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Cela-unam I. Un oligarca inútil


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¿Una nación íbero, latino o indoamericana?

Joaquín Edwards Bello y el El Nacionalismo continental

Fabio Moraga Valle

CELA-UNAM
I.- Un oligarca inútil
Joaquín Edwards Bello nació en Valparaíso en 1887 en el seno de una influyente familia oligárquica dueña de minas, bancos, editoriales y periódicos1. Sus padres fueron Joaquín Edwards Garriga (cofundador del Banco Edwards) y Ana Luisa Bello Rozas (nieta de Andrés Bello). En este clan se sumaban, entonces, dos tradiciones decimonónicas distintas: la minera y comercial de la oligarquía plutocrática, y la científico y republicana de la elite intelectual y moderna.

Lo anterior se reforzó en las instituciones donde recibió sus primeras letras. Estudió en dos colegios de elite, el privado Mackay, de fuerte prosapia inglesa y en el público Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso. Desde pequeño, la familia lo orientó a la carrera diplomática por lo que lo envío a Europa en 1904 para que completara su educación. Sin embargo, Joaquín no estuvo dispuesto a seguir una formación convencional.

Fue, junto a otros personajes del mismo origen y época, como Vicente Huidobro, un rebelde y un trásfuga de su clase. Sus obras constituyen una mirada aguda sobre las costumbres de las familias aristocráticas, a las que pertenecía pero también de su país y su cultura. El lanzamiento de su primera novela, El inútil (1910), desató furibundas y exageradas reacciones en su clase de origen, refractaria a cualquier crítica sobre todo viniendo de unos de los suyos, que lo obligaron a emigrar temporalmente a Brasil.

De regreso a Chile se estableció en la ciudad de Santiago. Allí, Joaquín desoyó el brillante e influyente futuro que le deparaba seguir los derroteros familiares y desarrolló una zigzagueante carrera como cronista y escritor. Desde 1918 y por un lapso de 40 años escribió en el diario La Nación2. En sus crónicas alternaba temas con un lenguaje simple y directo, irónico y crítico.

Su motivo literario dilecto fue su cuidad natal a la cual dedicó Valparaíso, la ciudad del viento (1931) y un sinfín de crónicas, artículos y escritos varios; años después comentó su obsesión como un lugar del que nunca pudo salir3. Sus escritores favoritos fueron Guy de Maupassant, Emil Zola, Sthendall, Eça de Queiros. Rebelde, iconoclasta, malidicente, francotirador, fue un “maldito” a su manera. Jugador empedernido se volvió apostador y asiduo visitante del Club Hípico. Todo esto lo llevó a transformarse en un marginal y en un pariente negado y “olvidado” por su familia tanto, que su propio sobrino nieto, Jorge Edwards, nunca puco conocerlo y tuvo problemas para escribir la biografía de su mítico tío al que lo designó El inútil de la familia4.

Pero el rechazo y la negación de su clan originario lo transformó en una leyenda. Su trabajo, su existencia rebelde y solitaria, reticente al stablishment literario, no le restaron admiradores, por el contrario, fue el único intelectual chileno que recibió dos premios nacionales: el Premio Nacional de Literatura (1943) y el Premio Nacional de Periodismo (1959). Además, en 1944 fue designado miembro de la Academia Chilena de la Lengua.

Víctima de una hemiplejía, que lo tuvo postrado en sus últimos años, se suicidó el 19 de febrero de 1968 con el revólver Colt que le regaló su padre antes de morir. Se había casado con Ángela Dupuy Alarcón, con quien tuvo dos hijos.
II.- Un “nacionalismo” y dos lecturas: Gabriela Mistral y Haya de la Torre
El nacionalismo continental, texto que estamos introduciendo, está compuesto por una serie de crónicas independientes que fueron escritas a los largo de unos 10 años. Una primera versión fue publicada en Madrid en 1926; ésta incluía un “mensaje” de Víctor Raúl Haya de la Torre de mayo de ese año hecho a través de la revista Repertorio Americano, de Costa Rica. Dos nuevas ediciones ampliadas, a las que, además, se le sumó un prólogo de Gabriela Mistral, aparecieron en Santiago en 1935, bajo el sello de la Editorial Ercilla. Para este estudio hemos tenido a la mano esta última. Si el anterior libro de Edwards Bello (Don Eliodoro Yáñez, "La Nación" y otros ensayos: los hombres novelables, 1934) había sido publicado por un interés comercial, esta nueva edición tenía, al menos para algunos miembros de la editorial, un significado político. Desde hacía algunos años Ercilla había sido la editorial donde se habían refugiado peruanos exiliados de la dictadura de Sánchez Cerro, militantes del APRA de la talla de la poetisa Magda Portal, y los escritores Serafín Del Mar, Ciro Alegría y Luis Alberto Sánchez. Este último, intelectual de larga trayectoria en esa organización política y muy cercano al líder por antonomasia, Haya de la Torre.

