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Capítulo Los primeros periódicos satíricos ilustrados. El Grito Arjentino y Muera Rosas!


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Capítulo 2. Los primeros periódicos satíricos ilustrados. El Grito Arjentino y Muera Rosas!
El 1 de diciembre de 1839, un hombre fue fusilado en la cárcel por las fuerzas del gobierno de Rosas. El día anterior lo habían capturado mientras caminaba por la ciudad. Lo empujaron contra un zaguán, y tantearon quizá entre los pliegues de sus ropas: buscaban un papel, un impreso fácilmente reconocible, porque además de letras llevaba impresas imágenes infamantes para la causa oficial. El hombre, suizo, o acaso napolitano, o francés, fue preso y fusilado de inmediato. Su nombre era Félix Tiola, de profesión relojero y “profesor de física divertida”. Durante la década de 1820 había alcanzado cierta notoriedad entreteniendo a los porteños con algunos espectáculos de “fantasmagorías” en el Coliseo Provincial.1 Veinte años más tarde, las fantasmagorías ya no se proyectaban en público sino en privado: para ver las imágenes del periódico que Tiola repartía clandestinamente en Buenos Aires y sus alrededores había que trasladarse, por ejemplo, hasta los aposentos de las hermanas Victoriana Elías y Rafaela Elías del Sar, y buscar entre sus ropas, cuidadosamente resguardados, los ejemplares de un periódico que se hace oír desde su título: El Grito Arjentino. 2

Entre la épica y la tragedia, el asesinato de Tiola es el episodio final del relato con que Antonio Somellera, marino y dibujante que reconstruye sus años de conspirador durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, explica a la posteridad, encarnada en el público de fines del siglo XIX al que se dirige, su decisión de abandonar Buenos Aires y emigrar a Montevideo. Pero esta pequeña narración que ilumina también el lugar de la imagen impresa en los años más violentos del rosismo y sobre todo, el modo en que el imaginario sobre las relaciones entre práctica política, vida cotidiana y práctica intelectual fue articulándose en un relato único, coherente y que debía aparecer como clausurado hacia mediados de la década de 1880.3

Porque si la imagerie es parte importante, formal e informal, de la “política semiótica” (Salvatore 1996) del gobierno de Rosas,4 el ingreso de palabras e imágenes impresas que llegaban desde la otra orilla del Río de la Plata podía resultar un arma eficaz por su mera circulación. (Así lo consideraba también, por ejemplo, Domingo F. Sarmiento, al asegurar que su Facundo, un “pobre libro”, había llegado, ajado de puro manoseado y leído, hasta la casa del propio tirano). Convertido en libelo, el periódico no sólo difama y denuncia, sino que, en tanto objeto, transforma a quien lo porta –al menos, ante la mirada oficial– en un conspirador. Y así como el El Grito Arjentino y Muera Rosas! invierten explícitamente la consigna oficial “mueran los salvajes unitarios”, la existencia y circulación de estos periódicos, ilustrados y clandestinos, es un arma de guerra que invierte simétricamente el uso de la divisa federal: accesorio del guardarropas que debe permanecer oculto, su valor se descubre al ser “visto”. La posibilidad y el riesgo que le dan esta visibilidad está puesta en su última página: allí donde, tras las explicaciones de la letra, cada número trae una litografía impresa, una imagen-idea que identifica y postula la unidad ideológica de sus lectores.


