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Bases y desenvolvimiento del nuevo ciclo de acumulación en la Argentina post-convertibilidad


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Bases y desenvolvimiento del nuevo ciclo de acumulación en la Argentina post-convertibilidad
Sebastian P. Salvia*
Resumen: El objetivo del artículo es analizar el ciclo de acumulación iniciado en Argentina en 2002, tras el colapso de la Convertibilidad como resultado de la crisis más profunda de la historia del país. En este ciclo, la economía argentina logró altas tasas de crecimiento entre 2003 y 2008, sin encontrarse con la restricción externa que interrumpía los períodos de crecimiento en décadas anteriores. Describimos las características de la crisis iniciada a fines de 1998, analizamos los cambios en las políticas económicas del Estado en 2002-2003 y la evolución de las nuevas condiciones de acumulación en 2004-2008, teniendo en cuenta la influencia de los precios internacionales. Presentamos finalmente las líneas fundamentales del proceso posterior a 2008, que llevaron a la pérdida de competitividad y el estancamiento de la economía en los últimos tres años.
Introducción

El artículo es parte de una investigación en curso sobre la acumulación de capital en la Argentina reciente. El objetivo es aproximarse a las determinaciones del ciclo de acumulación de la post-convertibilidad, a partir del análisis de la crisis del régimen de convertibilidad iniciada a fines de 1998 y de los cambios producidos tras la devaluación del peso en enero de 2002. En 2003-08, la economía argentina logró altas tasas de crecimiento sin encontrarse con la restricción externa que interrumpía la expansión en décadas anteriores. Sostenemos que estas tasas “chinas” de crecimiento se debían a la combinación de cambios en las políticas económicas estatales –resultado de la crisis iniciada en 1998– y cambios en el mercado mundial, como el aumento de la demanda y los precios de los commodities. En este sentido, el relanzamiento de la acumulación no se debió simplemente a políticas estatales virtuosas –un modelo de crecimiento con inclusión social– ni tampoco al llamado “viento de cola”, el empuje del mercado mundial a través de precios favorables. Estas visiones polares, afectas una al oficialismo y otra a las fuerzas de oposición más importantes, simplifican la complejidad del período de la post-convertibilidad. Finalmente, presentamos las líneas fundamentales del proceso posterior, en el que se recuperó el crecimiento acelerado en 2010-11 y que concluyó en estancamiento económico desde 2012. Destacamos que en este desenlace fue central la pérdida de competitividad, que estaba inscripta en el desenvolvimiento de la economía desde los primeros años de la post-convertibilidad.


Algunas consideraciones teórico-metodológicas

La historia económica argentina de las últimas décadas analizó el desenvolvimiento de la economía a partir de la contraposición de modelos económicos, definidos por la consistencia de las políticas estatales. Así, el ciclo económico expansivo posterior a la caída de la Convertibilidad en diciembre de 2001, fue abordado a partir de la implementación de un modelo de desarrollo con inclusión social (García Delgado y Peirano, 2011; Asiain, 2011). En este modelo, un Estado activo avanza sobre el mercado, generando una asignación de recursos progresiva. Estas características se contraponen al modelo neoliberal implantado por la dictadura militar de 1976-83 (Schvarzer, 1998) caracterizado por la “valorización financiera” y la “desindustrialización” (Basualdo, 2010). Los aspectos progresivos del ciclo expansivo son atribuidos a la acción del gobierno, como la recuperación de la ocupación y del salario real; pero los aspectos regresivos son abandonados a la responsabilidad del mercado, como la persistencia del trabajo no registrado, la fragmentación salarial o el hecho que el salario registrado se ubique comparativamente en niveles similares a la segunda mitad de los ‘70, pese a la fuerte recuperación lograda. En esta visión, el inicio del crecimiento económico coincide con el inicio de la actual gestión de gobierno en 2003 (Basualdo, 2008).

Nuestro enfoque, ubicado en el campo del materialismo histórico, difiere del que acabamos de presentar. Aquí, no nos interesa determinar las políticas económicas correctas para la acumulación de capital –esto es, para la explotación del trabajo asalariado– sino mostrar las contradicciones que el desarrollo capitalista presenta en un período determinado. En este sentido, la acción del Estado no nos interesa en relación a la constitución de un modelo de desarrollo favorable o desfavorable para el capital industrial, sino en relación a las clases fundamentales de la sociedad, los capitalistas y los trabajadores asalariados. La acumulación de capital depende de una serie de decisiones tomadas en los distintos poderes del Estado. Pero estas decisiones no conforman un conjunto de variables funcionales derivadas de la aplicación de un modelo e incluso pueden ser contradictorias entre sí, en tanto son una forma de dar respuesta a las crisis del capital y a los intereses antagónicos que éste implica. Así, el Estado y el mercado no constituyen entidades contrapuestas, que siguen el interés general y el beneficio individual, sino dos esferas diferenciadas de las mismas relaciones sociales capitalistas (Holloway y Piccioto, 1978).

Asumimos como hipótesis que la acumulación de capital se desarrolló a partir de una fuerte ganancia de competitividad en los inicios de la post-convertibilidad, como resultado del aumento del tipo de cambio real, la depreciación del salario, el cambio en los precios relativos y el alza de precios de las commodities, aprovechando los avances en la reestructuración capitalista en los ‘90. Dicha ganancia de competitividad se fue erosionando con la recuperación del salario en dólares, la apreciación del peso y la caída de los precios internacionales. En nuestro análisis, utilizamos un acervo de información producida por organismos oficiales, como el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), el Ministerio de Economía, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) y el Boletín Oficial de la República Argentina. En primer lugar, abordamos la reestructuración capitalista de los ’90 y la crisis que puso fin a la Convertibilidad, indagando en variables como el Producto Interno Bruto, la productividad industrial, el salario real, la inversión capitalista, la rentabilidad, el valor agregado sectorial, la cantidad de puestos de trabajo del sector privado, la desocupación y la pobreza. En segundo lugar, relevamos las medidas tomadas por el Gobierno en 2002 y cuantificamos la mejora de la competitividad mediante indicadores como el tipo de cambio nominal, el índice de precios al consumidor, el salario real y nominal en dólares, la balanza comercial, la rentabilidad y el valor agregado sectorial. En tercer lugar, reconstruimos el movimiento de la economía argentina teniendo en cuenta la competitividad y las tendencias del mercado mundial, observando el tipo de cambio real multilateral, los precios de las exportaciones, las tasas de crecimiento del PIB, la inflación interna, el salario real, el valor agregado sectorial, etc.

En adelante, analizamos la reestructuración capitalista de los ’90, su crisis en 1998-2001, la salida de la crisis a partir de los cambios de 2002 y el nuevo ciclo de acumulación capitalista posterior.
Reestructuración capitalista y crisis de la convertibilidad (1989-2001)

En Argentina, la década del ’90 constituyó un período de intensa reestructuración capitalista, iniciado en 1989 con la introducción de una serie de reformas neoliberales y consolidado en 1991 mediante el Plan de Convertibilidad. La reestructuración fue parte de un proceso global de liberalización financiera y ataque al Estado de bienestar (Brenner, 2009; Duménil y Levy, 2007). Las privatizaciones de empresas estatales y de los fondos de pensión de los trabajadores, la apertura comercial por la baja o eliminación de derechos de importación, la eliminación de derechos de exportación (retenciones), la desregulación de la economía, la flexibilización laboral, la reducción de impuestos a las empresas, convirtieron a la Argentina en el leading case de la región en la introducción de reformas neoliberales. Este proceso ganó en eficacia en el marco del Plan de Convertibilidad, que fijó por ley el tipo de cambio en la paridad 1 dólar = 1 peso, prohibió la indexación y limitó la emisión monetaria al respaldo de las reservas (Bonnet 2008). La fijación del tipo de cambio generó una baja del tipo de cambio real, que se redujo a la mitad respecto a los años ‘80 (Hopenhayn, Schvarzer y Finkelstein, 2002), abaratando la incorporación de tecnología importada en el proceso productivo. El resultado de esta reestructuración fue un fuerte crecimiento económico en 1991-98, con un salto en la productividad y una expansión de la rentabilidad empresaria, permitiendo al país superar el estancamiento económico de las décadas anteriores (Salvia, 2015a).1 Entre 1990 y 1998, la productividad industrial por obrero creció un 83,7% y el PIB creció un 55,3%. Entre 1993 y 1997, la rentabilidad tuvo un acelerado crecimiento del 47,5%.2

El ciclo expansivo finalizó a fines de 1998, cuando Argentina en la más profunda crisis de su historia, originada en el shock provocado por las crisis del Sudeste Asiático y Rusia en 1997-98. Estas crisis revirtieron los flujos financieros orientados a los países emergentes y aumentaron el diferencial de tasas de interés sobre los EE.UU (Perry y Servén 2002), revalorizaron el dólar y deprimieron los precios de las commodities. Las tendencias recesivas se agravaron por la devaluación de Brasil en enero de 1999 (Kacef, 1999). Así, se encareció el crédito externo, se redujeron los precios de exportación y se apreció el peso, complicando las posibilidades de colocar en el exterior el saldo de mercancías generado por la recesión.

El tenor de la crisis puede verse en varios indicadores. El PIB cayó un 13,1% entre el cuarto trimestre de 1998 e igual trimestre de 2001; el valor agregado bruto en la industria y en la construcción cayó más, un 22,8% y 36,3%, entre iguales trimestres.3 El sistema financiero ingresó en una situación de bancarrota por la fuga del 22,6% de los depósitos y la caída del 24,2% del activo, influida por la depreciación de los títulos de deuda públicos (ABA 2002), generando una baja interanual de la actividad del 20,6% en el cuarto trimestre de 2001. La rentabilidad se contrajo un 17,8% en 2001, respecto a 1997, último año de alza. La inversión pasó del 19,9% del PIB en 1998 al 14,2% en 2001 (con un PIB en fuerte baja).4 Los puestos de trabajo asalariados se redujeron un 2,4% en el sector privado entre 1998 y 2001, con bajas mayores en la construcción (25,1%), la industria (15,1%) y el agro (5%).5 Los trabajadores no registrados perdieron el 5,3% de su salario real, mientras los trabajadores registrados estaban protegidos legalmente de las rebajas nominales (Salvia y Frydman, 2004). La desocupación y la pobreza crecieron del 12,4% al 18,3% de la PEA, y del 25,9% al 35,4% de la población, en Capital Federal y Gran Buenos Aires.6

Las erráticas políticas del Gobierno de la Alianza agravaron la crisis, llevando a una pérdida del 44% de las reservas de divisas en enero-noviembre de 2001, al establecimiento de restricciones al retiro de depósitos bancarios (el “corralito”) y una caída interanual de la actividad económica del 15% en diciembre de 2001.7 La rebelión popular de diciembre de 2001 forzó la renuncia del Presidente de la Nación, Fernando De la Rúa (Iñigo Carrera y Cotarelo, 2003) y marcó el fin de la Convertibilidad.8
Las bases del relanzamiento de la acumulación de capital en Argentina (2002-2003)

La prolongada crisis económica y el estallido social de 2001 habilitaron la posibilidad de cambios en las políticas económicas estatales, que sentaron las bases de un nuevo ciclo de acumulación. Estos cambios no alcanzaron al corazón de la reformas neoliberales de los ’90. Las privatizaciones no fueron anuladas, con excepciones cuando las empresas prestatarias abandonaron los servicios, como el caso de Aguas Argentinas. Las leyes de flexibilización laboral no fueron derogadas, extendiéndose la precarización en la contratación y las menores limitaciones al consumo productivo de fuerza de trabajo. Tampoco se incrementaron los aranceles a la importación para moderar la apertura comercial, ni se recrearon los organismos estatales que regulaban la actividad privada, ni se recuperaron los impuestos al capital que habían sido disminuidos (como la rebaja de aportes patronales de 1994).

La política económica del Estado se concentró en remover los obstáculos manifestados en la crisis para el relanzamiento de la acumulación: la pérdida de competitividad de la producción de bienes, la estructura de precios relativos, la caída de la rentabilidad y la rigidez a la baja del costo salarial. A ello se agregaba la virtual quiebra del sistema financiero tras la fuga de divisas y el corralito. Los cambios de política estatal se llevaron a cabo en el peor momento de la crisis: en el primer trimestre de 2002, el PIB tuvo una caída interanual de 16,3% y acumulaba una caída de 20,2% en comparación con igual trimestre de 1998; esta caída del PIB impactaba en una brutal reducción de la fuerza de trabajo puesta en movimiento, con una pérdida en 2002 de 712 mil puestos de trabajo asalariado del sector privado (8,8%) respecto a 2001, acumulando en pérdida de 913 mil puestos (11%) desde 1998 .9

El 7 de enero de 2002 se promulgó la Ley 25.561, de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario, que dispuso los cuatro pilares de salida de la crisis: la devaluación del peso, la licuación de deudas mediante su pesificación, la instauración de retenciones a la exportación y el congelamiento de las tarifas de servicios públicos (Boletín Oficial, 2002a). Estos aspectos decisivos de la política económica fueron modificándose hasta su versión final. El tipo de cambio fue desdoblado en enero de 2002 con un dólar oficial para el comercio exterior y un dólar libre (Boletín Oficial, 2002b); en febrero de 2002, se reemplazó el desdoblamiento con un mercado libre único con intervención estatal (Boletín Oficial 2002c). Las tarifas de servicios públicos –telecomunicaciones, gas, electricidad, agua, transporte ferroviario– fueron pesificadas a la paridad US$1 = $1 y se autorizó la renegociación de dichas tarifas (Boletín Oficial 2002a); aunque la renegociación fue postergada para el siguiente Gobierno (Azpiazu y Schorr, 2003), quedando congeladas las tarifas de empresas y usuarios residenciales. Las retenciones se implementaron en enero sobre las exportaciones hidrocarburíferas, ampliándose luego a las agropecuarias e industriales; la alícuota definitiva se estableció en abril, con un 20% para el agro e hidrocarburos y un 5% para la industria. (Salvia, 2012). La licuación de las deudas bancarias finalizó en la pesificación asimétrica, que implicó la socialización de las pérdidas a los ahorristas y su estatización: los créditos bancarios de empresas y personas físicas se pesificaron a US$1 = $1, mientras los depósitos se pesificaron a US$1 = $1,40 y se indexaron por el CER, un coeficiente que seguía la inflación minorista (Remes Lenicov, Todesca y Ratti, 2003); la asimetría fue cubierta con un bono del Estado (Cobe, 2009, Gálvez, 2011).

Estos cambios facilitaron la salida de la crisis. La cotización del dólar creció hasta un 290% en junio; en adelante el alza se moderó, hasta cerrar en 236% a fin de 2002 (BCRA 2003; BCRA 2004).10 Con un alza nominal del 2% en 2002, el salario del sector privado se abarató considerablemente en dólares, cayendo un 67,6% respecto a 2001 –desplomando el peso del salario en los costos de producción para el mercado externo–. La contención del salario permitió moderar la inflación minorista, que creció 41% entre diciembre de 2001 y diciembre de 2002, generando una caída del salario real en el sector privado del 19,9% entre esos años.11 De esta manera, el aumento del dólar pudo transformarse en una considerable mejora del tipo de cambio real, que en diciembre de 2002 creció 137% respecto a igual mes de 2001 (CEPAL, 2004; BCRA, 2005). Esta mejora se incrementaba para la producción de bienes por el cambio en los precios relativos de la economía en su favor, en tanto los bienes pudieron aumentar sus precios un 68,6%, mientras los servicios lo hicieron un 11,1% entre diciembre de 2001 y diciembre de 2002.12

El abaratamiento en dólares de las mercancías argentinas, la contracción del costo salarial (real en pesos y nominal en dólares) y la mejora de los precios relativos para la producción de bienes generaron una fuerte alza de la competitividad. Esto permitió la mejora del sector externo de la economía, la recuperación de la rentabilidad y el crecimiento económico. En 2002-03, el superávit comercial creció un 350%, respecto a 2000-01. Esta mejora fue resultado tanto de la expansión de las exportaciones que con precios estables crecieron un 5,1%, como del desplome de las importaciones, que cayeron un 49,9% en 2002-03, respecto a 2000-2001.13 La rentabilidad capitalista recuperó el nivel previo a la crisis, superando en 2002-03 en un 4,4% los niveles de 1997-98.14 Entre las grandes empresas el alza fue más pronunciada: la tasa de ganancia de pasó de 12,7 % en 1997-98 a 18,1% en 2002-03; las grandes empresas industriales lideraban este incremento, pasando de una tasa de ganancia de 11,1% en 1997-98 a una de 20,6% en 2002-03.15 En este contexto, la industria lideró el relanzamiento de la acumulación: tras la caída interanual del 22,1% del primer trimestre de 2002, la industria creció todos los trimestres, acumulando un alza de 28,9% en el cuarto trimestre de 2003.16 En 2003, la reactivación fue acompañada por otros sectores, como la construcción, el agro y la provisión de gas, electricidad y agua, que explicaban junto a la industria el 44,4% del crecimiento económico. Como resultado, la economía argentina se encontraba en franca expansión, con un crecimiento interanual del PIB de 11,7% en el cuarto trimestre de 2003.17

De esta manera, los cambios en las políticas económicas estatales de 2002 contribuyeron al inicio de un nuevo ciclo de acumulación de capital en la Argentina. Este ciclo partió de una fuerte ganancia de competitividad por la mejora del tipo de cambio real, el cambio en los precios relativos a favor de la producción de bienes, la reducción del costo salarial y la expansión de la rentabilidad capitalista.
La consolidación del nuevo ciclo de acumulación (2004-2008)

Como vimos, los cambios producidos tras la caída de la Convertibilidad impulsaron la acumulación capitalista. El tenor del nuevo ciclo de acumulación puede verse en la acelerada expansión del PIB, en lo que fue denominado el crecimiento a “tasas chinas”: un 8,8% en 2003, un 9% en 2004, un 9,2% en 2005, un 8,4% en 2006, un 8% en 2007 y un 3,1% en 2008.18

Este ciclo expansivo se consolidó gracias a un impulso exógeno: el aumento de los precios de los commodities, ampliamente beneficioso para los países emergentes.19 Los precios de las exportaciones argentinas crecieron desde 2004, hasta superar en 2008 en un 46,2% a los de 1996-97 (máximos de los ’90). Este aumento de precios impulsó la expansión de las cantidades exportadas, un 72,3% en 2004-08, respecto a 1996-97. Como resultado, el valor exportado creció un 97,1% entre ambos períodos.20

La suba de los precios internacionales se multiplicaba en la mediación cambiaria, aumentando el poder adquisitivo de las exportaciones. En 2004-08, el dólar cotizó en torno a un nivel que triplicaba el vigente durante la Convertibilidad, llegando a diciembre de 2008 en un 342% por encima de diciembre de 2001. Con un nivel inflación menor a la devaluación nominal, se fue manteniendo el tipo de cambio real alto: en diciembre de 2006, el tipo de cambio real era un 131,7% mayor al de diciembre de 2001.21 Ciertamente, la alta inflación posterior –que llegó al 53,4% entre diciembre de 2006 y diciembre de 2008– y la estabilidad de dólar comenzaron a reducir el tipo de cambio real, aunque sin eliminar la mejora cambiaria.22 El poder adquisitivo incrementado de las exportaciones favoreció el dinamismo de la producción transable, en especial de aquellos sectores más orientados al mercado externo. Así como la industria fue la locomotora de la recuperación tras la devaluación del peso, otros sectores como el agro y la minería comenzaron a superar su dinamismo. La participación de la industria en el PIB pasó de explicar el 18,2% en 1997 al 20,7% en 2004-2008, aunque el crecimiento en la participación se fue desacelerando. Inversamente, la minería tuvo un desempeño notable, pasando de una tasa de 1,9% del PIB en 1997, a una tasa de 4,8% en 2004-2008, más que duplicando su participación; y el agro tuvo una expansión significativa, pasando del 5% del PIB en 1997 al 8,4% en 2004-2008, un 69% mayor.23

El nuevo ciclo de acumulación permitió cierta recuperación salarial, tras la fuerte caída posterior a la devaluación del peso. Empero, esta recuperación consolidó un nivel salarial que no superaba los niveles de la crisis. En 2004-08, el salario real se ubicó un 7,1% por debajo de los niveles de 2001, con una considerable diferencia entre categorías de trabajadores: mientras el salario registrado privado fue un 8,8% superior, el salario no registrado privado fue un 19,7% inferior y el salario público fue un 25,4% más bajo.24 Pero la contención del salario es mayor dado el crecimiento de la productividad: en 2004-08, la productividad industrial por obrero registrado fue un 23% superior a 2001; así, el costo salarial (registrado) ajustado por productividad cayó un 1% ente iguales años.25