No son menores las palabras que el ex presidente de la Federación de Estudiantes del Perú había dedicó a El Nacionalismo continental y a su autor. Para ello había elegido nada menos que las páginas de Repertorio americano para referirse a que:


Las líneas de su libro acusan un nuevo género de literatura, el género por el que estamos clamando los hombres de mi generación, cansados de ese verbalismo tan español y tan enervante que tiene invadida América Latina y que tanto contribuye al confucionismo que nos ahoga. El género de su literatura es económico, realista, y esto, asegura que su libro no va a perderse en las vaguedades retóricas de la gran mayoría de los hombres que en nuestros países quieren resolver sus problemas fundamentales con palabrería, con charlatanería de andaluces, más o menos agradables.5
Haya creía ver en el libro de marras un intento por romper con la “literatura sentimental”, en la que se inscribía la otra gran obra de un latinoamericanismo anterior: el del Ariel de Rodó. Intento que trataba de ver al “imperialismo yanqui” como un mero hecho económico al que, para defenderse de él, era preciso estudiar para “dar el grito de alerta a nuestros pueblos adormecidos”. Político ante todo, Haya continuaba su carta definiendo su programa:
Naturalmente que sigo trabajando… sin descanso por que nuestros pueblos vean claro que el único camino para defenderse del imperialismo, es unirse, organizarse y disciplinarse en un gran Frente Único que arrebate el poder político a las clases gobernantes que nos están vendiendo, y renueve la vida política latinoamericana, confederando los veinte pueblos dispersos y reorganizando su economía bajo el contralor de las clases productoras.6
Esta era labor de “todos los trabajadores manuales e intelectuales jóvenes de América Latina” para lo cual había que constituir en cada país una “sección militante” de un gran Frente Único. Para Haya, los escritores e intelectuales estaban llamados a terminar con la vieja literatura que clamaba por “razas”, “culturas”, “espíritus”, en abierta referencia a Rodó y Ugarte; a ese abandono había contribuido José Ingenieros que había seguido el llamamiento de la “nueva generación” por una literatura “de hechos, realista, económica”. Ese era, para el peruano, el “clamor de las vanguardias antiimperialistas de la nueva generación latinoamericana.”

En su prólogo, la poetiza Gabriela Mistral, de un amplio conocimiento de la intelectualidad continental de la época y partícipe de los enormes esfuerzos por ampliar el campo del conocimiento y la cultura a las masas desposeídas, partía destacando la “chilenidad” de Joaquín Edwards Bello. La propagandista de las misiones culturales del México posrevolucionario, destacaba la “herencia racial” que hacía del autor de El nacionalismo continental, uno de los pocos:


[…] aquellos, [que] son a la vez una especie de hijos y ahijados de su país; han recibido de él la perfecta semejanza física más cierto soplo iniciático de su secreto racial, el silbo mágico de la serpiente en la oreja de Apolo, por el cual la tierra (la serpiente) traspasaba su secreto. Los demás parecemos gentes informales del negocio racial; ellos son la gestión racial misma.7
Mistral definía al libro de Edwards Bello como “un cuajarón de nuestra sangre” que se manifestaba “a veces trágica, en las revoluciones, a veces idílica”; sería para la poetiza “autoexiliada” en el servicio diplomático una especie de regreso a las raíces a través de una imagen borrosa, un olor evocado, una visión pasajera de las realidades perdidas.

