto en sus principales versiones clásicas como en algunas que han prevalecido hasta hace poco, creía justificarse como ideología. Se presentaba, en tales casos, precisamente como la actitud defensora de la libertad. Como nadie puede negar que la libertad es uno de los más altos valores, aquella ideología quedaba inmunizada contra todo tipo de objeciones: sólo los totalitarismos, o las actitudes dogmáticas pueden contraponerse al ser libre. Esto es cierto; pero se convierte en falacia si se ignora o se pasa por alto el necesario equilibrio entre la libertad y la justicia. La libertad se legitima tan sólo en ese equilibrio. Para afirmar su valor, ella requiere –como ya lo advirtió J.S.Mill, uno de los pensadores más representativos del liberalismo novecentista– que no se gane a expensas de la libertad de otros. Podríamos agregar aún otras dos condiciones: la de que no tenga que apelar de continuo a la fuerza (física o económica), y, fundamentalmente, que sea ejercida en un marco de licitud jurídica. La pretendida “libertad” del neoliberalismo viene saliéndose cada vez más notoriamente de ese marco, sobre todo desde que el mismo incluye también los Derechos Humanos. La libertad entendida como valor, con todo su tradicional halo sacrosanto, se desvanece y se convierte en disvalor cuando alienta esa nueva forma de genocidio constituida por la extensión masiva del hambre. En un mundo donde muere de hambre un niño cada tres segundos, la libertad de las empresas financieras se vuelve una desmesurada obscenidad.

El economicismo contemporáneo determina, si se me permite el símil médico, una situación de grave patología social –con la exacerbación y la sofisticación de la violencia como uno de sus síntomas principales–, para la que es relativamente fácil el diagnóstico; no así, en cambio, el pronóstico ni la terapéutica. No aludiré, pues, a esas dos últimas instancias (pese a que son acaso el aspecto decisivo), porque me llevarían más espacio del disponible; pero quisiera apuntar algo sobre el diagnóstico y arriesgar una hipótesis sobre la etiología.

El diagnóstico suele expresarse de diversos modos: crisis generalizada, globalización, disolución de valores, canibalismo capitalista, etc. Si hablamos de crisis, agregamos lo de “generalizada”, lo cual alude al hecho de que abarca no sólo dimensiones planetarias, sino también que alcanza los más altos niveles de intensidad y se extiende a las distintas áreas. Con respecto a estas últimas, se da en español la curiosidad de que la mayoría se expresan en vocablos comenzados por “e”: crisis económica, ecológica, energética, educativa, etológica, ética (y si se admite también que las artes y las religiones padecen sus propias crisis, cabe agregar estética y eclesiástica). La crisis económica no es, pues, la única, aunque resulta actualmente la más notoria y la que mayor influjo tiene en las demás. El sistema neoliberal siempre representó un desequilibrio a favor de la libertad de mercado en detrimento de la justicia social; pero, al menos durante las siete décadas que duró la Unión Soviética y el bloque comunista del Este, éstos ofrecían una especie de contrapeso: se pensaba que regían en el mundo dos sistemas económicos, ideológicamente enfrentados. Por cierto, pronto se fue poniendo en evidencia el hecho de que el “Segundo Mundo” era una gran mentira, una especie de capitalismo disfrazado, que, llegado el momento, pudo operar la transición al sistema pretendidamente opuesto de un modo rápido y “natural”. Sirvió, en definitiva, para afianzar más el neoliberalismo. Otras alternativas probadas en el siglo XX fueron las de la extrema derecha: fascismo y nazismo, que llevaron a la peor de las guerras de la historia y al más cruel genocidio. Evidentemente, el “remedio” del fanatismo irracional es peor que la “enfermedad” del neoliberalismo. Pero ello de ningún modo justifica moralmente a este último ni lo establece como modelo de racionalidad. Más aún, como ya dijimos, el neoliberalismo también implica guerra y genocidio, en magnitudes crecientes y todavía incalculables.

Se ha dicho, se sigue y se seguirá diciendo mucho acerca de fenómenos como la agresión y la violencia entre los seres humanos; pero acaso los tipos de teorías con que se intenta explicar esos fenómenos puedan reducirse, como proponía hace tiempo H.J.Krysmanski, a las tres siguientes: 1) teorías del instinto, que interpretan los impulsos de agresión como componentes de la naturaleza humana, 2) teorías de la frustración, que adjudican el origen de la agresividad a una interrupción o una perturbación de actividades dirigidas a un determinado fin, y 3) teorías del aprendizaje, que ven la conducta agresiva como una determinada consecuencia de determinadas formas de educación infantil y de socialización (cf. Krysmanski, H.J., 1971: 45 – 46) Los tres tipos de teoría pueden integrarse, a mi juicio, en una interpretación de la violencia como resultado de desequilibrios estructurales, para los que el hombre busca compensaciones que, a su vez, desencadenan nuevos desequilibrios en otras áreas de su complejo campo de actividades. Los factores de violencia representan exacerbaciones de los factores de conflictividad cuando entre éstos no se encuentra adecuadas vías compensatorias.

