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Colegio Hebreo Maguén David Colegio de Ciencias y Humanidades Antología de Poesía


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Colegio Hebreo Maguén David

Colegio de Ciencias y Humanidades




Antología de Poesía

Neoclásica y Romántica

Taller de Lectura, Redacción e Iniciación a la Investigación Documental III (Clave 1305)

Profesores: Noemí Arellano / Rodrigo Figueroa

Ciclo: 2005-2006

Nombre del Alumno: _____________________________

Grupo: _________


Neoclasicismo
Juan Meléndez Valdés (España, 1754-1817)
ODA III

Cuando mi blanda Nise


lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca


su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla


corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes


se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,


ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno


contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.

EL PRONÓSTICO

No en vano, desdeñosa, su luz pura
Ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
Y ornó de oro el cabello ensortijado,
Y dio a tu frente gracia. y hermosura.

Esa encendida boca con ternura


Suspirará: tu seno regalado
De blando fuego bullirá agitado,
Y el rostro volverás con más dulzura.

Tirsi, el felice Tirsi tus favores


Cogerá, altiva Clori, su deseo
Coronando en el tálamo dichoso,

Los Cupidillos verterán mil flores,


Llamando en suaves himnos a Himeneo,
Y Amor su beso le dará gozoso.

Friederich Schiller (Alemania, 1759-1805)

TRES PALABRAS DE FORTALEZA


I
Hay tres lecciones que yo trazara


con pluma ardiente que hondo quemara,
dejando un rastro de luz bendita
doquiera un pecho mortal palpita.

II
Ten Esperanza. Si hay nubarrones,


si hay desengaños y no ilusiones,
descoge el ceño, su sombra es vana,
que a toda noche sigue un mañana.

III
Ten Fe. Doquiera tu barca empujen


brisas que braman u ondas que rugen,
D-os (no lo olvides) gobierna el cielo,
y tierra, y brisas, y barquichuelo.

IV
Ten Amor, y ama no a un ser tan sólo,


que hermanos somos de polo a polo,
y en bien de todos tu amor prodiga,
como el sol vierte su lumbre amiga.

V
¡Crece, ama, espera! Graba en tu seno


las tres, y aguarda firme y sereno
fuerzas, donde otros tal vez naufraguen,
luz, cuando muchos a oscuras vaguen.

ÉXTASIS POR LAURA


Laura, si tu mirada enternecida
hunde en la mía el fulgurante rayo
mi espíritu feliz, con nueva vida,
en ráfaga encendida
resbala con la luz del sol de mayo.
Y si en tus ojos plácidos me miro
sin sombras y sin velos,
extasiado respiro
las auras de los cielos.

Si el acento sonoro


tu labio al aire da con un suspiro
y la dulce armonía
de las estrellas de oro;
escucho de los ángeles el coro,
y absorta el alma mía
en transparente amoroso se extasía.

Si en la danza armoniosa


tu pie, como ola tímida resbala,
a la tropa de amores misteriosa
miro agitar el ala;
el árbol mueve, tras de ti, sus ramas
cual si de Orfeo oyérase la lira,
y a mis plantas la tierra que pisamos
vertiginosa gira.

Si de tus ojos el destello puro


fuego amoroso inflama,
latido al mármol duro
da y al árido tronco vital llama.
Cuanto goce soñó la fantasía
ya presente contémplolo y seguro,
cuando en tus ojos leo, ¡Laura mía!

Alexander Pope (Inglaterra, 1688-1744)

ODA A LA SOLEDAD


I

Qué feliz él, quien libre de preocuparse

Por la ira de las cortes y el ruido de las ciudades,

Alegre respira el aire nacido

En su propia tierra.
II

Cuyo ganado tiene leche, cuyos campos dan pan,

Cuyos animales le dan atuendo,

Cuyos árboles en verano le procuran sombra

Y en invierno, fuego.
III

Bendito aquel que puede despreocupadamente ver

Horas, días y años pasar rápidamente

Con salud en el cuerpo, paz en la mente,

Tranquilo durante el día.
IV

Sueño durante la noche, estudio y placer

Todos juntos; dulce recreo

E inocencia, que es lo que más place,

Con meditación.
V

Por eso déjenme vivir sin ser oído, desconocido;

Por eso déjenme morir sin ser extrañado;

Al mundo robado y que ninguna piedra

Sepa dónde yazgo.

