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Canarias en la encrucijada del Sáhara, treinta años después


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Canarias en la encrucijada del Sáhara, treinta años después

Gonzalo H. Martel

Martes 24 de mayo de 2005

Sede de la Orden del Cachorro Canario

Las Palmas de Gran Canaria



0.- PRESENTACIÓN
Terrorismo, inmigración y petróleo. Sobre estos tres pilares, Marruecos espera ganar en los despachos de la diplomacia el botín que no pudo conquistar en la guerra. La última colonia del continente africano con proceso de descolonización formalmente reconocido en la ONU, un territorio desértico que ocupa una superficie equivalente a la mitad de la Península Ibérica, situado a poco más de ochenta (80) kilómetros al Este y Sur del Archipiélago Canario, con el que comparte espacio marítimo y aéreo, representa hoy el último conflicto pendiente de la emancipación de África. Pero también supone el primer y por ahora único caso de invasión militar consolidada de un territorio autónomo por parte de otro Estado en este continente; hablamos del Sáhara Occidental, y nos guste o no, lo tenemos enfrente.

Este hecho físico innegable es el punto de partida de cualquier reflexión que pretenda definir el papel de Canarias en el mundo actual. Y no puede dar igual lo que ocurra; del futuro del Sáhara depende también el nuestro.

Por eso, conviene dejar claro desde ahora que las distintas miradas que se aplican desde la política española al problema del Sáhara tienen un denominador común; están bastante más lejos que nosotros. Después de treinta años, siguen estando a más de dos mil kilómetros, para ser exactos. Quiere esto decir que los condicionantes no se palpan, no se sufren de igual manera desde aquí que desde Cádiz, y mucho menos desde Valladolid o León. Esto, por sí solo, bastaría para justificar una acción política diferenciada desde las Islas, a la que como veremos, se ha renunciado expresamente, cambiando el eje de los intereses generales de Canarias por el juego de los particulares interesados en sacar provecho de la situación tal cual está.

Si añadimos a este hecho físico lo que está ocurriendo ahora, desde el regreso del PSOE al Gobierno, la necesidad de una voz canaria diferenciada en los asuntos internacionales que nos incumben se hace todavía más perentoria.

I.- EL CAMBIAZO
Durante la investidura de Rodríguez Zapatero, en abril de 2004, la única petición expresa planteada a Coalición Canaria por el PSOE reclamaba el favor de que olvidase el asunto del Sáhara durante el debate parlamentario previo a la toma de posesión del nuevo Gobierno. Fue la primera prueba para abrir nuevas vías de entendimiento entre ambos partidos; de la memorable intervención de Paulino Rivero en aquel debate, y del posterior desarrollo de los acontecimientos, no queda más remedio que deducir que el pacto de silencio funcionó. Y funciona, ahora con más energía. Entre las exigencias que CC puso sobre la mesa, y entre los compromisos expuestos por Zapatero, se echó en falta cualquier referencia al Sáhara, y lo único que alcanzó a sugerir el entonces candidato del PSOE era que la búsqueda de la solución al conflicto podría realizarse al margen de la ONU, buscando un acuerdo “entre las partes”, situando por defecto a víctimas y agresores en el mismo plano. Era la primera vez desde el acuerdo tripartito de 1975 que un presidente del Gobierno español públicamente deslegitimaba el papel de Naciones Unidas en este asunto, a pesar de que se llenó la boca reivindicando su protagonismo en la crisis de Irak.

En medio de aquellos días, bajo el impacto del 11-M y del giro político inmediato, esta enorme contradicción pasó de largo ante la opinión pública. Con las pedradas dialécticas cayendo en la afrenta de la guerra de Irak, fue fácil dar el cambiazo. CC aprovechó para aislar a los pocos dirigentes que dan razón pública de la lucha saharaui, y abrió los brazos como nunca antes a las políticas de acercamiento a Marruecos, limando todas las exigencias que públicamente se venían realizando desde la etapa de Manuel Hermoso. El PSOE, por su parte, no sólo recuperó el enfoque que diseñó Felipe González, sino que colocó como ministro de Exteriores a su vecino de chalet en Tánger, un tal Miguel Ángel Moratinos.