La hipótesis antropológica (sostenida expresamente por Arnold Gehlen, pero anticipada por muchos pensadores clásicos, entre los que puede nombrarse a Kant) según la cual la cultura (y particularmente la técnica) representa un recurso compensatorio frente a ciertas carencias biológicas originarias, es tema que me ha ocupado en anteriores trabajos (cf. Maliandi, R. 1984: passim) y que me sigue pareciendo plausible sobre todo en combinación con la teoría etológica que denuncia en la técnica la causa de un nuevo desequilibrio, esta vez entre las posibilidades de agresión intraespecífica inauguradas por la técnica y la natural escasez de instintos inhibitorios de dicha agresión. La técnica es, pues, una de esas formas paradójicas de “compensación desequilibrante” que, por de ponto, justifican el título del presente trabajo. Ahora bien, ante todo desequilibrio se tiende a buscar compensación, y los principales etólogos explican el origen de la moral como un recurso cultural destinado a compensar ese segundo desequilibrio (cf. Lorenz, K., 1971: 279; o Eibl-Eibesfeldt, I., 1987: 109). Pero aquellos pasos nunca son completos, y las compensaciones nunca son definitivas. El desarrollo de la técnica (que, a su vez, se nos vuelve cada vez más imprescindible) determina no sólo nuevas formas de desequilibrios etológicos, sino también ecológicos, es decir, los que ella originariamente lograba compensar. Hans Jonas ha indicado, con razón, que la civilización técnica descompagina la biosfera en su totalidad, y, con ello, el hombre pone en peligro su propia supervivencia. Paradójicamente, resulta que el “exceso de éxito” implica “amenaza de catástrofe” (cf. Jonas, H., 1995: 233 ss.)

Sin embargo, la actividad humana se vuelve cada vez más compleja, y con el aumento de complejidad se acrecientan también las formas de agresión, en sucesiones de desequilibrios y compensaciones desequilibrantes. También la economía ha evolucionado. Desde la originaria, de caza y recolección, inaugurada por la compensación técnica del prístino desequilibrio ecológico y mantenida con muy leves variaciones durante la casi totalidad del tiempo transcurrido desde la humanización, se dio un vuelco decisivo en la revolución del neolítico. Más tarde se hizo industrial y, recientemente, devino financiera y se concentró en empresas multinacionales. A cada etapa corresponden nuevas formas de violencia, que no suprimen las viejas, sino que se suman a ellas y las hacen más terribles. Como lo dije al comienzo, la violencia se vale no sólo de armamento específico, sino también de especulaciones financieras. Desde muy antiguos tiempos, quizás desde el neolítico, surgió en la agresividad humana intraespecífica un elemento que la distingue de la de otras especies: la crueldad, vale decir, la complacencia en el dolor ajeno. Y con la crueldad se vinculan instituciones como la tortura, y las infinitas variantes de la agresión psicológica y moral. Aunque la moral haya surgido a modo de compensación frente a desequilibrios etológicos, y a pesar de que siga siendo imprescindible en esa función, ella posibilitó a la vez otros desequilibrios refinados y aberrantes. La agresividad sigue siendo institucionalmente (desde el punto de vista moral y desde el jurídico) reprimida y sancionada. Pero, por otra parte, represiones y sanciones devienen a menudo nuevos y sofisticados motivos de agresión. Territorialidad, alimento, sexo y alimento mantienen –desde el paleolítico– su carácter de disparadores de violencia; pero el repertorio de tales disparadores ha crecido desde el neolítico y se ha hecho inmenso en los tiempos más recientes, abarcando variedades incontables de resentimiento, envidia, malevolencia, celos, supersticiones, aburrimiento, ideología, partidismo político o deportivo, sentimiento de frustración, etc., etc. El economicismo neoliberal ha logrado poner en la cúspide de los pretextos para la agresión el afán de lucro y la paranoia economicista. No sólo se trata de la ilimitada ambición ilimitada de provecho y de riqueza –a expensas de todo–, propia de los grandes empresarios, ni del correspondiente y muy humano afán de poder, sino del clima economicista que ellos generan, con sus inevitables secuelas de delincuencia, miseria y corrupción. Con esto crecen en proporciones inéditas los riesgos de la convivencia humana, y desde luego, el ambiente impregnado de odio y violencia.