Romanticismo

Friedrich Hölderlin (Alemania, 1770-1843)

A LAS PARCAS

Dadme un estío más, oh poderosas,
y un otoño, que avive mis canciones,
y así, mi corazón, del dulce juego
saciado, morirá gustosamente.

El alma, que en el mundo vuestra ley


divina no gozó, pene en el Orco;
mas si la gracia que ambiciono logra
mi corazón, si vives, poesía,

¡sé bien venido, mundo de las sombras!


Feliz estoy, así no me acompañen
los sones de mi lira, pues por fin
como los dioses vivo, y más no anhelo.

A DIOTIMA (2)

¡Bella vida! Tú vives, como leve brote de invierno,
         en este mundo agostado sola y callada floreces.
Aire ansías, y luz, primavera que vierta su tibio
          resplandor, cuando buscas la infancia del mundo.
Ya tu sol, ya tu tiempo feliz se ha ocultado,
          y en la noche glacial sólo hay fragor de huracanes.

CANTO DEL DESTINO DE HIPERIÓN

Vagáis arriba en la luz,
en blando suelo, ¡genios felices!
brisas de D-os, radiantes,
suaves os rozan
como los dedos de la artista
las cuerdas santas.

Sin sino, como infantes


que duermen, respiran los dioses;
resplandecen
en casto capullo guardados
sus espíritus
eternamente.
Y en sus ojos beatos
brilla tranquilo
fulgor perpetuo.

Mas no nos es dado


en sitio alguno posar.
Vacilan y caen
los hombres sufrientes,
ciegos, de una
hora en la otra,
como aguas de roca
en roca lanzados,
eternamente, hacia lo incierto.

Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)

EL REY DE LOS ELFOS

Van cabalgando en altas horas
entre la lluvia y el misterio,
y como el niño está miedoso
lo arrima el padre contra el pecho.

-¿Qué tienes, hijo, que así tiemblas?


-Al rey de los silfos contemplo
con cetro real y manto undívago.
-Solo son nieblas por el cielo.

-Vente conmigo, niño hermoso,


a mi palacio azul de ensueño;
Con trajes de oro y pedrería
en los pensiles jugaremos.

¿No sientes, padre, cuál me llama


con dulces voces en secreto?
Deja el temor. Lo que tú escuchas
son hojas secas en el suelo.

¿Por qué demoras? De mis hijas


tendrás los mimos y los besos,
y con sus cantos y sus danzas
te arrullarán entre tu lecho.

Del rey las hijas no contemplas


en la penumbra, a lo lejos?
-No llores más... Son lentos sauces
que se columpian en el viento.

-Si tú no vienes, a la fuerza


te tomaré porque te quiero.
-Me ahoga, padre, entre sus brazos
el rey de los silfos, violento...

Aguija entonces el caballo


y asiendo aún más al pequeñuelo
llega a su hogar... Cuando se apea
halla, oh dolor, que el niño ha muerto...

EL TROVADOR



Was hör Ich drauzen vor den Thor
Was auf der Brücke schallen?

¿Qué acento afuera del portal resuena?
¿Qué rumor de la fuente el aire agita?
Dejad que el canto que el espacio llena
en la real estancia se repita.
A la voz de su rey, que así lo ordena,
el paje a obedecer se precipita,
y cuando vuelve, dice el soberano,
haced entrar al trovador anciano.

¡Salud! hidalgos y gentiles hombres,


¡Salud! señoras de belleza rara,
de tanta estrella, ¿quién sabrá los nombres?
¿Quién se atreve a mirarlas cara a cara?
Humilde corazón no aquí te asombres
ante esplendor y pompa tan preclara,
y ciérrense mis ojos que para ellos
no han de ser espectáculos tan bellos.

Cierra los ojos y del arpa brota


bajo su mano, excelsa melodía
que con el canto confundida flota
en raudal de purísima armonía.

GANIMEDES

En tu luz matinal como me envuelves,
¡oh primavera amada!
Con todas las delicias del amor,
entra en mi pecho
tu sacro ardor de eterna llamarada;
¡oh infinita Belleza:
si pudiese estrecharte entre mis brazos!

Recostado en tu pecho languidece


mi corazón; de musgos y de flores
dulcemente oprimido, desfallece.
Tú apaciguas mi sed abrasadora,
¡oh brisa matinal y acariciante!
mientras el ruiseñor enamorado
me llama entre la niebla vacilante.
Ya voy, ya voy, y ¿adónde?
¡Ay! ¿Adónde? Hacia arriba, ¡siempre arriba!

Flotan, flotan las nubes o descienden


y abren paso al amor de ímpetu fiero.
A mí hacia mí, contra tu ser, ¡arriba!
¡En abrazo sin par, arriba, arriba!
Contra tu corazón, ¡oh dulce padre,
oh inmenso padre del amor fecundo!

¡LA ENCONTRÉ!

Era en un bosque: absorto
     pensaba andaba
sin saber ni qué cosa
     por él buscaba.

Vi una flor a la sombra,


     luciente y bella,
cual dos ojos azules,
     cual blanca estrella.

Voya arrancarla, y dulce


     diciendo la hallo:
«¿Para verme marchita
     rompes mi tallo?»

Cavé en torno y toméla


     con cepa y todo,
y en mi casa la puse
     del mismo modo.

Allí volví a plantarla


     quieta y solita,
y florece y no teme
     verse marchita.

Heinrich Heine (Alemania, 1797-1856)

INSOMNIO


Cuando de noche pienso en Alemania,
No desciende a mis párpados el sueño;
Mis ojos no se cierran, mas los mojan
Mis lágrimas de fuego.
El tiempo va pasando; ya doce años
Desde que vi a mi madre trascurrieron;
Con la ausencia se acrecen cada día
Mi pena y mis deseos.
Aumentan mis deseos y mis penas;
De extraño hechizo preso,
A todas horas en mi mente viene
La viejecita, que conserve el cielo.
La pobre vieja me idolatra tanto,
Que hasta en sus cartas veo
Cómo su mano tiembla, y cuál se agita
Su corazón de madre allá en su pecho.
No se escapa mi madre de mi mente;
Doce años trascurrieron,
Doce años de dolor huyeron tardos,
Después que la estreché contra mi pecho.
Será eterna Alemania,
Es país de robusto y sano cuerpo:
Con sus fuertes encinas, con sus tilos,
Siempre podré encontrar su amado suelo.
Si allí mi pobre madre no viviera,
No suspirara por volver mi pecho.
No morirá Alemania, mas mi madre
Puede volar al cielo.
¡Cuántos, después que abandoné mi patria,
Besó la muerte con su helado beso!
¡Sangre derrama triste
Mi pobre corazón cuando los cuento!
Y es preciso contarlos; con el número
Aumenta mi dolor, y que los muertos,
Fríos y tristes ruedan,
Creo ¡gran D-os! sobre mi herido pecho.
¡D-os de bondad! por mi balcón penetra
Del sol de Francia el resplandor sereno;
Mi esposa llega, y su sonrisa aleja
Mis patrios melancólicos recuerdos.

LA DIANA

Bate sin miedo el tambor,
Y abraza a la cantinera:
He aquí la ciencia entera;
Esta, del libro mejor,
Es la acepción verdadera.
Que de tu tambor el ruido
Despierte al mundo dormido:
Toca con ardor diana.
¡Adelante, siempre erguido!
Es la ciencia soberana.
De Hegel es el profundo
Sentido más acabado;
Lo aprendí, y está probado:
Soy un muchacho de mundo,
Y un tambor aprovechado.

