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Como agua para chocolate Laura Esquivel


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Como agua para chocolate Laura Esquivel

Laura Esquivel (México, 1950), guionista cinematográfica,

se introdujo en la literatura con notable éxito con la

novela Como agua para chocolate (1989), a la que siguió



La ley del amor (1995), presentada como «la primera

novela multimedia de la historia». Ha recopilado sus

artículos sobre cocina en íntimas secuencias.

El éxito internacional de Como agua para chocolate

provocó que la novela fuera llevada al cine por Alfonso Arau, con guión de la

propia autora. Su original estructura, compuesta a modo de recetario

culinario para cada mes del año, nace del especial «sexto sentido» que

posee Tita, la protagonista, en todo lo que a la comida se refiere. Criada en

la cocina del rancho de su madre por Nacha, la cocinera, pronto aprende

Tita los trucos culinarios, convirtiéndose en una experta de un amplio

repertorio de recetas, desde «mole de guajalote con almendra y ajonjolí»

hasta «frijoles gordos con chile a la tezcucana». Pero Tita está condenada a

la soltería, a pesar de su amor por Pedro, porque una tradición familiar le

impone, como la menor de las hijas, cuidar a su madre hasta que ésta

muera. La rebelión de Tita resulta infructuosa ante la intransigencia de la egoísta madre, y Pedro

deberá buscar una solución de compromiso para tener a Tita cerca, casándose con su hermana

Rosaura. La situación va generando una tensión agridulce que llenará todo el relato, acercamientos y

desplantes, esperanzas y dolor. Atenta a lo cotidiano, la prosa de Esquivel recoge con acierto el

habla popular y se dirige ante todo a los sentimientos y emociones que provoca el amor, visto como

única fuerza capaz de recuperar nuestro «perdido origen divino». El sabor de las recetas se mezcla

con la historia, como un elemento más que provoca el recuerdo de la infancia y la primera juventud,

cuando el orgullo y la posibilidad de hacer traición no se han topado aún con la experiencia de la

muerte.

Laura Esquivel

Como agua para chocolate

Prólogo de Lourdes Ventura

Prólogo

Lourdes Ventura

Desde el espacio más íntimo de una casa mexicana, desde las historias de las criaturas que

nacen, aman y mueren en la cocina, desde las propias recetas, regadas a menudo con las

lágrimas de las mujeres y transmitidas degeneración en generación, la fuerza motriz de Como

agua para chocolate está en la recreación de las palabras al servicio de una metáfora de los



sentimientos.

La escritora mexicana va a utilizar las más humildes herramientas del lenguaje de los

peroles, el fuego y los ingredientes culinarios para ir más allá y abrirse paso hasta narrar una

historia secreta de amor y deseo. Porque Laura Esquivel, como mujer que escribe y como autora

latinoamericana, apunta claramente hacia el proceso creador del lenguaje mismo.

En La nueva novela hispanoamericana, Carlos Fuentes afirma que «inventar un lenguaje es

decir todo lo que la historia ha callado». Carlos Fuentes observa en la tendencia generalizada a

la exploración verbal de los escritores latinoamericanos «la elaboración crítica de todo lo no

dicho en nuestra larga historia de mentiras, silencios, retóricas y complicidades académicas».

Contra «lo no dicho», contra la imposibilidad de Tita para casarse con el hombre que ama,

contra la subordinación a viejas costumbres irracionales, contra la condena injusta de la hija

menor que no podrá consumar su amor por sumisión a añejas órdenes familiares no escritas

pero ejercidas con la violencia de los hechos, proclama Laura Esquivel un lenguaje imaginativo,

ancestral, irónico y pletórico que rebasa el ámbito culinario para constituirse en la lengua de

una pasión desbordante. Pero esa pasión desbordante se expresará sólo a través del proceso

amoroso, lento y sensual de la elaboración de la cocina de Tita.

Cada plato provocará en los comensales toda una serie de imágenes y sensaciones de

efectos inesperados e incontrolables. Así le ocurrió a Gertrudis antes de subir desnuda al

caballo de Juan para perderse en una copulación a todo galope: «Parecía que el alimento que

estaba ingiriendo producía en ella un efecto afrodisíaco pues empezó a sentir que un inmenso

calor le invadía las piernas». Así, una inmensa tristeza se va a adueñar de los que probaron el

pastel de boda fraguado con las lágrimas de Tita, una melancolía que llevará a los invitados al

convite a «terminar en el patio, los corrales y los baños añorando cada uno el amor de su vida».