Las nuevas tecnologías (nuclear, informática y biológica), que retienen siempre el sentido de compensaciones frente a desequilibrios ecológicos, y tienen allí sus justificaciones racionales, constituyen a la vez factores desequilibrantes en las conductas que relacionan a los seres humanos entre sí. Por eso la ética, entendida como reflexión sobre las cuestiones morales, y como consecuente búsqueda de fundamentos, tiene que asumir, hoy especialmente, el reconocimiento del carácter conflictivo de las relaciones sociales. Se ha hecho imprescindible comprender que la voluntad de minimizar los conflictos –y, por tanto, la violencia humana intraespecífica– , no es contradictoria, sino más bien complementaria con aquel reconocimiento crítico.

La neutralidad valorativa de la economía neoliberal es una inmensa falacia. Ricardo Gómez, pensador argentino radicado en Estados Unidos desde hace mucho tiempo, denuncia esa falacia en un interesante artículo reciente (cf. Gómez, R., 2002). Afirma que aquella neutralidad, enfatizada por economistas como Hayek y Friedman, es en realidad insostenible. Gómez señala supuestos ontológicos, epistemológicos y éticos, referidos no sólo a los hechos que estudia la ciencia económica neoliberal, sino también a los procesos propios de todos los contextos de esa ciencia (descubrimiento, justificación y aplicación). Renonocer esto –dice– es una condición para construir alguna vez una ciencia social crítica que reemplace la ficción de la economía como pretendida ciencia social positiva y axiológicamente neutral.

Declaradas o no, las suposiciones morales están también en toda teorización de corte neoliberal. La mayoría de esas suposiciones tienen su fuente en lo que se llamó el “darwinismo social”. El concepto de struggle for life, centro de la teoría de Darwin para explicar la transformación de las especies, fue transferido por los darwinistas sociales (como Bagehot, Gumplowicz, Oppenheimer y otros) a las relaciones sociales humanas, y esto fue fatal. Ya Thomas Huxley, principal difusor de las ideas de Darwin para el ámbito de lo biológico, había advertido sobre los peligros de que se derivaran de esos importantes descubrimientos criterios morales. La moral, como institución humana, procura la protección de todos los seres humanos, y en especial de los más débiles. No puede conciliarse, por tanto, con una doctrina como la del “derecho del más fuerte”, que tenía antecedentes antiguos en sofistas como Trasímaco y Calicles..

Creo que hay que distinguir, más bien, siguiendo a Johan Galtung (cf. Galtung, J., 1969) entre violencia “personal” y violencia “estructural”. Las diferencias económicas, y sobre todo cuando ellas se acentúan tanto como en el presente, entre grupos o países, constituyen formas de violencia estructural, que generan a su vez violencia personal y que impiden alcanzar estados de paz positiva.

Apenas se esboza, con las consideraciones precedentes, y según ya lo anticipé, un diagnóstico aproximado y una hipótesis sobre las principales causas de la violencia dominante en este comienzo de milenio. El pronóstico y el tratamiento son cuestiones mucho más arduas, que sólo pueden comenzar a vislumbrarse y comprenderse a través de la institucionalización de discursos prácticos. El diálogo crítico, conjuntamente con el reconocimiento de que los desequilibrios son fatales, pero que, a la vez, las compensaciones siempre tienden a provocar nuevos desequilibrios, parece ser el imperativo moral de nuestro tiempo.


Bibliografía citada

EIBL-EIBESFELDT, Irenäus, (1987) Guerra y paz, Barcelona, Salvat


GALTUNG, Johan, (1969) Violence, Peace and Peace-Research Oslo, PRIO
GÓMEZ, Ricardo, (2002) “El mito de la neutralidad valorativa de la economía neoliberal”, en Energeia, Revista Internacional de Filosofías y Epistemología de las Ciencias Económicas, Buenos Aires, UCES, I, 1, junio 2002, pp. 32 – 51
HARDT, Michael y NEGRI, Antonio (2002), Imperio, Buenos Aires, Paidós
JONAS, Hans (1995), El principio de responsabilidad, Barcelona, Herder
KRYSMANSKI, Hans Jürgen (1971), Soziologie des Konflikts, Reinbeck bei Hamburg, Rowohlt
LORENZ, Konrad (1971), Sobre la agresión. El pretendido mal, Madrid/Buenos Aires, Siglo XXI
MALIANDI, Ricardo (1984), Cultura y conflicto, Buenos Aires, Biblos


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