Página principal

Brite, Poppy Z. La Música de los Vampiros la musica de los vampiros


Descargar 1.55 Mb.
Página1/36
Fecha de conversión09.07.2016
Tamaño1.55 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   36

Brite, Poppy Z. La Música de los Vampiros


LA MUSICA DE LOS VAMPIROS
POPPY Z. BRITE
Prólogo
Prímera parte
Segunda parte
Epílogo

Agradecimientos


Debo una gratitud muy especial a Monica C. Kendrick. Dos de los personajes de La música de los vampiros, Arkady y Ashley Raventon, son hijos de su cerebro. Monica ha tenido la amabilidad de permitir que aparecieran como estrellas invitadas en estas páginas.
Mi gratitud también al brillante y arrebatador señor John Skipp, al cortés y siempre ingenioso señor Dan Simmons, y al impresionantemente dotado y generoso señor Harían Blusón. Esos soberbios escritores, que son personas todavía más soberbias, forman mi trío de santos patrás, y quiero muchísimo a los tres.
También expreso mi gratitud a Richard Curtis, mi agente, y a todas las personas maravillosas que trabajan en Richard Curtis Associates; a Jeanne Cávelos, mi directora de publicaciones; a David B. Silva y The Horror Show..., sigo echando de menos esa revista y siempre lo haré; a otro excelente escritor y amigo, Brian Hodge, por creer en La música de los vampiros desde el comienzo; a Doug Winter, porque fue el primero que me animó a escribir el maldito libro; a Ed Bryant y a Tom Monteleone por actos y palabras maravillosas; a todos los de Iniquities.
A Craig Spector, Lisa Wimberger, Linda Marotta, Kathryn Ptacek, A. J. Mayhew, J. R. McHone, Jodie y Steve Forrest, Pat Johnson, John Gillespie, John Hughes; Brad y Forrest Cahoon y John Ross por la ayuda que me prestaron cuando tuve que tratar con ordenadores temperamentales; a todos los fetos del Nantahala Street Compound por apartarme de mi trabajo y apoyarme para que continuara con él; a Paul, el clon-Ramone más bello de toda Nueva Orleans, por haberme metido a la fuerza el primer trago de chartreuse en la garganta.
En último lugar, mi agradecimiento máximo e insuperable a Connie Burton Brite, mi madre; a Christopher DeBarr, la alegría de mi hogar, a Bob Brite, mi padre; y a la Multitud Misteriosa meramente por ser los ectoplasmas que son.

