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BRUGUERA 23º SELECCIÓN

Varios Autores

Título original: The best of F&SF

Traducción: M. Giménez Sales y D. Navarro Gonçálves

© 1976 Editorial Bruguera S.A.

ISBN: 84-02-04834-X

Edición digital: Urijenny




ÍNDICE


Presentación: Cuando la SF riza el rizo
Las arenas azules de la Tierra (Hopsoil © 1960) Robert F. Young

Verano retrogrado (Retrogade summer © 1975) John Varley

Piggy (Piggy © 1961) Kit Reed

Últimas noticias (With the evening news © 1975) Richard Lupoff

El ejecutivo (The dispatch executive © 1961) William Blau

El problema del puente quejumbroso (The problem of the sore bridge © 1975) Harry Manders

Una galaxia llamada Roma (A galaxy called Rome, © 1975) Barry N. Marlzberg

PRESENTACIÓN - CUANDO LA SF RIZA EL RIZO


Puesto que la SF se ocupa (entre otras cosas) de los distintos aspectos de la ciencia, era lógico que acabara ocupándose también de la ciencia... ficción. Esto puede parecer un mero juego de palabras, pero expresa un fenómeno muy concreto —aunque no demasiado frecuente— dentro del género: la existencia de unos relatos de SF cuyo objeto de especulación es, directa o indirectamente, la SF misma.

Género eminentemente reflexivo y analítico, no podía dejar de lado la autorreflexión y el autoanálisis.

Una de las manifestaciones más habituales de esta SF que riza el rizo, esta “reciencia-ficción” (o SF, para los matemáticos y amantes de la lógica simbólica), es, como se puede suponer, la parodia, que en este caso es autoparodia. Un género que siempre ha hecho de la ironía uno de sus recursos críticos favoritos, halla en la autoironía una de las más eficaces —y divertidas— formas de autocrítica. Y para dejarnos de una vez de juegos de palabras, de rizar rizos, remito al lector al primer relato de esta selección: Las arenas azules de la Tierra, que muestra mejor que cualquier análisis de qué forma la SF puede convertirse en el blanco de sus propios dardos satíricos, y cuan interesante (y divertido) puede ser el resultado.

Y si en el primer relato encontramos una clara muestra de autoparodia, en el último —Una galaxia llamada Roma— asistimos a una autorreflexión completamente seria (aunque no exenta de ironía) sobre el género, sus recursos y sus mecanismos (e incluso sus tópicos).

Aunque el caso de una narración centrada en la SF misma como objeto de análisis no sea muy frecuente, lo que si hallamos a menudo son relatos en que algún elemento del género aparece “distanciado” o abiertamente presentado como tal elemento característico de la SF. No hace mucho publicamos El árbol de saliva, de Brian Aldiss, un homenaje a papá Wells en el que el propio H. G. aparece como “estrella invitada”; y en esta misma selección hay un relato en que se alude a otro autor de notable influencia en el género —Conan Doyle— a través de su célebre retoño mental Sherlock Holmes (por cierto que ya lo tuvimos recientemente en nuestras páginas, en un relato —La aventura del cliente marciano, Selección-19—, que situaba al personaje de Conan Doyle en el escenario wellsiano de La guerra de los mundos; relato que, además de rendir homenaje a ambos maestros, es otro claro ejemplo de SF sobre la SF).

Pero no sólo la SF riza el rizo. Otros lo hacen, y a menudo con fines no tan elogiables como la autocrítica; por ejemplo, los medios de información... Lean, sino, las inquietantes Últimas noticias incluidas en este volumen, y piensen hasta dónde puede llegar el “rizado” de la manipulación informativa... que, desde luego —y permítanme un último juego de palabras—, es “permanente”.


Carlo Frabetti


Las arenas azules de la Tierra



Robert F. Young

Marte ha sido durante décadas el objetivo favorito de los autores de SF. Desde Wells a Bradbury, pasando por Rice Burroughs, han sido legión los astronautas literarios que han hecho volar (nunca mejor dicho) su imaginación hacia el sugestivo planeta rojo. Si un hipotético marciano leyera todo lo que los terrestres han escrito sobre su mundo, probablemente se partiría de risa... O, tal vez, como “venganza poética”, escribiría un relato como el que sigue.

NOTA: La historia que sigue llegó hasta mi por conductos hasta ahora inaccesibles, cuya naturaleza no puedo ni debo divulgar. Es, por lo que sé, la primera historia marciana de ciencia ficción que llega a la Tierra, y aunque siga su propio curso, hay muchas cosas que se pueden deducir de ella, como, por ejemplo: 1) Que los marcianos son muy parecidos a nosotros. 2) Que su civilización es muy parecida a la nuestra. 3) Que todo el tiempo que los escritores de ciencia ficción de la Tierra han empleado usando a Marte como espejo de los defectos de nuestra sociedad, los escritores marcianos de ciencia ficción lo han empleado a su vez usando a la Tierra como espejo de los defectos de la suya. 4) Que el asunto de las imitaciones ha sido tan explotado en Marte como en la Tierra, y que algunos escritores marcianos de ciencia ficción han empezado a parodiar a otros escritores marcianos de ciencia ficción. 5) Que esta misma historia está entre dichas parodias.


La nave descendió de la abismal inmensidad y se posó, como un obscuro pájaro sin alas, sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf abrió la puerta. Salió a la centelleante luz del Sol y llenó sus pulmones con una bocanada de aire fresco. A su alrededor, llegando hasta el ondulado horizonte, se extendían las arenas azules. En la distancia, los destrozados edificios de una ciudad extinguida hacia mucho tiempo brillaban bajo la luz como grandes alas de cristal coloreado. Más arriba, pequeñas nubes redondas jugaban en el enorme campo de juegos del cielo.

Se le nublaron los ojos.

«La Tierra —pensó—. ¡La Tierra al fin!»

Los tres hombres: que componían el resto de la tripulación salieron de la nave y se detuvieron a su lado. Ellos también miraron el paisaje con ojos nublados.

—Azul —suspiró Birp.

—Azul —murmuró Fardel.

—Azul —masculló Pempf.

—Azul, naturalmente —acabó el capitán con suavidad—. ¿No han sostenido nuestros astrónomos durante mucho tiempo que el color azul de la Tierra no puede ser atribuido solamente a la capacidad para absorber la luz que tiene su atmósfera? ¡La superficie tenía que ser azul!

Y agachándose, recogió un puñado de la extraña substancia que cayó por entre sus dedos como humo azul.

—Las arenas azules de la Tierra —murmuró reverentemente.

Se enderezó y, quitándose el casco, dejó que el aire limpio de la Tierra le acariciase el pelo, a la brillante luz del Sol. En la distancia, la ciudad dejaba escapar un sonido semejante al de muchas campanas de cristal, el viento le trajo aquel sonido por encima de las arenas azules, y él pensó en los cálidos veranos de Marte y en sus largos y perezosos días, y en sus tardes calurosas, en las que se tomaba un refresco en el porche de la abuela Frimpf.

Sintió que alguien respiraba sobre su cuello y se volvió, irritado.

—¿Qué le ocurre, Birp?

Birp se aclaró la garganta:

—Lo siento, señor —dijo—. Pero ¿no cree usted que...? Quiero decir, señor, que ha sido un largo viaje, y Pempf, Fardel y yo estamos un poco se... quiero decir que estamos un poco tensos y que pensamos...

Pero ante la expresión de reproche que vio en los ojos del capitán, dejó la frase en suspenso.

—Muy bien —dijo éste fríamente—. Abrid una caja de esa bazofia, pero sólo una, ¿entendido? Y si encuentro una sola botella vacía estropeando este paisaje virgen os daré con ella en la cabeza.

Birp, que había salido disparado hacia la nave, se paró en seco al oír la advertencia del capitán.

—Pero ¿qué haremos, entonces, señor? Si las ponemos otra vez en la nave tendremos que gastar mucho combustible para despegar, y ya andamos con las reservas justas.

El capitán reflexionó unos instantes. No era un gran problema y lo resolvió en seguida sin muchas dificultades.

—Enterradlas —contestó.

Mientras la tripulación se tragaba su cerveza, el capitán permaneció mirando hacia la distante ciudad. Se imaginó a sí mismo contando todo aquello a su esposa cuando volviese a Marte, y se imaginó a sí mismo sentado ante la mesa del comedor describiendo las torres de cristal, las agujas centelleantes y los ruinosos edificios.