Desde entonces, los acontecimientos se han movido en una sola dirección, la que alinea en el mismo bando al PSOE y a CC a favor de los intereses de Marruecos. Vale como prueba de tanteo para futuras aventuras mayores la reciente visita del delegado del Gobierno en Canarias, José Segura, y el senador por Gran Canaria Arcadio Díaz Tejera, a El Aaiún, realizada con pleno conocimiento de La Moncloa con la única pretensión de testear la reacción de la opinión pública. Porque no fueron a saludar a los saharauis; fueron a hacerles la pelota a los marroquíes, a comer en su mismo plato. Antes, Adán Martín y José Carlos Mauricio ya se habían hecho una foto con el rey de Maruecos, al que efusivamente incluso invitaron a visitar el Archipiélago, y prácticamente una vez al mes visita Rabat el ministro de Justicia, el también diputado por Las Palmas Juan Fernando López Aguilar. La pleitesía de esta banda de políticos canarios al régimen feudal de Marruecos ya no genera en las Islas las polémicas públicas que surgían hace quince años; y las reacciones contadas que se producen llegan con meses de retraso, y de forma esporádica y aislada. Los partidos políticos canarios han optado por mirar al Sáhara como un asunto ajeno, cuya solución no le compete.
II.- LA ‘OPERACIÓN CANARIAS’

En Rabat incluso se admite la existencia de una ‘Operación Canarias’. En un artículo publicado en octubre del año pasado en un periódico marroquí, se explicaba así el objetivo de tal operación:

Durante tres décadas, Canarias y Marruecos han mantenido unas relaciones muy tensas a causa del apoyo del gobierno autónomo a la posición de los separatistas de Tinduf, una situación que ha cambiado enormemente desde hace algunos meses”. Entre Marruecos y Las Palmas “se ha abierto por primera vez una nueva etapa, basada en la cooperación económica y la concertación política”.

Resulta evidente que Rabat ha encontrado lo que hasta ahora no tenía en las Islas; aliados con poder que le prometen o garantizan una política exterior del Archipiélago ajena a la opinión pública partidaria de la independencia del Sáhara, que tanto molesta y enerva a los marroquíes.

¿En qué consiste esa confluencia de intereses? Marruecos trata de afianzar en la comunidad internacional la creencia de que sólo habrá paz en la región cuando se aniquile a los zarandajas de los independentistas que fundaron la República Árabe Saharaui y Democrática (RASD) sin su consentimiento. Sólo con la anexión de las tierras, las aguas y el pueblo del Sáhara se podrán frenar el integrismo islámico y la inmigración clandestina que salen de sus arrabales rumbo a Europa. Sin estabilidad territorial, el régimen de Rabat no se compromete a garantizar la seguridad de Europa, y España ya conoce desde el 11 de marzo pasado el dolor que este argumento representa. Es evidente que en Canarias no faltan las voces que quieren comprar la tranquilidad del mercado pagando con la moneda del Sáhara, entre otras cosas porque ese precio reforzaría al actual estado de las cosas en el Archipiélago, según la lógica imperante en los aliados políticos y económicos de Rabat en las Islas, habituados a la mutación de principios por mercancías.
Se rompe además, en esta nueva dinámica, un viejo axioma de geoestrategia según el cual si Marruecos legitimase su ocupación del Sáhara, los flancos este y sur del Archipiélago Canario quedarán al descubierto, a merced de los intereses de Rabat. En el plano político, esto supone la cesión de elementos de la soberanía sobre Canarias, que implica decisivos condicionantes para el margen de desarrollo futuro de las Islas, sin que se haya producido debate alguno, sin que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a opinar sobre el asunto. En el plano militar, la primera consecuencia evidente es que la defensa de las Islas queda a merced de la OTAN, como refleja el hecho de que las principales maniobras de la Alianza en los tres últimos años se han producido en el escenario natural que va desde Cádiz a Fuerteventura, o el reciente anuncio de la instalación de una base militar permanente de Estados Unidos en Tan Tan. Estamos sólo en el prólogo de lo que será una creciente militarización de las Islas y su entorno en el futuro inmediato, lo que aumentará la exposición de nuestro territorio a los riesgos de los nuevos tiempos. La segunda, pero más importante para la evolución del conflicto del Sáhara, es la que ha llevado al Gobierno español a la aventura de prestar apoyo militar a Mohamed VI, con la regalía de tanques preparados para el combate en el desierto y con la oferta de condiciones ventajosas para convertirlo en cliente preferencial de los astilleros militares españoles. Algo así como echar gasolina al fuego.
III.- EL TERRORISMO COMO EXCUSA