Si Laura Esquivel ha regresado al espacio tan femenino y anteriormente enclaustrador de la

cocina, no ha sido para condenar a Tita a la aceptación de un destino de renuncias, sino para

enfrentarse a la vida de las mujeres limitadas a una acción que sólo será expresada mediante

los esfuerzos para saciar a los demás. La fuerza del amor de Tita y su afirmación personal

convertirán el rito de la nutrición ajena en un ritual mágico cargado de rebeldía. Hay una

imagen extraordinaria en que Tita, «que no resistía que una persona hambrienta le pidiera

comida», le ofrece al berreante bebé de su hermana su pecho de mujer soltera: «Cuando ella vio

que el niño recuperaba poco a poco la tranquilidad en su rostro y lo escuchó deglutir sospechó

que algo extraordinario estaba pasando». Tita, convertida de pronto en Ceres, diosa de la

alimentación, por un acto de amor. A lo largo de la novela, Esquivel reiterará estos episodios

que vinculan nutrición y afecto femenino y convertirá a Tita en el símbolo de la mujer como

dadora de alimento y sanadora.

Laura Esquivel (Ciudad de México, 1948) publicó esta novela en 1989. Como agua para

chocolate fue pronto traducida a 33 idiomas y llevada al cine por el cineasta Alfonso Arau, por

entonces marido de la escritora. El guión de la versión cinematográfica obtuvo numerosos

galardones internacionales, convirtiendo a Laura Esquivel en una de las escritoras

latinoamericanas más populares del mundo. La relación de Esquivel con los rituales culinarios

no se agota en esta novela y ha continuado en sus relatos íntimas suculencias. Para !a

escritora todo acto gastronómico es un acto comunitario, ya que siempre se trabaja para el bien

del otro.

«Tal vez la única salida que nos queda es rescatar el fuego civilizador y convertirlo

nuevamente en el centro de nuestro hogar. Reunámonos junto a él para reflexionar sobre

nuestra relación íntima con la vida. Recuperemos el culto a la cocina, para que dentro de ese

espacio de libertad y democracia, podamos recordar cuál es el significado de nuestra

existencia», ha escrito Laura Esquivel.

Si el regreso al fuego, para celebrar humanizados y creativos actos gastronómicos, forma

parte de las creencias de la escritora mexicana, su escritura de sentimientos es, en gran

medida, una revisión de los avances implacables de la sociedad tecnocrática, una reflexión

sobre un mundo más interiorizado y tal como ha declarado Laura Esquivel un laboratorio de

alquimia en el que, al igual que en los fogones, «una se mete, juega y aprende».

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Tortas de Navidad



I. Enero

INGREDIENTES:

1 lata de sardinas

½ chorizo

1 cebolla

orégano


1 lata de chiles serranos

10 teleras



Manera de hacerse:

La cebolla tiene que estar finamente picada. Les sugiero ponerse un pequeño trozo de

cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la

está cortando. Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla no es el simple hecho de llorar, sino

que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar. No sé si a ustedes

les ha pasado pero a mí la mera verdad sí. Infinidad de veces. Mamá decía que era porque yo

soy igual de sensible a la cebolla que Tita, mi tía abuela.

Dicen que Tita era tan sensible que desde que estaba en el vientre de mi bisabuela lloraba

y lloraba cuando ésta picaba cebolla; su llanto era tan fuerte que Nacha, la cocinera de la

casa, que era medio sorda, lo escuchaba sin esforzarse. Un día los sollozos fueron tan fuertes

que provocaron que el parto se adelantara. Y sin que mi bisabuela pudiera decir ni pío, Tita

arribó a este mundo prematuramente, sobre la mesa de la cocina, entre los olores de una

sopa de fideos que estaba cocinando, los del tomillo, el laurel, el cilantro, el de la leche

hervida, el de los ajos y, por supuesto, el de la cebolla. Como se imaginarán, la consabida

nalgada no fue necesaria, pues Tita nació llorando de antemano, tal vez porque ella sabía

que su oráculo determinaba que en esta vida le estaba negado el matrimonio. Contaba Nacha

que Tita fue literalmente empujada a este mundo por un torrente impresionante de lágrimas

que se desbordaron sobre la mesa y el piso de la cocina.