William Wordsworth (Inglaterra, 1770-1851)

EL PRELUDIO

Libro primero

Introducción- Infancia y Escuela

Hay en la suave brisa una ventura


o visita que roza mi mejilla
yes casi sabedora de ese gozo
que trae desde los campos y del cielo.
Sea cual sea su misión, a nadie
hallará más agradecido, hastiado
de la urbe donde he sobrellevado
perpetuo descontento y libre ahora
cual ave que se posa donde quiera.
¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
construiré mi morada? ¿Qué hondo río
me dará la canción de su murmullo?
La tierra está ante mí. Con corazón
alegre y sin temer la libertad,
contemplo. Y aunque sea sólo alguna
nubecilla quien guíe mi camino,
extraviarme no puedo. ¡Al fin respiro!
Pensamientos e impulsos de la mente
me asaltan, se desprende esa onerosa
máscara que traiciona mi alma auténtica,
el peso de los días que me fueron
ajenos, como hechos para otros.
Largos meses de paz (si acaso esta palabra
concuerda con promesas de lo humano),
largos meses de gozo sin molestia
esperan ante mí. ¿Adónde iré,
por los caminos o cruzando el campo,
cuesta arriba o abajo? ¿O tal vez
me guiará alguna rama por el río?

¡Amada libertad! ¿Y de qué sirve


si no es don que consagra la alegría?
Pues mientras el dulce aliento del cielo
soplaba en mi cuerpo, creí sentir
otra brisa en respuesta que corría
con suave rapidez, pero se ha vuelto
tempestad, energía ya excesiva
que su creación destruye. Gracias doy
a ambas y a sus fuerzas, que al unirse
ponen fin a una pertinaz helada
y traen tiernas promesas, la esperanza
de los días y horas de alegría,
¡días de dulce ocio y pensamiento
profundo, sí, con el divino oficio
de maitines y vísperas en verso!

Hasta ahora, mi amigo, no he solido


escoger como asunto la alegría
pero hoy quiero verter mi alma en versos
a salvo del olvido, que aquí quedan
guardados. A los campos he lanzado
mi profecía: sílabas llegaban
espontáneas, vistiendo con sagrados
hábitos al espíritu escogido
-ésa era mi fe- para el sacramento.
Mi propia voz me henchía y en mi mente
reverberaba ese imperfecto son.
A ambos yo escuchaba y obtenía
de ellos la confianza en el futuro (...)

LUCÍA


VIVÍA en las regiones solitarias,
por donde nace el Dove,
una doncella a quien nadie alababa
y a quien querían pocos:

violeta junto a una musgosa piedra,


medio oculta al viandante,
bella como un lucero, cuando brilla,
muy solo, en el espacio.

Ignorada vivió, y pocos supieron


la muerte de Lucía;
mas ella está en la tumba, y para mí
ya todo ¡qué distinto!

* * *

Selló el sueño mi espíritu
y miedo no sentía:
ella me parecía corno algo que no siente
el roce de los años.

No tiene movimiento ya, ni fuerza,


no oye ni ve nada;
mezclada con el curso diario de la tierra,
con las rocas, las piedras y los árboles.

Samuel Taylor Coleridge (Inglaterra, 1772-1834)

KUBLA KHAN

EN Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.

¡Oh sima de misterio, que se abría


bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.

La sombra de la cúpula deliciosa flotaba


encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!

Un día, en mis ensueños,


una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso».

William Blake (Inglaterra, 1757-1827)

EL TIGRE

Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,


en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte


pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?


¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas


y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz,


por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

NUEVA JERUSALÉN



Del poema "Milton"

¿Y hollaron esos pies, antaño,


los verdes montes de Inglaterra?
¿Y viose el sacro Cordero de D-os
por los pastos ingleses, placenteros?

Resplandeció el divino rostro


sobre nuestras colinas nubladas?
¿Y edificose una Jerusalén
en medio de esos negros, satánicos molinos?

¡Dadme mi arco de oro ardiente!


¡Dadme mis flechas de deseo!
¡Traed mi lanza! ¡Abríos, oh nubes!
¡Traedme mi carro de llama!

No cejará en mi espíritu la lucha


ni ha de dormirse en mi mano la espada,
hasta que levantemos otra Jerusalén
en el solar verdeante y dulce de Inglaterra.

LA ROSA ENFERMA

Estás enferma, ¡oh rosa!
El gusano invisible,
que vuela, por la noche,
en el aullar del viento,

tu lecho descubrió


de alegría escarlata,
y su amor sombrío y secreto
consume tu vida.

Lord Byron (Inglaterra, 1788-1824)

ACUÉRDATE DE MÍ

Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,


que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba


no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito


rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.

ADIÓS


¡Adiós! si dicha se concede al hombre
de una plegaria en premio, ésta tu nombre
elevará hasta el trono del Señor.
Promesas, quejas, llanto, fueran vanos;
más que el lloro, exprimido, ya sangrante,
de ojos sin luz, tenaz remordimiento
esta palabra dice... ¡Adiós! ¡Adiós!

Secos están mis ojos, extinguida


mi voz, pero al dejarte, de mi vida
se adueña para siempre un gran dolor.
Aunque el pesar y la pasión torturan
mi corazón, quejarse no le es dado...
Yo sólo sé que en vano hemos amado...
Sólo puedo sentir... ¡Adiós! adiós.

CANCIÓN DEL CORSARIO

En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,


hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.

¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,


tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras


-la virtud a los muertos no niega ese favor-;
dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!...

EN UN ÁLBUM

Sobre la fría losa de una tumba
un nombre retiene la mirada de los que pasan,
de igual modo, cuando mires esta página,
pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

Y cada vez cada vez que acudas a leer este nombre,


piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto.

Giacomo Leopardi (Italia, 1798-1837)

EL INFINITO

Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.

A SÍ MISMO

Reposarás por siempre,
cansado corazón! Murió el engaño
que eterno imaginé. Murió. Y advierto
que en mí, de lisonjeras ilusiones
con la esperanza, aun el anhelo ha muerto.
Para siempre reposa;
basta de palpitar. No existe cosa
digna de tus latidos; ni la tierra
un suspiro merece: afán y tedio
es la vida, no más, y fango el mundo.
Cálmate, y desespera
la última vez: a nuestra raza el Hado
sólo otorgó el morir. Por tanto, altivo,
desdeña tu existencia y la Natura
y la potencia dura
que con oculto modo
sobre la ruina universal impera,
y la infinita vanidad del todo.

Alphonse de Lamartine (Francia, 1790-1869)

EL OTOÑO


¡Salve, bosques que ciñen los verdores postreros!
Amarillos follajes en la hierba esparcidos;
¡salve, breve hermosura! La natura enlutada
se acomoda al dolor y me es grata a los ojos.

Ando a pasos muy lentos el desierto camino


y por última vez vuelvo a ver este sol
palidísimo y bello cuya luz expirante
ilumina a mis pies la tiniebla del bosque.

Para mí hay más encanto en la luz del otoño


cuando todo se muere a su vista empañada:
el adiós de un amigo, la sonrisa postrera
de unos labios a punto de sellarse por siempre.

Ya dispuesto a dejar la ilusión de la vida,


y llorando los sueños esfumados que tuve,
vuelvo aún la cabeza y envidioso contemplo
esos grandes tesoros de que nunca gocé.

Tierra y sol, valles, bella, mansa naturaleza,


os debía una lágrima con un pie en el sepulcro.
¡Todo el aire es perfume y la luz es tan pura!
¡Al que muere este sol le parece tan bello!

Yo quisiera apurar hasta las mismas heces


este cáliz que mezcla con el néctar la hiel;
tal vez en esta copa donde bebí la vida
pueda haber todavía una gota de miel.

El futuro quizá para mí reservaba


un retorno a la dicha de la cual nada espero.
Es posible que un alma que yo ignoro aún hubiese
comprendido mi alma, respondiendo a mis ansias...

La flor muere entregando sus perfumes al céfiro;


a la vida y al sol, éstos son mis adioses;
ahora muero y mi alma cuando expiro se exhala
como un triste sonido lleno de melodía.

EL LAGO


Así siempre empujados hacia nuevas orillas,
en la noche sin fin que no tiene retorno,
¿no podremos jamás en el mar de los tiempos
echar ancla algún día?

Lago, apenas el año ya concluye su curso


y muy cerca del agua donde yo le di cita,
mira, vengo a sentarme solo sobre esta piedra
donde ayer se sentaba.

Tú bramabas así bajo estas mismas rocas,


te rompías con furia en su herido costado;
así el viento arrojaba tus oleajes de espuma
a sus pies adorados.

Una tarde, ¿te acuerdas?, en silencio bogaba


entre el agua y los cielos a lo lejos se oía
solamente el rumor de los remos golpeando
tu armonioso cristal.

De repente una música que ignoraba la tierra


despertó de la orilla encantada los ecos;
prestó oídos el agua y la voz tan amada
pronunció estas palabras:

«Tiempo, no vueles más. Que las horas propicias


interrumpan su curso.
¡Oh, dejadnos gozar de las breves delicias
de este día tan bello!

Todos los desdichados aquí abajo os imploran:


sed para ellos muy raudas.
Con los días quitadles el mal que les consume;
olvidad al feliz.

Mas en vano yo pido unos instantes más,


ya que el tiempo me huye.
A esta noche repito: "Sé más lenta", y la aurora
ya disipa la noche.

¡Oh, sí, amémonos, pues, y gocemos del tiempo


fugitivo, de prisa!
Para el hombre no hay puerto, no hay orillas del tiempo,
fluye mientras pasamos.»

Tiempo adusto, ¿es posible que estas horas divinas


en que amor nos ofrece sin medida la dicha
de nosotros se alejen con la misma presteza
que los días de llanto?

¿No podremos jamás conservar ni su huella?


¿Para siempre pasados? ¿Por completo perdidos?
Lo que el tiempo nos dio, lo que el tiempo ha borrado,
¿no lo va a devolver?

Gertrudis Gómez de Avellaneda (Cuba, 1814-1873)

SUPLICIO DE AMOR

¡Feliz quien junto a ti por ti suspira,
quien oye el eco de tu voz sonora,
quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!

Ventura tanta, que envidioso admira


el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, el corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, expira.

Ante mis ojos desaparece el mundo


y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.

Trémula, en vano resistirte quiero.


De ardiente llanto mi mejilla inundo.
¡Delirio, gozo, te bendigo y muero!

MI MAL


En vano ansiosa tu amistad procura
adivinar el mal que me atormenta;
en vano, amigo, conmovida intenta
revelarlo mi voz a tu ternura.

Puede explicarse el ansia, la locura


con que el amor sus fuegos alimenta...
Puede el dolor, la saña más violenta,
exhalar por el labio su amargura..

Mas de decir mi malestar profundo,


no halla mi voz, mi pensamiento, medio,
y al indagar su origen me confundo:

pero es un mal terrible, sin remedio,


que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
que seca el corazón...¡En fin, es tedio!

DESEO DE VENGANZA

¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!

¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,


mientras -cual a hoja seca o flor marchita-
tu fuerte soplo al roble precipita.
roto y deshecho al bramador torrente!

Del alma que te invoca y acompaña,


envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.

¡Ven... al dolor que insano la devora


haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!

Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)

I

Como se arranca el hierro de una herida


su amor de las entrañas me arranqué,
¡aunque sentí al hacerlo que la vida
me arrancaba con él!
Del altar que le alcé en el alma mía
la Voluntad su imagen arrojó,
y la luz de la fe que en ella ardía
ante el ara desierta se apagó.
Aun para combatir mi firme empeño
viene a mi mente su visión tenaz...
¡Cuándo podré dormir con ese sueño
en que acaba el soñar!

II


Yo me he asomado a las profundas simas
de la tierra y del cielo,
y les he visto el fin o con los ojos
o con el pensamiento.
Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo
y me incliné un momento,
y mi alma y mis ojos se turbaron:
¡Tan hondo era y tan negro!

XXI


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía!,  ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

XXXIV


Dejé la luz a un lado y en el borde
de la revuelta cama me senté,
mudo, sombrío, la pupila inmóvil
clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme


la embriaguez horrible de dolor,
expiraba la luz y en mis balcones
reía el sol.

Ni sé tampoco en tan terribles horas


en qué pensaba o qué pasó por mí;
sólo recuerdo que lloré y maldije,
y que en aquella noche envejecí.

XLIV


Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos;
eso no es corazón... es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.

L

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,


hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...
¡hoy creo en D-os!

LXIV


Como guarda el avaro su tesoro
guardaba mi dolor;
le quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano y oigo al tiempo


que le agotó, decir:
¡ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aun sufrir!

XCVII


Solitario, triste y mudo
hállase aquel cementerio;
sus habitantes no lloran...
¡Qué felices son los muertos!

Emily Dickinson (E.U.A., 1830-1886)

EN MI FLOR ME HE ESCONDIDO

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera...
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido


para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

PODRÍA ESTAR MÁS SOLA

Podría estar más sola sin mi soledad,
tan habituada estoy a mi destino,
tal vez la otra paz,
podría interrumpir la oscuridad
y llenar el pequeño cuarto,
demasiado exiguo en su medida
para contener el sacramento de él,

no estoy habituada a la esperanza,


podría entrometerse en su dulce ostentación,
violar el lugar ordenado para el sufrimiento,

sería más fácil fallecer con la tierra a la vista,


que conquistar mi azul península,
perecer de deleite.

SOY NADIE

Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes.

Qué tristeza ser alguien,


qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Edgar Allan Poe (E.U.A., 1809-1849)

ANNABEL LEE.

IT was many and many a year ago,
    In a kingdom by the sea,
That a maiden there lived whom you may know
    By the name of ANNABEL LEE;
And this maiden she lived with no other thought
    Than to love and be loved by me.

I was a child and she was a child,
    In this kingdom by the sea :
But we loved with a love that was more than love —
    I and my ANNABEL LEE ;
With a love that the winged seraphs of heaven
    Coveted her and me.

And this was the reason that, long ago,


    In this kingdom by the sea,
A wind blew out of a cloud, chilling
    My beautiful ANNABEL LEE ;
So that her highborn kinsman came
    And bore her away from me,
To shut her up in a sepulchre
    In this kingdom by the sea.

The angels, not half so happy in heaven,


    Went envying her and me —
Yes ! — that was the reason (as all men know,
    In this kingdom by the sea)
That the wind came out of the cloud by night,
    Chilling and killing my ANNABEL LEE.

But our love it was stronger by far than the love


    Of those who were older than we —
    Of many far wiser than we —
And neither the angels in heaven above,
    Nor the demons down under the sea,
Can ever dissever my soul from the soul
    Of the beautiful ANNABEL LEE :

For the moon never beams, without bringing me dreams


    Of the beautiful ANNABEL LEE ;
And the stars never rise, but I feel the bright eyes
    Of the beautiful ANNABEL LEE ;
And so, all the night-tide, I lie down by the side
Of my darling — my darling — my life and my bride,
    In her sepulchre there by the sea,
    In her tomb by the sounding sea.

A PÆAN.

How shall the burial rite be read?
    The solemn song be sung?
The requiem for the loveliest dead,
    That ever died so young?
 
