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Besos falsos

Marie Ferrarella

1º Mult. Los Fortune de Texas: Amores en Red Rock


Besos falsos (2010)

Título original: Plain Jane and the playboy (2009)

Serie: 1º Mult. Los Fortune de Texas: Amores en Red Rock

Editorial: Harlequín Ibérica

Sello / Colección: Julia Miniserie 37

Género: Contemporáneo

Protagonistas: Jorge Mendoza y Jane Gilliam

Argumento:

Aquel hombre sólo la había utilizado…

Que un alto, moreno y guapo soltero besara a una chica que acababa de conocer, sólo ocurría en los cuentos de hadas. Pero el impresionante texano que apareció, de repente, junto a Jane Gilliam era bastante real; así como también lo fue el profundo beso que le dio al repicar las campañas con la llegada del Año Nuevo. Como soltero de oro del clan Mendoza, Jorge tenía una reputación que mantener, hasta que saboreó la dulce pasión que Jane le ofreció. Todo comenzó como un juego, pero ¿no se estaba convirtiendo en un amor que estaba tentando a aquel atractivo rompecorazones a cambiar su vida para siempre?

Capítulo 1

Red, el popular restaurante situado en Red Rock, Texas, materialización del sueño de José y María Mendoza, había cerrado las puertas al público aquella noche de fiesta.

Pero no estaba vacío en absoluto. El local había sido alquilado a Emmett Jamison, el cual, junto a su esposa, Linda, ambos agentes del FBI, supervisaba la Fortune Foundation, una organización filantrópica que llevaba operando cuatro años. Entre los invitados a la fiesta de celebración del Año Nuevo se encontraban personal clave de la Fundación, así como numerosos miembros de la familia Fortune.

También había un gran número de amigos, entre los que se contaban muchos miembros de la familia Mendoza. Había tanta gente allí reunida que los invitados estaban teniendo que salir al patio interior… a pesar del frío que hacía. Aunque en realidad tantos cuerpos juntos generaban su propio calor.

La gente estaba muy alegre y de vez en cuando se podía oír música proveniente del antiguo tocadiscos o del grupo musical que María había contratado a instancias de su hijo Jorge. Los villancicos navideños que sonaban eran una mezcla del folclore mexicano y de música country. Aquella fiesta suponía un auténtico popurrí de la naturaleza de Texas.

Parecía que casi todo el mundo se lo estaba pasando bien, siempre y cuando el ruido pudiera considerarse un barómetro de la diversión. La única dificultad era poder andar entre la muchedumbre allí congregada, así como localizar a alguien entre los invitados.

Por lo que cuando Jack Fortune tropezó con su cuñado, al terminar éste de colocar un cóctel de frutas en la mesa de una bonita señorita, aprovechó la situación.

Le puso una mano sobre el hombro a su cuñado y bromeó.

—Oye, hay un malicioso rumor corriendo por ahí que dice que Jorge Mendoza ha venido a la fiesta sin acompañante.

Al oír la voz de Jack, Jorge se relajó y bajó la bandeja que llevaba en las manos.

—Yo he defendido tu reputación —continuó Jack, soltando a Jorge—. He dicho que era imposible ya que ésta es la fiesta de Año Nuevo.

—Me temo que has estado perdiendo el tiempo, Jack —contestó Jorge, dándose la vuelta y mirando al hombre que tenía loca a su hermana Gloria.

De reojo vio como ésta se acercó a ellos.

—El rumor es cierto. No he venido con nadie a la fiesta —continuó.

Había una muy buena razón para que hubiera ido solo, pero decidió guardársela para él. La mujer con la que estaba en aquel momento, Edie, quería un mayor compromiso en su relación… aunque sólo habían estado saliendo durante un mes. Y mientras que había sido un mes muy divertido, con varios momentos memorables, nada de ello había sido lo suficientemente importante como para hacer que la relación fuera permanente.

Estaba seguro de que haberse negado a invitarla a la fiesta de Año Nuevo, le habría dejado claro a Edie cuáles eran sus intenciones. Por esa razón había decidido acudir solo.

—¿Es terminal? —le preguntó Jack.

Confuso, planteándose si no había oído mal, Jorge se echó para delante.

—¿El qué?

—Tu enfermedad —contestó Jack—. Estás enfermo, ¿no es así? Ésa tiene que ser la razón por la cual no has traído a nadie contigo. Jamás te he visto sin compañía femenina durante más de quince minutos como mucho. Dice la leyenda que el día que naciste trataste de encandilar a una enfermera.

Jorge se rió y negó con su cabeza de pelo oscuro. Sus ojos marrones se centraron en su cuñado.

— No estoy enfermo, Jack. Simplemente pensé en ayudar a mis padres esta noche. Ya sabes, servir mesas, preparar bebidas…

—Y coquetear con toda mujer que tenga menos de cien años —terció Gloria, completando la frase de su hermano mayor, al llegar junto a éste y a su marido.

Tomó a Jack por el brazo, pero su atención estaba claramente centrada en Jorge.

—Así es —respondió Jorge, que no encontró ninguna razón para negar aquello. Creía firmemente en que debía divertirse cuanto pudiera. Y coquetear era su derecho inalienable. Sonrió abiertamente—. Pero sólo estoy aquí para ayudar. Además… —añadió— si hubiera traído a alguien conmigo a esta pequeña fiesta, mamá habría pensado de inmediato que es algo serio. Ya la conoces.

En su momento, María Mendoza había estado involucrada en la relación de sus ya casadas hijas.

—Comenzaría a escribir invitaciones de boda inmediatamente después de la fiesta —continuó Jorge—. Quizá incluso antes.

—Mamá sólo quiere que seas feliz, hermano —terció Christina, uniéndose al grupo. Llevaba de la mano a su marido, Derek.

Jorge le guiñó el ojo a su hermana Christina.

—Mamá y yo tenemos una definición muy diferente de lo que es la felicidad.

—Dímelo a mí —dijo Sierra de manera sarcástica, acercándose a las dos parejas allí reunidas y a Jorge en compañía de su marido, Alex.

—Mamá quiere verte casado y con familia. Mientras tanto, lo único que quieres tú es pasar de una mujer a otra, tomando miel como una abeja borracha que va de flor en flor.

—Una abeja borracha pero feliz —enfatizó Jorge.

Gloria esbozó una mueca. Pensó que no parecía haber manera de cambiar a su hermano. Éste iba a ser un play boy hasta el día de su muerte.

—No tienes remedio —aseguró, suspirando.

De nuevo, Jorge no encontró razón alguna para negar la verdad. Él era lo que era… un hombre que amaba a las mujeres. Y desde su posición en la vida había muchas féminas a las que amar.

—Exactamente —respondió, esbozando la misma pícara sonrisa que había provocado que muchas mujeres se derritieran a sus pies. Se apoyó en Gloria como para decirle algo confidencial—. Si fuera tú, dejaría de intentar cambiarme. Ahora ve a bailar con tu marido, Glory —instó, dándose la vuelta hacia sus otras dos hermanas—. Vosotras también, Sierra, Christina. No agobiéis al camarero. Tengo que preparar bebidas y servir a algunas bellas mujeres —añadió justo antes de darse la vuelta y perderse entre la multitud allí congregada.

Gloria negó con la cabeza y suspiró de nuevo.

—Ahí va un hombre infeliz.

Jack la tomó de la mano y decidió que su cuñado había tenido una buena idea. Le puso a su esposa la otra mano en la espalda y comenzó a bailar.

—Oh, no sé. A mí no me ha parecido que se sienta muy infeliz —comentó.

Ella pensó que los hombres podían llegar a ser muy burros. Sólo veían lo que reflejaba el exterior y nada más.

—¿Alguna vez has oído la expresión «la procesión va por dentro»?

Jack se percató de que aquélla no era una discusión que fuera a ganar y él era un astuto hombre de negocios como para seguir luchando una batalla perdida.

—Tienes toda la razón —le dijo a Gloria solemnemente—. Jorge es un hombre muy infeliz.

Gloria reconocía el sarcasmo incluso cuando estaba camuflado bajo una aparente rendición, pero no quiso discutir. Lo que sí que quiso fue buscar una solución. Quería que su hermano fuera tan feliz como lo era ella. Había descubierto que el matrimonio era mucho más deseable que la vida de soltera… siempre y cuando fuera con la persona adecuada.

—¿Tú podrías encontrarle a alguien? —le preguntó repentinamente a su marido, mientras bailaban.

—Entonces sería yo el que me convertiría en un hombre infeliz —señaló Jack.

Desconcertada, Gloria lo miró.

—Ya sabes que a Jorge no le gusta que nos metamos en su vida —explicó su esposo.

Ella pensó que a nadie le gustaba que se metieran en su vida, pero que a veces era necesario.

—Es simplemente que no me gusta verlo tan solo, Jack.

Jack miró sobre su hombro. Jorge estaba detrás de la barra, preparando bebidas y, al mismo tiempo, hablando con una atractiva rubia que parecía estar pendiente de cada palabra que él decía.

—Créeme, Gloria. Jorge nunca está solo durante más de cuatro minutos. Cinco como mucho.

Gloria miró a su hermano, pero ella tenía una interpretación completamente distinta de la escena. La mujer con la que estaba Jorge era una joven bonita y tonta. Y los finales felices no ocurrían con ese tipo de mujeres.

—¡Hombres! —exclamó.

Jack sonrió abiertamente a modo de respuesta. Miró a su esposa con el brillo reflejado en los ojos. Seguía viendo a Gloria tan sexy y bella como el día en el que se había enamorado de ella.

—¿Qué te parece si después de medianoche nosotros…? —entonces se acercó a susurrarle el resto al oído.

Los ojos de Gloria se pusieron como platos. Repentinamente, la preocupación por su hermano se disipó.

—Desde luego —contestó.

Conforme con aquella respuesta, Jack continuó bailando con su esposa.

María Mendoza se detuvo y, momentáneamente, dejó de preocuparse acerca de si habría suficiente comida como para dar de comer a todos los invitados correctamente. Observó la felicidad de la gente allí congregada. Se echó para atrás y accidentalmente chocó contra Patrick Fortune, ex presidente de Fortune Rockwell y padre de cinco personas de las allí reunidas. Pero más importante aún era el hecho de que había sido un buen amigo suyo durante varias décadas.

—Tu hijo está haciendo muy feliz a mi hija —le comentó.

Patrick había sido la persona a la que había recurrido, hacía unos años, para que la ayudara a encontrar una persona adecuada para Gloria.

El placer maternal que sentía emanó por cada poro de su cuerpo al hablar con aquel alto y distinguido hombre pelirrojo.

Patrick levantó su vaso de vino blanco. Estaba tan contento por la unión de su hijo y de su nuera como María. Pensó que era agradable ver feliz a Jack.

—Las cosas marcharon muy bien con ellos, ¿verdad? —dijo, orgulloso.

—Todo lo hiciste tú —le recordó ella.

Muy modesto, Patrick no lo veía de aquella manera.

—Todo lo que yo hice fue llamarlo para que viniera a casa y ayudara a Gloria a establecer su negocio de joyería. La química hizo el resto.

—La química —concedió María, asintiendo con la cabeza—. Y muchas velas y rezos a la Santísima Virgen —añadió con entusiasmo. Entonces suspiró al pensar en sus dos hijos varones—. Pero parece que mis rezos no funcionan en lo que se refiere a Jorge, ni a Roberto, el cual ni siquiera ha sido capaz de venir a casa por navidades.

Roberto vivía en Denver, muy lejos del hogar familiar. Ella había telefoneado en dos ocasiones a su hijo mayor, pero en ambas ocasiones le había saltado el contestador automático.

Y su hijo no le había devuelto la llamada.

Patrick sabía lo doloroso que podía llegar a ser algo así.

—El muchacho está ocupado, María —le dijo con delicadeza.

—¿Muchacho? —respondió ella, repitiendo el término empleado por su amigo—. Es mi hijo mayor. ¿Cómo puede ser un muchacho si tiene cuarenta años?

—Porque para nosotros no importa la edad que tengan. Siempre serán nuestros niños. Nuestros muchachos y muchachas —contestó Patrick, terminándose de beber su vino. Dejó el vaso en una mesa vacía que había junto a ellos—. Y es por eso mismo por lo que tú te preocupas, María —comentó. El buen humor iluminó sus aristocráticas facciones—. Deja de preocuparte. Las cosas saldrán bien al final. Educaste muy bien a tus hijos, son buenas personas. Todos. Pero, en ocasiones, algunos tardan más que otros en encontrar su camino… pero al final siempre lo encuentran.

Patrick sonrió a su amiga para darle ánimos.

—Simplemente tienes que tener fe.

María suspiró.

—Realmente eres un hombre maravilloso.

Patrick tomó la mano de ella y le dio un pequeño apretón.

—No te preocupes —le repitió—. Pero si te hace sentir mejor… —añadió— echaré un ojo para ver si encuentro a alguien adecuado para poner en el camino de Jorge.

—Gracias, viejo amigo —contestó ella con entusiasmo.

—María —dijo entonces una profunda voz masculina—. Ven acá. Te necesito.

Ella se dio la vuelta y vio a su marido, José, indicándole con la mano que se acercara a él y que regresara a la cocina—. Se nos están acabando tus taquitos especiales.

—Ya voy, mi amor —contestó María, que le dio las gracias de nuevo a Patrick, antes de acercarse a su marido.

Patrick Fortune se quedó donde estaba y miró durante un momento más la causa de la preocupación de su amiga.

Pensó que lo último que parecía Jorge Mendoza era ser un joven solitario y problemático. Aunque se suponía que éste estaba trabajando, parecía estar pasándoselo muy bien detrás de la barra. Estaba hablando con varias jóvenes, aparentemente tomando nota de pedidos de bebidas. Pero él sospechó que lo que en realidad estaba haciendo era simplemente coquetear y pensar en su próxima lista de contactos femeninos. El joven era un Casanova moderno que disfrutaba de su libertad, así como de conquistar mujeres.

Pero estaba convencido de que, finalmente, Jorge se percataría de que la libertad y la conquista de mujeres no eran algo tan importante como el verdadero amor de una buena mujer… de la mujer adecuada. Él mismo era un romántico que pensaba que había alguien para todos. En su caso había encontrado a la mujer perfecta.

—Parece que nos hemos reunido aquí toda la familia —comentó Jack, acercándose a su padre. Emmett Jamison estaba a su lado.

Gloria, a cierta distancia, estaba hablando con la esposa de Emmett, Linda, acerca de una gargantilla que ésta quería que le hiciera.

—Casi todos —le corrigió Patrick.

Aunque los hijos de su hermana Cynthia estaban en la fiesta, ésta no había acudido. Pensó que el distanciamiento entre ambos iba a prolongarse durante un poco más de tiempo.

—Mira, quería encargarte algo, Emmett.

—¿Negocios, papá? —terció Jack—. Pensaba que habías dicho que había que divertirse.

—Es un asunto familiar —le explicó Patrick a su hijo. A continuación volvió a dirigirse a Emmett—. No hay nada peor que tener a tu propio hijo predicándote en la cara, sobre todo cuando te repite lo que tú mismo has dicho. Esperaba que pudieras encontrar algunos puestos de trabajo en la Fundación para los hijos de mi hermano William.

Emmett asintió con la cabeza. Siempre estaba dispuesto a cumplir con lo que dijera Patrick.

—Veré lo que puedo hacer.

Patrick le dio unas palmaditas en el hombro.

—No te puedo pedir más que eso.

Patrick Fortune y las hermanas de Jorge no eran los únicos que observaban los progresos del playboy con las mujeres. Jorge también estaba siendo objeto de la mirada del turbado hijo adoptivo de Emmett, Ricky, el cual albergaba un caso muy serio de envidia. Envidia de Jorge y de su mejor amigo, Josh Fredericks. Josh era un meloso muchacho de diecisiete años que tenía novia formal, Lindsey, mientras que él era muy inseguro a sus catorce años.

Parecía que todo el mundo en aquella fiesta tenía a alguien a su lado excepto él… él y una mujer que estaba sentada sola en una esquina. Pero Jorge no sólo tenía una, sino un harén de mujeres a su disposición. Cada muchacha que se acercaba a la barra, se alejaba con una sonrisa en los labios.

Ricky se preguntó cómo lo conseguía. Finalmente se acercó a la barra… y a Jorge. Pero cuando llegó, todo lo que pudo hacer fue observar en silencio.

Jorge tardó unos minutos en percatarse de la presencia del quinceañero. Limpió la barra justo delante de él y esbozó una sonrisa. Entonces negó con la cabeza.

—Lo siento, Ricky. Me temo que lo único que puedo ofrecerte es una soda o un Virgin Mary… que es como un Bloody Mary pero sin alcohol —explicó, bajando el tono de voz para no avergonzar al muchacho.

Ricky negó con la cabeza.

—Oh, no, no. No qui… quiero nada de beber —protestó, tartamudeando levemente.

Jorge tiró detrás de la barra el paño húmedo que había utilizado para limpiar y se echó para delante. Creó un área de privacidad a pesar de la muchedumbre que les rodeaba. Parecía que el muchacho quería hablar, pero que no sabía cómo empezar. Sintió pena por él.

—Entonces ¿qué es lo que puedo hacer por ti?

Ricky se sintió más inseguro que nunca y más incómodo de lo que lo había estado en mucho tiempo. Pero se dijo a sí mismo que era o en aquel momento o nunca. Nervioso, carraspeó y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie les estaba escuchando.

—Quiero saber cómo lo haces —dijo finalmente.

Jorge no pudo oírlo.

—¿Qué?


—Quiero saber cómo lo haces —repitió Ricky en un tono de voz más alto.

Obviamente el haber oído al muchacho no conllevó una explicación implícita.

—¿Cómo hago el qué?

Ricky pensó que aquello iba a ser más difícil de lo que había pensado. Se lamió el labio inferior y sintió lo extremadamente seca que tenía la boca.

—¿Cómo consigues que todas estas señoritas coqueteen contigo? —espetó—. He estado observando cómo trabajas durante toda la noche y por lo menos se te deben haber acercado veinte mujeres.

Habían sido tanto mujeres mayores como jóvenes. Todas parecían florecer en presencia de Jorge.

—Han sido veintiséis —corrigió Jorge, guiñando el ojo a modo de complicidad—. Tienen sed.

—No se acercan a la barra por las bebidas —protestó el muchacho. Pensó que quizá no fuera un Casanova como Jorge, pero era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que pedir algo de beber era sólo una excusa, no una razón—. Se acercan a la barra para hablar contigo. ¿Cómo puedo hacer yo lo mismo? —quiso saber—. O, por lo menos, ¿cómo puedo lograr que no salgan corriendo cuando me acerco a ellas?

Jorge se rió ante aquello, pero lo hizo con cuidado de que no pareciera que se estaba riendo del chico. Él jamás había tenido ese problema. Las mujeres siempre habían ido a él, incluso antes de que hubiera descubierto el arte del coqueteo. Pero sintió lástima por aquel muchacho que parecía tan vergonzoso.

—No huyen de ti, Ricky.

Ricky conocía la diferencia entre una verdad y un halago.

—Sí, lo hacen. Le pedí a una chica de mi clase que viniera conmigo a la fiesta esta noche y me dijo que no podía. Dijo que… —explicó, haciendo una pausa debido a la vergüenza que sentía—. Dijo que su madre no la dejaría estar fuera hasta tan tarde.

—Puedes hacerlo —continuó—. Ninguna chica va a querer salir contigo si tú te comportas como si no quisieras estar alrededor de ti mismo. ¿Lo comprendes?

—Creo que sí —contestó Ricky.

Jorge asintió con la cabeza. Como en aquel momento no había nadie pidiendo bebidas en la barra, decidió ser un poco más generoso con su consejo.

—Lo que te voy a contar a continuación es lo más importante que jamás aprenderás acerca de tratar con mujeres.

—¿Qué es? —preguntó el muchacho, ansioso.

Jorge habló en voz baja.

—Cuando hables con una chica, siempre debes hacerla sentir como si fuera la más guapa de la sala.

Ricky tragó saliva y miró a Lizzie Fortune, la muchacha que le dejaba sin aliento. Lizzie era una prima lejana de los Fortune y sólo estaba en la ciudad de vacaciones.

Pensó que no tenía ninguna posibilidad de estar con alguien como ella. Y dudó que la fórmula mágica de Jorge fuera a tener algún efecto sobre la muchacha.

—¿Y si ella ya es la chica más guapa de la sala? —quiso saber.

—Entonces es incluso más fácil —contestó Jorge—. Puedes manejar a cualquier chica. Simplemente debes tener confianza en ti mismo, Ricky, y el resto será muy fácil.

Ricky todavía sentía cierta incertidumbre. A alguien con el aspecto de Jorge le bastaba respirar para tener una chica al lado. Pero para alguien como él no era tan fácil.

—¿Y esto siempre funciona?

—Siempre —contestó Jorge con seguridad.

Pero se percató de que Ricky todavía tenía sus dudas. Pensó que el chico necesitaba una demostración.

—Hagamos una cosa —propuso—. Elige a cualquier chica de esta sala y la tendré comiendo de mi mano en un segundo.

—¿Cualquier chica? —preguntó Ricky, impresionado.

—Cualquiera —concedió Jorge—. Simplemente asegúrate de que no esté casada. No queremos crear una pelea aquí, en el restaurante de mis padres.

—Está bien —dijo Ricky, mirando a su alrededor en busca de la candidata adecuada.

Dejó de buscar cuando vio a una mujer en la que ya se había fijado antes. Ésta estaba sentada sola en una mesa, tenía el ceño fruncido y obviamente no tenía compañía. La mesa era una mesa para dos y no había indicación alguna de que alguien la hubiera estado acompañando. Incluso había un libro sobre la mesa delante de ella. Se preguntó si estaba leyendo. Pero tanto si lo estaba haciendo como si no, parecía que a aquella mujer la rodeaba un aire de melancolía, visible incluso desde tanta distancia.

—Ella —anunció, señalando a su candidata—. La elijo a ella.

Capítulo 2

Jorge miró en la dirección que le había indicado Ricky. La mujer era claramente el estereotipo de chica a la que nunca sacaban a bailar. Estaba sentada a una mesa ella sola, mientras jugueteaba con un largo mechón de su pelo marrón rizado. Las luces de la fiesta se reflejaban en su brillante vestido verde.

—Oye, muchacho, no quiero que me arresten simplemente para probar que tengo razón —protestó.

Cuando Ricky lo miró socarronamente, Jorge explicó a qué se refería.

—Parece una niña.

—Pero no lo es —contradijo Ricky—. Antes la oí hablando con alguien. Trabaja en una fundación de alfabetización de niños, les da clases y en ocasiones convoca recaudaciones de fondos para comprar libros nuevos. Creo que la fundación se llama Red Rock Reading Works —añadió, mirando a Jorge con expectación—. Debe tener por lo menos veinte años.

Jorge sonrió ante el tono de voz del muchacho. Él tenía treinta y ocho años, pero dudó que Ricky lo supiera.

—Entonces es muy mayor, eh.

—Yo tengo catorce. Todo el mundo es mayor para mí —contestó Ricky, que se apresuró a añadir algo—. Aparte de ti, desde luego.

Jorge sonrió aún más abiertamente.

—Lo has arreglado bien —comentó.

Ricky volvió a mirar a la mujer que estaba sentada a la mesa, antes de mirar de nuevo a su héroe. Pero Jorge no había hecho ningún movimiento todavía.

—¿Te estás echando para atrás? —quiso saber el muchacho.

Jorge pensó que no había nada que le gustara más que un reto, aunque, según su experiencia, no parecía que la muchacha en cuestión fuera a oponer mucha resistencia.

—Desde luego que no —contestó, mirando a su alrededor. Vio a un miembro del personal al servicio del restaurante al final de la barra. Pensó que era perfecto—. Oye, Ángel… —llamó al muchacho— ¿te importa sustituirme en la barra durante unos minutos? No he descansado en toda la noche.

Jorge era el hijo de los propietarios de Red y obtendría lo que quisiera incluso si no fuera tan agradable. Ángel asintió con la cabeza y se acercó a él.

—No hay problema.

Entonces Jorge se desató el delantal y se lo dio a Ángel. Se sintió lleno de energía y dispuesto a cazar.

Jane Gilliam había esperado que asistir a aquella fiesta la hubiera ayudado a dejar de estar de tan mal humor, mal humor que la había acompañado durante exactamente tres días.

Tres días desde que Eddie Gibbs la había dejado sin previo aviso y sin miramientos.

Ella ni siquiera se habría dado cuenta de que la había abandonado, o por lo menos no durante un par de días más, de no haber sido por el Fin de Año. Le había pedido al hombre, con el que había estado saliendo durante los anteriores seis meses, que acudiera con ella a aquella fiesta de Año Nuevo a la que su buena amiga Isabella Mendoza la había invitado.

Eddie la había escuchado impacientemente para a continuación rechazar su oferta. Jane no había estado preparada para algo así y cuando le había preguntado por qué, Eddie le había dicho sin ninguna preocupación que iba a pasar el Año Nuevo con otra persona.

Con su nueva novia.

Pudo sentir como las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos, por lo que se pasó las manos sobre éstos para secarlas. Hasta hacía tres días había pensado que era la novia de Eddie. Pero en algún momento durante el mes anterior, mes en el cual Eddie no había estado mucho con ella, éste había decidido que podía «encontrar a alguien mejor». Aquéllas habían sido sus palabras.

Respiró profundamente. Supuso que debía haberlo visto venir. Después de todo, ella no era una chica llamativa. Y los tipos sofisticados como Eddie Gibbs, no se quedaban con las chicas poquita cosa como ella, por lo menos no durante mucho tiempo.

Se corrigió a sí misma y se dijo que ella era una mujer, no una chica. Ya tenía veinticinco años. Y con veinticinco años ya no se era una chica, sino toda una mujer.

Desanimada, pensó que era una mujer muy solitaria. Miró el vaso de su bebida. El hielo ya se había derretido y lo que había sido una tropical Piña colada, se había convertido en una bebida acuosa.

Se dijo a sí misma que tenía que salir de aquel lugar. No sabía en qué había estado pensando al haber accedido a acudir a la fiesta con Isabella. Ver a todas aquellas parejas, parejas que se susurraban al oído y que, obviamente, se estaban divirtiendo, provocó que ella se sintiera peor aún.

Más sola.

Además, ya casi era medianoche, momento en el cual se recibía al Año Nuevo con unos sentidos y apasionados besos. Ver como todas aquellas parejas se abrazaban y se besaban para festejar el Año Nuevo iba a ser más de lo que ella sería capaz de soportar.

Hasta hacía tres días había pensado que cuando llegara el Año Nuevo besaría a Eddie. Pensó que seguramente iba a ser la única persona de la fiesta que no tenía a nadie a quien besar para celebrar la llegada de otro año.

Pero no tenía necesidad de pasar por ello. No tenía necesidad de sentirse como una perdedora.

De nuevo.

Miró su reloj. Quedaban menos de diez minutos para medianoche. Y eso no le otorgaba mucho tiempo para escapar.

Pero entonces pensó que nadie se iba a percatar de que se marchaba. Había acudido a la fiesta con Isabella, pero seguro que había un taxi en la calle. Aquella noche era estupenda para la gente ebria y los taxistas sacaban mucho dinero en noches como la de Año Nuevo.

—¿Quiere que le sirva otra copa? —le preguntó alguien con una melódica voz.

Jane se percató de que la voz pertenecía a uno de los camareros. Obviamente éste quería saber si le cambiaba la bebida.

—No —respondió educadamente—. Iba a…

Se quedó en blanco durante un momento… ya que cometió el error de mirar para arriba y ver al poseedor de aquella profunda y sexy voz.

El hombre que le había preguntado aquello era, en una palabra, bello. No era sólo guapo, sino que era impresionantemente bello.

Tenía unos enternecedores ojos marrones en los que ella podría perderse durante los próximos diez años, así como un precioso pelo negro. Era alto, musculoso, atlético. Llevaba puestos unos pantalones vaqueros que enfatizaban sus delgadas caderas y con cada movimiento que hacía le recordaba a un joven león.

Por otra parte, su sonrisa borraba cualquier pensamiento de su cabeza. Con sólo mirarla se quedó embobada.

Trató de recuperar la compostura y se esforzó en no parecer una idiota.

—¿Perdón?

—Su bebida —contestó Jorge, asintiendo con la cabeza ante el vaso que había sobre la mesa—. ¿Quiere que le sirva otra? —añadió, tomando el vaso y oliendo su contenido—. Era una Piña colada, ¿no es así? —adivinó.

Al no decir ella absolutamente nada, él sonrió de nuevo.

A Jane se le revolucionó el corazón.

—Estoy ayudando a mis padres en la barra —explicó Jorge—. Y me aseguro de que las señoritas encantadoras como usted no tengan que esperar mucho para que las sirvan.

Señorita encantadora. Jane se preguntó cómo alguien tan bello podía estar tan ciego. Ella no era encantadora; era muy simple y lo sabía.

En el canal de televisión que tenían sintonizado en el restaurante pudieron ver que todo estaba a punto para medianoche.

Su instinto de supervivencia le ordenó que se marchara de aquel lugar. Entonces negó con la cabeza.

—No, está bien —contestó—. De todas maneras me iba a marchar ya.

Jorge la miró sorprendido.

—¿Que se va a marchar? ¿Antes de medianoche? —preguntó como si aquello fuera algo revolucionario.

Jane se encogió levemente de hombros. El tirante izquierdo de su vestido se resbaló y cayó por su brazo.

Mirándola a la cara y muy despacio, Jorge tomó el tirante del vestido y lo volvió a poner en su lugar.

Ella sintió como si su piel se hubiera incendiado. Se le revolucionó el corazón y tuvo dificultades en respirar con normalidad.

—No parece que tenga mucho sentido quedarse —no pudo evitar decir.

—Y eso ¿por qué? —preguntó Jorge con delicadeza.

Con sólo oír la voz de aquel hombre, Jane sintió un escalofrío. Tardó un momento en darse cuenta de que él le había hecho una pregunta y otro rato más en comprender lo que le había preguntado.

—La gente siempre se besa cuando llega el Año Nuevo…

No estuvo segura de cómo terminar aquella frase sin parecer una fracasada, por lo que dejó de hablar y esperó que él comprendiera el resto. Y que tuviera la decencia de marcharse.

—¿Y usted no tiene a nadie a quien besar? —preguntó Jorge, incrédulo. La miró de arriba abajo—. ¿Una mujer bella como usted?

Jane pudo sentir como se ruborizaba.

—Acabo de romper con alguien —dijo finalmente.

Decir que había roto una relación sonaba mucho mejor que confesar que la habían abandonado. Pero aun así, mentir le supo mal. No le gustaban las mentiras, sin importar el motivo que se tuviera para hacerlo. Solamente había mentido para no parecer una fracasada delante de un hombre al que ni siquiera conocía.

—Pues él se lo pierde.

Aquel desconocido dijo aquello con tal sinceridad que Jane llegó a creérselo… aunque de ninguna manera podía haberlo dicho en serio.

Tomó su bolso y lo sostuvo contra su pecho.

—Bueno, dudo que él piense igual. Ya ha encontrado a otra persona —confesó.

A continuación se preguntó qué le había hecho decir aquello y por qué siempre se empeñaba en decir la verdad, en mostrarse como si no mereciera la pena tener una relación con ella. Los niños con los que trabajaba en la Fundación la adoraban y sus padres siempre le estaban muy agradecidos. No dejaban de decirle la gran diferencia que ella había supuesto en la vida de sus hijos. Así mismo se llevaba muy bien con sus compañeras de trabajo en Reading Works. Pero era una profesional y mantenía en privado su vida personal.

—Entonces su ex novio es un tonto —aseguró Jorge en voz baja—. Y usted está mejor sin él.

Mientras hablaba, Mendoza estudió a la mujer que tenía delante. Aquél era uno de sus mejores pasatiempos. Desde que había sido muy pequeño había descubierto que todas las mujeres tenían algo que las hacía atractivas, algo especial, sin importar lo pequeño que fuera.

Pensó que aquélla que tenía delante era en realidad guapa, de una manera sencilla, lo que significaba que no tenía que recurrir a la magia del maquillaje, como muchas de las mujeres que se encontraban en aquella fiesta. Era delgada, bajita y tenía un precioso pelo marrón dorado que caía en cascada sobre su espalda al llevarlo agarrado con dos horquillas en la parte de arriba de la cabeza.

Pero lo que realmente le cautivó fue su inocencia. A aquella mujer le rodeaba un aura de dulzura, de vulnerabilidad, vulnerabilidad que vio reflejada en sus ojos. Dudó que ella fuera consciente de ello.

Pero él sí que lo era.

Jane se levantó. Era casi medianoche y realmente no quería sentirse como un bicho raro. Aquella noche no. Le dolería demasiado.

Pero una vez de pie, observó que el alto y bello hombre con la voz aterciopelada no se dio por vencido, ni siquiera dio un paso atrás. No se movió de donde estaba y no dejó apenas espacio entre ambos.

Ella pudo incluso sentir el calor que emitió el cuerpo de él. Tragó saliva y se preguntó por qué estaba aquel hombre impidiéndole el paso. Se planteó que tal vez se estaba riendo de ella.

Pero no pareció que él se estuviera riendo. La sonrisa que estaba esbozando era demasiado amable, demasiado agradable.

Ella respiró profundamente.

—Realmente tengo que marcharme —le dijo.

Despacio, Jorge le acarició el brazo con una mano.

—¿Se quedaría si hubiera alguien a quien pudiera besar cuando den las doce?

A Jane se le puso la carne de gallina y sintió la garganta muy, muy seca.

—Sí —contestó. A continuación trató de salvar lo vergonzoso de la situación—. ¿Está planeando arrastrar a alguien hasta aquí para que me bese?

Aquel hombre la miró directamente a los ojos.

—No —respondió en voz baja.

Jane se sintió como una verdadera idiota. Pero se lo merecía por haber tratado de coquetear… o lo que fuera que acabara de hacer. No era muy buena con ese tipo de cosas, nunca lo había sido.

Intentando con todas sus fuerzas salvar lo que quedara de su herido ego, trató de forzarse en esbozar una sonrisa… pero todo lo que logró fue entornar levemente los labios.

—Bueno, entonces… —murmuró, intentando pasar por el lado de aquel hombre— será mejor que me marche.

—No —repitió Jorge—. No voy a arrastrar a nadie hasta aquí… sino que me gustaría ser yo quien la besara a medianoche —añadió, mirándola con el justo toque de vergüenza reflejado en los ojos—. Si le parece bien.

Jane se preguntó si aquel hombre le estaba realmente preguntando si podía besarla cuando dieran las doce de la noche.

Se planteó si aquello era una broma. Los hombres como aquél no pedían permiso para besar a una mujer, sino que pasaban la mayor parte del tiempo tratando de quitarse de encima mujeres que querían besarlos a ellos.

Volvió a respirar profundamente y se preguntó si estaba soñando. No encontró otra posible explicación. No comprendió como él no tenía una novia acompañándolo en una noche como aquélla.

—¿Cómo se llama? —le preguntó finalmente.

—Jorge —contestó él—. Jorge Mendoza.

Mendoza.


Aquél era un apellido muy común, pero Jane no pudo evitar preguntarse si aquel hombre tendría algún tipo de relación con Isabella y si su amiga, en un acto de misericordia, lo había mandado para que le hiciera compañía.

Para que le diera un beso por compasión.

De reojo, vio la pantalla de televisión. La gente reunida en Times Square estaba muy emocionada y alguien entre la multitud comenzó a realizar en voz alta la cuenta atrás para la llegada del nuevo año.

—Diez, nueve, ocho…

Al no hacer ella ningún esfuerzo por presentarse, Jorge la sonsacó.

—¿Y tú eres…?

La cuenta atrás comenzó a hacerse colectiva…

—Siete, seis, cinco…

Jane no era una persona atrevida por naturaleza, pero si aquello era un sueño no había ningún motivo para preocuparse por las consecuencias. No habría nada de lo que avergonzarse en el futuro.

—Jane. Jane Gilliam —contestó—. ¿Eres pariente de Isabella?

—Cuatro, tres…

—Soy su primo —respondió él. Se preguntó si era su imaginación o si realmente los ojos de ella reflejaron un intenso brillo. Se percató de que aquella mujer le estaba excitando—. Lejano —añadió.

—Dos…

Sin discutir más y mirándola directamente a los ojos, Jorge abrazó a Jane. Se percató de que se le aceleraba la respiración a ella y la vacilante expectativa que vio reflejada en sus ojos le pareció muy dulce.



—Realmente no vas a besarme, ¿verdad? —preguntó Jane, para quien todo aquello, tanto si era un sueño como si no, era muy difícil de creer. Aunque aun así deseó creerlo con todas sus fuerzas.

—¡Uno!


Jorge posó sus labios sobre los de ella, cuando dieron las doce y se oyeron gritos de alegría.

Pero Jane no oyó nada… aparte de los latidos de su corazón.


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