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Carlo m. Martini se me dirigio


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CARLO M. MARTINI
SE ME DIRIGIO

La palabra (2)




Otras 3 historias de vocación:
Simona Weil,

Jorge La Pira,

Roberto y Cristina

LA ESPERA DE DIOS

Simone Weil

RASGOS BIOGRÁFICOS: SIMONE WEIL


Simone Weil nace en París en 1909, de familia judía. En­tra muy joven en la Ecole Normale y se dedica a los estudios filosóficos.

Apenas diplomada, enseña con pasión durante algunos años; pero al mismo tiempo siente la necesidad de entender y conocer de cerca cómo es la vida diaria, de calar en sus profundidades y en el dolor.

Empieza así su búsqueda de la verdad, hasta el límite extremo, en una especie de sufrimiento purificador.

Pide permiso en la escuela y va a trabajar a la empre­sa Renault, en los hornos. Su maltrecha salud no aguanta, y debe interrumpir la actividad por enfermedad.

Se siente atraída por el cristianismo, pero no llegará nun­ca a pedir los sacramentos, aun deseándolo mucho.

Por breve tiempo vive en Marsella; luego, como judía, tiene que esconderse y logra huir a América. Sólo que un temperamento como el suyo se adapta mal a vivir en una tierra, en el fondo, demasiado tranquila.

Regresa a Europa, a Londres, donde se combate y se sufre. Estamos en 1942. Tampoco eso le basta; quiere “enro­larse’ en las filas de la resistencia francesa. No obtiene lo deseado, y se queda en Inglaterra. La vida que llevará desde este momento en adelante le va a ser fatal. Es internada en un hospital, agotada por el hambre y la tisis, muriendo allí en 1942, a los treinta y tres años de edad.

De ella puede decirse: “En todas las etapas de su breve historia humana vemos que hay en Si­mone la voluntad de restituir un equilibrio a la vida, amena­zada por el mal, con la oferta e incluso con el sacrificio de su personalidad. Esta actitud debe servir para entender me­jor el origen de algunas de sus posturas y para excluir, al mismo tiempo, cualquier aspecto político de sus acciones. Weil está siempre de parte de los oprimidos, de parte de quien va a perder y a ceder bajo el peso de la fuerza. Así se explica su presencia en las filas de los rojos españoles, su deseo de ir a pagar con su propia piel en la Rusia invadida por los alemanes. Y hay otra enseñanza suya: con esas ac­ciones parece querer sugerirnos una cosa de la que a menu­do nos olvidamos, a saber: que para dar vida a una partici­pación espiritual es necesario que esté fundada en la reali­dad, con su misma carga de sufrimientos y dolores. En otras palabras, es la noción católica de amor, que salva hasta la misma fe”.


De los Escritos de Sinione Weil
“Por encima de la infinitud del espacio y del tiempo, viene a asirnos el amor infinitamente más infinito de Dios. Viene a su hora. Nosotros podemos sólo acogerlo o rechazarlo.

Si nos hacemos los sordos, él vuelve continuamente como un mendigo; pero un día, justo como un mendigo, ya no vuelve.

Si damos nuestro asentimiento, Dios deposita en nosotros una pequeña semilla y se va. Desde ese momento Dios ya no tiene nada que hacer y tampoco nosotros, sino espe­rar. Debemos únicamente no arrepentimos del consentimiento dado, del sí nupcial. Ello no es fácil como parece, pues el crecimiento de la semilla es doloroso. Además, por el mero hecho de aceptar este crecimiento, ya no podemos dejar de destruir todo cuanto lo dificultaría, o sea arrancar las malas hierbas, la grama; desafortunadamente, la grama forma parte de nuestra misma carne, de modo que estos cuidados de jardinería son una operación violenta. Con todo, la semilla, a pesar incluso de estos cuidados, crece ella sola. Llega el día en que el alma pertenece a Dios; ese día el alma no sólo asiente al amor, sino que amará verdadera­mente, efectivamente. Y entonces, a su vez, deberá recorrer el universo para ir a Dios” (de La espera de Dios).
“Hay que hacer un esfuerzo, con mucho el más duro de todos, pero que ya no cae en el dominio de la acción. Es el de tener la mirada dirigida hacia Dios, enderezarla cuando se desvía, aplicarla a veces con toda la intensidad de que se es capaz. Esto resulta muy duro, porque toda la parte me­diocre de nosotros mismos, que es nosotros mismos, se sien­te condenada a muerte por esta aplicación de la mirada a Dios. ¡Y no quiere morir; fabrica todas las mentiras suscepti­bles de hacer virar la mirada!

Una de las mentiras es la del placer y la del dolor. De sobra sabemos que ciertas omisiones o ciertas acciones cau­sadas por la atracción del placer o por el temor al dolor nos fuerzan a desviar la mirada de Dios. Cuando nos dejamos resbalar creemos haber sido vencidos por el placer o por el dolor; pero a menudo ésta es una ilusión. Muy frecuente­mente el placer y el dolor sensibles son sólo un pretexto que la parte mediocre de nosotros mismos toma para separar­nos de Dios. Considerados en si mismos, el placer y el dolor no son tan potentes. No es tan difícil renunciar a un placer, aunque sea embriagador, ni someterse a un dolor incluso violento. Pero sí es infinitamente difícil renunciar a un lige­rísimo placer, exponerse a una levísima pena sólo por Dios, por el verdadero Dios, el que está en los cielos y no en otras partes. Porque cuando eso se hace no se llega al sufrimien­to, sino a la muerte. Una muerte más radical que la muerte carnal y que horroriza a la naturaleza.

La muerte de lo que en nosotros llamamos ‘yo’” (de Pensamientos desordenados sobre el amor de Dios).

TEXTO BÍBLICO


“Salió Jesús de allí Y fue a las fronteras del país de Tiro.

Entró en una casa y no quería que nadie lo supiera, pero no logró pasar inadvertido. Una mujer, cuya hija tenía un espí­ritu malo, se enteró de su llegada y fue en seguida a arrodi­llarse a sus pies. Esta mujer era pagana, de nacionalidad sirofenicia, y pidió a Jesús que echara al demonio de su hija. El le contestó: “Espera que se hayan saciado los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perri­llos”. Ella le respondió: “Señor, pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos”. Entonces él le dijo: “Vete; por lo que has dicho, el demonio ya ha salido de tu hija”. La mujer se fue a su casa y encontró a la niña acostada en la cama; el demonio se había ido”. (Mc 7,24-30).

HOMILÍ A
La figura y la vocación que nos introduce esta tar­de en la lectura del evangelio según Marcos es una personalidad más bien singular, casi excéntrica. Más de uno se habrá preguntado quizá por qué se la propo­ne públicamente a la atención de los cristianos.

