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Bi buoteca sociológi ca los fundamentos teóricos


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BI BUOTECA SOCIOLÓGI CA


LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS

DI'L

MARXISMO

POR

M. TUGAN -BARANOWSKY

Prore,or de .a Universidad de Petrogrado

TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN Y PRÓLOGO

R. CARANDE THOVAR

MADRID

HIJ~I DE REUS, EDITORES Caliizares, 3 dupdO. '19'16

CS PROPIEDAD Dc LOS EDITORES

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR

Me proponía haber ampliado' mi labor precediendo este libro de una introducción acerca de los problemas estudiados por Tugan-Baranowsky en la crítica de Marx que hoy presento en espailol. Causas diversas han dete­nido la obra emprendida, ocasionalmente, con este obje­to, por lo que no está, todavía, en condiciones de publici­dad, y su aparición tiene que ser aplazada. El tiempo que medie, hasta cuando salga á luz, servirá para poner ma­yores exigencias en el trabajo realizado y completar, en lo posible, las referencias que han de ilustrarle, sobre lo

esencial de las controversias sostenidas' entre l,os econo·

mistas más ó menas afines á Marx, con motivo del análisis

y la critica de su sistema.

No por tener 'pendiente este proyecto me juzgo dis­

pensado de escribir unas lineas, á modo de prólogo, y lo

hago movido: primero, por la conveniencia de justificar

la elección de este libro, y, además, la de añadir unas

breves indicaciones referentes á su autor, y al sentido de

su crítica.

Ili¡us de Reus, illljlrc,;orc,; e.1íHZJICS, 3 uupJo. -M"DmD

PRóLOGO

L;JS palabras con que comicnza el prólogo de Tugan­Baranowsky, nccesitan entre nosotros algo más, sin duda, que una ateuuación. En ningún otro pucblo CUrOpe,), tal vez, pareccrían más ocios~s que cn el nucstro. La po­breza de la producción científica española no puede verse

desmentida, natllTalmentc, cuando se trata de los estudios económicos. No es sorprendente, por lo mismo, que el nombre de Marx evoque, para muchos lectores espaiio­lcs, nada más qne movimientos políticos y organización proletaria: la IntcrnaciOllal, á lo sumo. Dc Marx, como filósofo y economista, COl1l0 forjador de la cicncia social, sabido es quc, en Espaiia, apenas se hú escrito (1); sin

(1) De lo, tr~baios dedicados al marxismo, en general, ú ,í socialismo. Fundamentos del sist..ma m,¡r.ústll. ¡'.lior y trabajo. (Madrid, 1910). debido al Sr. Pérez Diaz. Es un torno de

vastas proporciones, primero de una obra que no ha continuado publi·

c¡índose, ¡lasta la fecba. Su anlor ha dedicado un persc\'erantc trabajo

á exponer alguna de las categorías Ílll1damcnlales en el proceso de la

producción capitalista. SigLle fielmente, en su exposición, el orden adop·

tado por Marx en El Capital, sin que baya rebasado, hasta abara, las

dos primeras secciones. de las siele que tiene el primer tomo. (Es decir,

139 páginas de. las 739 de dicho volumen.-Veo la ~." edición alema­

na.) El aulor transcribe algunos eapítulos íntegros, sin privarse de aña­

dir, á continuación, un resumen de los mismos. Otras veces descnvuel·

ve asuntos que en El Capital aparecen nada más que iniciados. Los úllimos capítulos los dedica á obtener algunas conclusiones de lo ex­

puesto. Esludios l1reves dd sentido gencral del muxis1l1o, ¡wcdcn citarse: un prólogo ,11'1 lraducción espaJ10la de la .1fis,'rill di' f.l ji!osof/a, debi­da á José Mesa (:\ladrid, 18DI), en el (11lC se atiendc, principalmente, á la pol~l1lica con Proudholl, ¡¡sunlo del libro; dos conkrencias dd profe­S(lr D. frandsco ilcrnis (Carlos :1f,¡rx, Madrid, E)l~), Lls que no sólo

PRóLOGO VII

perjuicio ~le que, más de una vez, se haya proclamado, en periódicos y conferencias, como incuestionable, la banca­rrota dcllllarxísmo. En cuanto al caudaloso venero de in­\'estigaciones que ha brotado en muchos países, de la po­lémica habida entre marxistas ortodoxos y heterodoxos, aquí no ha alimentado fruto original alguno, como es con­siguicnte, ni, lo que parece previo, han llegado á ser bien (ollocidos los frutos ajenos.

Siendo así no corre Tugan-Baranowsky el riesgo que temc, oc cansar á sus lectores por lo dcbatido del asunto. De los modernos críticos de Marx, es éste uno de los más apreciados en Alemania y fuera de allí por los más co­

ex;¡minan prohlemas esenciales del sislema marxista, sino también la

I;¡],or de sus clÍticos más autorizados; y, por último, el libro del profe­

sor D. Adolfo Posada, Socialismo y reforma social (Madrid, 1901).

(,'nticne un;¡ serie de estudios bleves dedicados á analizar algunos con­

eeptns fundamenlales del marxismo; acoillpañados de numcrosas nolas

hihliográficas.

Sobre uno de los problemas capitale.s del marxismo: la interpreta·

c¡';n econúmica de la historia, publicó el mismo Sr. Posada, en 1908, un

estudio preliminar en la traducción española del libro de Seligman, muy

documentada también. Algunos aftas antes. en 1905, el profesor D. Pé­

lipe S:ínchez Román leyó un discurso sobre El materialismo histórico

m relación con algunas de las principales institucio;ICS civiles del dr'

recl/o privado, al ingresar en la Academia de Ciencias Morales y Políti­

cas; en la réplica hizo el Sr. Azcárate algunas-breves consideraciones, de

interés, sobre la historia de la concepción materialista. No recuerdo alw­

ra ningún trabajo más que estudie el marxismo en sus principios funda­

mentales y teóricos. Al estudiar otros autores el socialismo, el sindic'l­

lismo y la llamada cllestión social, citan á Man¡ y hablan del socialismo.

cielJtifico, del coleclivismo, etc., desde un punto de visla que no es el de

esla obra, por lo que se. prescinde. de citarlos aquí.

