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Camino gallego 98


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CAMINO GALLEGO 98
Pelegria naiziela presentian,
Saint Jakeserat juaiteko deseñian.
(canción zuberotarra)

Aquí están las memorias de un viaje de diez amigos, en la tercera semana de septiembre, lluviosa primero, nubosa después, soleada por fin, a lo largo del muy pisado camino que lleva, por la Galicia escondida, rural y boscosa, a Compostela. Coalición navarro-andaluza bien trabada, sin un solo quitatedea, que, a pesar de rozaduras y estreñimientos, consiguió, pietatis causa, la bendición jubilar con descuento en el retorno por avión y la libranza ab omni malo en un larguísimo regreso de doce horas por carretera. Herru Santiago. Ultreya.

11 de septiembre, viernes


Todos siete bien trabajados y repeinados salimos en una foto testigo que hace Jesús Alfonso junto a la Olletesa. José Mari, Luis, Michel, Miguel, Pello y los dos Javieres. El viaje se inicia a las cinco menos siete minutos en la Biurdana. Llovizna.

Llegamos, cuando anochece, a Mansilla de las Mulas, donde dormimos en el Hostal "Los Faroles" por 400 duros la cama. Es el primer día de fiestas y los jóvenes acaban de presentar sus peñas con una ducha de gaseosa. Una puerta de acceso gótica señala la calle-camino y abre, más que cierra, el viejo recinto urbano de trazado bien conservado. Callejeamos. Hay varias casas, de ladrillo, con porches sencillos en algunas plazas. Hace fresco, casi frío. Después de cenar tenemos tertulia a costa de Internet. Regresamos al hostal, alejado del pueblo. Las barracas, semivacías, programan un ruido estruendoso, desproporcionado para el tamaño del pueblo. Lucen estrellas en el cielo.


12 de septiembre, sábado.


Hemos hecho desayuno autogestionado y lo hemos fregado con manga de riego. En León el tiempo parece haberse detenido cuando llegamos al casco antiguo, sobre las nueve de la mañana. La catedral es magnífica, una caja de cristal, con nervios y ojivas ligerísimos. Queda algún pórtico policromado y la piedra, al exterior, limpia de la mugre de siglos. Sobre el tablado un músico afina un clave.

El casco viejo aparece renovado, bien pavimentado de losa continua, se ven edificios nuevos que dialogan bien con las fachadas antiguas, alegres, repintadas. Parece vivo, sobre todo.

En San Isidoro visitamos la iglesia apuntalada con tirafuertes de hierro, y el panteón real con capiteles románicos del siglo XI y unas pinturas de comienzos del XII jamás retocadas. Qué hermosa postal de Navidad: Angelus ad pastores. El tesoro tiene orfebrería y telas godas e hispanoárabes. La biblioteca reúne más de trescientos incunables, y ejemplares micrografiados e iluminados allá por el siglo X. En el vestíbulo hay un retrato, algo oscurecido, de un gran navarro, Martín de Azpilicueta, que parece recién salido de una Cuaresma, de delgadito y seco que está, vestido de canónigo de Roncesvalles.

Adiós, San Marcos, visto y no visto. Brevísima mirada, desde la furgoneta, al apostolado de bronce que esculpió Subirats para la Virgen del Camino. Y, diez minutos, para conocer el larguísimo "Paso Honrado" de Puente de Órbigo. Cientos contra sólo veinte; ya podían.

Sonaba en el órgano barroco de la catedral de Astorga la marcha de Mendelssohn para una boda con roja alfombra y pirueta indumentaria en los invitados. El palacio episcopal de Gaudí me ha parecido una pequeña Disneylandia de la que sólo se salvan las bocinas que dan acceso a la portería. Hay una muralla poderosa, heredera de la romana. Mantecadas. Y precios de risa en los bares.

Qué bien se va por la autovía, pero ¿habrá problemas de presupuesto? Hay mucha tierra removida, viaductos a medio hacer y fechas incumplidas. Un hotel se llama “Bergidum”, porque estamos en el Bierzo de minas semiabandonadas, tejados de pizarra, viñas en los carasoles y frutales en la vega. El sol y la provincia de León se acaban en el valle del Valcarce. Suben caminos y carreteras hacia Piedrafita , que ya es Galicia. Niebla.

En O Cebreiro, fascinante arquitectura de pallozas, nos sellan la credencial de peregrinos con el caucho de “Os Cabaleiros do Santo Grial”, lo que merece música de Parsifal de Wagner. Pasamos por O Poyo y después de Fonfría comenzamos una corta andadura, de hora y media, en el kilómetro 138. Algunos cazadores persiguen no sé qué entre prados donde pastan vacas pirenaicas.

Qué bonito camino, túnel cubierto de castaños. Llegamos a Triacastela (Tres Castros, nos dicen, y no Tres Castillos, pero hay tres torres en el escudo) y pernoctamos en el nuevo albergue. Un perro católico sigue la misa, arrodillado, desde la cancela de la iglesia. Chove. Los cordobeses, Any y Juan, han llegado en autobús a Becerreá. Nos reunimos tomando el café. José Mari duerme en la furgona.


13 de septiembre, domingo. Triacastela – Sarria.


El café del desayuno, en la fonda Vilasante, nos lo ha servido el cura del lugar. Al secretario de Sesma (Javier Guembe) le interesa saber qué es un concello y si la parroquia es entidad administrativa, pero el presbítero dice que Fraga tiene muy bien la memoria y la cabeza y habla de la situación ganadera. Hay vacuno de carne y leche y es común que cada familia tenga alrededor de treinta cabezas, heridas de muerte por la política europea. A Michel alguien le ha contado que muchas familias han dado el cerrojazo y se han ido para siempre del pueblo.

Olvido imperdonable. No hemos cogido una piedra de Triacastela para llevar a Castañeira. Claro que ya no funden la cal para la catedral compostelana.

Prácticamente no deja de llover en los 17 kilómetros que separan Triacastela de Sarria. En el camino niebla, además de lluvia, que el paraguas combate mejor que los chubasqueros y capas. Cada quinientos metros los mojones kilométricos de conchas aparecen sobrepintados con el trinke celta. Admiramos los tapiales y los muros curvos de sillarejo. Tapias que cierran prados bordeados de abedules, castaños, robles y pinos de Monterrey. Esta es agua de engordar castañas, que nadie ha de recoger. Ni las manzanas. En los huertos hay alubias, nabos, maíz, lechugas y coles subidas de las que arrancan hojas para el caldo y los animales. Hay tiempo para hablar en el camino. Any revive la reciente muerte de su padre. Desde lejos, a una hora de andar aún, Sarria reluce blanquecina e iluminada fugazmente por un rayo de sol.

Llega Jesús Alfonso. Hay sitio para casi todos en el albergue. El "casi" es el Olleta que repite noche en la Volkswagen. Vemos, en la parte alta del caserío, el Convento de La Merced, precioso trabajo de canteros en el granito, y el recinto donde se celebra el mercado ganadero cada 28 de mes. Junto al Xulgado hay una tapia donde trompetean rojas bignonias. A orillas del río Sarria hay un pasillo de adoquines para recorrer un juego de esculturas de bronce y granito, y un molino cuyos propietarios, entusiasmados, nos enseñan con una demostración de molienda en tres tolvas diferentes: maíz, blanco y amarillo, y trigo. Nos entregan harina cernida.

Caldo gallego y filete de ternera, menú recurrente. Guapa galleguiña en la comida, comedor casero en la cena donde un rapaciño se ejercita en el videojuego, contemplado por los abuelos, entre las mesas de los comensales. Hay en Sarria una calle dedicada a Rosalía. La gente pasea endomingada. Vamos a buscar un laxante para Pello. Por la noche, en las literas del albergue, abundan los "roncaleses". Felices músicos durmientes.

14 de septiembre, lunes. Sarria – Portomarín.


Pasamos cerca de los restos del castillo que hay en lo más alto de Sarria, destruido en la lucha de los irmandiños y junto a la tapia del campo santo. Sin ningún cuidado el sepulturero va tirando por un hueco del muro los hierbajos lacios de las coronas, efímero recuerdo y basura acumulada que no se recicla.

Atravesamos, por una senda pendiente, un bosque de centenarios castaños y robles. Luego vemos los primeros hórreos entre caseríos cercanos al camino. Hay pequeños núcleos de casas reunidos en torno a su iglesia de necesaria espadaña, escuelitas convertidas en albergues y fuentes jacobeas nuevas con una gran concha que las enmarca y su alberca. A quien quiera darse un baño, le avisan que cubre tres metros. Las zarzamoras están repletas de fruto maduro.

En medio de un bosquete preparan guirnaldas de luces para el baile nocturno de fiestas que reunirá a la gente en un descampado, lejos de sus casas,

Algunos caseríos no tienen saneamiento, los desperdicios se queman donde viene bien y los vertidos se amontonan. Cuando el camino es embarrancado y recoge barro o agua, hay en un borde corredoiras de enlosado donde pisar en seco.

Paramos a almorzar en el kilómetro 99,5, caserón de Morgade, donde sirven empanadas y bocadillos en un patio-cobertizo. Las gallinas picotean entre las piernas de los comensales, regalados con el olor y gruñidos de los cochos, que llegan de la pocilga. Hay un caballito-columpio que pende del techado. Se ven también un horno de pan y un banco de carpintero. Any pregunta por las necesaris y le dicen que no las hay, sino corral, donde se alivia. Sólo faltan Rocinante y Maritornes en esta venta. Cerca, algunas mujeres cortan maíz forrajero, que transportan en fajos.

En cinco horas hemos hecho la etapa. Cerca de Portomarín hay un pequeño núcleo tradicional que conserva su sabor. Froto entre las manos y me llevo a las narices una hoja de laurel. Termina el camino en vertiginosa pendiente cuesta abajo. A su lado se ven algunas viñas.

Portus Minei, para los romanos puerta y paso necesario sobre el Miño, cuyas aguas tienen ahora color verde sulfatado. El embalse de Belesar descubre, en estiaje, lo que antes anegó. Salvaron una parte del puente románico, una gran escala que Cunqueiro cree obra del Maestro Mateo, y la iglesia-fortaleza de los templarios quienes, en mi humilde opinión, hicieron un mazacote horrendo, o alguien se encargó de empeorársela.

La calle mayor del nuevo poblado tiene unos soportales con arcos de piedra de granito que resulta frío. Hay en el porche comercios y bares. Un entusiasta del BNG nos da un mitin en su taberna y nos cuenta cómo, de chavales, robaban ciruelas en la huerta del cura en verano cuando iba a Portomarín el ceremonioso obispo de Lugo, Ona de Echave, carcaruco de triste recordación. Nosotros también hemos ayudado a dos niñas a saltar la tapia, pero no debía haber muchas ciruelas. A la hora de cenar nos propone el menú un singular maitre con boina encasquetada, lector al parecer de un solo libro, de poesía jacobea y pretensión espiritual, y atento al cajón de su negocio.


15 de septiembre, martes. Portomarín – Casanova Mato.


Me dicen los compañeros que el camino de hoy era pesado por las cuestas y la proximidad o el dominio del asfalto. Yo he llegado a Palas do Rei, pallatium regium del Calixtino, en el coche de Jesús Alfonso, para conseguir que Pello regularice su atormentado aparato digestivo. Es imposible encontrar un comedor donde sirvan verdura cocida.

Hemos alquilado una habitación frente a la plaza. Son fiestas y han instalado, en un santiamén, un trailler escenario. De nueve de la noche a tres y cuarto de la madrugada ha durado el espectáculo con una buena orquesta de nueve músicos, cantante con tupé y repertorio que variaba de Manolo Escobar a Ricky Martin, animadora y dos bailarinas de cambiante, imposible, fosforescente indumentaria. Mesa de luz y sonido, focos, cañón de luz y hasta máquina de humo. Y el cantante que no olvida a nadie en sus dedicatorias: los que están enamorados, los peregrinos a Santiago, pero sobre todo "unas personas sin las cuales ni ustedes ni nosotros estaríamos aquí esta noche: la Comisión de Fiestas" Los jubilados con sus boinicas y sus mujeres impasibles, hacen un corro de mudos mirones. Alguna pareja graciosa disfruta bailando de verdad. Una imagen casi de Berlanga.

EL PAIS trae severas criticas de Josep Borrell e Imanol Zubero al acuerdo de Estella: Confunde conflicto político y violento, alimenta un imaginario de soberanía e independencia, olvida que hay vascos no nacionalistas. Francia y España ¿aceptarán verse reducidas a causantes del conflicto y meras espectadoras de la iniciativa? ¿Qué pasará con la cuestión territorial y Navarra? A ETA no se le ponen condiciones, pero se espera de ella una tregua. La Declaración de Estella no es todavía una propuesta de paz, sino un intento de agrupar a las fuerzas nacionalistas sobre la base de un programa que pueda ser aceptable por ETA.

¡Qué lío el de las hospitaleras! La de Portomarín me dijo que era enteramente voluntaria. Que este año pasarán por el refugio más de veinte mil peregrinos y que en la cajeta dejan cantidades ridículas. ¿Tendrá la voluntaria comisiones de bares y hostales? La de Palas me cuenta que el pasado 21 de julio, con idea de llegar a Santiago el 25, durmieron en el albergue más de 400 personas (eso se viene repitiendo cada año), que dejaron en la hucha 180 pesetas. Añade que este año ya han pasado más peregrinos que en el 93. Cuenta que la empresa que les contrata les paga 30.000 pesetas al mes, 4 horas de Seguridad Social y es para ella la mitad de la hucha. No tienen vacaciones, ni descanso semanal, ni sustituciones. Verdades a medias.

Miguel, un cascantino, me cuenta su experiencia de camino por Castilla. Me habla de etapas en las que la meta se ve desde la salida, o en que sólo hay una encina referente en mitad del camino. Y alojamientos cutres con hosteleros espesos. Pueblos pequeños donde la gente anda reñida entre sí, o donde encuentra personas deseosas de ser escuchadas.

16 de septiembre, miércoles. Casanova Mato – Ribadiso.


Pello y yo hemos visto amanecer en Palas. Por una pista no señalada llegamos desde Saá a Casanova, donde conocemos a Carmen Morandeira, anfitriona de nuestros compañeros en el pequeño refugio y en su comedor-cobertizo donde ayer les ofreció una tortilla grande y gruesa como rueda de carro, pero muy jugosa. Carmen nos da un buen desayuno. Anota nuestra generosidad en la cajeta y por la tarde, al recoger el coche, nos regala, muy en secreto, un delicioso queso, bien curado. Me cuentan que ayer en Casanova otra mujer se pasó la tarde entera haciendo la colada a mano en el lavadero.

El camino es precioso, escoltado de robles y de un curioso y largo seto de laurel. Ya en La Coruña, llegamos a Leboreiro, donde hubieron de abundar las liebres, un pequeño núcleo rural que guarda muchos encantos: Iglesia gótica temprana con tosca portada y un gran falo en un canecillo, casas tradicionales, una de ellas de sillares, un cabozo o cabicoiro, especie de esportizo para secar el maíz, y pavimento de piedra que lleva a un puente con petriles y giba de camello, de traza medieval.

Se pasa otro hermoso puente antiguo para llegar a Fourelo, y de allí se va a Melide, que tiene un crucero del siglo XIV de factura tosca con la imagen del Crucificado y del Resucitado. Una placa asegura que tal casa tiene "el monopolio de cerillas del partido de Arzúa". En el albergue hay caballerizas y un libro registro donde se asegura que José Mari, Luis y Michel pasaron por allí, en bici, el año anterior. Han hecho historia.

Sigue el camino por tierras de labor y cruza el río por un remanso umbroso mediante un puentecillo de losas. Más allá dos trabajadores de buzo y katiuska hacen sondeos, a 3.500 pesetas metro, para encontrar agua de pozo.

Otra brigada construye un nuevo saneamiento comunal. Sudamos subiendo a Castañeira y terminamos etapa en Ribadiso, precioso albergue separado en edificios que antes fueron cuadras. Hay un hórreo pintado de azul y sanitarios nuevos que sirven a un camping. El lugar es encantador: una doble aliseda acompaña al río Iso hasta un remanso donde hay un puente.

Luego hemos ido por carretera, en coche, al origen de etapa. Es curioso comprobar lo mucho que se puede caminar en unas horas, reconocer el camino peatonal abreviado respecto al asfalto e identificar intersecciones. Nada para conocer una tierra como marchar por sus caminos. Hay buen pulpo y Ribeiro turbio en Melide.



17 de septiembre, jueves. Ribadiso – Arca.

Una telaraña recoge brillantes gotas de rocío. Hemos subido de la niebla al sol dejando el valle del Iso. Había al lado del albergue un viejo carro de madera, de los que arrastraron bueyes, pieza de museo.

Los niños y niñas cantan en la escuela de Arzúa. El camino ofrece preciosos pasos con cierres de muros bien acabados y robles que enmarcan, como ventanas, vistas hacia praderas y campos de maíz.

Una mujer conduce un hato de vacas frisonas de ubres generosas:

— Estas, ¿ya darán veinte litros cada una?, pregunta Luis.
— Depende,... veinte... o treinta.

"Depende", es una constante salida relativista de la gente gallega. "Depende", palabra talismán, que conviene anotar.

Los tramos rehabilitados del camino están cuidados con replantaciones en que abundan los abedules. Hoy hemos visto limoneros y emparrados al pasar por los pueblos. Pero, sobre todo, empiezan a abundar las arboledas de eucalipto.

La radio transmite impresiones optimistas que saludan como importante la tregua indefinida de ETA. Un tren que no hay que perder, dice Margarita Robles, socialista y exsecretaria de Interior, quien reconoce que no ha habido desde su partido iniciativas de paz.

Hablo, en euskera, con un peregrino que viene de Donibane Lohitzun. Otro grupo de francesas y franceses de entre 60 y 70 años vienen haciendo el camino jacobeo en 5 años, a razón de 15 días cada vez, desde Le Puy en Velay. Ayer saludé, en Casanova, a un peregrino que iba en un tirón de Roma a Compostela, y leí que un matrimonio danés ha acabado, en 5 meses, todo el camino, 3.500 kilómetros a pié desde su país.

María es la hospitalera del albergue de Arca, concello de O Pino, que está a 18 kilómetros de Santiago y tiene 130 camas. Este es un albergue singular porque es el de despedirse y la gente lo celebra. La gente joven es bullanguera y le da problemas. El año inaugural tenía que acudir la guardia civil para separar a la gente que se disputaba las plazas. Dice que pasa por el albergue gente de una calidad humana extraordinaria, y ese es un atractivo para su tarea, cuyas condiciones mejorarán el año próximo si la Xunta traspasa los albergues a los municipios.

Hemos dado una vuelta por el pueblo. Esta limpio, bien iluminado y saneado. Hay algunas casas tradicionales y otras nuevas, a veces inacabadas de construir. Una iglesia hermosa por su sencillez y su fachada clasicista con torre herreriana. Cuidan algunos jubilados los setos y jardincillos. Bosques de eucalipto rodean al pueblo. Moscatel y peras, frugal colación, porque a mediodía comimos huevos y carne. Ternera y tomate de ensalada, inolvidables sabores gallegos.

18 de septiembre, viernes. Arca – Santiago.


Para las nueve menos cuarto estábamos de camino, iniciado entre bosques de eucalipto y roble. Pasamos cerca de la concentración escolar y notamos una excesiva ocupación de territorio por viviendas. ¿Qué pasará con las normas y ordenanzas? Es raro encontrar alguna arquitectura interesante.

Entre caseríos el camino llanea y trepa en pasos excavados en la roca que han cubierto sus cicatrices con abundante helecho. La niebla matinal se disipa.

Pasamos entre los pilones del ILS del aeropuerto de Lavacolla y por una zona residencial de chalets. Luego ya no pisamos más que asfalto y desaparecen los mojones referenciales del camino que antes lo hitaban cada medio kilómetro. Alcanzamos una meseta, pasamos por las instalaciones de la TV gallega y la española.

El Monte do Gozo está coronado por un monumento conmemorativo de la visita papal que da ganas de gritar, como hacían antes aquí los peregrinos. Asoman, tras los pinares los pináculos de las torres compostelanas. Recuerdo el salmo: "Ya están pisando nuestros pies tus umbrales" Al lado está la humilde capilla de San Marcos.

El camino deja a la izquierda una zona de albergues y dotaciones, y se precipita hacia la ciudad por el puente de San Lázaro que recuerda a un lazareto. Discurre luego, escasamente señalado, por el arrabal, y entra por una calle de casas blanqueadas con viejas tiendas en planta baja. Quiere uno ponerse en la piel de los peregrinos que llegaban a Compostela siglos atrás, pero le resulta imposible.

Huele en la catedral a incienso de botafumeirazo. Alojados, duchados y comidos, reandamos la ciudad y sus calles, visitamos palacios, mercados y una librería. Damos el abrazo al Santo, vemos sonreír a Daniel en el Pórtico de la Gloria. Se me ocurre decir el Gure Aita por la paz y la justicia en nuestra tierra. Nos dan la Compostelana en latín y un canónigo explica a Pello el significado de la Venera.

Desde la Alameda vemos la luz crepuscular sobre el Obradoiro, el campus universitario y el monumento a Rosalía:

¡Animo, compañeiros!
Toda a terra é dos homes.
Aquel que non veu nunca mais que a propia
a iñorancia o consome.

La noche es cálida en Santiago. De estar en las terrazas, en mangas de camisa.


19 de septiembre, sábado. Regreso.


Adiós a los cordobeses que vuelven en avión y tren. Nosotros hemos comprado vino de Ribeiro y Albariño, y a las once menos cuarto, en la Plaza de Galicia, hemos iniciado un viaje de doce horas, con cuatro paradas. Una de ellas en Sahagún para extrañarnos ante la belleza románica de San Tirso, conseguida con ladrillo y piedra, y fotografiarnos con el reflejo de unos espejos ante el letrero de la "Asesoría Moral". No es que vendan moralina, supongo, sino que el asesor tiene ese apellido.

Hay tiempo para hablar en alto sobre el Camino y los caminantes.

No cabe duda de que existen peregrinos con espíritu religioso, y aun cristiano, más o menos tradicional. Habrá también deportistas, aventureros, aprovechateguis, turistas que quieren vacaciones baratas, gente enamorada de la naturaleza y caminantes que subrayan el contenido cultural de la travesía.

Una semana por la Galicia que hemos recorrido nos ha dejado mucha información sobre el paisaje bellísimo, la ganadería en crisis, el medio sanitario bastante descuidado, el patrimonio artístico y los conjuntos urbanos de todo interés, la gente y su carácter.

Ir en grupo organizado supone alguna reclusión, pero multiplica la riqueza de las observaciones. Condiciona algo la libertad individual para el silencio y para el contacto con otros viajeros. Cabe hacer el camino en solitario y con mayor austeridad. Un recorrido seguido de cuatro o cinco semanas quizá llegue a resultar pesado.

Salvo mejor opinión. DEPENDE.



Javier Pagola.


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