Simone Weil es una judía que no se decidió nunca a bauti­zarse, y sus actuaciones han tenido rasgos de extre­mismo y hasta de belicismo. Durante la última guerra insistió, sin obtenerlo, para que la lanzaran en paracaídas detrás de las líneas alemanas y poder combatir como partisana, exponiéndose a una muerte segura. En los últimos días de su vida, enferma de los pulmo­nes, prácticamente se dejó morir de inanición, rehu­sando el alimento, oprimida al pensar que sus connacionales en Francia sufrían hambre.

Una persona, pues, que vivió el sufrimiento casi de manera espasmódica: los sufrimientos suyos y, sobre todo, los que se apropió de los demás. Tampoco en los escritos, tan numerosos, encontramos un pensamiento ordenado y equilibrado; se trata de anotaciones frag­mentarias, a veces incompletas, a menudo paradójicas. La muerte precoz le impidió ordenar aquel volcán de ideas, de sentimientos y de gestos diversísimos que fue su vida.


Entonces, ¿por qué reflexionamos sobre ella para acercarnos a contemplar la escena evangélica de la mujer que pide insistentemente a Jesús la curación de su hija? Más todavía, ¿qué tiene que ver Simone Weil con nuestro camino, que lleva por título “Palabra-Eucaristía-Vocación”? ¿Qué tiene que ver con todo esto la joven mujer judía?

Quisiera subrayar alguna de las características de Simone Weil que nos permitirán comprender mejor el significado de su existencia para nuestra búsqueda vo­cacional y nos encaminarán en la lectura del paso de Marcos que podemos titular “La mujer incansable” o bien “La búsqueda imparable del bien”.



Características de Simone Weil
1. Ante todo, Simone Weil es judía. Su enraízamiento en el pueblo santo de Dios, al que tantos dones divinos se le han concedido, no se manifiesta primaria­mente con actos externos de culto judío realizados por ella, sino más bien por aquella virtud fundamental que Simone Weil denomina atención y que es, según mi modo de ver, una versión moderna, en clave psicológi­ca, del tema hebreo-bíblico de la escucha.

En toda el ansia de búsqueda de la verdad que re­corre espasmódicamente cada instante de la vida de esta mujer se nota que consideraba el bien del hom­bre no como un bien que producir, sino como un bien que recibir y que acoger; un bien que viene de Dios. De parte del hombre se requiere la atención, el doble­garse humildemente a Dios y a todas las personas y situaciones que pueden traer un eco de la palabra de Dios.


2. Esta característica de atención constante a Dios, a su Palabra, al hombre, al pobre, engendró en ella, como consecuencia, un fortísimo sentido de la vida como vocación, vida determinada por Alguien que lla­ma y al cual es necesario responder.
Escribe así una biógrafa de Weil: “Tras meses de tinieblas interiores, casi una crisis de desesperación, entre los catorce y los quince años intuyó que a cual­quier ser humano, incluso con facultades naturales casi inexistentes, le está reservada una plenitud de ver­dad”.

Simone, pues, capta el camino de una vocación universal fundada no en el privilegio, la belleza, la ca­pacidad de imponerse, el prestigio humano (que ella tanto apreciaba), sino una vocación para todos, inclu­so para los más pobres, para los aparentemente más desechados. “Y estableció que eran tres los caminos a través de los cuales un ser humano puede alcanzar esa plenitud: el deseo de la verdad, el perpetuo esfuerzo de atención, la obediencia a la propia vocación”. La obe­diencia a la propia vocación será el resorte de toda su existencia, de una búsqueda que no se para ni siquiera con la agonía.


3. Un tercer motivo de que nuestra atención se fije en esta figura singular de testimonio de nuestro tiempo es que Simone Weil sintió una irresistible atracción hacia la Eucaristía, si bien nunca se hizo for­malmente cristiana y católica. Sus páginas sobre este sacramento, en particular sobre la adoración eucarís­tica, son de las más tiernas y apasionadas escritas so­bre el argumento en nuestro siglo. En los últimos tiem­pos de su vida decía: “Experimento un creciente e intenso deseo de la comunión”. Pero luego se veía im­pedida a dar el último paso por una serie de prejuicios en parte históricos, en parte sociológicos, que la condi­cionaban continuamente, llevándola a reflexionar sin fin acerca de una decisión que para ella era atormen­tada y difícil.

Así pues, lo que leo en Simone Weil es la actitud de búsqueda incansable que caracteriza a tantas figuras de mujer en el evangelio.

La búsqueda llorosa de Ma­ria de Magdala junto al sepulcro del Resucitado, una búsqueda tan afanosa que le impide incluso reconocer a Jesús; la actitud, desganada y resistente en un primer tiempo, de la samaritana, que se vuelve luego atención y entusiasmo por el Señor; la búsqueda incansable de la Virgen Maria cuando Jesús se les escapa a ella y a san José para quedarse en el templo, en la casa de Dios.
La mujer sirofenicia
De los diversos pasos evangélicos que podrían esco­gerse para meditar, a la luz de la Palabra, el mensaje de Simone Weil, he preferido el de la mujer sirofeni­cia en el texto según Marcos, porque esta mujer, que estaba, como Simone Weil, fuera de los confines de la ortodoxia visible del pueblo elegido, ha expresado, con más fuerza y acierto que Simone, una búsqueda in­cansable, una capacidad sin límites de penetrar en el corazón de Dios.

Paso sumariamente por el texto evangélico, llaman­do la atención sobre los elementos sustentantes, para hilvanar luego alguna reflexión que nos interpele.

En una primera lectura, el paso tiene su centro en un diálogo, que se inicia en un discurso indirecto: “La mujer pagana le rogaba que echase al demonio de su hija” (Mc 7,26). Luego el discurso se hace directo y se abre con una frase durísima y tajante de Jesús: “Espe­ra que se hayan saciado los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos”. Palabras que no hubiéramos osado imaginar como dichas por Jesús.

La respuesta de la mujer es digna, humilde, pero a la vez insistente y segurísima: “Sí, Señor; pero también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos”. A este punto el diálogo se conclu­ye con la perentoria frase de Jesús: “Anda, vete, pues por lo que has dicho el demonio ya ha salido de tu hija”.

En su estructura, este diálogo es combativo y dra­mático. Recuerda la página genesiaca de la lucha de Jacob contra el ángel (Gén. 32,26-33), o la de María y Jesús en las bodas de Caná, donde hay también una negativa inicial, al menos aparente, y una insistencia segura de la Madre del Señor.

El paso de Marcos está en un contexto de capítulos (6-7-8) digno de particular atención: en ellos se nota una cierta desgana y cerrazón a la Palabra por parte de los apóstoles (“Tenían la cabeza dura”, 6,52) y más palabra de Dios con la tradición qué habéis transmiti­do”, 7,13). ¡Hombres que vaciaban la Palabra!

En torno a la mujer que implora, que suplica no obstante el apa­rente rechazo, que pide las migajas tras una respuesta que podría sonar a ofensa, está, en este capítulo del evangelio, la imagen de los hartos, de aquellos que no necesitan entender, que ya lo saben todo. Los que no prestan atención (según el lenguaje de Simone Weil) y a quienes Jesús dice: “¿Todavía no han entendido ni comprendido? ¿Tan cerrados son? ¿Teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos recogieron cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?” (8,17-18). Los apóstoles, los sabi­hondos, los inteligentes, los escribas, no entienden, no comprenden y no profundizan; en cambio, la mujer es símbolo del pobre, del pobre como esperanza del evangelio y de la Iglesia, del pobre que tiene el corazón abierto, que sabe lo que quiere, que sabe desear y apreciar las migajas y las pide con insistencia y humil­dad. La mujer es el símbolo del pobre que abre y des­cubre el corazón de Dios.

La búsqueda del verdadero rostro de Dios y del hombre
La rápida relectura del texto nos dice, para medi­tarlo, que la palabra humana es poderosa.

Es extraño el elogio que hace Jesús en la conclusión de la página evangélica cuando dice: “Vete, pues por tus palabras ya ha salido de tu hija el demonio No dice: “por mi fuerza, por mi poder, por mi capaci­dad de curar”, sino: “por tus palabras’l Es un elogio formidable de la palabra humana, cuando ésta se hace expresión de una fe que penetra allende la nube y allende las apariencias.

Jesús se mostró duro, aparentemente rehusó; pero la mujer entendió que había, más allá de las aparien­cias, una epifanía divina, la misericordia que no se re­siste a la palabra de la fe. Del lado psicológico, podría­mos decir que Jesús se sintió entendido; o, más teoló­gicamente, que Dios se sintió amado, sintió que al­guien tenía en él una confianza incondicionada, que la mujer superaba la prueba de la oscuridad y del re­chazo, entendiéndola como prueba de amor; sí, que la mujer creía perdidamente en el amor. Creía porque amaba perdidamente a su hija. Todo su discurso es para su hija, “Mi hijita, mi niña”, no para la mujer. Ama a la hija y no pide para sí misma, sino para otro ser humano; es la imagen del hombre preocupado por los demás hombres, de la Iglesia preocupada por la humanidad.

Es la imagen de la pasión de la búsqueda, de la atención que cada hombre, cada mujer, está llamado a tener por el verdadero rostro de Dios y por el rostro del propio hermano, de la propia hermana en miseria, en dificultades, en sufrimiento.

Esta pasión, esta búsqueda incansable, brilla en la vida de Simone Weil. El paso de Marcos, releído a la luz de un testigo de nuestro tiempo, nos dice que las grandes empresas humanas (y la vida de cada uno de nosotros es una gran empresa: responder de nuestra vida y la de nuestro hermano Abel) requieren una in­cesante búsqueda, uno de cuyos signos, o símbolos, o ejercicios es la incansable oración adoradora por la humanidad enferma.

De esta búsqueda nos da ejemplo el papa Juan Pa­blo II, que en estos días está realizando un viaje en busca de aquella humanidad hambrienta y oprimida que él lleva dentro de su corazón. El Papa vive la experiencia de esta mujer del evangelio, y su pasión no puede te­mer desilusiones, instrumentalizaciones, repulsas, amarguras o amenazas. También él es un testigo de nuestro tiempo.



Preguntas para nosotros
¿Qué nos dicen la figura de Simone Weil, de la mu­jer sirofenicia, la figura del Papa en búsqueda in­cansable?

Nos dicen que no hay camino vocacional, no hay capacidad de encontrar el propio puesto en la vida sin esta búsqueda que supera las nubes del contraste, de la desgana, del silencio mismo de Dios. Podemos, pues, para concluir, plantearnos estos tres interrogantes:


a) ¿Estoy buscando con decisión? ¿Estoy buscan­do la oración, con la perseverancia incluso en la oscu­ridad, con la petición de consejo y con la apertura a los demás? ¿Estoy probándome en cosas arduas y difí­ciles para conocer, en el sacrificio, mi llamada?
b) ¿Me desanimo en esta búsqueda? Y ahora la pregunta se vuelve oración: “Señor, Tú sabes qué pronto nos cansamos de buscar; si hubiéramos estado en lugar de la mujer sirofenicia, tras el primer rechazo nos hubiéramos ido diciendo que ni siquiera Tú nos has entendido. Danos la cordura de saber acusarnos a nosotros mismos por no entender tu corazón, por no tener la fe para forzar la nube, por no entender que Tú quieres que te entendamos
c) ¿Qué rasgo podría expresar ahora mi voluntad de búsqueda? ¿Quizá un gesto de renuncia o de peni­tencia en el tiempo cuaresmal, quizá un rasgo de bene­volencia o de perdón? ¿Quizá un gesto de justicia a favor de una causa, de algo que debemos defender o sostener?
La Virgen María nos ayude en esa búsqueda ince­sante, la única de donde nace la certeza de aquello a lo que estamos llamados; la Virgen nos haga comprender qué precio tiene la búsqueda del verdadero rostro de Dios y del rostro humano.

LA CIUDAD DE DIOS

EN LA CIUDAD DEL HOMBRE

Giorgio La Pira

RASGOS BIOGRÁFICOS: GI0RGI0 LA PIRA


Giorgio La Pira nació en Pozallo, provincia de Ragusa (isla de Sicilia), en 1904. Fue profesor de Derecho romano en la Universidad de Florencia, y en 1938 fundó la revista Principi (= Principios), muy pronto suspendida por la autori­dad, dada su abierta profesión de fe antifascista. Con Dossetti, Lazzatti y Fanfani compartió la experiencia de otra revista, Cronache Sociali (= Crónicas sociales), portavoz de la izquierda democristiana en los años de De Gasperi. Fue uno de los padres de la Constitución de la República italiana, alcalde queridísimo de Florencia y promotor de memorables iniciativas encaminadas a promover la paz y amistad entre los pueblos.

Victima de grave enfermedad, murió en Florencia el 5 de noviembre de 1977. En la homilía de su funeral, el car­denal Benelli dijo, entre otras cosas: “Este hombre, que lle­vaba siempre y por doquier sonrisa y confianza, con una naturalidad juzgada facilonería por algunos, pero que, en cambio, era fruto de su íntima unión con Dios mediante la oración, la contemplación, la pobreza más absoluta y el es­tado de gracia que emanaba de su rostro; este hombre tuvo su pesado fardo de sufrimiento, ineludible, por lo demás, para todos cuantos se comprometen seriamente con Cristo y con la verdad”.



De una “Introducción” de G. La Pira
“Estas páginas exigen que se saboree el intimo fondo re­ligioso, teológico y metafísico en que se apoyan las actuacio­nes políticas características del compromiso social de Pier Giorgio Frassati .

Para un lector poco atento a las vitales propulsiones y fermentos que son esenciales en el cristianismo, este inmis­cuirse tan acentuado en las cosas del mundo en general y de la política en particular podría confundirse con un sínto­ma de poca interioridad y de poco desapego —como suele decirse— de la tierra y de sus valores.

¿Cómo aceptar entonces la tesis que considera a Pier Giorgio como una auténtica flor de gracia y de incontami­nación?

¡Pero bueno!, ¿una santidad tan desparramada entre mil distracciones de una vida acentuadamente política? Si cabe admitir un sello de autenticidad cristiana interior en el ejer­cicio de caridad exigido en las Conferencias de San Vicente o, incluso, en cierta medida, el exigido en la Acción Católica —la FUCI, Federación de Universitarios Católicos Italianos, ¿cómo conceder este sello de autenticidad a una ac­ción amplia y profusamente dedicada al Partido Popular Italiano y a la prensa y a la propaganda política correspon­dientes?

¿No hay en todo esto una zona de sombra que hace de pantalla al esplendor de la gracia y al fervor íntimo de la oración? ¿No hay en ello un obstáculo a la libre expansión de la gracia y de la inocencia? ¿No queda así lesionada la radical pureza del alma —toda ella penetrada de Dios y de los valores eternos—, en la que consiste la esencia misma de la santidad?

Gratia non destruit, sed peficit [la gracia no destruye, perfecciona]: la luminosa claridad tomista se proyecta así en todo el tejido de las cosas humanas: valores íntimos y constructivos de la persona, valores de la familia, valores del trabajo y de la economía, valores de la técnica, valores de la política, valores sociales, valores de la cultura, del arte, de la poesía, todos los valores que el cristianismo no recha­za como si se tratara de elementos extraños a su estructura; muy al contrario, son elementos en cierto modo estructura­les del cristianismo, ya que éste, en fin de cuentas, no es sino el tejido mismo de esos valores purificado y fermenta­do por la gracia, para llegar, al final de los tiempos, a ser definitivamente asumido y perfeccionado en la gloria […]

Hay miseria, hay desempleo, hay escasez de casas y de asistencia: ¿proveerá la caridad de las Conferencias de San Vicente? Sin duda, es el primer acto dulcemente misericor­dioso, samaritano, de una restauración que debe, empero, ir más lejos: son problemas que entrañan siglos de pensamien­to, siglos de lucha, y que evocan nombres y fechas funda­mentales de la historia cristiana.

¿Entonces? ¡Pues hace falta comprometerse en ellos! Y hay que echar mano de los instrumentos, por muy ineptos y dispersivos que sean: el partido, los comicios, las elecciones, la prensa y cosas por el estilo.

¿Son instrumentos peligrosos también para la vida del espíritu? Ciertamente, ¡demasiadas veces se manejan no muy bien! Pero en determinadas situaciones son los únicos instrumentos que permiten lograr los fines: trabajo a quien le falta, casas a quienes las necesitan, asistencia a quien la pide.

¿Cómo podríamos transcribir en las estructuras sociales, po­líticas y económicas del Estado los intentos de fraternidad, esenciales para el cristianismo, si no te interesas por esas estructuras? ¿Si no las renuevas cuando son viejas o des­acertadas?

¿Cómo fermentar cristianamente el mundo —y formar, por tanto, una civilización cristiana y una sociedad cris­tiana— si esas estructuras escapan a tu acción orientadora sobre ellas?

Santo Tomas lo ha dicho con mucha claridad: la cons­trucción política es una verdadera arquitectura del bien co­mún, construye, en el orden de las cosas humanas, la cons­trucción máxima.

Arquitecturas liberales, socialistas, marxistas, cristianas:

¡cuántos problemas se le plantean a quien se asoma a este campo tan combativo de la vida política!

Este es el cuadro donde hay que enmarcar la actividad de Pier Giorgio; los episodios políticos de su joven existencia hay que colocarlos sobre este fondo; adquieren relieve en este conjunto. Son el fruto operoso de aquel levate oculos vestros et videte (levanten los ojos y vean) a que nos invita con tan delicado y a la vez enérgico amor el evangelio.

Mirados con esta luz, todos esos episodios se iluminan: se en­tiende la participación en el Partido Popular, se entiende la vocación de ingeniero de minas, se entienden todas las otras manifestaciones de carácter político ~ social, pues son caras de un mismo prisma.

Y el prisma está constituido por una sola cosa: la con­ciencia de la propia misión cristiana en el mundo [...]

La pregunta planteada al comienzo queda, pues, acla­rada.

¿Contraste incurable entre la vida interior de gracia, de oración y de unión con Dios, y una vida exterior que se consuma en las estructuras, desafortunadamente siempre tan oxidadas, de la vida política?

¡Ni pensarlo!, porque el problema no debe plantearse partiendo del contraste, sino, al contrario, partiendo del real fondo religioso, teológico, metafísico, en el que se enraíza esta vida. Y que consiste en esto: en la pureza, en la sobre­natural claridad de este centro interior de referencia al que esta actividad me reconduce y del que brota [...j

Murió pronto Pier Giorgio; tenía apenas veinticuatro años: plugo al Señor tenerlo junto a sí, cercano, en el paraí­so; junto a la Virgen, a los ángeles, a los santos.

El plan esbozado de una joven existencia, que tenía sólo a Dios como luz, como vida y como orientación, ha servido para revelar a muchos el valor de misión que la vida tiene para todos: insertar el cielo en la tierra, la luz en las tinie­blas, la gracia en la naturaleza, ¡la ciudad de Dios en la ciu­dad del hombre!”

TEXTO BÍBLICO


Al subir a la barca Jesús, el que antes había estado ende­moniado le pidió ir con él. Jesús no le dejó, sino que le dijo:

Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo”. El se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había he­cho con él, y todos se admiraban (Mc 5,18-20).

HOMILÍA
Para comenzar diré una palabra sobre los dos pro­tagonistas de esta tarde; luego haremos un poco de lección del paso de Marcos, tratando de evidenciar al­gunos elementos importantes; finalmente sugeriré al­gún punto de meditación, de reflexión acerca de los valores que el texto bíblico nos comunica.


Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati
Las dos figuras vocacionales que consideraremos son Giorgio La Pira y, a través de sus palabras, Pier Giorgio Frassati.

Tuve contactos con La Pira sólo unas pocas veces y siempre en el marco de los encuentros con el mundo judío, pues él nutría un gran amor al pueblo palestino, al pueblo árabe y, precisamente por eso, un grandísi­mo amor al pueblo judío y al Estado de Israel. Recuer­do sobre todo la luminosidad de sus ojos, de la sonrisa, y la capacidad de comunicar gozo, de comunicar paz. Usando las palabras de las que él se ha valido para describir a Pier Giorgio Frassati, yo la denominaría pu­reza, sobrenatural claridad, que dejaban entrever un centro interior bajo el cual se percibía un fondo divino. Será él, La Pira, quien nos introduzca en la comprensión de la palabra del evangelio de Marcos.

Ya había muerto hacia unos años Pier Giorgio Frassati cuando yo frecuenté, en Turín, el colegio de que él había sido alumno; pero todavía se hablaba de él. Y me parece hermoso que estas dos figuras, a tra­vés de lo que uno dice del otro, se junten; pues tienen una enseñanza única que transmitirnos, una enseñan­za que no es sólo cosa del pasado. Pensamos en ellos como personas vivas, aunque hayan muerto; como personas que, justo ahora, por la fuerza de la resurrec­ción de Cristo, tienen atenciones actuales y precisas sobre nuestra sociedad. Por nosotros rezan y con nos­otros adoran la Eucaristía. Nos preparamos, pues, al Congreso Eucarístico pidiendo a estos testigos de la fe en su tiempo, que ha sido también el nuestro, que nos ayuden y nos dispongan para que la Eucaristía mues­tre su fuerza de llamada en nosotros y en el mundo contemporáneo.

El texto evangélico
Del paso de Marcos he escogido sólo el final del episodio del endemoniado curado, porque es la parte más interesante para nuestra reflexión.

Mientras Jesús se vuelve a la barca, el endemonia­do curado “le pedía ir con él”. Tenemos ante todo una oración: este hombre quisiera estar con Jesús. En el original griego, las palabras son las mismas que Mar­cos ha usado ya en 3,14, donde se dice que Jesús desig­nó a los Doce “para que estuvieran con él”. La expre­sión “estar con él” describe la vocación apostólica, el ir con Jesús itinerante para ser enviados luego por él:

describe la llamada de los Doce, de quienes participan continuamente en el ministerio del Maestro y están con él en la función de la Iglesia, es decir, los após­toles.
Así que el hombre curado pide formar parte del grupo, y recibe una respuesta dura que nos recuerda otras respuestas duras; por ejemplo, la proporcionada a la mujer cananea, sobre la que meditamos la pasada vez. El evangelista Marcos dice: “No le dejó” estar con él, o sea formar parte de quienes abandonándolo todo le seguían viajando por Palestina. La dureza de la respuesta se ve mejor si la comparamos con 5,37, cuando Jesús está para entrar en la casa de Jairo, cuya hija ha muerto, y “no permitió que le acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan”. Quizá había mucha gente que quería entrar, tal vez por curiosidad; pero Jesús distinguió: estos tres, sí; los demás, no.

El mismo verbo griego usado por Marcos en el ver­sículo 37 y para el endemoniado de Gerasa que quería seguirle, volvemos a encontrarlo en 1,35: Jesús “no de­jaba hablar a los demonios porque le conocían”. Jesús establece, pues, una delimitación neta: esto no es para ti, no es ésta tu vocación. Es una toma de posición ne­gativa respecto a la vocación que uno pensaba tener.

Podemos imaginar la decepción de este hombre, que quisiera, lleno de reconocimiento por la curación, dejarlo todo y seguir a Jesús, llegando a ser apóstol, un enviado a todo el mundo. Pero hemos de examinar atentamente las palabras que siguen al rechazo: “... le dijo: ‘Vete a tu casa con los tuyos y cuéntales todo lo que el Señor, compadecido de ti, ha hecho contigo’. El se fue y comenzó a publicar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y todos se admiraban”. Son palabras para meditar, pues describen la vocación de uno que, aun no siendo llamado como los Doce, tiene una vocación de verdadero seguimiento de Cristo y, en realidad, participa muy estrechamente de una lla­mada. El evangelista usa un lenguaje muy preciso:

¡Vete!. de alguna manera es un envío misionero, la or­den para una misión.

¿Qué misión? Anuncia; y el verbo siguiente descri­be lo que debe hacer: proclama. “Anuncia y proclama”.

Anunciar y proclamar son términos típicos de la activi­dad evangelizadora de la Iglesia. Y eso sin ser misione­ro, sin haber sido llamado —pudiéramos decir hoy— a una vocación de entrega total (o sea, dejando casa, familia, oficio): aquel hombre recibe una verdadera y auténtica misión de evangelización. El kerigma se le confía también a él: “¡Anuncia, proclama!”

¿Qué anuncia y proclama? “Lo que el Señor, com­padecido de ti, ha hecho contigo”. La proclamación se ciñe estrictamente a su propia persona; él proclama con la novedad de su propia vida, con su modo de ac­tuar, con el cambio experimentado. Proclama con tal novedad que su incapacidad precedente de comuni­car, de trabajar, de hacerse útil, ahora es capacidad de comunicar, de trabajar, de hacerse útil.

Hay, finalmente, otro aspecto determinante, carac­terístico, para captar el significado de esa vocación:

“Vete a tu casa con los tuyos”. Y, añade el evangelista, “comenzó a publicar por la Decápolis”. El, por el man­dato que ha recibido, no debe abandonarlo todo, como Pedro, Santiago, los apóstoles; se le envía a su casa, “con los tuyos”. En su ambiente, en su realidad de vida, en su realidad de trabajo, en su sociedad y en su ciudad, la Decápolis, sociedad y ciudad paganas, ahí se le manda al geraseno proclamar la misericordia de Dios.



La vocación laical
Hemos descrito así algunas características de lo que podríamos llamar vocación laical. Hay en la histo­ria de la salvación vocaciones que no son idénticas a la de los Doce (las futuras vocaciones sa­cerdotales, religiosas), sino que se manifiestan en su casa, en su trabajo, como verdadera respuesta a un mandato de Jesús, como verdadero anuncio del Reino.

Es la vocación laical en la Iglesia que Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati tuvieron y vivieron; sin abandonar la propia condición de vida, se presentaron en ésta como signo de la misericordia de Dios. Las vo­caciones laicales en sentido propio no son meras mi­siones; son verdaderos caminos de santidad que plas­man en la historia figuras de gran valor, de relieve moral, social, teológico, sobrenatural.

Así se explica el atractivo de La Pira y de Pier Gior­gio Frassati; ellos son, gracias a Dios, ejemplo y van­guardia de una multitud. ¡Cuántos otros podríamos enumerar! Difuntos que hemos conocido de cerca, y otros vivos aún entre nosotros, personas capaces de expresar la fuerza del reino de Dios en todos los cam­pos del obrar humano.

El texto tan hermoso de La Pira que hemos escu­chado, y que les invito a releer y reconsiderar, arranca de la intuición profunda de que cada bautizado parti­cipa de una vocación. Aun cuando no se dé la llamada a seguir a Jesús en un compromiso de entrega radical, dejando trabajo y casa, puede haber caminos de ful­gurante santidad, caminos necesarios para manifestar toda la fuerza bautismal.



Preguntas para nosotros
También nosotros, también ustedes, pertenecemos todos a esta multitud de testigos de Cristo, testigos de la fuerza de la misericordia de Dios. Cada uno debe escuchar la propia llamada. Les dejo a ustedes el refle­xionar principalmente sobre el interrogante central del paso que hemos leído: ¿Cómo podrías transcribir en las estructuras sociales, políticas y económicas del Es­tado los intentos de fraternidad, esenciales para el cristianismo, si no te interesas por esas estructuras?
¿Si no las renuevas cuando son viejas o desacertadas? ¿Cómo fermentar cristianamente el mundo —y for­mar, por tanto, una civilización cristiana y una socie­dad cristiana— si esas estructuras escapan a tu acción orientadora sobre ellas?”

Partiendo de estos interrogantes, os propongo res­ponder a tres preguntas:



a) ¿Qué he pensado hasta ahora al respecto? ¿Cuál ha sido mi mentalidad, mi modo de pensar a este propósito?

b) ¿Cómo me he regulado en la práctica respecto a estos interrogantes?

c) ¿Qué me sugiere hacer Jesús, el Señor, cuando me encuentro ante él en adoración, en su misterio eucarístico, que desea atraer hacia sí no sólo mi vida, sino la de todos los hombres del mundo?

Pidamos a la Virgen, de quien Giorgio La Pira y Pier Giorgio Frassati eran tiernamente devotos, que nos ayude a escuchar la palabra que Jesús quiere de­cirnos. Pidámosle a ella que nos haga capaces de escu­char esa llamada, la que sea, y que nuestra respuesta se traduzca en salvación para muchos hermanos nuestros.



LLAMADOS A SER UNO EN CRISTO
Roberto y Cristina

Para el último encuentro de la “Escuela de oración” de este año hemos escogido la reflexión sobre la voca­ción fundamental: la vocación al matrimonio.

Y nos ha parecido útil acudir al testimonio directo de una pareja de jóvenes novios que celebrarán den­tro de poco su matrimonio.

TESTIMONIO DE DOS NOVIOS


“Quisiéramos comunicaros, con sencillez, nuestra expe­riencia, comenzando por decir que la vocación matrimonial no hace sino especificar la vocación original del bautismo por la que estamos llamados a ser hijos de Dios.

La primera sorpresa para nosotros ha sido la dinámica de esta vocación. Esta no se nos ha presentado nunca como una relación de amo a criado, de jefe a subalterno. Dios llama, pero no grita, no manda.

Nosotros hemos sentido, en esta llamada, toda la iniciati­va de Dios y, al mismo tiempo, de un modo que no sabemos expresar, toda nuestra libertad: las indicaciones de Dios y también nuestra decisión.

Si releemos hoy la historia de nuestro encuentro, éste nos parece, por una parte, un milagro, algo pensado y queri­do por Dios; y, por otra parte, una libre atracción, una elec­ción no dirigida, una resolución individual y espontánea.

En la vocación, en toda vocación, la sabiduría de Dios - así lo pensamos - hace coexistir misteriosamente su vo­luntad y nuestra libertad.



La segunda sorpresa fue que nuestra vocación no era para hacer algo. Era principalmente una llamada a ser al­guien; pues Dios no es uno que ofrece empleo. Ahí está, en­tre los muchos ejemplos evangélicos que pudiéramos poner, el ejemplo de Zaqueo. Tras haber encontrado al Señor y haberse hecho un “hombre nuevo”, no tuvo necesidad de pensar qué debía hacer. Más bien Zaqueo no pudo por me­nos de ser esa criatura nueva en que se había convertido, pues su vida había cambiado. Y desde ahí hizo grandes obras.

¿Qué debíamos ser nosotros dos?, nos hemos pre­guntado.

Debíamos ser amor; mejor, nuestra existencia a dúo en el Señor —en el lenguaje de Pablo, “en” el Señor equivale a “con” el Señor— debía hablar de amor a los hombres.

Hablar de amor a los hombres quiere decir hablar de Dios, pues Dios es amor. Nuestro amarnos —evidentemente, no es ésta una cosa que se pueda hacer— debía y debe ha­blar de Dios a los hombres.

Un sacerdote amigo nuestro suele expresar así esta idea:

“Dios no ha encontrado un signo más hermoso para decirse a los hombres que el amor de un hombre y de una mujer”.

Este es el talento que se nos había dado y con el que había que negociar ante todo. El ministerio conyugal es cla­ramente uno de los ministerios peculiares e insustituibles en la Iglesia, pues sólo por la pareja en cuanto tal puede ser ejercido: dos hechos una sola cosa en Cristo por obra del Espíritu de Amor, el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo y a los dos a su Iglesia. De tan gran misterio de amor son signo los esposos.

Una cosa vimos en seguida clara, mientras lo demás he­mos ido descubriéndolo por el camino: que una vocación de esta importancia no se puede absolutamente improvisar. Debíamos dedicarle nuestras mejores energías o, más exac­tamente, nuestra existencia completa.

Debíamos dar tiempo a la “pareja” para permitirle nacer como una nueva perso­na” y no ya como la suma de dos. Sentimos la necesidad de crear una espiritualidad, o sea un estilo de vida, que marca­se las etapas y modalidades de nuestro camino y que, en cotejo con la Palabra de Dios, no dejara sin respuesta el problema de la oración, diese una impronta a la vida afecti­va y sexual, produjera una opción de pobreza y, por fin, asu­miera nuestra condición de laicos. De laicos enteramente hijos de la Iglesia y profundamente compañeros de los hombres.



En breve nos casaremos. La prudencia y la falta de expe­riencia nos aconsejarían callarnos; pero pensamos que el matrimonio cosecha los frutos del noviazgo.

Aun sabiendo que estrenaremos una realidad del todo nueva y diversa; aun haciendo desde ahora proyectos sobre nuestra familia —proyectos de apertura, de hospitalidad, de sobriedad en el uso de las cosas, del dinero; proyectos de acogida de los hijos que queremos tener, proyectos de asun­ción plena de nuestra condición laical—, la única profecía que osamos hacer es que el matrimonio no podrá sino se­guir en continuidad con el noviazgo y llevar a termino el camino que ahora estamos recorriendo.

Hemos deseado contarles nuestra experiencia y nuestro intento de vivir en conformidad con el evangelio para testi­moniaros esta convicción: el matrimonio radicalmente vivi­do en el Señor y con el Señor es un camino de santidad, algo necesariamente creativo y con mucho que decir a los hombres, nuestros hermanos.

También esto hemos de agradecérselo al Señor, dador de todo bien y de toda gracia.



Cristina y Roberto

TEXTO BÍBLICO


Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, la madre de Jesús estaba allí. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y como faltase vino, dijo a Jesús su madre: “No tienen ya vino”. Jesús contestó: “Mujer, ¿cómo se te ocurre? Mi hora aún no ha llegado”. La madre, empero dijo a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Ha­bía allí seis tinajas de piedra de unos cien litros cada una para las abluciones de los judíos. Jesús les dijo: “Llenen de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta los bordes. Añadió:

Ahora saquen y lleven al maestresala”. Se lo llevaron. Apenas el maestresala probó el agua convertida en vino (sin saber de dónde venía, aunque sí lo sabían los sirvientes, pues la habían sacado ellos), llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo sirve al principio el mejor vino, y cuando la gente está bebida, el inferior. Tú, al revés, has guardado el buen vino hasta ahora”. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús princi­pio a sus señales, manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2,1-11).

HOMILÍA
Tratemos ante todo de reflexionar sobre nuestra si­tuación presente.

Esta meditación es la primera que hacemos tras el Congreso Eucarístico y la visita del Papa, y me parece que es posible ver un nexo entre la “Escuela de oración” que hemos vivido este año y esa gran escuela de oración popular, masiva, que ha sido el Congreso.

Creo que si ahora debemos agradecer al Señor por­que el Congreso ha resultado sobre todo rico de ora­ción popular, se debe también a ustedes, a estos en­cuentros que desde hace ya tres años los han ido acostumbrando a rezar y a adorar juntos el misterio de Dios.

El Papa quedó especialmente impresionado por el espíritu de oración y de adoración que se notó en la gente, a pesar de las circunstancias atmosféricas, tan adversas a veces, que hicieron más relevante aún la decisión de venir a adorar.

Esta tarde concluimos el año de encuentros sobre el tema “Palabra-Eucaristía-Vocación’ Hemos consi­derado diversos tipos de vocación a la luz de la Euca­ristía, entendiendo por vocación no sólo las llamadas a estados particulares de vida, sino también las modali­dades que entran en toda auténtica búsqueda.

Hemos reflexionado sobre la llamada a dar la pro­pia vida por el hermano en la figura de Maximiliano Kolbe; sobre la llamada típicamente contemplativa su­frida en la noche oscura de santa Teresa del Niño Je­sús; sobre la llamada a ser hermano universal en Char­les de Foucauld; sobre la vocación a la búsqueda incansable y apasionada de la Verdad, aun cuando ésta es tocada apenas de cerca, en la figura de Sin’zone Weil, y sobre la vocación política, en la figura de Gior­gio La Pira.

Pero hasta ahora todas nuestras meditaciones han estado centradas en vocaciones individuales. Esta vez, en cambio, se habla de vocación a dúo, donde dos per­sonas pueden decir: ésta es nuestra vocación, la mía y la tuya a la vez. Es la vocación esponsal, matrimonial, signo de toda llamada a “ser juntos”.

En definitiva, signo de la Iglesia, signo de la hu­manidad llamada a ser uno en Cristo, signo de todos los hombres y de todas las mujeres llamados a ser una sola cosa. En el misterio de dos personas, hombre y mujer, que constituyen una cosa sola, se expresa, pues, el misterio de la vocación de la Iglesia y de la hu­manidad.

Varias veces la Escritura habla de este misterio, si bien frecuentemente lo hace de forma parabólica, dra­mática, simbólica. Seria interesante examinar algunas páginas del Antiguo Testamento donde se cuentan his­torias de noviazgo, o sea de búsqueda por parte de dos personas de su vocación única. Pienso en las pági­nas del Génesis sobre Isaac y Sara, sobre Jacob y Re­beca; pienso en el Libro de Tobías, de Rut, en el Cantar de los cantares: todas esas figuras podríamos meditar-las como búsqueda de una vocación a dúo, con los azares que la preparan, la oscurecen, la hacen difícil, dramática, entusiasmante, maravillosa, constructiva, sufrida.

Las bodas de Caná
Hemos elegido, en cambio, un episodio del Nuevo Testamento, tomado del capítulo 2 de san Juan: el milagro de Caná. Aparentemente, el matrimonio está como en los aledaños del relato: se trata de unos es­ponsales, pero no vemos las caras de los jóvenes no­vios ni sabemos sus nombres. Sólo al final se entrevé la figura del esposo, presentado casi como un tipo im­previsor y despistado, que vive una situación cuyo sen­tido no acaba de captar exactamente.

En realidad, este paso de Juan, como los otros de su evangelio, es un misterio muy rico; por ello os invito a releerlo para ir un poquito allende los hechos, para captar algunos de los múltiples significados tocantes justo al tema que nos interesa.

Para ello invocamos a la Virgen María, que juega un papel central en este misterio.

“Oh María, madre de Jesús, haz que comprenda­mos el misterio de la vocación al amor, escondido en­tre las líneas y la fuerza viviente del paso evangélico. Haz que captemos el sentido de las palabras pronun­ciadas, sin devaluarlas ni exagerarlas, saboreándolas en su autenticidad”.


Me gustaría detenerme sobre todo en tres frases del relato.

La inicial: “Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí”.

La central, pronunciada precisamente por María: “No tienen ya vino”.

Y la final: “Allí Jesús manifestó su gloria”, es decir, en este milagro hecho con ocasión de las bodas.

El misterio del tercer día
Partamos de las palabras iniciales, del misterio del tercer día. Juan, que nunca usa casualmente ninguna palabra, introduce el episodio que abre la serie de los milagros de Jesús y la manifestación de su gloria con la mención del tercer día.

¿Qué es el tercer día? El evangelio de Juan comien­za con la descripción de una intensa semana de acontecimientos, calculados casi día a día, hasta éste, que es el día último. Si leemos el capítulo 1, podemos fácil­mente recuperar los primeros días del ministerio de Jesús.

En el versículo 28 encontramos el primero, el día en que Juan Bautista anuncia la presencia de uno ma­yor que él.

“Al día siguiente”, dice el evangelista, o sea el se­gundo día, el propio Jesús entra en escena y es llama­do Cordero de Dios.

“Al otro día”, o sea el tercero, Jesús encuentra a dos discípulos y les dice: “Venid y veréis”, y los discí­pulos se quedaron con él todo aquel día desde la hora décima.

Por fin, “al día siguiente”, el cuarto, Jesús se encami­na hacia Galilea y encuentra a Felipe y Natanael. Aquí es donde empalma el evangelista: “Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea”. Si tenemos en cuenta que la frase bíblica “el tercer día” se traduce, en realidad, por “dos días después ‘incluyendo en el cómputo el primer día como uno de los tres, llegamos a colocar el episodio de Caná en el sexto día de la se­mana, que es el día de la creación del hombre y de la mujer.

Juan, que ha comenzado su evangelio con las mis­mas palabras del Génesis, “En el principio...”, nos hace recorrer una semana entera de acontecimientos, y el sexto día es éste, cuando en el misterio de un hombre y una mujer que hacen de sus vidas una unidad, en Caná de Galilea, Jesús manifiesta su gloria.

