Página principal

Capítulo XXIII de los consonantes o rimas, de los asonantes


Descargar 318.07 Kb.
Página1/5
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño318.07 Kb.
  1   2   3   4   5


[1789]
CAPÍTULO XXIII
DE LOS CONSONANTES O RIMAS, DE LOS ASONANTES

Y DE LOS VERSOS SUELTOS


Con las reglas y observaciones expuestas en el capítulo anterior y con las que voy a proponer en éste, podrá el poeta dar a sus versos la conveniente armonía, debiendo tener a la vista, como regla general y segura, que la primera atención del poeta ha de mirar a las cosas y a los pensamientos, y luego a los metros y a los consonantes; pues, como dijo Horacio, las palabras se siguen naturalmente a los conceptos:
Verbaque provisam rem non invita sequentur.
Y por los mismos principios advirtió Boileau en su Poética, que la rima es una esclava a quien sólo toca obedecer:
La rime est une esclave, et ne doit qu'obéir.
En vano se esmera el poeta en la exactitud de los metros y consonantes si en ellos no dice más que palabras vanas, sin sentencia ni concepto, o si lo que en ellos dice es improprio, o falso, o puesto como ripio, sólo para llenar los versos. Pero tampoco debe abandonar, con culpable descuido, la medida y la armonía, ni la elección y colocación de los consonantes.

En esto se descuidaron mucho nuestros poetas que concurrieron a la introducción de la nueva poesía, como Boscán, don Diego de Mendoza, y otros; los cuales, atendiendo sólo a las cosas y a los conceptos, se detuvieron poco en el modo de expresarlos y en limar el metro y el estilo, para que saliesen sus versos con aquella última perfección que no pocas veces echamos menos, ya sea porque tenemos acostumbrado el oído a una armonía más delicada, o ya porque en efecto les faltó esta circunstancia de la crítica y de la lima. Pero, también es justo distingamos entre todos ellos a Garcilaso, a quien su misma dulzura natural no le permitió incidir tantas veces como a los otros en este defecto. Pues, ¿en qué poeta nuestro se hallan versos tan suaves y elegantes como son la mayor parte de los suyos?

Conviene, pues, que el poeta divida su atención entre estos dos extremos, cuidando en primer lugar de los conceptos y cosas, y, en segundo, de las palabras con que los dice y de los metros en que los encierra. En el capítulo antecedente he discurrido de la construcción y armonía de los metros; hablaré ahora de los consonantes y de los asonantes con que rematan.

Los consonantes o rimas (este nombre les daré para no confundirlos con las letras que también llamamos consonantes) consisten en la entera conformidad de letras vocales y consonantes y de acentos entre dos o más palabras, desde la vocal donde carga el acento hasta el fin de las mismas palabras, de suerte que lláma y fáma cosuenan y riman porque tienen unas mismas letras desde la a penúltima donde carga el acento, y no consuenan llána y fáma porque en la primera hay una n, y en la segunda m; ni derrámo y pérgamo porque la primera tiene el acento en la a penúltima, y la segunda en la e antepenúltima, debiéndose mudar el acento y decir pergámo para que hiciese rima. Puede haber consonancia de tres sílabas, de dos, y de la final solamente. De tres, cuando el acento está en la antepenúltima, como ridículo, adminículo, que conforman en vocales y consonantes desde la segunda i donde carga el acento. A esta especie de palabras llamamos esdrújulos, y conviene advertir que así como de los esdrújulos que se forman con los acentos nace la armonía usándolos al principio o medio de los versos, la destruyen estando al fin; por lo que se necesita mucha consideración para usarlos como rimas fuera de los asuntos jocosos. La. consonancia en dos sílabas, que nace de cargar el acento en la penúltima, como amigos, testigos, es la más común, más sonora, más suave y que más se adapta a todos asuntos. Y la consonancia que sólo consiste en la sílaba final, amó, aborreció, es la que se usa en los versos que llamamos agudos, como en la primera cuarteta de un epitafio de Lopo de Vega a un guapo:


Rendí, rompí, derribé,

rajé, deshice, prendí,

desafié, desmentí,

vencí, acuclillé, maté.

Fui tan bravo que me alabo

en la misma sepultura.

Matóme una calentura.

¿Cuál de los dos es más bravo?
Estos versos de ocho sílabas, y todos los que se usaban en la antigua poesía, admiten igualmente la consonancia aguda que la grave; pero, generalmente hablando, la aguda es desapacible en los endecasílabos y sietesílabos que se han de recitar. En los que se han de cantar suele ser necesaria. Un soneto o una octava en agudos no repugna, particularmente si el asunto es jocoso; y también suele venir muy bien cuando con el agudo se quiere ayudar el sentido del verso, como lo hizo el marqués Maffei en su famosa Mérope:
...E fu in un punto solo

ch'io vidi il ferro lampeggiare in aria,

e che il misero a terra stramazzò;
poniendo de propósito el final agudo para denotar el golpe que dio en tierra el cadáver de Polifonte. En la Angélica de Luis Barahona de Soto, canto 6, hay también dos versos agudos al fin de una estancia:
Y presto gozarás con buen agüero

lo que deseas, si lo mando yo.

A tal sazón el rey estornudó.
Con el estornudo se burló el rey Sacripante de lo que la vieja hechicera le decía, y el poeta quiso avivar la burla rematando jocosamente la estancia con estos dos versos agudos

Los asonantes, o rima imperfecta, son proprios exclusivamente de nuestra poesía castellana, pues no sé yo que se usen en otra alguna lengua, y consisten en la conformidad de las letras vocales desde donde carga el acento y en la desconformidad de las consonantes que con ellas forman sílabas. Puede ser la asonancia de tres sílabas, como en los esdrújulos piélago, siérralo, porque desde el acento son idénticas las vocales e, a, o, y diversas las consonantes. La asonancia más común es la de dos sílabas, que podemos llamar grave, como orilla, desliza, las cuales conforman en i, a, y se diferencian en las consonantes. Y también son bastante comunes en monosílabos, como no, dos, flor, o con la última sílaba aguda, prendió, tomó, donde son idénticas las vocales y diversas las consonantes. Pero, se debe advertir que las vocales e, i, u, ya por ser más breves y sonar menos, ya porque forman diptongo y se contraen en una sílaba con las vocales que las acompañan, suplenunas por otras, o suelen ser como nulas y no contarse conellas para el asonante, sino con otra vocal que se las une, y es la que más suena y predomina en aquella sílaba. La voz fácil se usa en asonancia de a, e, con amante, cause, llame. Los nombres Claudio, Vario, pasan por asonantes de pacto, caso, llamo... Cielo, Euro, Venus, necio, deudo hacen asonancia con Pedro, lleno, centro... Lidio, empíreo, juicio con lindo, sistro, Pindo... Hiperbóreo, Andrógeo, pretorio, con polo, glorioso, compro, lloro... Furcio, Curcio, espurio, con dudo, juzgo, puro, como notará fácilmente el versado en la lectura de nuestros poetas. Las letras consonantes que median entre las vocales han de ser precisamente distintas, porque si fuesen idénticas sería rima y no asonante; y es defecto usar las rimas en vez de asonantes, o la contrario, como la traducción de la oda de Horacio, Beautis ille del docto y vigoroso poeta Fr. Luis de León, que en los dos últimos versos dijo:


Ayer puso en sus ditas todo cobro,

mas hoy ya torna al logro,
donde usó de las voces cobro y logro como si hiciesen rima no haciendo sino asonancia. Pero los grandes poetas, que ya por otra parte tienen bien establecido su crédito, pueden tomarse tal cual vez algunas licencias que no se perdonarían a todos, ni se deben imitar.

En cuanto al origen y uso de los asonantes, creen algunos que nos vienen de los ritmos de los tiempos bárbaros, pues, en la secuencia Victimae Paschali corresponde a Paschali el asonante Christiani, a oves el de peccatores y a mea el de Galileam; y en el himno Pange lingua vemos interpelados consonantes gloriosi, pretiosi, y los asonantes misterium, praetium, gentium; y dicen que la ignorancia que substituyó la rima al número latino, suplió después la misma rima con el asonante. Pero otros juzgan que, aun cuando sea cierto que nuestros poetas más antiguos usasen los consonantes a imitación de los que se usaban en los ritmos, por lo que toca a los asonantes es más verosímil que tuvieron otro origen, como parece de lo que voy a decir.



Los asonantes no se usaban al principio con otro verso que el de ocho sílabas, que se suele llamar de romance; y este verso no es otra cosa que el quebrado u mitad de aquel de dieciséis que alguna vez usaron nuestros primeros poetas, como los que copia don Luis Velázquez en sus Orígenes de la poesía castellana, que traigo por ejemplo, sin embargo de creer habrá otros muchos más antiguos. Aquellos versos, como todos los largos del primer período de nuestra poesía, rimaban de cuatro en cuatro, y escribiéndolos partidos de esta manera:
Era de mil trescientos

e sesenta e ocho años

fue acabado este libro,

por muchos males e daños

que fasen muchos e muchos

a otros con sus engaños,

e por mostrar a los simpres

fablas e versos estraños,
vienen a formar una copla de la especie de las de la cántiga del rey don Alonso el Sabio que empieza Poderá Sancta María, que tienen consonante en los versos 2, 4, 6, quedando el 1, 3, 5, y 7 libres y llevando los últimos versos de cada copla un mismo consonante diverso de los demás, a manera de estribillo. Añadiendo a esta especie de coplas más versos que desde el principio al fin siguiesen el mismo consonante en los pares, quedando sueltos los nones, resultaba un romance corto, como generalmente lo eran los antiguos, que, sin duda, se inventaron para cantar lances de amor y de caballería, así por la facilidad de sus metros corno por acomodarse mejor a la música ruda de aquellos tiempos y aun al baile; pues en las montañas, particularmente en Asturias, se usan todavía para cantar en el baile que llaman danza prima, intercalando un estribillo entre cada copla de cuatro versos. Pero no era esta composición de versos en rima alternados con versos sin ella la única que se llamaba romance, pues el mismo nombre se da en el Cancionero general impreso en Sevilla, año 1535, a otras composiciones en versos pareados como ésta de Carci Sánchez de Badajoz:
Caminando por mis males,

alongado de esperanza,

sin ninguna confianza

de quien pudiera valerme,

determiné de perderme,

d'irme por unas montañas,

donde ví bestias estrañas...
Sea éste u otro el principio de los versos de ocho sílabas y de los romances, resulta que desde lo más antiguo hasta tiempo de Carlos V se hacían o con rimas pareadas, o con una sola rima seguida desde el principio al fin en los versos pares, siendo esta rima las más veces aguda porque así convendría para el canto. Casi todos los romances que se hallan en dicho Cancionero general son con rimas, como éste que ya el Poeta Quirós llamó antiguo:
Triste estaba el caballero,

triste y sin alegría,

pensando en su corazón

las cosas que más quería.

Llorando de los sus ojos,

de la su boca decía:

¿Qués de tí, todo mi bien?

¿Qués de tí, señora mía?
Aún en tiempos posteriores Bartolomé de Torres Naharro, Juan de la Cueva y casi todos los poetas que vivieron hasta principios del reinado de Felipe II usaron la rima en los romances, siendo uno de ellos Pedro Huratado, a quien su editor Juan de Timoneda llama "agraciado y habilísimo decidor", en un afectuoso romance que concluye:
Sólo vos iréis conmigo,

sólo iréis vos, mi cayado,

pues que en los trabajos míos

siempre me habéis sustentado,

no será razón que os deje,

pues nunca me habéis dejado;

sino que muramos juntos

pues juntos hemos andado.

