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Como serpiente entre la hierba


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COMO SERPIENTE ENTRE LA HIERBA

José Luis Rendueles



    Los TÉCNICOS llegaron a Comarca sin ser anunciados. Un día nadie conocía su existencia y al siguiente ya estaban trabajando, oscuros y silenciosos, hablando su áspero idioma extranjero e ignorando la existencia de los lugareños. Durante el día se dedicaban a medir el terreno y a trasladar sus mediciones a mapas y gráficos, como si se pudiese reflejar en un simple papel el paisaje de Comarca. Por la noche se acurrucaban junto al fuego de su campamento como ovejas y se emborrachaban contando historias de patrias lejanas en su extraña lengua. Sus risas, cortantes y secas, las arrastraba el viento hasta las casas de los habitantes de Comarca, que lo ignoraban todo sobre ellos y los consideraban personajes surgidos de algún relato fabuloso.
     Los técnicos desaparecieron como habían llegado: sin anunciarlo. Un día estaban midiendo el terreno y al siguiente habían desaparecido. Comarca volvió a la normalidad, a la vida cotidiana y sin sobresaltos del pastoreo, la mina o la huerta, y los técnicos pasaron a formar parte de la tupida red de supersticiones que atesoraban sus gentes, un mosaico que se enriquecía constantemente con todas las cosas que de alguna manera se salían de los derroteros, sencillos y sin complicaciones, por los que discurría su vida.
     Ataulfo Melendreras recordará muchos años más tarde que en su más tierna infancia todavía lo amenazaban con ser regalado a los Técnicos si no se portaba bien. Recordará con nostalgia el familiar espanto que lo invadía, sus lloros aterrados reiterando que siempre sería bueno mientras se aferraba a las faldas de su madre, y sobre todo recordará con amargura las sonrisas de sus mayores que no entendía, que aún ahora, al cabo de tantos años, no puede entender, que, posiblemente, no entenderá nunca.
     Los técnicos ya no eran nada más que un recuerdo difuso en las interminables tardes de taberna y en las casas de los niños traviesos cuando llegaron los peones. Aparecieron por el sur, siguiendo la ruta marcada por los técnicos años antes, colocando en el suelo pesados maderos y vigas de hierro para formar un camino como nunca había sido visto, y se internaron sin dejar de realizar su trabajo en las entrañas de Comarca.
     Eran unos hombres oscuros y charlatanes a los que nadie entendía, pues todos se expresaban en una extraña lengua, pero que caían bien porque se les veía llanos y no se daban aires de grandeza. Compartían la taberna con los lugareños, separados ambos por la barrera idiomática y por sus diferentes gustos: el vino seco y espeso de la tierra para los habitantes de Comarca y aguardiente para los peones. Eran ruidosos y cuando se emborrachaban cantaban extrañas y tristes canciones que dejaban en el corazón un poso de amargura y desasosiego. Se les quería, quizá porque Comarca era hospitalaria con los que la apreciaban.
     También se fueron sin aviso, tendiendo hierros y maderos en dirección al otro punto del horizonte. Durante un tiempo los lugareños echaron de menos su compañía parloteante y sus canciones melancólicas, pero sus ocupaciones diarias hicieron que desapareciesen arrastrados por el viento de los días hacia el lugar donde mueren los recuerdos, para hacerle compañía al de los técnicos.
     Quedó la vía para recordarlos, la vía que cruzaba de lado a lado la Comarca, sin principio ni fin, parte ya inseparable de su paisaje.
     El tren hizo su aparición triunfal una calurosa tarde de agosto, como un animal mítico, aunque primero se adelantaron su pitido triunfal y una lenta y orgullosa columna de humo. Ataulfo Melendreras fue uno de los alborozados niños que lo siguieron corriendo hasta su llegada al pueblo que, por aquel entonces, hacía las veces de capital. Estaba allí cuando descendió la banda de música, los hombres de corbata y el pavo real, y fue testigo de cómo el alcalde de Comarca fue sacado a voces del prostíbulo para que acudiese a recibirlos. Cuando, muchos años más tarde, Ataulfo Melendreras hiciese recuento de los días vividos, le diría a todo el que quisiera escucharlo en la taberna que aquel había sido, sin que entonces lo supiese, el día más importante de su vida.
     Los hombres de la corbata les dijeron que se abría una nueva era para Comarca, una era de prosperidad y de bonanza de la que el tren sería la llave. Sus palabras, llanas y seductoras, los convencieron a todos, que regresaron a sus casas con la promesa de que a partir de entonces sus vidas serían un poco mejores. Nunca lo fueron.
     El tren impulsó las industria minera, que hasta entonces se había circunscrito a una producción casi familiar que se hacía pasar en mulas a través de las montañas, y también todas aquellas industrias que la rodeaban. Todos los días los vagones se alejaban cargados de carbón, madera, ganado y productos de la huerta, y regresaban repletos de emigrantes en busca de un pan que les era negado en sus tierras superpobladas. Pero sus primeros viajeros fueron las propias mulas, rumbo a un matadero que acogería sus huesos cansados. Sus asustados lamentos retumbaron entre las montañas durante largo tiempo, multiplicados por el eco, negándose a desaparecer con la decisión terca de las que habían sido sus dueñas. 
     Todas las tardes, a la salida del colegio, Ataulfo Melendreras se acercaba hasta la estación a ver la llegada y la salida del nuevo misterio que llamaban tren. El jefe de estación, un joven menudo y jovial que intentaba con esfuerzo aprender la lengua de Comarca, le daba caramelos y le contaba historias que raras veces entendía, e incluso un día le dejó tocar la campana que anunciaba la salida del tren. Tan sólo buscaba practicar la lengua, pero sin que ninguno de los dos se percatase, estaban forjando una verdadera amistad que les uniría durante largos años.
