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Blas j. Zambrano


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BLAS J. ZAMBRANO
José Luis Mora García

Universidad Autónoma de Madrid


Ateneistas Ilustres II, Madrid, Ateneo de Madrid, 2007, pp. 737-750. ISBN 978-84-930992-4-4
No mucho tiempo después de regresar a Madrid, desde la ciudad de Segovia, a finales de 1926, Blas José Zambrano García de Carabantes ingresó como ateneísta a cuya institución perteneció durante dos periodos, el primero más largo (1/3/1930 hasta 1/6/1933) y más breve el segundo y último (1/12/1933 hasta 21/12/1934). Durante este tiempo coincidió con su propia hija, la filósofa María Zambrano, miembro del Ateneo también en dos periodos con una interrupción (6/4/1931 hasta 8/4/1932 y 30/1/1933 hasta el 10/6/1934).

En el caso de María fueron años en que tomó algunas decisiones importantes en el ámbito político, tras reconocer como erróneo el proyecto de fundación del “Frente Español” y disolverlo. Quizá la crisis que esto supuso le llevó a un cierto retraimiento de sus actividades más públicas y a su baja como ateneísta. A comienzos de 1933 reanuda su actividad como “misionera” en varias de las misiones pedagógicas llevadas a cabo en Huesca, Cuenca y Cáceres pero ya se habían producido las primeras discrepancias con Ortega y las circunstancias del país eran bastante problemáticas. Hasta junio llegó su participación como ateneísta, seis meses antes que su propio padre causara baja definitivamente.

Aun pudiendo, también, haber influido estas u otras circunstancias en la trayectoria como ateneísta de don Blas lo cierto es que la situación de la familia no debía ser muy boyante. Entre los papeles de don Blas que se guardan en la Fundación hay una nota de la editorial Espasa, fechada precisamente el 6 de junio de 1934 (coincidiendo con la baja de María cuatro días después)1, donde le amenazan con no continuar enviándole las entregas del diccionario si no pagaba las cuotas. Con anterioridad a esa fecha había escrito una carta, dirigida a Mariano Quintanilla (5 de enero de 1932), que acababa de ser nombrado gobernador de Zamora, para recomendarle a su consuegro Carlos Díez (del mismo nombre que su yerno, marido de Araceli) quien iba a ser trasladado a esa ciudad como inspector de la unidad pecuaria. En esa carta le expresa su juicio poco optimista sobre el estado de la República “pobre, quisquillosa, un tanto agresiva y tímida (esto es, débil de conducta) y, además, pisando terreno propicio a más grandes temores.” Sobre la salud de su hija le trasmite, igualmente, noticias poco satisfactorias: “María, delicaducha siempre. Hace 15 días que no sale, por prescripción de Carlos. Lo que más le molesta es la bilis, o cosa análoga: el hígado, en suma.” Aún tiene un párrafo final para comunicar a su viejo amigo de la Universidad Popular de Segovia que “Araceli, mi mujer, se cayó de su pié, en casa y se rompió la tibia, el peroné y todo lo rompible por esos sitios del pie derecho. Pasó 2 días horribles. Olivares la arregló la quebradura a martillazos, sin usar el bisturí. Está bien, aunque inmóvil en cama. Eso ocurrió el 1º de diciembre. Aun tiene para días. Pero del mal el menos. Fue una alegría grande el arreglo, pues se temía hubiera que cortar el pié, nada menos, lo que habría sido mil veces peor.”

Si añadimos a estas notas la que nos aporta el autor de la reseña aparecida en la revista Escuelas de España acerca del libro recopilatorio de Blas Zambrano que habían publicado sus amigos y discípulos con el título de Nuevos Horizontes2, podemos hacernos un juicio bastante exacto del estado de ánimo en que debía encontrarse por aquel tiempo: “Muy pocos, muy pocos cerebros tan recios como el de este magnífico arquitecto del acueducto que voluntariamente ha reducido su campo al de las relaciones íntimas. Acaso por vocación de verdadero maestro. En cátedra libre siempre, pero restringida. Y muy intensa. Y universal, sin limitar horizontes ni perspectivas, Zambrano no tiene muchos discípulos; pero lo son de veras y con devoción todos los que entraron en su trato.”

Así pues, paradójica, cuando no contradictoria, podría parecer esta etapa de la vida de Zambrano, la que coincide con sus años de socio ateneísta, entre el reconocimiento del círculo de sus discípulos más próximos, ese otro reconocimiento de la sastrería bejarana que seguramente recordaba la defensa de la región castellana realizada por Zambrano en sus años segovianos y… su propio silencio. Mas es necesario conocer su biografía para saber que probablemente era inevitable que terminara así. Pocos años antes había gozado de suficiente renombre como para ser elegido conferenciante en la velada conmemorativa del centenario de la muerte de Pestalozzi3; o, cuando, al año siguiente, fue propuesto presidente de la comisión organizadora del homenaje a D. Francisco Carrillo quien fuera reconocido maestro en Ronda (luego inspector en Madrid) donde un grupo escolar aún lleva el nombre de su padre, Juan Carrillo4. De ello daba buena cuenta La escuela Moderna dirigida por su buen amigo Pedro Alcántara.

A partir de aquí comienza el silencio de este maestro que había desarrollado una actividad intensa de compromiso con la educación, con la cultura y con las ciudades en las que había vivido. Ahora se encerraba a escribir sus recuerdos de la vieja tertulia segoviana5 o el largo “Manual de Historia de España” del que se conservan muchos fragmentos, que terminó siendo un proyecto fallido pues nunca llegó a publicarse aunque María lo presentó a la editorial Espasa ya en 1936. Quizá en este proyecto quemó sus últimas energías.

Mala suerte la de don Blas pues la editorial Aguilar acababa de publicar el Manual de Historia de España de Rafael Altamira en 1934 y los inspectores de primera enseñanza de Madrid, Eladio García y Modesto Medina, habían publicado otro con el mismo título en 1935, precisamente en la editorial Espasa Calpe. Fueron, ciertamente, años de mucho debate sobre la necesidad de la enseñanza de la historia en las escuelas y Zambrano había tenido siempre un gran interés por esta ciencia desde que pronunciara en el Instituto General y Técnico la lección inaugural del curso en 1910, al año siguiente de llegar a Segovia, sobre la herencia de la civilización griega. Escribió, incluso, una “Historia del Pueblo Griego” que permanece inédita (Segovia, 1919) y nos quedan, también, algunos fragmentos de una “Historia de la Psicología” contemporánea”. Pero ahora había llegado tarde y eso, junto con las circunstancias de la vida española, debió entristecerle profundamente.

Este maestro, que había disfrutado del reconocimiento como regente de la escuela práctica aneja al Instituto, primero, y luego a la Normal de Maestros de Segovia hasta que esta fue cerrada en 1924, vivía ahora, en Madrid, una vida mucho más rutinaria como maestro de la Escuela 48-B de carácter unitario y aunque ocupó de manera interina su dirección cuando ésta pasó a ser graduada en 1933 no recuperó aquel prestigio anterior. Ni siquiera cuando parte de esta escuela se trasformó en sección independiente en la calle del Cordón en mayo de 1934 Blas recuperó las energías que había tenido. A su alrededor, el Ateneo organizaba infinidad de conferencias y actividades de tipo pedagógico de carácter muy innovador de los que tenemos noticia por los pocos números que se conservan del Boletín de la agrupación de maestros de Madrid6. Podemos recordar los mítines celebrados a favor de la escuela pública, las charlas apoyando la gimnasia rítmica y la música y su utilización en la educación de los niños ciegos, debates sobre cómo erradicar el analfabetismo, etc.

Sus discípulos más directos sí mantenían una gran actividad en consonancia con el fervor pedagógico del momento. Así, Pablo de Andrés7, como director, con David Bayón y Norberto Hernanz como miembros del comité directivo, editaban, en su segunda época8, la excelente revista Escuelas de España que recogía, en buena medida, el magisterio de don Blas y a cuya redacción se incorporará la propia María Zambrano desde el primer número de 1935 como símbolo del cambio generacional. Merecen releerse hoy sus artículos para comprender el nivel que alcanzaron los maestros durante ese periodo de nuestra historia.

Por eso sorprende más el silencio de Blas Zambrano durante estos años. Podían haber sido sus años de gloria pero lo fueron de tristeza. Quizá ya presagiaba la guerra que acabó con todas esas ilusiones que habían sido las suyas. Comenzada ésta inició los trámites para la jubilación que le fue inicialmente denegada. Debió ser muy duro. “Procede declarar –rezaba el oficio- a D. Blas José García de Carabantes, maestro de Madrid, sin derecho a ser propuesto para la jubilación que solicitó al estar los funcionarios del Estado suspensos en todos sus derechos con arreglo al decreto de 27 de septiembre de 1937. Fdo. En Valencia, 6 de octubre de 1937”9.

Tendrían que pasar aún meses y la intermediación de Manuel Muñoz Martínez para que le fuera concedida la jubilación en junio de 1938 ya en Barcelona donde vivía el matrimonio Zambrano desde finales de 1936 o comienzos de 1937. Apenas pudo disfrutar de la misma, si es que llegó a cobrar alguna mensualidad, pues falleció en su casa de la Diagonal, n. 600, el 29 de octubre de 1938, a las 9 de la mañana y cuando contaba 64 años de edad. En la lápida de la tumba que ya no se conserva figuraba, con sencillez, el oficio de su morador: “Maestro”. Aún fue depurado en febrero de 1940 con la escueta frase que cierra el informe del agente 314: “suponen que desde luego eran rojos” y suspendido de empleo y sueldo (tal como suena) y como luego reconoció la misma comisión en escrito a la Superior Dictaminadora que, con fecha de mayo de 29 de mayo de 1940, propuso “la confirmación en su cargo de todos los derechos al Maestro Nacional D. Blas Zambrano”. En octubre de ese mismo año la Comisión Superior Dictaminadora propuso la “confirmación en su cargo” (también tal como suena). De lo que sucedía más allá de los Pirineos a Araceli Alarcón, su esposa, también maestra y también depurada y de la difícil vida de Araceli en París sabemos hoy bastantes cosas; lo mismo de las dificultades para encontrar un puesto estable, al otro lado del Atlántico, en la universidad mexicana o en otras, por parte de María, tenemos hoy también buen conocimiento. Sólo el tiempo serena el espíritu.

Sería Pablo de Andrés, en 1969, quien iniciara los trámites para la concesión de una pensión de orfandad a nombre de Araceli, la hija oficialmente viuda, mientras María Zambrano permanecía aún oficialmente casada. Consiguió esa pensión que debió durar hasta el temprano fallecimiento de Araceli. Desde ese momento ya sólo quedaba el puro y desnudo recuerdo de aquellos maestros de escuela.

Había nacido don Blas en la villa de Segura de León, en la Baja Extremadura, un doce de febrero de 1874, hijo de Diego, natural de Cumbres Mayores y de Águeda, natural de Alajar. Era, pues, diez años más joven que Unamuno y nueve mayor que Ortega y Gasset. Un hombre de los años setenta, como gustaba decir Pío Baroja, o de la generación del 98 si se prefiere. Y nació, ni más ni menos que en el castillo donde estaba la escuela que regentaba su propio padre Diego Zambrano. Se trataba de una edificación que había sido desamortizada en 1870 y adquirida por los Jaraquemada, “familia perteneciente a la nobleza local, que arrendó al concejo local parte de sus dependencias para la escuela de nichos y vivienda de su maestro”10. Precisamente en ese mismo año finaliza la presencia de la administración religiosa de la Orden de Santiago que dio paso “a una etapa traumática protagonizada por el llamado cisma de Llerena, que duró de 1873 a 1878, producido por la resistencia del administrador de la diócesis santiaguista a integrarse en la pacense”11.

No es raro, pues, que la propia hija mencionara el origen de su padre como la “tierra en donde nacieron algunos grandes sueños de la historia de España” que iban marchitando. En el nacimiento mismo estaba ya el fuerte contraste entre los ideales del tiempo pasado de propiedades rurales, la “Arqueópolis de encinas milenarias” y sueños de reformas religiosas, de “catolicismo muy cristiano”, y los nuevos tiempos de mudanzas y trasformaciones. Es difícil entender a don Blas y a los Zambrano, incluida la propia hija, sin la referencia a estos orígenes donde se vivían, al tiempo, las glorias recordadas y las tragedias sufridas. Estas se consumaron por la demencia de don Diego, el abuelo, que les obligó a dejar aquel castillo, las encinas y la tierra tras el intento de conversión sui generis a un protestantismo ideal por el influjo de Araujo. Sólo quedaba la esperanza, en verdad “el hambre y la esperanza”, expresión que atinadamente utilizó en uno de los apartados de Delirio y Destino María Zambrano para explicar la naturaleza de aquella situación que convirtió a su padre en “heterodoxo prenatalmente”12. Y a ella misma como le reconocía muchos años después por carta a Pablo de Andrés Cobos13.

Seguramente, por esta causa, se refugiaron en Alajar de donde procedía la familia materna hasta que Blas y su hermano mayor, José Diego, pudieron comenzar a estudiar en Sevilla con el apoyo de algún familiar que les proporcionó un trabajillo como mozos de botica14. Tenemos, pues, a Blas estudiando magisterio mientras su hermano iniciaba la carrera de Filosofía. Ambas cosas iban a ser determinantes y por motivos no fácilmente predecibles. Así, la influencia filosófica del hermano mayor en Blas debió ser decisiva si tenemos en cuenta el contenido filosófico de los primeros artículos que comenzaría a escribir algunos años después y dedicándose a la enseñanza como maestro de escuela. Mientras, el hermano mayor realizó posteriormente Farmacia, ejerciendo de boticario y regentando la farmacia granadina de López Rubio a la jubilación de éste. Quien estaba llamado a ser filósofo era Blas mas este designio sólo pudo cumplirse ejerciendo de tal “por libre”. Era, pues, la primera renuncia de las varias que realizó a lo largo de su vida.

El periodo de formación en Sevilla fue importante porque coincidió con personalidades que ejercieron sobre él una influencia duradera. De ellas, el director de la Normal Simón Fons y quien ostentó la presidencia del Ateneo, el futuro catedrático de Sociología, Manuel Sales y Ferré fueron las más sobresalientes. A Giner, Urbano González Serrano, Pedro Alcántara, Alfredo Calderón, etc. les fue conociendo poco a poco. A todos ellos califica de seres eminentes y sin ellos España caería en el reino de las tinieblas.

Tras obtener el título de maestro elemental, a comienzos de 1892, ejerció en el pueblo de su madre como auxiliar hasta 1898. Desde allí realiza los cursos para obtener el título de maestro superior que consigue a finales de 1896. Poco sabemos de estos años que debieron ser bastante importantes en la formación de sus principios republicanos y en la conformación de una fuerte conciencia hacia los problemas sociales. Debió iniciarse como articulista en periódicos comarcales pero no queda ningún testimonio; sí, en cambio, de la nota que publicó el periódico La Justicia el 14 de agosto de 1892 (cuando Blas tenía 18 años) en que daba a conocer a sus lectores la imposibilidad de incluir completo, debido a su extensión, un artículo de este joven maestro bajo el título “La Pedagogía en la cuestión social” pero del que incluía un amplio resumen.

A comienzos de 1899 lo tenemos ya en Granada a donde acude arropado por su hermano mayor, se incorpora muy deprisa a la vida social y cultural sorprendiendo la actividad que desarrolló a los pies de la Alhambra durante los dos años y medio en los que, aproximadamente, vivió en la ciudad. Se inició como articulista en el periódico La Publicidad con un denso texto sobre “La bondad como belleza o lo bueno como arte” (24/3/1899). Cuatro artículos más publicó en el periódico que durante esos años se subtitulaba “Diario de Avisos, noticias y telegramas. Eco fiel de la opinión y verdadero defensor de los intereses morales y materiales de Granada y su provincia” y que dirigía Fernando Gómez de la Cruz hasta que en junio comenzó a escribir para El Heraldo Granadino, periódico en el que publicó 14 artículos hasta diciembre de ese año. Los temas iban desde la reflexión filosófica hasta los comentarios sobre cuestiones de tipo social y los análisis sobre temas literarios o cuestiones educativas.

Al comenzar 1900 inicia él mismo, también, sus dos grandes proyectos en la ciudad de los Cármenes: su contribución a la fundación de la asociación obrera “La Obra” y la publicación de su propio periódico al que puso por nombre X. Periódico político y sociológico” que más adelante (a partir del 28 de marzo) cambiaría por el de “Bisemanario literario y sociológico” hasta su definitiva desaparición el 12 de mayo, tras una furibunda campaña del periódico integrista El Triunfo. Fueron cinco meses intensos que terminaron de manera tan negativa que le produjo un profundo estado de tristeza.

Mejor que cualquier resumen que pudiéramos hacer del periódico trascribimos aquí el editorial aparecido en el primer número:


AL PÚBLICO.

No venimos a ser órgano de ningún partido. No perseguimos ningún fin especial y pasajero. No nos mueve ninguna animadversión contra nadie. Nuestra misma insignificancia personal y la novedad de nuestra publicación, sin herencia de las que aquí hayan existido, ni relación alguna con las que existen, nos libra de todo compromiso particular.

No usamos careta, ni lo somos de nadie. Hemos expuesto nuestras ideas en distintas publicaciones; y deseando consagrarnos con mayor asiduidad al cultivo de las mismas, tratamos de agrupar a cuantos sean amigos del pueblo y no teman demostrarlo. Nuestros nombres valen muy poco pero la obra que emprendemos vale mucho. Por eso pedimos luces a quien las tenga y posea, además, buena voluntad de prestarlas.

Nos guardaremos mucho, para no dar que sospechar especies poco honrosas, de iniciar campañas… y no seguirlas; de amenazar, y no dar; de decir algo que sea verdadero, y rectificar desdiciéndonos, en el siguiente número al en que la afirmación se hiciera… Cuando al periódico le falte el favor del público y de los elementos avanzados, morirá.

No creemos que un pobre periódico semanal pueda deshacer muchos agravios a la justicia, ni enderezar muchos entuertos morales. Mas puestos ante casos públicos, de general interés, que soliciten nuestro deber profesional una intervención justiciera, mejor queremos salir como nobles Quijotes, que rehuir el cuerpo de la batalla como aprovechados Sanchos.

Como respuesta a los que en algunos enojosos asuntos del público interés desatendido, pudieran sentirse molestos –y procuraremos no herir la personalidad privada de nadie, ni faltar a las más estrictas leyes de la caballerosidad y del decoro propio y ajeno- disponemos de una célebre frase que será nuestro lema: “arrojar la cara importa, que el espejo no ha de qué…”
X, 1/1/1900
El periódico se convirtió en el órgano de expresión de la agrupación obrera, fundada con el propósito de contribuir a las mejoras materiales y, sobre todo, educativas y culturales de la clase obrera granadina. Tuvo una gran aceptación y el número de socios de los distintos gremios llegó a ser muy alto. Especialmente significativa fue su intervención el domingo de Ramos de ese año cuando a las tres y cuarto de la tarde y por espacio de hora y cuarto habló sobre “Los fines sociales de la educación” para lo cual se habilitó el teatro Alhambra pues “como el número de socios aumenta de día en día y las conferencias anteriores habían sido muy interesantes, el teatro estaba literalmente atestado de socios.”

La popularidad de Blas Zambrano, que intervenía con frecuencia en los actos públicos de “La Obra” fue, pues, grande y el periódico pudo haber subsistido pero la presión ejercida por los sectores más integristas, representados por El Triunfo que le dedicó más de cuarenta artículos o notas en el breve tiempo que duró X, lo hizo inviable. Al final, Zambrano, al anunciar el cierre de su periódico en carta al director de El Heraldo Granadino (16/5/1900), escribía lo siguiente: “Pero conste que estoy donde estuve. Enemigo aunque insignificante era y enemigo continúo siendo de la teocracia, del capitalismo, del militarismo, de la monarquía, de todas las mentiras convencionales que traen maltrecha, desnaturalizada, corrompida a la pobre humanidad.” Toda una declaración de principios.

En Granada conoció a Araceli Alarcón15 con quien casaría ya en Vélez-Málaga donde marcharon tras obtener ambos, por oposición, plazas de maestro en la capital de la Axarquía. Allí estaban ya para comenzar el curso 1901 y allí nació María Zambrano el 22 de abril de 1904. Pocos años antes de llegar a Vélez el periódico La Justicia (6/8/1896) denunciaba cómo los maestros de la ciudad se habían visto obligados a salir a la calle para demandar “en nombre de la caridad cristiana y de la ilustración española” los salarios adeudados. En verdad, sus calamidades provenían de la fractura existente, por aquel entonces y en otras tantas ocasiones, entre los principios que ahora invocaban. Si algo puede simbolizar Blas Zambrano realmente, el maestro que llega a esa ciudad con el siglo XX recién iniciado, era su voluntad de unificar ambas. Para ello trabajó los años que allí pasó, publicando unos pocos artículos, enseñando a los niños y dando algunas charlas en el Círculo Agrícola y Mercantil para ilustración de sus vecinos. Por ambas actividades recibió oficios laudatorios y felicitaciones de la alcaldía. Hasta estuvo propuesto para la obtención de la cruz de Alfonso XII que finalmente no le fue concedida por no llevar quince años de servicios. Poco más pudo hacer. Apenas ninguna otra actividad pública y más bien el silencio rodea su estancia en Vélez si la comparamos con la anterior en Granada y la que llevaría a cabo en Segovia en los años siguientes. ¿Se fraguó ahí su renuncia no propiamente a Andalucía sino a sus clases dominantes? Puede ser si tenemos en cuenta lo que escribiría mucho después con motivo del homenaje al maestro rondeño de que hablamos anteriormente. Ahí señalaba Blas lo difícil que era ser maestro por entonces en los pueblos andaluces. Así parecía ratificarlo la noticia de La Justicia antes mencionada. Podríamos añadir que lo mismo sucedía en otras partes pues en Segovia hubo también de apoyar protestas para que se pagaran atrasos de años.

Araceli Alarcón marchó a Madrid en la primavera de 1906 y su marido lo haría en el otoño de 1908, tras fracasar en varios intentos anteriores por conseguir un cambio de destino. El 11 de mayo de 1908 le fue concedido el traslado, tras el enésimo escrito al Ministerio solicitando “vivir en Madrid por traslado de su mujer y ampliar en los centros de la villa los conocimientos propios en la medida necesaria para obtener por oposición una escuela de niños en tal residencia quedando así definitivamente reunida en un lugar la hoy dispersa familia del recurrente” (este escrito era del 2 de febrero). Aún había de esperar hasta el otoño para que se hiciera efectiva la respuesta a su solicitud.

Mas no debió de ser satisfactorio el puesto obtenido en el Real Colegio de Huérfanos y Pensionistas que debía estar por la zona de Canillejas porque con fecha 14 de mayo de 1909 solicita “se le adjudique por sorteo una escuela, clase, grado y categoría de la que desempeñaba…” De esta manera llega a Segovia en el verano de ese mismo año.

No sin razón nos dice su hija que este viaje a Castilla respondió a sentimientos encontrados: “verdadera emigración” incluso de “exilio” la llega a calificar porque nadie de la familia había vivido allí, porque nadie había vivido “sin tierras”16 para matizar, más adelante, que en verdad Castilla fue lugar de elección para Blas J. Zambrano. “Llegó a Segovia –afirma- como lugar de Castilla, tierra prometida, la más propicia para la renovación de España, moral y política”17. También lo haría al año siguiente su esposa, mediante una permuta con otra maestra. Y con ella, casi con seguridad, su hija María. En la ciudad castellana nacería la segunda hija, Araceli, el 21 de abril de 1911.

Hasta el otoño de 1926 permaneció la familia en Segovia. Allí ejerció Blas como Regente de la Escuela de Prácticas, aneja al Instituto General y Técnico y, más adelante, de la Normal de maestros. Araceli lo hizo como maestra y directora de las recién construidas escuelas de Santa Eulalia. Gozaron de una posición estable. Pronto el padre inició sus colaboraciones en el Diario de Avisos (en el mismo noviembre del año en que llega a la ciudad); fue el encargo de inaugurar el curso siguiente del Instituto con brillante discurso sobre la civilización griega; publicó un Tratado elemental de Lengua castellana18; escribió en diversas revistas, dirigió La Información en 191719 y ese mismo año dirige también algunos números (al tiempo que escribe importantes artículos) de Castilla. Revista mensual de Literatura, Ciencia y Artes de corta vida. Fue redactor jefe del buen periódico La Tierra de Segovia en el que publicó interesantes artículos de carácter social y educativo, especialmente el titulado “Un momento de angustia en la historia de la humanidad. Ante la "paz del odio" (17/5/1919) donde mostraba su desacuerdo con el tratado que se había obligado a firmar a Alemania al finalizar la guerra; escribió también en el periódico que fundara Carral, Segovia, que terminó cerrando por discrepancias con la implantación de la dictadura en septiembre de 1923. Tuvo también una presencia constante como conferenciante de temas educativos casi desde el principio.

Pero hay, además de todo esto, a mi entender, tres actividades que marcaron de una forma muy importante su vida y, al tiempo, supusieron una importante contribución a la vida cultural y política de la ciudad: la tertulia que fundara con Juan José Llovet que se vio fortalecida con la llegada de Antonio Machado a finales de 1919; su militancia política en la agrupación socialista, minoritaria y problemática en una ciudad muy conservadora lo que le provocó importantes problemas; y su labor educativa, como maestro, como presidente provincial de la agrupación del magisterio, su defensa de la Normal de maestros (que no pudo impedir se cerrara en 1924) y su colaboración como conferenciante y activo participante, primero en la Sociedad Económica segoviana y, más tarde, en la Universidad Popular20 cuando ésta es fundada en 1919. Esta institución le nombró el 13 de diciembre de 1925 profesor de número junto con los señores Bernal, Zuloaga y Otero. A su marcha de la ciudad, al año siguiente, le sucedería otro extremeño que acababa de llegar, D. Rubén Landa, catedrático del instituto.

Todas estas actividades conformaban una unidad a cuyo fin dedicó su vida en un intento forzado por superar el dualismo que quizá percibiera ahora –como en su infancia lo había hecho al tener que abandonar el castillo y las encinas…- en la propia ciudad, rodeada por dos ríos casi antagónicos, el sagrado Eresma que fue lugar de templos y que pasa al lado del monasterio de San Juan de la Cruz y el santuario de la Fuencisla; y el Clamores, río de los detritus a donde llegaban los desechos de los lavaderos de lana y acudían a lavar sus heridas los que allí trabajaban. Así en cada orden de la vida, el político, el educativo, el cultural, en todos le parecía que había que trabajar para que las cosas respondieran a su verdadero nombre. En eso consistía hacer ciudad, en hacer que la política coincidiera con el sentido moral.

Consiguió en esta tarea algunos éxitos pues hizo discípulos fieles, contribuyó a la sobresaliente actividad de la Universidad Popular en la que se turnaron conferenciantes sobresalientes, Unamuno entre ellos; la tertulia favoreció el debate filosófico en torno a Machado, Quintanilla, Julián María Otero, Sánchez Barrado, Carral y los más jóvenes, Grau, Pablo de Andrés y Norberto Cerezo como hemos podido comprobar leyendo los largos diálogos escritos por él, ya en Madrid, inéditos tanto tiempo. Incluso su fracaso político como presidente de la agrupación socialista de Segovia no evitó que luego ocupara el puesto de vicepresidente de la delegación segoviana de la Liga de Derechos del Hombre que presidía el propio Machado. Y, sin embargo, este hombre que llegó al Ateneo madrileño curtido por su pertenencia a todas estas instituciones, seguramente había iniciado ya, al final de sus años segovianos, su etapa de silencio aunque entonces aún no se percibiera desde fuera y, tan sólo, cuando ya se volvió opaco y denso en sus años de socio ateneísta fue realmente “visible”. En realidad se había incubado antes, como decimos, y sólo un cierto despertar le mantuvo activo durante los primeros años madrileños pero el hermetismo de la ciudad21 ya le había vencido como antes Granada o Vélez.

María Zambrano dedicó muchos textos a recordar la deuda intelectual y moral contraída con su padre. De todos ellos este me parece que ofrece la clave, por lo que dice y por a quien se lo dice:
“Gran parte de mi meditación sobre lo español especialmente, tiene como centro y no sólo como origen, el entender a mi padre, el querer reconstruirlo desde adentro; el querer encontrar un lugar del pensamiento del alma, de religión, donde su pensamiento hubiese podido encontrar forma objetiva, perdurable. Sé que no ocurrió eso – eso que a él le ocurrió, sólo a él; sé que es algo de la tradición española desde que España se constituye en Estado. El que el pensamiento de esa clase o especie de personas no haya llegado a encontrar la forma adecuada en el pensamiento occidental es parejo a que en España, como vida, como sociedad, como estado no la haya encontrado tampoco”22
Nos quiere señalar su hija que Blas habría experimentado el fracaso de no poder encontrar esa forma objetiva, es decir, una forma de Estado donde reconstruir sus ideales y, por consiguiente, no le quedaba si no el silencio interior, único espacio donde la unidad sólo requiere de uno mismo. Las reformas educativas y políticas de la República habían llegado tarde para él. Su pertenencia al Ateneo, también. Presentía que la unidad no era ya posible. Y realmente no lo fue.

Aún tuvo tiempo Antonio Machado de confesar a María Zambrano cuál era la naturaleza de esas crisis profunda que compartían él y don Blas: sencillamente era la pérdida de esperanza en los sueños mantenidos largo tiempo, y recordados en la intimidad de ambos a los pies del acueducto cuando se dieron cuenta de que, en la pequeña ciudad, el único amigo que les quedaba para tan noble empresa era, en verdad, el bello monumento.

Edisons Simon se lo dijo a María Zambrano con otras palabras y el mismo sentido: “No hay maestros como tu padre o Machado. Hay impostores, papagayos del peor París u honrados profesores grises”23. Y ella lo había traducido a su manera: “España nuestro tiempo, nuestro deber: conocerlo, cumplirlo”. De eso se trataba

Por eso, Antonio Machado, en su “Mairena póstumo” nos dejó la incógnita completamente despejada: “Se fue pero no se nos fue, quiero decir que algo suyo, muy suyo, inconfundiblemente suyo ha quedado vibrando en nuestros corazones. A este algo inconfundible y, por ello mismo, indefinible, llamo yo, para entenderme, la sonrisa de don Blas”24.




1 Entre esos mismos papeles se conserva también una curiosa carta firmada por “Manufacturas de Pañería Reunidas S.L. de Béjar de fecha, 19 de junio de 1935 donde le indican que le ha correspondido “un buen corte de traje o gabán entre los muchos destinados a este objeto, el cual por nuestro encargo, le será confeccionado a completa satisfacción y con forros de seda por la sastrería de Rufino Sastre, sin tener que desembolsar más que el precio de la hechura por cuanto el paño es obsequio nuestro, interpretándose que renuncia al beneficio de este regalo caso de que no lo confeccione en dicha Sastrería.

Efusivamente le felicitamos y al mismo tiempo le rogamos propague nuestros artículos con entusiasmo, pues con ello contribuirá al resurgimiento industrial de una gran región española por todo lo cual le quedan muy agradecidos sus attos. ss. ss.”



2 Zambrano, B., Nuevos Horizontes. Ed. de Mariano Ferrari, Mariano Quintanilla, Ignacio Carral, Francisco Cáceres, Norberto Cerezo, Luis Ferrari y Pablo de Andrés Cobos, Segovia, Imp. De Carlos Martín, 1935, Se trataba de una recopilación de 152 páginas de artículos publicados en diversas revistas y periódicos durante su estancia en Segovia y gracias a la cual muchos de ellos no se han perdido. Precisamente el Heraldo de Segovia, 13/1/1935 daba cuenta de esta publicación realizada por amigos y discípulos de don Blas J. Zambrano realizada “por cariño y por amistad”. Aparecieron también reseñas en Escuela Española, nº 19, julio de 1935; Boletín de la Asociación del Magisterio de Madrid, nº 16, julio de 1935; y la que aquí nos referimos publicada en Escuelas de España, nº 19, julio de 1935.

3 Efectivamente la Asociación del Magisterio de Madrid le encargó esta velada que se celebró en la Escuela Normal Central de Madrid el 27 de febrero de 1927 bajo la presidencia del Ilmo Sr. Director General de Primera Enseñanza, D. Ignacio Suárez Somonte. El título de la conferencia fue “La Religión Escolar” de hondo sentido del autor recordado. Fue publicada como texto abreviado por La Escuela Moderna, nº marzo de 1927, pp. 127-131. Como texto íntegro, Madrid, Imp. Juvenal, 1927. Zambrano, B., Escritos, relatos y otros escritos. Ed. de José Luis Mora. Diputación de Badajoz, 1998, pp. 291-306.

4 Blas Zambrano escribió el Prólogo al libro de José Anguita Valdivia, Vida ejemplar de un maestro del siglo XIX. Apuntes biográficos de D. Juan Carrillo Sánchez, Madrid, renacimiento, 1929, pp. 5-21. Ed. J. L. Mora, o.c., pp. 339.347.

5 Expuestos en forma de tres largos diálogos cuyos mecanoescritos y manuscritos debieron viajar hacia 1965 desde la casa de Fuente el Olmo de Fuentidueña (Segovia) por encargo de Rafael Tomero, al Jura francés a donde se acaban de desplazar las hermanas Zambrano desde Roma. Permanecieron inéditos hasta la edición citada de J.L. Mora, pp. 357-467.

6 Desafortunadamente, como es conocido, los fondos del propio Ateneo de esos años han sufrido irreparables pérdidas.

7 También ateneísta en época más tardía: 13/12/1954 hasta 28/2/1973 (había fallecido a comienzos de este mismo año).

8 La primera correspondía a Segovia, enero 1929-abril, 1931 y Barcelona, julio 1931-enero, 1932.

9 Todo el expediente de jubilación se conserva en el archivo de la calle Argumosa de Madrid a cuyos funcionarios agradezco especialmente las facilidades que me han dado para su consultarlo.

10 Andres Oyola ha documentado todos estos datos de manera precisa. “El delirio de los orígenes”, Revista de las Letras, nº 89, abril 2005, pp. 30-46. También Marset, J.C., María Zambrano. I Los orígenes, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2004.

11 Andrés Oyola, o.c., p. 35.

12 Se conservan varios mecanoescritos de María Zambrano sobre su padre que fueron los borradores del artículo “Blas J. Zambrano” y de “Blas J. Zambrano y Segovia”. Anthropos, marzo-abril, 1987, pp. 11-13 y El Adelantado de Segovia, 25/9/1986.

13 A propósito de algunas críticas que debió recibir tras la publicación de Pensamiento y poesía en la vida española le dice a su interlocutor: “No me amilané, porque sabía y me sé aún bastante “heterodoxa”. 26 de diciembre de 1971.

14 Juan Carlos Marset, o.c., p. 36.

15 “Estaba a la sazón ella en Granada, siendo de Almería, donde conoció a mi padre, compañero de toda su vida, en un convento alojada…” María Zambrano, El parpadeo de la luz, Málaga, Plaza de la Marina, 1991 (el texto está fechado el 31 de octubre de 1990.

16 María Zambrano, Delirio y Destino, Barcelona, Mondadori, 1989, p. 185.

17 Esta es la redacción definitiva que aparece en su “Blas J. Zambrano” pero hay distintos borradores previos que ofrecen distintos matices que prueban el debate interior de su atora a la hora de enjuiciar este “viaje”. Anthropos ya citado, p. 11.

18 Segovia, Tip. Alma Castellana, 1910.

19 “…las dotes de inteligencia que adornan al señor Zambrano son garantía suficiente para augurar vida próspera a tan interesante revista” señalaba el cronista de El Adelantado de Segovia (8/9/1917) al dar cuenta de la noticia.

20 José Luis Mora, “María Zambrano en Segovia y Segovia en María Zambrano”, J.L. Mora Y J.M. Moreno Yuste, Pensamiento y palabra. En recuerdo de María Zambrano (1904-1991), Valladolid, Junta de Castilla y León, 2005, pp. 255-280. J.L. Mora, “A orillas del Eresma y el Clamores”, J.F. Ortega (ed.), María Zambrano. La aurora del pensamiento, Málaga, Junta de Andalucía, 2004, pp. 121-144.

21 Jesús González de la Torre acaba de publicar un libro con notas y recuerdos de sus visitas a María Zambrano en la calle Antonio Maura durante los últimos años de su vida, tras el regreso del exilio. María Zambrano en Segovia, Ayuntamiento/Caja de Ahorros/Diputación, 2007. “Con nosotros no se portaron bien en Segovia...”, p. 41.

22 Carta a Pablo de Andrés Cobos. 23 de marzo de 1967

23 María Zambrano/Edisons Simon, Correspondencia, Madrid, Fugaz Ediciones, 1995, p. 164

24 Índice, nº 248, 1969, p. 9.





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