Prólogo1



Durante el verano las familias de los suburbios de Nueva Orleáns -Metarie, Jefferson, Lafayette-cuelgan guirnaldas en sus puertas delanteras: alegres guirnaldas de paja de color oro, púrpura y verde; guirnaldas con campanillas y tiras de cinta que cuelgan de ellas, y que son movidas por la cálida brisa enredándose unas con otras. Los niños disfrutan comiendo pasteles enormes. Cada rebanada de pastel está adornada con un recubrimiento distinto e igual de dulzón y pegajoso -las cerezas confitadas y el azúcar de distintos colores son los preferidos-, y el niño o la niña que encuentran un bebé de plástico rosado dentro de su porción de pastel gozarán de un año de buena suerte. El bebé representa al Cristo recién nacido, y los niños casi nunca se atrásús ama a los niñitos.
Los adultos compran máscaras de gato adornadas con lentejuelas para las mascaradas, y los esposos de otras mujeres atrás esposas de otros hombres hacia su pecho bajo el refugio del musgo español y el anonimato, seda caliente y lenguas que se lanzan a una búsqueda desesperada, la tierra húmeda y el blanco perfume fantasmal de las magnolias que se abren en la noche, y los farolillos de papeles multicolores del porche que brillan en la lejanía.
En el Barrio Francés el licor fluye como si fuese leche. Ristras de abalorios baratos cuelgan de los balcones de hierro forjado y adornan cuellos sudorosos. Después de que hayan pasado los desfiles, los abalorios quedan esparcidos por las calles y se convierten en la realeza de la basura que se amontona en las cunetas, colores abigarrados entre las colillas de los cigarrillos, las latas y las gafas de plástico marca Huracán. El cielo es de color púrpura, el destello de una cerilla medio oculta que se enciende detrás de una mano curvada es de color oro; el licor es verde, de un verde muy intenso, hecho de mil hierbas distintas, hecho de altares. Los que tienen la experiencia y la sabiduría suficientes para beber chartreuse durante el carnaval son muy afortunados, porque la esencia destilada de la ciudad arde en sus estómagos. El chartreuse brilla en la oscuridad, y si bebes una cantidad suficiente de él tus ojos se volverán de un verde fosforescente.
El bar de Christian estaba en la Rue de Chartres, lejos del centro del Barrio Francés yendo hacia la calle del Canal. Sólo eran las nueve y media. Nadie aparecía hasta las diez, ni siquiera en las noches del carnaval..., nadie salvo la chica del vestido de seda negra, la muchacha delgada y bajita de suave cabellera negra que caía formando un telón sobre sus ojos. Christian siempre sentía el deseo de apartársela de la cara, de sentir cómo se deslizaba entre sus dedos igual que hilillos de lluvia.
Aquella noche entró a las nueve y media, como de costumbre, y miró a su alrededor buscando a las amistades que nunca estaban allí. El viento entró detrás de ella soplando desde el Barrio Francés, y el aire de la noche onduló en cálidas oscilaciones bajando por la calle Chartres mientras se alejaba hacia el río oliendo a especias, ostras fritas, whisky y al polvo de huesos muy viejos robados y profanados. Cuando la joven vio a Christian inmóvil detrás de la barra, esbelto, blanco e inmaculado con su negra cabellera brillando sobre sus hombros, fue hacia allí y se encaramó de un salto a un taburete -tuvo que impulsarse hacia arriba con las manos-, y preguntó lo mismo que preguntaba casi todas las noches.
-¿Puedo tomar un destornillador?
-¿Cuántos años tienes, encanto? -le preguntó Christian, como le preguntaba casi todas las noches.
-Veinte.
Mentía por un mínimo de cuatrás, pero habló en un tono de voz tan bajo y tan dulce que Christian tuvo que escuchar aguzando el oído al máximo para enterarse de lo que decía. Los brazos que había apoyado sobre la barra eran delgados y estaban cubiertos por una fina pelusilla rubia, y los manchones de maquillaje oscuro eran como morados alrededor de sus ojos, y los mechones eran colitas de ratón. y sus pies diminutos con las uñas pintadas de color naranja calzados con sandalias sólo conseguían darle un aspecto todavía más infantil. Christian preparó el cóctel sin echar mucho alcohol y metió dos cerezas en el vaso. La joven pescó las cerezas con los dedos y se las comió una detrás de otra, chupándolas como si fuesen golosinas antes de empezar a tomar sorbos de su bebida.
Christian sabía que la chica venía a su bar porque las bebidas eran baratas, y porque él se las servía sin hacerle preguntas molestas sobre el carnet de identidad o el porqué una chica tan guapa quería beber a solas. Siempre se daba la vuelta con un leve sobresalto cada vez que se abría la puerta de la calle, y su mano subía revoloteando hasta su garganta.
-¿A quién estás esperando? -preguntó Christian la primera vez que entró en su bar.
-A los vampiros -replicó ella.
Siempre estaba sola, incluso la última noche del carnaval. El vestido de seda negra dejaba sus brazos y su cuello al descubierto. Antes fumaba Marlboro Lights. Christian le había dicho que todo el mundo sabía que sólo las vírgenes fumaban eso, y la chica se sonrojó y a la noche siguiente apareció con un paquete de Camels. Le dijo que se llamaba Jessy, y Christian se limitó a sonreír ante la broma de los vampiros. No sabía hasta qué punto estaba enterada, pero siempre se comportaba con mucha educación y tenía una sonrisa dulce y tímida, y era una chispita de luz que brillaba en la grisura cenicienta de cada noche vacía.
Una cosa estaba clara, y era que él no iba a morderla.
Los vampiros llegaron a la ciudad un poco antes de la medianoche. Dejaron su camioneta negra en un sitio donde estaba prohibido aparcar, echaron mano a una botella de chartreuse y bajaron con paso tambaleante por la calle Bourbon dando largos tragos de la botella por turno, los brazos pasados sobre los hombros, los cabellos de uno rozando el rostro de otro. Los tres habían resaltado sus rasgos con manchas oscuras de maquillaje, y los dos más corpulentos se habían untado el pelo con brillantina formando una confusión de nudos y curvas. Sus bolsillos estaban repletos de golosinas que devoraban haciendo mucho ruido, y las ayudaban a bajar con tragos verdes de chartreuse. Se llamaban Molochai, Twig y Zillah, y habrían deseado tener colmillos, pero tenían que conformarse con limar sus dientes hasta dejarlos lo más afilados posible, y podían caminar bajo

la luz del sol aunque sus bisabuelos no hubiesen podido hacerlo. Pero preferían moverse de noche, y cuando empezaron a bajar dando tumbos por la calle Bourbon, los tres se pusieron a cantar. Molochai arrancó el envoltorio de un HoHo, metió todo lo que pudo de la golosina en su boca y siguió cantando, con el resultado de que envió un diluvio de trocitos de chocolate al rostro de Twig.


-Dame un poco -pidió Twig.
Molochai se sacó un poco de HoHo de la boca y se lo ofreció a Twig. Twig no pudo contener la risa. Cerró los labios con todas sus fuerzas y meneó la cabeza, pero acabó rindiéndose y lamió la pasta marrón de los dedos de Molochai.
-Perros repugnantes -dijo Zillah.
Zillah era el más hermoso de los tres. Tenía un rostro simétrico y andrógino de piel lisa y suave, y unos ojos relucientes tan verdes como la última gota de chartreuse que queda en el fondo de la botella. Lo único que delataba el sexo de Zillah eran sus manos. Eran grandes y fuertes, y las venas se abultaban bajo la delicada piel blanca. Llevaba las uñas muy largas y puntiagudas, y lucía la cabellera color caramelo recogida en la nuca con un pañuelo de seda púrpura. Unos cuantos mechones de la cola de caballo habían escapado para enmarcar aquel rostro asombrosamente bello y la puñalada verde de sus ojos. Zillah era una cabeza y media más bajo que Molochai y Twig, pero su gélida seguridad en sí mismo y la forma en que avanzaba flanqueado por las siluetas más altas de sus compañeros indicaban a todo el que pudiese verles que Zillah era el líder absoluto del grupo.
Los rasgos de Molochai y Twig eran como dos esbozos del mismo rostro hechos por pintores distintos. Uno había usado ángulos y líneas rectas, y el otro había trabajado con curvas y círculos. Molochai tenía cara de bebé, con ojos grandes y redondos y una boca grande de labios siempre húmedos que le gustaba recubrir con carmín anaranjado; mientras que el rostro de Twig era anguloso y estaba lleno de astucia y vivacidad, y sus ojos se movían de un lado a otro siguiendo cada movimiento. Pero los dos tenían la misma talla y corpulencia, y lo habitual era que caminaran o se tambalearan moviéndose al unísono.
Sonrieron y mostraron los dientes a un chico muy alto con uniforme nazi completo que se había cruzado en su camino. Vistos desde cierta distancia los dientes limados de Molochai y Twig no llamaban la atención salvo por la película de chocolate que los cubría, pero la leve chispa de la sed de sangre que ardía en sus ojos hizo que el chico se apresurara a apartarse para buscar problemas en otro sitio, algún lugar donde los vampiros no quisieran ir.
Se abrieron paso por entre las multitudes vestidas con colores chillones hasta llegar a la acera, y recuperaron el equilibrio apoyándose en carteles que gritaban su mensaje ­LOS HOMBRES SE CONVERTIRAN EN MUJERES DELANTE DE SUS OJOS!- sobre fotos de rubias con pechos cansados y una sombra de barba en las mejillas. Se tambalearon dejando atrás exhibidores con hileras de postales y camisetas y los bares que invadían la acera y servían bebidas a los transeúntes. Los fuegos artificiales florecían sobre sus cabezas y teñían el cielo de púrpura con su humareda, y la atmósfera estaba saturada de humo, alientos que apestaban a licor y neblina llegada del río. Molochai dejó que su cabeza cayera sobre el hombro de Twig y alzó la mirada hacia el cielo, y los fuegos artificiales le deslumbraron llenándole los ojos de luz.
Dejaron atrás las luces chillonas de la calle Bourbon, torcieron hacia la izquierda por la oscuridad de Conti y llegaron a Chartres. No tardaron en encontrar un bar diminuto con ventanas de cristales

multicolores en cuyo interior brillaba una claridad amistosa e invitadora. En el letrero colocado sobre la puerta se leía CHRISTIAN'S. Los vampiros entraron en el bar dando tropezones.