El discurso mistraliano era –en sus propias palabras- “racista,” es decir a partir de una clasificación de las razas (“mongola”, “indiana”, “europea”), y en menor medida de su origen de clase, establecía características de personalidad de los sujetos. El suyo es un determinismo racial, veamos que dice respecto de Edwards y su origen europeo pero su existencia chileno-americana:


Creen algunos racistas que nos están brotando, que basta llamarse Pérez o González, para ser un americano y saberse bien y decir cabalmente los aires los limos y la criatura criolla. Este americano les contestaría irónicamente con su “Edwards” y les presentaría un hecho sutil que entra en el misterio de las razas. Yo me tengo aprendido que el mongolismo o la indignidad nuestra, a menor dosis, más fuerte.8
Ese determinismo racial hacía que el indígena, “con un ochenta por ciento de Asia en el cuerpo”, viviera “desesperado de ser lo que es y decidido a re-crearse español”. El “cuasi blanco”, viviera menos preocupado de esa “ecuación”. En cambio, el blanco americano:
[…] que participa de la americanidad solamente en paisaje y costumbres ¡y basta, y basta! Ese suele hacer un bello alarde de solidaridad racial y libre del complejo y los complejos sabidos; declara a pecho abierto que es hombre de allá, criatura americana.9

Pero existían otros blancos americanos “envalentonados de la venazón calara del brazo”. Este Edwards pertenecía a aquellos. Continuaba la poetiza-diplomática describiendo el carácter del escritor que tal como ella en su juventud se había enfrentado al stablishment cultural de su país, y destacaba sus cualidades de escritor, sus veinte años de periodismo “entre novela y novela”, entre sus obras, la más reciente: Valparaíso ciudad del viento, y entre las primeras: El roto.

Mistral rescataba también el patriotismo “de viejo hidalgo pulcro y sin experiencia de vendavales” del escritor chileno, que: “… ha vivido sin bajar al sótano ni subir al desván [de las clases sociales] donde hay inmundicias amontonadas o cachivaches en putrefacción”. Un patriotismo que se enfrentaba con su “solar” pero que en el continente y en Sudamérica se ampliaba: “El continentalismo ha tenido en Edwards Bello uno de los mejores propagandistas, y la consciencia chilena, en este sentido de la formación de nuestra sudamericanidad, le debe mucho. Más de lo que él se cree es deudor a su periodismo grande, nuestro país”.10

Finalmente, la escritora extrañaba que el polémico Edwards no se hubiera instalado mejor en el medio intelectual pues estaba a la altura de Alfonso Reyes, Víctor Belaúnde o Gonzalo Zaldumbide que, como ellos, hubiese sido embajador chileno en cualquier capital de habla española. Pero el país, un poco atrasado, por su “vejestorismo” político y administrativo, en salir de su pasado colonial, había despreciado hasta el momento sus credenciales.

¿Respondería Joaquín Edwards Bello ante la invitación de Haya?, ¿eran sus intenciones las que leía el ex líder estudiantil en los breves trozos que de El nacionalismo continental había leído en Repertorio Americano? ¿Era el chileno el ferviente trabajador intelectual que Haya buscaba, un indoamericano capaz de seguirlo en un proyecto político antiimperialista?. ¿o, más bien, respondía a esa imagen tan especial de chilenidad continental que Gabriela Mistral destacaba? Veremos estas interrogantes en la obra del “inútil”.
III.- El Nacionalismo continental: ¿Qué es (realmente) América…?
El texto de Edwards Bello esta dividido formalmente en tres partes con un total de quince ensayos que se pueden leer independientemente. La primera, que consta de tres escritos está dedicado a ubicar a Chile y al continente en relación con Europa y el mundo. La segunda, con cinco textos, trata sobre la formación de la “continentalidad” cultural latinoamericana. La última parte está dedicada a Chile y en ella diseña tímidamente un proyecto político latino o indoamericanista con una propuesta muy distinta a la de la estructura política chilena.

Respondiendo a su naturaleza polémica y a su mirada distinta Edwards comenzaba sosteniendo que el arte latinoamericano era calco del europeo11. Y en ello era lapidario:


Nuestra América ha tenido invariablemente la actitud de sometimiento ciego y servil a todo lo europeo. Esperamos los artículos manufacturados, las leyes, las modas, las gentes, con interés patológico. En esta condición de espejo hemos vivido, perdiendo la personalidad y la iniciativa12.
Esto ocurría no sólo en Chile sino en todo el continente en que ya no existían novelas como María, de Isaacs, o Canaán, de Graca Aranha, que reflejaban la nación en la que se habían escrito. Ello se experimentaba a todo nivel. El arte imitativo que se cultivaba en el presente hacía que los europeos despreciaran a los latinoamericanos. Para nuestro escritor la muerte de la gran república bolivariana había disminuido la potencia de las ex colonias españolas:
Por eso pensamos que el desmembramiento de América, de la República de Bolívar en Repúblicas débiles, ha sido a la vez un golpe asestado a nuestras fuerzas individuales. En la industria y en la ciencia el hecho es manifiesto; en el arte parece más misterioso, pero nos inclinamos ante la realidad de esta pobreza general de mentalidades y la incompetencia colectiva de las naciones despobladas e históricamente pequeñas.13
Pero esta idea no era original de Edwards sino de su ínclito ascendiente: Andrés Bello. El intelectual de origen venezolano, había desarrollado la parte fundamentalmente científica de su obra relacionada con el estudio de la gramática y la filología. En sus trabajos había establecido un paralelo entre la caída del Imperio Romano y la dispersión del latín en un sinnúmero de lenguas romances y dialectos locales, y el fin del Imperio Español con las guerras de Independencia. Ello planteaba la posibilidad de que en las nuevas naciones el idioma español evolucionara diferenciándose, tal como el latín en la Edad Media europea, ello podía llevar a que las nóveles naciones se desvincularan profundamente de sus raíces hispanas, perdiendo de esta manera la potencia cultural de sus orígenes.14

Partiendo de esta premisa, el escritor desarrollaba la base de lo que sería después su propuesta continental. De la misma manera que la guerra de secesión en los Estados Unidos había unido a esa nación y producido hombres de la talla de Edison, Ford, Rockefeller o Whitman. Así como Bolívar, el propio Rubén Darío se hizo grande cuando vio, experimentó y asimiló una cultura continental:


Bolívar es célebre por cuanto tuvo una tarea excepcional y un escenario grandioso para demostrar su genio. Nació en el mayor momento de nuestra América; después el escenario se dividió en pistas sin importancia, perdiendo el continente su grandeza. Nuestra América fue interesante cuando representó un valor histórico universal, eso fue durante la Conquista, la Colonia y la Independencia, épocas de trascendental importancia.15
Acá Edwards Bello revelaba el trasfondo de su pensamiento histórico y político que, pese a su pose antiacademicista y antioligárquica es anti-modernista y conservador. Para el mundo conservador, tanto histórico como político, la grandeza de una nación o un pueblo está en el pasado (“cuando representó un valor histórico universal”), por ello la única posibilidad para el presente y el futuro son de decadencia de esa grandeza pretérita. Ello, lo hemos visto en otro historiador nacionalista y conservador como su pariente Alberto Edwards Vives, uno de los intelectuales de derecha más influyente durante gran parte del siglo XX16. Pero su principal sustento, y el más vistoso, era ese planteamiento de Andrés Bello que reaccionaba frente al peligro de la dispersión lingüística y cultural de las naciones hispanoamericanas.

De todos modos, el balance de nuestro escritor no descansaba solamente en el plano político y cultural, pues introducía un matiz novedoso en su análisis: el económico: “En realidad, América no es el vergel insólito, el Edén, sino una nueva Europa empequeñecida, o, mejor dicho, una despensa o hacienda de Europa”. El continente se caracterizaba por producir materias primas y por que muchas de éstas, especialmente los metales, regresarían a sus países de origen como manufacturas de alto valor comercial. Pero lo cultural tampoco estaba del todo ausente en su reflexión pues señalaba indirectamente que incluso una obra de “un famoso escritor, orientador de juventudes americanas” (seguramente se refería al Ariel de Rodó cuya idea fundamental proviene de Renán), no era nuevo para un versado traductor como Francis de Miomandre.17

¿Cuál era el camino entonces? Edwards destacaba la presencia de una “América inédita” que no era más que un reducido grupo de escritores regionales que se abría como una flor: “que sorprendió al viracocha [el dios tutelar quechua] en el bosque virgen”. En el mundo moderno, cada vez más comunicado y mezclado culturalmente, se debía rescatar lo regional o local el propio Darío, pese a su afrancesamiento, había sabido mostrar “una lujuriosa luminiscencia, una aroma de vergeles inconfundiblemente de América”. Sólo el “nacionalismo artístico” separaría las oscuridades que pesaban sobre la creación local que imitaba simiescamente a la europea y haría que el arte continental no oliera a podrido en Europa.