No es esla ocasión oportuna tic juzgar los trabajos enumerados, ni

lubria enllna nota cspacio para ello, pero, para terminar ésta, he aquí

una lista de las traduccione~ espailolas exi~ten~es,de las obras teOrica~

VlIl PRÓLOGO

nacidos economistas, sin distiución de escuelas. Kautsky, el más autorizado intérprete de Marx, juzga que es Tu­gan de los que más hondo han penetrado en estos pro­blcmus, y que su nombre se cuenta entre los que han aportado algo positivo á la ciencia (1).

Tugan-Baranowsky es profesor en la Universidad de Petrogrado, y muy ventajosamente reputado en Alema­nia desde 1900, fecha en que publicó en alemán, á la vez que en ruso, un notable estudio sobre las crisis co­merciales en Inglaterra (2). Ya entonces, partiendo de principios marxistas, llega á soluciones propias que le se­paran bastante del maestro.

Aunque parezca extraño, dado 10 abundante de la li­teratura marxista (3), es difícil encontrar una obra que,

de Marx: De El Capital, aunque únicamente del primer tomo, hay tres. La más antigua, debida á D. Pablo Correa y Zafrilla (Madrid, 1886), eslá mutilada, le falta el cap. Xlii, íntegro. Hay una completa, la única recomendable. del ilustrado socialista argentino Juan n. Justo (Madrid. 1898), y, por último, otra del famoso compendio de Deville, hecha por

T. Alvarcz (Madrid, Sempere); La Critica de la Economla pallUca. traducida por Bardel (Barcelona, Granada); La Miseria de [a filosofía, tradllcida por José !Ilesa, con una breve carta de Engcls (Madrid. 1891); del .\1ani/iesto Comunista, entre ottas, una moderna (lIladrid, 1906), de

R. Garda Ormaechea, precedida de la introducción que puso Andler á la traducción francesa. Hay también traducciones del trabajo publicado bajo el título: Precios, salarios y ganancias, y de los artículos sobre la revolución de 1848, titulados, en español: Revolución y contrarrevo[ll' dón, por A. Ramfrez Tomé (Madrid, 1904).


(1) Neue Zeit; XX, 2, pág. 57.


(2) Stl1diell zur T}¡eorie llnd Gcschichtc der liandelserisen ill EIl­gland. Esta obra fué traducida inmediatamente al ingl¿s, y, hace muy poco tiempo, se ha puulicado tambkn ea Francia.




(3) We¡¡¡er Sombar! habla úe 300 escritos sobre lIlarx y ofrece una colección cronológica de ellos en su Arrilio jür Soziai:;;'issenschaft ltlld Sozialpo[itik (tomo XXI). Posteriormente, R. lIliclicls, ca el mismo Ar-

PRÓLOGO

dentro de tan reducido espacio, contenga un estudio tan inteligible de todo el sistema, como la presente.

La grqn extensión del excelente libro de Hamma­cher (1) dificulta la empresa de su versión, y, más aún , la de su publicación en nuestra lengua. Obras como ésta encuentran pocos lectores, cuando no han sido precedi­das de algunas que hayan presentadó el tema, facilitando sú comprensión, y ampliando así el círculo de los intere­sados en los problemas teóricos que investigan. Conse­guido esto, su elección seria indiscutible. De las demás que atienden, juntamente, á las doctrinas filosóficas y eco­nómicas de Carlos Marx, como la de Wenckstern (2). Ma­saryk (3) y Biermann (4), ninguna ofrece, con tanta clari­dad como la de Tugan, una visión de conjunto de los pro­blemas fundamentales; aunque no puede olvidarse Que, en algún momento, su crítica y su exposición, indebidamente unificadas, llegan á alterar el sentido de una interpreta-

chivo (torno XXVI), completa la serie con la bibliografía marxista ita­liana. Tenícndo presente que lo más intenso de la crítica del marxismo comienza después del año 1894. en, el que terminó Engels la publica­ción de El Capital, 6, aún más tarde, en 1899, cuando Bernstein, con sus Voraussetzungen des Sozialismus, inicia la polémica revisionista. y que la serie de Sombart, además de no ser complel:J, tiene más de ocho años de antigUedad, se comprenderá lo considerable de la producción científica dedicada á Marx, la que ha formado, sin duda, el punto cen­tral de las polémicas teórico-económicas de nuestros días.

(1) Die philosophischókonomische Sistemdes Marxismus, Leip­zig, 1910.

(2) Marx, Leipzig. 1896.

(3) Die philosophisclu?II ulId soziologischen Grundlagell des Mar­xismlls, 1899. De esta obra, que está traducida al francés, hay una crí­tica en la versión española del libro de Labriola: Dd materialismo his. tórico, Sempere, Madrid.

(-1) Di¿ Wcltanschahung des Marxismus, 1908.

I'W)¡OGO

ción auténtica, Ó á prescindir de extn.'lllos escllciales, y esto explica los juicios severos forlllulados por algunos marxistas al criticar este libro.

Cumiellza con un estudio de la concepcióll llJail:ri,¡­lista de la historia qlle absorbe más dc la mitad de la obra. En primer lugar presenta un úetenido análisis de los factores sociales que, en distinta medida, informan el curso de la historia. Sin abandonar la concepción causu­lista, considera decreciente la importancia del momento económico inconsciente en la determinaciLÍn del procbo histórico, llegando á descubrir, á lo largo del mismo, una emancipación del hombre frente á las fuerzas eCOllijmicas. como conqnista del progreso, especialmente, en cuanto se expresa en el aUlllento de la productividJd del traiJ:ljo, al mismo tiempo que "la evolución social va ¡¡umentando d valor de los intereses económicos, C01110 motivo cons­ciente de las acciones humanas". En esta doble relación desintegra Tugan, la influencia de la eCOllomía en la his­toria. El estudio de cada uno de los factores que aporta y sus numerosas referencias doctrinales y de observación, son de gran interés; sin embargo, su mayor mérito resi~ de, tal vez, en la fijación del concepto de fuerza produc­tiva, difícíl de hallar de un modo preciso en los escritos de Marx. de Engcls, ni de otros autores que han estudia­do el problema. (Hammacher ha rectificado este con­cepto.)

Su crítica de la interpretación materialista de la his­toria no ataca la posición que han defendido los marxis­tas más significados. Como dice Bernstein, toda la dis­cusión de I\alltsky Con los revisionistas gira sobre el

PRÓLOGO Xl

sentido que ha de darse á la palabra determinismo em­pleada por tinos y otros. Sin pretender separarse del es­píritu que informa la interpretación marxista, aceptándo­la plenamente, escribe el mismo Bernstein: "El ma­ll:rialislllo filosófico ó naturalista es determinista; la iuterpretación materialista de la historia no lo es, ella no a tribuye á la base económica de la vida de los pueblos una iufluencia incondicionada y determinante de su es· tructura" (1), y, después, añade: "La interpretación eco­nómica de la historia no pretende decir que sólo deben ser reconocidas fuerzas económicas ó motivos económi­cos, sino, únicamente, que la economía forma la fuerza si cmpre decisiva de la lIistoria, el eje de sus grandes mo­v imientos. Las palabras interpretación materialista de la historia detienen todas las malas inteligencias que, en general, ha despertado el concepto del materialismo" (2). Ya se ve 10 lejos que están estas conciusiones de las que Tugan defiende.

Cuando del revisionismo ha partido el reconocimien­to de que en ningún momento desconocieron Marx ni Engels la influencia de factores no económicos en el curso de la historia, sino que siempre los tuvieron pre­sentes, y que tan sólo se trata de medir el alcance que

ha de atribuirse á las fuerzas ideológicas en la evolución de la historia, sorprende que Tugan, buen conocedor de Marx, pueda aceptar la censura fácil de los que afirman que Marx y Engels han partido de una concepción muy

(1) Vorallssetzungen des Sotialismus, pág. H.

(2) ¡dent, id., pág. 7.

XJI PRÓLOGO

baja de la naturaleza hum:ma y que "ignoraron, si no ne­garon, los más elevados impulsos de nuestras acciones", Censura doblemente injustificada si se tiene presente que Tugan sostiene que de la concepción materialista de la historia podría hacerse, sin dificul1ad, mediante su recons­trucción, una doctrina científica muy utilizable, y toda la modificación propuesta se reduce á ampliar el concepto de economía hasta comprendcr en él todo trabajo huma­no dirigido á vencer la resistencia de la naturaleza exte­rior; reforma, por otra parte, bien ociosa, puesto que Marx, como Tugan reconoce, ya había elaborado este concepto (1).

Así como Tugan acepta, con las reservas indicadas, la~ interpretación económica de la historia, rechaza en cambio, terminantemente, la teoría del valor-trabajo de Marx como equivocada, y la de la plus-valia como insu­ficiente para explicar la explotación capitalista. En cuan­to á la teoría del valor-trabajo, que élllall1aabsoluta-por entender que Marx acepta ese único elemento corno constitutivo del trabajo y diferenciarla así de la relativa de Ricárdo-, la abandona, cediendo su puesto á la teoria de la utilidad-límite. Tugan considera ésta como una de las conquistas definitivas de la ciencia económica é in­conciliable con la teoría marxista del valor. En afirmar esta incompatibilidad coincide con Kautsky defensor, en toda su pureza, del criterio marxista.

Para Bernstein, cuya posición frente al problema acredita su sagacidad y también su espiritu ecléctico, no

(1) Véase Vorliinder. Kantund Marx, 1911.

PRÓLOGO XIII

existe semejante incompatibilidad, sino que ambas teo­rías corresponden á distintos factores en la determinación del valor; factores que, ni se excluyen, ni pueden ser con­fundidos: los costos y la utilidad; lo que podría llamar­se la materia, ó contenido del valor, trabajo acumulado, según la terminología marxista, y la forma, ó sea la utili­dad (valor en uso), segundo factor, que se determina en el mercado. Pero donde reside lo más personal de Bernstein es, seguramente, en proclamar que Marx "ha incluído siempre, resueltamente, en el concepto del tiempo de trabajo social necesario, determinante del valor, el mo­mento de la necesidad (Bedarjsmoment). (1); y, única­mente, atendie,ndo á que esta relación permanece siem­pre indeterminada en la naturaleza de las mercancías, hace Marx abstracción de ella, en su determinación del valor como la suma de trabajo social necesario de que la sociedad dispone; pero en ningún caso desconoce aque­

lla relación.

En lo que Tugan y Bernstein concuerdan es en dis­

cutir á la teoría del valor el carácter de imprescindible

para demostrarla explotación capitalista, que otros marxis­

tas le reconocen. Tugan, llegando mucho más lejos que

Bernstein, afirma que la teorIa de la plus-valla es super­

flua como base explicativa de la explotación capitalista.

De aquélla no acepta más que su contenido social; no su

fundamentación económica. La ley de la ptus-valfa no

explica por qué'su tot2lidad cae en manos de los capita­

(l) Su artículo •Arbeltswert oder Nul:twerlr (Zur Theorie und (jesc!licllte des Socialismus, Tel1 I1I), que ratififa y amplía las conclusio­nes de las VoraussetZlI1lgcn, es del mayor interés,

XIV PRÓLOGO

listas. Marx mismo, dice Tugan, tielle que explicar este fenómeno en otra sección de El Capital, al tratar del pro­ceso de la acumulación; y es que la distribución de la riqueza no está en relación de dependencia con ninguna teoría del valor. Este es el punto de partida de uno de sus trabajos más recientes, donde pretende fijar la base social del provecho y del salario, distanciándose en igual medi­da de la escnela psicológica y de la marxista, respectiva­mente, en cada problema. Su estudio (1), ha sido l11uy cri­ticado por los marxistas; principalmente, por prescindir del valor como factor determinante de la distribución (2). Precisamente, de lo inadecuado de la teoría del valor como clave de la economía capitalista parte Tugan cuan­do niega al marxismo el carúcter de socialismo científico y defiende, en su lugar, las anteriores concepciones so­cialistas llamadas utópicas (3).

En la sección tercera y última de su libro, Tugan examina la teoría de la descomposición del capitalismo, y apoyándose en su propia teoría de las crisis, presenta puntos de vista seiJaladamente personales. Por lo pronto rechaza la concepción generalmente aceptada por los eco­nomistas, sin distinción de escuelas, de la necesaria co­rrespondencia entre la producción y el consumo de la ri­queza, y dentro de ella, particularmente, la doctrina de la falta de salida para los productos capitalistas-incensante

(1) Sozialc [¡¡carie ,1<'r V,'rlei/¡/llg, I3erJín, 1913.

(2) Sirva de ejemplo ];1 de BlIcll"rill, Eill<' Okollomh' Olllll! Iral. Die Nelle Zeit. (XXXIl, 3d., 1).

(3} Sobre el particul¡¡r: La evolución histórica d~l Jocíali~mo ma­d1!TII0, delmísll\o autor. pcndicntc de traducción castellana.

PRÓLOGO XV

y anárquicamente lanzados al mercado-, doctrina que. coma es sabido, representan no solamente los marxistas.

TlIgall piensa que aquella correlacióu no es esencial para el capitalismo por ser éste un sistema económico antagónico, es decir, un sistema en el cual el sujeto cco­nómico-capitalista-, no coincide con el trabajador, y posee la fuerza de hacer de éste un simple medio eco­nómico. En su consecuencia, su objetivo, el destino de sus productos, no es el consumo, silla la producción mis­ma. Y, siendo así, no puede darse el anunciado conflic­to por la falta de mercado. El capitalismo obtiene, ante todo, medios de producción, y como el incremento de la producción no tiene otro límite que el de las fuerzas productivas, aún decreciendo el consumo social, puede aumentar la demanda social de mercancías, por muy ex­trafto que esto parezca. El hecho se explica porque la misma marcha ascendente de la producción capitalista crea un mercado de medios productivos-material de ul­

teriores elaboraciones-, como ocurre con las industrias del hierro y del acero; todo á expensas de una reducción de los productos dedicados al consumo, y de este modo todo riesgo de una superproducción resulta imaginario. La producción capitalista se crea un mercado propio -mer­cado de productores-, el consumo no es más que uno de sus momentos y la acumulación capitalista, con inde­pendencia de las formas actuales del beneficio y del con­"111110, puede pro!ongarse hasta el infinito; el riesgo de ulla superproducción sólo puede aparecer como una IIlO­mentánea falta de proporcionalidad en las inversiones de capilal puestas en curso. Este es, trazado á grandes ras­

XVI PRÓLCGO

gas, el proceso que sigue y el porvenir libre de toda in­quietud quc, según Tugan, se prcsenta á la producción capitalista,

Muchos de los elcmcntos de que Tugan sc sin'e SOl] puramente marxistas; personal es, en cambio, el empico quc hace de ellos, y, consiguientemente, las conclusio ncs que obtiene. El incremcnto dcl capital constante (má­quinas, mcdios dc producción, ctc.), á costa del variable (salarios), cs una expresión capitalista ~e la crcciente productividad del trabajo, fcnómeno que se daria aún en mayor escala, dentro de un orden socialista~armónico, según la terminología de Tugan~descartados alli SLlS presentes conflictos. Es una ley, la del constante dCSCCll­so de los medios de consumo, establecida por Marx como csencial, aunque á Tugan corresponde haberla IIt'­vado á extrcmos paradójicos. En cuanto á la proporcio­nalidad que se da en los esquemas marxistas de la rcpro­ducción ampliada, prescntados por Tugan, llega á teucr lugar en un caso posible y único, según Kautsky; pero Tugan cifra en dicha proporcionalidad la ley inmancnte de la evolución capitalista. Mal se aviene, desde luego, esa normal proporcionalidad, que Tugan sostiene, con la apariciólT histórica de crisis de superproducción que si­guen inqefectiblemente á todo periodo de prosperidad industrial en los países en que impera la gran industria; fenómeno que no ha llegado á eliminarse con la expansión del mercado capitalista en países económicamente inferio­res. Además, este mismo hecho, el haber intensificado las industrias capitalistas la elaboración de medios de producción, que se exportan á otros países, en lugar de

PRÓLOGO XVII

los artículos de consumo, sólo muestra que la órbita del capitalismo se ha ampliado, y que muchos de estos paí­ses, antes tributarios, producen hoy ya lo necesario para su consumo, y pronto su misma industria producirá los materiales que hoy compra y se irán cerrando así otros tantos mercados, haciéndose cada vez más dificil la reali­zación del capital acumulado. De la confrontación de sus esquemas con la realidad, prescinde Tugan.

De este modo, aceptando como ilimitado el proceso de acumulación del capital, desecha el supuesto de que el fin del capitalismo pueda estar determinado por moti­vos económicos. "La economía capitalista no lleva consi­go elemento alguno que en un momento haga su vida imposible" (pág, 258). Contra 10 que pudiera pensarse no es esto profetizar para el capitalismo una vida ilimitada; lIlás aún, el orden económico socialista tiene que suceder­

le necesariamente. Esta necesidad fatal la descubre Tugan

fuera del mundo de la economia; reside, en el antagonis­

mo del orden económico reinant~ con concepciones jurí­

dico-morales cada día más extendidas. Tugan intenta dar

una fundamentación ética al socialismo, empresa en que

le acompañan prestigiosos socialistas que no han renun­

ciado por eso al marxismo (1).

La necesidad imperiosa de que el capitalismo termine

nace de la contradicción del principio fundamental capi­

talista, que hace del hombre un simple medio económico,

(1) Sobre el asunto véase, en el libro citado de Vorl,índer, abun­dante bibliografía.

XVlll PRÓLOGO

con la norma ética fundamental, según la cual, el hombre, como sér de razón, es siempre fin en sí (I(ant).

Lo qu~ no puede, seguramente, proclamarse, es el an· tagonismo de esta I10nna con la doctrina de Marx. ALIIl cl\.lndo en los escritos de Marx no llegue á formularse una cimcntación del socidisll1o sobre principios éticos­pues Sil labor fué por Il1UY diverso camino, se encuen, tran en ellos pasajes quc revelan su visión del pro blema en términos clarísimos: "La transforlllacíó 11 del obrero en una bestia de trabajo es un método para preci­pitar la propia realización del capital: la producción de plus-valía; y humanizar al trabajador en el proceso de la produccióu es un derroche, sin fin y sin sentido" dice en El Capital-tomo III, pág. 61-. Algo más adelante: que "la producción capitalista, mucho llIás que ninguna otra, es una disipadora de hombres y de trabajo viviente; disi­padora, no sólo de carne y de sangre, sino de nervios y cerebro. -tomo III, pág. 63-. Sobre tales afirmaciones, es aventurado asegurar que Marx haya juzg-ado demasia­do favorablemente al capitalismo (1).

Hay una serie de postulados éticos de los quc no se puede prescindir al fundamentar el socialismo como aspi­ración ideal á un orden social más justo, ellos preparan su implantación, que sólo se realizará mediante cOlldicio­

(1) Pasajes citados por Vorliindcr: Kant u/Ul .IJarA'. Culibro de 1111 marxista, consagrado, en gran park, al proil]cm:J de la reconstrllcciól1 del marxismo sobre la ética de Kanl, r.': .11"rxistisrf¡, ProUlelllf, Stll!lgart, 1913. Sil autor, I\\JX Adlcr, considera esla rcconslrllcdón no .ólo posible, sino necesaria.

PRÓLOGO

nes económicas que determinen la desaparición del capi­talismo. y aquí termino, pues sólo me propuse con estas indi­caciones, seflalar, por el sentido de este libro, principal­mente, la peculiar posición de Tugan frente al marxismo, comparándola con la propia de los marxistas puros y los revisionistas. Sólo me resta expresar mi gratitud al autor

por las facilidades que ha dado-para la traducción, y mis (!eseos de que ésta sea de utilidad para los lectores espa­flOlcs.

R. CARANDE THOVAR.

Madrid. Noviembre 1914.

PRÓLOGO

La aparición de un nuevo libro consagrado á la crítica del marxismo necesita tal vez una justificación. El públi­co está al parecer cansado de la lucha constante entabla~ da entre "ortodoxos" y "revisionistas", en la que también han tomado vi va parte varios economistas "burgueses". Con todo, la crítica del marxismo no puede terminar mien­tras esta contienda no quede definitivamente resueIta, porque no en vano está el marxismo en el punto céntrico de las actuales investigaciones, gracias á su enorme tras­cendencia como doctrina científica y como movimiento social. Esto explica por qué "la literatura de polémica de

nuestra época es por antonomasia la marxista., como re­cientemente dijo un teórico distinguido y vehemente enc­lIligo de la misma. .

El presente escrito persigue no sólo fines de polémi­ca, que si en él se hace la crítica de las doctrinas de Marx, es intentando poner, junto á la negativa. crítica positiva también y aspirando á valorar y desarrollar lo sano ycxac­t o del marxismo. Adopté esta actitud en presencia de las .teorías críticas existentes, por lo mismo que quería servir .á las grandes y nobles causas que el mismo Marx tan biell

PRÓLOGO

ha defendido. Mis ataques polémicos no los dirijo á Marx como socialista; por el contrario, cuando me pronuncio contra la fundamentación marxista del socialismo, es sólo con la intención de cooperar á una fundamentación del socialismo mejor y más adecuada al moderno estado de la ciencia.

La selección que hago de las doctrinas de Marx, me fué dictada por la siguiente consideración: en el sistema marxista, en tanto que no es un sistema de politicJ social, hay que distinguir la teoría abstracta, social y econó­mica, de la investigación bistórica y de las tendencias evolutivas del capitalismo. Lo mismo ha de decirse de la crítica; la de la parte abstracta del sistema puede fun­damentarse en consideraciones generales económicas y sociológicas, mientras que el juicio de las construccio­nes históricas de Marx, es inseparable de una investi­gación de la historia concreta del capitalismo. En esk escrito se trata solamente de lo primero: de la parte ge­neral del marxismo.

EL AUTOR.

Berlln 13 ;-'¡uvicmbre IjO~.

SECCIÓN PRIMERA

CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA

CAPÍTULO f RIMERO

LAS iDEAS FUNDAMENTALES DE LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA

l. Conccpto d{~ la fuer~a productiva: Distinción entre las concepciont;>1: malt"riali~ta ~ id':JlistFactol es reales de la economía como fueraIs prodllctirms: -'~p~cllJ .sodal y maleria] de la tconomla. -Producción y cambio. -Dj~trihuci611.­13J::>l::! nt;,.¡lcrlah:s de la econornla.-La raza cOmo potencia cconómi¡';'I.-1l1. La dodn'· /la de la !I~cha de cIases: La clase en formación y clase constituida. ~ El fundamentn llc la uposíclón de clases.-Condencia é ín1ercses de dase.-Lucha de cluse-s.

La concepción materialista de la historia pertenece á aquellas construcciones científicas cuyo juicio debe co­menzar con la fijación de su contenido. Ninguna otra ex­plicación filosófica de la historia ha obtenido una litera­tura critica más extensa, ni ha motivado mayores equivo­caciones. Cada expositor ó cada critico ha dado su pe­culiar explicación de la célebre teoría, lo que es en parte debido á los defectos de forma en que incurrieron Marx y Engels cuidándose poco de dar una formulación precisa á sus ideas. Así se explica que los criticas se vean pre~ (isados á buscar, de cuenta propia, una mayor precisión que sirva de base firme á su trabajo.

EL MAHXIS.\IO

Conocida es la importancia que el concepto de las fuerzas productivas tiene en la filosofía de la historia de Marx. La evolución social toda, COIl sn complicación in­finita, descansa, según él, ell el desarrollo de las fnerzas productivas, ó mejor, como Marx repite. de las fuerzas productivas materiales. Pero no encontramos en sus es­critos-como tampoco en los de Engelsuna definición exacta de este concepto; ni se puede siquiera discutir que Marx haya usado este término en diversas y aun contra­dictorias acepciones. A veces comprende entre las fuerzas productivas los medios de producción y circulación, en otras ocasiones algo más indeterminado y amplio. Asi,lee­mos en su escrito contra Proudhon que "de todos los ins­trumentos de producción, la mayor fuerza productiva es' la misma clase revolucionaria (1). Evidentemente llama

n

el antor aquí fuerza productiva á todo aquello que fa\'o­rece á la producción social; sólo en este sentid,) pucde de­signar como fuerza productiI'a á una de las cl;¡ses de la sociedad. En este mismo sentido habla Marx á menudo de "la fuerza productiva del trabajo,. como equivalente á la productividad del mismo.

Pero dilatado de tal modo el concepto de fuerza pro­ductiva, desaparece toda diferencia entre la concepción materialista de Marx y las dominantes explicaciones "ideológicasn ó idealistas de la historia. En este sentido, ¿á qué 110 puede llamarse fuerza productiva? Religión,

(1) Marx, La miseria lit' la ji/osa/la, pág. IG9.

EL JllARXISMO

moral, ciencia, constitución política, derecho, etc., ejer­cen una influencia indiscutible sobre la producción social y SOIl, por lo mismo, otras tantas fuerzas productivas. Si llamamos fuerzas productivas á los mismo grupos so­ciales, se convierte al materialismo histórico en una mera tautología, en la inocente afirmación de que la evo­lución social está determinada por la de los grupos so­ciales.

Ciertamente que Marx quiso decir otra cosa cuando en su escrito contra Proudhon, estampó la siguiente frase: "Con la adquisición de nuevas fuerzas productivas trans­forman los hombres su manera de producir, y con esta va­riación en el modo de procurarse el sustento, cambian todas sus relaciones socialesn (1). Cometeríamos el mayor de los errores si quisiéramos dar al pensamiento de Marx tal significación, ó que la adquisición de nuevos conoci­mientos, el progreso de la ciencia, formase el momento culminante de la evolución históríca. Con esto quedaría cortado todo el sentido del materialismo histórico, y la peculiar teoría marxista de la evolución social, convertida en su contraria, en la usual interpretación "ideológica de la historia lO' _.Al cerebro. -dice Engels-, á la evolu­ción y actividad del entendimiento, se atribuyeron todos los méritos de una civilización progresiva; los hombres se acostumbraron con ello á explicar su vida por su pen­samiento, en vez de hacerlo por sus necesidades-las que ciertamente en el cerebro llegan á hacerse cons­cientes-, y así nació con el tiempo aquella concepción idealista que, desde el ocaso del mundo antiguo, ha

(1) Obra citada, pág, 9G.

EL MA¡¡XIS~IO

sido dominante (l). En el prólogo de su "Crítica de \i.¡ Economia Política", ha formulado lvlarx la idea funda­mental de S1l filosofía de la historia, con sus conücid¡¡$ palabras: "No es la concicncia del hombre lo que dder­mina su sér, sino, por el contrario, su sér social lo que determina su conciencia".

¿Qué otra cosa sino una mala inteligencia significa la afirmación del más saliente representante del moderno marxismo, Carlos Kautsky, cuando dice: "el cstado actual de las matemáticas pertenece tanto á las condiciones eco­nómicas de nuestra sociedad, como el dc la técnica me­cánica ó el del comercio mundial" (2). Con las matemá­ticas cuenta Kautsky la química y, sobre todo, la ciencia natural, en1re las fuerzas económicas, por la sencilla ra­zón de que tanto una como otra influyen en la econol11i~L Con la misma justicia podría considerar al Derecho y tam­bién al Estado, y, en general, á todas las ideologías C0ll10 "condiciones económicas de la sociedad existente por ser indiscutible la poderosa influencia que todas ellas ejercen sobre la economía". Y de este modo se consigue, como ya hemos dicho, suprimir toda distinción entre las concep­ciones materialista é idealista de la historia.

El mismo Marx parece que no estaba libre de tales rec­tificaciones. "La Sagrada Familia~ descansa ya en su nueva filosofía de la historia, y, sin embargo, en este estudio en­cuéntrase el siguiente pasaje: "lO cree la crítica haber comenzado siquiera á conoc'er la realidad histórica mien­tras excluya del movimiento histórico las relaciones teó­

(1) Engels. La participación de! trabajo en la trans.!ollllllrió,,¡ del mOl/O, Nlln'o 1'iempo, XIV, tomo, n. pág. 551.

(2) Kautsky, Qué quiere y qué consiglle la concepciól/ ItIllreria­¡¡SIn de la historill. Nllevo Tiempo, XV, torno 1, páf:. 231.

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ricas y prácticas del hombre con la naturaleza, la ciencia natural y la industria?" (1).

Por consiguiente, la cicncia natural y la industria SOII las (unzas motoras de la historia. Este dualismo hace re­corúar á Saiut-Simon que igualmente descubría en la cieu­cia y la industria las dos bases del orden social. Pero el lIIaterialismo histórico es una construcción monista y pre­cisamente considera como decisiva la práctica de la vída, y tIO d pensamiento teórico. Si es la ciencia natural una fuerza independiente, alIado de la industria, ¿por qué no ha de serlo también la filosofía cuya historia tan unida está con la de la ciencia? Y en este caso, ¿qué subsiste de la frase marxista sobre la conciencia y el sér social?

La ciencia natural, como el pensamiento teórico en ge­neral, considerados desde el punto de vísta del materia­lismo histórico, son un producto más bien que una causa de la evolución histórica. Es, con todo, mUY,característi­ca esta vacilación que reina en derredor de las ideas fun­damentales de la concepción materialista de la historia. La vaguedad del concepto de fuerza productiva, pone á la mentada doctrina en peligro de perder su debida exac­titud.

Esta misma circunstancia ha prestado á algunos marxis­

tas un servicio no pequeño, permitiéndoles designar to­

das las cosas del mundo como fuerzas productivas y ex­

plicar así fácilmente todas las dificultades del materia­

lismo histórico.

Así, por ejemplo, estas enigmáticas fuerzas producti­

vas tienen en los escritos de Plechanow, el mismo papel

(l) Colección de los escritos de Marx y Ellgels. tomo 11, 1902, pá­¡.;iJlJ 259.

EL MARXISMO

que las fuerzas vitales en la vieja psicología. Tacto se explica con ellas, pero callando siempre sobre lo que ellas seau y sus condiciones. Las fuerzas productivas son antepuestas á la e\'olllción social como su momento de­terminante, )' al mismo tiempo se las designa, con sor­prelJllente lógica, como fuerzas sociales é históricas mu­dables.

En"El ma nifiesto comunista" y otros escritos, ba ce en ~ tender Marx que las fuerzas productivas no son otra cosa que los medios de producción y circulación. Bien podría aceptarse esta fijación del concepto si \la fuera el más apro­piado para causar nuevos errores. Por medios de produc­ción se entiende corrientemente los instrumentos de tra­bajo, primeras materias y materias auxiliares; pero no las condiciones naturales de la producción, como clima, si­tuación geográfica del país, etc. Y la naturaleza es, cierta· mente, un~ fuerza productiva en sentido marxista, como Engels lo reconoce (1).

La identificación del concepto fuerzas producti\'as COIl medios de producción y circulación, tro pieza todavia con otras dificultades. ASÍ Engels llama "á la división del tra­bajo y á la cooperación de trabajadores en una manufac­tura" (2), nuevas fuerzas productivas puestas en movi­miento por la burguesía. La adquisición de nuevas fuer­zas productivas no es idéntica á la introducción de nuevos Ínstrumentos de trabajo, porque la manufactura en esta relación, se distingue muy poco del oficio. Ciertamente que el mismo Marx, con su modo de expresarse, ha mo­tivado una tal acepción del materialismo histórico, como

(1) Carta de El1geIs á Slarkenburg. DocullIe!ltos de'! sodalis­1/10, 1902, lomo 11, pág. 73.

(2) Engds, Luis FC/lcrbach, 2." edic., 18115. p.íg...S.

EL MARXISMO

si él viese en el descubrimiento y empleo en la produc­ción de un lluevo instrumento de trabajo la, única fuerza impulsora del progreso histórico (1). Con su reconoci­miento ete la manufactura como una llueva fuerza produc­tiva, prueba, pues, Engels, que su acepción de la doctrina !lO corresponde, en este punto, á su espíritu. Asi lo con­firIlla Marx cuando dice: "También en una constante for­ma de trabajo puede, el empleo simultáneo de un número n¡¡¡yor de trabajadores causar una revolución en las con· diciones rcales del proceso del trabajo mismo. (2).

Puede, por tanto, revolucionars~la producción sin qne los útiles del trabajo cambien, Ó, con otras palabras, es posible la evolución de las fuerzas productivas, aun sobre la base de UIlOS mismos instrumentos.

Es por lo demás manifiesto que el empleo de nue­\'OS instrumentos, en ningún caso deberá ser reconocido como fuerza dominante de la evolución social. Sólo en los tJempos más recientes se suceden rápidamente las inven­ciolles técnicas, mientras que antes corrían los siglos sin que se introdujesen modificaciones esenciales en los ins­tiUmentos de producción, y no por esto se ha detenido Lt marcha de la historia. El paso del oficio á la manu­factura; la reunión de los que antes eran pequeños pro­ductores independientes, en un gran' taller bajo la di­

.. (l) Así dice, por ejemplo, Kelles:Krauz, que la forma de la produc­Clan. conforme á la concepción materialista de la historia, está condicio­nada por "los útiles de la producción, por el equipo de instrumentos•.­KeIles-Kra.uz, ¿.Qué es el materialismo económico? Nuevo Tiempo. XIX, tIlma 11, pago 6<12. También, según la opinión de Kautsky, 'la cvolución cconólllica. no es, en último extremo, otra cosa que el desarrollo de la t~c?ica. el proceso de descubrimientos é invenciones. Nuevo Tiempo, Xv. tomo 1, pág. 231.

t2) El Capital, tomo I. pág. 288,

recclOn de un capitali5ta, fué un momelito de la mayor importancia en el progreso económico y social; pero la extensión de la manufactura no puede ligar5e á invención técnica alguna. Entre todas las formas de explotación 50]0 hay una -la fábrica -cuya caraclt.'rística consiste en el instrumento qne empica. El nacimiento del oficio, la ex­

pansión de la illllllstria doméstica (\1 l..:rlagssyslctl1), esta evolución industrial milenaria, n0 está en uepl..:I1dencia al· "una con invenciones técnicas. ~ "Nada puede ser más equivocado-dice con razón (nr­los I3ücher-que aquella5 construcciones doctrinaks que fijnn nucvas épocas de cultura con el comienzo de la alfa· rería ó del trabajo en hierro, la invención del arado ó del molino de mano. Pueblos que sabcn trabajar el hierro y hacen de él hachas y otros instrumentos, se sir­ven,sin embargo, todavía de flechas y lanzas de madcra, Ó cultivan la tierra con azada de madera tamlJién, aun te­

niendo bueyes que podrían tirar del arado" (1). Esto no dice nada ciertamente contra la concepción materialista de la historia, pero si contra la interpretación de la mis­ma, que quiere descubrir en las invcnciones técnicas la

fuerza más decisiva de la historia.

II

Así como Marx, en la formulación de su filosofía de la historia, insiste siempresobre las fuerzas productivas como el más considerable poder histórico-en su hllnoso prólo­go á la "Crílica de la economía política" --, Engel5 prdier<.'

(1) Slícher. TraiJajoy ritmo, 3.' edic., 1902, pago 10.

EL MARXISMO

designar á "la producción y después al cambio. (1) como verdadera base del orden social. Cierto que esta distin­ción de los dos autores en la manera de formular una doc­trina común no tiene un sentido fundamental, aunque no carece de interés para la comprensión de la misma. En­gels presintió que el concepto de fuerzas productivas es dcmasiado vago é indeterminado para dar al lector una d:Jfa idea de los fundamentos del materialismo histórico, y prefirió por ello hablar de la producción y del cambio cn lugar de las fuerzas productivas. Esto, sin embargo, na puede considerarse como un perfeccionamiento de la doctrina.

Este, sólo se ha conseguido sacrificando su primitiva construcción marxista. No uno, sino dos momentos-la producción y el cambio-son reconocidos por Engels como decisivos, sin determinar, precisamente, la relación entre ambos. Ciertamente con su forma de expresar­se -"después de la producción el cambio. ·-da Engels á entender que el segundo juega un papel secundario en la determinación del orden social; esto no obstante, el cambio, parece ser tamhién, en cierto modo, un factor in­dependiente de la producción. Así, critica Engels con agudeza la concepción de Dühring, en la cual se conside­ra al cambio como una segunda parte de la producción,

porque á ésta corresponde todo el prace'so que lleva el

producto al consumidor. Y á ello observa Engels:" Cuando

Dühring unifica los dos procesos, esencialmente diversos.,

y al mismo tiempo mutuamente condicionados, la· pro­

ducción y la circulación, y serenamente afirma que la

(1) Engels, Revo!ución de la ciencia de Eugenio Dührj/lg. 3." edi­ción, 1¿,9 l, pág. 286.

EL MARXISMO 15

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omisión de este orden ., sólo desorden ocasiona .. , prueba con ello, sencillamente, que desconoce ó no comprende el desarrollo colosal que ha experimentado la circulación en los cincuenta aíios últimos (l). Pero si el cambio cs. como picnsa Engels, "un proceso escncialmente distinto de la producción" no más condicionado por ella que Jo qne mutuamente estén ambos, se equivocilba }\I\arx cuan­do afirmaba que "la fOrJIlil de prodnccirin de la vida ma­terial condicionil, en general, el proceso de la vida social, intelectual y política" (2), porque entonces cerca de 1;1 producción colabor

Si, por el contrario, tiene razón Marx, y el cambio está condicionado por la producción como todos los I.kl1lás pro­cesos sociales, el cambio deja de ser un factor social tan considerable, y por parte de Engels la fórmula materialis­ta de la historia queda metodológicamente invertida por considerar el cambio á la altura de la producción misma. Con la r,lisma razón hubiera él podido decir que la base del orden social SOll, no sólo la producción yel cambio, silla ambos y la distribllción, ó producciólI, cambio, distribución y constitución política, etc., etc., pues no discutiría Engels que ellas, corno otras muchas cosas. tienen acción considerable en la vida social.

Pero lo que es aún más importante, la definic;ón de Engels, quiebra la concepción materialista de la historia. Es lllUY poco decir que designamos á la prod ucción como base de la vida social. La producción es un proceso cco­nómico regulado por la sociedad. El estado de la pro­ducción depende de diferentes momentos sociales del

(1) EngeJs, ob. cit., pág. 157.

(2) l\larx, Critica de la Ecollornla PoIllica, 1859, prólogo.

estado de la ciencia, del derecho y costumbres reinan­tes, etc. Si el orden social queda determinado por las con­Llicioncs de producción, también la producción, segura­mente, depende de las condiciones del orden socia!. Entre las condiciones de la producción, hay que contar, por tanto, el orden social reinante.

No basta, pues, atribuir á las condiciones de la pra­L! ucciólI la fuerza social determinante, el problema está en avcriz'-uar á cuáles de estas condiciones reales ó socia­les corre~ponde aquella eficacia. Lá concepción materia­lista de la historia responde á esto calegóricamente, pero esta solución no se encuentra en la fórmula que da Engels.

Engcls anade después que "las últimas caUsas de todas las alteraciones y revoluciones polític.as y sociales, no han de buscarse en el cerebro de los hombres, ni en su cre­ciente aspiración á la verdad y á la justicia, sino en las transformaciones de la producción y del cambio" (1). Esta afirmacióri está rectificada en seguida por el mismo Engels, en su Llescripción de los conflictos entre las fuerzas pro­ductivas y el modo de producir en la sociedad burguesa. Este conl1icto se produce, según Engels, por la evolución de las fuerzas productivas y termina con el cambio de los modos de producción. Si así es, es inexacto designar á

los modos de producción como -la última causa w de las

alteraciones sociales, pu'esto que las mismas están deter­

minadas, según él reconoce, por otras causas más profun­

das á saber: el estado de las fuerzas productivas.

Volvemos, pues, á la fórmula marxista de la evolución

de las fuerzas productivas. El concepto de las fuerzas pro­

(1) Engels, oo. cit., pág. 286.

IG

ductivas forma la base del materialismo histólico, y des­pués de lo dicho, no ha de ser difícil determinarle C011

toda precisión. Uno de los puntos débiles de la formulación de la idea fundamental del materialismo histórico de Marx, está en que ella no supo dar al cambio un lugar jUl1to ::í la pro­ducción. Marx habla sólo de modos de producir, como si los lIJodos del cambio fueran sólo un efecto pasivo de la producción. Engcls quiso llenar este vacío, pero lIO lo consiguió, pues 110 decidiéndose ú romper con la fórmula marxista, no dijo nada preciso. Las formas del camllio ticllen, sin embargo, en la evolución social y económica, según la descripción del mismo Marx, un papc!no menos importank que las de la producción. En sus investigacio­nes históricas está Marx muy lejos de menospreciar la importancia del comercio. "No hay dnda alguna~-diccen el tcrcer tomo de El Capital--quc las grandes revolucio­nes que los siglos XVI y XVII, con sus descubrimientos geogrúficos produjeron al comercio, acrecentando rópida­mente la evolución del capital mercantil, forman un lJIU" ¡)lento decisivo en el paso de la producción feudal á la ca­

pitalista (1). La importancia del cambio, pues, en la evolución eco­nómica, no es por tanto secuIldari

(1) Marx, El Capital, tomo IlI. parle 1.", pág. 317.

EL MARXISMO

'ción un momento previo en el proceso económico, pues las cosas, para entrar en circulación, necesitan primero ser producidas. Esto no justifica en ningún caso el primado económico de la producción, lo que también implicaría el de la agricultura, sobre la industria, cuando ahora precisamente es á ésta á la que corresponde el predo­minio. "La industria forma la fuerza motriz, no sólo de su propia evolución. sino también de la agrícola" (1). Este es el más importante resultado de la valiosa investigación de I\alltsky sobre la cuestión agraria.

El trabajo económico en su totalidad, desde su primer momento, el desprendimiento del pr,?ducto de la madre tierra, hasta el último, cuando el producto llega al consu­midor y pasa al consumo, es un proceso unitario, una cadena, en la que cada eslabón es indispensable para la existencia del todo. La producción no depende menos del comercio que él de ella. Que un momento del total pro­ceso económico tenga una significación decisiva depende de concretas circunstancias histórkas en cada caso; es un

problema que no se puede resolver de un modo general, y COI1 una fórmula aplicada á todas las épocas históricas y á todas las sociedades. Toda discusión sobre ello resulta­ría ociosa. Ello ha sido, además, reconocido por Marx cuando dice: M Antes de nacer la sociedad capitalista do­minaba el comercio á la industria; en la sociedad moder­

na ocurre lo contrario~ (2).

Ni producción ni cambio han de ser considerados independientemente por sí solos y separados corno bases del orden social, sino algo mayor que ambos y más com­

(1) Kautsky. La cuestión agraria. 1899. pág. 292. {2) .\larx. El Capital, tomo 111, part(! 1.". pág. 314.

EL ,\\ARXIS.\lü

prcnsívo, á saber: la economía, ó más cxactJllIenk, las condiciones del trabajo económico. f~stas son lIiversas y jH\étkn ser, desde Illego, divididas Cll cspiritu;¡ks y 111,\­ll:ri;]ics. La cOllcepciólI maleri,,]ista dc la hist
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