  1. El Grito Arjentino


Propaganda revolucionaria








Dos años escasos median entre la publicación de El Grito Arjentino (cuyas 33 entregas salieron por la Imprenta de la Caridad de Montevideo, entre el el 24 de febrero y el 30 de junio de 1839) y ¡Muera Rosas! (cuyos 13 números aparecieron también en Montevideo –según Palcos (1934) y Praderio (1968), por la Imprenta Constitucional– entre el 23 de diciembre de 1841 y el 9 de abril de 1842). Ambos periódicos han sido estudiados como un continuo en el que la argumentación política y los motivos constructivos, tanto verbales como icónicos, se agudizan pero no varían cualitativamente.5 Uno y otro comparten condiciones materiales y técnicas de producción y circulación, y son redactados de manera anónima. Algunos testimonios contemporáneos a su producción confirman la percepción de esta continuidad entre ambos. Así, un periódico montevideano también opositor a Rosas, El Centinela Oriental, comenta:


Muera Rosas. Con este título ha aparecido un nuevo periodico semanal por la imprenta del Compas: hemos leido su número primero, y nos ha parecido una continuacion del GRITO ARGENTINO; 1º: porque ¡muera Rosas! es el grito de todos los pueblos de la República Primogenita de Mayo; 2º. porque la tendencia de este nuevo periódico es indudablemente la misma que la de aquel otro, que según se ha pretendido, fué el motor único de todas las revoluciones que se hicieron en Buenos Ayres contra Rosas. Nosotros creemos que ese grito tuvo en todos los habitantes del Pueblo desgraciado que Rosas domina una influencia, terrible para el tirano; pero no pensamos que él solo haya sido la causa de que los argentinos dispertasen del vergonzoso letargo en que vivian; (…). Sin embargo creemos que el Grito Argentino fue la voz de ¡á la carga! que se dio contra el tirano; porque desde entonces se multiplicaron los sacrificios, el movimiento fué mas pronunciado y se aceleraron los momentos de la época desgraciada que ha pasado. EL GRITO ARGENTINO como ¡MUERA ROSAS! son periódicos muy necesarios en las circunstancias actuales. Ellos por lo menos sirven para fortalecer el corazon de los patriotas, y lanzar anatemas sobre las cabezas criminales de los esclavos, que, por mas corrompidos que sean, al fin han de temblar y rendirse. Con la constancia, el garrote, ó el acero se amanzan las fieras ó se destruyen. (El Centinela Oriental, 7, 1-1-1842).
La historia de la prensa atribuyó los textos e imágenes publicados por El Grito Arjentino y Muera Rosas! a un grupo en el que se repiten los nombres de Miguel Cané (padre) y Juan Bautista Alberdi, y alternan, entre otros, los de Andrés Lamas, Valentín Alsina, Luis L. Domínguez, Juan Thompson, Miguel Irigoyen “y otros” –para el primero– y José Mármol, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Gervasio Posadas –para el segundo.6 La reiteración no es sorprendente: son los mismos que, de hecho, participan también de otras empresas diarísticas más o menos contemporáneas en el Río de la Plata: El Iniciador (1838-1839), El Tirteo (1840), El Talismán (1840), El Comercio del Plata (1845-1851), que enfrentan desde un discurso doctrinario y aun poético la maquinaria publicitaria del régimen rosista.7 Pero en el contexto de la intensa actividad editorial periodística en Montevideo durante aquellos primeros años del bloqueo, El Grito Arjentino y Muera Rosas! se singularizan porque comparten además un aditamento novedoso y evidente. Se apropian de una herramienta de combate arrebatada al enemigo: el uso político de la de la imagen litográfica, que había llegado a Buenos Aires a mediados de la década de 1820, y comenzado a circular en forma de caricatura de prensa a partir del Museo Americano o Libro de todo el mundo, de César H. Bacle (1835).8 El Grito Arjentino y Muera Rosas! incluyen en cada una de sus ediciones una ilustración de carácter político en página completa, y atribuyen a esa ilustración un valor inmediato, pragmático, en la acción militante del periódico. Respecto de la continuidad entre entre lucha armada, proyecto político y proyecto periodístico, puede agregarse que Muera Rosas! la reconoce implícitamente, cuando al iniciar su primer número declara que “Hemos vuelto a ser amos: de pie todo el mundo, y a las armas, que está encima el momento de salir a la pelea. Descended a ella, hermanos, con la íntima fe de que en esta ocasión no serán inútiles nuestros esfuerzos.” (MR!,1).9

Un último elemento permite, en perspectiva diacrónica, valorar los elementos comunes a los dos proyectos periodísticos. Tras el ejemplo de El Grito Arjentino y Muera Rosas!, y en el marco de la generalización de la imagen litografiada en la prensa, este uso de las imágenes con fines políticos y militantes será retomado rápidamente por otros periódicos uruguayos, como El Tambor de Línea (1843) y El Telégrafo de la Línea (1844-1845).10

Planteadas estas evidentes similitudes, cabría al mismo tiempo introducir ciertos reparos en la mirada homogeinizadora sobre este pequeño corpus constituido por dos periódicos cuya publicación dista tan breve lapso. En primer lugar, por sus condiciones de posibilidad: entre la publicación de uno y otro transcurrió el “terror” de 1840, el momento en que una serie de episodios conspirativos, de levantamientos y de conflictos con otras naciones tuvo como respuesta la agudización de la persecución y represión de quienes no eran partidarios del régimen de Rosas. El relato de Somellera es evidentemente la fuente principal que informa la historiografía posterior. Escritos a más de treinta años de Caseros, los Recuerdos de una víctima de la mazorca de Somellera se ciñen a un clima de época en el que memorialismo y balance del pasado histórico –y particularmente, de los años del rosismo– se alían para construir un conjunto de imágenes para el pasado personal de varias generaciones. En esa fórmula complementaria entre un género que expone la intimidad y una operación sobre el imaginario colectivo, la recurrencia a una vulgata sobre las prácticas antirrosistas y de sus productos materiales –alzamientos, martirios, intervenciones públicas, “papeles”– hace inteligible el pasado común. Y al mismo tiempo, estabiliza el presente para quienes se saben protagonistas de aquel pasado, sobrevivientes, y quieren legar una versión para “la posteridad”.11 Por su mismo carácter de totalización, los trabajos de Zinny, pioneros en la historiografía de la prensa, comparten al menos parcialmente esa vocación.

En tanto periódicos clandestinos y militantes, El Grito Arjentino y Muera Rosas! reconocen una serie de vínculos formales, argumentativos y funcionales con el conjunto de las publicaciones contemporáneas de los exiliados de Montevideo, cuyo fin común es la propaganada política. En este sentido, son puntos más o menos visibles de una constelación en la que hay que incluir a los mencionados El Tirteo, El Talismán, El Iniciador, y a la Revista del Plata, porque participan de un repertorio de argumentos y recursos de escritura muchas veces comunes, como comunes son muchas veces sus explícitos o solapados autores. Pero aun desde una perspectiva totalizadora de los impresos del período hay dos cuestiones que justifican una reconsideración de esos dos periódicos. La primera, el uso de la sátira como recurso político, que se insinúa, ocasional o acotado a ciertas composiciones en algunos de estos periódicos, tiene en El Grito Arjentino y Muera Rosas! un lugar privilegiado, a partir de la articulación entre palabra e imagen. La segunda, el que, examinados de cerca, El Grito Arjentino y Muera Rosas! muestran entre sí una serie de diferencias que van más allá de los matices. Aun manteniendo el blanco de los ataques que los dos practican tanto en clave seria como en clave satírica, el público al que se dirigen, la poética y el conjunto de elementos iconográficos a los que cada uno recurre y el inestable equilibrio entre sátira y admonición que ensaya cada uno merece una lectura diferenciada que permita sopesar y revisar aquellas continuidades.



Ver, oír, leer, escuchar
[E]l lector de un periódico dispone de más libertad de espíritu que el simple oyente. Puede reflexionar sobre lo que lee en silencio, y a pesar de su habitual pasividad cambiar de lectura, no leer el periódico que se le brinda o leer sólo lo que a su pasión le agrada. Pero el que tiene que recibir lo que se le mete por el oído y por los ojos, contra su voluntad, avivada la memoria por el coadyudante tan eficaz del miedo, no tiene otro remedio que hospedarlo en la mente intensamente impreso.12
Estas reflexiones, que hacia 1907 José María Ramos Mejía dedica a los medios de propaganda del rosismo, proponen un mecanismo sutil que explica el pasaje de la impresión a lo impreso, en el que ocupan un lugar central las pasiones y la sensualidad de los sentidos. En la cita, el lector de periódicos ha quedado desarticulado: solo quedan de él ojos y oídos vulnerados, mientras el miedo toma cuerpo, personificándose en un eficaz coadyudante [sic]. La lectura, considerada como práctica activa, se perturba por la inquietante alusión de los pronombres objetivos (“lo que se le mete por el oído y por los ojos”), y se revela amenazada por el funcionamiento de una memoria involuntaria pero persistente, que desborda al individuo y lo expone a la circulación, necesariamente social, de las palabras y las imágenes. Como corresponde a un relato que busca organizar una memoria nacional, el ensayo de Ramos Mejía olvida para recordar: leer y oír; ver, leer y tener o no voluntad de memoria son, durante los años del segundo gobierno de Rosas, opciones que organizan un entramado que no es exclusivo de la política oficial del régimen. Este entramado puede reconocerse como eje central de las estrategias retóricas de dos periódicos en los que unitarios, “lomo negros” y algunos hombres de la “joven generación” entran en la guerra de papeles desde el cruce entre letra e imagen.

Esta “guerra visual”, letrada e iconográfica, tiene una historia que parte de las revoluciones republicanas.

El dislocamiento del Imperio produjo un vacío de imágenes de poder, acentuado al retirarse de los espacios públicos los retratos del monarca español y los emblemas del Antiguo Régimen. Los gobiernos posrevolucionarios intentaron llenar ese vacío apelando a la simbología republicana, adecuada según la lección francesa para la formación de las almas. Fue, sin embargo, el régimen rosista (…) el que logró cubrir plenamente tal vacío de imágenes con la utilización programática de la efigie de Juan Manuel de Rosas, que compartió el lugar de los santos en templos y festividades, y se asoció a la iconografía republicana acorde con el discurso político enunciado retóricamente desde la Sala de Representantes. (Amigo: 11).
La saturación del “vacío”, que era marca del proceso revolucionario, fue eficazmente resuelto por Rosas a través de una política de Estado que buscaba unificar, mediante la inscripción y circulación de ciertas imágenes en soportes determinados, vida privada y vida pública. El uso que el gobierno de Rosas hacía de los retratos del Restaurador y de su esposa, Encarnación Ezcurra, y del culto de sus imágenes en soportes de circulación privada y cotidiana –de abanicos a piezas de menaje, de tapizado del mobiliario a paños para el interior de los sombreros– evidenciaba un manejo aceitado y una conciencia particularmente sensible al manejo de esos resortes para la producción y expresión del consenso.13 La profusión y el modo en que las imágenes –no solo impresas– y el impacto visual fueron centro de la liturgia política rosista y –particularmente durante el segundo gobierno de Rosas– de las celebraciones y fiestas públicas muestra además la percepción de una herramienta eficaz para atraer y sostener la adhesión de públicos políticos vastos y heterogéneos: cualquiera –o mejor, todos– los habitantes de la ciudad y la campaña eran interpelados por el carácter patrio de las fiestas “mayas” y “julias”. Participar de su celebración siendo parte de un ritual partidario en sus símbolos se convertía así en un modo de asimilación e identificación en el que experiencia comunitaria y práctica política se solapan a través de un vitalismo que coloca la adhesión política en un umbral indeciso entre la espontaneidad y la absoluta deliberación.