Todo ello facilitó el crecimiento de la inversión y la rentabilidad. La inversión alcanzó un 22,7% del PIB en 2004-08, con un pico de 24,2% en el año 2007.26 Estas cifras eran superiores a los niveles previos a la crisis, de 19,7% en 1997-98. Y la rentabilidad creció sensiblemente en masa en 2004-07, superando en un 14,3% el nivel de 1997-98, aunque en relación a los trabajadores del sector privado se ubicó un 3,9% por debajo, dada la fuerte expansión de la fuerza de trabajo puesta en movimiento, de 2,2 millones de puestos de trabajo asalariado en el sector privado en 2007, respecto a 1998.27


Algunos comentarios sobre el desarrollo posterior

En la fase expansiva 2004-08 estaba inscripto el deterioro posterior, que se puso de manifiesto ya en la recesión de 2009, en tanto el desenvolvimiento de la economía socavaba las bases que habían permitido el relanzamiento de la acumulación. Desde 2007-08, la ganancia de competitividad se erosionaba por la continua apreciación del peso y el aumento del costo salarial en dólares, con una devaluación nominal que equivalía a la cuarta parte de la inflación minorista y del aumento nominal del salario. Con una devaluación nominal de 30% entre 2006 y 2010, la inflación fue de 110,9% y el aumento nominal del salario registrado de 107,8%.28 Así, las mercancías producidas en el país se encarecieron y las importadas se abarataron, en términos internacionales. Esta situación se agravó en los períodos de baja en las commodities, como en 2008-2010 y desde mediados de 2013, cuando las exportaciones tendieron a estancarse. Así, el superávit de la balanza comercial se redujo en un 46,8% entre 2008 y 2014.29 En ello tuvo fuerte impacto el sector de hidrocarburos: desde 2002, las cantidades exportadas cayeron sistemáticamente, aunque el aumento en los precios compensó la caída hasta 2008. Desde entonces, el valor de las exportaciones cayó un 36,6% hasta 2014, mientras el valor de las importaciones creció un 151,6% –lo que fue denominado como la “crisis energética”–.30

Ante la pérdida de competitividad, el Gobierno trató de contener los costos empresarios, de manera de mantener el crecimiento económico. En primer lugar, apeló a subsidiar las tarifas de electricidad y gas, y el transporte público; esto implicaba abaratar un insumo directo de las empresas y un costo de reproducción de la fuerza de trabajo. En segundo lugar, intentó establecer un “techo” salarial, que funcionara como un ancla inflacionaria; en esta operación, el Gobierno sumó más fracasos que éxitos, dada la renovada fortaleza de los sindicatos (Etchemendy y Collier, 2008). La recuperación del crecimiento a tasas chinas –9,5% en 2010 y 8,4% en 2011– agravó la pérdida de competitividad.31 Todo ello expresaba una contradicción entre la competitividad económica y el mantenimiento del crecimiento con apreciación del peso y aumento del salario en dólares. Esta contradicción se puso de manifiesto en el establecimiento de controles de capital y restricciones a la compra de dólares por el Estado a fines de 2011 y en el deterioro del sector externo desde entonces. En consecuencia, desde 2012 la economía ingresó en una fase de estancamiento, de la que aún no encuentra la salida.
Comentarios finales

Desde fines de 1998, la economía argentina transitó una profunda crisis. Originada en un shock externo, por las crisis del Sudeste asiático, Rusia y Brasil, la crisis erosionó los avances de la reestructuración capitalista de los ‘90: la productividad se estancó, el costo salarial dejó de bajar, las tasas de interés crecieron y la ganancia se contrajo. Para la clase trabajadora, la crisis implicó un significativo crecimiento de la desocupación y la pobreza. La situación económica se agravó por la rigidez de la Convertibilidad, hasta la rebelión popular de diciembre de 2001, que generó la caída del Gobierno.

La salida de la crisis se dio manteniendo la mayoría de las reformas neoliberales, con un aparato productivo modernizado, la flexibilización de la contratación y el consumo de fuerza de trabajo, la apertura comercial por eliminación o reducción de aranceles a la importación y la eliminación de regulaciones estatales sobre la actividad privada, como resultado de los ’90. Sobre esta base, en la post-convertibilidad el capital avanzó no ya sobre un acelerado aumento de la productividad como en los ‘90, sino sobre una brutal reducción de los costos unitarios, en términos reales e internacionales. Para ello, fue necesario remover algunas de las bases del ciclo de acumulación de los ‘90: en 2002, se abandonó el tipo de cambio fijo, se habilitó la emisión monetaria, se pesificaron y desindexaron las tarifas de servicios públicos, se reestablecieron las retenciones a las exportaciones, etc. El salto en la competitividad de la economía logrado a partir del aumento del tipo de cambio real, la caída del salario (real y en dólares) y la recuperación de la rentabilidad empresaria, generó el relanzamiento de la acumulación capitalista. La industria se convirtió en el sector dinámico, con una mayor orientación hacia el mercado externo, generando la expansión de sectores mercado internistas asociados.

El ciclo de acumulación se afianzó en 2004-08, con el aumento de los precios de las commodities, un factor ajeno a toda política doméstica. El tipo de cambio real alto multiplicaba el poder adquisitivo de las exportaciones y mantenía los precios relativos favorables a la producción de bienes. El salario se recuperaba de manera contenida y fragmentada, con un moderado crecimiento entre los trabajadores registrados del sector privado y una caída en los estatales y no registrados del sector privado, respecto a los niveles pre-devaluación. Todo ello mantenía la ganancia de competitividad lograda en 2002.

Sin embargo, ya desde 2007 la ganancia de competitividad se moderaba por el aumento de los precios y del salario por encima de la tasa de devaluación nominal, generando la apreciación del peso y la suba de los costos en dólares. Esta situación llevó a la aguda reducción del superávit comercial, a las restricciones a la compra de divisas en 2011 y al estancamiento de la economía desde 2012. De esta manera, en la propia forma de salida de la crisis de 1998-2001, en base a la depreciación del salario y de la moneda, estaban presentes las condiciones que condujeron al estancamiento actual. En la base de la dificultad de la política económica estatal para lidiar con los problemas que erosionaron la competitividad se encuentra la contradicción entre las “correcciones” necesarias y las necesidades de legitimación política: dada la renovada fortaleza de la clase trabajadora y su capacidad de defender la recuperación salarial a través de los sindicatos, resultaba irracional para el Gobierno encauzar voluntariamente tales correcciones, en tanto las mismas no fueran impuestas por el mercado como resultado de una crisis profunda.32
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* CONICET – IESAC/UNQ – IdIHCS-UNLP. Dirección de correo electrónico: ssalvia76@gmail.com

1 La excepción fue una recesión originada en el “efecto tequila”: en el 2º-4º trimestre de 1995, el PIB tuvo una caída interanual de un 4,4% –que se recuperó casi totalmente en primer trimestre de 1996–. Elaboración propia en base a datos del INDEC.

2 Elaboración propia en base a datos del INDEC. Para cuantificar la rentabilidad, tomamos el excedente de explotación bruto –que incluye ganancia, renta e interés de la economía– en relación a los puestos de trabajo asalariado del sector privado.

3 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios de 1993.

4 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto, Cuenta de Generación del Ingreso e Inversión Bruta Interna Fija a precios de 1993.

5 Elaboración propia en base a datos de INDEC.

6 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Cuenta de Generación del Ingreso, Líneas de Pobreza y de Indigencia y Evolución de la tasa de desocupación por aglomerado.

7 Elaboración propia en base a datos del BCRA y del INDEC.

8 Tras esta renuncia, se dio una sucesión de varios presidentes en 10 días, hasta que la Asamblea Legislativa (ambas cámaras del Congreso) designó al Senador Eduardo Duhalde, del opositor Partido Justicialista, para completar el mandato (MI-SAPE 2008).

9 Elaboración propia en base a INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios de 1993 y Cuenta de Generación del Ingreso.

10 El cambio de tendencia fue posible por la mayor capacidad del Banco Central para intervenir en el mercado, a partir de las retenciones agropecuarias, la obligación a los exportadores de liquidar las divisas al Banco Central y la emisión Lebacs, bonos de corto plazo en pesos con tasas de interés que llegaron a 120% anual (Salvia, 2012; Schvarzer y Finkelstein, 2003).

11 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Cuenta de Generación del Ingreso para el Sector Privado e Índice de Precios al Consumidor, y de BCRA, Tipo de Cambio Nominal Promedio Mensual.

12 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Índice de Precios al Consumidor

13 El crecimiento de las manufacturas de origen agropecuario (MOA) de 16% y los combustibles de 7,3%, superaba el promedio. Más retrasadas, las manufacturas de origen industrial (MOI) sostuvieron las cantidades (1,1%) pese a la caída de los precios (-6,4%), mientras los productos primarios declinaron las cantidades (-2,4%) aún con mejores precios (5,2%). Elaboración propia en base a INDEC, Índices de valor, precio y cantidad de las exportaciones y Estimación del Balance de Pagos.

14 Elaboración propia en base a INDEC, Cuenta de Generación del Ingreso para el Sector Privado.

15 Construimos un proxy de tasa de ganancia relacionando las utilidades brutas (antes del impuesto a las ganancias) y el patrimonio neto de las grandes empresas. Elaboración propia en base a INDEC, Encuesta Nacional de Grandes Empresas.

16 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Estimador Mensual Industrial. Como sostiene CEP (2004) la industria explicaba el 87% de la recuperación del PIB en el segundo y tercer trimestre de 2002.

17 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios de 1993.

18 Datos de INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios de 1993.

19 El hecho que este crecimiento de precios internacionales coincida temporalmente con el recambio presidencial de 2003, ha hecho posible las visiones que subsumen sus efectos en las bondades de un modelo económico de factura endógena.

20 Mientras los combustibles tuvieron un rol destacada en el aumento de precios internacionales, con un incremento del 175,7%, los restantes grandes rubros tuvieron un desempeño superior en las cantidades exportadas, con un alza de 94,5% en las Manufacturas de Origen Industrial (MOI), de 79,2% en los Productos Primarios y de 79% en las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA). Elaboración propia en base a INDEC, Índices de valor, precio y cantidad de las exportaciones.

21 Datos de BCRA, Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral. Cabe destacar que en la elaboración de este indicador se utiliza el Indice de Precios al Consumidor (IPC), elaborado por el INDEC para el Gran Buenos Aires (BCRA 2005). Desde enero de 2007, el Gobierno intervino este último indicador, de manera que el INDEC publicó resultados sensiblemente inferiores a los reales. En enero de 2014, el INDEC lanzó un nuevo indicador, el IPCNu, cuyos resultados triplicaron al IPC, mostrando la nula confiabilidad de este último. Una evaluación de tales manipulaciones estadísticas puede encontrase en Grigera y Eskenazi (2013).

22 Elaboración propia en base a datos del Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino (CENDA), IPC-7 Provincias.

23 Adicionalmente, la construcción logró relanzarse tras la crisis, llegando a una participación del 5,6% en 2007-08, superando el 5,3% de 1997-98. En ello, parece haber jugado un papel importante la canalización de las ganancias agrarias e industriales hacia el sector. Elaboración propia en base a INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios corrientes.

24 Elaboración propia en base a datos de INDEC, Índice de Salarios, y CENDA, IPC 7 Provincias.

25 Elaboración propia en base a INDEC, Encuesta Industrial Mensual

26 Elaboración propia en base a INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto e Inversión Bruta Interna Fija, a precios corrientes.

27 Elaboración propia en base a INDEC, Cuenta de Generación del Ingreso para el sector privado.

28 Elaboración propia en base a datos de INDEC y de CENDA.

29 Elaboración propia en base a datos de INDEC.

30 Elaboración propia en base a datos de INDEC.

31 Elaboración propia en base a INDEC, Estimación del Producto Interno Bruto a precios de 1993.

32 Tomamos esta idea de Piva (2013), que la utiliza para la crisis iniciada a fin de 1998. Para el autor, la crisis se caracteriza por la contradicción entre las necesidades de valorización del capital y las necesidades de legitimación política. Esta contradicción parece operar también en la post-convertibilidad, en tanto las decisiones tomadas para sostener la legitimidad política contribuyeron a la paulatina erosión de la competitividad ganada en 2002-03. Así como los cambios que produjeron esta pronunciada ganancia de competitividad sólo pueden entenderse en relación a la profunda crisis económica previa, las decisiones del Gobierno que condujeron a su erosión sólo pueden entenderse en relación a la profunda crisis política, cuyos efectos se extendieron más allá de diciembre de 2001. Un abordaje específico de la crisis política excede las posibilidades de este trabajo. Remitimos para ello a Salvia (2015b).





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