Que según el grave peso

que el amor me ha cargado,

algún día quedaremos

yo sin alma, y vos quebrado.
Y aunque no hay duda que en el Cancionero general, y en poetas que después hubo hasta dicho tiempo, se hallan romances asonantados, son los menos, y casi siempre mezclados los asonantes con las rimas; de que infiero yo que el asonante empezó por ser defecto, o licencia que se tomaban.

La armonía de los versos antiguos era muy uniforme y señalada, a la manera del canto llano, y acostumbrados los oídos a ella, no les parecía verso lo que no tuviese el golpeo de la rima. Con la introducción de los endecasílabos, que sin duda en nuestra boca y en la de los italianos tienen mucho mayor, más variada y más dulce armonía que todos los demás versos modernos, se acostumbraron poco a poco los oídos a la delicadeza de los sones, y advirtiendo algunos buenos poetas que en los romances asonantados el repetido golpeo era más blando y suave que en los consonantes puros, empezaron a usar sistemáticamente los asonantes, convirtiendo en adornos de buen gusto lo que empezó por negligencia y desaliño, como lo hizo entre otros el célebre Cristóbal de Castillejo. Al fin del reinado de Felipe II ya las rimas en los romances se habían convertido en defecto del poeta vulgar, y refinándose la asonancia, ganamos una versificación excelente para varias composiciones que, como ya dije, es propia y peculiar de nuestra lengua. Los extranjeros no perciben la cadencia de los asonantes y algunos, como el abate Quadrio, dicen que es disonante y desapacible. Dejémoslos en su error, pues, por más que hagamos, no podremos añadirles intensión y delicadeza en el órgano del oído.



Hasta tiempo de Felipe II no hallo yo que los asonantes se usasen en otros versos que los octosílabos; pero entonces algunos de los mejores poetas los empezaron a introducir en los más cortos, y singularmente en los sietesílabos como lo hicieron Lope de Vega en los de la Barquilla, y don Esteban Manuel de Villegas en sus Eróticas. Y debemos confesar que quien dio el primer ejemplo hizo un servicio muy estimable a nuestra poesía, pues, para los asuntos anacreónticos, pastoriles y afectuosos no hay versificación que los iguale en suavidad y dulzura; por cuya causa los elegí yo para el idilio de Leandro y Hero:
Musa, tú que conoces

los yerros, los delirios,

los bienes y los males

de los amantes finos,

díme quién fue Leandro,

qué dios, o qué maligno

astro en las fieras ondas

cortó a su vida el hilo.

Leandro, a quien mil veces

los duros ejercicios

del estadio ciñeron

de rosas y mirtos,

ya en la robusta lucha,

ya con el fuerte disco,

ya corriendo o nadando

diestro, ligero, invicto...
Más adelante se inventó que el cuarto verso fuese endecasílabo; y a esta composición llamaron endechas, como las de Antonio de Solís a San Francisco de Borja. Otras composiciones muy buenas y dignas de imitación han hecho varios poetas mezclando a los sietesílabos los endecasílabos con asonantes, como ésta de Francisco de Francia:

A mudarles vestido

marzo a la selva viene:

de cristales le quita,

de esmeraldas le ofrece.

A los claros arroyos,

hijos de humildes fuentes,

las lenguas restituye

que les hurtó el diciembre.

Quiere alegrarme el tiempo, mas no puede,

puede alegrarme Filis, mas no quiere...
Y modernamente don Eugenio de Llaguno en un coro de su traducción de la Atalía de Racine los ha usado de esta manera,
Celebra, o monte ilustre

de Sinaí, el recuerdo

de quel augusto día,

cuya memoria vencerá los tiempos,

cuando entre nubes densas

que le servían al Señor de velo,

en tu luciente cima

de su gloria una muestra dio a su pueblo.

Aquel torrente de humo,

relámpagos y fuegos,

aquel fragor del aire,

las cajas, las trompetas y los truenos,

dime, ¿a qué fin los trajo?

¿Acaso fue para mudar severo

los polos de la tierra?