Y el primer problema que se proponen y enfrentan los integrantes de la redacción de El Grito Arjentino es justamente ese: cómo combatir esa lógica política del rosismo. Desarticular sus mecanismos y sus consecuencias implicaba, por tanto, encontrar una estrategia que no se redujera a la insistencia en el tópico de la iconoclasia. Sensibles al poder de las imágenes, los redactores de El Grito Arjentino eligieron, en un primer movimiento, cambiar el foco del problema del eje de la representación, al de la convocatoria a la producción colectiva de una iconografía. Letra e imagen se articularían en un proyecto común, orientado por una elección de público sectorizada y explícita:


No hablamos con los hombres que están enterados de las cosas; sinó solamente con la Campaña, y con aquella parte de la Ciudad, que no sabe bien quien és Rosas, porque solo vé la embustera Gaceta Mercantil. Usarémos, por lo mismo, de un estilo sencillo, natural, y lo mas claro que podámos. (EGA1, 24-2-1839).
Ver la Gaceta o bien hablar con el estilo natural y sencillo del Grito. La oposición entre estos dos modos de tomar contacto con sendos periódicos sitúa con claridad a El Grito Arjentino en la disputa del sector popular del público a la prensa oficial y/o simpatizante del régimen rosista, que –tal como ha señalado Jorge Myers– emergió a través de “la aparición de una escritura pública dirigida principalmente a un público de precaria formación intelectual, cuando no enteramente iletrado”, fenómeno que constituyó “uno de los rasgos más llamativos del periodismo patrocinado por los seguidores de Rosas”.14 Ya en los primeros años de la década de 1830, este tipo de publicaciones circulaban desde los dispositivos con los que experimentaba la gauchesca, en los diarios de Luis Pérez (El Gaucho, La Gaucha, El Toro del Once, 1830). Otras publicaciones periódicas, como El látigo federal o el risueño (dirigido por Juan Laserre y en el que colaboró Carlos Terrada) daban una versión no gauchesca del fenómeno que incorporaba la tradición letrada hispanizante de corte mordaz –retomando, de hecho, géneros tradicionales de la sátira del siglo de Oro, como la letrilla–, transmutada en popular gracias a la sedimentación de esos clásicos. Así, se politiza el uso de la tradición española de modo que sirva de ilustrativo contraste a las versiones “afrancesadas”, jóvenes o modernas de la retórica verbal y mental, en un movimiento similar al que explicita El lechuguino en su polémica con los jóvenes del Salón Literario.15

Por otra parte, la apelación privilegiada a la “Campaña” y a ciertas “partes” de la “ciudad” que se verifica en el fragmento citado es una constante en El Grito Arjentino, y no un dato menor. El primer número de El Grito Arjentino se publicó el 25 de febrero de 1839. El día anterior Fructuoso Rivera había declarado la Guerra a Rosas; dos días después se produjo el pronunciamiento de Berón de Astrada contra Rosas. El último número, del 30 de junio del mismo año, parecía anticipar el inminente triunfo de las fuerzas opositoras a Buenos Aires: tres días antes se había producido el doble asesinato de Manuel Vicente y Ramon Maza, y tres días después, el 2 de julio, Juan Galo Lavalle desembarcaba en la isla Martín García. El periódico acompañó el movimiento de la Conspiración de Maza;16 y que fue pensado como instrumento para alentar el levantamiento de la plebe rural y de los sectores más bajos de las guardias nacionales y cuerpos del ejército (particularmente, a los “patricios” y a los “cívicos”).17 Buscaba así instrumentar un movimiento opositor del que eran parte por entonces la provincia de Corrientes –en la persona del gobernador Berón de Astrada–, los miembros de la “Comisión Argentina” de Montevideo y sus aliados ocasionales durante el bloqueo francés –que había sido impuesto un año antes, en febrero de 1838.18 La apelación a los “labradores”, pequeños propietarios rurales y otros “pobladores de la campaña”: “arrieros”, “changadores”, pulperos, bolicheros; “paisanas”, “gauchos” errantes antes establecidos y ahora desposeídos u obligados desertores, “soldados”, “puebleros” “poco informados”, “hombres de color” (El Grito Arjentino 2) fue parte de la estrategia de propaganda revolucionaria que serviría de base además para otros alzamientos, como el de los “Libres del Sur”, que estalló en octubre de 1839, pocos meses después de la clausura del periódico. Afirma Àngel J. Carranza:


el Grito Argentino, periódico ilustrado que aparecía en Montevideo contra Rosas, no solo era leído y comentado por los gauchos en las pulperías, en los alegres fogones de las cocinas y en los corrales que son su escuela favorita, sino que circulaba también por las carretas en que sus familias concurrían a esas fiestas agrestes, penetrando hasta en las carpas de los oficiales de milicias, convertidas ya en foco de discusión política, pues era unísona aun en los mas apartados extremos de la campaña la idea de profunda repulsion hácia don Juan Manuel. (Carranza 1880)
No obstante la mirada de Carranza es seguramente sesgada a favor del periódico y su núcleo de redactores, la cita es útil en tanto ilumina el modo en que aún hacia fines de siglo se recordaba el carácter rural y popular del semanario.

Si en sus últimos números El Grito Arjentino insiste en anunciar que la hora de la caída de Rosas es inminente,19 el cese del periódico –hecho del que no se registran otras noticias– parece responder a un inevitable pasaje de la palabra a la acción (aunque ese pasaje terminó teniendo un signo diferente al que esperaban los conjurados de Maza, dada la delación que frustó el levantamiento y la posterior persecución que sufrieron quienes estaban involucrados en él).

A lo largo de los cuatro meses que recorren sus treinta y tres ediciones, El Grito Arjentino acompañó desde muy cerca cada uno de los movimientos tácticos de las fuerzas opositoras, insistiendo en sostener un frente único opositor que borrara las diferencias partidarias, generacionales, sociales, raciales y aun jerárquicas. Para ello, apeló sistemáticamente al imaginario de la Revolución de Mayo como punto de confluencia de un sistema de valores en el que valentía, heroísmo y honor se oponen a la mentira, cobardía y corrupción encarnada principalmente en Rosas y en Nicolás y Tomás Manuel Anchorena.20

En este sentido, El Grito Arjentino no sólo participa plenamente del periodismo “de opinión” propio del siglo XIX, sino que además maneja un conjunto de motivos bastante acotado en el que la nueva información que se transmite se inserta en una cadena argumental y en un sistema de imágenes y símbolos que cada uno de sus treinta y tres números reitera. Estos motivos son: el carácter impío de Rosas, su cobardía, su falta de lealtad hacia quienes le permitieron el ascenso al poder e incluso hacia sus servidores más obsecuentes y hacia sus “amigos” (como “Arbolito” o “Pancho el ñato”); sus borracheras, su crueldad e inmoralidad privadas (a los redactores de El Grito Arjentino les preocupa especialmente el modo en que Rosas, al parecer, se ocupa de “soplar con el fuelle” a “sus” mulatos); el carácter secreto y conspirativo de su gobierno –cuya forma más evidente es el ocultamiento del propio Rosas en su casa o sus cuarteles–; la falsedad de la información que su gobierno pone a circular; la malversación de los fondos públicos y la apropiación del patrimonio estatal, en connivencia con los Anchorenas; la persistencia de Rosas en todos estos rasgos –dada por la reconstrucción de su biografía pública, sobre todo a partir de su actuación como militar desde la década de 1820–; la destrucción de instituciones públicas destinadas a los “pobres” como hospitales, escuelas de primeras letras y la Casa de Huérfanos; el odio de las provincias hacia Rosas. “Impíos” y “salvajes”; “traidores” e “inmundos” eran, evidentemente, los epítetos que acompañaban a los “unitarios” en los lemas notariales y cotidianos del discurso oficial. Como se advierte en una mirada rápida, la mayoría de los motivos que expone El Grito Arjentino no hacen sino revertir sobre Rosas algunos de los tópicos más socorridos del discurso rosista en la construcción del “discurso anti-unitario” (Domínguez Arribas: 559) desde 1829, tanto por la prensa oficial (La Gaceta Mercantil y el Archivo Americano), como en los Mensajes y otras comunicaciones menos formales del gobierno.21

La voluntad didáctica manifiesta en el número inicial de El Grito Arjentino teñirá su discurso verbal e icónico, entroncándolo con la sátira en su versión latina, moralizante, y alejándolo del humorismo costumbrista de los años inmediatamente anteriores, tanto en sus versiones textuales –incluyendo los “cuadros” de Juan B. Alberdi, José Mármol o, más ocasionalmente, de los impromptu costumbristas y zumbones que Sarmiento desliza en artículos de prensa o en sus polémicas personales– como del costumbrismo plástico de los grabados popularizados por Bacle. Pero pese a la asimetría de competencias que supone este uso “morato” de la sátira, El Grito Arjentino busca, al menos en su movimiento inicial, encontrar en sus lectores socios para la construcción de un imaginario común del presente que se proyecta hacia una comunidad futura. Así, en uno de sus primeros números el periódico agradecerá a sus colaboradores designándolos como “coescritores”. Desde esta perspectiva, las ideas de escritores y lectores –no importa quién ejecute el trazo– comparten un mismo espacio. De ahí que, en ese primer editorial, el periódico se atreva a anunciar:

Tenemos acopiados muchos materiales: pero deseámos que todos los Argentinos, existan donde existan, tengan parte en esta obra; y les invitamos a que nos envíen cuantas noticias, datos y detalles gusten, sobre los hechos de Rosas y también diseños o dibujos para las láminas; ó al menos la idéa, que será dibujada por nosotros. Esperamos igualmente que éste papel corra y circúle entre las clases que lo necesitan, y en todas las Campañas Argentinas. (El Grito Arjentino1, 24-2-1839)


La propuesta roza un gesto anacrónico: el de la “delegación de la escritura”. Esta práctica, muchas veces vinculada con funciones burocráticas (en la escritura de declaraciones y testamentos, por ejemplo) pero también privadas, cotidianas o familiares (la escritura de cartas personales, por ejemplo) habitual en el Medioevo fue disminuyendo paulatinamente su incidencia conforme la alfabetización y la práctica letrada se extendieron sobre sectores más amplios de la población. La “delegación de la escritura” supone siempre asimetrías en la distribución de saberes, destrezas, capacidades, y también de poder. En el caso de El Grito Arjentino, el fenómeno es diverso del habitual, porque son aquellos que escribirán y dibujarán el periódico quienes solicitan la “delegación”. Las asimetrías propias del “escribir para otros”, por eso, se cobijan bajo la forma de la colaboración a favor de un fin superior y común: la causa “patriótica”. Para que esta alianza fuera atractiva y para ahuyentar cualquier sombra de despotismo del trazo, esa pluralidad reclamada debía poder evidenciarse en las páginas del semanario.22

Si se juzga por las declaraciones del periódico, los deseos de los redactores se cumplieron con creces. En cierto momento, incluso, el entusiasmo de lectores y colaboradores parece haber excedido los límites del proyecto. Frente a algunos remitidos que prometen detalles jugosos sobre las intimidades del régimen, los redactores de El Grito Arjentino puntualizarán, en un intento de poner claridad y decoro a su apuesta por la subdivisión del público: “dijimos (…) que este periódico era exclusivamente para los pobres, para los ignorantes, para el gaucho, para el changador, el negro y el mulato” (29, 9-6-1839). Así, los redactores ponen distancia y organizan el coro: en la letra, ni todo ni para todos.


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