Eran los únicos clientes, salvo por una muchacha sentada en la barra, así que ocuparon una mesa y dejaron caer otra botella de chartreuse sobre ella y bebieron hasta terminarla mientras hablaban en voz alta entre ellos, y después miraron a Christian, rieron y se encogieron de hombros. La frente de Christian era enorme y muy pálida, y sus uñas eran tan largas y puntiagudas como las de Zillah.
-Quizá... -dijo Molochai.
-Pregúntaselo -dijo Twig.
Los dos miraron a Zillah buscando su aprobación. Zillah lanzó una rápida mirada a Christian y enarcó lánguidamente una ceja, y después alzó un hombro en un encogimiento casi imperceptible.
Nadie prestó ninguna atención a la chica de la barra, aunque no paraba de mirarles. Le brillaban los ojos, y sus labios humedecidos estaban ligeramente entreabiertos.
Cuando Christian les trajo la cuenta, Molochai hurgó en su bolsillo y acabó extrayendo una moneda. No la puso en la mano de Christian, sino que la alzó ante la luz para que Christian pudiera verla bien. Era un doblón de plata, del mismo tamaño y forma que los que eran arrojados desde las carrozas del desfile de carnaval junto con el montón de tesoros de otras muchas variedades de baratijas los abalorios, los juguetes multicolores, las golosinas-, pero este doblón era mucho más pesado y mucho, mucho más antiguo que aquellos. Christian no logró distinguir el año. La plata estaba llena de arañazos y señales, y había sido manchada por los dedos pringosos de Molochai; pero la imagen seguía estando muy clara. Christian contempló la cabeza de un hombre muy hermoso con unos labios enormes y sensuales, unos labios que habrían sido rojos como la sangre de no haber estado esculpidos en la fría pesadez de la plata, unos labios aguijoneados por colmillos largos y afilados. Debajo del rostro del hombre se curvaba la palabra BACO escrita en letras barrocas y llenas de florituras.
-¿Cómo..., cómo habéis venido? -balbuceó Christian.
Molochai le sonrió con su sonrisa chocolateada.
-Venimos en son de paz -dijo.
Miró a Zillah, quien asintió. Molochai no apartó los ojos de Zillah mientras cogía la botella vacía verde y oro de chartreuse, la rompía golpeándola contra el canto de la mesa y deslizaba un filo de cristal tan cortante como una navaja de afeitar sobre la suave piel de su muñeca derecha. El cristal abrió una delgadísima raja carmesí que resultaba casi obscena en la viveza de su color. Molochai ofreció su muñeca a Christian sin dejar de sonreír. Christian pegó los labios a la herida, cerró los ojos y chupó como un bebé‚ saboreando el Jardín del Edén en las gotas de chartreuse que se mezclaban con la sangre de Molochai.
Twig aguardó en silencio durante unos momentos. Sus ojos se habían oscurecido, y la expresión de su rostro se había vuelto distante, casi perpleja. Después cogió el brazo izquierdo de Molochai con las dos manos, y mordió la piel de la muñeca hasta que la sangre también empezó a fluir sobre ella.
Jessy lo estaba observando todo con los ojos muy abiertos con cara de incredulidad. Vio cómo la boca de Christian, su estirado y siempre digno amigo, era manchada de sangre y temblaba a causa de la pasión. Vio los dientes de Twig hundidos en la muñeca de Molochai, y vio cómo la carne era desgarrada y la sangre fluía dentro de la boca de Twig. Contempló el rostro hermoso e impasible de Zillah mirándola, sus ojos brillando como joyas verdes incrustadas en una montura de adularia, y eso fue lo que quedó más grabado en su memoria de todo cuanto vio aquella noche; y se le hizo un nudo en el estómago, y la saliva inundó su boca, y un mensaje secreto viajó desde el pliegue más suave que había entre sus piernas hasta el remolino más profundo de su cerebro...
Jessy se puso en pie sin hacer ningún ruido, y la sed de sangre que tanto había anhelado conocer se adueñó de ella. Dio un salto, arrancó el brazo de Molochai de las manos de Twig e intentó pegar sus labios a la herida; pero Molochai se revolvió contra ella hecho una furia y la apartó dándole un bofetón salvaje en la cara, y Jessy sintió el dolor en su labio un momento antes de saborear la sangre que brotó de él y notar el gusto apagado y casi imperceptible de su propia sangre en su boca. Molochai, Twig e incluso el amable y bondadoso Christian estaban inmóviles y no apartaban la mirada de ella, rostros ensangrentados de ojos feroces, como perros sorprendidos cuando acaban de matar a su presa, como amantes interrumpidos.
Pero cuando Jessy retrocedió alejándose de ellos, dos brazos de piel muy caliente la rodearon desde detrás, y un par de manos grandes y fuertes la acariciaron a través del vestido de seda.
-Su sangre es pegajosa y dulzona, querida mía -susurró una voz-. Yo puedo darte algo mucho más agradable...
Nunca llegó a saber que Zillah se llamaba Zillah, y nunca supo cómo terminó sobre una manta en el cuarto trasero del bar de Christian. Sólo supo que la sangre que brotaba de su labio acabó manchando todo su rostro, que sus dedos y su lengua exploraron su cuerpo más a fondo y más concienzudamente de lo que jamás había sido explorado antes, que hubo un momento en el que pensó que él estaba dentro de ella y que ella estaba dentro de él al mismo tiempo, y que su semen olía como los altares, y que cuando empezó a quedarse dormida sintió el roce de su caballera flotando sobre sus ojos.
Fue una de las raras noches que Molochai, Twig y Zillah pasaron separados el uno del otro. Zillah durmió sobre la manta al lado de Jessy con las manos curvadas sobre sus pechos, dos cuerpos ocultos entre las cajas de whisky. Molochai durmió con Christian en su habitación encima del bar, y Twig se acurrucó junto a él, y aunque estaban dormidos sus bocas siguieron moviéndose lenta y perezosamente sobre las muñecas de Molochai.
Y abajo, muy lejos de allí, la policía montada iba y venía por la calle Bourbon abriéndose paso través de la multitud sobre sus enormes caballos canturreando “Despejen la calle, se anuncia el final oficial de los carnavales, despejen la calle, se anuncia el final oficial de los carnavales”, y cada policía ya tenía su porra preparada para estamparla en el cráneo de un borracho. Y el sol salió sobre la basura amontonada en las cunetas de la mañana del miércoles, las colillas y las latas y los abalorios multicolores olvidados en el suelo, y los vampiros durmieron con sus amantes porque preferían moverse de noche.
Molochai, Twig y Zillah se fueron de la ciudad la noche siguiente después de que se hubiera puesto el sol, y nunca llegaron a enterarse de que Jessy estaba embarazada. Ninguno de ellos había visto nacer a un niño de su raza, pero todos estaban enterados de que sus madres habían muerto durante el parto. No se habrían quedado para presenciarlo ni aunque lo hubiesen sabido.
Jessy desapareció durante casi un mes. Cuando volvió al bar de Christian fue para quedarse allí. Christian le dio los alimentos más nutritivos y suculentos que podía permitirse, y dejó que lavara copas y vasos cuando ella insistió en ganarse la manutención. A veces se acordaba de la sangre de Molochai esparcida alrededor de la boca de Christian y del semen perfumado de Zillah dentro de ella, y entonces Jessy se metía en la cama con Christian y se sentaba sobre él hasta que Christian accedía a hacerle el amor. No la mordía, y Jessy le golpeaba la cara con los puños hasta que Christian la abofeteaba y le decía que parase. Después Jessy empezaba a moverse encima de él sin hacer ningún ruido. Christian contempló cómo su estómago iba aumentando de tamaño durante los meses asfixiantes y viscosos del verano, y sus manos moldearon perezosamente la tensa piel de su vientre distendido y sus pechos hinchados.
Cuando le llegó el momento de dar a luz, Christian derramó whisky dentro de la garganta de Jessy como si fuese agua. No fue suficiente. Jessy gritó hasta que no pudo seguir gritando, y de sus ojos sólo quedó visible un poco de blanco con ribetes plateados, y chorros de sangre brotaron de su cuerpo. Cuando el bebé salió del interior de Jessy su cabeza giró y sus ojos se encontraron con los de Christian: confusos, inteligentes, inocentes... Una hilacha de tejido rosa oscuro había quedado atrásu boca diminuta. y se iba ablandando poco a poco entre las encías que no paraban de moverse.
Christian separó el bebé de Jessy del cuerpo de su madre, lo envolvió en una manta y lo alzó delante de la ventana. Si lo primero que veía en su vida era el Barrio Francés, siempre sabría orientarse por aquellas calles..., suponiendo que llegara a necesitar alguna vez ese conocimiento. Después se arrodilló entre las flácidas piernas de Jessy, y contempló el pobre pasaje desgarrado que le había proporcionado tantas noches de un placer al que no había prestado demasiada atención. Estaba destrozado y lleno de sangre.
Había tanta sangre, y se iba a desperdiciar...
Christian se lamió los labios, y volvió a lamérselos.
El bar de Christian estuvo cerrado durante diez noches. El coche de Christian, un Bel Air plateado que le había servido fielmente durante años, fue en dirección norte. Christian tomó por cualquier carretera que pareciese lo bastante anónima, y viajó por cualquier autopista que estuviese seguro no iba a recordar después.
El pequeño Nada era un bebé precioso, una criaturita que parecía hecha de azúcar hilado. Tenía unos enormes ojos azul oscuro y una abundante cabellera entre dorada y castaña. Alguien le amaría, alguien humano que viviría lejos del sur, lejos del cálido aire de la noche y de las leyendas... Nada quizá conseguiría escapar al anhelo de la sangre. Quizá sería feliz, quizá estaría entero.
Hacia el amanecer una silueta alta y esbelta envuelta en gruesas prendas negras se inclinó en un suburbio de Maryland lleno de casas elegantes y hermosas, céspedes verde oscuro y coches de líneas gráciles que prometían velocidad, dejó un bulto en un umbral y se marchó caminando lentamente sin mirar hacia atrás. Christian estaba recordando la última noche del carnaval, y el sabor a sangre y a altares invadió su boca.
El bebé llamado Nada abrió los ojos y vio la oscuridad suave como el terciopelo agujereada por los alfilerazos de luz blanca. Las comisuras de sus labios se inclinaron hacia abajo, y sus cejas se unieron en un fruncimiento de ceño. Tenía hambre. No podía ver la cestita dentro de la que reposaba, no podía leer la nota escrita con una caligrafía tan fina como los hilos de una telaraña sujeta a su manta con un alfiler: Se llama Nada. Cuiden de él y les traerá suerte. Nada estaba inmóvil en su cestita, tan cómodo y calentito como un bebé de caramelo y azúcar, tan rosado y diminuto como un Cristo recién nacido de plástico, y sólo sabía que deseaba calor, comida y luz, que es lo que desean todos los bebés. Abrió la boca hasta mostrar sus blandas encías rosadas, y chilló. Chilló durante mucho tiempo y con todas sus fuerzas hasta que la puerta se abrió y unas manos suaves y calientes cogieron la cestita y la llevaron al interior de la casa.

Primera Parte

Quince años después

1
El viento nocturno acariciaba el cabello de Steve, y la sensación resultaba maravillosa.


El Thunderbird era enorme. Conducirlo siempre te hacía pensar que estabas luchando con un jodido monstruo, pero aquella noche Steve tenía la sensación de estar pilotando un inmenso barco de vapor que bajaba por un río mágico, un río de asfalto iridiscente flanqueado por los pinares y las llanuras donde crecían desordenadamente los matorrales de kudzu. Estaban en algún lugar a bastante distancia de Missing Mile, en algún punto de la autopista que llevaba hasta la central eléctrica de Roxboro y, más allá, hasta la frontera que separaba Carolina del Norte de Virginia.
Fantasma estaba dormido a su lado con la cabeza asomando un poco por la ventanilla del asiento derecho. El viento agitaba su cabellera rubia, y la luz de la luna bañaba su rostro. La botella de whisky estaba atrás piernas de Fantasma, tres cuartos vacía, y corría peligro de caerse a pesar de la flácida mano que se curvaba a su alrededor.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   36


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje