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Betty Mahmoody y Arnold D. Dunchock No sin mi hija 2


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Betty Mahmoody y Arnold D. Dunchock

No sin mi hija 2

Por amor a una niña

Título original:

For the Love of a Child
Traducción: R. M. Bassols A partir de la adaptación de Marie Th\rése Cuny

Primera edición: Septiembre de 1993

(C) Betty Mahmoody, 1992

Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para España y propiedad de la traducción:

(C) 1993:
Editorial Seix Barral, S.A.

Córcega, 270

08008 Barcelona

Impreso en España por:

Talleres Gráficos Hurope, S.A.

Recaredo, 2

08005 Barcelona

ISBN: 84-322-4033-8


Depósito Legal: B. 22.314-1993

Tras No sin mi hija, "best-seller" internacional que ha llegado a más de quince millones de lectores en todo el mundo, Betty Mahmoody relata en el presente libro su regreso a Estados Unidos desde Turquía, las amenazas de muerte que la persiguen, su lucha en favor de las madres separadas de sus hijos a la fuerza como ella misma, la repercusión alcanzada por su libro y los casos más sobresalientes, análogos al suyo, de los que va teniendo conocimiento. La convicción y generosidad personal del combate solitario que emprende la autora y la veracidad conmovida de cuanto relata no decepcionarán a los lectores de No sin mi hija, en esta segunda etapa de una aventura en pos de la dignidad personal de las madres y sus legítimos derechos.


Betty Mahmoody vive en Michigan y ha relatado en No sin mi hija

(Seix Barral, 1990), con la colaboración de William Hoffer, la odisea de su huida de Irán con su hija, tras ser retenidas ahí contra la voluntad de ambas. Arnold D. Dunchock es abogado y reside en Michigan. Betty Mahmoody y Arnold D. Dunchock han fundado conjuntamente "One World:

For Children", organización dedicada a buscar soluciones a los problemas de derecho internacional creados por el secuestro o retención abusiva de niños por sus padres.

Las historias relatadas en este libro son verídicas.

Los personajes son auténticos; los


hechos, reales. Pero el nombre y las características de algunos de ellos han sido cambiados con el fin de protegerlos, así como a sus familias, de la eventualidad de un arresto o una ejecución por los gobiernos de su país de origen.

Dedico este libro a todos los niños que han sido secuestrados y llevados a países extranjeros, así como a todos los que viven con este temor.


Primera Parte.


El regreso.
Nuestra tumultuosa llegada a Ankara me ha dejado completamente agotada.

Esta noche de angustia, la obligación de cambiar de hotel, el miedo de tener que enfrentarme con la policía, el primer baño verdadero desde hace días... Me siento nerviosamente vacía al sentarme en el corredor de la embajada americana.

Levanto los ojos con aire cansado hacia el cónsul que me ha recibido.

Este hombre delgado, bajito, de rostro simpático, me pide también algo insuperable:

--Hay que ir a la policía a arreglar el problema de sus pasaportes.

--Se lo ruego, hágalo usted por mí.

Tengo miedo de la policía. Estos pasaportes no llevan ningún visado.

¿Quiere usted que vaya a explicar a la policía turca que fue la embajada suiza en Teherán la que me los entregó? Aquí somos extranjeras, estamos en la ilegalidad. Anoche pude ver con claridad la reacción del gerente del hotel...

Es espantosamente cierto: la policía turca puede aún meterme en la cárcel. ¿Qué ocurriría con Mahtob? Sería una separación que ni ella ni yo podríamos soportar. Pueden incluso extraditarnos a Irán. No quiero ir a ninguna parte. Quiero quedarme aquí, en este vestíbulo de la embajada americana al abrigo de mi bandera. Quiero que mi cónsul se las arregle con la administración turca. Soy una americana en un edificio americano. No me moveré de aquí.

El cónsul me mira un instante con expresión de asombro:

--Esperaba encontrarme con una mujer presa de las lágrimas, o encolerizada, pero tiene usted un aspecto muy tranquilo...

Prevenido de nuestra situación por el Departamento de Estado, el cónsul ha recibido el cable expedido desde la embajada de Suiza. Sabe que, la víspera, por teléfono, el marine de servicio se negó a ayudarnos... Ahora que conoce todos los detalles de nuestra situación, ha tenido miedo de verme otra vez en prisión, sin haber tenido tiempo de intervenir. Ahora bien, yo llegué esta mañana, sana y salva, para pedirle ayuda, sin armar escándalo. Estoy curada de espantos.

Imagino que represento para él una especie de complicación diplomática, y que se verá obligado a discutir con la policía turca. Está visiblemente impresionado por nuestra extrema tensión moral y psíquica. Y también por mi obstinación.

--No puedo prometerle nada, pero veré qué puedo hacer. Quizás lleve algún tiempo. ¿No quiere usted visitar Ankara?

Se lo agradezco con un gesto de la cabeza, cortés pero firme. Ni hablar de ello. ¿Turismo en el estado en que nos encontramos? Hemos sobrevivido a las incursiones aéreas de la guerra Irak-Irán en Teherán. Hemos pasado por entre las balas de los tiradores emboscados, en pleno corazón de la guerra civil del Kurdistán. Hemos conseguido escapar a la trampa de las montañas durante cinco días, casi sin alimentos y sin dormir. Y después de todo eso, ¿ofrecerle a Moody la posibilidad de hacernos secuestrar durante un paseo por las calles turcas?

De momento, estoy exactamente donde quería estar, segura, a la sombra de nuestra bandera. Me quedo aquí. Mi hijita, estoica, me mira con sus grandes ojos negros tensos por la fatiga.

Rostro de rasgos cerrados a una aventura que ha soportado con tanta fuerza, tanta confianza en mí, tanto deseo de volver a nuestra casa... No estamos aún en Michigan, pero aquí estamos en América, no dejo de repetirme como una letanía. Hay paredes, una verja, marines. Y Mahtob ha dicho al llegar:

--¡Mamá, mira, la bandera americana!

En este instante, cada paso, cada músculo de nuestros doloridos cuerpos nos recuerdan el largo viaje a pie y a caballo a través de las montañas iraníes y turcas, las piedras del sendero de los contrabandistas a través del cual huimos.

Tengo cuarenta años, y Mahtob es una niñita de seis. Nos encontramos en el límite de nuestras fuerzas, y esta bandera es el límite de nuestra emoción. Durante los últimos dieciocho meses, prisioneras en Irán, no la habíamos visto más que en foto, profanada, quemada, groseramente dibujada sobre el suelo de cemento de las escuelas, para que los niños la pisoteen y escupan sobre ella al entrar en clase. Verla ondear libremente por encima de nuestra cabeza es un momento de emoción que jamás olvidaré.


Hice todo lo posible por no abandonar Irán en estas condiciones. Tres semanas antes, aún le suplicaba a Moody que cambiara su decisión de retenernos prisioneras en su país. Supliqué una y otra vez.

--Te lo ruego, Moody, dime cuándo... cinco años, diez años, ¡pero no digas nunca! Me quitas toda esperanza de vivir.

--La respuesta es: nunca. No quiero volver a oír hablar de América.

Sabía que hablaba en serio. En el curso de los cinco días siguientes tomé la decisión fatídica, la decisión de mi vida: abandonar a Moody a cualquier precio.

Sabía perfectamente que nos costaría trabajo resistir en una región tan dura, en pleno mes de febrero, época en que las montañas son en principio infranqueables, incluso para los contrabandistas. El peligro era múltiple. Podíamos morir de frío, caer por algún barranco, ser desvalijadas por los guías, eso si no nos abandonaban pura y simplemente en la montaña o nos devolvían a las autoridades iraníes.

Esta última perspectiva era la más atroz, pues me arriesgaba a la ejecución por haber raptado un hijo a su padre. En Irán, el hijo pertenece al padre; quitárselo se pena con la muerte.

Curiosamente, yo experimentaba entonces una impresión de calma sobrenatural, de paz absoluta, en la certidumbre de que era preciso hacerlo. En dieciocho meses había aprendido que hay cosas peores que la muerte.

El día de nuestra fuga, como si quisiera marcarla para toda la vida, Moody había advertido cruelmente a su hija: "No volverás a ver jamás a tu madre".

Él había reservado ya una plaza para mí en un vuelo a Estados Unidos.

Una sola plaza. Yo debía partir dos días más tarde. Estaba claro que no teníamos otra solución que la huida.

Mahtob lo sentía tanto como yo, al ver resurgir la violencia de su padre, una violencia más demencial que nunca.

También había otra razón imperiosa para actuar de prisa. Unos días antes, mi padre acababa de sufrir una grave intervención a causa de su cáncer de colon.

Durante nuestra fuga, no dejé de preguntarme si estaría aún vivo. E incluso después de haber hablado con él desde el hotel de Ankara, anoche, sigo temiendo que no sobreviva mucho.

"Date prisa en volver, Betty...", fue lo primero que dijo.

Estoy decidida a reunirme con mi padre antes de que sea demasiado tarde. Le suplico nuevamente al cónsul que se las componga para que podamos tomar el primer vuelo. La policía turca no es más que el último de una larga serie de problemas a través de los cuales hemos pasado milagrosamente. Ante todo, no podíamos abandonar Irán sin un permiso escrito de Moody, conforme a la ley. Luego, entre Teherán y la frontera, nuestro chófer fue detenido varias veces por los pasdar para controles rutinarios.

Cada vez que un guardia se acercaba al vehículo, mi corazón se disparaba.

Petrificada detrás de mi chador, pobre camuflaje, esperaba el fin. Sin embargo, ¡nunca pidieron nuestra documentación!

La suerte continuó en Turquía. En la carretera de Van a Ankara, otros coches eran obligados a detenerse en el arcén, y los pasajeros eran brutalmente sacados fuera y obligados a presentar sus papeles para su comprobación.

De forma regular, nuestro coche era detenido, tomado por asalto por hombres de uniforme caqui; discutían rápidamente con el conductor y luego, con una señal de la mano, le dejaban continuar.

Finalmente, no fuimos controladas


hasta nuestra llegada al hotel, situado frente a la embajada americana. No tengo ninguna explicación al respecto.

Creo simplemente que lo debemos a la gracia de Dios.


Somos invitadas a almorzar en un salón de la embajada, con el cónsul y el vicecónsul. El menú anunciado es una fiesta de reencuentro para nosotras: ¡hamburguesa de queso con patatas fritas!

Dos marines abren con lentitud ceremonial las gigantescas puertas de madera del recinto americano, y allí, tanto los diplomáticos como yo nos perdemos en un dédalo de cortesía interminable:

--Después de usted, señora, se lo ruego -dice el cónsul.

Pero yo replico:

--No, primero usted, señor cónsul...

Y el vicecónsul dice a su vez:

--Usted primero...

Y yo insisto:

--No, no, primero usted...

Este numerito estilo Hermanos Marx termina cuando de pronto me doy cuenta de hasta qué punto he adquirido en Irán la costumbre de caminar detrás de Moody, y detrás de todos los hombres. Nadie me obligó a actuar así; simplemente caí en la rutina de veinticinco millones de mujeres iraníes. La mujer, detrás del hombre, obediente y modesta.

Necesitaré meses para recuperar mi soltura y preceder de forma natural a un hombre para franquear una simple puerta.

En la embajada, aguardamos noticias de la policía. Mahtob está dibujando un barco en el río que corre por detrás de nuestra casa de Michigan. En segundo término, ha trazado líneas y líneas de montañas al tiempo que dice:

--No quiero ver montañas nunca más.

Por mi parte, me cuesta mirarme en un espejo. Mis cabellos se han vuelto grises y mis ojos, hundidos. Floto en una larga falda negra, una blusa negra de largas mangas y un amplio abrigo de basta cotonada. Me siento fea, me siento el fantasma de mí misma, debo de parecer una mujer iraní sin edad.

No tengo otra cosa que ponerme. Mahtob sigue llevando sus tejanos y sus botas de plástico rojo y blanco. Vamos a regresar a nuestro país como dos fugitivos hambrientos de libertad, pobres de todo.

Finalmente el cónsul regresa, encantado:

--Todo está arreglado. Pueden ustedes volver a casa.

Sería capaz de besar a este hombre que me tiende los dos pasaportes en regla que nos permitirán pasar el control de la policía turca en el aeropuerto de Ankara. Es absurdo lo que esta simple libretita y su bendito tampón pueden garantizar.

Seis horas más tarde, nos encontramos en el avión. No hemos conseguido vuelo directo a Nueva York, y Lufthansa nos ha ofrecido habitación y comidas en el hotel Sheraton de Munich.

Una habitación moderna, una cama verdadera, un teléfono sobre el que me precipito para llamar a casa, en primer lugar, y pedir noticias de papá.

Está esperando nuestro regreso. Mamá pregunta qué querrá comer Mahtob al llegar... hablamos de tartas de moras... Y, de repente, en esta habitación anónima de hotel, la emoción me sube a la garganta: veo el río, las zarzas, algunas de ellas altas como árboles, las ardillas descaradas, su cola como un penacho, que dan saltitos por el sendero, los pájaros de rojo pecho, el olor de nuestra casa...

Cuán difícil me resulta hablar. En el otro extremo, allá, en América, mamá conserva su sangre fría. Es preceptivo entre nosotras no dejar traslucir demasiada emoción. Se dan las noticias, pero no se extiende uno demasiado sobre los dramas. El de mi padre, en situación de agonía irreversible; el mío, ya pasado, según ella.

Hablamos de tartas de moras...

Llamo también a mis amigos paquistaníes de Nueva York. Tarik y Farzana Ali. Verdaderos amigos. Cuando vivíamos con Moody en Corpus Christi, Texas, nos veíamos a menudo. Han seguido conservando su afecto por mí.

Cuando se enteraron de nuestra cautividad en Irán, viajaron a Pakistán para tratar de interceder desde allí.

Su idea era contratar a alguien que fuese a Teherán y me ayudara a organizar una evasión. El plan fracasó, pero era muy importante saber que Tarik y Farzana no me habían olvidado.

Hablamos, hablamos, durante mucho rato. No sé siquiera de qué; del frío, de las montañas, de Mahtob...

de papá...

Esta libertad recuperada, tan simple, de poder telefonear, de descolgar un auricular, de marcar un número de Nueva York... La cabeza me da vueltas.

Imposible comer, pese a la tentación de una verdadera comida. Nuestros estómagos están como encogidos por la excesiva tensión. animo a Mahtob para que pruebe las frambuesas del menú. Auténticas frambuesas...

Mahtob sonríe por encima de los rojos frutos:

--Como en Michigan, mamá...

Al día siguiente, nuestro vuelo a Nueva York se retrasa, y perdemos el enlace con Detroit. Hay que pasar la aduana y dirigirse a la sala de embarque para el primer vuelo del día siguiente. Nos hallamos cerca del final, y sin embargo me siento terriblemente vulnerable y solitaria. Esta noche le puede dar aún a Moody una oportunidad de reducir la distancia entre él y nosotras. Examino con recelo cada persona que pasa.

La terminal Northwest del aeropuerto Kennedy está desierta. Instalo a Mahtob lo más confortablemente posible en unas sillas de plástico, e inicio una guardia vigilante. A pesar de mi inmensa fatiga, no me atrevo a cerrar los ojos y dormirme dejando a mi hija sin vigilancia. Por lo demás, Mahtob se ve también incapaz de dormir, aunque no se queja de ello. Jamás se queja. Al contemplar su pobre carita soñolienta, me acuerdo de su notable resistencia. Siento hasta qué punto es madura, paciente, sosegada.


Muchos padres hubieran hecho por sus hijos lo mismo que yo. Pero pocos niños de seis años habrían podido hacer lo que Mahtob. Estoy orgullosa de ser su madre, y doy gracias al cielo por haber mantenido mi juramento de no abandonar jamás Irán sin ella.

Esta espera es interminable. No duermo realmente desde hace una semana, con esta sensación de estar siempre al acecho, de no saber qué hace Moody, si ha decidido perseguirnos, si se ha enterado de algo que le permita atraparnos. La sola idea de verle surgir delante de mí, furioso, corpulento, queriendo arrancarme a mi hija una vez más, me mantiene despierta a la fuerza. Debo de tener el aspecto de una loba abrigando a su cachorro, de una salvaje, en este aeropuerto donde, en principio, Moody no puede aparecer. Es imposible. Pero imposible, con Moody, no es más que una palabra.

Cuando la puerta del avión a Detroit se cierra y puedo finalmente arrellanarme en el asiento, los reactores retumban y el avión despega, sigo mirando los rostros de las personas que me rodean, sobre todo los de los hombres. Es curioso cómo una se siente casi culpable de estar huyendo, una secuestradora en libertad, como si todos los pasajeros pudieran leerme la historia en la cara.

Mi vecino entabla una conversación cortés. Es agente de seguros y me pregunta amablemente si volvemos de vacaciones...

--No exactamente... Acabamos de evadirnos de Irán...

Me mira a los ojos, estupefacto e inquisitivo.

Aparte del cónsul de Ankara, él es la primera persona a quien le cuento brevemente nuestra aventura. Parece cautivado, y observa mis ropas con atención, así como a Mahtob, que dormita sobre mis rodillas aferrada a mi cintura. Debemos de tener un aspecto bastante extraño con nuestros curiosos vestidos. Y yo una cabeza que da miedo. Mi breve relato termina; casi me arrepiento de haber hablado. Este hombre seguramente no me cree.

Cuando el comandante anuncia: "Comenzamos el descenso sobre el aeropuerto de Detroit", Mahtob se despierta, preguntándose si ha soñado:

--¿Han dicho Detroit, mamá?

Nos levantamos presurosas y juntas bajamos la rampa. ¡Michigan! ¡Libertad! ¡Familia! ¡Protección!

Yo esperaba no sé qué, no una multitud de acogida con una banda de música, pero sí al menos algo diferente.

En todo caso, a mis dos hijos.

No están allí. Sólo veo a mi hermano Jim y a su mujer Robin, y a una de mis hermanas, Carolyn. Mamá ha debido de quedarse con papá.

Nos reciben con algarabía, y me cuesta hacer la pregunta que me preocupa:

--¿Dónde están Joe y John?

La familia no les ha avisado del día de nuestra llegada. Temían decepcionarles, me dicen. Nadie estaba seguro de que vendríamos en el avión.

Están allí desde la víspera, y, al no llegar en el vuelo previsto, porque habíamos perdido el enlace, mi hermana Carolyn prorrumpió en sollozos, convencida de que nos había pasado algo.

Un vago sentimiento de malestar me invade. Había esperado tanto este regreso, pero la ausencia de mis hijos, la imposibilidad de abrazarlos en este momento, me produce una opresión en la garganta. ¿Cómo han vivido durante estos largos meses, sin mí?

Quería ver su cara, quería tocarlos.

Pero es casi como un regreso corriente: bajamos del avión, no nos vemos desde hace mucho tiempo, eso es todo.

Sin embargo, yo he cambiado tanto...

Mahtob se ha hecho tan mayor... y tan diferente...

Cuando llamé desde Munich, cuarenta y ocho horas antes, me preguntaron:

--¿Qué es lo que más has echado en falta, Betty?

No encontré más que una respuesta:

--¡Snickers!

He aquí el motivo por el que nos cubren ahora de montañas de barras de chocolate, cuando jamás he comido más de un par al año. Las hay suficientes para un siglo de Halloween. En cuanto a Mahtob, tiene derecho a dos muñecas. Una de ellas vestida de malva, su color preferido.

En Irán, Mahtob me decía a menudo: "Cuando nos marchemos (jamás decía _"si_"), antes de ir a casa del abuelo y la abuela, ¿iremos a MacDonald.s, mamá? ¿Al menos durante tres días"¿

Ahora que el sueño se ha convertido en realidad, ya no habla de ir a MacDonalds. Quiere simplemente volver a casa con sus seres queridos.
Es viernes por la mañana, día 7 de febrero de 1986. Tan sólo la excitación nos mantiene en pie. En la autopista encuentro referencias familiares, pero las veo con ojos nuevos.

Montículos de nieve bordean la calzada. Siempre he conservado en mi corazón el amor por mi región, y Michigan jamás me ha parecido tan bello. La pista es plana, blanca y lisa, el paisaje abierto, todo parece muy cerca, y el aire es muy transparente.

En este coche que conduce mi hermano, me siento finalmente segura, pero nadie me hace preguntas sobre Moody.

Nadie menciona Irán. Nadie me pide:

"Vamos, cuenta". Carolyn sugiere que un buen peinado no me perjudicaría.

Mi hermano Jim añade que tengo aspecto fatigado. Hablamos de papá.

Algunas frases entrecortadas de silencios.

Sé que mi familia es así. Pero este silencio me pesa. Tengo la impresión de tener millones de cosas que decir que, en el fondo, no interesan a nadie. Me viene a la memoria lo que decían los supervivientes de los campos de la última guerra al volver a su hogar: las pesadillas no se cuentan.

Los demás no imaginan este género de pesadillas. Se instala, entre ellos y nosotras, una especie de statu quo

que parece decir: "Estás aquí, se acabó, no hablemos más de ello".

Así pues, mi cuñada y yo, sentadas una al lado de otra, hablamos de otras cosas. De la nieve, del coche, del tiempo que vamos a tardar en llegar a 18 27
la casa, de su propio padre que también está enfermo. Pero no de nosotras.

No me he cambiado de ropa, no tengo equipaje; ¿sienten todos que me he convertido en una extranjera, lejos de ellos? En cuanto a mi hija, no dice nada. Ni una palabra, ni una reflexión, ni una petición. Con sus dos muñecas sobre las rodillas, espera llegar a casa.

Llegamos finalmente a casa de mis padres, una casa-rancho situada en la zona rural de Bannister. En el camino tortuoso y fangoso, un detalle me da la medida de nuestra larga ausencia. Años atrás, yo había ayudado a mi padre a plantar docenas de pinos alrededor de la casa. Cuando pasamos por delante de un árbol todos los días, no observamos su crecimiento, pero esos pinos han crecido tanto, desde la última vez, que representan para mí toda mi ausencia, todo aquello que me he perdido de la vida cotidiana de mis hijos y de la lucha tenaz de mi padre para compartir con nosotras este día de reencuentro.

La casa tiene tres plantas; una vez en el pie de la escalera, se sube por una docena de peldaños para llegar a la cocina, y allí es donde recibimos el regalo más precioso.

Al llegar a lo alto, una voz débil procedente del baño nos acoge:

--¡Buh!


Por la puerta entreabierta, distingo a mi padre, penosamente apoyado en el lavabo. Siempre ha jugado con Mahtob de esta manera, desde que ella era muy pequeña, y cada vez experimentaban juntos grandes accesos de risa.

Papá está demasiado enfermo para levantarse (necesita ayuda incluso para ir al baño). Pero ha insistido, para continuar la tradición, el ritual reservado a su nieta. En su estado actual no hubiera debido hacerlo, y no habría podido sin la fuerza de su amor por Mahtob. Ésta jamás lo olvidará.

Reunirme con mi padre, tan pálido pero aún con vida, es la culminación de todo. Le quiero, y él me quiere, nos comprendemos con medias palabras, e incluso con silencios. Recuerdos de excursiones de pesca juntos, esta complicidad permanente que he tenido con él, esta confianza total que él tiene en mí, y yo en él. No puedo hablar, pero las lágrimas que me nublan los ojos, y su mirada sobre mí, toda esta ternura que brota de golpe, Mahtob aferrada a él, él aferrado a mí... es el lazo más fuerte que conozco, y lo había creído roto para siempre.

Mamá nos recibe en la cocina; ha preparado tartas de moras y de crema de plátano, pues Mahtob, las había reclamado por teléfono desde Munich.

Es en la cocina donde todo el mundo habla, se cruza, se besa, prueba las moras y la crema de plátano, mientras yo estrecho a mi hijo John en mis brazos. Carolyn se ha marchado a avisar por teléfono a Joe, mi hijo mayor, que ahora vive solo.

John cumplirá dieciséis años dentro de dos meses. Ha crecido más de doce centímetros y está más alto que yo.

Dejé a un adolescente, casi un niño todavía, y encuentro a un joven. Me aprieta entre sus brazos, me besa sin poder contener las lágrimas. No me canso de contemplarlo. Mi John es mi bebé prematuro, el más frágil de los dos, el más emotivo; seguro que es a él a quien le he hecho más falta.

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