Puede decirse que el evangelista reconstruye una semana cronológica correspondiente a la semana ini­cial de la creación, con el intento de fechar el episodio de Caná y de hacerlo coincidir con el día en que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y creó a la mujer para que le acompañara.

Con semejante simbolismo cronológico, san Juan subraya que lo que Jesús hará este día es la continua­ción y culminación de la obra creadora de Dios a favor del hombre. Pero la intervención de Jesús se pro­ducirá al constatar cierto malestar en la situación del hombre, de la mujer y de la unión de ambos: “¡No tie­nen ya vino!”

Por lo demás, todo el cuarto evangelio se mueve so­bre afinidades que hay en toda la historia de la salva­ción. En los capítulos finales, Juan describirá también otro período de seis días; y la muerte de Jesús en cruz —con María, la Mujer, a su lado— será el sexto día.

Allí Jesús restituirá al hombre-Juan en su plenitud. En la cruz se manifestará plenamente la gloria de Dios que había empezado a manifestarse en el primer milagro de Caná; aquí la gloria emerge de manera inicial, si bien se da ya una idea del amor con que Dios se acer­ca a la situación humana percibiendo el íntimo males­tar y restaurándola en su plenitud y gozo primigenio.



La incapacidad de amar
En el cuadro que hemos tratado de esbozar, ¿qué puede significar la palabra de María: “No tienen vino’? En los evangelios hay expresiones paralelas a ésta. Me viene a la memoria, por ejemplo, la expresión: “Ya no nos queda aceite, y nuestras lámparas se apagan” (ver Mt 25,8): es la misma situación de apuro y de imprevi­sión, también en una fiesta de bodas.

Otra exclamación semejante es la de los discípulos en el desierto: “No tienen suficiente pan” (ver Jn 6,1ss).

Son, todas éstas, ocasiones en que el hombre apa­rece carente, no a la altura de las circunstancias, y, por lo mismo, se crea malestar en contraste con la atmós­fera de fiesta, de gozo, de expectación, con la esperan­za de un amor sin sombras. Allí donde se esperaba que la plenitud del amor, de la fiesta nupcial, del estar jun­tos escuchando la Palabra, produjera una felicidad plena y sin fin, resulta que de golpe falla la previsión humana, se agotan los recursos, la prudencia escasea y se produce una situación embarazosa que funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapa­ces, sin saber qué hacer.

La fiesta de bodas está a punto de cambiarse en una gran desilusión, en una señal de mala suerte que pesará siempre sobre la pareja, como si fueran perso­nas perseguidas por el sino, incapaces de proveer, ya desde el principio, a la buena marcha de la casa.

Aparece, pues, el sentido profundo del grito: “¡No tienen ya vino!” El hombre y la mujer, creados para realizar juntos la perfecta unidad, no tienen suficiente vino para el sexto día, cuando se debería ver actuando al hombre y a la mujer, el día de la fundación de la familia, del trabajo, de la construcción de la ciudad, que preludia al día séptimo, el de descanso.

El hombre y la mujer viven una experiencia de ce­rrazón y de bloqueo; todo se había fundado en el en­tendimiento mutuo, en la llamada a ser una cosa sola, y esta vocación se ve impedida por imprudencias, im­previsiones, carencias de todo género.

El discurso se amplía. El hombre y la mujer se sien­ten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no pueden prescindir y, sin embargo, experi­mentan la incapacidad de amar.

Es verdad que no siempre se tendrá la valentía de pronunciar esta palabra, demasiado dura, demasiado radical; se echará la culpa más bien a los malentendi­dos, las ambigüedades, los nerviosismos, las resisten­cias, el cansancio, el desgaste de la vida diaria, las dife­rencias de carácter, etc. Sólo raramente se llegará al interrogante existencial, que alguna vez un hombre o una mujer se plantean con voz fatigosamente modula­da: “Pero yo, ¿soy de veras capaz de amar?” En el fon­do de la existencia humana: el hombre, cada uno de nosotros llamados a amar, ¿somos capaces de amar verdaderamente? Nuestras reservas de amor, de pa­ciencia, nuestras provisiones de vino, de aceite, de pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar toda una vida? Cuántas veces se repite el grito: “¡Ya no tengo ganas, mi lámpara se me apaga!” Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de unidad, de servicio prolongado y sacrificado. Y quizá tenga­mos cerca una persona como María, que lo dice por­que ya se ha dado cuenta: “No tienen va vino”. No aguantamos más.



La fuerza transformadora de la Eucaristía
La palabra final, “Allí Jesús manifestó su gloria”, nos consigna el mensaje del paso evangélico que nos ha hecho entrar en lo vivo de una situación existencial tan frecuente y dramática.

La Eucaristía es la transformación del agua en vino, de la fragilidad del hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu, el único que nos da la certidum­bre de ser capaces de amar.

La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el amor que crea unidad en la vida matri­monial, el amor que crea unidad en la comunidad, en la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifesta­ción de la potente gloria de Dios.

El hombre que se encuentra sin vino, quizá sólo con una provisión de agua sin sabor y sin color, necesi­ta de la plenitud del Espíritu nuevo que le transforme el corazón y la mente. Sólo así podrá confiar en un tipo de amor que no sea únicamente entusiasmo, pri­mer proyecto, primeras experiencias, sino fuerza dura­dera para toda la vida. Por eso la Eucaristía, al final de todas nuestras reflexiones de este año, se nos presenta como aquel Jesús que, atrayéndolo todo hacía sí desde la cruz, da al hombre, a la mujer, a la humanidad, la capacidad de ser ellos mismos.


Podemos rezar así: “Te damos gracias, Señor, por esta fuerza de ser nosotros mismos, en la verdad de nuestra llamada que Tú nos das continuamente con la fuerza de tu Eucaristía”. Y como mañana cae el XX aniversario de la muerte del papa Juan XXIII, tam­bién podemos dar gracias al Señor por la fuerza que la Eucaristía dio a este hombre para ser él mismo, en su vocación humilde y en su vocación grande ante el mundo. Recemos por Juan Pablo II, que los días pasa­dos estuvo adorando con nosotros la Eucaristía desde esta catedral y desde esta plaza, para que a él y a nos­otros se nos dé la fuerza de ser nosotros mismos, en la auténtica respuesta a nuestra llamada.

Algunas preguntas para nosotros
Durante el silencio que en breve seguirá podría­mos reflexionar sobre el modo de revivir, en este vera­no que se nos presenta, el Congreso Eucarístico y la fuerza de la Eucaristía que en él hemos experimenta­do. Preguntémonos, por ejemplo:
a) ¿Cómo dar a conocer y a gustar la fuerza de la Eucaristía a las personas con quienes trataré?
b) ¿Cómo aprovechar los próximos meses para to­marme, con valentía y oportuno discernimiento, algu­nos tiempos de silencio y de adoración?
c) ¿Cómo hacer fructificar y llevar a maduración todo lo sembrado en el itinerario que hemos recorrido juntos?


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