Página principal

Carta desde Amarna


Descargar 22.11 Kb.
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño22.11 Kb.

Carta desde Amarna Saigón



Carta desde Amarna
A ti, mi hijo amado, imagen viva de Atón:
Sé que me queda poco en este mundo, sólo breves días antes de unirme a mis antepasados, más allá, en Occidente, donde me regocijaré en la gloria del gran Atón. La enfermedad que se ha cebado en nuestra familia ataca sin piedad mi carne. Maldigo el tiempo escaso que he tenido para enseñarte la magnificencia del trono de Egipto, esta tierra que es un don para nosotros, desde el Faraón, yo mismo, hasta el campesino que labra con sus manos la tierra cubierta de limo. Este regalo que nos ha llegado del cielo, de las manos mismas de Atón, es el que te dejo yo, hijo mío, mi único hijo, el más amado. Y ahora que el tiempo apremia para ambos, para comenzar mi viaje por el cielo y tu viaje por la tierra, sé más que nunca que el peligro acecha como los chacales en el desierto.
No es fácil matar a un dios, hijo, y yo he matado a decenas. Los he expulsado de estas tierras, culpables todos de engordar los sacos y las barrigas de sacerdotes ociosos, con cultos falsos que hacían peligrar mi palacio. Las tradiciones antiguas se habían perdido, la cercanía del pueblo a su padre divino, el que nos da la vida, se había visto empañada por esas figuras de vientres fofos y lengua ágil, que amasan fortunas incalculables en nombre de sus ídolos. ¡Ah, el clero de Amón! Tan astuto y osado para con su señor, que al punto llegaron de amenazar la vida de mi padre y mi propia legitimidad. Avaros con pieles de leopardo y corazón de hiena. Sé que no es fácil entender por qué lo hice, por qué saqué de sus sacrosantorum a todas esas deidades tras cuyas máscaras de oro se ocultaban simples hombres de barro y agua.
Pero el pueblo egipcio merecía conocer la Verdad, la Verdad única de la existencia de un solo Dios resplandeciente, aquel que hace su viaje cada día desde las tierras del Este hasta ocultarse en la bella Occidente, donde pronto reposaré. Y no hay nada más entre Él y los hombres que pueblan su tierra. Recuerda esto, hijo mío, pues va a llegar el día en que enfrentarás la furia de los desposeídos, de los sacerdotes que vieron perder con mi venida el poder que habían ido acumulando en sus templos. Yo tomé su oro para sostener mi trono y mi reinado, para engrandecer el espíritu de mi pueblo acercándolo hasta el gran Atón.
Mas el pueblo olvida pronto las manos benefactoras cuando éstas sólo tienen arena, y buscan pronto que el corroer de sus bocas hambrientas sea saciado por quienes fueron los enemigos de su señor. ¡Ah, poderoso Atón! ¡En que te falté yo en estos largos años para ser recompensado con tantas penurias al final de mi vida! Ahora el polvo sacude los pilonos de tu templo, Dios, y la crecida del Nilo viene escasa, sembrando ruina y miseria desde Nubia hasta la boca del río.

Tantas hijas robadas jóvenes, cuando eran aún como flores de loto nuevas, la enfermedad y la miseria se ha cernido sobre mi tiempo, en otros años glorioso. Han sido 17 años de reinado, hijo mío, y todo lo que puedo dejarte son las ruinas cercanas de mi imperio. Las fronteras se tambalean en el este, bajo el azote de asirios e hititas, e incluso en el sur, en las tierras de ébano, donde brota oro y marfil. Ya siento como tiemblan los cimientos de mi casa, aquí en mi bella Ajetatón, el horizonte de Atón. ¡Tan breve ha sido su existencia! Temo que no llegues nunca a conocer sus palacios y sus templos abiertos al cielo, y sus grandes avenidas que flanquean el Nilo. Aquí donde tantos extranjeros encontraron un pedazo de tierra para engrandecer con su talento la efigie de mi ciudad y de mi morada eterna.


