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Chicago 1953. A. Olvera. Prólogo


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CHICAGO 1953.

A.OLVERA.

PRÓLOGO:

John es un hombre de vida sencilla y apacible, verá como un día esta vida se ve alterada completamente por unos días.

Unos días, en los que vivirá la aventura y el romance tantas veces soñado.

Todo cambiará una mañana a causa de la aparición de una mujer, esta mujer le sacará de su rutina y de su relación con Sara.

Sara es la mujer con la que trabaja y comparte sus días.

Susan es la mujer que alterará estas vidas sencillas y que, al iniciar su viaje a Chicago, no se propone ni sospecha nada de lo que vivirá en la gran ciudad, pero que será un cambio total en su vida, en su pasado y en su futuro.

Otros personajes completan la trama de venganzas, de luchas de poder y de sentimientos de amor y de odio que perdurando en el tiempo, terminan de manera violenta y drástica.

Como elemento añadido a la trama está la descripción de la ciudad de Chicago, algunos de sus puntos más emblemáticos y conocidos, parte de su historia y la mención a personajes importantes para la ciudad. La mayor parte de los lugares en los que transcurre la narración son lugares que se pueden visitar hoy en día, si bien la librería y el restaurante Hellas son totalmente ficticios.



I.-CAMPANILLAS.

Suenan unas campanillas, es un extraño despertador con dos figuritas, la de un hombre y otra de una mujer, las dos con sombreritos de plumas que golpean unas campanillas de metal cuando ha llegado la hora señalada. El despertador es un regalo de Sara traído en algún viaje a Europa.

Son las ocho de la mañana de un lluvioso lunes de 1953, la habitación del apartamento es clara y luminosa, también hay una pequeña cocina y un cuarto de baño, todo esta limpio y ordenado, todo está recién pintado de un color azul pálido, todo es claro y luminoso.

John odia la oscuridad, el ruido y la suciedad; en la guerra estuvo durante años en alta mar, de cocinero en la Marina. Mucho ruido, mucha suciedad, mucho trabajo y poco sol, demasiado poco, para un hombre como John.

Ahora la luz es la vida para John, busca trabajos que le dejen tiempo para pasear, montar en bici y sentir el sol, sentir su impacto, su calor.

John tiene treinta y cinco años, está en forma, es un hombre alto y fuerte, ni es guapo, ni es feo, con su educación católica, es educado, culto y reservado.

John para el despertador, se levanta y mira por la ventana de su apartamento, situado en el centro de la ciudad. Es lo mejor que puede pagar cerca de su trabajo, hay un parque al lado donde puede montar en bici, y su trabajo le queda a 10 minutos andando.

John mira hacia afuera, Chicago está ahí fuera, Chicago es su ciudad; su ciudad sucia, ruidosa, oscura, lluviosa, grande, muy grande, su ciudad “Aquí nací y aquí moriré,, se dice a sí mismo con frecuencia.

Chicago es la ciudad de John Chicago la ciudad del viento, una ciudad de millones de almas, la ciudad donde se levantó el primer rascacielos con estructura de acero; la ciudad fundada por un solo hombre, (Jean Baptiste Point du Sable) a orillas del lago Michigan, Chicago cuyo nombre deriva de una palabra indígena que significa fuerte, grande.

Así es Chigago, fuerte, grande, muy grande.

Ha pasado una hora y John entra por la puerta de la librería Homero, su lugar de trabajo desde hace unos meses. Es un lugar agradable, situado en una esquina del centro de la ciudad, un lugar con grandes ventanales, un lugar repleto de grandes estanterías de madera, un lugar que huele a maderas nobles y a libros, a muchos libros, le gustan los libros, le gusta leer, en su tiempo en la Marina era lo único que podía hacer, leer.

Leer y soñar; soñar con lugares lejanos, exóticos y salvajes, lugares donde vivir aventuras y romances.

