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C
LITERATURA

reando un ambiente: Jorge Edwards


MARIO

PARAJÓN
Descendiente de una ilustre familia de Chile, su padre vinculado a la política de la Democracia Cristiana y al gobierno del primer Frei,. Jorge Edwards sintió desde muy joven, casi desde niño, la llamada de la literatura. Yo diría por la lectura de Adiós Poeta (Tusquets, colección Andanzas), que la primera voz que oyó le pedía que escribiera versos. Lo cierto es que se aficionó a los de Neruda, y hoy se enorgullece de ser uno de los grandes conocedores — también tal vez uno de los pocos— de la obra completa de don Pablo, que a excepción de algunos de sus libros pasó más inadvertida de lo que nadie podría imaginarse.

El futuro don Jorge trabó amistad con Neruda, fue joven delgado, asistió a las tertulias literarias, conoció a todo Chile y en primer lugar a los personajes más extraños; y como era de esperar se hizo hombre de izquierda y simpatizó con la revolución cubana. Eran los tiempos en que Cortázar, Carlos Fuentes, García Márquez y Mario Vargas Llosa la defendían a sangre y fuego.

Y ganó entonces Allende la presidencia de Chile. A Jorge Edwards lo designaron Encargado de Negocios en la Habana. Y en la Habana se apareció don Jorge, muy dispuesto a permanecer con los ojos muy abiertos durante su estancia en Cuba. Al cabo de unos meses, Jorge Edwards hacía sus maletas y se despedía de la perla de las Antillas: el gobierno revolucionario lo había declarado persona non grata y el comandante Castro parecía tener la certeza de que la carrera diplomática de Edwards había terminado.

Pero no fue así. Don Pablo Neruda, nuevo embajador de Chile en París, se llevó consigo a Edwards en su misión. Cuando éste le contó lo que sucedía en Cuba, el poeta fue lacónico: —Escriba usted un libro.

Y Edwards se puso a la tarea y el libro se publicó con el título de Persona Non Grata. Y su efecto se sintió. Tanto se llevaron algunos las manos a la cabeza que Julio Cortázar, el primero entre ellos, se negó a cambiar dos palabras en París con Edwards. Y a Edwards se le hizo propaganda de reaccionario, vendido al enemigo imperialista y mal escritor. Sus libros se publicaron en adelante con setenta por ciento menos de críticas y reseñas que hubieran tenido si don Jorge no llega a destacarse por desobediente.

Pasaron los años, a Jorge Edwards se le ha nombrado embajador de Chile ante la UNESCO, Tusquets publica sus libros en España y sus recuerdos de Neruda se le premian en la referida editorial.


Luego de anotarse un éxito como cuentista por su magnífico volumen de relatos — Fantasmas de carne y hueso— Edwards publica ahora una novela: El Origen del Mundo, que transcurre en París y en nuestros días. Los personajes son chilenos que fueron comunistas, que ya no lo son y que arrastran como pueden su desengaño. El escenario está bien descrito: las calles, tal esquina, la torre de una iglesia. A Edwards se le concede ese don de nombrar o sugerir que antes se acuñaba con la frase de "crear un ambiente".

La atención se centra en un personaje corpulento, sexagenario, autor de un par de novelas mediocres y de alguna floja obra de teatro. Este Felipe Díaz bebe sus vasos de whisky con hielo, hace tertulia con sus amigos, y no le escatima su cuerpo al placer. Esto último se debe a que lamenta la fe política perdida. Y ahoga sus lamentos "en tragos o en la vagina de las mujeres". Su escepticismo político y su fiebre sexual se potencian mutuamente. ¿Se habrán vuelto para Edwards enemigos del hombre el sexo y la política?.

¿Y por qué despertará tanta admiración entre sus amigos este Felipe Díaz? Quizá porque fue el primero en advertir que el comunismo no funcionaba, el primero en burlarse de las barbas del comandante de Cuba y el primero en darle por completo la espalda cuando la invasión de Checoeslovaquia. Pero ésta no puede ser la razón por la que se enamora de él una señora de ascendencia mexicano-japonesa casada con un profesor de Teoría Literaria.

Esta señora está dispuesta a renunciar a la plenitud del amor físico con la condición de estar junto a Felipe. Hace pensar que Edwards procede de una especie de exorcismo de la pasión presentando como objeto de la misma a un hombre que se ha limitado a llevarse buenas calificaciones en vitalidad. Tal parece que las mujeres que se le entregan se están mintiendo a sí mismas. (Entre paréntesis: el episodio de la mexicano-japonesa está esplendidamente contado).

El relato es bastante breve, apenas ciento sesenta y seis páginas. A Edwards se le ha concedido el don de una muy elegante concisión y sabe manejarlo. Esta maestría en la factura puede ser el astro que mejor brille en El Origen del Mundo y el resorte que dispara la trama hacia una región que trasciende el drama de los celos y el adulterio. El autor pinta una situación que nos recuerda la del protagonista de Proust en los últimos volúmenes de su obra.

Esta vez se trata de un médico setentón anclado a la tarea de averiguar por qué fracasó el comunismo. El doctor Illanes no llegará a poseer ninguna de las verdades absolutas con que sueña. Pero el mérito de Edwards consistirá en presentarlo como nunca se había presentado a personaje alguno: como alguien que desea que se le ame como a un dios que se reclama como único, y al mismo tiempo siente el ansia de compartir su amor, que Freud le hubiera diagnosticado desde su primer síntoma de celos.


Siruela ha editado unos magníficos Cuentos populares británicos elegidos por Katherine Briggs. Ella nos cuenta en la Introducción cómo se aficionó a la narrativa popular y cómo se rebeló contra los "etéreos y embellecidos cuentos de hadas" que le fueron impuestos a los niños durante "la segunda y la tercera década de nuestro siglo".

Estos cuentos recopilados por la señora Briggs no tienen nada de etéreos. Sus personajes son dragones, hadas y duendes, demonios, perros negros, fantasmas y gigantes. Algunos de ellos son jocosos y resplandece en ellos el mejor de los humores, igual que hay otros de encantamiento y que resultan más poéticos. El conjunto es magnífico y de lectura excelente para las noches de invierno que se avecinan. En los cuentos populares se pretende "controlar y estimular los procesos naturales, dar solidez al nuevo año, reforzar el poder del sol, recurrir a la ayuda de los muertos" y obtener de los poderes que nos envuelven algunas ventajas para la vida. Lo que sí no se puede olvidar es que los estudiosos del folclore, cuando son algo más que eruditos, sostienen la teoría de que nosotros, los hombres educados en la ciudad, padecemos un desarraigo que contribuye no poco a la desolación que de continuo nos asiste. La lectura de los cuentos populares nos instala misteriosamente de nuevo cerca de las raíces antiquísimas que constituyen lo precioso de una tradición cuya pérdida nunca debimos experimentar.

Pero ésta no ha sido la única idea feliz de Siruela. José María Guelbenzu ha procedido a recoger los Cuentos populares españoles que se publican precedidos de un prólogo del conocido novelista, donde se hace bien evidente no sólo su condición de crítico, sino la de lector muy fino cuyas ideas se exponen como si se narrasen.Siruela tampoco ha olvidado a Gaardner, el autor de El Mundo de Sofía. Este segundo libro suyo se titula El Misterio del Solitario y es sencillamente apasionante.

El gran acontecimiento poético lo constituye la aparición de las Obras Completas de Gerardo Diego cuyo centenario se celebra este año. Puede ser que haya llegado la hora de hacerle justicia a este poeta al que nunca se le ha dado su lugar por tres razones: porque se lanza con apasionamiento al mundo exterior, porque se sabe como nadie la forma de la poesía y

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nsaya maravillosamente lo que en ella hay de levedad y ligereza; y por razones políticas.


Soledad Puértolas es la autora de Recuerdos de Otra Persona, que aparece en Anagrama. Algo recuerda a un libro también acogido como La Vida Oculta. No son memorias confidenciales, pero algo tienen de tal género: tampoco son los primores de lo vulgar, como denominaba Ortega a la obra de Azorín, pero algo hay de esos primores en los cines, en las piscinas cuyas aguas acarician, en la referencia a Noruega y sus paisajes y sus dulces. Por algo nos gustó tanto la página que le dedicó a Chejov en La vida Oculta. No es que el autor de La Gaviota haya influido a Soledad Puértolas: es que son espíritus afines. Sólo me resta por añadir que la tristeza de Soledad Puértolas presente en

las páginas de este libro es de una veracidad sin fisuras.

Jane Austen sigue apuntándose sus grandes éxitos, fenómeno interesante no sólo para la crítica literaria, sino también para la sociología. Ediciones Alba edita con pulcritud La Abadía de Northanger y Persuasión, dos novelas hondas, importantes, refinadas y de gran calado psicológico.

Le debemos a Alfaguara la Carpeta de Apuntes de Michael Ende. No será fácil olvidar la Historia Interminable, ni el cuento de Lucas el Maquinista, ni un libro suyo admirable y que pasó inadvertido: El Ponche de los Deseos. Esta Carpeta, obra postuma, se compone de notas muy interesantes para el estudio del escritor que nos persuadió de que convivíamos con todo un mundo invisible; y menos interesantes para el lector ávido de historias. No se puede olvidar que para Ende el hecho de narrar algo ya suponía que el narrador estaba iniciándose en su rito que podía salvarlo o sumirlo en las tinieblas.



Ya concluida esta crónica aparecen dos libros importantes de los que se dará "cuenta y razón" si Dios quiere en el próximo número: Persona de Julián Marías, Alianza Editorial; y Una comedia ligera, de Eduardo Mendoza, que aparece en Seix Barral.



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