A su pesar, vio también a su esposa. Sentada al otro extremo de la mesa, escuchaba y comía, pero más tragaba que escuchaba. ¡Cielos!, estaba más gorda ahora que cuando él habla partido. Por milésima vez se preguntó por qué las esposas tenían que engordar tanto... tanto, que a veces sus maridos tenían que sacarlas en carretones. ¿Por qué no se levantaban y se movían de vez en cuando en lugar de abalanzarse en manada sobre cualquier electrodoméstico que los fabricantes lanzaran al mercado? ¿Y por qué tenían que comer, comer y tragar todo el tiempo?

El rostro del capitán palideció al pensar en la factura del mercado que tendría que pagar a su vuelta, y este pensamiento le trajo otros sobre cosas igualmente angustiosas, tales como los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba, el aire, la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, la tercera guerra mundial, la cuarta guerra mundial...

Suspiró. ¡Era como para darse a la bebida, aquello de tener que pagar por guerras en las que habían luchado el padre, el abuelo, el bisabuelo y el tatarabuelo! Miró con envidia a Birp, Pempf y Fardel. A ellos no les preocupaban sus impuestos. No les preocupaba nada. Bailaban alrededor de la caja vacía de cerveza como unos auténticos bárbaros, y habían compuesto ya una canción soez sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf escuchó las palabras y poco a poco se le fueron calentando las orejas.

—¡Bueno, ya está bien! —dijo bruscamente—. Enterrad la botellas, quemad la caja y volved a la nave. Mañana será un día muy duro.

Obedientes, Birp, Pempf y Fardel enterraron las cuatro filas de pequeñas botellas en la arena azul, cubriendo, uno por uno, aquellos pequeños soldados muertos. Después de quemar la caja y de dar las buenas noches al capitán entraron en la nave.

El capitán se quedó fuera. Salía la Luna. ¡Y qué Luna! Su mágico resplandor convirtió la llanura en un extenso mantel azul obscuro, y la ciudad en un candelabro de plata.

El misterio de aquellos edificios vacíos y de aquellas calles abandonadas cruzó la llanura y penetró hasta la médula de sus huesos.

«¿Qué había pasado con los habitantes de la ciudad? —se preguntó—. ¿Qué les había sucedido a los habitantes de las otras ciudades que había visto cuando la nave había entrado en órbita?»

Sacudió la cabeza. No lo sabia y probablemente no lo sabría nunca. Su propia ignorancia le entristeció y, de pronto, encontró irresistible el patetismo de la llanura y el ininterrumpido silencio de la noche. Volvió a la nave y cerro la puerta tras él. Estuvo largo tiempo tendido en la obscuridad de su camarote, pensando en las personas de la Tierra, en la civilización que habla venido y se había ido, sin dejar tras de sí más que un puñado de cristales. Finalmente, se quedó dormido.

Cuando salió, a la mañana siguiente, había veinticuatro árboles de cerveza frente a la nave.

Este nombre surgió en el acto en la mente del capitán Frimpf. Nunca había visto árboles de cerveza, y nunca había oído hablar de ellos, pero ¿qué otro nombre podía darse a un grupo de grandes plantas leñosas con botellas de líquido ambarino colgando de sus ramas y listas para ser recogidas como frutos maduros?

Algunos de los frutos habían sido ya arrancados. Y había un semillero en el flamante huerto: por la hilera de montículos que habla al borde del huerto se podía deducir que habían sido plantadas nuevas semillas.

El capitán estaba mudo de asombro. ¿Cómo era posible que un terreno —incluso un terreno de la Tierra— hiciera crecer, de unas botellas vacías y en una sola noche, árboles de cerveza? Empezó a vislumbrar lo que les podía haber ocurrido a los habitantes de la Tierra.

Pempf vino hacia él con una botella en cada mano.

—Pruebe, señor —dijo entusiasmado—. ¡Nunca habrá probado nada semejante!

El capitán le detuvo con una mirada penetrante.

—Soy un oficial, Pempf. ¡Y los oficiales no beben cerveza!

—Lo... lo olvidé, señor. Lo siento.

—¡Ya lo creo que debe sentirlo! ¡Usted y los otros dos! ¿Quién les dio permiso para comer... quiero decir beber frutos de la Tierra?

Pempf inclinó la cabeza lo suficiente como para demostrar que estaba arrepentido, pero no tan arrepentido como debía, de acuerdo con su graduación.

—Nadie, señor. Creo... creo que perdimos la cabeza.

—¿No tienen la menor curiosidad por saber cómo han crecido esos árboles? Usted es el químico de la expedición. ¿Por qué no está analizando el suelo?

—No sería de ninguna utilidad, señor. Un suelo como éste, capaz, con sus propiedades, de hacer crecer árboles de botellas vacías, es el producto de una ciencia con un millón de años de adelanto sobre la nuestra. Además, señor, no creo que el suelo sea el único responsable. Creo que la luz del Sol, al reflejarse en la superficie de la Luna, se combina con ciertas radiaciones lunares y da a la luz de Luna resultante la facultad de fecundar y multiplicar cualquier cosa plantada en este planeta.

El capitán le miró.

—¿Cualquier cosa, dice usted?

—¿Por qué no, señor? Plantamos botellas vacías de cerveza y han salido árboles, ¿no?

—Hummm —murmuró el capitán.

Se volvió bruscamente y entró otra vez en la nave. Pasó el día en su camarote, pensando. Olvidado completamente del apretado plan del día. Después de la puesta del Sol salió y enterró detrás de la nave todos los billetes de Banco que había traído consigo. Sentía no tener más, pero en realidad no importaba, porque tan pronto diesen fruto los árboles tendría todas las semillas que quisiera.

Aquella noche, por primera vez en muchos años, durmió sin soñar con la factura del mercado y con los impuestos.

Pero a la mañana siguiente, cuando salió afuera y dio apresuradamente la vuelta a la nave, no encontró ningún árbol de billetes floreciendo bajo el Sol. No encontró más que los pequeños montículos que él mismo había dejado la noche anterior.

Al principio, la decepción le dejó aturdido. Luego pensó:

«Quizá el dinero lleve más tiempo. ¡Probablemente sea tan difícil de hacer crecer como de conseguirlo.»

Volvió al otro lado de la nave y miró hacia el huerto. Los árboles eran tres veces más grandes que el día anterior y formaban ya un pequeño bosque. Perplejo, caminó por los claros salpicados de Sol y mirando con envidia los grandes racimos de frutos de ámbar.

Un rastro de tapones le llevó hasta un claro en el que crecía un nuevo sembrado. Crecía a ojos vistas. Pempf, Fardel y Birp bailaban alrededor como ninfas barbudas de los bosques, esgrimiendo botellas y cantando a voz en grito. La canción obscena sobre las arenas azules de la Tierra tenia ahora una segunda estrofa.

Al verle se detuvieron en seco, y al advertir la expresión del capitán dieron por terminada la fiesta. Este se preguntó si habrían dormido aquella noche. Lo dudaba. Pero hubiesen dormido o no, estaba claro que la disciplina se relajaba rápidamente. Si quería salvar la expedición tenia que actuar con prontitud.

Pero, por alguna razón, su iniciativa parecía haberle abandonado. La idea de salvar la expedición le hizo pensar en la vuelta a Marte, y la vuelta a Marte le hizo pensar en su gruesa esposa, y su gruesa esposa le hizo pensar en la factura del mercado, y ésta en los impuestos, y el recuerdo de los impuestos, por una razón inexplicable, le hacía pensar en el pequeño armario de licores de su camarote y en la botella de whisky por descorchar que permanecía sola en su repisa.

Decidió aguardar hasta mañana para reprender a la tripulación. Seguramente por entonces sus árboles de billetes habrían surgido ya de la tierra, dándole una idea de cuánto debía esperar para recoger su primera cosecha de dinero y plantar la segunda. Cuando su fortuna estuviese asegurada podría encararse mejor con el problema de los árboles de cerveza.

Pero a la mañana siguiente los montículos, en la parte de atrás de la nave, estaban igual. El huerto de cerveza, por el contrario, era algo digno de verse. Se había extendido hasta la mitad de la llanura, en dirección a la ciudad muerta, y el viento. en las ramas cargadas de frutos, hacía un sonido semejante al de una planta embotelladora en plena producción.

En la mente del capitán quedaban muy pocas dudas sobre la suerte que habían corrido los habitantes de la Tierra. Pero ¿qué había ocurrido con los árboles que dichos habitantes habían plantado? No era un tipo obtuso, y la respuesta llegó en seguida. Los habitantes de la Tierra habían llevado a cabo una función semejante a la de las abejas en Marte: al beber el fruto líquido habían fecundado el caparazón de cristal que le recubría, y estos caparazones fecundados y plantados hablan producido nuevos árboles.