O para confundir los elementos?
De los versos endecasílabos con asonantcs, que se empezaron a usar a fines del siglo pasado llamándolos romance heroico, sin duda por la altisonancia que tienen, ya hice mención en el capítulo 3 del primer libro. Dije allí que se puede hacer bello uso de ellos en composiciones que no sean muy largas, y añado ahora que no lo debe ser ninguna composición en asonantes, para no íncidir en el fastidio de la monotonía. Es verdad que una comedia es composición larga y se puede, y aun se debe, escribir desde el principio al fin, en versos octosílabos con asonantes; pero no habrá en ella monotonía cuidando de cambiar asonante cada escena o, a lo menos, en cada acto o jornada.

Resta ahora decir algo de los versos sin rima ni asonante, que llamamos sueltos, enteramente desconocidos en la antigua poesía castellana. Los italianos los usaban ya cuando los padres de nuestra versificación moderna, Boscán y Garcilaso, tomaron de ellos los endecasílabos y los introdujeron en España; y así como imitaron los sonetos, octavas, tercetos y variedad de estancias para las canciones, imitaron también los versos sueltos y los usaron en sus obras.

La mayor parte de los poetas que se les siguieron en el siglo XVI ejecutaron lo mismo, no sólo en composiciones cortas, sino en poemas épicos, como el de la batalla naval de Lepanto; aunque algunos, como Gregorio Hernández de Velasco, en la traducción de la Eneida, y Pérez Sigler, en la de los Metamorfóseos de Ovidio, los mezclaron con octavas, poniendo en versos sueltos la narración del poeta y en octavas lo que dicen las personas introducidas. A principios del siglo XVII ya tenían poco uso y menos estimación, ni era posible tenerla entre los sectarios del nuevo estilo que llamaron culto, y no era otra cosa que estrépito sonoro de palabras. Las últimas obras que conozco yo escritas en ellos, son el Arte nuevo de hacer comedias de Lope y algunas de Quevedo. Después se abandonaron enteramente, hasta que en este último tiempo los ha vuelto a usar don Agustín de Montiano en sus tragedias.

Los italianos han sido más constantes; pues, el siglo pasado, cuando también allí se pervirtió el estilo, hizo el Marchetti, en versos sueltos, su famosa y elegantísima traducción de Lucrecio. En nuestros días los han usado mucho varios poetas y se ha suscitado gran disensión entre los rimistas y versisueltistas sobre la superioridad de una versificación sobre la otra; pero la opinión común es que, para la poesía lírica, la rima en Italia, así como entre nosotros la rima o el asonante, no es ya un adorno voluntario, sino de pura necesidad. El verso suelto ha ganado allí la posesión de la tragedia, y el verso que llamaré libre (esto es, mezclados los largos y cortos, algunos rimados y los más sueltos), la posesión del recitativo de los dramas en música; pero en cuanto al poema épico y didáctico, todavía está pendiente la cuestión.

Si al tiempo de inventar los endecasílabos modernos no hubiesen estado los oídos hechos al sonsonete de la rima, se hubieran usado sin ella; y cultivados después por tantos buenos poetas, que se hallaban sin la necesidad de dar gran parte de su atención y estudio a la rima, acaso los tendríamos ahora con toda la libertad y variedad en la frase en la situación de acentos, en las transposiciones, en el pasaje de unos versos a otros, en las pausas y suspensiones y, en una palabra, con toda la perfección de que yo los juzgo susceptibles. Con esto hubieran adquirido la concisión, volubilidad, energía y armonía que son tan necesarias en la épica, y tendríamos una versificación casi comparable a los hexámetros latinos, sin que hubiera pretexto para decir, como dicen algunos, que siempre serán prosaicos y proprios de poetas de poco ingenio, incapaces de hacerlos con rimas; en lo cual me parece que no tienen razón, siendo innegable que los versos sueltos piden grande ingenio y estudio y mucha lima, y si les faltan, al instante manifiestan su debilidad, pudiéndose llamar buenos los que a primera vista lo parecen. Al contrario, la rima deslumbra y se pasan mil defectos sin que al pronto se echen de ver, pareciendo excelentes muchos versos, y aún muchas composiciones, que después, con la reflexión, se halla valen muy poco.