En la librería John se encuentra bien, Sara es su compañera, es su amante y su jefa.

Sara es mas joven que él, es agradable y educada; es pelirroja y rellenita, su compañía le hace sentirse muy bien.

Los fines de semana los pasan en su cabaña del lago Michigan, es un lugar donde relajarse, amarse y pescar. Nunca han hablado de casarse, nunca se lo han planteado, él por lo menos no.

El sólo quiere vivir el momento, el día a día, no piensa en el futuro.

Son las doce y es la hora del almuerzo.

En la librería Sara y John se preparan para salir a almorzar, John coge su gabardina, están a punto de salir por la puerta cuando entra una mujer; rubia, alta, delgada, muy elegante, toda vestida de blanco, a John le parece una agradable aparición.

La joven entra en la librería y dirigiéndose directamente a John le pregunta:

“¿Podría usted ayudarme?, será sólo un minuto.”

Su voz es suave, dulce, con un poquito de acento francés. John la mira fijamente a los ojos, unos grandes y bonitos ojos azules, de un azul intenso, brillante.

Sara le mira y rompe el silencio, mientras sale por la puerta dice:

“Yo me marcho John, atiéndela tú, iré pidiendo en el restaurante.”

John despierta.

“!Sara, espera!”,pero Sara ya está en la calle, camino del restaurante. El ruido del tráfico impide toda posibilidad de haberle oído.

“Es tarde señorita, ya salíamos a almorzar, ¿puede usted volver más tarde?”; dice John a la joven sin apartar la vista de esos bonitos ojos azules.

“Lo siento, perdone, pero si pudiera usted ayudarme, será un momento, sólo una consulta, salgo de la ciudad esta misma tarde y necesito orientación”.

John la escucha atentamente, “es bonita, muy bonita”, piensa mientras mira el gran reloj de pared que hay entre dos grandes estanterías de madera, un toque elegante y adecuado al ambiente creado por la madera de los muebles, del suelo, de las puertas y ventanas; ventanas con grandes cristales y bonitos dibujos labrados en el cristal, dibujos de escenas griegas clásicas como las que se pueden ver en mosaicos, tinajas y platos de los museos arqueológicos.

“¿Que desea?”, pregunta John mientras se quita la gabardina.

Ella abre su bolso blanco, blanco como sus zapatos y su traje, blanco como su abrigo, blanco como la nieve; saca una libretilla, busca en ella busca y se la da a John.

John la coge y lee, sólo hay 12 líneas, cada una de ellas empieza por la palabra edición, seguida por una fecha y un nombre, las fechas son de finales del XIX, y los nombres parecen sacados de las novelas del oeste que tango le gustaban a John de joven.

John:“No entiendo”.

La joven:“Verá usted, estos son los datos que acompañan a unos sellos postales que un familiar me ha dejado en herencia, no entiendo nada de sellos y he pensado que en una librería podría comprar un libro y conocer si tienen algún valor”.

John: “Lo siento, pero no tenemos libros de ese tipo, creo que sería mejor que usted fuera a una tienda especializada y que se informase.

Ahora es la hora del almuerzo, pero cerca de aquí hay un local donde podrán ayudarla”.

La joven, mientras se dirige a la puerta, “Muchas gracias, ha sido usted muy amable.“

John no consigue separar la mirada de la joven a través de los ventanales, hasta que ella desaparece calle abajo.

Coge su gabardina y sale apresurado hacía el restaurante.

“Una sabrosa comida me espera, tengo hambre y Sara está esperando”.

Cinco minutos después, entra en el restaurante donde Sara le espera pacientemente. Al empujar la puerta suenan unas campanillas.



II.-HELLAS.

El restaurante donde cada día almuerzan Sara y John está cinco minutos a pie de la librería, Hellas, así se llama, es un lugar muy pequeño, agradable y limpio.

En verano su toldo azul y blanco protege del sol a los clientes , un toldo grande, con anchas bandas azules y la palabra Hellas en el centro escrita con grandes letras azules.

Los clientes que se instalan bajo el toldo en las mesitas blancas pueden comer en el exterior a la vez que disfrutan de la brisa del lago y de la actividad de la ciudad.

Hoy Sara y John comerán en el interior, el lugar tan sólo dispone de media docena de mesitas lindamente ataviadas con sus manteles de cuadritos azules. El interior está pintado todo de un blanco reluciente, adornos marineros decoran el interior del local, el blanco y el azul se mezclan por todas partes, el blanco y el azul. Son los colores de Grecia.

Hellas es el nombre del local y es el nombre con que se hacen llamar el señor y la señora Hellas. Son una pareja agradable y simpática, de poco más de sesenta años son los dueños y personas que atienden a los clientes.

Un día Sara y John pasaron una agradable tarde de verano charlando con el señor y la señora Hellas, esa tarde Sara y John conocieron cómo los señores Hellas habían venido desde Grecia, cómo habían nacido en Thasos (Thasos es una pequeña población de pescadores situada en la isla del mismo nombre, al este de Grecia) y cómo terminaron en Chicago.

En el puerto de Rodas (Rodas es la principal isla de mar Dodecaneso, en Grecia), tenían un restaurante donde eran felices y desde el cual se podía ver todo el puerto, ese puerto eternamente vigilado por las impresionantes murallas almenadas del palacio del Gran Maestre.

Pero la guerra mundial les llevó a América, primero a New York y después a Chicago donde ahora tienen un restaurante y donde son felices.

John al llegar ha visto a Sara sentada en la mesita de siempre, la mesa está junto a un gran ventanal que permite disfrutar de las vistas de la calle.

Al entrar saluda a los señores Hellas y se sienta frente a Sara.

Sara:“¿Todo bien?”.

John:“Sí, todo bien; ¿has pedido?”.

Sara:“mira quién está al fondo, es la rubia de la tienda”.

John mira al fondo, ella está allí sentada, al fondo.

John:“Sí, hoy tengo hambre”.

El almuerzo transcurre con la tranquilidad y charla habitual, cotilleos y anécdotas de trabajo, recuerdos y planes para el fin de semana, entre medias un primer plato de suculenta pasta, un segundo plato de ternera en salsa ligeramente picante y de postre una tarta de manzana.

El almuerzo de Sara y John está terminando como todos los días, con un café y la lectura del Chicago Tribune, Sara y John se reparten las páginas del diario, pero hoy una joven vendrá a alterar el final del almuerzo.

La joven rubia que apareció en la librería ha disfrutado de un buen almuerzo mientras observaba a la pareja formada por Sara y John, tras terminar se acerca a la mesa que estos ocupan.

La joven:“Hola, ¿me recuerdan?”.

Sara:“Sí, por supuesto, usted estuvo en la librería esta mañana.”

La joven se dirige a la pareja: “Perdonen que les moleste, pero ustedes han sido muy amables esta mañana y me preguntaba si podrían ayudarme a localizar esa tienda especializada que ustedes me comentaron”.

“¡Oh!, lo siento no me he presentado, me llamo Susan York”.

Sara y John se presentan y estrechan la mano de Susan, la imperan a que se siente con ellos, ella acepta y John pide un café para Susan.

Durante un buen rato, los tres charlan amistosamente, pero sobre todo es Susan quien expresa lo perdida y lo sola que se siente en una gran ciudad como Chicago.

Susan es una joven canadiense criada en las inmensas llanuras cerealistas de Saskatchewan, entre las grandes y elegantes manadas de HereFord en Calgary, en los verdes y frondosos bosques de Vancouver, a los pies de los cristalinos lagos de Jasper, y en el bonito pueblo de Bayside, en Nueva Escocia.

Bayside es el lugar donde vive actualmente, una bonita población a orillas del mar, rodeada de frondosos bosques, un lugar donde no falta la caza y la pesca, un lugar donde tras mucho viajar Susan y su padre se quedaron hace ya diez años, un lugar donde Susan ha estudiado y crecido, un lugar donde ella y su padre se dedicaban a lo mas típico e importante para la vida en Bayside, la pesca de langostas con cesta.

Todo esto es relatado por Susan con pasión y entusiasmo, relata cómo en Bayside su vida ha sido estable y alegre, pero esto se truncó hace unas semanas cuando su padre (George) murió en un accidente de automóvil.

El golpe ha sido muy duro para Susan, ahora Susan es la responsable del negocio de su padre y de una pequeña tienda en el pueblo.

El viaje a Chicago se debe a consecuencia de la muerte de su padre.

Al morir George dejó un testamento en el cual se lo dejaba todo a Susan, su pocos ahorros, sus barcas, su tienda y algo muy extraño una llave de una caja de seguridad del Banco Nacional de Chicago e instrucciones para dirigirse a su sede central en Chicago.

Susan había llegado por la mañana a Chicago con la intención de recoger el contenido de la caja de seguridad y volver a Canadá cuanto antes, volver a la seguridad, al hogar, a Bayside.

Sin embargo, el contenido de la caja no era nada común, ni esperado. Susan fue al banco por la mañana, la caja no había sido abierta desde hacia más de veinte años, en su interior sólo había dos cosas, una nota con los datos que Susan mostró a John en la librería y en la cual además había una frase escueta, “éste es tu futro y tu seguro”, la nota la firmaba George.

La otra cosa que contenía la caja era un paquete muy pequeño, dentro del paquete cuidadosamente elaborado y muy protegidos estaban 30 sellos de correos.

La conclusión de Susan fue clara, algo guardado con tanto cuidado y durante tanto tiempo debería ser muy importante para George, y quizás muy valioso.

El banco no estaba lejos de la librería de Sara, Susan al salir del banco entró a preguntar, su total desconocimiento sobre el tema, el estar en una ciudad desconocida y tan distinta de Bayside hace que para ella sea necesario el confiar y buscar ayuda en alguien.

A Susan le parece que Sara y John son personas en las que poder confiar.

Sara y John se ponen de acuerdo, Sara abrirá la tienda, mientras John acompañará a Susan.

Susan, Sara y John abandonan el restaurante, no antes de saludar a los señores Hellas.

.

III.-BUICKS.

Sara tras despedirse de Susan y John, se dirige a la librería, espera que John regrese en menos de una hora, nada la hace sospechar que, en realidad, tardará días en volverle a ver.

John acompañara a Susan a un local tres manzanas calle abajo.

Susan y John han de pasar delante del Palmer House Hilton, entre las calles State y Monroe, al pasar por delante del hotel John comenta a Susan que ese fue el primer hotel del mundo realmente a prueba de incendios.

Justo en el momento que van a cruzar la calle State, dos Buicks de gran tamaño, dos Buicks nuevos, azules y de brillantes cromados, se detienen delante de ellos, apenas queda un palmo entre Susan, John y el primer vehículo, de la parte trasera de cada uno de los vehículos surge una pareja de hombres, hombres altos, morenos, muy bien vestidos, con sus trajes de rallas y sus corbatas llamativas.

John enseguida se ha dado cuenta de que tipo de hombres se trata, todo el mundo en Chicago lo sabe, los jefazos aparecen con frecuencia en el Chicago Tribune, hombres de negocios, negocios de extorsión, alcohol, prostitución, drogas y todo aquello con lo que puedan ganar dinero.

Uno de los hombres que han salido de los Buicks, es de más edad que el resto, con su pelo blanco y apariencia de unos cincuenta años, es alto y fuerte, sin duda debe saber como hacerse respetar.

“Buenas tardes señorita Susan, bienvenida a nuestra ciudad, perdone la interrupción”, habla el hombre cano, dirigiéndose a Susan con esmerada educación.

“Tengo un mensaje de mi jefe, el señor Agostino; mi jefe quiere hacerla saber que ofrece lo mismo que le ofrezca el señor Giordano más cien mil dolares, sólo tiene que dejar un mensaje en D´Agostino´s Pizzería”, continúa diciendo el hombre cano.

Susan se ha quedado petrificada, no entiende nada, John está en segunda fila, detrás de Susan, a la espera.

“No entiendo nada, no se quiénes son esos señores, y ”¿a cambio de qué me ofrecen dinero?”, responde Susan, ya repuesta del susto.

“Mi jefe dice que usted tiene algo muy valioso que él desea y que es muy importante para el señor Giordano, cuando lo haya decidido coja un taxi, todos saben donde está D´Agostino´s Pizzería, buenas tardes señorita”, el hombre cano dice esto y monta en uno de los automóviles, a continuación y tal y como llegaron, los dos Buiks con su carga de hombres desaparecen hacia la calle Washington.

Susan y John cruzan la calle, Susan está asustada, no sabe quiénes eran esos hombres, pero varias cosas le han quedado claras, ellos la conocen, ellos saben que está en la ciudad para recoger algo y son peligrosos.

A Bayside también llegan los periódicos, sabe que la ciudad de Chicago es peligrosa, que hay grupos organizados del crimen en la ciudad, y sabe que la reacción de John ha sido de precaución, pero también de protección hacia ella, en todo momento ha sentido a John detrás de ella, en alerta y a la espera.

John la mira, Susan está asustada, pero no lo refleja, está delante de él, le mira, sus ojos azules se clavan en los de John, seguramente si John no estuviese allí las cosas serían muy distintas, sola en la gran ciudad.

“Sigamos”, dice John a Susan mientras la coge del brazo y caminan pensativos calle adelante. Los Buicks azules y los hombres que los ocupan aparecerán sin duda en otro momento.

IV.-PLAYBOY.

John piensa en lo extraño de lo acontecido unos momentos antes, no comenta nada a Susan pero le ha venido a la cabeza un recuerdo sobre una noticia que ha leído en el Chicago Tribune durante su comida con Sara en el Hellas.

La noticia relataba como unos pescadores habían encontrado un cuerpo en el lago Michigan, según parece se trataba de un hombre de unos sesenta años y que era conocido como Littlebull. La noticia no supondría nada extraordinario para John, pero un dato le ha hecho recordar la noticia, el diario mencionaba el hecho de que Littlebull pertenecía al crimen organizado, en concreto a la banda de Giordano.

Unos minutos después del suceso de los Buicks, Susan y John se detienen frente a un pequeño local, su entrada muestra la meticulosidad con que trabajaban los antiguos carpinteros, con su revestimiento de madera, adornos y brocados con temas florales, hace que a John le recuerde mucho a la librería donde trabaja.

John ha pasado muchas veces por delante del escaparate, y nunca se ha parado delante de él, pero las grandes letras doradas de la fachada,”SELLOS Y MONEDAS”, le han llamado siempre la atención, su tamaño desmesurado y su color contrastan con la madera de la fachada.

Susan y John entran en el local, han echado un vistazo al escaparate, monedas de todo tipo y lugares del mundo se muestran sobre pequeñas cajitas, sobre terciopelo rojo, negro, azul o verde, sin duda al empleado del local le gusta cuidar de sus artículos.

Pero Susan y John no están seguros de poder obtener la información que necesitan en este lugar.

El lugar es oscuro y pequeño, multitud de cajas y libros se apilan en pequeñas estanterías, todo tiene un aire antiguo casi arcaico, el lugar parece proceder del siglo pasado.

Al fondo un pequeño escritorio se encuentra repleto de libros, libretas y lápices de colores, apenas dejan ver al empleado que se oculta tras todo aquello.

El empleado es un hombre de edad aparentemente muy avanzada, John no se atrevería a determinar si tiene setenta o noventa años, es un hombre pequeño, menudo, de pelo y barba blanca, seguramente desde hace decenios. Su rostro muestra en los surcos de su piel el paso del tiempo, unos pequeños anteojos ocultan unos pequeños y vivarachos ojos grises.

Al acercarse Susan y John le descubren leyendo una revista editada por Hugh Hefner, es la primera edición de Playboy, le ha costado 50 centavos en el quiosco de la esquina y en ella aparece una tal Marilyn Monroe.

“Buenas tardes” dice John al empleado de la tienda.

“Buenas tardes,¿qué desean?”, pregunta el hombre.

Susan saca la nota que enseño a John en la librería y se la da al hombre que está al otro lado del escritorio.”Necesitaríamos saber qué significa esta nota, acompañaba a unos sellos que he podido conseguir esta mañana”, comenta Susan.

El hombre menudo toma la nota y la lee con atención.

“Sin duda se trata de una broma, este listado contiene los datos de doce emisiones de sellos de correos, unos treinta sellos en total, que forman parte de una leyenda”, contesta el hombre.

Susan y John están desconcertados. Susan le pregunta, “¿Tienen algún valor?”.

El empleado de la tienda se levanta, sale de detrás de su escritorio y desaparece por una puerta lateral, segundos después aparece con un par de sillas de madera que coloca al otro lado del escritorio.

“Me llamo Daniel”, se presenta mientras estrecha la mano de Susan y después la de John.“Siéntense, por favor, les contaré una historia”. Susan y John se sientan y Daniel comienza con su relato.

“Hace muchos años, puede que veinte o veinticinco, no lo sé exactamente, aquí en Chicago había un gran número de bandas del crimen, estas bandas se dedicaban a todo tipo de negocios, movían grandes cantidades de dinero y tenían influencias en toda la sociedad de Chicago.

Grandes cantidades de dinero pasaban de mano en mano, de banda en banda, préstamos y avales eran comunes entre bandas, los grandes capos viajaban por toda América con grandes cantidades de dinero, pero esto era peligroso e incómodo para todos.

Un día a alguien se le ocurrió una idea,¿por qué no utilizar otra cosa en lugar de billetes?, ¿por qué no usar oro, diamantes o piedras preciosas?

Se empezaron a utilizar, pero incluso el oro, los diamantes o las piedras preciosas son difíciles de ocultar, de proteger e identificar.

Y otro día, otro alguien leyó en un diario la noticia de una subasta de sellos, el precio y valor era enormemente grande, y ese alguien pensó, ¿por qué no sellos?, fáciles de identificar, de llevar, de almacenar, decenas de miles de dólares pueden ser llevados en una billetera en forma de sellos, su valor se incrementa con el tiempo y son fáciles de vender.

La idea tomó forma, algunas de las grandes familias realizaron grandes compras, aquí en Chicago, las doce familias más importantes acordaron crear un fondo de miles de dólares, quizás cien mil, cada una de las familias aportaría una cantidad que sería el seguro y aval ante los grandes capos y las emergencias .

Importantes negocios se hicieron mediante el pago en esta moneda, pasando de mano en mano, de familia en familia, en una simple billetera.

Pero un día, un gran capo vino a alterar todo esto, al exigir un gran tributo a las familias de Chicago, las familias acordaron el pago conjunto, juntaron de nuevo los cien mil dólares en esta moneda y acordaron el pago al gran capo, a cambio recibirían seguridad, protección, asesoramiento y abogados para sus negocios.

El día del pago todas las grandes bandas se reunieron en un hotel del centro, todo estaba listo, el capo recibiría algo más que dinero, recibiría tributo y sumisión, oro y diamantes eran ya moneda de cambio común entre las bandas, fáciles de vender y de transportar a cualquier parte del mundo, pero esto era nuevo. Algo extraño pero seguro, según sus asesores ya cansados de mover grandes cantidades de billetes, muchas veces de pequeño valor.

Pero ese día otro alguien tomó la delantera, ese otro alguien con acceso a la caja fuerte del hotel, alguien en quien confiaban las bandas, ese alguien se llevó el tributo.

Ese día, todo cambió para las bandas, el hecho supuso un fracaso total a los ojos del gran jefe, el hecho supuso una prueba de debilidad, una prueba del desorden en la ciudad, ese día se ofreció una recompensa por capturar al traidor, la banda que lo entregase sería la banda líder de Chicago, su jefe sería la mano derecha del capo en la ciudad.

Pero nunca se encontró al traidor, con el tiempo se olvidó el agravio al gran jefe, la bandas juntaron de nuevo el dinero, y pagaron en billetes, miles de billetes.

Pero cada nuevo gran jefe que ha surgido ha querido encontrar al traidor y el dinero, encontrar ambas cosas ha sido y es un gran reto.

Susan y John escuchan con atención, es increíble lo que el anciano cuenta.

“Pero ¿cómo?, ¿usted se lo cree ?”, pregunta Susan.

“Le diré una cosa señorita, ¿ve usted estas manos?, dice mientras las extiende hacia delante, pues por estas manos pasaron muchas de esas ediciones, fueron compradas en subastas a lo largo de todo el país y traídas aquí para ser valoradas, decenas de miles de dolares en sellos. He conocido a muchos de los esbirros de los grandes capos, he incluso a algunos de los capos. Gané mucho dinero con ellos. Y no me arrepiento”.

“¿Cuánto cree que valdrían esos sellos hoy en día?, si existiesen claro”, pregunta John.

“No creo que nadie sea capaz de guardar algo tan valioso y peligroso tantos años, se perderían en algún lugar, o los destruiría el ladrón por miedo a ser encontrado, no creo que existan ya. Pero si existieran creo que podrían valer trescientos o trescientos cincuenta mil, sin duda el valor dado por las bandas sería muy superior, serían un símbolo del pasado y de poder”.

Susan y John ya saben lo que buscaban los hombres de los Buicks, ya saben lo que George quería decir con su nota escrita hace más de veinte años. Pero: ¿cómo llegarón a sus manos?, ¿y quiénes son Agostino y Giordano?.

“Sólo una pregunta más, ¿conoce usted a los señores Agostino y Giordano?”, dice John.

“Por supuesto. Son las dos bandas más potentes en la ciudad desde hace muchos, muchos años, pero yo no iría preguntando cosas sobre ellos por la ciudad”.

“La banda de Agostino domina Chinatown y el barrio de Pilsen, la banda de Giordano es más poderosa y domina por completo el barrio de Little Italy”, responde Daniel.

“Muchas gracias señor Daniel, ha sido usted de gran ayuda”, dice Susan despidiéndose mientras estrecha la mano del dependiente.

“Ha sido un placer, vuelvan cuando quieran, ha sido muy agradable recordar viejos tiempos”, dice Daniel mientras estrecha la mano a John, el cual también se despide.

Susan y John salen a la calle, al salir un Buick azul está aparcado en la acera delante de la tienda, dos de los hombres que antes les abordaron están apoyados sobre el coche dejándose ver.

John coge a Susan del brazo se echan a andar sin dirección determinada, ignorando a los hombres de trajes a rayas.

Muy cerca al doblar la esquina se encuentran con un quiosco, junto al quiosco hay una cabina telefónica. John entra en la cabina, deja la puerta abierta dice a Susan: ”Llamaré a Sara, no puedo dejarte sola, tenemos que pensar en algo”.

A continuación la puerta de la cabina se cierra, John hace una llamada, mientras Susan queda fuera y no puede oír nada, sólo puede verle hablando con Sara, mientras a través de los cristales de la cabina observa los ejemplares de la revista Playboy expuestos en el quiosco.

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