«Una ecología muy agradable —pensó el capitán

Pero como todas las buenas cosas se había extinguido. Una por una, todas las personas se habían convertido en activos fecundadores, y, finalmente, habían muerto agotados, y los árboles, incapaces de reproducirse por sí solos, se hablan extinguido. Un destino trágico, sin duda. Pero ¿era acaso más trágico que morir a causa de los impuestos?

El capitán pasó el resto del día tratando de encontrar un medio de fecundar el dinero. Sus ojos se desviaban cada vez con más frecuencia hacia la puerta del pequeño armario de los licores. Al atardecer, Birp, Pempf y Fardel aparecieron solicitando una audiencia.

Fardel fue quien habló.

—Señor —dijo—. Lo hemos decidido. No vamos a volver a Marte.

El capitán no se sorprendió, pero no pudo dejar de mostrarse irritado.

—¡Volved a vuestro huerto y dejadme en paz! —dijo, dándoles la espalda.

Cuando hubieron salido fue hasta el armario de los licores y abrió la puerta. Cogió la única botella que quedaba. Sus dos compañeras habían quedado vacías hacía tiempo, y habían sido arrojadas por el dispositivo de eliminación. Ahora flotaban, en órbita, en algún lugar entre la Tierra y Marte.

—Ha sido una suerte que salvara una —dijo, y la fecundó; luego salió, tambaleándose, y la enterró, detrás de la nave, y se sentó para ver cómo crecía.

Quizá sus árboles de dinero crecieran, o quizá no. Si no crecían no volverla a Marte. Estaba harto de su gruesa. esposa, estaba harto de la cuenta del mercado y de los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba y el aire, y de los de la primera, segunda, tercera, y cuarta guerras mundiales. Y sobre todo estaba. harto de ser un honorable oficial con la boca seca.

Salió la Luna y él pudo ver, encantado, cómo los primeros brotes de su árbol de whisky surgían de las arenas azules de la Tierra.




Verano retrogrado

John Varley

He aquí un relato de SF a la vez “clásico” y “moderno” en lo que al género se refiere. Clásico en cuanto a ambientación, técnica narrativa, detalladas descripciones de paisajes extraterrestres, y técnicas de adaptación a los mismos. Moderno en la medida en que aborda un tema poco frecuente en la SF tradicional: la evolución de las relaciones familiares y los roles sexuales.

Una hora antes de que mi hermana genética llegara procedente de la Luna, ya estaba yo esperándola en el aeropuerto espacial. Mi prisa se debía en parte a mis deseos de verla. Ella era tres años terrestres mayor que yo, y nunca nos habíamos visto. Pero admito que también solía aprovechar todas las ocasiones que se me ofrecían para ir al aeropuerto espacial y contemplar la llegada y el despegue de las aeronaves. Jamás he ido a otro planeta. Algún día iré, pero no en calidad de pasajero. Estaba a punto de ingresar en una academia para estudiar aviación espacial.

Me resultó difícil pensar constantemente en la llegada del transbordador de la Luna, ya que mi verdadero interés se concentraba en las grandes supernaves que partían con destino a los planetas lejanos del sistema solar. Aquel día, la Elizabeth Browning se dirigía hacia el frío y apartado Plutón, en un viaje directo, aunque con relaciones con la zona cometaria. La nave se hallaba en el campo, a unos kilómetros de distancia de donde yo estaba, metiendo en sus entrañas pasajeros y mercancías. Menos de éstas que de aquéllos.

La Browning era una nave de súperlujo. Había que pagar gran cantidad de dinero para tener derecho a quedar encerrado en una estancia llena de líquido, sumergido hasta la boca y alimentado a través de un tubo, durante la travesía a cinco G. Nueve días más tarde, en el eterno invierno de Plutón, los pasajeros salían de la nave después de diez horas de rehabilitación física. El viaje también podía efectuarse en catorce días a sólo dos G, con muy escasas molestias, dicho sea en honor de la verdad, pero esto no era asequible a la mayoría. Pero yo ya había observado que la Browning jamás iba completa.

Tal vez no me había fijado en la llegada del transbordador lunar, pero el remolcador estaba descendiendo entre la Browning y yo. La nave iba a posarse en el Dique 9, una zona apartada unos cien metros de donde yo estaba. Por lo tanto, me metí en el túnel que me llevaría allí.

Llegué a tiempo de ver cómo el remolcador cortaba el cable de amarre y salía disparado al espacio para unirse a la próxima nave. El transbordador lunar era una esfera de superficie totalmente reflectora, que ahora estaba en el centro de la pista de aterrizaje. Al ir hacia ella, se esparció por el campo la techumbre formada por un campo de fuerzas, obstaculizando el paso de la luz estival. El aire penetraba a raudales, y al cabo de pocos instantes mi traje cambió. De pronto empecé a sudar, cociéndome en el calor que aún no se había disipado. Mi traje había cambiado demasiado pronto. Tendría que hacer algunas comprobaciones. Mientras tanto, dancé un poco para mantener mis pies descalzos lejos del cemento que abrasaba.

Cuando la temperatura del aire llegaba, a los 24 grados normales, quedaba cortado el campo de fuerzas en torno al remolcador. Lo que quedaba era solamente un conjunto insubstancial de cubiertas y depósitos. La gente surgía atropelladamente por las paredes exteriores de sus departamentos.

Me uní a la multitud agrupada en torno a la rampa. Yo había visto una fotografía de mi hermana, pero hacía ya mucho tiempo. Dudaba si la reconocería.

No tuve problemas. la descubrí en lo alto de la rampa, ataviada con una túnica lunática, de aspecto simplón; y llevaba una maleta presurizada. Estuve seguro de que era ella porque se me parecía un poco, aunque era hembra y estaba frunciendo el ceño. Tal vez fuese unos centímetros más alta que yo, pero esto se debía a haber crecido en un campo gravitatorio menor.

Fui hacia ella y le cogí la maleta.

—Bien venida a Mercurio —la saludé.

Me observó fijamente. No sé por qué, pero creo que al momento me despreció. En realidad, yo ya no le gustaba antes de conocemos.

—Tú debes de ser Timmy —repuso.

No podía permitirle tanta familiaridad. Para todo hay un límite.

—Timothy —rectifiqué—. Y tú eres mi hermana genética Jew.

—Jubilant —rectificó ella a su vez.

No era un buen principio.

Miró a su alrededor contemplando la gente que se atropellaba por el campo de aterrizaje. Luego tendió la vista hacia el costado liso y negro del techo de fuerzas, como si quisiera huir de allí.

—¿Dónde puedo alquilar un traje? —-preguntó--. Me gustaría tener uno instalado antes de salir de aquí.

—Esto no es tan malo —argüí—. Sí, aquí hay muchos más terremotos que en la Luna, pero no podemos impedirlo.

Inicié la marcha en dirección a los Ambientes Generales, y ella echó a andar a mi lado. Tenía cierta dificultad en caminar. A mí no me gustaría ser un lunático, porque vayan donde vayan siempre resultarán excesivamente pesados.

—Leí durante la travesía que tuvisteis un terremoto en el espaciopuerto hace sólo cuatro lunaciones.

No sé por qué, pero me puse a la defensiva. Sí, ya sé que en Mercurio hay muchos terremotos, pero no es posible achacarnos culpa alguna. Mercurio padece grandes presiones, lo cual significa que hay muchos temblores o terremotos. Cualquier sistema se resquebraja si se le sacude mucho.

—De acuerdo —asentí, tratando de mostrarme razonable—. Estuve aquí mientras ocurrió. Fue a mediados del último año negro. Perdimos presión en un diez por ciento de los pasajes, pero todo quedó resuelto en pocos minutos. No se perdió ni una sola vida.

—Unos minutos bastan para matar a alguien que no lleve traje, ¿verdad? —¿qué podía contestar yo a esto si ella parecía estar segura de haber ganado un tanto?—. Por consiguiente, me sentiré mucho mejor cuando lleve uno de los vuestros.

—Está bien, iremos a buscar un traje para ti.

Traté de pensar algo que ayudara a restablecer la conversación en términos amistosos. Jubilant parecía tener una opinión muy pobre de los ingenieros ambientales de Mercurio y estaba dispuesta, por lo visto, a lanzar sobre mí su desprecio.

—¿En qué te estás adiestrando? —inquirí—. Debes de haber salido hace poco de la academia. ¿Qué piensas hacer?

—Quiero ser ingeniero ambiental.

—Oh...
Me sentí aliviado cuando finalmente estuvo tendida sobre la mesa, con la conexión establecida desde la computadora hasta el enchufe de su nuca, con el motor sensorial y de control funcionando. El resto del viaje a GE fue una conferencia respecto a los fallos del servicio municipal de presiones del aeropuerto espacial de Mercurio. Mi cabeza daba vueltas con los datos sobre los sensores de presión infalibles, de redundancia quintuple, los cerrojos automáticos y los taladros para terremotos. Estoy seguro de que nosotros tenemos todo esto, y tan bueno como en la Luna. Pero lo mejor que se puede hacer con los temblores que lo estremecen todo cien veces al día es conseguir un factor de seguridad del noventa y nueve por ciento. Jubilant se burló cuando mencioné este porcentaje, y me replicó con quince decimales, todos ellos del orden del nueve. Por lo visto, era éste el factor de seguridad en la Luna.

Estaba buscando la razón principal del por qué nosotros no necesitábamos esta clase de seguridad en manos del cirujano. Éste le había abierto el pecho, quitándole el pulmón izquierdo, y colocaba el generador de trajes en la cavidad. Se parecía mucho al pulmón que acababa de extirpar, salvo que estaba construido de metal y tenía un acabado como un bruñido espejo. Lo aseguró a su tráquea y realizó ciertos reajustes en los extremos de las arterias pulmonares. Luego le cerró el pecho y aplicó un cauterizador somático a las incisiones. Al cabo de treinta minutos, Jubilant ya podía levantarse con la herida completamente cicatrizada. La única señal de la operación sería el botón dorado de la válvula de inhalación situado bajo su clavícula izquierda. En el instante en que la presión descendiera dos milibares, se vería rodeada por el campo de fuerzas que es un vestido de Mercurio, y estaría más segura que nunca en su vida, incluso en las arideces tan... ah, sí, tan seguras de la Luna.

El cirujano efectuó los reajustes en el cerebro de mi traje mientras Jubilant estaba aún sin sentido. Luego, le instaló a ella los aparatos secundarios: el voceador del tamaño de un guisante en su garganta para que pudiese hablar sin inhalar ni exhalar aire y los receptores biauriculares de radio en los oídos. Después le quitó el enchufe del cerebro, y la joven se incorporó. Parecía un poco más amistosa. Una hora de privación sensorial tiende a hacer a uno más expansivo y relajado. Empezó a ponerse su túnica lunática.

—Arderá cuando salgas fuera —le advertí.

—Oh. sí, claro. Suponía que debía ir por algún túnel. Pero aquí no los tenéis, ¿verdad? No es posible mantenerlos presurizados, ¿eh?

Realmente, empezaba a querer defender nuestra ingeniería.

—Lo más difícil resultará acostumbrarte a no respirar.

Nos hallábamos en la entrada del aeropuerto, mirando a través del telón de fuerzas que nos separaba del exterior. Soplaba una brisa cálida, como ocurre siempre en verano. Estaba producida por el recalentamiento del aire contiguo al telón, debido a las longitudes de onda de la luz que puede pasar a través del mismo, a fin de poder ver al otro lado. Era el principio del verano retrógrado, cuando el Sol retrocede en el cénit y nos concede una ayuda triple de radiación y luz sumamente intensas. El aeropuerto espacial de Mercurio se hallaba en un lugar muy caliente, donde el movimiento del Sol retrógrado coincide con el mediodía solar. Por lo que, aunque el telón de fuerzas lo tapaba todo excepto una diminuta ventana de luz visible, todo el haz de luz que pasaba a través de dicha ventana era de alto potencial.

—¿Debo aprender algún truco especial?

Evidentemente no era tonta, pero sí excesivamente crítica. Respecto a la operación de su traje, concedió que el experto era yo.

—En realidad, no. Sentirás un intenso afán de respirar dentro de unos minutos, pero todo es de carácter psicológico. Tu sangre estará bien oxigenada pero tu cerebro no se habrá ajustado todavía a la nueva situación. Sin embargo superará este sensación. Por favor, no trates de respirar al hablar. Subvocaliza tan sólo, y la radio de tu garganta captará la voz —medité un instante y decidí añadir algo más—: Si tienes costumbre de hablar para ti, será mejor que abandones ese hábito. Si murmuras, tu voceador recogerá los sonidos, y a veces incluso tus pensamientos si los expresas con un tono demasiado alto dentro del cerebro. Cuando hagas tal cosa, se moverá tu garganta, y esto puede resultarte un poco molesto.

Sonrió; era la primera vez que lo hacía. De pronto comprendí que me gustaba. Siempre había querido apreciarla, pero ésta era mi primera oportunidad.

—Gracias, lo tendré en cuenta. ¿Nos vamos?

Yo salí primero. Cuando se atraviesa un telón de fuerzas no se siente nada. Pero es imposible cruzarlo a menos que se lleve un generador de trajes, aunque si éste funciona, el campo se forma en torno al cuerpo al llegar al otro lado. Di media vuelta y ya no pude ver más que un espejo liso, que se abultó mientras lo miraba, reflejando la forma de una mujer desnuda. El bulto se separó de la cortina. Lo que quedó era una Jubilant plateada.

El generador de trajes hace que el campo de fuerzas siga las líneas exteriores del cuerpo, pero una a una y a escasos centímetros de la piel. Oscila entre estos límites, y el cambio de volumen significa que una acción inferior obliga a salir al dióxido de carbono a través de la válvula inhaladora. Se expele el gas residual y el cuerpo se enfría en una sola operación. El campo de fuerzas es completamente reflectante, excepto por dos discontinuidades del tamaño de una pupila que sigue los movimientos de los ojos y permite penetrar suficiente luz, aunque no tanta como para deslumbrar.

—¿Qué sucederá si abro la boca? —murmuró.

Le costaba un poco vocalizar adecuadamente.

—Nada. El campo de fuerzas se extiende sobre la boca, lo mismo que sobre la nariz. No desciende por la garganta.

Unos minutos más larde, añadió;

—Me gustaría inhalar una bocanada de aire —pronto se dominaría—. ¿Por qué hace tanto calor?

—Porque en el emplazamiento más eficaz tu traje no desprende bastante dióxido de carbono para enfriarte por debajo de los treinta grados. Por tanto, sudarás un poco.

—Sí, la temperatura parece estar a treinta y cinco o cuarenta.

—Será tu imaginación. Puedes cambiar el ambiente girando el botón de tu válvula aérea, pero esto haría que tu tanque soltara oxígeno junto con el CO2, y nunca se sabe cuándo puede hacer falta.

—¿Cuánta reserva tenemos?

—Suficiente para cuarenta y ocho horas. Como el traje desprende el oxígeno directamente en tu sangre, podemos aprovechar un noventa y nueve por ciento del mismo, en lugar de desperdiciarlo en el enfriamiento personal, como hacen vuestros trajes lunáticos.

No pude resistir la tentación de pincharla.

—El término es «lunar» —replicó fríamente.

Bueno, ni siquiera sabía que «lunático» fuese denigrante.

—Creo que sacrificaré cierto margen en favor de la comodidad. Ya me siento bastante mal en esta gravedad para que tenga que cocerme en mi propio sudor.

—A tu gusto. Tú eres la experta en ambientes.

Me miró, pero creo que no estaba acostumbrada a leer las expresiones de un rostro reflectante. Giró el botón situado sobre su pecho izquierdo, y aumentó el flujo de calor.

—Esto te rebajará a los treinta grados, dejándote sólo con oxígeno para unas treinta horas, si permanecieras quieta. Cuanto más te muevas, más oxígeno gastará tu traje para mantenerte fresca.

Se llevó las manos a los labios.

—Timothy, ¿intentas decirme que no debo enfriarme? Bien, te obedeceré.

—No, creo que todo irá bien. Hasta casa sólo hay un trayecto de treinta minutos. Y lo que dijiste respecto a la gravedad es cierto; probablemente necesitas este alivio. Pero yo lo dejarte, sólo en veinticinco, como un compromiso razonable.

Silenciosamente, reajustó la válvula.
Jubilant pensó que era tonto tener una pista rodante de tráfico que funcionara en secciones de dos kilómetros. Se quejó las dos o tres primeras veces que salimos del extremo de una para entrar en otra. Pero calló cuando llegamos a una sección resquebrajada por los terremotos. Tuvimos que andar un trecho entre dos secciones del deslizamiento temporal, y observó cómo las brigadas trabajaban para obturar la grieta de veinte metros que se había abierto bajo otra grieta antigua.

Sólo tuvimos un temblor camino de casa. En realidad, no fue nada, un cierto movimiento que nos obligó a bailar a fin de mantener los pies debajo del cuerpo. A Jubilant no pareció gustarle mucho. Yo ni siquiera me habría fijado en ello, pero Jubilant gritó al moverse el suelo.


En aquella época, nuestra casa estaba situada en lo alto de una colina. La habíamos trasladado allí después del enorme temblor de siete años negros, antes de que se resquebrajase por completo el promontorio en que vivíamos. En aquella ocasión estuve enterrado unas diez horas. Fue la primera vez que tuvieron que cavar para extraerme. A los mercurianos no les gusta habitar en los valles, porque tienden a llenarse de restos y desperdicios durante los temblores. Si se vive en lo alto de un monte, se tiene más probabilidades de continuar encima de todo cuando se produce un deslizamiento. Además, a mi madre y a mí nos encantan los vastos panoramas.

A Jubilant también le encantó. Hizo el primer comentario sobre el paisaje cuando estuvimos fuera de la casa y contemplábamos el valle que acabábamos de atravesar. El espaciopuerto de Mercurio se hallaba encima del acantilado, a treinta kilómetros de distancia. Desde tan lejos es posible observar la forma hemisférica de los enormes edificios.

Pero Jubilant se mostró más interesada por las montañas que se alzaban a nuestras espaldas. Señaló una nube violácea que flotaba más allá de las faldas de una montaña y me preguntó qué era.

—La gruta de mercurio. Siempre ofrece este aspecto al comienzo del verano retrógrado. Te llevaré allí más tarde. Creo que te gustará.

Dorothy nos saludó cuando pasamos a través del muro.

No conseguí intuir qué molestaba a mamá. Parecía bastante feliz de ver a Jubilant al cabo de diecisiete años. Continuó charlando hábilmente respecto a cómo había crecido y al magnífico aspecto que tenía. Hizo que nos colocásemos uno junto al otro y afirmó que nos parecíamos mucho. Era cierto, claro, puesto que genéticamente éramos idénticos. Jubilant medía cinco centímetros más que yo, pero los perdería en unos meses de soportar la gravedad de Mercurio.

—Se te parece mucho. Es igual a como eras hace dos años, antes de tu último cambio —observó finalmente.

No fue una declaración exacta, ya que la última vez que yo había sido hembra no era tan maduro sexualmente. Pero en esencia sus palabras eran ciertos. Tanto Jubilant como yo éramos machos genotípicamente, pero mamá me hizo cambiar de sexo al venir a Mercurio, o sea cuando yo contaba sólo quince meses de edad. Yo había pasado ya los primeros quince años de mi vida femenina. Y pensaba en volver a cambiar, aunque no tenía prisa.

—Estás muy bien conservada, Glitter —exclamó Jubilant.

—Ahora me llamo Dorothy, cariño. Cambié de nombre al trasladamos aquí. En Mercurio todo el mundo se sirve de los antiguos nombres de la Tierra.

—Lo siento, lo había olvidado. Mi madre solía llamarte Glitter cuando hablaba de ti. Antes de que ella... bueno, antes de que yo...

Hubo un silencio embarazoso. Sabía que me ocultaban algo, y agucé el oído. Esperaba enterarme de varias cosas referentes a Jubilant, cosas que Dorothy jamás me habría contado, por mucho que yo la hubiera apremiado. Al menos sabría por dónde empezar si quería sonsacar algo a Jubilant.

Por entonces me resultaba insoportable saber tan poco del misterio que rodeaba el hecho de haber crecido yo en Mercurio y no en la Luna, y por qué tenía una hermana genética. Tener un mellizo genético es un hecho muy raro, y yo necesitaba saber a qué se debía. No era denigrante, socialmente hablando, como tener un ogro por hermano ni tan escandaloso, pero pronto aprendí a no contárselo a los demás. Estos hubieran querido saber cómo pudo ocurrir, cómo mamá logró burlar las leyes que prohibían esta clase de preferencia desfavorable.

«Una Persona, un Hijo.»

Esta es la primera lección de moral que aprende cualquier niño, incluso antes de escoger una existencia. Mamá no estaba en la cárcel; por tanto, la cosa debía de ser legal. Pero ¿cómo? ¿Y por qué? Ella no hablaba, pero tal vez Jubilant me lo explicase.
Cenamos en silencio, interrumpido solamente por unos torpes intentos de conversación. Jubilant sufría un ataque de nervios y padecía las consecuencias de nuestras diferentes cultura y mentalidad. Yo lo comprendía, viéndola mirar a su alrededor. Los lunáticos... perdón, los lunarios viven su existencia en las grietas de las rocas y necesitan la presencia de muros sólidos a su alrededor. No salen mucho. Y cuando lo hacen, van envueltos como en un capullo de plástico y acero que palpan a su alrededor, y miran a través de una ventanilla. Jubilant se sentía terriblemente desnuda, y trataba de mostrarse valiente. Dentro de una casa con burbuja de fuerzas, es posible estar sentado sobre una plataforma bajo el Sol abrasador. La burbuja es invisible desde dentro.

Cuando comprendí qué la inquietaba, puse en funcionamiento la polarización. La burbuja parecía, de este modo, vidrio pintado.

—Oh, no es necesario —protestó ella—. Ya me he acostumbrado. Aunque me gustaría que aquí tuvieseis paredes a las que poder mirar.

Era evidente que algo inquietaba a Dorothy. No se había fijado en la angustia de Jubilant, lo cual no era propio de su carácter. Hubiese debido colocar algunas cortinas para ofrecer a nuestra visitante la sensación de recinto.

Gracias a la conversación intermitente sostenida en la mesa me enteré de algunas cosas. Jubilant se había divorciado de su madre a los diez años terrestres de edad, lo cual era totalmente asombroso. Los únicos motivos para un divorcio a esa edad son cosas tan increíbles como un fanático proselitismo religioso. No sabía gran cosa de la madre adoptiva de Jubilant, ni siquiera su nombre, pero sabía que ella y Dorothy habían sido buenas amigas en la Luna. Pero la cuestión de por qué y cómo Dorothy había abandonado a su hija, viniéndose a Mercurio conmigo, no siendo yo más que una carga, se hallaba relacionado con esa amistad.

—Nunca intimamos mucho, que yo recuerde —decía Jubilant—. Me contó varias estupideces, y no parecía encajar con lo demás. No sé explicarlo, pero los tribunales me dieron la razón. Afortunadamente, tuve un buen abogado.

—Tal vez se debiera en parte a esa relación tan fuera de lo corriente —comenté—. Ya sabéis a qué me refiero. No es lo mismo criarse con una madre adoptiva que con la verdadera.

Estas palabras fueron acogidas con un profundo silencio, hasta tal punto que me pregunté si no debería callarme hasta el final de la cena. Se intercambiaron varias miradas llenas de significado.

—Sí, esto podría formar parte del caso. De todos modos, a los tres años de haberte marchado tú de la Luna, comprendí que no podía resistir más. Hubiese debido venir aquí contigo. Yo no era más que una niña, pero ya quería estar a tu lado.

Miró a Dorothy con ojos de súplica, la cual estaba como estudiando la mesa. Jubilant había dejado de comer.

—Quizá sería mejor no hablar más del caso.

Ante mi sorpresa, Dorothy asintió. Esto me molestó. No deseaban hablar del asunto porque me ocultaban algo.


Jubilant durmió la siesta después de comer. Afirmó que deseaba ir conmigo a la gruta, pero que tenía que descansar a causa de la gravedad. Mientras dormía, traté una vez más de conseguir que Dorothy me contara toda la historia de su vida en la Luna.

—Pero ¿por qué estoy vivo? Has dicho que dejaste a Jubilant, tu hija, que tenía sólo tres años, con una amiga que la cuidaría en la Luna. ¿No querías llevártela contigo?

Me contempló con displicencia. Ya habíamos discutido el asunto en otras ocasiones.

—Timmy, eres mayor de edad desde hace tres años. Te he dicho que eres libre de dejarme si quieres. De todos modos, pronto lo harás. Pero no deseo discutir más este asunto.

—Mamá, sabes que no puedo insistir. Pero ¿acaso no me consideras lo suficiente como para contarme toda la historia? Sé que me ocultas algo.

—Sí, te oculto algo. Pero prefiero que quede en el olvido. Es una cuestión de intimidad personal. ¿No sientes hacia mí suficiente respeto como para dejar de atosigarme?

Jamás la había visto tan alterada. Se levantó y, pasando a través de la pared, se marchó colina abajo. A medio camino, echó a correr.

Inicié la marcha hacia ella, pero al cabo de unos pasos retrocedí. No sabía qué decirle que no le hubiese dicho ya.


Fuimos a la gruta por etapas. Jubilant se sentía mucho mejor después del descanso, aunque todavía padecía bastante en las cuestas empinadas.

Yo no había estado en la gruta desde hacía cuatro años claros, ni había vuelto a jugar allí. Seguía siendo un lugar favorito de los niños. Había docenas de ellos.

Nos detuvimos sobre un reborde estrecho que daba a la piscina de azogue, y Jubilant quedó muy impresionada. La piscina de azogue se hallaba al fondo de una garganta estrecha, que estuvo bloqueada hace tiempo por un terremoto. Un lado de la garganta está siempre en la sombra, porque da al norte y el Sol nunca sube tanto en nuestra latitud. AI fondo de la garganta está la piscina: veinte metros de anchura, cien de longitud, y unos cinco de profundidad. Nosotros «pensamos» que es profunda, pero esto no tiene sentido en una balsa de mercurio. Un trozo de plomo se hunde lentamente como en melaza espesa, pero todo lo demás flota. Los chiquillos tenían en el centro una roca respetable, que utilizaban como barca.

La piscina y cuanto la rodea es muy bello, pero estábamos en el verano retrógrado y la temperatura llegaba ya al máximo. Por tanto, el mercurio se hallaba cerca del punto de ebullición, y toda la zona estaba llena de vapor. Cuando las corrientes de electrones del Sol pasaban a través del vapor, éste se iluminaba relampagueando y girando como una tormenta azul y fantasmal. El nivel estaba bajo, pero jamás desaparecía completamente el mercurio porque se condensaba en el acantilado, y regresaba lentamente a la garganta.

—¿De dónde viene? —quiso saber Jubilant, cuando dejó de sentirse asombrada.

—Parte del mismo es natural, aunque la mayoría viene de las fábricas del puerto. Es un subproducto de los procesos de fusión al que no han encontrado ningún empleo, de modo que lo sueltan en los alrededores. El mercurio no puede desvanecerse en el aire, ya que pesa demasiado, y durante el año negro se condensa en los valles. El de aquí es especialmente bueno para recogerlo. De niño, yo solía jugar en esta balsa.

Jubilant estaba impresionada. En la Luna no hay nada semejante. Por lo que he oído, la Luna es muy triste en su exterior. Hace millones de años que allí no se mueve nada.

—Nunca vi nada tan hermoso. Pero ¿qué hacías de niño? El mercurio tiene que ser demasiado denso.

—Jamás se ha dicho una verdad más grande. Sólo es posible meter dentro la mano medio metro. Y se puede guardar el equilibrio: es posible permanecer de pie y hundirse uno quince centímetros. Lo cual no significa que sea imposible nadar aquí; sí que se puede nadar. Bajemos y te lo mostraré.

Todavía contemplaba la nube ionizada, pero me siguió. Aquella nube podía hipnotizarle a uno. Al principio parecía púrpura; luego, por el rabillo del ojo se veían otros colores. Sin embargo, nunca se distinguen con claridad, ya que son demasiado débiles. Pero existen, provocados por las impurezas de otros gases.

Tengo entendido que la gente solía fabricar lámparas de gases ionizantes: neón, argón, mercurio... Andar por una garganta mercurial es igual que caminar dentro del resplandor de una de aquellas lámparas.

A la mitad de la pendiente, cedieron las rodillas de Jubilant. Su campo de traje se puso rígido con el primer impacto, al caer de espaldas en tierra y empezar a resbalar. Cuando llegó a la piscina, parecía una estatua rígida, helada, en una postura difícil, al intentar detener la caída. Llegó a la piscina y quedó descansando de espaldas.

Yo también llegué a su lado felizmente. Estaba intentando ponerse de pie, cosa que le era imposible. Por fin se echó a reír al comprender que ofrecía una imagen muy tonta.

—No es posible permanecer de pie aquí. Mira cómo has de moverte.

Me puse boca abajo y empecé a agitar los brazos en un movimiento natatorio. Hay que comenzar con los brazos al frente y llevarlos a los costados con un largo movimiento circular. Cuanto más se hunde uno en él mercurio, más de prisa avanza. Y hay que continuar hasta que penetren los dedos de los pies. La piscina carece de fricción.

No tardó en nadar a mi lado, divirtiéndose enormemente. Lo mismo que yo. ¿Por qué dejamos de hacer tantas cosas cuando crecemos? No hay nada tan divertido en el sistema solar como nadar en una piscina de mercurio. Y aquel placer volvía a mi espíritu, cada vez que me deslizaba por la superficie espejeante, con la barbilla levantada. Con los ojos rozando la superficie, es tremenda la sensación de velocidad.

Algunos niños jugaban a hockey. Hubiera querido unirme a ellos, pero por sus miradas comprendí que nos consideraban demasiado mayores, y que además pensaban que ya no deberíamos estar allí nadando. Bien, esto fue un poco duro. Yo me divertía mucho nadando.

Al cabo de varias horas, Jubilant quiso descansar. Le enseñé cómo podía hacerlo sin resbalar de lado, formando un trípode al sentarse con los pies muy separados. Salvo tenderse por completo, ésta es la única forma de descansar. Cualquier otra posición hace que el apoyo se deslice a un lado por debajo del cuerpo. Jubilant se contentó con tenderse.

—Todavía soy incapaz de mirar directamente al Sol —murmuró—. Empiezo a pensar que aquí podríais poseer un sistema mejor. Me refiero a los trajes internos.

—También lo había pensado —accedí—. Vosotros los luná... los lunarios, pasáis muy poco tiempo en la superficie, por lo que no necesitáis un traje de fuerzas. Resultarían demasiado caros, especialmente para los niños. Es terrible lo que cuesta vestir a un niño. Dorothy no pagó sus deudas ni en veinte años.

—Sí, pero acaso valiese la pena. Oh, ya comprendo que costarían mucho, pero no dejaría que se quedasen pequeños, claro. ¿Cuánto durarían?

—Tendrían que cambiarse cada dos o tres años.

Cogí un puñado de mercurio y lo dejó deslizar por entre mis dedos hasta su pecho. Buscaba una forma indirecta de referirme al tema de Dorothy y a cuanto Jubilant sabía de ella. Después de varios comienzos tontos, le pregunté directamente qué me estaban ocultando.

Pero ella no se dejó engañar.

—¿Qué hay en aquella cueva? —preguntó, rodando sobre su estómago.

—Aquello es la gruta.

—¿Y qué hay dentro?

—Te lo enseñaré si hablas.

Me miró con pena.

—No seas crío, Timothy. Si tu madre quiere que conozcas su existencia en la Luna, te la contará. No es asunto mío.

—No sería crío si tú dejaras de tratarme como tal. Los dos somos mayores. Puedes contarme lo que sea, sin pedirle permiso a mamá.

—Dejemos este tema.

—¡Eso es lo que me dice todo el mundo! —exclamé—. De acuerdo, ve sola a la gruta.

Lo hizo. Yo me quedé sentado en el lago, mirándolo todo con el ceño fruncido. No me gustaba estar en tinieblas, y especialmente no me gustaba que mis parientes hablasen a mi alrededor de algo que yo no podía saber.

Me asombraba descubrir cuan importante era para mí averiguar la verdadera razón del traslado de Dorothy a Mercurio. Yo había vivido diecisiete años sin saberlo, y ello no me había perjudicado en absoluto. Pero ahora que pensaba en todo lo que ella me había contado durante mi infancia, comprendía que la cosa no tenía sentido. Y la llegada de Jubilant me había obligado a examinar de nuevo todas aquellas explicaciones falsas. ¿Por qué había abandonado Dorothy a Jubilant en la Luna? ¿Por qué se había llevado en cambio a un chiquillo genético?
La gruta es como una cueva a la entrada de la garganta con una corriente de mercurio que brota de su boca. Esto sucede durante todo el año claro, aunque el riachuelo contiene más cantidad durante el punto álgido del verano. Este riachuelo está formado por el vapor de mercurio que se concentra en la cueva, donde se condensa y cae a gotitas. Hallé a Jubilant sentada en él centro de un charco, como en trance. El resplandor de la ionización de la cueva parece más brillante dentro que fuera, donde ha de competir con la luz solar. A esto hay que añadir los millares de regueros de mercurio que devuelven el reflejo de la luz, y el conjunto origina un lugar que hay que verlo para creer que exista.

—Oh, lo siento... Te estuve molestando y...

—Chist...

Agitó las manos hacia mí. Estaba contemplando la caída de las gotas desde el techo, que se aplastaban sin formar ondas en los charcos aislados del suelo de la cueva. Me sentó a su lado para contemplar aquella maravilla.

—Cómo me gustaría vivir aquí —murmuró al cabo de lo que podía haber sido una hora.

—Yo nunca he considerado la idea de vivir en otro sitio.

Me miró, pero volvió a apartar la mirada. Deseaba leer en mi rostro, pero sólo consiguió ver el distorsionado reflejo del suyo.

—Pensó que deseabas ser capitán de una nave espacial.

—Oh, sí, sí... pero siempre volvería aquí.

Callé unos minutos, reflexionando en lo que tanto me había preocupado últimamente.

—En realidad, podría dedicarme a otra ocupación.

—¿Por qué?

—Pues, porque gobernar una nave espacial ya no es lo mismo que antes. ¿Comprendes a qué me refiero?

Volvió a mirarme, y esta vez pareció más interesada en verme la cara.

—Tal vez.

—Sé qué piensas. Muchos chicos desean mandar naves. Crecen con esta idea. Quizá yo también. Pero me parece que nací con un siglo de retraso para satisfacer este deseo. Apenas existe una nave espacial en la que el capitán sea algo más que una figura decorativa. El verdadero amo de la nave es un comité compuesto por computadoras. Y éstas realizan todo el trabajo. El capitán es incapaz incluso de programarlas.

—Ignoraba que la cosa fuese tan mala.

—Oh, es peor aún. Todas las líneas de pasajeros están servidas por naves completamente automáticas. Las travesías de G elevado ya lo están, debido a que al cabo de una docena de viajes a cinco G la tripulación queda deshecha.

Medité sobre un triste factor de nuestra moderna civilización: la época romántica había desaparecido. El sistema solar estaba dominado. No cabía la menor aventura en nuestra forma de vida.

—¡Podrías marcharte a la zona cometaria —sugirió ella.

—Es lo único que aún me impulsa a ser piloto. Allí no hace falta ninguna computadora, pues de nada sirven para buscar agujeros negros. El último año negro pensé conseguir un empleo y adquirir un pasaje. Pero antes prefiero entrenarme como piloto.

—Muy prudente.

—Oh, no lo sé. Se dice que terminarás de dar cursos sobre astronavegación. A lo mejor tendré que autoenseñarme.
—¿Piensas que debemos seguir aquí? Tengo hambre.

—Quedémonos un poco mas. Me encanta este lugar.

Estoy seguro de que llevábamos allí, por lo menos, unas cinco horas. La había interrogado respecto a su interés por la ingeniería ambiental y conseguí una respuesta sorprendentemente sincera. Esto dijo referente a su profesión:

—Después de divorciarme de mi madre —declaró— comprendí que me interesaba encontrar un sitio seguro donde vivir. Por aquel entonces, no me sentía muy segura.

Más adelante halló otros motivos, pero admitió que el primer impulso fue debido a la necesidad de encontrar cierta seguridad. Cavilé respecto a su extraña infancia. Era la única persona que yo conocía que no se hubiera criado con su madre natural.

—Quise salir del sistema —añadió tras otro largo silencio—. A Plutón, por ejemplo. Tal vez nos encontremos allí algún día.

—Es posible.

Hubo un ligero temblor, no muy grande, pero suficiente para que los charcos de mercurio se agitasen. Jubilant quiso irse de allí. Estábamos saltando por entre los charcos de mercurio cuando se produjo un estremecimiento violento y prolongado, y el resplandor violáceo se extinguió. Nos vimos separados, en medio de unas profundas tinieblas.

—¿Qué ha sido eso? —había pánico en su voz.

—Creo que estamos bloqueados. Debió de producirse un corrimiento en la entrada de la gruta. Bien, siéntate y lo averiguaré.

—¿Dónde estás? ¡No te encuentro, Timothy!

—No te muevas y volveré a tu lado dentro de un instante. Ten calma, serénate y no te preocupes. Nos sacarán dentro de unas horas.

—Timothy, no te encuentro, Timothy, no...

Me palpó con una mano, y al momento se abalanzó hacia mí. La estreché entre mis brazos para tranquilizarla. Unas horas antes me habría podido burlar por su comportamiento, pero ahora ya la comprendía mejor. Además, a nadie le gusta ser enterrado en vida. Ni siquiera a mí. La mantuve abrazada hasta que se calmó.

—Lo siento.

—No te disculpes. La primera vez me ocurrió lo mismo. Me alegro de que estés aquí. Ser enterrado solo es mucho peor aún que ser enterrado en vida. Bien, siéntate y haz lo que te ordene. Gira la válvula de inhalación completamente a la izquierda. ¿Ya está? Ahora vamos a utilizar el oxígeno al promedio más bajo posible. Debemos estar quietos a fin de no calentamos demasiado.

—Está bien. ¿Qué más?

—Bueno, para empezar, ¿juegas al ajedrez?

—¿Cómo, nada más? ¿No hemos de enviar alguna señal?

—Ya lo hice.

—Y si quedamos enterrados en terreno sólido y el traje se congela, para que uno no muera aplastado, ¿cómo hay que actuar?

—No te preocupes, la válvula actúa mecánicamente si uno está quieto más de un minuto.

—Oh, de acuerdo. Peón cuatro rey.
Abandonamos la partida al decimoquinto movimiento. No sé visualizar muy bien el tablero, y si bien ella era excelente en ese juego, estaba demasiado nerviosa para pensar las jugadas. También yo estaba poniéndome nervioso. Si la entrada de la gruta estaba bloqueada con detritus, como pensaba, nos encontrarían en menos de una hora. Yo había aprendido a calcular el tiempo en la obscuridad, y sabía que habían transcurrido dos horas desde el temblor. Debía de haber sido mayor de lo que yo creía. Podía transcurrir un día entero antes de que nos sacasen de allí.

—Me sorprendió cuando vi que podía tocarte... no tu traje, sino tu piel.

—Me pareció que saltabas. Los trajes se funden. Cuando me tocaste, llevábamos un solo traje en lugar de dos. Ocurre a veces.

Estábamos tumbados uno junto al otro en un charco de mercurio, estrechamente abrazados. Nos hallábamos más tranquilos.

—O sea... Ya entiendo. Es posible hacer el amor con el traje puesto. ¿Era esto lo que estabas sugiriendo?

—Deberías probar en un charco de mercurio. Resulta el mejor método.

—Estamos en un charco de mercurio.

—Y no nos atrevemos a hacernos el amor. Oh, no, nos recalentaría demasiado. Y tal vez necesitemos nuestras reservas.

Estaba quieta, pero sentí cómo sus manos se apretaban a mi espalda.

—¿Estamos en peligro, Tímothy?

—No, pero podríamos estarlo caso de prolongarse nuestra estancia aquí. Seguro que tienes sed. ¿Puedes soportarlo?

—Lástima que no podamos hacer el amor, Este serviría para no pensar en...

—¿Puedes soportarlo?

—Sí, sí puedo.


—Timothy, no llené mi tanque antes de salir de casa. ¿Importa mucho?

Creo que no me puse en tensión, pero me asusté bastante. Reflexioné y no vi hasta qué punto podía importar. Jubilant había gastado una hora de oxígeno, la mayor parte para llegar a casa, incluso a su promedio de enfriamiento. De repente recordé lo fría que estaba su piel cuando la tuve entre mis brazos.

—Jubilant, ¿estaba tu traje al enfriamiento máximo cuando salimos de casa?

—No, pero lo puse al máximo cuando iniciamos el paseo. Hacía tanto calor... Estaba a punto de desmayarme a causa del cansancio.

—¿Y no lo rebajaste hasta el temblor?

—Exacto.


Hice unos cálculos aproximados y el resultado no me gustó nada. Según las suposiciones más pesimistas, seguramente no le quedaban más de cinco horas de aire. Fuera habría podido disponer de unas doce horas. Y ella podía hacer el mismo cálculo que yo; por tanto, de nada servía ocultarle te verdad.

—Acércate —le ordené.

Se sentía intrigada porque ya estábamos muy Juntos. Pero yo deseaba unir nuestras válvulas de inhalación. Las enganché y aguardé tres segundos.

—Ahora, nuestros tanques igualan la presión.

—¿Por qué lo has hecho? Oh, no, Timothy, no debiste hacerlo. La culpa es mía por no tener más cuidado.

—También lo hice en mi beneficio. ¿Cómo podría vivir si murieses aquí, pudiendo haberte salvado? Piensa en ello.