Esta confluencia tiene un sorprendente paralelismo con el plan de actuación que el Gobierno de Zapatero se ha trazado para eliminar el conflicto del Sáhara de la agenda de la ONU. La diplomacia activa de la que presume Moratinos está dirigida por dos urgencias; la primera, recomponer las degradadas relaciones con Marruecos para frenar en la medida de lo posible fenómenos incontrolables como el terrorismo islámico que se cultiva en las chabolas marroquíes o la inmigración clandestina. Y la segunda, garantizar mecanismos de estabilidad a la economía española creando zonas de desarrollo como las prometidas, o negociadas, por Rabat con las generosas políticas de vecindad que prepara la Unión Europea. En ambos casos, Madrid pretende legitimar ante la ciudadanía española esta estrategia como el único y más corto camino para evitar la repetición de episodios como el del 11-M; dicho de otra manera, los atentados de Madrid están sirviendo para legitimar sin discusión ni transparencia una política de preferencia hacia el régimen actual de Rabat, sin la necesaria exigencia de contrapartidas democráticas y sin modificar la estructura productiva marroquí, lo que en la práctica se traduce en el reforzamiento de las prácticas feudales de Mohamed VI. Lo saben bien los saharauis de El Aaiún y de las zonas ocupadas, donde las sistemáticas violaciones de derechos humanos y ciudadanos y el régimen de terror policial mantienen la misma vigencia que durante los años de plomo de Hassan II. La diferencia es que ahora, representantes políticos de la socialdemocracia española como José Segura y Arcadio Díaz Tejera van a pasearse allí, sin interesarse por la vida cotidiana de los saharauis.

En este escenario, la estrategia de Zapatero supone en la práctica, la renuncia a considerar el conflicto del Sáhara como una exigencia de legalidad internacional. No sólo se sitúa en línea con la tradición española de renunciar a sus responsabilidades históricas con los saharauis, sino que da un paso más lejos: desprecia el marco de la ONU como escenario de la solución, y comete el grave error de apreciación de considerar iguales a víctimas y agresores, legitimando de entrada la violencia con que el régimen marroquí gestiona la ocupación.

Con la excusa de reconstruir la unidad europea, España quiere curarse la miopía que le lleva a dejar la gestión de su política exterior exclusivamente en manos de Francia, ahora que Bush no se pone al teléfono. Conviene no despreciar, en este contexto de juego de potencias en la zona, el mensaje reiterado en las últimas semanas al menos en dos ocasiones por James Baker, apostando por la defensa de la autodeterminación del Sáhara con la vocación transatlántica que caracteriza a la diplomacia estadounidense. Entiéndase también el interés de la OTAN por afianzar su presencia en una zona donde aún no está resuelta la pugna estratégica entre la Europa afrancesada y Estados Unidos.


IV.- PACTO DE PETRÓLEO
Esta unidad de criterio entre el Gobierno regional y el de Madrid son el principal sostén de la Operación Canarias desplegada desde Marruecos, que comporta además un amplio despliegue de negocios y favores mutuos. También explica, como ningún otro elemento de la política canaria, las concordancias entre Adán Martín y Zapatero. Sólo desde la complicidad entre ambos se ha fraguado la salida del PP del Gobierno regional, que en nada afecta a las lisonjas con Marruecos porque Soria también está de acuerdo en este asunto, forma parte del negocio. Por eso, aunque cambien el Gobierno, realmente lo que se trata es de ayudar a que las cosas se queden como están, como ya ha prometido el PSOE por activa y por pasiva.
Es el cimiento del pacto de petróleo; Somos el único lugar del mundo donde, al descubrirse petróleo, nos negamos a explotarlo. Y lo que es peor; son los gobiernos (regional y español) y los partidos que sustentan a ambos los que alientan ese rechazo. Se trata, sin embargo, de un gran engaño, una enorme y rentable maniobra de distracción cuyo objetivo real es ofrecer un impagable regalo al régimen marroquí, que sueña con un bloqueo de la explotación en el territorio español para absorber, al otro lado de la mediana, el botín del yacimiento en exclusiva. Si los canarios dicen No a la explotación, Madrid se ahorraría muchas gestiones, incluido el reconocimiento de las aguas canarias y su delimitación fronteriza, que por cierto ya ha rechazado en el Parlamento. Rodríguez Zapatero, sin sonrojarse, se atrevió a decir el otro día que no se delimitará la Mediana entre Fuerteventura y Tarfaya porque “debemos buscar elementos que nos unan, y no aquellos que nos separan”. Está clara su apuesta. La región del Magreb y del África Occidental está actualmente volcada en las expectativas generadas por las grandes bolsas de hidrocarburos que atesora el subsuelo marino de esta zona del mundo, que pueden ser más importantes incluso que el petróleo detectado. Mauritania y Senegal ya han suscrito importantes acuerdos con las multinacionales del sector para ceder derechos de explotación de recursos por períodos mínimos de veinte años, y Marruecos, sólo en el entorno que va de Fuerteventura a las costas de Casablanca, tiene cerrados veinte contratos de explotación petrolera, sin contar los que pretender robar de los mares del Sáhara. En este contexto, escuchar a los representantes políticos y empresariales canarios defendiendo para este territorio el modelo de energías renovables que nunca antes les interesó, resulta cuando menos sospechoso. De una inocencia temeraria.
V.- LA INMIGRACIÓN CLANDESTINA COMO NEGOCIO.

Ese afán colaboracionista con Mohamed VI ha llegado tan lejos, que hasta la Unión Europea ha tenido que advertir seriamente a España, con apercibimiento de sanciones y retirada de ayudas, porque las aportaciones para que Marruecos mejore los sistemas de control de la inmigración clandestina se estaban desviando a la vigilancia de las zonas liberadas por el Frente POLISARIO. Este episodio, que no ocupó ni una sola línea en los periódicos de las Islas, provocó el peor conflicto registrado hasta ahora entre Madrid y Bruselas desde el regreso del PSOE al poder.

Se trata en todo caso, de un ejemplo de la escasa autonomía de vuelo de la diplomacia española, limitada a alimentar los negocios de los dirigentes militares marroquíes. Negocios que tienen que ver con la lucrativa empresa de la inmigración clandestina, que convierte en inútil cualquier política alternativa de desarrollo para enraizar la población a sus territorios de origen. O los que tienen que ver con la pesca, que esquilma los mares de la región si otro beneficio que el va a parar a los bolsillos de los privilegiados que tienen buenas amistades en los palacios de Mohamed. Curioso silencio, por cierto, el de quienes tanto abogan por alejar de Canarias las explotaciones petroleras como precaución medioambiental, y todavía no han dicho nada ante la reapertura de la negociación para un acuerdo de pesca entre la UE y Marruecos, ni de los agresivos acuerdos de Rabat con otras flotas.

Algunos observadores, como el catedrático Carlos Ruiz Miguel, describen el recorrido del nuevo Gobierno socialista, de izquierdas, como un proceso de “desnacionalización” de la relaciones con Maruecos, al interpretar como agresivas hacia España distintas iniciativas de Rabat, sin que desde Madrid se haya producido réplica alguna. Yo creo que el asunto es más grave, porque la pasividad resulta, a día de hoy, intencionada. Forma parte de la estrategia. Estamos ante una agenda oculta que trata de modificar los ejes de la soberanía nacional, y sitúa los intereses de la política exterior española al servicio de intereses particulares, por muy multinacionales o muy amigos que sean. Un comportamiento político equivalente a la chulería de Aznar de poner las botas encima de la mesa de Bush; Zapatero se cree en condiciones de hacer lo mismo en la mesa de Mohamed VI, con la única diferencia de que nadie le hará una foto.

El análisis de Ruiz Miguel también aparenta nostalgia del trato displicente que el Gobierno del PP dispensó a Marruecos, y sin embargo, fue precisamente ese polvo el que acarreó estos lodos.

Desde mi punto de vista, la etapa de Aznar fue la gran oportunidad perdida desde Canarias para inclinar la balanza diplómatica del Sáhara hacia una solución definitiva. La capacidad de presión de Coalición Canaria, especialmente en la primera etapa del Gobierno del PP, no se tradujo en una política exterior más activa hacia el Magreb porque el discurso político de los presuntos nacionalistas de entonces (ahora partidos en dos, pero el análisis aún vale para las dos partes) carecía, y carece, de un diseño de estrategia internacional, porque las prioridades de la práctica política se limitaron a asegurar el contento de las bolsas de votantes en el exterior. Y como ahora ha quedado demostrado, muchos de sus dirigentes en realidad estaban del lado marroquí, lo que evidencia el doble fondo con el que siempre se movieron los gobernantes canarios de la época. Dicho de otro modo, durante una década, la representación política de Canarias en el Estado no ha estado a la altura de la circunstancias que nos rodean, y finalmente han optado por legitimar la posición del único estado de la región que se afianza sobre la invasión de territorios vecinos.


VI.- UNA CUESTIÓN DE DERECHO

El desprecio hacia el derecho internacional busca ahora su legitimación de la mano del fenómeno terrorista, que se arguye como razón para reforzar la posición de Maruecos en el escenario internacional. En lo que afecta al proceso de autodeterminación del Sáhara, esta nueva dimensión de las relaciones internacionales trata de equiparar los movimientos de liberación nacional a los grupos terroristas, por lo que más que nunca se debe afianzar la habilidad diplomática de los saharauis. Se trata, siempre se ha tratado, de hacer cumplir un derecho reconocido por la comunidad internacional, y de culminar un proceso inalienable, que conduce a la autodeterminación de los saharauis.


La estrategia de Zapatero, y de cualquiera que trate de colar soluciones ficticias por la puerta de atrás de la historia, ha resultado en todo caso un sonoro fracaso. En primer lugar, porque Marruecos ha dado sobradas pruebas de que no está dispuesto a ceder ni un metro en cualquier margen de negociación, por lo que la exploración de vías intermedias resultan, simplemente, una pérdida de tiempo. La más reciente demostración, pero no la única, de tal impertinencia es la negativa de Mohamed VI a participar en la Cumbre del Magreb Árabe, que debía reunirse en Trípoli mañana (miécoles, 25 de mayo) después de varios años de imposible convocatoria. Tremendo enfado tiene el señorito porque el presidente de Argelia reiteró el domingo, en un mensaje al aniversario de la fundación del Frente Polisario, el apoyo a la independencia del Sáhara; se ha negado a acudir a la reunión por sentirse engañado. Pues bien, la cita de este año ha supuesto meses de preparativos con un mimo exquisito por parte de la diplomacia española, que pretendía presentar esta reunión como el primer éxito de la Alianza de las civilizaciones cacareada por Zapatero, y por contraste, como la demostración de que las políticas de mediación en el Magreb son más útiles que las de confrontación, de forma que también aquí se demostraría lo equivocado que estaba Aznar. El fracaso de esta cita destroza, una vez más, las ingenuas pretensiones españolas, incapaz de entender la complejidad del mapa de la región. Esta reacción airada se genera además a sabiendas de que no acarreará ningún escarmiento por parte de los países amigos; Alguien debió prometerle a Mohamed VI que cuando llegase a la Cumbre, hasta Argelia se olvidaría del Sáhara. Les vale con el silencio para dar el golpe final a los saharauis.

Obsérvese que en el último debate del Estado de la Nación, de este asunto no habló nadie; en el repaso a las gestiones realizadas, el presidente del Gobierno español evitó cualquier alusión al Sáhara, y se limitó a comentar las gestiones de Moratinos en Oriente Medio, pasando de largo sobre las estrategias para el Magreb. Lo que evidencia que estamos hablando del área más opaca del Ministerio de Asuntos Exteriores. Y que las maniobras puestas en marcha no han dado ningún fruto. El Gobierno, en su temeridad, ha llegado incluso a decir en algún momento que, con su gestión, el conflicto del Sáhara podría resolverse en un plazo de seis meses.


RESUMEN

En resumen, el cambio de actitud del Gobierno español ha hecho un flaco favor a una solución justa, a la defensa del derecho internacional. De paso, ha colocado a Canarias en una posición de debilidad en el contexto regional, con la inestimable colaboración de los gobernantes canarios y sus partidos, jaleados por un sector empresarial exclusivamente preocupado por dar salida a sus excedentes fiscales. Después de una década compartiendo mesa y mantel con el PP, los nacionalistas canarios no han reforzado la línea de defensa del derecho de los pueblos vecinos a su libre determinación. Antes bien, con el paso del tiempo las prioridades se han situado en la línea de legitimar el uso de la fuerza que Marruecos aplica desde 1975.

Se trata de una estrategia condenada al fracaso, como acreditan los treinta años transcurridos sin que Marruecos sea capaz de obtener el reconocimiento internacional a su aventura expansionista.

Y en Canarias, los partidos que se presumen nacionalistas, y los colectivos que abogan por los derechos de ciudadanía en general, deberían someter a una profunda revisión sus prácticas políticas cuando ejercen o comparten el poder. Porque el riesgo de perder de vista el lugar que ocupamos en el mundo es que la historia nos pase por encima, sin preguntarnos. Y nos borren del mapa los mismos que quieren borrar a los saharauis. FIN



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