La costumbre, pues, del tiempo en que se inventaron los endecasílabos hizo se vistiesen del adorno que estaba en uso. Así los hallaron los restauradores de la buena poesía, como el Dante y otros, y habiéndoles usado en sus composiciones, esta recomendación acabó de acreditarlos. Vino después el Ariosto y, entre todas las combinaciones que se hacen con las rimas, eligió la de las octavas para unos poemas que le adquirieron nombre inmortal; y como si éste dimanase de la mecánica situación de las rimas, los mejores poetas épicos que se le siguieron le imitaron, quedando la octava como consagrada a la poesía épica. No hay duda que la octava es una bella composición; pero consistiendo su mayor belleza en que encierre uno, dos o más pensamientos sin que falte ni sobre, es una monotonía algo fastidiosa la que resulta de hacer punto de ocho en ocho versos que siempre concluyen pareados. Y no es esto lo peor, sino que, a veces, no basta la octava para dar al pensamiento la expresión y esplendor que pide, y a veces sobra, obligando a llenarla de palabras ociosas que ofuscan, debilitan y hacen lánguidos los mejores conceptos. Repárese aun en los poetas más acreditados y se hallará lo que digo, como en esta octava de la célebre Raquel de Ulloa:


Alfonso, del ardiente imán rocado,

sigue la falsa luz de sus estrellas,

en piélago de llamas anegado,

o en espumoso golfo de centellas.

Siempre de nuestras voces retirado,

sordo al despecho, mudo alas querellas,

con que en el ocio la discordia nace,

yace el gobierno, y el estado yace.
En la cual, sea dicho sin agravio de un poeta que merece mucha estimación, los cuatro versos primeros desde la palabra Alfonso, son una sonora inutilidad, sin más oficio que el de llenar, retardando la llegada a los cuatro últimos donde está el pensamiento.

Pero, ni este defecto, ni otros que se imputan a la rima, son proprios de ella, sino de la tirana ley, que voluntariamente observamos, de usarla con sujeción a determinadas colocaciones. La rima es un bello adorno que se debe conservar, pero conviene usarle como en las personas, de manera que no embarace el movimiento natural, fácil y airoso, ni ofusque la elegancia de los miembros. Algunos de nuestros poetas han dado una idea de lo que juzgo se podría ejecutar. Lope de Vega escribió la Gatomaquia en versos de silva, mezclando arbitrarianente los de once y siete sílabas, pareados los más, y alguna vez alternando o cruzando las rimas, pero sin dejar suelto ninguno; y después le imitaron muchos, particularmente en asuntos jocosos. El conde de Rebolledo usó en casi todas sus obras esta misma versificación, pero más libremente, pues hizo sietesílabos los más de sus versos, dejando sin rimar la mayor parte, cuidando sólo de que los períodos acabasen en versos pareados. Los de Lope no pueden servir para la grandeza épica, pues la repetición de rimas pareadas les da un aire burlesco, acaso porque estamos acostumbrados a oírlos en los entremeses. Los de Rebolledo tienen muchas buenas calidades, pero les falta majestad, porque los versos cortos dan aire lírico a las composiciones en que se mezclan. De estas dos versificaciones, con pequeña mudanza, se pudiera formar una muy propria para las composiciones largas, omitiendo enteramente los sietesílabos, aprovechando las rimas siempre que se presentasen espontáneas, poniéndolas lo más distantes entre sí que fuese posible, pareándolas solamente al fin de los períodos, esto es, cuando se deba hacer punto, y no reparando en dejar sueltos algunos versos si hubiese dificultad en rimarlos. He visto algunos pedazos de traducción de las Geórgicas de Virgilio, que se acercan a lo que propongo:

  1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje