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Cada uno es como es


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Cada uno es como es
Todos somos distintos, y cada uno es como es. Entre los músicos también, por supuesto. Los hay geniales y mediocres, altos y bajos, tranquilos y nerviosos, serenos e irritables, humildes y pagados de sí mismos, celosos, orgullosos, irritables, apacibles, soñadores... En fin, de todo.
Una compositora visionaria

La compositora alemana Hildegard von Bingen (Bermersheim, 1098 – Rupertsberg, 1179) tuvo a lo largo de su existencia y ya desde muy temprana edad visiones y experiencias místicas. Creía que se comunicaba con las divinidades y que éstas le daban la clave acerca del sentido de su vida y de su misión. Llevó una vida contemplativa dedicada a la oración pero también al cultivo de la cultura, muy especialmente de la música. Su nombre se debe a la población de Bingen, que es donde se trasladó en 1150 para fundar un monasterio, por supuesto siguiendo un mandato divino.


El pequeño Adrien

Adrien “Petit” Coclico fue un compositor y teórico que nació entre 1499 y 1500 – no se sabe con exactitud – en algún lugar de Flandes y murió en Copenhague en 1563. Tenía un sobrenombre – petit, pequeño – que ha quedado incorporado a su nombre y que hace alusión a su baja estatura. Realmente era un enano y según parece su aspecto era más bien grotesco ya que, posiblemente para disimular su baja estatura, se había dejado crecer una barba – por cierto, de color rojo como su cabellera – que le llegaba hasta las rodillas; y esa barba todavía la acentuaba más.

En su vida hubo algún que otro episodio curioso como cuando fue expulsado del servicio del duque de Prusia por haber dejado embarazada a una viuda con la que dijo que tenía intención de contraer matrimonio. Además fue uno de los últimos representantes de la tradición polifónica flamenca y a él se deben, a parte de obras musicales de interés en que se percibe una gran preocupación por la correspondencia entre palabra y música, un tratado teórico importante, el Comendium musicae.
Qué malos son los celos....

A Johann Wolfgang Franck (Unterschwaningen, 1644 – Londres, 1696) se le recuerda sobre todo por haber sido el autor de la primera ópera alemana, Die drey Töchter des Cecrops, de 1679. Precisamente fue el año del estreno de esta composición cuando mató a otro músico del que estaba celoso. Huyó a Hamburgo esquivando la persecución de la justicia y en esa ciudad conoció un gran éxito no sólo como compositor de óperas sino que su prestigio le supuso el nombramiento de director musical de la catedral. Durante los últimos seis años de su vida organizó conciertos en el Covent Garden londinense. Y nadie pareció recordar su crimen pasional.


Con la música era otra cosa

Según parece el porte elegante y sereno del compositor Arcangelo Correli era otra cosa con la música. Dejemos hablar a su biógrafo Michael Talbot, reconocido estudioso además de Antonio Vivaldi: “La descripción que Hawkins hace de Corelli como notable por la suavidad de su carácter y la modestia de su porte resume las impresiones de sus contemporáneos, para quienes tales cualidades eran admirables en alguien tan famoso y tan rico. Los retratos de la época, de los cual el mejor conocido es uno del inglés Hugh Howard, quien visitó Italia de 1697 a 1700, pone de relieve la serenidad de arcángel del compositor. El estilo de su interpretación era adecuado – sabio, elegante y patético – aunque haya un testimonio discrepante, según el cual era habitual que perdiera el dominio de sí mismo, los ojos se le pusieran rojos como el fuego y le giraran en ls órbitas como si estuviera agonizando”.



Un desafío

Carlo Goldoni ya era un escritor destacado a los veintiséis años de edad y gozaba de un merecido prestigio en Venecia como libretista de ópera. Nada menos que Antonio Vivaldi reclamó sus servicios para una nueva obra escénica que debía representarse en la temporada operística primaveral de 1735 de la ciudad de los canales. El propio Goldoni recordaba así el encuentro con el gran maestro veneciano:


“- Aquí tenéis, me dijo, la obra teatral que hay que adaptar, la Griselda de Apostolo Zeno. La obra es magnífica pero hay que realizar algunos cambios. Aquí, por ejemplo, después de esta tierna escena, hay una aria cantable, pero dado que a la signora Anna no le gustan este tipo de arias – es decir, que no las podía cantar – aquí será necesario introducir una aria de acción que revele pasión pero no pathos, y que sea cantable.

- Ya lo entiendo – le respondí – . Me esforzaré en satisfacer sus deseos. Déme el libreto.

- Pero es que lo necesito para trabajar – replicó Vivaldi –. ¿Cuándo me lo devolverá?

- Inmediatamente – le respondí – . Déme una hoja de papel y una pluma.

- ¿Qué? ¡Su señoría se imagina que una aria de ópera es como una aria de intermezzo!
Yo estaba furioso y le repliqué de un modo insolente. Me dio la pluma, sacó una carta de su bolsillo y de ella arrancó un trozo de papel blanco que me entregó. Volvió a su maesa de trabajo y empezó a recitar su breviario. Entonces leí la escena cuidadosamente. Analicé el sentimiento del aria cantable y la convertí en una de acción y pasión. Le entregué mi trabajo. Con su breviario en la mano derecha y mi papel en la izquierda, empezó a leer en voz baja. Cuando termino lanzó el breviario a un rincón, se levantó y me abrazó”.
Un retrato de... ¿Bach?

No sabemos de un modo fiable como era Johann Sebastian Bach, cuál era su aspecto. Aunque existen diversos retratos de él, se cree que solamente uno fue pintado en vida, el debido a un pintor considerado bastante mediocre llamado Haussman. Resulta que Hausmann tenía una curiosa tendencia a repetirse, de modo que sus retratos se parecían mucho entre sí.


No se puede ser curioso

Al quedarse huérfano siendo un niño, Johann Sebastian Bach fue a vivir con su hermano Johann Christoph, quien no sólo le proporcionaba sustento y todo lo que necesitara para sobrevivir sino que además le daba clases. Johann Christoph se percató de inmediato que su hermano menor era un fuera de serie, aprendía rápido y tenía una curiosidad natural que le llevaba a querer saber más y más. Cierto día, el pequeño Johann Sebastian supo que su hermano tenía en casa un libro con obras de los grandes maestros de la época, a los que admiraba, como era el caso de Pachelbel y Froberger. Le pidió que se le dejara pero él se negó, quizá por considerar que se trataba de algo demasiado elevado para su nivel. Muchos años después, Carl Phiplipp Emanuel Bach, uno de los hijos de Johann Sebastian, escribió lo siguiente acerca de este preciado y apetecible volumen: “El libro se guardaba en una alacena con puertas enrejadas. Sebastian podía llegar a él con sus pequeñas manos a través de las rejillas y le era posible enrollarlo ya que tenía tan sólo una cubierta de papel. Así podía llevárselo por la noche y, cuando todos dormían, copiarlo a la luz de la luna puesto que no podía servirse de otra luz. Tras seis meses disfrutando de ese tesoro intentando celosamente aprovecharlo en secreto, su hermano se enteró. El enfado fue de tal modo que confiscó la música que había copiado con tanto esfuerzo”.


¿O sí? Quizá sí que se pueda ser tan curioso...

Cuando el compositor Georg Philipp Telemann (Magdeburgo, 1681 – Hamburgo, 1767) era todavía un niño, mostró un gran interés no sólo por la música sino también por las matemáticas y por la astronomía. En lo que se refiere a la música, se encargo de aprender a tocar por su cuenta y por sí mismo diversos instrumentos. Las matemáticas y la astronomía las estudió en la universidad, aprovechando su estancia allí para, como quien no quiere la cosa, aprender a hablar muchas lenguas europeas. Era curioso, todo le interesaba, y además era como una esponja, todo lo absorbía. Aprendía y, encima, aprendía pronto.


A cada uno lo que le corresponde

El compositor Georg Fredrich Händel (Halle, 1685 – Londres, 1759) era un personaje un tanto orgulloso y poco dado a elogiar a sus colegas. Pero con Henry Purcell (Londres, 1659 – 1695) hacía una excepción. Realmente lo admiraba y en 1752 dijo comentando su música – no la de Purcell sino la de Händel – que “si Purcell estuviera vivo sin duda alguna compondría música mejor que ésta”.


Un retrato de Händel

El famoso musicólogo Charles Burney describió así a Händel: “Era un hombre grande, bastante corpulento, y sus movimientos eran torpes. sin embargo el semblante, que recuerdo con tanta perfección como el de cualquier persona que hubiera visto ayer mismo, estaba lleno de energía y dignidad y dejaba ver las ideas de superioridad y genio impresas en él. Era impetuoso, tosco y perentorio en sus modales y conversación, aunque totalmente despojado de una naturaleza malvada o de malevolencia. En realidad, tenía un original sentido del humor y resultaba afable en sus más animados ataques de mal genio o de impaciencia, que eran, con su defectuoso inglés, extremadamente risibles. Su natural tendencia al ingenio y al humor y la feliz forma que tenía de contar los hechos cotidianos de manera singular le permitían colocar a las personas y cosas en situaciones muy ridículas. Conocía demasiado bien el valor del tiempo como para perderlo con motivos frívolos o con acompañantes fútiles, a pesar de lo alto que fuera su rango. Enamorado de su arte y diligente en su cultivo y en su ejercicio como profesión, vivió una vida estudiosa y sedentaria que casi nunca le permitió tomar parte en sociedad o compartir diversiones públicas. El aspecto de Händel era, en líneas generales, algo pesado y amargado, pero cuando sonreía, era el sol que estallaba tras una nube negra”.


Es como un niño

La genialidad de Wolfgang Amadeus Mozart no puede discutirse. Su madurez fue sorprendentemente precoz y jovencísimo aún ya escribía auténticas obras maestras. Otra cosa es si su personalidad evolucionó del mismo modo. La imagen de un Mozart casi permanentemente infantil es conocida. Su hermana Anna Maria lo recordaba así: “Esta criatura excepcional, como artista maduró muy pronto. Pero debo decir siendo imaprcial que en casi todos los demás aspectos siempre fue un niño. Nunca aprendió a autogobernarse. No sabía mantener un hogar, ni ser prudente con el dinero, ni limitar sus placeres racionalmente. Siempre necesitaba un guía, un tutor que atendiera sus asuntos domésticos, dado que su espíritu estaba siempre lleno de preocupaciones de otro tipo, que lo incapacitaban para prestarse a reflexiones serias”.


Así era Mozart

El tenor Michael Kelly, recordaba algunos aspectos del compositor en su libro Reminiscencias, publicado en 1826: “Era un hombre remarcablemente pequeño, muy delgado y pálido, con una profusión de cabellos muy finos y más bien rubios, de los cuales estaba muy orgulloso. Me dio una invitación cordial en su casa e hizo uso de ella, y allí pasé buena parte de mi tiempo. Siempre me recibía con amabilidad y hospitalidad. Le gustaba mucho el ponche, que bebía en grandes cantidades. También le gustaba mucho el billar, y tenía una excelente mesa de billar en su casa. Jugué muchas partidas con él pero siempre me ganaba. Era amable y cordial, y siempre estaba a punto para hacer favores. Pero cuando tocaba era tan especial que si alguien hacía el más mínimo ruido se iba al momento”.


Más sobre Mozart

La escritora Carolina Pichler, contemporánea de Mozart, recordaba así un suceso protagonizado por el genial compositor: “Una vez, cuando Mozart vino de visita a nuestro hogar, me senté al piano y toqué el Non più andrai de su ópera Le nozze di Figaro. Mozart, que estaba de pie tras de mí, cantaba muy bajito y marcaba el compás con los dedos golpeando suavemente sobre mis hombros. Debió gustarle mi interpretación puesto que cogió una silla, se sentó a mi lado y me pidió que continuara con los graves mientras él empezó a improvisar en los agudos unas variaciones hermosísimas. Mantuve la respiración escuchando a este Orfeo alemán, pero, de repente, según parece harto de tocar, se levantó de golpe y empezó a saltar sobre mesas y sillones, como ya había sucedido antes en alguna ocasión, dando volteretas como si fuera un chiquillo al tiempo que maullaba como un gato”.


Mozart da clases pero...

Un banquero vienés llamado Joseph Henikistein tenía una hermana que tuvo como profesor de piano a Mozart durante algún tiempo. Henikiesten estaba convencido de que “Mozart no se tomaba la molestia de dar clases a cualquier mujer con excepción de aquellas por las que se sentía atraído”.


Lo mío es la música pero...

François André Philidor (Dreux, 1726 – Londres, 1795) fue el miembro más célebre de una ilustre familia francesa de músicos cuyo apellido original era Danican. Fue el rey Luis XIII quien dio en el siglo XVIII a un miembro de la familia, Michel Danican, el apelativo Philidor como reconocimiento a su talento al compararlo con el de un oboísta italiano entonces célebre llamado Filidori.

François André entró muy joven en la capilla real, primero como paje. Allí pudo estudiar con un gran músico, André Campra. Pronto se dio cuenta que, a pesar de su talento musical y de su intensa actividad dando clases a otros y trabajando como copista, nunca se haría rico con la música y decidió consagrarse a su gran pasión; el ajedrez. Llegó a convertirse en el mejor jugador de su tiempo y a él se debe un importante Análisis del juego del ajedrez, publicado en Londres en 1749, donde se había instalado. En 1754 diversos amigos le animan a volver a París y a dedicarse a la música, entre ellos Diderot. En Londres había escuchado admirado los grandes oratorios de Händel y aquella música influyó en la que compuso al regresar a su país. Pero no logró el éxito en Francia hasta que se consagró a la opéra-comique y ello le proporcionó unos ingreses suficientes como para continuar dedicándose a la música. Ahora bien, nunca olvidó el ajedrez a pesar de su fama como compositor, y una vez al año emprendía un viaje a Londres, cuyo Chess Club le pagaba una pensión anual. Su muerte en Londres se produjo por el hecho de que se encontraba allí cuando el gobierno revolucionario francés le prohibió volver a Francia. Mientras esperaba que las cosas se solucionaran, murió.
Le quería mucho

Venanzio Rauzzini fue un célebre castrato que ha pasado a la historia por ser el dedicatario de una obra maestra, el Exultate Iubilate de Mozart, además de ser quien estrenó una ópera del mismo compositor, la juvenil Lucio Silla. Rauzzini se retiró de los escenarios a los treinta años, según parece porque su voz se debilitaba aunque hay quien dice que había engordado mucho y no se sentía cómodo en escena. Su retirada de los escenarios no implicó renunciar a su pasión musical y se consagró a la composición, a dar algunos conciertos de vez en cuando y a dar clases particulares. Se instaló en la ciudad balneario de Bath, en Inglaterra, y cierto día de 1794 recibió a un ilustre visitante, al gran compositor Franz Joseph Haydn. Albert Christoph Dies, biógrafo de Haydn, escribió algo que sin duda había llamado la atención del compositor austriaco: “Rauzzini había hecho erigir en su jardín un monumento a la memoria de su mejor amigo, que le había sido arrebatado por la muerte. Una inscripción lamentaba la pérdida de ese amigo fiel y terminaba con las palabras ... No era un perro, era un perro. Haydn copió a escondidas esta inscripción y compuso sobre estas palabras un canon a cuatro voces. Rauzzini quedó sorprendido y el canon le gustó tanto que en honor de Haydn y del perro hizo que lo grabaran en el monumento”. Efectivamente el canon existe, y su texto es Turk was a faithful dog and not a man; es decir, Turk fue un perro fiel y no un hombre.


Una vida tormentosa

El genial compositor Ludwig van Beethoven nació en Bonn el 16 de diciembre de 1770. Según las crónicas, en el momento de su nacimiento, había una fuerte tormenta y llovía torrencialmente en la ciudad alemana. Al morir el gran músico, el día 26 de marzo de 1827 en Viena, llovía torrencialmente en la capital imperial. ¿Tendrá algo qué ver esta llegada a la vida y esta despedida con la vida que llevó el compositor, ciertamente tormentosa y en muchos momentos atormentada?


Sombrío y extraño

Cuando Beethoven era muy joven escribió una pieza basada en versos del poeta Friedrich Schiller. Según uno de sus profesores de entonces, planeaba poner música a la Oda a la alegría, algo que haría muchos años después para el último movimiento de su Sinfonía nº 9. El muchacho empezaba a llamar la atención como creador entre quienes sabían apreciar la música, uno de ellos fue Franz Joseph Haydn, quien al ver el manuscrito de una de sus obras inéditas – la Cantata para la muerte del emperador Joseph II – le propuso estudiar con él. Un personaje importante en la vida de Beethoven, el conde Walstein, que fue durante un tiempo su protector, vio con muy buenos ojos el ofrecimiento de Haydn dado que “recibirá así de manos de Haydn el espíritu de Mozart”. Las relaciones entre Beethoven y Haydn fueron de todo menos cordiales y el maestro estaba bastante harto de su joven discípulo, tanto por su actitud como por su propia personalidad, que nada tenía que ver con la suya, siempre tan cordial y mesurado: “Tendrá ideas que nadie habrá tenido, jamás sacrificará (y hará bien) una bella idea por una regla tiránica, pero sacrificará las reglas según su fantasía. Sus obras tendrán siempre algún rasgo, no diría raro, pero sí insospechado [...], extraño y sombrío, ya que usted mismo es sombrío y extraño”. El rigor clásico de las enseñanzas de Haydn poco podría despertar el mínimo interés en un Beethoven que ya era un romántico. Muchos años después, cuando ya Haydn había muerto, Beethoven reconoció su deuda con su fugaz maestro y el valor que tuvieron sus enseñanzas a pesar del poco tiempo que estuvo con él y de cómo llegó a despreciarlo. Beethoven, presa de su orgullo juvenil, había llegado a estar convencido de que Haydn le tenía celos ya que se consideraba a sí mismo poseedor de un talento mucho mayor que el de su maestro.


Un valioso pagaré

Beethoven se mudaba con frecuencia, en ocasiones más de una vez por año y hasta más de dos. Los problemas con los vecinos eran habituales y tampoco es que él terminara de sentirse a gusto en ninguna parte. En su encantador libro Los clásicos también pecan, Fernando Argenta cuanta una curiosa anécdota en que el compositor se hallaba al borde de un nuevo traslado por insolvencia y que se resolvió de un modo un tanto sorprendente: “Durante su estancia en esta cuarta casa, las cosas no le fueron económicamente bien, y hubo un momento en que no tenía para pagar el alquiler al casero al día siguiente. Lleno de preocupación, se lo contó a su amigo Amenda, que tuvo la siguiente idea: sugirió a Beethoven una melodía, le dijo que volvería tres horas después para recoger las variaciones que hubiese escrito sobre aquel tema y lo encerró con llave en su habitación. Cuando regresó, se encontró a Beethoven con una de sus expresiones que producían pavor: estaba que se subía por las paredes. Le entrego un papel a su amigo y le dijo ¡Qué horror! No se me ha ocurrido nada. Aquí tienes esta birria [...]. Por sugerencia de su amigo, el Sordo Genial entregó aquello a su casero y éste, después de mostrar algunas reticencias, aceptó ofrecerlo a un editor, movido seguramente más por la curiosidad que por otra cosa [...]. Cuando el casero volvió, traía una cara de felicidad tremenda. Con una sonrisa de oreja a oreja preguntó: ¿No tendrá usted...? ¿No me podría dar usted, querido Beethoven, más papelitos de ésos...?”.


Más sobre Beethoven

Beethoven no era lo que se dice un prodigio de elegancia, más bien era bastante descuidado en este aspecto, e incluso el lugar en que vivía no destacaba por su limpieza ni por su orden. La escritora Bettina Brentano recordaba así una visita a casa de Beethoven en una carta a Goethe: “Tiene tres viviendas en las que se esconde alternativamente. [Fui a una de ellas, un] tercer piso, de un aspecto extraño. En la primera habitación, dos o quizá tres pianos, sin patas, y tiradas por el suelo aquí y allá, varias maletas que contenían sus cosas y una silla con sólo tres patas. En la segunda habitación se hallaba su cama, que tanto en verano como en invierno era un saco de paja y una manta muy fina. También había una palangana de lavabo colocada en una mesita y la ropa de la cama por el suelo”.

El compositor Carl Maria von Weber recordó en cierta ocasión una visita a Beethoven: “Lo encontramos en una habitación pobre y yerma. El desorden era absoluto. Por el suelo estaba esparcidos dinero, partituras, prendas de vestir y hasta un orinal a medio llenar. Un montón de ropa estaba sobre una cama sucia. El piano estaba cubierto por una gruesa capa de polvo. En la mesa, tazas y platos descascarillados con restos de comida del día anterior. Él mismo vestía una bata andrajosa con los codos totalmente rotos”.
El aspecto y la personalidad de Beethoven

Todos tenemos presente la imagen de Beethoven, una imagen que refleja una fuerte personalidad, todo un carácter, alguien realmente especial. En 1810, la escritora Bettina Brentano lo describió así en una carta: “Su figura es pequeña – siendo como es tan grande su espíritu y su corazón – , es moreno, picado de viruela, lo que se dice repugnante, pero tiene una frente divina, tan noblemente arqueada por la armonía que habría que admirarla como si fuese una obra de arte. El cabello, negro y muy largo, se lo echa hacia atrás. Aparenta apenas treinta años pero él mismo no sabe los que tiene, aunque cree tener treinta y cinco. Le he tomado un gran cariño. En todo aquello que tiene que ver con su arte es tan soberano y verdadero que ningún artista se atreve a cercársele, pero en todo lo demás es tan ingenuo, que se puede hacer de él lo que se quiera. Su despiste es motivo de bromas y perrerías, y hay quien se aprovecha de ello. Raramente tiene dinero para lo más indispensable pero amigos y hermanos viven a su costa. Su ropa está destrozada y su aspecto es desastroso, pero a pesar de ello tiene una presencia imponente y señorial”.


Un compositor con memoria

Es ampliamente conocida la memoria musical de Mozart, reflejada en más de una anécdota en que queda de manifiesto su increíble capacidad de retentiva. Pero no ha sido el único compositor de quien consta su memoria. Rossini recordaba en su madurez un episodio juvenil que nos ilustra acerca de ello: “La familia Mombelli actuaba en uno de los teatros de Bolonia una pieza del maestro Portogallo con gran éxito. Yo tenía entonces trece años y ya era un cálido admirador del sexo débil. Una de mis amigas – o quizá debería decir protectora – deseaba tener un aria de las más aplaudidas de esa ópera. Le pedí una copia al copista, pero me echó. Fui entonces a ver a Mombelli pero también se negó a dármela. Le dije que me daba lo mismo, que esa noche volvería a escuchar la ópera y escribiría de memoria lo que quisiera. Él me dijo: Ya veremos. Fui a escuchar la ópera con la mayor atención y, de vuelta a casa, escribí toda la partitura para canto y piano. Al día siguiente le mostré mi trabajo a Mombelli. No se lo creía y despotricaba contra la supuesta traición del copista. Si usted no me cree – le dije – espere unos días y, una vez la haya escuchado un par de veces más, escribiré ante sus ojos la partitura completa para orquesta. Tanta confianza en mí mismo venció sus resistencias y nos hicimos buenos amigos”. El resultado inmediato fue que Mombelli le encargó una ópera, Demetria e Polibio, estrenada en Roma en 1812 que despertaron l admiración de, entre otros, Stendhal, que llegó a ser un apasionado de la música de Rossini.


Un sibarita

Es conocido que Rossini era un gran amante de lo que él llamaba le cose buone. Sus amigos, si querían hacerle feliz, le obsequiaban con auténticas exquisiteces, generalmente cada uno de ellos “especializado” en una golosina. Así el stracchino y el mascarpone – dos sensacionales quesos italianos – se los proporcionaba el marqués de Busca. Ricordi, el célebre editor, le enviaba cada año desde Milán el panettone, el banquero Rothschild y el príncipe Metternich le abastecían de algunos de los mejores vinos que existían, y el violonchelista le regalaba las aceitunas de Acoli Piceno.

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