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Capítulo primero


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EL ESPEJO DEL MUERTO

Agatha Christie


capítulo primero


EL piso era moderno, así como el mobiliario. Las butacas eran cuadradas, y las sillas angulares. Una moderna mesa escritorio estaba colocada en la ventana, y tras ella sentábase un hombre de cierta edad y pequeña estatura. Su cabeza era la única cosa en aquella estancia que no era cuadrada, sino ovalada. Monsieur Hércules Poirot estaba leyendo una carta:


Estación: Whimperley.

Telegramas: Hamborough St. John.

Hamborough Close. Hamborough St. Mary, Westhire.

24 de septiembre de 1936.
Monsieur Hércules Poirot:
Muy señor mío: Ha surgido un asunto que debe tratarse con gran delicadeza y discreción. Tengo muy buenas referencias suyas, y he decidido confiárselo a usted. Tengo motivos para creer que soy víctima de un fraude, pero por razones de familia no deseo avisar a la policía. Estoy tomando ciertas medidas por mi cuenta, pero debe estar dispuesto a venir inmediatamente en cuanto reciba mi telegrama. Le quedaré muy agradecido si no contesta esta carta.

Suyo afectísimo,

Gervasio Chevenix-Gore


Las cejas de Hércules Poirot se fueron alzando en su frente hasta que al fin casi desaparecieron entre sus cabellos.

—¿Y quién es este Gervasio Chevenix-Gore? —preguntó al vacío.

Y dirigiéndose a una librería, sacó un libro grande y grueso donde encontró fácilmente lo que deseaba.


«Chevenix-Gore, sir Gervasio Francisco Javier X. Recibió el bautismo cristiano. Antiguamente capitán de lanceros; nació el 18 de mayo de 1878; hijo de sir Chevenix-Gore IX, y lady Claudia Bretherton, segunda hija del octavo conde de Wallingford. Sucedió a su padre en 1911; casó en 1912 con Vanda Elizabeth, hija del coronel Federico Arbuthnot. Educado en Eton. Sirvió en la guerra europea de 1914-18. Aficiones : viajes, caza mayor. Dirección: Hamborough: St. Mary, Westhire, y Lowndes Square, 218. S. W. 1. Clubs: Calvario. Viajeros.»
Poirot movió la cabeza con aire insatisfecho, y durante unos minutos permaneció absorto en sus pensamientos. Luego fue hasta el escritorio, y abriendo un cajón extrajo un montoncito de tarjetas de invitación.

Su rostro se iluminó.

A la bonne heure! ¡Exactamente lo que necesito! Tiene que estar aquí.
Una duquesa saludó a monsieur Hércules Poirot en tono agresivo.

—¡De modo que al fin ha podido arreglarlo para venir, monsieur Poirot! Vaya, eso es magnífico.

—El placer es mío, madame —murmuró Poirot, inclinándose.

Y escapando de varios personajes importantes... un famoso diplomático, una actriz igualmente célebre y un conocido Par deportista..., encontró al fin la persona que había ido a buscar: el infalible «convidado de piedra», señor Satterthwaite.

—La querida duquesa... siempre disfruto en sus reuniones... Tiene tanta personalidad, no sé si me comprende. La vi muy a menudo en Córcega años atrás...

La conversación del señor Satterthwaite estaba siempre salpicada de comentarios acerca de sus amistades con título nobiliario. Es posible que algunas veces hubiera disfrutado de la compañía de los señores Jones, Brown o Robinson, pero nunca lo mencionaba. Y, no obstante, al describirle como un mero advenedizo hubiera sido una injusticia. Era un hábil observador de la naturaleza humana, y si es cierto que los mirones conocen la mayor parte del juego, el señor Satterthwaite sabía muchísimo.

—¿Sabe usted, mi querido amigo, que hace siglos que no le veía? Siempre he considerado un privilegio el haberle contemplado trabajando a brazo partido en el caso del Nido de la Corneja. Desde entonces tengo la impresión de que lo sé todo, por así decir. A propósito, la semana pasada vi a lady Mary. ¡Una criatura encantadora!

Después de comentar ligeramente un par de escándalos de la actualidad... las indiscreciones de la hija de un conde y la lamentable conducta de un vizconde... Poirot logró introducir el nombre de Gervasio Chevenix-Gore.

El señor Satterthwaite respondió en el acto:

—¡Ah, ahí tiene usted todo un carácter! El Ultimo Barón, así es como le llaman.

Pardon, no le acabo de comprender.

El señor Satterthwaite soportó con indulgencia la falta de comprensión de un extranjero.

—Es una broma... un apodo. Naturalmente que no es el último barón de Inglaterra... pero representa el fin de una época. El Osado y Malvado Barón... el loco y picaresco barón tan popular en las novelas del siglo pasado... esa clase de individuo que hace apuestas imposibles y las gana.

Continuó exponiendo su punto de vista con más detalle. En su juventud, Gervasio Chevenix-Gore había dado la vuelta al mundo en un velero. Tomó parte en una expedición al Polo Norte. Desafió en duelo a un Par de alto linaje. Por una apuesta subió la escalera de una casa ducal montado en su yegua favorita. En una ocasión saltó al escenario y raptó a una conocida actriz. Las aventuras acerca de su persona eran innumerables. Es una antigua familia —continuó el señor Satterthwaite—. Sir Guy de Chevenix tomó parte en la primera Cruzada. Ahora parece que va a extinguirse el apellido. El viejo Gervasio es el último Chevenix-Gore.

—¿La hacienda... está arruinada?

—Nada de eso. Gervasio es fabulosamente rico. Posee valiosas casas... bosques carboneros... y además cuando era joven colocó capitales en una mina del Perú o algún otro lugar de Sudamérica que le ha proporcionado una fortuna. Es un hombre sorprendente. Siempre que ha emprendido algo se ha visto favorecido por la suerte.

—Ahora supongo que debe ser muy anciano...

—Sí, pobre Gervasio —el señor Satterthwaite suspiró moviendo la cabeza con pesar—. La mayoría de personas lo hubieran descrito como un loco de atar. Y es cierto, en parte. Está loco... no en el sentido de ser anormal. Siempre ha sido un hombre de gran originalidad de carácter.

—¿Y esa originalidad se ha ido convirtiendo en excentricidad al correr de los años? —inquirió Poirot.

—Cierto. Eso es precisamente lo que le ha ocurrido al pobre Gervasio.

—¿Tal vez tiene una idea equivocada de su propia importancia?

—En absoluto. Yo imagino que en la mente de Gervasio el mundo ha estado siempre dividido en dos partes... una de las que forman los Chevenix-Gore, y la otra..., ¡los demás!

—¡Un exagerado complejo de familia!

—Sí. Los Chevenix-Gore fueron siempre arrogantes como el diablo. Gervasio, siendo el último de ellos, aún lo ha exagerado más. Es... bueno, en realidad, oyéndole hablar, cualquiera creería que es un... superhombre.

Poirot meneaba pensativo la cabeza.

—Sí, lo había imaginado. He recibido una carta suya... bastante extraña... No pidiendo..., ¡ordenando!

—Una real orden —replicó el señor Satterthwaite riendo entre dientes.

—Exacto. Al parecer, no se le ocurrió pensar a ese sir Gervasio que yo, Hércules Poirot, soy un hombre de importancia... un hombre que tiene infinitas ocupaciones. Y que era extremadamente difícil que yo pudiera dejarlo todo de lado y correr como un perro obediente... como un simple don nadie... contento de recibir una gratificación.

El señor Satterthwaite se mordió el labio para contener una sonrisa, pensando que en cuanto a egoísmos se refiere, no había gran diferencia entre Hércules Poirot y Gervasio Chevenix-Gore, y murmuró:

—Acaso fuera una errónea interpretación de usted.

—¡No lo era! —Poirot alzó las manos con ademán expresivo—. Tenía que ponerme a su disposición en caso de que llegara a necesitarme. En fin, je vous demande!

Volvió a alzar las manos elocuentemente, que era su modo de expresar sin hacer uso de la palabra el más alto ultraje.

—Supongo que usted rehusaría —dijo el señor Satterthwaite.

—Aún no he tenido oportunidad —replicó Poirot lentamente.

—Pero, ¿piensa decir que no?

Una expresión distinta apareció en el rostro del hombrecillo. Arrugó la frente al decir, un tanto perplejo::

—¿Cómo se lo explicaría yo? Sí... mi primer impulso fue negarme. Pero no sé... Algunas veces se tiene cierto presentimiento. Creí percibir un ligero olor a chamusquina...

El señor Satterthwaite recibió esta última declaración sin el menor signo de regocijo.

—¡Oh! —dijo—. Eso es interesante...

—Me parece que un hombre como el que usted ha descrito tiene que ser muy vulnerable —continuó Poirot.

—¿Vulnerable? —preguntó Satterthwaite, sorprendido. Era una palabra que no se le hubiera ocurrido asociarla con Gervasio Chevenix-Gore. Mas era un hombre de fácil percepción y un rápido observador—. Creo... —dijo— que comprendo perfectamente lo que quiere decir...

—Un ser semejante está encerrado en una armadura..., ¡y qué armadura! La armadura de los cruzados no era nada comparada con ésta... una armadura de arrogancia, orgullo y propia estimación. Esta armadura es en ciertos aspectos una protección, y las flechas de la vida cotidiana no hacen mella en ella. Pero existe un peligro: algunas veces un hombre metido en su armadura ni siquiera sabe que está siendo atacado. Es lento en ver, tardo en oír... e incluso en sentir.

Hizo una pausa, agregando en otro tono:

—¿Y en qué consiste la familia de sir Gervasio?

—Tiene a su esposa Vanda. Era una Arbuthnot... una joven muy bonita, y aún sigue siendo una mujer atractiva, aunque terriblemente incierta. Está muy enamorada de Gervasio, y creo que siente cierta inclinación por las ciencias ocultas. Lleva amuletos y escarabajos y dice que es la reencarnación de una reina egipcia... Luego está Ruth... su hija adoptiva. No tiene hijos propios. Es una muchacha muy atractiva, según el estilo moderno. Ésa es toda su familia. Aparte, claro está, de Hugo Trent. Es sobrino de Gervasio. Pamela Chevenix-Gore se casó con Reggie Trent y Hugo fue su único hijo. Es huérfano. Desde luego, no puede heredar el título, pero supongo que al fin a él irá a parar la mayor parte del dinero de Gervasio. Es bien parecido.

Poirot asintió visiblemente pensativo antes de preguntar:

—¿Representa una gran pena para sir Gervasio no tener un hijo que herede su nombre?

—Imagino que debe sentirlo mucho.

—El apellido familiar, ¿es para él una pasión?

—Sí.


El señor Satterthwaite guardó silencio durante un par de minutos. Estaba perplejo, y al fin se aventuró a preguntar :

—¿Ve usted una razón definitiva para ir a Hamborough Close?

Poirot movió la cabeza lentamente.

—No —dijo—. Que yo vea, no existe razón alguna. Pero de todas maneras creo que iré.



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