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Center for Hemispheric Defense Studies


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Center for Hemispheric Defense Studies


REDES 2001

Research and Education in Defense and Security Studies

May 22-25, 2001, Washington DC

Panel on Civilian-Military Relations


Una Visión Historica de Conjunto sobre las Relaciones Políticas entre los Civiles y los Militares Venezolanos en el Siglo XX.


por
Dr. Domingo Irwin G.

Centro de Investigaciones Históricas “Mario Briceño Iragorry”. Instituto Pedagógico de Caracas-Universidad Pedagógica Experimental Libertador. E

Instituto de Investigaciones Históricas - Universidad Católica “Andrés Bello”.
Abstract
Inicialmente se efectúa un sucinto análisis del transito del caudillismo de finales del siglo XIX venezolano al pretorianismo del siglo XX. Resaltando como constante olvidada por los analistas del proceso evolutivo político criollo, la recurrente “fusión”, peculiar entendimiento mutuo o “simbiosis”, militar-civil y político-militar en Venezuela. Se describe, sintéticamente, como evoluciona ésta durante los 1900’s hasta los albores del siglo XXI. El énfasis analítico se centra sobre los efectos de la referida y peculiar simbiosis en las relaciones entre las instituciones políticas, por definición teórica, civiles y las militares. Finalmente, se propone que ante los más variados escenarios de lo inmediato la tendencia histórica lleva a pensar en una consolidación del Control Civil y de una Sociedad Civil Democrática para el siglo XXI venezolano.

A manera de introducción: De los caudillos a los pretorianos.

En 1906, el General Staff de la War Office del Reino Unido publicó un folleto (W.O. 33/420, P.R.O., Kew Gardens) bajo el título de “Military Report on Venezuela”. En éste se puede leer: “No es fácil dar una descripción de las fuerzas armadas venezolanas. En primer lugar la organización del Ejército es nebulosa y no está bien definida. En segundo lugar, porque la teoría y la realidad coinciden menos en Venezuela que en la mayoría de las Repúblicas de Sur América”... (p. 56. La traducción libre es nuestra: Dig ). Se tratará de superar algo de esa bruma y ambigüedad con los comentarios analíticos que siguen.

Robert L Gilmore (1964) logra identificar dos tipos básicos de oficiales militares que emergen del proceso independentista venezolano de comienzos del siglo XIX: los caudillos y los cuasi o semi profesionales. Bien podemos agregar, analizando la obra de don Vicente Davila (1924 y 1926) y las llamadas genéricamente Memorias de Guerra y Marina (1834-1945), a esta tipología una tercera categoría: los pretorianos. Los primeros, es decir los caudillos, dominarán la escena política y social venezolana durante el siglo XIX, para desaparecer en el siglo XX. En los 1900’s, serán los pretorianos y los oficiales militares de orientación profesional quienes subsisten en las instituciones militares venezolanas.



Los caudillos en la realidad histórica venezolana representan pervertidas fuerzas civiles que adquieren un carácter guerrero, personalista y político para controlar el potencial poder del sector militar y llegar a dominar la sociedad en su conjunto. El instrumento empleado para ello eran las huestes armadas de los caudillos, esa especie de ejércitos particulares, así en plural, que dominan la sociedad venezolana en su conjunto durante los 1800’s. El corolario de esta situación era la inexistencia de un efectivo Ejército Nacional. También, como reporta F. López-Alves (2000), expresa la histórica fortaleza del gobierno frente a la actividad económica privada.

En el imaginario colectivo venezolano se fortalece la idea de que gobierna quien cuenta con el apoyo de la fuerza bruta. Los doctores, comerciantes, hacendados, se transforman en “Coroneles” o “Generales” sin otro aval que el ser patrones de una hueste armada personal. Son estos civiles armados quienes gobiernan. El sector civil y civilista, desde mediados del siglo XIX, no cuenta políticamente. Serán los escribanos de oficio, al servicio de los patrones armados que detentan el poder. La sociedad civil y la civilidad claudica ante la fuerza bruta representada en los caudillos y sus bandas guerreras, responsables directos de la fragilidad institucional republicana. El predominio de los caudillos expresa no solo una perversión política, lo es también desde el punto de vista económico. El caudillismo personificaba la distorsión de los sanos principios liberales, tanto en lo político como en lo económico. Son las seculares relaciones patrón-clientela, con un carácter guerrero y personalista que llegan a dominar toda la sociedad, convirtiéndose en una barrera que limita el avance económico capitalista.

Paradójicamente, como tanto en la evolución histórica venezolana, la acción política desarrollada por los caudillos durante el siglo XIX permite fortalecer el proceso de integración nacional. Para finales de los 1890’s existían ya indicios ciertos de cambios en las condiciones objetivas de la realidad venezolana, condición que anunciaba que los días del predominio político de “los hombres a caballo” tenían sus días contados. Los avances en la tecnología de armamentos y la disminución del aislamiento provincial, evidenciaban la posibilidad cierta de conformar un efectivo Ejército Nacional. Simplificando sin alterar la historia, el llamado ejército “Restaurador” del caudillo Cipriano Castro inicia su proceso de transformación, durante las guerras civiles de 1899-1903, para convertirse en el embrión de un Ejército Nacional. Para el momento en que los oficiales británicos redactan su “Military Report on Venezuela” (1906) ciertamente la situación del sector castrense venezolano era una de ambivalencia. El nuevo Ejército Nacional estaba en proceso de formación como tal, los ejércitos privados de los caudillos habían sido derrotados una y otra vez en las guerras civiles de finales del siglo XIX e inicios del XX, pero la nueva realidad militar no podía ser percibida como consolidada para ningún inteligente observador imparcial.

Sobre los pretorianos y los oficiales de orientación profesional: actores fundamentales del siglo XX venezolano.

Los años de los 1940’s fueron, al igual que décadas después los 1990’s, un momento de la evolución histórica venezolana en la cual se publican interesantes textos que presentan novedosas informaciones sobre el sector militar. Reflejo evidente de las tensiones que experimentaba la realidad castrense criolla y la sociedad en su conjunto. Libros que parecen como olvidados por los estudiosos de las relaciones de poder entre los civiles y los militares en Venezuela. Sus autores son oficiales militares retirados como el Coronel Pedro García Gil (¿1947?), el Teniente Mario Martínez Polanco (1943), o el también oficial militar en condición de retiro Rafael Paredes Urdaneta (1940). Este último escribe: ... “desde la magna guerra (...) han existido tres clases de militares (...) los de academia o escuela, formados por el estudio; los forjados (..., en) los campos de batalla, y los moldeados en la disciplina de cuartel, complementándose mutuamente”...

Lo importante, en términos históricos, del texto de Paredes Urdaneta, es que sugiere la existencia de los tres tipos básicos de oficiales militares venezolanos en los siglos XIX y XX: caudillos, pretorianos y oficiales militares de orientación profesional. Respectivamente: los civiles guerreros, políticos y personalistas; los militares-políticos que procuran mutar en dominantes políticos-militares; y finalmente, los militares-militares, los auténticos profesionales de las armas.

El proceso de formación de un efectivo Ejército Nacional, su lenta pero constante evolución modernizadora desde inicios del siglo XX, marca el fin de la existencia política de los caudillos. Condición histórica cabalmente analizada, entre otros, por Burggraff (1972), Velásquez (1973), Ziems (1979) y Quintero (1989). Pero esa realidad militar se constituye también, desde sus orígenes en los 1900’s, como la “guardia pretoriana” del único caudillo con poder político cierto en Venezuela. De los caudillos como los actores dominantes dentro de la estructura militar se pasará, sin solución de continuidad, al predominio de los pretorianos. Los oficiales de orientación profesional serán, como en el siglo XIX, una minoría sin control cierto sobre la realidad militar. El Ejército será el instrumento de poder del dictador, personalmente fiel a él, en un esquema de poder bien descrito en lo fundamental por Wolf y Hansen (1967) al comentar sobre los dictadores de “orden y progreso”, o en términos de Lynch (1992) dictadores oligárquicos. El sector civil claudica su civilidad ante el poder de las armas. Fue el altísimo precio social que se pagó para poner fin a la recurrente violencia política que se expresaba en las repetitivas guerras civiles. Tanto en Castro como en Gómez vemos personificada la constante militar-civil y política-militar que caracterizará las relaciones de poder en la Venezuela del siglo XX.

Al morir Gómez en diciembre de 1935 existían en esta “Tierra de Gracia” dos realidades institucionales, aparte de la Iglesia: Los militares y la burocracia gubernamental. No es una casualidad que el Ministerio de Guerra y Marina fuese la antesala para la Presidencia de la República. Los casos de los Generales-Presidentes, López (1936-1941) y Medina (1941-1945) evidencian la supervivencia del acuerdo tácito, no escrito pero operante y efectivo, entre un sector militar políticamente dominante y un sector civil incapaz de controlar ese potencial pretoriano. El personalismo del Comandante en Jefe muere con Gómez, para dar paso al predominio político del entendido por el sector castrense mismo como exponente o representante del sector militar. Se pierde el carácter vitalicio del poder presidencial, se procura respetar la nueva Constitución de 1936, los niveles de competitividad política son cada vez más altos, reaparecen nuevos partidos políticos, se avanza en la modernización de la realidad castrense, pero el poder político está en los cuarteles no en las urnas electorales. Ergo, el golpe de estado de octubre de 1945 y el espejismo del predomino político civil sobre el sector castrense durante el llamado Trienio: 1945-1948.

El Trienio con su Junta de Gobierno Cívico-Militar es una expresión más de lo que hemos calificado de fusión militar-civil y político-militar. El sector más agresivamente pretoriano y joven de la oficialidad purga la organización castrense. Subterráneamente y a pesar del incremento en los niveles de competitividad y participación política, durante el Trienio, el potencial pretoriano del Ejército se fortalece. En noviembre de 1948 un golpe de estado pone fin al efímero gobierno del civil y democráticamente electo Rómulo Gallegos.

Desde 1948 hasta 1958 el gobierno de Venezuela será el que decida su Ejército. Las Fuerzas Armadas se auto proclaman como los gerentes políticos de la sociedad, administradores del proceso de desarrollo económico. Durante el gobierno militar de los 1950’s, vía los estudios en instituciones militares, el profesionalismo avanzó impresionantemente. El acelerado ritmo de crecimiento económico experimentado por Venezuela durante estos años fortaleció los sectores medios urbanos y de provincia. La dirigencia de los partidos políticos criollos habían limado asperezas luego de cerca de diez años de exilio. Entre la cúpula dirigente militar surgen fricciones vinculadas con la sucesión presidencial y el dictador torpemente decide recurrir al fraude electoral, en 1957, para prolongarse en el poder. La corrupción y la represión del régimen militar venezolano habían alcanzado niveles de escándalo público. La dictadura militar colapsa el 23 de enero de 1958. Los pretorianos habían fracasado como gobernantes en el siglo XX venezolano, pero subsiste la tendencia pretoriana dentro de la oficialidad militar. Esta se manifiesta en los numerosos golpes de estado, todos fracasados, que se dieron en Venezuela hasta 1962. Son casi cinco años de “ajustes” dentro de la realidad castrense donde por primera vez en ese siglo logra imponerse la tendencia de oficiales militares profesionales.

Las actividades de la guerrilla radical de orientación marxista-leninista durante los 1960’s-1970’s, obviamente favorecen el predominio de la oficialidad militar profesional venezolana y la subordinación de los pretorianos ante el nuevo orden constitucional de partidos políticos. Frente un enemigo común que amenazaba la existencia misma de la institución militar venezolana, pretorianos y profesionales cierran filas para enfrentar y derrotar a los subversivos. Condición que crea también vínculos e intereses mutuos entre las cúpulas de los partidos políticos gobernantes, el socialdemócrata de Acción Democrática (AD) y el democristiano (COPEI), y la oficialidad militar superior.

La secular relación simbiótica militar-civil y político-militar venezolana abandona sus ropajes pretorianos en los 1960’s y viste unos nuevos. Indirectamente el sector militar ejerce un predominio, sutil pero efectivo, en este entendimiento mutuo, en este contubernio, entre la dirigencia político partidista de AD-COPEI y la oficialidad rectora de la institución militar. El resultado de esta nueva edición de la relación de poder entre los militares y los políticos civiles, es la ausencia de un Control Civil consolidado. Concretando, una situación que se parece corresponder con lo que S. E. Finer (1976) califica como “Segundo Orden de Cultura Política”.

Los civiles podían gobernar, pero los militares se aseguraban una autonomía e inmunidad institucional ante la crítica y supervisión efectiva, tal y como había sido desde los inicios del siglo XX, por parte de la sociedad en su conjunto. Las autoridades públicas civiles, en la realidad de los hechos, no efectuaban una eficiente labor de supervisión y control sobre el presupuesto militar. Tal como lo sugiere J. A. Gil. Y (1988 y 1983) el sector militar presentaba una gran inescrutabilidad presupuestaria y administrativa, desvinculada de las políticas de desarrollo formuladas por el sector civil. Nunca los gobernantes civiles, 1958-1999, llegaron a nombrar un Ministro de la Defensa civil aun cuando no existía ningún impedimento constitucional para que tal fuera el caso. La alta oficialidad castrense ejerce una especie de poder de veto, tal como lo reporta E. Cardoso de Da Silva (1990, p. 90), sobre aspectos fundamentales de la vida nacional como las decisiones de política exterior. El sector militar ejerce un monopolio efectivo sobre los temas de seguridad y defensa nacional. La dirigencia política se evidenció incapaz, en cuarenta años, de formar especialistas civiles de muy alto nivel y con poder de decisión en estos tan interesantes temas estratégicos. En pocas palabras, existía en la Venezuela de los 1960’s-1990’s un Control Civil parcial, condicionado por el sector militar mismo, expresión cierta de un nuevo entendimiento militar-civil y político-militar en la edición forjada luego del fracaso del pretorianismo dominante de los 1940’s-1950’s.

Según la evidencia testimonial reportada por Blanco Muñoz (1998), Medina (1999) y Garrido (1999 y 2000), desde finales de los 1970’s dentro de la oficialidad militar venezolana comienza subterráneamente el desarrollo de dos tendencias conspirativas. Una parece inspirarse en las ideas de “Seguridad-Defensa-Desarrollo”. La otra busca una síntesis doctrinal entre un nacionalismo extremo e ideas marxistas y populistas. Reaparecen en Venezuela, como en los 1940’s con la Unión Patriótica Militar o Unión Militar Patriótica, las logias militares clandestinas con nombres como los de M-83, ARMA y MBR-200. Los contactos entre los militares conspiradores y los civiles de igual tenor, presentan esta vez una segunda edición mejorada, corregida y aumentada.

La situación se hace explosivamente visible en 1992 cuando se producen dos fracasados golpes de estado, uno de febrero y el otro en noviembre. El primero, parece corresponder mayoritariamente a la segunda de las posiciones conspiradoras militares mencionadas en el párrafo anterior. El segundo, contó con un apoyo importante en la Fuerza Aérea y en menor medida la Armada y parece corresponder a las ideas de “Seguridad-Defensa-Desarrollo”. Ambas actitudes pretorianas fracasaron en sus intentos de violencia desestabilizadora y la institucionalidad evidenció su fortaleza. El sistema político bipartidista de AD-COPEI si bien sobrevive a los golpes de estado de 1992, entra en una crisis que se evidenciará como irreversible en lo que quedaba de siglo XX venezolano.

Para las últimas décadas de los 1900’s, los militares venezolanos son ya todos, a diferencia de los días en que Paredes Urdaneta (1940) publica su libro, oficiales forjados por los estudios sistemáticos castrenses. Los oficiales profesionales evidencian controlar la realidad militar, pero el segmento pretoriano dentro de esta institución es una recurrente realidad, v. gr., la formación de las logias militares en los 1970’s-1980’s y los sucesos de febrero y noviembre de 1992. Resultaría ingenuo pensar que como tendencia más que centenaria, la oficialidad pretoriana, desapareciera en sólo unos cuantos años, desde ese entonces hasta hoy día.



La elite civil y política venezolana del siglo XX: Del temor a la libertad liberal al recelo frente a la economía capitalista.

Las “luces del gomecismo” es una feliz expresión de Y. Segnini (1986) para caracterizar al sector pensante venezolano que sirve a la dictadura de Gómez e indirectamente a lo que bien podríamos llamar “las cachuchas militares del gomecismo”. Para estos notables venezolanos el pretorianismo personificado en el dictador comerciante-hacendado-general era un mal necesario. La elite civil que claudica la civilidad republicana, refleja con su proceder el secular temor por los avances económicos capitalistas que podrían poner en peligro las relaciones de poder patrimonial, esas que precisamente les garantizaban su condición de privilegio social. El resultado no podía ser otro, en estas condiciones, sino la conformación de una realidad económica aberrada, distorsionada y clientelar.

Durante las décadas iniciales del siglo XX se fortalece el sector propietario privado venezolano, particularmente el vinculado con el poder político. Era una realidad capitalista pervertida donde el Gobierno gracias al desarrollo del enclave petrolero, era el distribuidor nacional de la riqueza. De una realidad social dominada por relaciones patrón-clientela, durante los cuadillos del siglo XIX, se pasa durante las cuatro primeras décadas del siglo XX al “patrón” Gobierno siendo la clientela la sociedad en su conjunto. Con la aparición de los partidos políticos modernos venezolanos, en los 1940’s, serán éstos los que tomen para si el antiguo papel de los seculares “patrones”. Situación ésta que se verá interrumpida, por casi una década, por la dictadura militar y su Nuevo Ideal Nacional. Durante estos año la elite militar-civil gobernante se convierte en el nuevo “patrón”.

La dirigencia civil y civilista que se opone al pretorianismo venezolano del siglo XX, se forja en los 1920’s-1940’s, mayoritariamente bajo la influencia doctrinal del pensamiento socialista de la más variada laya y será dramáticamente fiel a éste. Luego del fracaso político y económico de la dictadura militar los partidos políticos dominantes, asumirán el papel social del “nuevo patrón”, apuntalados en el dominio sobre la fuente de poder económico en Venezuela: Los recursos provenientes de las regalías petroleras. La realidad clientelar venezolana adquiere proporciones alarmantes durante los últimos cuarenta años del siglo XX. En la realidad de los hechos se configura un peculiar y distorsionado modelo de capitalismo de estado tropical bajo el supuesto manto de un estado de bienestar social o welfare state.

La élite civil propietaria busca el cobijo y la protección del gobierno para desarrollarse económicamente, sin tener que enfrentar los riesgos de la sana competencia. El resultado no podía ser otro, en el mediano plazo, que baja productividad e ineficiencia competitiva. Las industrias del hierro y el acero, el aluminio y la petroquímica financiadas y administradas por el gobierno, luego de los años iniciales de su instalación operativa, son victimas de la voracidad burocrática de los partidos políticos y la ineficiencia gerencial, producto todo ello de la visión socialista o socializante de la dirigencia política.

El sector obrero organizado es penetrado y dominado por el sistema de partidos políticos. Generándose en un par de décadas una dirigencia sindical que si bien tiene importante influencia en las cúpulas de poder de AD y COPEI, pero que sirve primero a sus organizaciones políticas antes que a los genuinos intereses gremiales. Parecida situación ocurre con los gremios profesionales. Los dominantes partidos políticos se aseguran clientes a todo lo largo y ancho del tejido social venezolano. Dos instituciones parecen como relativamente inmunes a este fenómeno de clientelismo partidista: La Iglesia y las Fuerzas Armadas. Sobre primera se remite al texto de H. González Oropeza, S. J (1997). En lo que atañe a las Fuerzas Armadas sí es necesario un breve comentario.

Para autores como Machillanda (1988) o Müller Rojas (1992) la injerencia de los partidos políticos en la realidad militar venezolana, de los últimos cuarenta años, es desproporcionadamente importante. Otros oficiales militares, también como los dos anteriores en condición de retiro, Daniels (1993) o Jiménez (1996), parecen no compartir totalmente ese criterio. Procurando sintetizar, somos de la opinión que debido a la fortaleza institucional, el nivel de profesionalismo y la existencia en la realidad de los hechos de un Control Civil mediatizado por el sector castrense mismo, la injerencia político partidista de AD y COPEI sobre el sector militar fue bastante limitada, más aparente e interesadamente publicitada con fines opositores a esos partidos políticos que realmente veraz. Insistimos, lo que en realidad existía desde comienzos del siglo XX, y existe aún, entre el sector militar venezolano y la dirigencia política civil del país es un contubernio militar-civil y político-militar. Donde por cierto, como ya lo sugerimos en párrafos anteriores, el sector militar retenía y retine, una capacidad de extorsión, en el sentido empleado por Finer (1976), sobre las autoridades políticas.

El resultado del fenómeno de clientelismo político partidista sobre la sociedad venezolana en general, tenía que afectar los niveles de competitividad y participación política. Condiciones que limitaban, como asfixiándola, a las sanas libertades liberales y al capitalismo económico que no fuera de estado. Las clientelas de los partidos políticos dominantes parecían como ciegas ante esta situación. Avanzar hacia las reformas liberales era vista por la dirigencia política partidista más como una amenaza a sus privilegios de poder, que como una necesidad racional. Para el sector civil propietario dependiente del gobierno, las reformas liberales eran entendidas como el inicio de una etapa de competencia que llevaría a que sobreviviera el más apto y capaz. Proceso éste que veían con recelo, ya que bien podía ser el comienzo del fin de su posición de privilegio económico. La crisis económica de 1983 y la recesión subsiguiente no alteran en lo fundamental esta actitud, curiosamente, la profundizan.

Las presiones efectuadas por los sectores sociales de la economía privada, no enteramente dependientes de la protección estatal, y las fuerzas políticas opositoras de los partidos AD y COPEI, se materializan en intentos por descentralizar las funciones burocráticas del estado. Esto, con el apoyo formal de los propios partidos políticos dominantes. La idea subyacente era iniciar un proceso de reformas que progresivamente fuese abriendo la sociedad en general hacia formas más democráticas y capitalistas. Esta situación se ve favorecida por las políticas económicas implementadas por el gobierno mismo, durante los años de 1989-1992. Pero a su vez, los intentos modernizadores generan tensiones internas vinculadas con el sistema clientelar venezolano. Las situaciones de violencia militar de febrero y noviembre de 1992, ponen un fin cierto a estos esfuerzos.

Las reformas modernizadoras eran vistas con recelo por la dirigencia político partidista y los beneficiarios del capitalismo de estado vigente. Para los dirigentes políticos tradicionales eran, muy socialistamente por cierto, incomprensibles e inaceptables los intentos por desmantelar el status quo económico vigente. El exiguo y muy pequeño sector de socialistas radicales, alejados desde su derrota guerrillera en los 1960’s de una importante actividad política y aparentemente ya “institucionalizados”, acariciaban posibilidades de llegar al poder por las vías de hecho con el apoyo de jóvenes oficiales militares organizados en logias conspirativas. Otros, más ingenuamente aun, hasta pudieron llegar a pensar que la situación de tensión era favorable para lograr imponer por medios inicialmente violentos un auténtico capitalismo liberal.

El sistema político clientelar entra en crisis en 1992 y la sociedad venezolana se expresa tragicómicamente fiel a su herencia histórica. Los caudillos y sus huestes armadas no podían volver a caminar como el Lázaro bíblico. Los pretorianos no podían vencer a la institucionalidad democrática. El contexto hemisférico no permitía acomodaticias e hipócritas soluciones de fuerza. Pero los cambios políticos eran entendidos como necesarios por la sociedad venezolana en su conjunto. El personalismo y el carisma fueron los instrumentos políticos empleados por la sociedad venezolana, vía los procesos electorales de 1993 y 1998, para intentar solucionar inicialmente la crisis. El personalismo político con Rafael Caldera y el carisma con Hugo Chávez, son la personificación de estas soluciones políticas. Así como las “luces civiles” del gomecismo sintieron temor ante las libertades liberales, la dirigencia política venezolana dominante de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI no ha podido vencer, por ahora, su constante recelo ante una economía libre, abierta y global de mercados.

A manera de comentarios finales: aprendiendo del pasado y apostando al futuro.

La sociedad venezolana durante los últimos tres siglos ha finalizado cada uno de éstos experimentando agudas conmociones internas. Primero fue el proceso independentista, finales del siglo XVIII e inicios del XIX. Luego el accidentado proceso de la conformación del estado moderno venezolano, con las definitorias guerras civiles de 1898-1903. Más recientemente la crisis del sistema clientelar de partidos políticos, así como de la recurrente y secular simbiosis militar-civil y político-militar criolla.

Pensar que se superó definitivamente la crisis de 1992, podría ser un espejismo histórico. Analistas como A. Romero (1994 y 1999) sugieren una situación de cambios, siendo los venezolanos dramáticamente fieles a la más que centenaria herencia de violencia política, pero interesantemente apoyando su estudio en sólo factores coyunturales vinculados con lo reciente, con lo inmediato. Argumentar que la solución a la situación social venezolana forzosamente debe transitar los caminos de la violencia, refleja una situación que bien pudiera ser más personal que históricamente objetiva. La clave creemos que está en entender el muy peculiar acuerdo no escrito pero sí recurrentemente operante, más que centenario, entre la institución militar venezolana y el resto de la sociedad.

Esta simbiosis militar-civil y político-militar venezolana no se desarrolla únicamente desde los 1960’s, tal como pareciera sugerir Müller Rojas (1993, pp. 341-346). Se ha argumentado en otros textos (Irwin G, 1999 y 2000) que este es un fenómeno con antecedentes en el caudillismo del siglo XIX, recurrente en todo el siglo XX venezolano y con diversas versiones o ediciones. Lo importante, hasta ahora, es el carácter pacífico e institucional de los cambios políticos acaecidos desde 1993. Lo trascendente es el proceso de reorganización política y fortalecimiento de la Sociedad Civil que se evidencia, quizás lenta pero inexorablemente, hacia remozadas formas de partidos políticos modernos. Lo novedoso es el proceso de reacomodo de las nuevas fuerzas sociales organizadas y la relación que establecerán con la estructura militar. Una realidad castrense que se encuentra también en un proceso de rediseño institucional.

Resulta interesante como en los últimos cuatro años el sector militar, sutil pero efectivamente, se erige en calidad de orientador, en lo político, del proceso social venezolano. Ante el fracaso de la dirigencia política de los partidos AD y COPEI, fue el sector militar el que asume un papel orientador en la gerencia política de la sociedad. Una situación como la descrita, de prolongarse por varios años consecutivos con las dimensiones actuales, originaría fuertes tensiones pretorianas dentro de la oficialidad militar. Mutatis Mutandis, los casos ya vividos por otras Fuerzas Armadas de Sur América al asumir papeles protagónicos en la conducción política de sus respectivas naciones. Es necesario enfatizar que en buena medida de las decisiones que adopte la dirigencia militar actual, y la de un par de años por venir, depende el controlar ese potencial pretoriano.

El elemento clave en la presente coyuntura venezolana es hacer buen uso de los altos niveles de competitividad política existentes. Una labor de cívica catequesis, donde los medios de comunicación social y la educación ciudadana juegan un papel estelar en el proceso de fortalecimiento del Control Civil. Ante la debilidad de las fuerzas políticas partidistas de oposición, son los medios de comunicación los responsables de mantener una positiva actitud crítica frente al gobierno. Este proceder se expresa como favorable para mantener una posición vigilante frente a potenciales abusos de poder por parte de los gobernantes. Contribuyendo de este modo, indirectamente, al proceso de reestructuración de los partidos políticos. El fortalecimiento de éstas necesarias fuerzas políticas opositoras parece como una situación inevitable e irreversible, cuando menos en unos cuantos años, en el mediano plazo.

La sociedad civil venezolana se encuentra en un proceso de reorganización que se evidencia ya como definitivo. Situación esta que contribuirá a la forja de las nuevas fuerzas opositoras, organizadas e institucionales, al gobierno. Lo interesante, en términos históricos, de toda esta situación socio-política es que evidencia como un sistema democrático con altos niveles teóricos de competitividad, puede incrementar los niveles de participación política sin que ello ocasione fracturas en la fortaleza institucional del sistema o recurrir a pasadas y fracasadas fórmulas pretorianas. Ese parece ser el caso de la Venezuela actual. La incógnita que falta por despejar es si la nueva dirigencia política venezolana, la actual y la que está en proceso de formación, llegará a superar el secular recelo criollo ante una economía liberal, abierta, de mercados y global. Parece que el contexto hemisférico y mundial influye favorablemente para que tal sea el caso.

Sintetizando, somos de la opinión que el devenir histórico venezolano se desplaza del dominio de los caudillos del siglo XIX, durante la etapa de formación nacional; al predomino político, directo o velado, de los militares en el siglo XX, durante el proceso de la configuración del estado moderno; al protagónico papel de la Sociedad Civil y el Control Civil consolidado para el siglo XXI. ¿Estaremos pecando de optimistas? El tiempo, inexorablemente lo dirá.



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Dr. D. Irwin G.

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