     En poco tiempo Comarca, la nueva tierra prometida, se llenó de extranjeros que intentaban integrarse en las costumbres de cada zona, ante la mirada, divertida e irónica, de los lugareños. La población se duplicó, se triplicó y creció imparable. Se erigieron casas y barriadas a toda velocidad para albergar a los nuevos residentes y un ambiente de euforia flotaba en el aire.
     Nunca hubo tantos bares en Comarca como entonces.
     Con el paso del tiempo, muchos de los amigos de infancia de Ataulfo Melendreras entraron a trabajar en la mina, arrancándole a las entrañas de la tierra el carbón que el tren se llevaba rumbo a destinos desconocidos a cambio de un salario que intentaba compensar tu pérdida de salud y deterioro físico. Otros muchos se habían ido en el mismo tren para no volver, y de vez en cuando los padres seguían el camino de sus hijos, atraídos por la promesa de una vida más cómoda en las ciudades, más allá de las montañas cubiertas de nieve que habían separado en el pasado a Comarca del mundo exterior.
     A pesar de aquellos cantos de sirena, Ataulfo Melendreras fue uno de los pocos que continuaron trabajando la tierra como su padre y su abuelo habían hecho siempre, siguiendo una tradición que se perdía en la noche de los tiempos. El trabajo era duro y apenas sacaba para permitirse algún pequeño capricho, pero Ataulfo Melendreras era feliz dedicándose a hacer aquello entre lo que había crecido, lo único que se consideraba capacitado para realizar.
     Sin que se diese cuenta, un día se descubrió rodeado por todas partes de desconocidos, todos sus amigos de antaño emigrados a otras tierras donde el trabajo era más abundante o más cómodo, pero continuó trabajando la tierra en la que yacían enterrados sus padres y todos sus antepasados como si las cosas continuasen igual.
     Quizá para él nada hubiese cambiado a su extraña y terca manera.
     Al caer la tarde se acercaba a la estación de tren y charlaba con el jefe de estación. Ya no necesitaba practicar la lengua ni podía sentarlo sobre sus rodillas, pero la amistad pervivía. Se sentaban en la oficina y su conversación se internaba en los remansos de lo que les depararía el futuro. Ataulfo Melendreras lo veía del color del carbón recién extraído y el jefe de estación no lo veía en absoluto, pero aún así conseguían alcanzar siempre un punto medio, vacía ya la primera botella, en el que sus posiciones se encontraban y las risas dominaban cualquier otro tipo de elucubración.
     Un día el jefe de estación le dijo que lo retiraban y que al día siguiente partía de regreso a su patria. Se pusieron melancólicos y bebieron en silencio de una botella que habían reservado para alguna ocasión solemne. Al amanecer caminaron juntos hasta el tren. Cuando el antiguo jefe de estación ya estaba sentado en su asiento, Ataulfo Melendreras cayó en la cuenta de que nunca había sabido su nombre, y se lo preguntó a través de la ventanilla.
     - También me llamo Ataulfo -le gritó su tocayo, arrancando ya.
     Nunca más volvió a verlo. Fue sustituido por un nuevo jefe de estación cuya única preocupación era contar los días que le faltaban para jubilarse y al que Ataulfo Melendreras detestó nada más verlo. Comenzó a sentirse viejo y apenas salió de casa a partir de entonces, salvo para tomar un vaso de vino en la taberna, silencioso y pensativo.
     Con el paso del tiempo, las vetas de carbón más rentables se fueron agotando y comenzaron a cerrar muchos de los pozos, y con cada cierre se iban los que vivían de la mina ante la falta de perspectivas, ya que Comarca se había convertido en una mera productora de riqueza para tierras lejanas que quizá no sabían cual era su situación en el mapa y que no se habían preocupado de dotarla de infraestructuras para aguantar los malos tiempos.
     Así fue como Comarca se fue quedando paulatinamente desierta, hasta que apenas estuvo habitada por un puñado de orgullosos ancianos que se negaban a abandonar las tierras de sus antepasados al igual que el eco de las montañas era reacio a desprenderse de los lamentos, asustados y tercos, de las mulas. 
     Cuando el tren anunció su último viaje, en el que debían irse obligatoriamente los escasos habitantes que todavía se aferraban a sus tierras, Ataulfo Melendreras se sintió con pocas fuerzas para seguirlo corriendo como la primera vez que lo había visto, así que subió apoyado en su viejo bastón de caña a la montaña más alta de Comarca, desde donde pudo apreciar el enorme erial en que había quedado convertida su patria, perdidos sus primitivos colores y con gran parte de sus entrañas al aire. Recordó que en su infancia desde esa misma altura hubiese contemplado una gran extensión de bosques y casas desperdigadas. Ahora no había casas, pues no quedaban habitantes, y los bosques habían desaparecido convertidos en tablas y muebles para lugares en los que jamás habían visto crecer árboles como aquellos.
     El tren, visto desde aquella altura, semejaba una serpiente entre la hierba. Una serpiente plateada y venenosa que reptaba entre los restos de lo que había sido Comarca como única dueña y señora.
     Desde aquella cima contempló la nueva llegada de los técnicos, casi hormigas, midiendo por última vez el terreno, y también el regreso de los peones desarmando la vía y cargándola en pesados camiones que se alejaban con quejidos cansados rumbo a otras tierras más ricas. Lamentó que ya no quedase nadie a quien poder comentárselo.
     Se fueron sin dejar nada detrás suyo.
     Después, despacio y sin prisas, Ataulfo Melendreras inició el descenso hacia el agujero en medio de la nada que alguna vez había llamado hogar.

José Luis Rendueles



Ilusrtación: Javier Liébana


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