En la tarde, ya cuando el susto había pasado y el agua, gracias al efecto de los rayos del

sol, se había evaporado, Nacha barrió el residuo de las lágrimas que había quedado sobre la

loseta roja que cubría el piso: Con esta sal rellenó un costal de cinco kilos que utilizaron para

cocinar bastante tiempo. Este inusitado nacimiento determinó el hecho de que Tita sintiera

un inmenso amor por la cocina y que la mayor parte de su vida la pasara en ella,

prácticamente desde que nació, pues cuando contaba con dos días de edad, su padre, o sea

mi bisabuelo, murió de un infarto. A Mamá Elena, de la impresión, se le fue la leche. Como

en esos tiempos no había leche en polvo ni nada que se le pareciera, y no pudieron conseguir

nodriza por ningún lado, se vieron en un verdadero lío para calmar el hambre de la niña.

Nacha, que se las sabía de todas todas respecto a la cocina -y muchas otras cosas que ahora

no vienen al caso- se ofreció a hacerse cargo de la alimentación de Tita. Ella se consideraba

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la más capacitada para «formarle el estómago a la inocente criaturita», a pesar de que nunca



se casó ni tuvo hijos. Ni siquiera sabía leer ni escribir, pero eso sí sobre cocina tenia tan

profundos conocimientos como la que más. Mamá Elena aceptó con agrado la sugerencia,

pues bastante tenla ya con la tristeza y la enorme responsabilidad de manejar correctamente

el rancho, para así poderle dar a sus hijos la alimentación y educación que se merecían,

como para encima tener que preocuparse por nutrir debidamente a la recién nacida.

Por tanto, desde ese día, Tita se mudó a la cocina y entre atoles y tés creció de lo más sana

y rozagante. Es de explicarse entonces el que se le haya desarrollado un sexto sentido en

todo lo que a comida se refiere. Por ejemplo, sus hábitos alimenticios estaban condicionados

al horario de la cocina: cuando en la mañana Tita olía que los frijoles ya estaban cocidos, o

cuando a mediodía sentía que el agua ya estaba lista para desplumar a las gallinas, o cuando

en la tarde se horneaba el pan para la cena, ella sabia que había llegado la hora de pedir sus

alimentos.

Algunas veces lloraba de balde, como cuando Nacha picaba cebolla, pero como las dos

sabían la razón de estas lágrimas, no se tomaban en serio. Inclusive se convertían en motivo

de diversión, a tal grado que durante la niñez Tita no diferenciaba bien las lágrimas de la risa

de las del llanto. Para ella reír era una manera de llorar.

De igual forma confundía el gozo de vivir con el de comer. No era fácil para una persona

que conoció la vida a través de la cocina entender el mundo exterior. Ese gigantesco mundo

que empezaba de la puerta de la cocina hacia el interior de la casa, porque el que colindaba

con la puerta trasera de la cocina y que daba al patio, a la huerta, a la hortaliza, sí le

pertenecía por completo, lo dominaba. Todo lo contrario de sus hermanas, a quienes este

mundo les atemorizaba y encontraban lleno de peligros incógnitos. Les parecían absurdos y

arriesgados los juegos dentro de la cocina, sin embargo un día Tita las convenció de que era

un espectáculo asombroso el ver cómo bailaban las gotas de agua al caer sobre el comal bien

caliente.

Pero mientras Tita cantaba y sacudía rítmicamente sus manos mojadas para que las gotas

de agua se precipitaran sobre el comal y «danzaran», Rosaura permanecía en un rincón,

pasmada por lo que observaba. En cambio Gertrudis, como en todo aquello donde

interviniera el ritmo, el movimiento o la música, se vio fuertemente atraída hacia el juego y se

integró con entusiasmo. Entonces a Rosaura no le quedó otra que tratar de hacer lo propio,

pero como casi no se mojó las manos y lo hacía con tanto miedo, no logró el efecto deseado.

Tita entonces trató de ayudarla acercándole las manos al comal. Rosaura se resistió y esta

lucha no paró hasta que Tita, muy enojada, le soltó las manos y éstas, por inercia, cayeron

sobre el ardiente comal. Además de ganarse una soberana paliza, Tita quedó privada de jugar

con sus hermanas dentro de su mundo. Entonces Nacha se convirtió en su compañera de

diversión. Juntas se dedicaban a inventar juegos y actividades siempre en relación con la

cocina. Como el día en que vieron en la plaza del pueblo a un señor que formaba figuras de

animales con globos alargados y se les ocurrió repetir el mecanismo pero utilizando trozos de

chorizo. Armaron no sólo animales conocidos sino que además inventaron algunos con cuello

de cisne, patas de perro y cola de caballo, por citar sólo algunos.

El problema surgía cuando tenían que deshacerlos para freír el chorizo. La mayoría de las

veces Tita se negaba. La única manera en que accedía voluntariamente a hacerlo era cuando

se trataba de elaborar las tortas de Navidad, pues le encantaban. Entonces no sólo permitía

que se desbaratara a uno de sus animales, sino que alegremente observaba cómo se freía.

Hay que tener cuidado de freír el chorizo para las tortas a fuego muy lento, para que de

esta manera quede bien cocido, pero sin dorarse excesivamente. En cuanto está listo se

retira del fuego y se le incorporan las sardinas, a las que con anterioridad se las ha

despojado del esqueleto. Es necesario, también, rasparles con un cuchillo las manchas

negras que tienen sobre la piel. Junto con las sardinas se mezclan la cebolla, los chiles

picados y el orégano molido. Se deja reposar la preparación, antes de rellenar las tortas.



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Tita gozaba enormemente este paso, ya que mientras reposa el relleno es muy agradable



gozar del olor que despide, pues los olores tienen la característica de reproducir tiempos

pasados junto con sonidos y olores nunca igualados en el presente. A Tita le gustaba hacer

una gran inhalación y viajar junto con el humo y el olor-tan peculiar que percibía hacia los

recovecos de su memoria.

Vanamente trataba de evocar la primera vez que olió una de esas tortas, sin resultados,

porque tal vez fue antes de que naciera. Quizá la rara combinación de las sardinas con el

chorizo llamó tanto su atención que la hizo decidirse a renunciar a la paz del éter, escoger el

vientre de Mamá Elena para que fuera su madre y de esta manera ingresar en la familia De

la Garza, que comía tan deliciosamente y que preparaba un chorizo tan especial.

En el rancho de Mamá Elena la preparación del chorizo era todo un rito. Con un día de

anticipación se tenían que empezar a pelar ajos, limpiar chiles y a moler especias. Todas las

mujeres de la familia tenían que participar: Mamá Elena, sus hijas Gertrudis, Rosaura y Tita,

Nacha la cocinera y Chencha la sirvienta. Se sentaban por las tardes en la mesa del comedor

y entre pláticas y bromas el tiempo se iba volando hasta que empezaba a oscurecer.

Entonces Mamá Elena decía:

-Por hoy ya terminamos con esto.

Dicen que al buen entendedor pocas palabras, así que después de escuchar esta frase

todas sabían qué era lo que tenían que hacer. Primero recogían la mesa y después se

repartían las labores: una metía a las gallinas, otra sacaba agua del pozo y la dejaba lista

para utilizarla en el desayuno, y otra se encargaba de la leña para la estufa. Ese día ni se

planchaba ni se bordaba ni se cosía ropa. Después todas se iban a sus recámaras a leer,

rezar y dormir. Una de estas tardes, antes de que Mamá Elena dijera que ya se podían

levantar de la mesa, Tita, que entonces contaba con quince años, le anunció con voz

temblorosa que Pedro Muzquiz quería venir a hablar con ella...

-¿Y de qué me tiene que venir a hablar ese señor?

Dijo Mamá Elena luego de un silencio interminable que encogió el alma de Tita.

Con voz apenas perceptible Tita respondió:

-Yo no sé.

Mamá Elena le lanzó una mirada que para Tita encerraba todos los años de represión que

habían flotado sobre la familia y dijo:

-Pues más vale que le informes que si es para pedir tu mano, no lo haga. Perdería su

tiempo y me haría perder el mío. Sabes muy bien que por ser la más chica de las mujeres a ti

te corresponde cuidarme hasta el día de mi muerte.

Dicho esto, Mamá Elena se puso lentamente de pie, guardó sus lentes dentro del delantal

y a manera de orden final repitió:

-¡Por hoy, hemos terminado con esto!

Tita sabía que dentro de las normas de comunicación de la casa no estaba incluido el

diálogo, pero aun así, por primera vez en su vida intentó protestar a un mandato de su

madre.

-Pero es que yo opino que...



-¡Tú no opinas nada y se acabó! Nunca, por generaciones, nadie en mi familia ha

protestado ante esta costumbre y no va a ser una de mis hijas quien lo haga.

Tita bajó la cabeza y con la misma fuerza con que sus lágrimas cayeron sobre la mesa, así

cayó sobre ella su destino. Y desde ese momento supieron ella y la mesa que no podían

modificar ni tantito la dirección de estas fuerzas desconocidas que las obligaban, a la una, a

compartir con Tita su sino, recibiendo sus amargas lágrimas desde el momento en que nació,

y a la otra a asumir esta absurda determinación.

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Sin embargo, Tita no estaba conforme. Una gran cantidad de dudas e inquietudes acudían



a su mente. Por ejemplo, le agradaría tener conocimiento de quién había iniciado esta

tradición familiar. Sería bueno hacerle saber a esta ingeniosa persona que en su perfecto

plan para asegurar la vejez de las mujeres había una ligera falla. Si Tita no podía casarse ni

tener hijos, ¿quién la cuidaría entonces al llegar a la senectud? ¿Cuál era la solución

acertada en estos casos? ¿O es que no se esperaba que las hijas que se quedaban a cuidar a

sus madres sobrevivieran mucho tiempo después del fallecimiento de sus progenitoras? ¿Y

dónde se quedaban las mujeres que se casaban y no podían tener hijos, quién se encargaría

de atenderlas? Es más, quería saber, ¿cuáles fueron las investigaciones que se llevaron a

cabo para concluir que la hija menor era la más indicada para velar por su madre y no la hija

mayor? ¿Se había tomado alguna vez en cuenta la opinión de las hijas afectadas? ¿Le estaba

permitido al menos, si es que no se podía casar, conocer el amor? ¿O ni siquiera eso?

Tita sabía muy bien que todos estos interrogantes tenían que pasar irremediablemente a

formar parte del archivo de preguntas sin respuesta. En la familia De la Garza se obedecía y

punto. Mamá Elena, ignorándola por completo, salió muy enojada de la cocina y por una

semana no le dirigió la palabra.

La reanudación de esta semicomunicación se originó cuando, al revisar los vestidos que

cada una de las mujeres había estado cosiendo, Mamá Elena descubrió que aun cuando el

confeccionado por Tita era el más perfecto, no lo había hilvanado antes de coserlo.

-Te felicito -le dijo-, las puntadas son perfectas, pero no lo hilvanaste, ¿verdad?

-No -respondió Tita, asombrada de que le hubiera levantado la ley del silencio.

-Entonces lo vas a tener que deshacer. Lo hilvanas, lo coses nuevamente y después vienes

a que te lo revise. Para que recuerdes que el flojo y el mezquino andan doble su camino.

-Pero eso es cuando uno se equivoca y usted misma dijo hace un momento que el mío

era...


-¿Vamos a empezar otra vez con la rebeldía? Ya bastante tenías con la de haberte atrevido

a coser rompiendo las reglas.

-Perdóname, mami. No lo vuelvo a hacer.

Tita logró con estas palabras calmar el enojo de Mamá Elena. Había puesto mucho

cuidado al pronunciar el «mami» en el momento y con el tono adecuado. Mamá Elena

opinaba que la palabra «mamá» sonaba despectiva, así que obligó a sus hijas desde niñas a

utilizar la palabra «mami» cuando se dirigieran a ella. La única, que se resistía o que

pronunciaba la palabra con un tono inadecuado era Tita, motivo por el cual había recibido

infinidad de bofetadas. ¡Pero qué bien lo había hecho en ese momento! Mamá Elena se sentía

reconfortada con el pensamiento de que tal vez ya estaba logrando doblegar el carácter de la

más pequeña de sus hijas. Pero desgraciadamente albergó esta esperanza por muy poco

tiempo, pues al día siguiente se presentó en casa Pedro Muzquiz acompañado de su señor

padre con la intención de pedir la mano de Tita. Su presencia en la casa causó gran

desconcierto. No esperaban su visita. Días antes, Tita le había mandado a Pedro un recado

con el hermano de Nacha pidiéndole que desistiera de sus propósitos. Aquél juró que se lo

había entregado a don Pedro, pero el caso es que ellos se presentaron en la casa. Mamá

Elena los recibió en la sala, se comportó muy amable y les explicó la razón por la que Tita no

se podía casar.

-Claro, que si lo que les interesa es que Pedro se case, pongo a su consideración a mi hija

Rosaura, sólo dos años mayor que Tita, pero está plenamente disponible y preparada para el

matrimonio...

Al escuchar estas palabras, Chencha por poco tira encima de Mamá Elena la charola con

café y galletas que había llevado a la sala para agasajar a don Pascual y a su hijo.

Disculpándose, se retiró apresuradamente hacia la cocina, donde la estaban esperando Tita,

Rosaura y Gertrudis para que les diera un informe detallado de lo que acontecía en la sala.

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