Respecto del otro gran tema de debate en la cultura latinoamericana de la época: la relación de América Latina con Estados Unidos, un segundo ensayo de El Nacionalismo continental entraba directamente en el tema de las posturas del “arielismo”, planteando que lo explicaba simplemente como una “fatalidad” producto de la fuerza de expansión de otras naciones más grandes:


No creo que nosotros, chilenos, seamos ni menos buenos que los norteamericanos ni menos eficientes; lo que hay es que actuamos dentro de escenarios fatalmente empequeñecedores; ellos están formando parte del organismo que devora y nosotros del organismo devorado.18
Sin embargo esta era una nueva “fatalidad”, distinta de la anterior que era la del arielismo, que condenaba a América Latina sólo ser parte de la cultura universal en el plano ideal y espiritual y no en el pragmático y material, como la cultura norteamericana. Y aquí Edwards revelaba el segundo aspecto conservador de su pensamiento: un patriotismo basado en cierto espíritu religioso: “Los países exiguos y pobres carecen de espíritu religioso y patriotismo, por cuanto el patriotismo y la religiosidad se confunden y quieren decir agradecimiento. Amar a la tierra que nos vio nacer, hasta el delirio, es el primer paso para amar a Dios”.19

La grandeza de una nación influía en el temperamento de sus individuos pero Edwards no creía en el individualismo como propuesta ni como sentido primero y último de una sociedad: “es preciso ser demasiado ingenuos para creer así”, sostenía, sino en el colectivismo. Esto último tendría importantes consecuencias en su pensamiento político que veremos más adelante.

Pero y donde pueden resultar polémicos los planteamientos del escritor chileno es que sostenía, a contrapelo de la visión tradicional que tenemos de Estados Unidos, que:

El norteamericano del tipo medio, tienen una cultura media igual a la de cualquier chileno, pero lleva en si el concepto de la fuerza colectiva y de los inmensos resultados que con su esfuerzo puede alcanzar. Nos es grande Edison, sino Norte América; no es grande Ford, sino Norte América. Claro que ellos, la engrandecerse, se convirtieron en tipos representativos, o arquetipos, pero es casi seguro que, con el mismo temperamento, el mismo esfuerzo y el mismo talento, no hubieran salido de la mediocridad en cualquiera de las 18 repúblicas iberoamericanas.20


El momento fundante de la grandeza norteamericana había sido la “guerra por la unión” que combinaba la enorme dimensión territorial, la riqueza y la libertad absoluta con respecto al resto del mundo, fundado en la libertad económica. De la misma manera que el Imperio Romano, el norteamericano era un gran “sistema de incorporación” y en ello citaba los planteamientos de Ortega y Gasset, Mommsem y Larra. Esta “incorporación” se había extendido a los territorios mexicanos y españoles, a la división de Colombia para construir el Canal de Panamá y, durante la “Gran Guerra”, había completado sus reservas monetarias haciéndose de la tercera parte del oro del mundo. Esa fuerza colectiva se expresaba incluso en las comunidades negras del país del norte: eran, en potencia y realización, muy superiores a los negros cubanos o de cualquier otro país latinoamericano:

Lo que cambia radicalmente el caso de Estados Unidos respecto de nosotros, es su grandeza territorial, el inmenso mercado para sus industrias, el inmenso público para sus actividades, su capacidad monetaria y, por consiguiente, acaparadora. Los microbios sociales que en nuestros enclenques organismos producen enfermedades graves, son eliminados allá sin fiebre ni dolor.21


Edwards, polémico ante todo, incluso no dudaba en discutir los lugares comunes respecto a las diferencias religiosas entre el norte y el sur. Esto respecto al papel del puritanismo y su diferencia con la instalación del catolicismo en el sur del continente: no había mayor diferencia en probidad y laboriosidad entre los puritanos del Mayflower y los adláteres de Las Casas.¿ Cuál era entonces la característica que los separaba?, ante esto planteaba su segunda tesis histórica: el fracaso de la guerra de Independencia:
La demagogia forzosa de los llamados héroes de y patriotas de 1810, corrompió profundamente a América. Al perder el control de la justicia, a la manera colonial, el pícaro, el vulgo macuco, domina al inteligente. En las naciones pequeñas desquiciadas y decadentes, la astucia reemplaza al talento. Una vez fracasado el movimiento, no quedaron sino dos repúblicas verdaderamente importantes: Brasil y Argentina.22
Las otras naciones habían perdido paulatinamente las ventajas de que habían gozado durante la Colonia. Por ello sus hombres no destacaban y sólo los independentistas, que habían realizado una obra de carácter universal, eran los conocidos por todos como Bolívar y Bello. Así Chile, pese a tener hombres ilustres, no tenía un medio donde desarrollar sus talentos. Estados Unidos tenía mucha más violencia y delincuencia pero había sabido dominarla. No faltaban en sus análisis juicios racistas: “El superpueblo devorador ha sabido educar a su manera a once millones de negros, sin mezclarlos con su sangre. Del flujo y reflujo de inmigrantes succiona lo mejor para su grandeza y rechaza los desperdicios”.23

La disciplina, la sumisión a las autoridades y a los hombres superiores, que eran los atributos del testamento de Washington “cumplido a sangre y fuego por Lincoln; en cambio “Nuestra América” no había cumplido el de Bolívar, el único programa político que deberían seguir los estadistas.

El aislamiento, la separación de las repúblicas, la falta de unidad aduanera, la existencia de fronteras y de “murallas chinas de prejuicios” hacía que las dieciocho naciones latinoamericanas aportaran al mundo mucho verbo y nada de ciencia. Ello hacía que nuestro escritor se cuestionara la efectividad de la Independencia, hoy amenazada por la intromisión de los Estados Unidos en la política y la economía de las débiles naciones latinoamericanas. Lo que alcanzaba a las banana republics también afectaba a Chile a través de la explotación de sus minerales y no sólo era el imperialismo norteamericano sino también el inglés, alemán o francés. Así el discurso de Edwards Bello no sólo se pronuncia en contra del imperialismo sino también en contra del capitalismo internacional:
El ferrocarril trasandino, el más caro del mundo, es inglés. Al subir a un tranvía, al hablar por teléfono, al tomar el desayuno, al comprar en una tienda y al dar la luz, el chileno contribuye a la vida admirable capitalista inglés que toma su té o juega su polo en las Islas Británicas; contribuye a pagar el turismo de un yanqui o la vida agradable de un francés.24
De la misma manera denunciaba que la misma burguesía chilena y latinoamericana había nacido sirviendo a la penetración comercial de los países capitalistas. Ello no sólo abarcaba a la explotación de frutas o la minería, o a pagar unos cuantos abogados para impedir el cobro de impuestos; también se extendía sobre la ganadería, las comunicaciones y los sistemas financieros. Los sólidos lazos familiares, vía matrimonios, entre miembros de la elite local y representantes de las casas comerciales extranjeras que contribuían a solidificar estas uniones comerciales (recuérdese que él mismo era fruto de esos sólidos lazos), hacían imposible la denuncia del saqueo a que estaban siendo sometidas las riquezas del país.

Con esta denuncia Edwards Bello no sólo hacía un gesto político, también estaba dinamitando las bases de su propia familia de origen. Esto tendría enormes consecuencias para él en el plano personal.

La ingerencia imperialista no sólo se extendía en estos planos también abarcaba la política de las naciones, sus relaciones recíprocas: “Actualmente, los embajadores del Norte de nuestras Repúblicas, tienen poderes omnímodos, y podrían compararse con los cónsules romanos en Judea o en Trípoli, en la época del Imperio”. Ello se evidenciaba con el desparpajo que los presidentes del país del norte hablaban de sus relaciones con los países latinoamericanos.

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