Her friends are gazing on her,
    And on her gaudy bier,
And weep! — oh! to dishonor
    Her beauty with a tear!
 
They loved her for her wealth —
    And they hated her for her pride —
But she grew in feeble health,
    And they love her — that she died.
 
They tell me (while they speak
    Of her “costly broider’d pall”)
That my voice is growing weak —
    That I should not sing at all —
 
Or that my tone should be
    Tun’d to such solemn song
So mournfully — so mournfully,
    That the dead may feel no wrong.
 
But she is gone above,
    With young Hope at her side,
And I am drunk with love
    Of the dead, who is my bride.
 
Of the dead — dead — who lies
    All motionless,
With the death upon her eyes,
    And the life upon each tress.
 
In June she died — in June
    Of life — beloved, and fair;
But she did not die too soon,
    Nor with too calm an air.
 
From more than fiends on earth,
    Helen, thy soul is riven,
To join the all-hallowed mirth
    Of more than thrones in heaven —

Therefore, to thee this night


    I will no requiem raise,
But waft thee on thy flight,
    With a Pæan of old days.

THE RAVEN.

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore —
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“ ’Tis some visiter,” I muttered, “tapping at my chamber door —
                                                    Only this and nothing more.”

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,


And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow ; — vainly I had sought to borrow
From my books surcease of sorrow — sorrow for the lost Lenore —
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore —
                                                            Nameless here for evermore.

And the silken sad uncertain rustling of each purple curtain


Thrilled me — filled me with fantastic terrors never felt before ;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
“ ’Tis some visiter entreating entrance at my chamber door —
Some late visiter entreating entrance at my chamber door ;
                                                        This it is and nothing more.”

Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,


“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore ;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you” — here I opened wide the door ; ——
                                                    Darkness there and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,


Doubting, dreaming dreams no mortals ever dared to dream before;
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore ?”
This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore !” —
                                                            Merely this and nothing more.

Back into the chamber turning, all my soul within me burning,


Soon again I heard a tapping something louder than before.
“Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice ;
Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore —
Let my heart be still a moment and this mystery explore;—
                                                   ’Tis the wind and nothing more.”

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,


In there stepped a stately Raven of the saintly days of yore ;
Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door —
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door —
                                                    Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,


By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,
Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore —
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore !”
                                                   Quoth the Raven “Nevermore.”

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,


Though its answer little meaning — little relevancy bore ;
For we cannot help agreeing that no living human being
Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door —
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
                                                  With such name as “Nevermore.”

But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only


That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing farther then he uttered — not a feather then he fluttered —
Till I scarcely more than muttered ”Other friends have flown before —
On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before.”
                                                   Then the bird said “Nevermore.”

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,


“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store
Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore —
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
                                                   Of “Never — nevermore.”

But the raven still beguiling all my sad soul into smiling,


Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore —
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
                                                   Meant in croaking “Nevermore.”

This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing


To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining
On the cushion’s velvet lining that the lamp-light gloated o’er,
But whose velvet violet lining with the lamp-light gloating o’er,
                                                    She shall press, ah, nevermore !

Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer


Swung by Seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
“Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee — by these angels he hath sent thee
Respite — respite and nepenthe from thy memories of Lenore;
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore !”
                                                        Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil! — prophet still, if bird or devil! —


Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted —
On this home by Horror haunted — tell me truly, I implore —
Is there — is there balm in Gilead ? — tell me — tell me, I implore !”
                                                            Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Prophet!” said I, “thing of evil — prophet still, if bird or devil !


By that Heaven that bends above us — by that God we both adore —
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore —
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”
                                                            Quoth the Raven, “Nevermore.”

“Be that word our sign of parting, bird or fiend!” I shrieked, upstarting —


“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore !
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken !
Leave my loneliness unbroken! — quit the bust above my door !
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door !”
                                                           Quoth the Raven, “Nevermore.”

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting


On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
                                                            Shall be lifted — nevermore !

El abanico
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