Recuerdo el viaje desde Tebas hasta Ajetatón, la joya más hermosa entre el desierto y el Nilo. El abandono de Karnak fue el momento de mayor orgullo para mi madre, la Gran Esposa Real Tiy. Hijo mío, ella fue el auténtico sostén de Egipto durante décadas, bajo el cayado de mi padre, la Gran Esposa Real dirigía los designios de esta tierra sin portar las dos coronas. No volvió ni una sola vez la cabeza hacia atrás, con sus ojos de garza puestos en el norte del Nilo, buscando la cima de los pilonos de mi reinado. Acababa de despedir a su señor, mi padre, en las cumbres rocosas de Ta-sekhet-ma'at, donde yacen sus antepasados. Y no vi verter una lágrima por él, sabedora de que su Ba inmortal se había reunido de nuevo con su padre Atón, aquel que ambos tanto amaron. Cuando nos acercábamos al puerto, puso una mano sobre mi hombro, erguida a mi izquierda, justo al otro lado de mi hermosa Nefertiti, que guardaba mi mano derecha entre las suyas propias. Sentí en el breve temblor de sus dedos rozando mi pectoral, un temblor de orgullo que me lleno el pecho. Fue una digna descendiente del sol, hijo mío, ágil como una gacela entre los pasillos de palacio, con la mente entre los dos mundos.
No cedas jamás, hijo, a las presiones que menosprecien el poder de las mujeres, pues ellas, en su capacidad de dadoras de vida, se encuentran más cercanas a la divinidad, y comprenden cuestiones que a veces escapan a la percepción del hombre, cuestiones que pueden suponer la diferencia entre la felicidad y la desaparición de un pueblo. Tiy inculcó en mí la Verdad divina sobre la existencia de un Dios único, pero el tiempo de la renovación no llegó con el reinado de Amenhotep, sino con el mío. Mi padre abusó de prudencia, y aunque embelleció el templo de Karnak con su profesión a Atón, fue incapaz de llevar a cabo la ruptura definitiva con el yugo que el sacerdocio de Amon había impuesto desde hace siglos. Y ahora, en el declive de mis días, siento en el pecho que ese orgullo materno que pasó de su cuerpo al mío se ha convertido en una espina de dolor, una espina que yo mismo he clavado en su recuerdo y del que pronto tendré que rendir cuentas cuando me junte con ella en la otra vida.
Yo la he fallado, soy consciente de ello, pues me veo obligado a devolver a nuestros enemigos el poder que tan peligrosos los hace, el control sobre el espíritu de los egipcios, para salvaguardar su estabilidad de mi descendencia y alejar los fantasmas insaciables de las fronteras. ¡Triste es el pueblo que come pan mientras pierde el alma! Aunque los embalsamadores hagan bien su trabajo, la carne bajo las vendas no podrá soportar el pecado cometido por su corazón. Yo mismo caeré bajo ese peso en la justicia de Atón, por no haber mantenido su regencia divina y transmitir sus riendas terrenales a ti, mi sucesor.
Lo recuerdo tan vivo en mi mente, hijo mío, la primera vez que sentí el engaño al que estaba sometido el pueblo. Aún portaba en mi cabeza la coleta de la juventud, apenas unos años mayor que tú mismo en el día que escribo estas palabras. Era el día de la Bella Fiesta del Valle, recuerda bien este nombre, pues es probable que vuelvas a ver los días en que se celebraba, desterrados por mí, y que tú mismo como mi padre, dirijas, para gloria de ídolos funestos. En aquella fiesta, mis antepasados saludaban a los suyos propios, enterrados en el valle que se vislumbra al otro lado del Nilo. Puede que tú, como ellos, levantes en las lomas de las colinas tu propia Templo de Millones de Años, y si lo haces, sólo te pido que dejes un patio enorme abierto, en recuerdo de tu padre, por donde pueda entrar el sol en su punto más elevado.
Recuerdo, hijo, aquel día, las enormes barcas, con sus altares sagrados sobre la cubierta, donde viajaban las estatuas de Amón y su esposa Mut, junto a su hijo Jonsu, que llevaba también su coleta de niño. Yo iba junto a mi madre, agarrándome a veces a su vestido plisado, aturdido por el gentío, la música y el peso de las joyas que debía soportar mi pequeño cuerpo de príncipe. Mi padre portaba solamente un faldellín, un pectoral con el halcón de Horus y la doble corona sobre la cabeza. Era joven aún, y la piel oleosa brillaba con las luces previas al amanecer del día, despuntando tras los obeliscos de Karnak. Bajamos de las barcas y esperamos el descenso a tierra de los tres dioses, sobre sus portadores, hombres robustos de piel oscura, precedidos por un grupo de sacerdotes, de cabezas afeitadas y cubiertos con pieles de leopardo sobre los faldones de lino. Cuídate de esos hombres, hijo mío, pues se creen intermediarios entre la divinidad y el hombre, y hacen suyo el temor del pueblo a lo desconocido. Tu trono se someterá siempre al vaivén entre dos mundos, el de los templos de Tebas y el de los cuarteles militares de Menfis. Encontrar el equilibrio entre ambos toros será tu mayor reto, y deberás mantenerte siempre alejado de uno y de otro, en el medio de la balanza. Pero habrá días en que debas camuflarte entre unos y otros, en el fragor de una batalla en el lejano Este, o en un embarcadero del Nilo, aguardando la llegada de las barcas sagradas. Aquel día mi padre se equilibraba peligrosamente hacia los ávidos deseos del clero.
Yo no sabía entonces, cegado aún por mi corta edad, el peligro que acechaba el trono. Había aires de revuelta entre los campesinos, que habían visto como las aguas del Nilo apenas cubrían las cosechas. Y cuando los graneros están vacíos, las bocas se quedan vacías, y también las arcas de los templos. La mente del pueblo es frágil, y temen tanto las penurias de esta vida como las de la otra. Incumplir con sus deberes para con los dioses, tener los altares de sus hogares sin nada que ofrecer, quiebra su voluntad y hace tambalear incluso el amor que profesan hacia su Faraón. Si además el desánimo se alimenta con la mezquindad de los que pretenden un trono sin merecerlo, ni por estirpe, ni por capacidad de gobierno, se pueden llegar a quebrar los mismos cimientos de un gran país como es Egipto.
Esa era la situación que rodeaba a nuestra familia en aquella celebración de la que fui testigo, la que yo siempre consideraré como la revelación de los designios de Atón. Mi padre estaba allí, con la cabeza erguida como un león, y los cánticos que precedían el descenso de los dioses desde las barcas apenas podían superar al murmullo del pueblo dudoso y la voz altanera del Sumo Sacerdote de Amón. Recuerdo la ira de mi madre en el temblor de la ureus de su corona. Fue entonces, cuando los porteadores bajaron las andas hasta la orilla y mi padre se adelantó para abrir la procesión, cuando el mundo se detuvo. Sólo vi el paso rápido y una mancha salvaje, un insulto al Faraón, el Sumo Sacerdote adelantado a mi padre, asumiendo el puesto del hijo que recibe al padre, pero sin ser él el elegido para hacerlo. Se detuvieron los sistros y las arpas, y las voces callaron a la espera del futuro incierto. Y justo, en ese instante, el disco solar supero las cumbres cercanas cegando a los portadores de la imagen de Jonsu. Se oyó un estruendo, hijo mío, un estruendo de tormenta en el desierto, de oleaje contra las rocas. Jonsu yacía en el suelo, sobre el cuerpo herido del sacerdote, con la coleta hundida en el vientre demasiado lleno. Sólo era un ídolo caído sobre un loco que soñó con usurpar un trono. El sol, mi amado Atón, era tan brillante en ese momento que cegaba a todos, a todos menos al Faraón y a su Gran Esposa. Juntos los dos emprendieron el camino hacia el templo de mi padre, dando la espalda al dios y al hombre, los dos sangrando una mentira sobre el lodo de la orilla.

¡Ah, qué triste es recordar ahora tiempos más felices! Desde aquel suceso los rumores cesaron, y fue el primero de los muchos años de reinado de mi padre. No hubo más sequías ni hambrunas, y el Nilo brotó cada nuevo año como un manantial insaciable. Y ahora siento que yo he fallado a los designios, que los ídolos ocultos en las sombras, desterrados, han fraguado una venganza contra mi trono. Las nubes cubren el futuro, tu futuro, y no sé si volverá a lucir el sol como lo hizo aquel día.


Debo terminar ya, hijo mío. Los dolores de esta vida endurecen mis dedos y mi corazón. Tú quedarás bajo la regencia de mi Gran Esposa Real, Nefertiti, la más querida, que desde hoy será llamada por todos Semenejkaram, Amado de Akenaton, y dirigirá el estado como Faraón de mi propia sangre. En sus manos sabias dejo el Gobierno del Egipto hasta tu ascenso al trono, cuando tengas la edad suficiente para encauzar las aguas de esta marea que yo mismo he desatado. Maat debe regresar de nuevo a nuestra tierra, de donde yo la desterré, y cobijar bajo sus alas el retorno a los antiguos usos que yo tanto he repudiado.
Escribo estas líneas con el pensamiento puesto en mi estirpe, en que tú y tus descendientes os mantengáis en el trono para impedir que mi palacio caiga en manos envilecidas, manos como las que aquella Fiesta del Valle tocaron el suelo bajo las sandalias de mi padre. Sé que renunciarás a mi memoria, a mis creencias, al mismísimo Atón, pero no me pidas perdón por ello, antes debo ser perdonado yo mismo. Algún día, nuestra verdadera fe resurgirá y seremos recordados eternamente. Pero ahora, mi cuerpo debe reposar en mi tumba, y mi Ka cruzará la sala al encuentro de mi padre y de mi Dios, que juzgarán mis actos en este mundo.
Que la luz del gran Atón ilumine tus pasos, tú, su imagen viva, mi amado hijo Tutankamón.
Tu padre, Akenatón, Faraón de Egipto.

VII CONCURSO DE RELATOS DE HISLIBRIS Página



La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje