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Bi buoteca sociológi ca los fundamentos teóricos


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la misma en los diferentes pueblos por sus particulares condiciones de existencia. La familia no es un fenómeno social independiente de los demás; está incluido en la acción recíproca que á todos alcanza,

(1) Grossc, Las formas de la familia, pág. 4.

(2) En los cstados más atrasados, 'cl único poder 6 soberanía es el del hombrc sobre la mujer y cl niño, podcr in.condicional é ilimitado por consiguientc•. R. Hildcbrand, Dl!I'echo y moral en los dijert!lItcs pe­rlodos económicos, 1&96, pág. 5.

EL MARXISMO

lo que hace imposible fijar leyes especiales que presidan su evolución,

Así, por ejemplo, se explica, por meras condiciones económicas, el predominio en algunos pueblos de la ge­neraCiÓI1111aterna (J1uttersippe), que puede tomar la forma de un "erdadero matriarcado, Los i\1utfl!rsippe!l son una aparición tardía que sólo se encuentra en pueblos agri­cultores. En los cazadores, dominan las familias aisladas presididas por el padre; y en los dedicados al pastoreo toma el patriarcado sus formas más rígidas,. Todas estas difercncias tiencn su explicación en las condiciones eco­nómicas de los pueblos rcspectivos, Caza y pastorco son ocupaciones masculinas; mientras que en la agricul­tura, originariamente, se ocupaban las mujeres en las fun­ciones de la recolección. Por esta razón no es raro ver cómo los pueblos agricultores consideraron la tierra pro­piedad de la mujer, y de aqui que apoyada en la supre­macía económica, alcanzara la mujer la soberania de la familia y de la tribu. La agricultura primitiva exigía la cooperación de muchos trabajadores, y esto explica tam­bién la mayor comunidad de unas familias con otras. Así nace, de la familia patriarcal del cazador, que por su mis­ma forma de adquirir los alimentos no podía vívir en grandcs grupos, la familia más extensa que comprende los paricntes consanguíneos, constituyendo Mutfersippe, tipo de los pueblos agricultores,

Es, por consiguiente, muy natural que el abandono en que Marx y Engels dejaron su propia teoría para recoger la de Margan, no haya conseguido la aprobación de los más de sus adictos. Cunow, el mejor conocedor, indiscu­tiblemente, entre 10s marxistas, de las condiciones de vida de los pueblos primitivos, apoya la evolución de la

EL MARXISMO

familia sobre las condiciones económicas. Con él Con­cuerda Grosse, cuya opinión, no siendo la de un partidario del materialismo histórico, resulta aquí más importante. De su notable in vestigación de las formas de la familia en los diferentes pueblos, obtiene el siguiente resultado: "Que en cada estado de cultura predomina aquella forma en la organización familiar que más se adapta á sus rela­ciones y necesidades económicas (1).

No hay, pues, fundamento para considerar la evolu­ción de la familia como un proceso independiente de las condiciones económicas. El instinto sexual, como el de conservación, son indispensables para que la especie se perpetúe; pero tienen en la evolución social una muy di­versa importancia. Mientras la tendencia á mejorar las condiciones económicas es el aguijón que mantiene á la humanidad en lucha constante con la naturaleza, y le pre­senta nuevos fines, y exige nuevas fuerzas, apenas canse· guido un ascenso. en el desarrollo de la economía; el ins­tinto sexual es conservador y llega pronto á saciarse. Así como en la esfera de la economía la humanidad tiene tra­zado un recorrido casi infinito y siempre progresivo; en su vida sexual podría decirse que camina sobre un círcu­lo. Las formas de la familia en algunos pueblos primitivos se diferencian poco de las d~ nuestras naciones civiliza­das; y, en cuanto se refiere á la situación de la mujer en la familia, con toda nuestra civilización, estamos acaso más atrasados que algunos pueblos descritos de mano

maestra por Margan. Esto es lo que mejor prueba qué poca

parte ha tomado el amor familiar en el il1considerable

(1) Grosse, Las formas de la familia, pág 2·t5.

(iO EL "¡'\RXIS.\\O

progreso alcanzado desde entonCes. Igualmente, lo equivo­cado que seria conceder la misma importancia al "amor" que al "hambre" cn su calidad de fadorés sociales.

III

Que hay en la naturaleza humana instintos de simpa­tia independientes y distintos de los enunciados, no ofrece ninguna duda. Ticncn, al parecer, un doble origen. Por lo pronto, se han desarrollado de uno de los más subli­mes sentimientos del hombre: del amor materno. Esté es tan e1emcntul y originaría como los dos ya estudiados. En llIucllas especies animales se encuentran, como es sabido, ejemplos muy seilalados de amor materno. mientras en otras carecen por completo los padres de todo apego á sus crías, lo que ticnc su mcjor explicación en la selección na· tmal. Cuando es necesaria para la conservación de la espe­cie el cuidado de los padres, las crias SOIl atendidas por ellos, especialmente por la madre; en otros casos desapa­rece, desde luego, entre ellos toda relación. Así ocurre, por ejemplo, en las especies que ponen huevos en tal cantidad, que se hace: superflua toda esmerada solicitud.

El hombre recién nacido necesita de llIuchos más

cuidados que las crías de cualquiera otra especie. Sin el

amor materno no hubiera podido existir la especíe huma­

na, y ello explica la fuerza con que ha arraigado este sen­

timiento en nuestras almas. Sobre esta base se desarro­

llan los sentimientos de simpatia entre los consanguíneos

y parientes.

Otra raíz de este sentimiento que une, no sólo allega­dos, sino también extraños con estrecho vinculo, está en

EL IIIARXISMO

el instinto de sociabilidad, tan elemental como el amor materno. Es también común á otras muc?as especies. Asi como hay animales que sólo viven en grupos, otros no sicntcn ninguna inclinación á la vida social; lo que forzosamente depende de las condiciones en que se da la lucha por la existencia. Los carniceros, como los leones y tigres, son insociables, lo que fácilmente se com­prende ya que sus presas, siendo escasas en grandes ex­tcnsioncs, no bastarian nunca para alimentar á un gran g-rupo. Búfalos, caballos salvajes, antílopes, etc., viven, por el contrario, en grandes rebaños, y muestran la ma· yor inclinación á vivir reunidos, ya que por ser herbivo­ros cnCllentran siempre alimento en abundancia, y tam­bién para de este modo amedrentar y poder defenderse fácilmente de los ataques de otrás fieras. Sólo en rebaños pueden vivir, y por eso, sin duda, se ha desarrollado en ellos el instinto gregario (1). .

Este instinto, según opinión de Groos, está formado de otros dos más elementales, "el de acercarse á sus con­géneres, y el de cambiar entre sí llamadas de seducción ó de alarma" (2). Estos instintos son comunes á todos los animales sociales, y entre ellos al hombre en primer lu­gar. No se conoce raza humana alguna cuyos miembros no vivan reunidos en asociaCiones mayores ó menores. La necesidad de vivir en sociedad con nuestros semejan­tes ha hecho en el hombre del instinto de sociabilidad una de las más sentidas necesidades, cuya no satisfacción llega á ser tortura incomparable.


(1) Véase Spencer. Principios de sociologla, 1872, 2.'_ edic., par­te 8.', cap. V; también Ammon, El origen del instinto social. Revisia para ciellcias sociales, 190L


(2) Carlos Gro05, Los juegos de los hombres, 1839, p~g. 431.

EL MARXISMO



El amor á los consanguineos y el instinto de sociabi­lidad, constituyen las bases psicológicas más importantes de la comunidad humana. Entre los hombres nacidos en la misma comunidad se desarrollan sentimientos de sim­patía de distinta intensidad, naturalmente, y el amor reci­proco que AugustoComte designó altruismo, en oposición al egoísmo. La preexistencia de sentimientos altruistas en la naturaleza humana es innegable. El problema está sólo en saber qué fuerza alcanzan en realidad, y si puede reconocerse en ellos un factor histórico poderoso.

Un sociólogo inglés-Benjamin I(iúd-ha pretendido demostrar recientemente que los sentimientos altruistas predominan en la sociedad moderna (1). Ha llegado á esta conclusión fundándose en originales consideraciones so­ciológicas, cuyo pensamiento central está en descubrir, en el sentido moral de un pueblo y na en su capacidad intelectual. la clave de su victoria en la lucha por la exis­tencia.

Ello es exacto, hasta cierto punto. Pero Kidd se equi­

voca al determinar las cualidades morales que conducen

al triunfo en la sociedad actual. Mientras no desaparezca

la guerra de la Historia universal, un desarrollo próspero

de los sentimientos altruistas será difícilmente favorecido

por la selección natural. Dureza de carácter, impasibilidad

ante los sufrimientos del enemigo, son cualidades necesa­

rias á un buen guerrero. Kidd tiene muy elevada opinión

del carácter nacional de los anglo-sajones, y descubre en

el altruismo la principal causa de sus· éxitos políticos y

económicos. Es muy posible; pero ciertamente, sólo su

(1) B. Kidd, Evolución social, trad. alemana de P!lelderer, 1895. pág. j.l7.

EL MARXISMO

amor patrio le ha infundido la creencia de que las exce­lencias de los anglo-sajones están en su abundancia de sentimientos altruistas. No el altruismo, sino la tenacidad en la persecución de fines egolstas, en su mayoría; la per­severancia y valor para vencer' obstáculos y resistencias, explican mejor sus victorias en la lucha por la existencia. Lo que Kidd cuenta del solícito amor de las clases domi­nantes, en el orden social actual basado sobre la explo­tación, es tan ingenuo que no necesita ser refutado.

Precisamente las condiciones de la lucha. por la exis­tencia de muestran por qué los sentimientos altruistas en­cuentran terreno tan poco favorable en la sociedad pre­sente. "Entre las tribus salvajes -observa con razón Spencer-, prosperaron los brutales en las luchas con los generosos, á ellos pertenecen las primeras asociaciones; y durante el curso más amplio de la historia, se ve mucho tiempo á la opresión y á la violencia como compañeros inseparables de la evolución política. Las gentes que for­maron las sociedades mejor organizadas no fueron origi­nariamente, y mucho tiempo después, otros que los salva­jes más fuertes y astutos. Y aun ,hoy, cuando se sienten libres de la influencia exterior que ha cambiado su aspec­to, no se muestran mucho mejores.. (1).

y como la organización política de la sociedad camina del brazo de la guerra, es natural que los pueblos más guerreros, los más crueles, por consiguiente, alcancen la civilización. Hoy mismo hay muchos pueblos primitivos. que muestran un grado de altru[smo sorprendente y que supera en mucho al de las modernas nacion~s civilizadas;

(1) Spencer. Principios de Sociotog/a; 1882, parte 5.'. pág. 258.

pero es característico que poseen una organización po­

lítica muy abandonada (1). La moderna sociedad capitalista es tan poco adecuada para el desarrollo de los sentimientos altruístas, COIllO el antiguo despotismo guerrero. Cierto que las .costun:bres son más pacificas; el homicidio y otras méllllkstaclOnes de la violencia física son cada día más abominados, y sólo en casos excepcionales, como en la guerra. frente á los enemigos, se les reconoce licitud. Las mismas guerras se dan con menOS frecuencia y duración. Somos, ciertamcnte, menos crueles que nuestros predecesores. Mas para la ex­pansión del verdadero altruismo, de la bene\'o~cIlcia des­interesada entre los hombres, deja poco espacIO el orden social capitalista. La violencia ha tomado formas más tem­pladas; pero no ha terminado, ni con mucho, ya que la so­ciedad capitali~ta se apoya, no menos que la de esclavos y la feudal, en la' explotación por unos pocos, de la gran mayoría de los hombres. La despiadada compet.cn~ia que hace del capitalismo la ley del medro economlCO, se manifiesta como una colosal acentuación y desdoblamien­to de las asperezas de la lucha por la existencia, que si ha revestido una apariencia menos cruel, .exige, en cambio, un mayor esfuerzo por parte del individuo. Sobre lo q~e Carlyle llamaba cash-nexlls, difícilmente se desarrollaran

sentimientos altruistas. No parece, pues, que los sentimientos altruístas hayan tenido nunca en el curso de la historia tanta fuerza como para ~er poderosos motores de la evolució? so:ial se. ne­cesita. Esto puede decirse tanto de la hlstona antIgua

(1) Véase Spenccr, ab. elt., párrafos 437 Y 57-1. Principios de Étj·

~a, pár. 153.

EL M,\RXISMO

como de la moderna. Sólo en grupos reducidos llega á tener gran importancia el sentimiento de simpatía como cimicnto del comercio entre los hombres. La participación CII los sufrimientos y alegrías de los demás descansa en la capacidad de los hombres de reflejar en la propia la vida consciente del prójimo. Capacidad que presupone, natLlfalmente, estar identificados lo suficiente con otros hOlllbres, tener mncho de común en sus intereses espiri­tuales. Cuanto más estrecho es el círculo en que los hom­bres se relacionan, tanto más fuertes sentimientos de sim­patia hay entre eilos. En el seno de la familia se dan los más poderosos; y sólo en este estrecho círculo enCOll­tramos un amor recíproco, verdadero é intenso, desinte­resado y dispuesto al sacrificio. Los hombres de una mis~ llIa clase simpatizan también. por regla general, con más i ntcnsidad entre si que los representantes de clases diver­

sas. De este modo nace un sentimiento de clase que, unido á otros scntimientos cgoístas y ego-altruistas, llega á ser uno de los más poderosos resortes de la Historia. El amor patrio no es tampoco un sentimiento altruísta p'uro, le integran elementos, como el orgullo nacional, que son más bien ego-altruistas.

No es extraño ver en la nacionalidad el límite máximo de la simpatía entre hombres modernos. Entre miembros d.; razas diferentes puede faltar completamente, lo que ex­plica, ya que no puede justificar, fa crueldad de los euro­peos con hombres de otro color.

(;t;

IV

A::;í como el hombre 1Il0defllO no e:> capaz de simp;¡­tizar en a110 grado con los sufrimientos d~ un e:;traiJo, es, sin embargo, muy sensible al ¡¡precio ó desconsideración que knga éste para su persona ó sus actos. Aspira ,;iem­pre á ser considerado, atendido, premiado, quierc ser obedecido. Envidia á los que disfrutan l1e una gr;lI~ popu­laridad y aspira á poseer fama y poder ::;ocial, ~".~I" ;'1 la mayor felicidad. Todos estos sentimientos, lIamndos por Spencer ego-altruistas, constituyen otros tantus Illütivos importantes de la conducta de los hombres civiliz;lllOS y de los I·rimitivos.

"El hombre más rudo-~dice Lipper-110 se COl110fl11a con existir como los animales. quiere scr observad.. , te­ner algún valor ante sus semejantes" (1). "Por grande que sea la vanidad de los hombres civilizados, corre~;pol1de á la de los que no lo son" (2), escribe también Spencer. "En adornarse á si mismo se ocupa y' preocupa mas \111 caudillo salvaje que cualquier dama elegante de nuestro tiempo". No le importan nada las penas físicas del tatuaje y otras torturas á que se somete, con tal de que Sil aspecto sea llamativo é impresione. ".;lgún caudillo salvaje que adorna su peinado COI1 magníficos penachos de cerdas 110 pllede recostar la cabeza para descansar y tiene que con­tentarse con dormir apoyando la cerviz en un tronco. Tam­poco el anillo de la nariz y los tajos que los botocudas se hacen en cllabio inferior, ni los adornos cortantes y pun­

(1) l.ippcrt, ¡lislOr;" ti<' /,' w/ttlm. IOl!1O 1. p;;¡;-171;,

(2) Spcncer, Principios d,' soci%git!. lb/ti, vol. I. pág. /1.

EL MARXISMO

ti agudos COn que los malayos coronan sus dientes deben reportar Ull particular agrado á su existencia y 5011, sin cmbargo, soportados como una tortura inevitable, pareci­da á los sufrimientos á que los hombres se sometían para ser propicios á la voluntad de los dioses" (1).

Esta vanidad de los hombres pril)litivos, explica la alta estimación que les merecen los adornos y fruslerías aportadas por los europeos. No son ciertamente mira­mientos estéticos los que mueven á un caudillo negro á aparecer orgullosamente vestido de europeo ante sus súb­ditos; sino el mismo motivo que hace tan codiciado para un bllrgués francés el célebre ruban rouge.

También se ocupa Spencer, en sus Principios de socio­¡,gil?, de lo importan1c que ha sido y es, para la conducta dd homhre, e1miedo á la opinión pública. De muy pro­llullciados sentimientos altruistas son capaces pocos hom­bres; pero apenas hay uno que permanezca indifdente al menosprecio ó desconsideración de la opinión pública, lo que tiene su explicación en las condiciones sociales que 1105 envuelven. Cuanto más firme es la organización inter­na de una sociedad, tanto mayor es la dependencia del in. dividuo del todo social, y el fundamento que le hace temer la opinión ajena y regular por ella su conducta. Cada so~ ciedad, políticamente organizada. posee la fuerza para Obligar á sus individuos á la obediencia. A lo terrible de la pena es propo'rcionada la recompensa de los que someten sus obras á la imposición social. La lucha de clases yla guerra, al oponer una valla á la expansión de los senti­mientos ego-altruístas, han favorecído en alto grado el desarrollo de la ambición, que ha llegado á ser hoy el sen­

(1) \Vunt, i.:tica, tomo r, 1953, pág. 152.

EL .I\.\HX 15,\1O

ti miento dominante entre los hOll1l)[,~s. La afirlllación de Nietzsche, se.l~(¡lI la que "la aspirac¡LÍI] al poder" es la \'el­dadera esencia del Illundo, tiene mucho de \'l:rdadel'a.

El ideal dL: la moral cristiana halla su expresión en el más desinteresado amor á los hOlllbl'l:s, e1m<Ís e1e\'adü al­truismo: pl:TO la conducta dedi\'a del hombre actual, n" está ciertamente dominada por este ideal ético. :\si, la re-­ligión cristi<.tnil prescribe perdOlwr las ofensas; y la ';llcil'­dad presente, por el contrario, ha fOllllulado en su clidi¡..;o dd honor como lel mayor afrenta este pl:rdol!, r poco,; tie­nen t:l valor de seguir frente á él el mandato de Cristl!. Frente al precepto: "ama ;Í tu prójimo", ordelw el Estado matarle en la guerra, y sin misL:ricordia guerreal! lus pue­bias cristianos. La moral cristiana prescribe la renullcia de las riquezas, y considera como el mayor pecado dellegar la limosna; las costumbres reinantes protegel} la riqueza, y castigan la ml~ll¡Jicidad como un crimen. La mural (ris­tialla, en una palabra, va minando los cimientos de nlle~­tra sociedad, que si, apesar de toJo, se sostiene, es grd­cias á que los hombres han inspirado su conúuela en otras normas que nada tielH:n de análogo con aquéllas, y cuya base psicológica está formada, ante todo. por sentimien­tos ego-altruistas, tales como la ambición (1).

El sentimiento de clase, el de solidaridad entre los per­tenecientes á una misma clase social, es algo muy compli­cado y donde se unen los más diferentes elementos, pre­dominando siempre sentimientos egoístas y ego-altruistas.

La recíproca simpatía, tan natural entre hombres que viven bajo iguales condicionl:s, tiene cierta parte en la existencia de este sentimiento, pero no forma, sin duda,

(1) V~a:ic. Srcncc.r. Principios de! Psicologia, párrafos 52t y 521.

El. MARX15i\1O

5n esencia; la falta de una ayuda mutua y desinteresada entre los miembros de cada clase lo prueba diariamente así. Esta poderosa simpatía mutua, difícilmente puede desarrollarse con fuerza, ya que los compañeros de clase son concurrentes que con más frecuencia se temen que se aman. Sólo frente á las demás clases muestran un podero­so sentimiento de solidaridad, en la defensa valiente de sus intereses de clase con verd-adero espíritu de sacrificio. Buen ejemplo presenta de ello la nobleza francesa en los días de la revolución. El sentimiento de su hOllor de clase, la aspiración á mantener su conducta en armonia con el juicio que su clase merecía á la opinión pública, y, en no menor grado, la conciencia de la reciprocidad de sus inte­reses egoístas y sus intereses de clase, determinaron su

comportamiento.

Las mismas gentes, bien escasas, que desafían la opi­nión pública de su tiempo, no son capaces de verse libres del todo de su influencia. Si desprecian el presente es por tener muchas esperanzas en el porvenir. Así, se hacen independientes de la opinión pública de sus contemporá­neos, mientras se representan otra opinión ideal futUra á la que se sienten subordinados (1).

El sentimiento de nacionalidad es, igualmente, un conglomerado de elementos altruístas, egoístas y ego­altruístas, con marcado predominio de los últimos. Más que amor por los compatriotas hay en él, despego, ene­mistad y, á veces, hasta odio, para los hombres de nacio­nalidad distínta. El orgullo de pertenecer á una nacionali­dad poderosa, la aversión por las costumbres y la vida

(1) Véase Lacombe, La historia considerada como dencia, 1894, cap. 1/1.

1'1. MAHXIS.\\O

extrafias é incomprensibles de los d~más, la conciencia de los inlereses comunes, que tan cgoístamente une á los hombres á SLl nación, son las principales razones de este sentimiento que tanto papel ha tenido en la Historia.

La aspiración al poder social junto á la tendcnc¡a á la propia cousen'ación y á los placeres sensibles, son los motivos más importantes del comercio social. La luciJa por distinguirse es tan violcnta entre los hombres, como la lucha por la exisÍl:ncia. Este es llllO de los It.:nómenos característicos de la historia hlll11alla, y lo quc la distingLlc dc la historia dc la cvolución tic (ualquicr otra especie animal.

La misma aspiración á la riqueza, al bicnestar econó­mico, que se acostuJllura á poner frenk j la del poder su­cial, cstá, en gran partc, producida directamcnte por ésta última. La riquczJ cs apetecida, no tan sólo por los goces que hace posibles, sino también por el poder social que, inevitablemen!c, trae consigo. La psicología de la avaricia se explico. capitalmente por este motivo (1). Si el ansia dl' riqueza lo fuera tan sólo de goces sensibles, tendria los mismos límites que éstos; limites que, auri sacra james, decididamente no (Q1l(,ce.

Está fuera de duda que todos los grandes movimien­tos sociales están en relación directa con la aspiracióll al poder de los individulJs y de las muchedumbres. Cierta­mente que seria erróneo explicar la guerra exclusivamente por este motivo; pero no puede negarse que la ambición de los particulares, como la de las naciones, constituye un momento importantísimo en el origen de toda guerra.

(1) Véase Gurcwitsch. El d,'Jarro[[o de [as I/Ncsidadcs lilllIlalllls. 1900. pág. -18.

EL MARXISMO

La historia universal social y política, hubiera tenido muy

otro carácter de no representar los sentimientos ego-al­

truistas un papel tan dominante en la vida de los hom­

bres.

v

Los intereses prácticos dominan la vida consciente,

pero no la agotan. Los hombres tienen necesidades que

no pertenecen á la vida práctica, y que pueden ser desig.

uadas de necesidades desinteresadas. La más sencilla de

ellas es el juego.

El juego no es, seguramente, tan viejo como la vida consciente ya que los animales inferiores no juegan. En los primeros estadios las atenciones de la vida absorben todas ¡as fuerzas del organismo; en ellos sobra el juego. Muy pronto, sin embargo, comienza á ser el Juego, en la evolución del reino animal, una actividad independiente. El animal juega siempre que hace movimi~ntos inútiles; cnJudo salta. corre, simula una caza, etc., siempre sin otro fin que el placer de moverse. La causa de esta acti­vidad parece ser que radica en un sobrante de fuerzas vi­tales no empleadas, y que á falta de un trabajo útil, se aprovechan en este libre y desinteresado ejercicio, sin otro fin que el placer que reporta. Por ello, tanto más se tiende al juego, cuanto mayor sobrante de fuerzas no apli­cadas acumula un organismo.

Los animales más activos y laboriosos son también los que muestran mayor inclinación al juego; los animales de presa, sobre todo, y característicamente los gatos. El salvaje también ama el juego. ~Conocido es-dice C. Bil­cher~que de las ocupaciones de los pueblos primitivos,

EL ~lARXISMO

las más análogas al juego son las que ejercitan con mayor celo y con una persistencia incomprensible para nosotros. Entre ellas el baile, en primer término..... Todos los pue­blos salvajes bailan con locura hasta que, agotadas sus fuerzas, caen los bailadores rendidos..... n (1 ¡.

Apoyándose en un copioso material dc hechos y do cllmclltos, llega Bücher á la conclusión de "que en los primeros tiempos de la evolución lHlIllana el juego y el trabajo no se distingui¡¡n" (:!). Esta difcrellciaciólI L'ntre el trabajo c(onólllico y el juego pertenece á épocas poste­riores. El salvaje juega tan seriament'C como nosotros tra­bajamos, y rodea amenudo su trabajo de elementos de distracción y juego. El canto acompafla al trabajo del hombre primitivo, qlle en muchos casos se confunde con el baile.

En estadios superiores, cuando trabajo y juego estiln

perfectamente separados, pierden su significación las for­

maS primitivas del juego. Solo raramente se descubre en

los pueblos cultos un interés tan desarrollado por los jue­

gos físicos, que merezca la consideró.lciól1 de fuerza bist,;­

rica influyente: tal lo fué en Roma y Bizancio donde lus

juegos dd circo fueron acontecimientos de una significl

ción politica incomparable~. Palien¡ el circC/iscs-; esta

equivalencia entre el alimento y el juego no puede su

más característica en la antigua Roma.

Pero el juego es, sobre todo, importante allí donde ha

llegado á producir actividades del espíritu tan valios¡¡s

como el arte. Sobre esta relación del juego Con la activi­

(1) BUcher. Trabajo y ritmo, 3;' edie., pilg. 10. (::!) Idclll, id. id., pág. 295.

EL MARXIS1I10

dad estética ha llamado la atención Schiller (1) desarro­Ilalldo algunas ideas capitales de la Crítica de/juicio, de l\an1. El alllor á lo bello es desinteresado y libre, y como allí "donde se da una actividad pura y por el gusto de ejercitarse, está el juego. (2), bien podemos considerar al ,ntc COI1\O lllH.l forma del juego. A la misma conclusión, y pur camino distinto que Schíller, ha llegado Spencer pos­teriorlllcllte.

Lel Ilotable investigación de Biicher ha mostrado que originariamente la m úsica y la poesía estaban estrecha­lIlente ligadas con el trabajo económico. Hasta parece que el ritmo, que constituye la ciencia de la música y de la poesia, procede generalmente de los movimientos rítmi­cos del trabaju (3), Con el tiempo la música, que fué una mera ayuda del trabajo económico, se ha convertido en unó.l de las bellas artes. Pero esto ha elevado muy poco Sil significación como fuerza social. La música procura quizás el más puro placer estétiro, y en este sentido nunca puede ser bastante estimada; pero su influencia sobre las formas de la vida social no es fácil de descubrir. Es, por ejemplo, imposible determinar qué consecuencias desfavorables al desarrollo social de Inglaterra haya reportado la poca ca­pacidad musical de su pueblo, ó las ventajas que Italia ó los judíos hayan conseguido con su gran disposición. Si unas y otras fueran considerables, se podrían fácilmente determinar, mas no parece ser este el caso (4).

(1) Véase Schiller. Sobre la educación estética de los hombres, cartas 15-26 y 27.

(2) C. Graos, Losjllegos de los hombres, pág. 7. (3) Véase C. Bücher, Trabajo y lilmo, ,cap; VII y otros. (-1) LlS investigaciones de Spencer para demostrar la gran utilidad






social de lit música me parecen totalmente t'quivocadas. Véase Spcnccr, Origell y función de la mlÍsica, Ensayos, vol. 11, 1907.

Lo mismo puede decirse de las demás bellas artes, aunque en menor grado, ya que la música es, cntre ellas, la que está más lejos de los intereses prácticos de la vida. En lo que á la literatura concierne, tiene, sin duda, una considerable Illerza social, mas sólu purque la literatura cncierra en su forma artística UII cierto contenido ideal; ideas que son comunes, con la literatura, á otros campus del pensamiento social, como la filosúfia y la ciellcia. Sólo mediante esle contenido intelectual, y 110 j causa de su peculiar elemento estético-la forma ~ha llegado ;i ser la literatura ulIa fuerza históriGI tan grande.

El dominio de la estética pura no ejerce una influencia considerable sobre la vida práctica lo que es natural, ya que la esencia de lo bello consiste en su indepcllLiencia de todos los ill\en.'ses prácticos. Ikllo es, según lu c~k­bre definición de Kant, lo que gusta desinteresadameu­te (1). Existe, en efecto, una cierta relación entre lo bello y lo bueno, porque el placer cstdico conliene algo CIlllO~ blecedor, y por ser la vida estética, como Kant y Schiller han acentuado, el medio más eficaz para elevar á la ética al hombre sometido á la sensualidad. Paliemos reconocer con Schiller, en un alma hermosa el más elevado ideal humano, sin que esto nos mueva á descubrir en lus eh:~ mentas estéticos del arte una gran fuerza histórica. La realidad de la vida está IllUY alejada del ideal, y si el arte ejerce una acción moral ennoblecedora, es poca su tra,;­cendencia considerada desde un punto de viSla sociológi­co, como también la validez que en la sociedad moderna logran los sentimientos altruistas. La vidi.l social se red u­

(1) "La eomplJecncia qlle determina el juicio dd gllstO. e.lrcCC de todo interés•• Kant. Critica del juicio. Ed.

EL MARXISMO

ce, hasta hoy ante todo, á una IUl:ha cruel por la existen­cia y por la fuerza, y junto á ellas el interés por lo bello tiene solamente un papel secundario.

La vocación científica tiene de común con la necesidad estética el ser igualmente desinteresada, ó poderlo ser cuando menos. Se puede saber para uno mismo, sin pre­tensión :llguna utilitaria, por complacerse íntimamente sa­lJiendo. "Lo mismo que naturalezas poéticas y niusicales,

las hay también intelectuales, para las que la contradíc­ción, oscuridad ó incoherencia, son tan dolorosas como una desafinación ó un mal verso" (1). Hombres de tal na­turaleza aspiran á la verdad porque la aman. La vocación científica es, en efecto, mucho más débil originariamente; alln de~pués, la mayoría d~ los hombres sienten con más fuerza las nccesidudes estéticas. Las naturalezas intelec­tuales son mucho más escasas que las musicales y poéti­cas. Nunca despert~rá un trabajo puramente cientifico tanto interés en el pueblo como una gran novela ó un trozo de música. Mas aun reconociendo que el amor al saber se da muy débilmente en la mayoría, no puede ser eliminado de las necesidades personales del espíritu.

Seria) sin embargo, equivocado poner el nacimiento y evolución de la ciencia exclusivamente en el haber de esta necesid:td. La ciencia no ha sido producida por inte ~ reses teóricos, por el amor al conocimiento objetivo de la verdad, sino por intereses prácticos de atender á la vida material. Tanto puede decirse esto de las ciencias puras y abstractas, como de las disciplinas de aplicación y prác­ticas. Los intereses prácticos predominan en todos los campos de la ciencia en sus primeros pasos. La historia

(1) H¡¡Cfding, Psic%gia, pág. 359

7ti EL .\L\IlXIS.\IO

de las ciencias lo prueba así. "Las dos ralllas principa­les de la vieja matemática-Aritmética y Geometria-­deben su separación y formación independiente á !¡¡s múl­tiples exigencias del tráfico comercial y á los problenws que la agrimensura presentó al <.Jrte ¡te las Cllcnt¡¡S" (1 ¡. Las necesidades de la agrimensura y dc la constrllC­ciólI dieron el sér á la Geometria, mientras que la :\rit­mélica se desarrolló con las cuentas de valores. También la ciencia natural procede ele necesidades prácricas. "Cómo ha de a~oyarse un cuerpo de determinada forma para c\'í­tar su caída; cómo ha de ponerse en movimiento una fuerza dada; cómo ha de aumentar la tirantez de la cuerda de un arco si la fuerza alcanzada crece tanlo Ó cllanto; estos problemas, y otros parecidos, Ilan guiado á un Ar­químedes y á Herón de c\lejandria en sus in\'cstigaciones mecánicas" (2).

En el nacimiento de la mecánica ha tomado buena parte la necesidad de pesar diferentes ubjetos Lie valor. "La mecánica racional no pudo tener otro punto de parti­da que la balanza" \3). El origen de la Astronomía hay que buscarlo igualmente, en los intereses prácticos de la vida. "Los intereses teóricos por los fenómenos celestes habían dado bastante de sí, con las representaciones imprecisas que de los movimientos de los astros se tenía en tiempo de Platón y Aristóteles; mas para lograr una división exacta del año, se necesitaban determinaciones cuantita­tivas que se enc~ntrarol1 finalmente, con la mayor exac­

(1) Wundt, Lógica. tomo 11, parte L pág. 91.


(2) Idem, íd., id., pág. 263.


(3) SpCllccr, El/sayos, 1901, voL 11. Lf} géll<'sis di' la ciellcia, pá­gina 50.



EL MARXISMO

titud posible, dados los medios de la época, en los siste­mas astronómicos de Hiparco y Ptolomeo" (1).

No intereses teóricos, sino los intereses prácticos de encontrar un medio de convertirlo todo en oro, dieron vida ¡'I la alquimia, de la cual ha salido la química cien­ti rica. Las ciencias biológicas teóricas se desarrollaron hajo la gr

No fué otro el origen de las ciencias del espíritu. Los temas éticos y políticos han llegado á ser, relativamente tarde, objeto de reflexión científica. "Sólo en el siglo V, cU

(1) Wundt, Lógica, tomo 11, pág. 263.


(2) Spcnccr, ob. cit., pág. 69,


(3) Wundt, Lógica, Metodología, 11, pág. 2.



..

ellos se debe también la Filologia como ciencia particular.

Igualmente la cienCIa del Derecho ha n

La historia de las ciellcias confirrn

(1) H¡jllding. Psicología, págin1J$, 3tiO ) 30l.

~L ,\IARXIS,\1ü

ci0nl1ose poderoso. Originariamente, estuvieron las cien­cias !córic,ls subordinadas á las prácticas; más tarde con­siguen aqudlas la soberanía. En esto consiste precisa­Illcnte la evolución natural de la ciencia. Las invenciones técnicas tienen un doble origen. La práctíca de la vida pucde presentar á la conciencia popular un probll"ma prác­tico determinado, á cuya solución se consagran muchos hombres hasta conseguir resolverlo. De este modo tuvie­ron lugar las grandes invenciones técnicas del sigloXVIII, quC' trajeron consigo la revolución industrial. Así la má­qnina de hilar fué descubierta para responder á una gran dellland~1 dc hilo que tuvo lugar en Inglaterra; igualmente, la j]('L'.'~idad de precipitar la elaboración de tejídos aportó la l1Júquina de tejer.

Mas las invenciones técnicas pueden tener también otro origen. Frecuentemente aparecen como consecuencias inespl'radas é imprevistas de conocimientos teóricos. Las investigaciones llevadas á cabo en vista de intereses teó­ricos, reportan á veces también soluciones impensadas de problemas prácticos. Inventos de esta índole son tan ca­racterbticos del siglo XIX, como los conseguidos por ca­minos prácticos lo son del XVlII. Así procede la Electro­técnica de las investigaciones y trabajos teóricos de Volta, Faraday y otros. El máS grande de los recientes descu­brimientos, la telegrafía sin hilos, está. en estrecha co­nexión con los experimentos de Hertz, dedicados á solu­cionar problemas teóricos sobre la naturaleza eléctrica de la luz. También las investigaciones teóricas de Crookes facultaron á Rontgen el descubrimiento deJos rayos X. Igualmente una serie de trabajos científicos sirvieron va­liosamente á Hoffmann para solucionar un problema emi­nentemente práctico.

EL ;\1.·\HX1S.\\O

Si la cicncia procc(1e, pues, de necesidades prácticas de la vida, también ha revolucionado ésta y se ha des-­arrollado hasta llegar á ser por sí UIl prupio fin. El hombre lIO estudia sólo por obtener al¡.;:una utilidad inmediata, sino también por el placer noble de canocn. r\unque, efectivamente, aun en 105 paises mas progresivos son pocas las gentes sensibles en alto grado él este placer. Pero por muy tenuemente qne csta necesidad se sienta, su significación sociohígíca, como fncrza implilsora de la Historia, es considerable: la satisfacción del anhelo cicn­tífico de UllOS pocos hombres inflllye, decisivamente, sobre el destino de la inmensa mayoría que desconoce la necc­sidad de la ciencia. Con el trabajo solitario de llllOS cllan­tos investigadores se constfllye el 5Oberbio edificio de la ciencia que protege la suerte de la humanidad. El amor j la verdad ó á la lógica, como el placer estético es uesillte­resada. No es la alegría sentida 3nk la utilidad inmedia­ta, la correspondiente al trabajo del pensamientll. Sig­wart caracteriza muy adecuadamcnte, como sigue, los rasgos generales de la e\'olución de nuestros intereses teóricos y prácticos: "Primero toman las exigencias y ne­cesidades de la vida al pensamiento ú su servicio, ponién­dole fines que ha de prohijar y perseguir..... Después el conocimiento exacto de las cosas y sus relaciones, exige del impulso científico una tarea que excede de los límites de los problemas prácticos; nuestro pensamiento tie­ne entonces que consagrarse al puro conocer para des­entrañar la naturaleza de las cosas y presentar, á nues­tro saber subjetivo, un cuadro fiel y completo del tnlln­do real. La satisfacción, pues, del ansia de conocer, lleva en si la de aquellos fines prácticos del pensamien­tOj el conocimiento de lo que es, es el fin illmediato que

EL MARXISMO

pone á nuestro pensar en movimiento y determina su rumbo" (1).

La necesidad más elevada del alma humana es la reli­giosa. Cierto que no es propia de todos los hombres; pero lo mismo pasa con las necesidades intelectuales y esté­ticas. La definición más justa del sér de la religión, la dió, en mi opinión, Schleiermacher, llamándola: "el senti­¡niento de la absoluta independencia" ó "la conciencia inmediata de la existencia general de todo lo finito en lo infinito y de todo lo temporal en lo eterno. (2). Como es­pecíficos sentimientos religiosos merecen consideración lus de sumisión, que no en menos grado que los de reco­nocimiento, sobre los que la vida social descansa, perte­necen á los instintos fundamentales de la naturaleza hu­!llana (3).

La religión, en este sentido, no puede identificarse con la creencia en poderes ultraterrenos; "la creencia en el demonio testimonia ciertamente la emoción del temor y del espanto; pero difícilmente se encuentra en ella ni se­fJal de sumisión religiosa. (4).

Los pueblos inferiores creen en el poder de los muer­tos, en el encantamiento de sus sacerdotes, ofrecen sa­crificios á sus ídolos, pero carecen de religión en nuestro concepto. Los principales motivos que determinan su adoración á los espíritus son completamente otros; no la sumisión desinteresada, ni el sentimiento de la indepen­dencia absoluta. El hombre primitivo, m"édiante la con­

(1) C. Sigwart, Lógica, tomo J, edic. 2.",1889, pág. 4.

(2) Schleiermacher, D,iSClll'SOS 'sobre la Religión, 4.' edic.. pági­11'1 -12, citada por Wundt, Etica, 1, pág. -12.

(3) Wundt, Élica, 1, pág. 273. (-1) ¡dcm, íd., íd.

templación de algunos fenómcnos naturales, llega á crccr en la inmortalidad de su alma. El culto primitivo se re­duce al "cuidado del alma" de los Illuertos, á los que Sl: teme por los males que pueden acarrear; motivos, por tanto, puramente egoístas dan vida j este culto. Estus hombres se conducen COII Dios cn ]a misma forma que con un poderoso enemigo viviente, haciendo lo posible para ganar su valimiento con tributos, y sintiendo ante él m,ls

temor que reverencia. Tanto puede decirse de la religión aparente de muchas gentes civilizadas. El sociólogo francés Lacombe descu­bre:, acertadamcnte, motivos egoístas en lus lids importan­tes actos religiosos de );1 mayoría de las gentes. Pero tam­bién se excede al considerar la religión como 11na especie de medio de vid

(1) Véase Lacombe, Líl histori,¡ (ullsidd,>flcia, e¡¡p. VI. p úr. 9."

El. MARXISMO

para otros fines, sino un fin en si, el más remoto y supe­rior, un objeto de la mayor veneración.

Este sentimiento puede aprobarse ó no, naturalmente, pero su existencia real no puede ser puesta en duda. No porque las naturalezas verdaderamente religiosas sean es­casas dejan de darse. En el ascetismo lucha la religión con el amor á la vida y le vence. Y tampoco tenemos base para afirmar la carencia absoluta de opiniones religiosas en la mayoría de los hombres. Si asi fuese no seria expli­L'

La moralidad se ha desarrollado bajo una predominan­'e influencia religiosa. "La moralidad sazonada es el hijo emancipado de la religión y de las costumbresn (1). No pOlkmos representarnos la conciencia del deber sin la ve­nuación que es, á Sil vez, el sentimiento religioso especí­fico. Es evidente que en la moralidad de los actuales hom­bres civilizados tiene más parte la religión que los senti­mientos altruistas. Éstos, como ya se ha dicho, en el orden social reinante, tienen tan sólo eficacia en círculos corno el familiar, muy estrechos. La opinión religiosa, en sus formas, más ó menos puras, es, en cambio, común á gran­des masas. Rara vez vemos que los hombres obren por

puro altruismo; en cambio, ha despertado el entusiasmo religioso, repetidamente, grandes movimientos populares, en los que han manifestado los hombres un suhlime espí­ritu de sacrificio. La religión fué siempre y sigue siendo tino de los mayores motores de la Historia.

No debe olvidarse, en efecto, que en muchos 1l1ovi­

(1) \Vundt, t'tica, 1, p~g. 276.

Hl EL MA~XIS,\1O

mientas rclig¡osos, como gucrras, persccución de herejes, etcétera, no predominaban motivos genuinamente reli­giosos. El poderoso sentimiento ego-altruista del honor sc liga fácilmcntc con cl scntimiento rcligioso, yen \'irtud de esa unión se fortalccc hasta tales extremos el fanatis­mo religioso. El L1nático ve cn la exteriorización de la fe' ajena una ofcnsa a sn Dios, y dla le cs más sensible qUl' las hechas á su persona. Esto explica la acritud que ca· racteriza á las luchas religiosas. Al perseguir el fanático, con todo el odio de que es capaz, al enemigo de su Dios, persigue, en reali'dad, á su propio enemigo, quc, con el menosprecio al objeto de Slll11ayor \'clleraciól1, k ha ofen­dido en lo más sellsibk.

CAPÍTULO IV

ECONOMÍA Y VIDA SOCIAL

1,.l lHdl.~ llOf l.! L"xlskllCiLl en d mundo or..:iÍ;nico y el1 la hisloriJ.~I. COfra'pto de la l'UI/Unll'l1: D..:h·l'.lo:> del conrL'pto de li..l cconomia de En~ds.-C.:trJcteresde la aClivi­

11.111 vnftlt',mü';I.--!;(lrlt1i1S d~ )a l'eonomla.~II. La r'coflomill como JUlldlll1i.nlto de rodll.-" llis dl'lIuis(l¡'ti!'ida,k'\: Ell'apcl -dI;;' la cronomia en la satisfacción de las diferclI· ks 111.;,'o.;'SHSildi.::-i.-La economia corno base de la fuerta Mci31.-Fundamenlos reales .Id :Irll' y lit: b cienria.-La posidón cen1ral de la econom'.:I en la vida soci.,1.­11 I. 1_11 I'((Hlom."a (omo ocu.pación prúlópaf efe la mayor a de la población: LQ in­iiw.."IH'ia ¡ud irt'cla dc la l'COnOmiil sobre otras actividades socíall;;'s.-La ~éol1omia y el B1L"dio ~:,>piritItJí.-1 V" El momento n'al de la ccollom{a: La naturaleza extedor.-Su inntl¡,;n(ij dircetíJ é ind¡r~>:til ~ohrc la vjda s'ltial.-Plleblos salvajes y pueblos bárba. rn'i.-L~ rdJtlV¡l lihl:rad6n de los hombres del poder dt: la naturdleziJ.-V. COIJ­dl'/ICÜJ .l' sér soda{: Pro~íe~os genéticos y teleológlcos. -('omlln id¿H.I y ~oeietlad. -El rdnu de la IIhi..:~idad y el de la libertud.

Oc las diferentes aétividades sociales ha hecho resaltar Marx la producción de los medios para la subsisténcia, considerándola como la fundamental. La propia conser­vación de nuestra vida domina la conducta hUmana. La lucha por la existencia entre los individuos aislados y los grupos socialcs tiene, opina Marx, tan absorbente papel ell la historia del hombre como la evolución histórica de los organismos en la doctrina de I?arwill.

y hasta es de creer que aun para la biología la lucha por la existencia es un concepto demasiado limitado y que entre los organismos no sólo se lucha por existir, SillO

1:.L .\IAHX[S~IO

para hacerlo del modo más próspero posible. Cada orga­nismo tiende á asegurar algo mejor y más completo que la lIuda existencia; y lucha tellJZlllentc por conseguir el libre desarrollo de todas sus fuerzas, y la sntisfacción de sus ncccsidades é i11c1inaciol1l's (1 j. De aquí que esta lucha no termine, y que illlpubc siemprc plOgn:sivamcllk al mundo orgánico. Cada triunfu conscguiJo es punto l1L pnrtida de lIuevos esfucrzos, y lIue\'JS luchas sc siguen sin ccsar.

\' si de todos los orgallíslllOS se afirma, ¡con cuánta mayor razón del homore! El tiene múltip!cs lIecesidades aparte de la de cOllsen'arsc y aspira sicmpre á verlas col­madas. Cierto que es la de alimcntarse la más aprcmiante; pcro tiene sólo un carácter absorbcnte cuando elhallllJre le amenaza. El becho de que el hombre no sólo COI11C, Silll) que hacc politica, ciencia, arte, religióll, ete., prueba qnl' la alternativa entre comer ó filosofar se le presenta sólo en casos contados.

Se ha ccnsurado frecuentemente al materialismo his­tórico que parte de una concepción muy inferior d¡: la na­turaleza humana, y por lo menos ignora, si no niega, la~ causas más elevadas de las acciones humanas. En cuanto á Marx y Engels se refiere, es cierta esta crítica. De toda la compleja diversidad de motivos psicológicos del co­mercio humano, han recogido sólo el instinto de conser­vación, esperando haber encontrado en él la clave de todos los problemas de la historia universal. Con ello el marxis­mo contradice los hechos de la vida social que mues­tran otros motivos no l1lellO~ poderosos del comercio hll­mano; además de que á la apreciación objetiva de la His­

(1) VéJSC FOllilkc, Las id",/s fuerzas. J. pág. 78.

EL MARXISMO

toria no escapa la importancia decisiva que tienen para el destino dcl hombre otros instintos más débiles en él. (omo el deseo de conocer. Si no existiese en el espíritu humano la curiosidad desinteresada, la alegria de poeeer la verdad, no hubiera conseguido ninguna otra necesi­dad práctica el grandioso desarrollo del intelecto humano c.:reador de tantas civilizaciones. No se debe encarecer la importancia de las necesidades prácticas de la vida. El hombre-el natural sobre todo-es un sér indolente que empicza llIuy á disgusto todo cuanto no le reporta una satisfacción inmediata. "Cada vez sorprende más-dice Ratzel--el reducido número de inventos de los pueblos atrasados que no ven ni lo que les rodea" (1).

Todas las descripciones de los salvajes coinciden en negarlos previsión ante el porveuir. Con tales dotes psi­cológicas es inverosímil que hagan cualquier invención útil que no ofrezca á su entendimiento un placer inme­diato. Menos aun pueden explicarse por la utilidad prác­tica de la ciencia los éxitos que ella logró posteriormente. El trabajo intelectual es para todo nrdadero investigador la mayor satisfacción que psicológicamente nada tiene de común con el instinto de conservación.

Según esto, ¿ha de rechazarse la concepción materia­lista de la Historia, pura y llanamente, como un sistcma unilateral y extraviado? No lo creo. Creo más bien que este sistema es susceptible de una reconstrucción que le haga más utilizable como teoría científica.

, (11 Ratzcl, Arlfropogeografla, n, pág. 711.

EL .\tAHXIS.\\O

( amo elemento inservible del materialismo histórico considero, ante todo, el equivocado concepto de econo­mía de que hall partido Marx y Enge!s en su filosofía de la llistoria. Sabida es la importancia que para cada ciencia tiene poseer un concepto claro y preciso de sus elementos fundamentales. De la ciencia económica puede decirse lo mismo que Kant afirmó de la filosofía del derecho de S1I época; hoy todavía se discute sobre el concepto funda· mental de la ciencia económica; sobre que sea la eco­nomía. De las confusiones á que esto puede conducirnos ha dado recientemente buen ejemplo Stallll1ller con su cri­tica de la concepción materialista de la. Historia, crítica en otros muchos aspectos meritísima. El muyor delect(, de ella está precisamente en su concepto completamenÍL' equivocado de la economía social.

Muchos economistas-Marx y Engels entre ellos creen encontrar en la clase de las necesidades que se sa­tisfacen la característica de la economía. Según la opinión de los creadores del materialismo histórico, la activida,j humana es económica cuando se dirige á la satisfacción de necesidades de su organismo, tales como el alimento, habitación, vestido. Cuando sirve á otras superfluas dlja de serlo.

Así dice Engels que "la producción de la vida inme­

diata", la cual forma el mamen o determinante de la Hi~~

toria, consiste en "la obtención de medios de existenci¡¡,

alimentos, vestido, habitacíón y de las herramientas que

éstos exigen" (1). Lo mismo repite en sus cartas dd

año 1894: "Entendemos por relaciones económicas-de­

(1) Engels, El origen de la familia, de 1.1 propiedad privada y deL Estado, 8." edic., prólogo, pág. 8.

f9

terminantes de la base social-la forma y modo cómo los hombres (k una sociedad dada, producen sus medios de viua y cambian entre sí sus productos" (l).

Contra esta concepción de la esencia de la economía puede arglllllentarse lo siguiente: por lo pronto es impo­sible tra zar ulla línea de separación definida entre las ne­cesidades vitales y otras menos apremiantes. ¿A cuáles pe rtenccell, por ejemplo, las de tener vestidos elegantes, ¡oY'as, IlllH:blcs de lujo, etc.? Desde luego que no á la pri­mera clase, pero la producción de vestidos la incluye En­gels en la economía. Además, casi todo objeto puede ser­vir á las necesidades más diversas; desde el punto de vista ,Ié Engels, resulta, pues, imposible precisar si tal ó cual actividad pertenece ó no á la economía. Con la piedra igual puede construirse una fábrica que un templo; de un lienzo pueden hacerse sacos de patatas ó un cuadro tam­bién; de la madera lo mísmo se sacan síllas y mesas que instrumentos de música, por ejemplo, y así sucesivamente. Toda la producción, por consiguiente, puede también ser contada entre las actividades no económicas, ya que puede servir á otros fines que no son estrictamente indispensa­

bles para vivir. .

Partiendo de estas consideraciones renuncia Stammler j toda distinción entre actividad económica y nO econó­mica y designa como economía social á la externa y re­~ulada "cooperación dirigida á satisfacer las necesidades humanas. (2). Por consiguíente, toda actividad social es economía-materia de la vida socíal-en oposición al de­recho, que es la forma de la misma. Una guerra, una feria,

(1) Documentos de! socialismo, 1902, tomo n, pág. 73.

(2) Sta:¡ miel, Ecoflom{a)' Derecho, 1896, pág. 139.

~JO

una representación teatral, pertenecen, según Stammler, j la economía social, concepto que cOlllprellde toLla la vida social, menos el Derecho.

La arbitrariedad de esta terminología es manifiesta. Stammlcr necesita el cOllcepto marcrill d,' /11 -uida socia! y le d:1 el nombre dL economia social. Cada cscrilur es muy dueiio de crear una lIue\'a termíllología, pno es cvi­dente, que economía en cl sentido (!lo Slalllm\cr, es algo lllUY diferente de lo que gellerallllenk se comprende con este concepto. La economía, en sentido usual, 110 coincide COI1 la materia de la vida social, forma sólo una parte de ella. La ciencia, COl1l0 el uso corriente, entiendell por eCu­nomía, en mi opinión, no otra cosa que el compendio de las acciones humallas dirigidas sobre d mUllljo exterior para crear condiciones aplicables ;1 la satisfacción de las necesidades del hombre. La aclividad ecunómica se dis­tingue de la que no lo es, ante todo, en dos momentos: 1." La actividad económica es siempre un metlio para algo. nunca un fin en si. La economia crea medios para la satisfacción de nuestras necesidades; pero por si, 110 las satisface. En esto se diferencia la economía del juego y del arte, como el} general de tollas aquellas actividades que son en sí mismas un fin. Por eso el pintar de un ver­dadero artista, no es economía, y lo es, en cambio, di­bujar la muestra de una fábrica. C. Bücher ve en la eco­nomia un fenómeno histórico y llega á no consilierar tra­bajo, sino juego, la actividad del hombre primitivo. "El juego-dice-es más viejo que el trabajo, anterior el arte á la producción de cosas útiles. (1). Esto me parece una exageración, porque la obtención de alimentos para el

(1) lliichcr, El rlllcilllil'rdo de la ,'corlomill, 2." elHc., pág, 31.

EL ~\.-\RXISMO

salvaje, más que juego, es un trabajo muy considerable. Pero ciertamente que Bücher tiene razón al afirmar que el trabajo y el juego en los pueblos primitivos están poco diferenciados, y á menudo es dificil hallar la línea que 105 separa. Hasta este punto carece la actividad de aquellos 11Omlm:s de carácter económico.

El consumo 110 es una economía, puesto que es por sí mismo un fin. La actividad económica termina en el mo­melito qU2 el consumo comienza; si no, casi toda la acti­\'idad humana sería economía, ya que cada empresa hu­ilIalla puede ser considerada como un consumo de objetos de ulla Ú otra clase (1).

:2." La ecollomia se dirige siempre sobre la naturale­za exterior, sobre el medio en que se da nuestra existen­cia Esto distingue la economía de aquellas otras activi­dades 4ue tiencn al hombre por objeto; un maestro, un juez, UIl sacerdote ó un médico al enseñar, juzgar, etc., no obran económicamente.

Scgún su contenido, consiste la actividad económica en la transformación de la naturaleza exterior (producción y transporte de mercancías), en la traslación de los hombres de un sitio á otro (transporte de personas) y en la altera­ción de las relaciones de propiedad entre los hombres y los

(1) "Todas las formas de satisfacción de las necesidades, de la más noble á la más grosera, asi como todas las actividades de las que no dis­ponemos como de nuestra capacidad de trabajo para obtener un res"lta­do arbitrario ó justificado. sino en las c"ates la personalidad se mani­líesta y desarrolla. no son de naturaleza económica ..... Los mismos actos de consumo y de goce realizados con la ayuda de bienes econó­micos no son económicos, como cualquier acto de goce en general.. Fr. \', \Yicser, Sobre d origen del valor económico, 1884. pág. 77.

92 EL "lARXIS.\1O

bienes (cambio). En todos los casos sigue siendo el fin dC" la economía la creación de [as condiciones reales más fa­vorables á la satisfncción de lus necesidades humanas (1 J.

11

Es un error manifiesto aceptar que la economía sirve exclusivamente al instinto de conservación; y tal le co­metieron Marx y Engels al identificar la economia con la "producción de la vida inmediata". Ellos cntienden por condiciones de la producción~dominantes de la vida so­cial-aquéllas referentes tan solo á los bienes indispen­sables para la conservación de la vida como el alimento, el vestido y la habitación. Por ello consideramos al ma­terialismo histórico como ulla filosofia de la Historia tan unilateral que descansa sobre el desconocimicnto de la verdadera psicología humana. El instinto de conservación es tan sólo uno de los muchos que determinan la conduc·

(1) H. Dietzel define la economia como ·el conjunto de acciones con las que un sujeto cuhre sus necesidades de bienes material~s". 1;(0­/lamia social reórica, 1895. tomo 1, pág. 159. Contra esta definiCión que tiene algo de ¡;Orntlll con la mia, tengo que decir lo siguiente: Dietzci incluye al consumo en la e¡;onomia, habla hasta del respirar como aClo económico (ob. cit., pág. 159), lo que me parece tan equivocado que dc esta mauera se llegaría á suprimir toda línea de separación entre [a eco­nomía y lo que no lo es. Además la definición de Díetzel supone que la economia sirve siempre á la satisfacción de las necesidades del propio sujeto. lo que no es exacto. porque puede teuer corno fin lambi~n las de otras personas: asi los cstah!cdnlicntos de beneficencia obran económi­camente al satisfacer las necesidades de aIras personas distintas del sujeto económico. y, por último, desde su plInto de vista es t1ilicil re­conocer como actividad económica el viaje de una pCrS01U pilra sus ne­gados, y fuera de toda duda, Jo es.

I

EL MARXISMO

ta humana, y sus manifestaciones están bajo [a influencia poderosa de [a satisfacción de otras necesidades.

Esta parcialidad de [a concepción materialista de la Ilistoria es una consecuencia del falso concepto de la eco­IIOIllía sobre que descansa. Pero si se considera económi­co á todo trabajo, en cuanto va dirigido á vencer la re­sistencia de la naturaleza exterior, independiente de las llecesidades á cuya satisfacción sirva, caen por sí solas muchas de las objecciones hechas al materialismo histó­rico. Así enil1endado, cubre el vacío psicológico de que alItes adolecía, cuando sólo tenía en cuenta el momento de la propia conservación, y no niega la elevada signifi­cación social de los motivos ideales de nuestra conducta; pues la ecollomía, dominante en la vida social, es, si se la juzga acertadamente. no menos adecuada para nuestros fines ideales que para nuestra conservación.

Queda ciertamente por averiguar si también tomada en este amplio sentido puede ser reconocida la economía como base del orden social. Pero esta nueva disposición del materialismo histórico le libra de la censura tan repe­tida y justa de desconocer la compleja diversidad de los motivos conscientes de nuestra conducta.

Es, por consiguiente, erróneo dividir en dos· grupos las necesidades sociales en económicas (de conservación de la existencia) y no económicas (las restantes). No hay ninguna clase de necesidades á cuya satisfacción no con~ tribuya la economía.

Así el instinto sexual despierta una muy diversa y COnsiderable actividad económica. La mayor parte del adorno, en los trajes de mujer especialmente, hay que re­lacionarla con este motivo psicológico. La producción de .objetos de adorno es una industria importantísima, tanto

91 EL ,\IARXr~.\\O

que en el comercio de Francia, por ejemplo, la exportación de telas de seda figura en primer lugar. Millones de traba­¡adores se ocupan en nuestros paises civilizados cn la ela­boración de objetos de adorno -el traje mismo 110 ha per­dido hasta ahora su primer carácter de prenda de adorno.

De los instintos sociales el más poderoso es, sin (hala, el amor familiar. llno de los motivos más cOIlsiderables del comercio económico. La aspiración de asegurar á la familia el bienestar es la más apropiada para vcncer la in­dolencia y despertar llna incesante actividad econ

vamente por motivos egoístas, hubiese imprimido á sus acciones económicas una dirección muy distinta de la que observamos. La Roma de la decadencia nos ofrece un

. buen cuadro del carácter pródigo de aquella economía regida predominantemente por un apetito egoísta depla­ceres sensibles.

No es menos claro que la tendencia á distinguirse so~ cialmente está ell estrecha conexión con la actividad eco­nómica. La riqueza es y fué siempre ulla gran fuerza social,

EL MARXISMO

especialmente coma tal es apeticida. Desde luego que no es el pl

mania. También las necesidades estéticas pueden consi­derarse comu influyentes en la vida económica. En la arquitectura se manifiesta, particularmente, la relación de la economia con el arte; pero hasta un arte tan lejano á la lucha por la existencia, como la música, necesita de base económica. Pianos y órganos son instrumentos cuya com­plicación exige, para ser elaborados, un estado progresiv() de la técnica industria\. El placer que nos procura la au­dición de una ópera hermosa, no consta, ciertamente, de elementos económicos; mas púa disfrutarla no bastan el talento del compositor y las' dotes del cantante; se nece­sita, además, disponer de medios materiales obtenidos por el trabajo económico. instrumentos musicales y construs",

EL MARXIS.'\O

ciones que reunan aquellos requisitos técnicos que una re­presentación musical exige.

La ciencia igualmente se levanta sobre lIlla base ma­terial creada por la economía. La imprenta, quc eS un;) industria como todas las demás, debe su ill\'encilÍn á mo­tivos complctamente económicos; á la aspiración dc un hombre emprendedor á reducir los costes de producción de los libros.

El saber tiene sus mcdios de trabajo materiales, sus instrumentos, como la industria t¡(lle los snj"os. Y

La misma religión tíene su base económíca. 1.<1 arqui­tectura nació de la cOllstrucción de templos, y basta buy siguen siendo los templos 103 lIlás grandiosos productos del arte de construcción. En Rusia hay pueblos enteros, cuyos habitantes se ocupan, exclusivamente, en la cons­trucción de imágenes, industria que descansa en Ulla di­visión del trabajo IllUY desarrollada.

Todas las necesidades de los hombres, pues, son mo­tivo de trabajo económico que de este modo llega á ser la base universal de cada actividad humana. La mayor in­fluencia de la economía en la vida social no está precisa­mente en que "los hombres tienen que comer, bebery vestirse antes de hacer política, ciencia, arte, religión, et­cétera", sino también en que ~Ia politica, ciencia, etc.,,, deben su base real á la economia y SOIl inseparables de ella. Cualquier rama de la vida soci<11 que consideremos

EL MARXISMO

ha de mostrarnos siempre que su primer paso consiste en la adaptación de sus condiciones reales á fines determi­nados y especiales, en la economía, por tanto.

En esto consiste la situación central de la economia en la vida social. Desde este centro económico parten en to­das direcciones radios que equivalen á otras tantas acti­vidades sociales distintas. Asi como el centro es el punto de unión de todos los radios, que sólo en el centro se en­cuentran, la economía social une á todas las actividades sociales que tienen en ella su punto común de relación. Todo lo que en el centro ocurre tiene que reflejarse en los radios. Cada alteración profunda de la economía social tiene igualmente que ocasionar alteraciones en todas las ramas de la vida social.

Sin embargo, no puede olvidarse que la vida social no coincide con la economía en toda su extensión, sólo en cl centro coinciden los radios, después se separan cada vez más uno de otro. La significación del estadio económico es muy distinta en los diferentes campos de la actividad social. El trabajo para la propia conservación, es sólo eco­nomía. De las demás actividades que sirven á la satisfac­ción de otras necesidades sociales no puede decirse lo mismo. Así la aspiración al poder social solicita muy di­versas acciones del hombre. necesitadas de la base eco­nómica, en efecto; pero que exceden en mucho de ella. Una empresa guerrera no es tampoco exclusivamente

economía, ni los éxitos guerreros se deben tan sólo á la

posición económica de los combatientes. Así los bárba­

ros aniquilaron al imperio romano. La administración de

justicia tampoco es meramente una economia. Ciertamen­

te que el mantenimiento del derecho presupone una base

económica; por ejemplo, el derecho penal moderno no se

concibe sin prisiones, las que tienen que 5e r con5truidas, por tanto; pero la misión del juez, cxcede mucho de esta

órbita. El Arte v la Ciencia tienen también un gran contenido extracconó~lÍco.La relación de la ('(onomia eDil todas las bellas artes se accntúa particularmente eDil la arquitectu· ra. La arquitectura griega, por ejemplo, 110 podría des­arrollarse en un país quc careciese de piedra de construc­ción, como RlIsia. A su vez la arquitectura rusa está en intima conexión con la riqueza en bosqlles del país. Pero tampoco la arquitectura C0ll10 arte bello es UIl ~lIero pro­ducto de la economía. El capitalismo moderno, ;¡ pesar de toda su fuerza económica, se muestra incapaz de crear IIn lluevo estilo, viéndose obligado j seguir eclécticameJlte

los de épocas pasadas. . . Tampoco el florecimiento de la filosofía y de. la CICII~1a de ende exclúsivamente de la riqueza económIca. La ln­ca~acidad de los Estados Unidos, el país del lTIund.o de mayor poderíO económico, de hacerse cllltl1T

prA. El entusiasmo religioso fué muy grande en los prltlleros años del cristianismo, aunque el culto era muy sencillo y carecía de toda suntuosidad; mientras que en nuestros días los más hermosos tem plos no son capaces de vencer

la creciente indiferencia religiosa. Las diferentes actividades, cuyo contenido constituye

LL ,\\ARXISMO

el comercio social, forman como una escalera cuyos pel­daflOs i¡¡feriores son la producción de los mcdios de vida IllÚS indispensables, que no son otra cosa que economía; lIIientras,J medida que se asciende, el trabajo económico \LI siendo una parte cada vez más reducida de la corres­pondiente actividad. Cllanto más elevada es una necesi­d.ld, menor es el papel que tiene el trabajo económico en la satisfacción de la misma. Las actividades superiores licnen lIna significación personal, independiente de la eco­Jlümia, y seria absurdo considerarlas como un producto pa::;ivo ó un mero reflejo dc la economía. Pero como el progreso histórico consiste precisamente en la espiritua­lización del hombre, en trasladar el punto de gravedad de su vida, de las necesidades fisiológicas inferiores de la :iustl:ntación á las necesidades superiores del espíritu, parece que tendrá también que decrecer, en el curso de la Iiistoriu, la significación social del momento económico.

III

Además de la relación directa existente entre la eco­nomía y todas las demás manifestaciones de la vida, hay que considerar otra mediata entre ellas, y que procede de haber sido y ser la economía la ocupación de la gran ma­yoría de la población.

El número de las personas libres de todo trabajo eco­nómico es muy reducido yera todavía antes relativamen­te menor en comparación con las clases trabajadoras. Así, cada cien personas de la Í'ltal población prusiana, aten­diendo á su actividad, estaban repartidas de esta forma(J):

(1) SOlllbarl, La economla alemana en el siglo XIX, 1903. pági­na ·191.

EL ,'1 ARX IS~\O

1843 1895

1. En ocupaciones económic¡¡s (agricultu­ra, industria, comercio, transportes y servicio domésticol , . . . . .. 95,5 liH,3

11. En ocupaciones 110 económicas (sen'ido milit.a. emplc.¡

Cierto que 110 puede la cstadística de oficios constatar la relativa importancia social de las diferentes activida­des, ya que el valor social de cada una no debe medirse por el lIúmcro de 110mbres ocupados en ella. Los trabajos de un Pastcur Ó Ull Wcrner Siemens, aun desde el punto de vista de su importancia para la riqucza social, ticllen más valor quc el trabajo económico de miles de obreros fabriles. Que el número de los hombres ocupados en tra­bajos no económicos sea peqlleiío no dice nada sobre su menor ó mayor valor social, sino tan sólo la superioridad cuantitativa del trabl¡jo económico. La mayor parte de la fuerza de trabajo de que dispone la sociedad es acapa­rada por la economía, lo que se explica de un lado por la particular urgencia de las neccsidadcs imprescindibles para la conservación de la vida, y de otro por el gasto de fuerzas que ellas exigen debido al escaso grado de pro­ductividad de trabajo hasta ahora conseguido.

El hombre está y estuvo siempre solicitado, ante todo, por trabajos económicos; todo lo demás, por muy intere­sante que sea, exige tan sólo un gasto de fuerzas incom­parablemente menor por parte de la sociedad. Pcro sien­do la vida del hombre inseparable de su actividad, y te­niendo ésta predominantemente carácter económico, se

EL MARXISMO

lO! lleva á cabo una influencia indirecta de las condiciones dd trabajo económico sobre las restantes actividades. La acción directa del trabajo económico sobre las de­más actividudes tiene un carácter más exterior, y no de­krmina su contenido más íntimo. Cierto que la economía da lienzo y colores á la pintura, mármol á la escultura, instrumentos á la música y á la literatura papel y demás útiles; pero el cuadro que haya de pintarse, la escultura que salga del bloque de mármol, el trozo musical ó lite­rario que resulte, no dependen inmediatamente de la ad­quisición de la base material del arte. El predominio social de la economía, como principal ocupación del hombre, tiene como consecuencia, que e\. contenido del arte esté también determinado por las condiciones económicas de la vidil del hombre. El artista vive en un medio que espi­ritual y materialmente ejerce la mayor influencia sobre sus creaciones. Taine ha descrito perfectamente la importancia que el medio espiritual de una época histórica tiene para el carácter de su arte. Sólo una parte muy pequeña del tesoro espiritual de cada hombre, no excluyendo á los genios, puede ser considerada como su dominio individual; todo el resto se lo debe al ambiente, al contacto Con los demás hombres y al conocimiento de los productos de su acti­vidad. "Así como hay una temperatura física-escribe Taine-que con sus alteraciones hace posible la aparición de esta ó aquella especie vegetal, hay también una moral que determina
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