—Timithy, contestaré a cuantas preguntas me hagas con respecto a tu madre.

Aquélla fue la primera vez que me volvió loco. No me había enfadado con ella por haber olvidado llenar de nuevo su tanque. Ni siquiera por lo del enfriamiento. En realidad, tenía yo más culpa que ella. Lo había convertido en un juego, sin decirle realmente lo fundamental que era tener una reserva importante, y ella no me había tomado en serio, por lo que ahora pagaba el castigo de mis bromas. Yo había cometido la equivocación de suponer que, puesto que ella era una experta en seguridad lunar, podía cuidar de sí misma. Pero ¿cómo podía hacerlo si no conocía exactamente cuál era el peligro?

Sin embargo, este ofrecimiento parecía el pago del oxígeno, y esto no es digno en Mercurio. En una dificultad, el aire siempre se comparte libremente. Las «gracias» no se estilan en Mercurio.

—No me debes nada, ¿entendido?

—No te lo he dicho por eso. Si vamos a morir aquí, considero una tontería guardar un secreto. Esto no tiene sentido, ¿no te parece?

—No. Si hemos de morir, ¿de qué sirve decírmelo? ¿De qué me servirá? Pero esto tampoco tiene sentido. No vamos a morir.

—AI menos servirá para pasar el tiempo.

Suspiré. Realmente, en aquel momento no me importaba lo que tanto había deseado saber.

—Está bien. Pregunta número uno: ¿por qué te abandonó Dorothy cuando vinimos aquí?

Tan pronto hube hablado, la pregunta me pareció importante.

—Porque no es nuestra madre. Yo me divorcié de nuestra madre a los diez años.

Me incorporé estremecido.

—Dorothy no es... no es... Entonces... ¿es mi madre adoptiva? Y mientras tanto, durante todo ese tiempo, siempre me dijo que...

—No, no es tu madre adoptiva, al menos no lo es técnicamente. Es tu padre.

—¿Cómo...?

—Es tu padre.

—¿Qué dices...? ¿Mi padre? ¿Qué locura es ésa? Pero ¿quién diablos sabe quién es su padre?

—Yo lo sé —declaró simplemente—. Y ahora tú también lo sabes.

—Será mejor que me lo cuentes todo.

Así lo hizo, y a pesar de ser la cosa más rara del Universo, lo que me contó tenía sentido común.

Dorothy y la madre de Jubilant (¡mi madre!) habían sido miembros de una secta religiosa llamada los Primeros Principios. Supongo que tenían una serie de ideas estúpidas, pero la idiotez de una de ellas tenía algo que ver con la llamada «familia nuclear». Ignoro por qué la llamaban así, tal vez porque la inventaron en la época en que nació la fuerza nuclear. Dicha familia estaba formada por una madre y un padre, y vivían en el mismo hogar con docenas de hijos.

Los Primeros Principios no llegaron muy lejos, puesto que tuvieron que adherirse a la norma convencional «Una Persona-Un Hijo», o les habrían linchado en lugar de tolerarlos... Sin embargo, les gustaba la idea de ser unos padres biológicos viviendo juntos y criando a dos hijos.

De modo que Dorothy y Gleam (Glitter y Gleam en la Luna) se casaron, y Gleam adoptó el papel femenino para el primer hijo: lo concibió, lo parió y lo llamó Jubilant.

Luego, las cosas fueron de mal en peor, como hubiera dicho cualquier persona en su sano juicio. No estoy muy fuerte en historia, pero conozco algo de lo que ocurrió en la vieja Tierra. Los esposos mataban a sus mujeres, las mujeres mataban a sus maridos, los padres azotaban a sus hijos, hubo guerras, hubo hambre... en fin, calamidades. Ignoro qué parte de causa tuvo todo aquello en la fundación de la llamada «familia nuclear», pero debía de ser muy duro «casarse» y descubrir después que la persona elegida no era la más adecuada. De modo que los hijos cargaban con las culpas. No hay que ser sociólogo para comprender el drama.

Sus relaciones, si bien al principio pudieron resultar perfectas y hasta maravillosas, fueron a menos durante tres años. Creo que llegó un momento en que Glitter ni siquiera pudo vivir en el mismo planeta que su esposa. Pero amaba a su hija y había llegado a pensar en ella como algo propio. Traten de hacer comprender esto a un tribunal. La jurisprudencia moderna no reconoce el concepto de la paternidad, como tampoco reconoce el derecho divino de los reyes. Glitter no podía apoyarse en ningún precepto legal. La criatura pertenecía a Gleam.

Pero mi madre (madre adoptiva, ya que todavía no puedo llamarle padre) encontró una fórmula de compromiso. De nada servía quejarse por no poder tener consigo a Jubilant. Tenía que aceptar este hecho. Pero podía llevarse un pedazo: yo. De modo que se marchó a Mercurio con su hijo genético, se cambió el sexo, me crió y educó, y jamás soltó una palabra referente a los Primeros Principios.

Al escuchar todo esto me fui serenando, aunque, en verdad, aquello era toda una revelación. Yo tenía muchísimas preguntas que hacer, y por el momento me olvidé del peligro de muerte que nos acechaba.

—No, Dorothy ya no pertenece a ninguna confesión religiosa. Esta fue una de las causas de la separación. Por lo que sé, Gleam es hoy día el único miembro de aquella iglesia que no duró mucho. Las parejas formadas en esta religión no tardaron en deshacerse y separarse. Por esto creo que el tribunal me concedió el divorcio: Gleam intentó obligarme a compartir su religión. Cuando se lo conté a mis amigos se echaron a reír y esto me molestó mucho, incluso a mis diez años de edad. Dije al tribunal que estaba segura de que mi madre estaba loca y el tribunal estuvo de acuerdo conmigo.

—De modo... de modo que Dorothy todavía no ha tenido ningún hijo. ¿Crees que aún puede tenerlo? ¿Cuáles son las legalidades necesarias?

—Muy fáciles, según Dorothy. A los jueces no les gusta, pero es su derecho de parto y no se lo pueden negar. Consiguió el permiso para criarte a causa de un fallo en las leyes, puesto que se marchaba a Mercurio y estaría fuera de la jurisdicción lunar. Poco después de que saliéramos ambos de la Luna, reformaron el fallo. De modo que tú y yo somos únicos. ¿Qué opinas de todo esto?

—No sé... Creo que me gustaría tener una familia normal. ¿Qué puedo decirle ahora a Dorothy?

Jubilant me abrazó y se lo agradecí. Me estaba sintiendo joven y solo. El relato todavía me daba vueltas en la cabeza y temía saber cuál sería mi reacción después de digerirlo por completo.

—Yo no le diría nada. Porque, probablemente, ella te lo contará todo antes de que te marches a la zona cometaria, pero si no habla, ¿qué importa? ¿No ha sido una madre para ti? ¿Tienes alguna queja? ¿Tan importante es el factor biológico de la maternidad? No. Creo que no. Creo que el amor es mucho más importante y ella te ama.

—¡Pero es mi padre! ¿Cómo puedo relacionar todo esto?

—Ni lo intentes. Sospecho que los padres querían a sus hijos tanto como las madres cuando la paternidad era algo más que una simple inseminación.

—Quizá tengas razón. Sí, creo que tienes razón.

Me abrazó en la obscuridad.

Tres horas más tarde hubo un derrumbamiento y el resplandor violáceo volvió a rodeamos.


Anduvimos hacia la luz del Sol cogidos de la mano. El equipo de rescate nos recibió, sonriendo y dándonos palmadas en la espalda. Llenaron nuestros tanques y gozamos del lujo de malgastar oxígeno para desechar el calor.

—¿Habéis sufrido mucho? —quiso saber el jefe del equipo de rescate.

—Regular. ¿Fue muy grande el temblor? —pregunté.

—Normal. Vosotros dos habéis sido los últimos que hemos rescatado. ¿Lo pasasteis muy mal?

Miré a Jubilant, que parecía haber resucitado de entre los muertos, y sonreía como una loca. Reflexioné mi respuesta.

—No, no mucho.

Trepamos por la cuesta rocosa y miré hacia atrás. El terremoto había arrojado varias toneladas de roca a la garganta mercurial. Peor aún, habla quedado destruida la represa natural del fondo. Casi todo él mercurio había descendido al valle. Sí, la gruta de mercurio ya no volvería a ser el lugar mágico de mi niñez. Era triste. Yo había amado aquella cueva y ahora me parecía que abandonaba detrás de mí algo muy querido.

Le di la espalda a la gruta y me dirigí a mi casa con Dorothy.



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