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Barcos españoles de la expansión oceánica josé Luis Casado Soto Museo Marítimo del Cantábrico


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BARCOS ESPAÑOLES DE LA EXPANSIÓN OCEÁNICA

José Luis Casado Soto

Museo Marítimo del Cantábrico, Santander
La hegemonía ejercida por primera vez a escala universal por los hombres de la Península Ibérica, tanto en el ámbito político como en el económico y militar, se pudo construir en buena medida gracias a su condición de pioneros en la gran expansión oceánica con que se inauguró la Edad Moderna. Ello fue posible porque entonces sus gentes de mar poseían lo que en aquel tiempo constituía la más avanzada vanguardia tecnológica, es decir, la mejor tecnología naval disponible. Entonces como ahora los saberes prácticos más eficientes se concentraban en “la carrera del espacio”. España y Portugal habían contado y contaban con los barcos y los hombres capaces de conducirlos con más eficiencia que otro alguno por todos los mares del mundo. Precisamente la preeminencia en este campo fue lo que les permitió convertirse en la avanzada de la gran expansión geográfica europea renacentista; primero dando el salto a los archipiélagos atlánticos más aledaños; después descubriendo, conquistando, asentándose y colonizando los nuevos mundos.

La ventaja estratégica de haber sido los primeros en trazar las rutas marítimas con que alcanzar, conocer, ocupar y explotar las lejanas tierras descubiertas en América, África, Asia y Oceanía, tuvo la virtud de multiplicar sus efectos, especialmente por dos razones: merced al incremento de los recursos económicos que la expansión proporcionaba y por las estimulantes expectativas que aquel proceso generó. Con más medios y más acicates de los que dispuso cualquier otra nación marítima europea contemporánea, el fenómeno tuvo inmediato reflejo en los instrumentos que lo hacían posible, la construcción naval y los procedimientos de navegación.

Con el fin de dar cumplida respuesta al desafío desde entonces permanente planteado por los océanos, la flota se multiplicó y diversificó, mientras se procedía al continuo perfeccionamiento de los barcos y las técnicas e instrumentos de navegación. Ciñéndonos al asunto de los barcos, las diferentes tipologías preexistentes se incorporaron de inmediato a las carreras oceánicas, con lo que no hizo sino acelerar el proceso de adaptación y mejora permanente aplicado a los efectivos navales disponibles, tarea complementada con el desarrollo de nuevos prototipos de buques destinados a funciones específicas.


Parece que fue durante el largo reinado de Felipe II cuando ese proceso evolucionó más deprisa y alcanzó la madurez, en buena medida a consecuencia de las decisiones sistemáticamente adoptadas por la propia Corona.

Los años en que Felipe II detentó el poder abarcaron con creces toda la segunda mitad del siglo XVI, contando desde la regencia iniciada en 1543, y coinciden con la fase de mayor expansión de la Monarquía Hispánica. A las conquistas de Méjico y Perú se añadió la constante ampliación de nuevos horizontes por los márgenes de todas las Américas, a lo que no tardaría en añadirse la incorporación de las Islas filipinas (1565) y la unión ibérica (1580), mediante la que se consumó la integración, bajo una misma Corona, de España, Portugal y sus respectivos imperios ultramarinos.

Entre los variados y complejos motivos que condicionaron el fenómeno tecnológico de la construcción naval en aquellos años, cabe destacar, por un lado, el aumento constante de la demanda de más, mayores y mejores buques, con los que sostener las rutas marítimas que mantenían hilvanados los dominios dispersos por toda la faz del planeta Tierra, por otro, frenar la concurrencia del resto de las potencias navales europeas, a la búsqueda del beneficio a toda costa, en detrimento de los países ibéricos que les habían aventajado.

Contrasta con esa realidad el peyorativo estado de la opinión que refleja la historiografía general existente sobre la calidad de los barcos españoles de aquel periodo. Opinión construida desde hace poco más o menos un siglo, respecto a la que han desempeñado un papel relevante, tanto un conjunto de publicistas e historiadores de ámbito cultural protestante1, como la falta de interés hacia el asunto por parte de los estudiosos españoles2. No obstante, durante los últimos años comienza a abrirse paso entre los tópicos establecidos un mejor conocimiento de los verdaderos perfiles de la compleja realidad tecnológica de la construcción naval hispana de aquel periodo3, aunque los tópicos, por infundados que sean, tienen fuerte tendencia a persistir4.



1. ANTECEDENTES HASTA LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVI

La depuración y logro de las tipologías navales españolas que protagonizaron los descubrimientos, y con las que a continuación se construyeron las rutas oceánicas, era algo que había tenido lugar a lo largo de la Baja Edad Media. Los hombres de mar del Cantábrico habían afirmado su presencia en el escenario de la fachada atlántica europea desde el siglo XIII, compitiendo con éxito frente a las demás naciones marítimas y desarrollando flotas diversificadas con que atender a las diferentes navegaciones en que estuvieron implicados.

Los fueros otorgados a las villas portuarias cantábricas, repartidas por los duros litorales que discurrían entre la frontera de Francia y la de Portugal, propiciaron un rápido incremento de la actividad pesquera y mercantil, lo que proporcionó la fuerza naval suficiente como para colaborar significativamente en el avance de la llamada “reconquista” hacia el sur, interviniendo con eficacia en la toma de Cartagena, Sevilla, Cádiz y otros enclaves meridionales, gracias a lo que fueron incorporados al de Castilla los reinos de Murcia y Andalucía. Los nuevos privilegios y franquicias otorgadas a modo de recompensa por los reyes, no hicieron sino mejorar sus ventajas relativas para el ejercicio de las actividades marítimas5. Desde las nuevas bases en el Atlántico andaluz, los barcos y tripulantes de la costa norte fueron quienes abrieron a la navegación cristiana el Estrecho de Gibraltar, permitiendo por primera vez en muchos siglos el contacto regular entre el Mediterráneo y el Atlántico europeos6.


A lo largo de los siglos XIV y XV los pequeños puertos aforados cantábricos siguieron afirmando su presencia en el arco marítimo que abarcaba desde el Mediterráneo Occidental hasta el Mar del Norte, conformando un poder naval con aspecto de hegemónico, capaz de actuar como árbitro entre las demás naciones marítimas durante la Guerra de los Cien Años y de frenar las pretensiones expansivas de una entidad tan potente como la Liga Hanseática7.

Los barcos mercantes cantábricos se multiplicaron para atender las rutas del Norte y las rutas de Levante, con apoyo y etapa en las costas portuguesas y, sobre todo, en el complejo portuario atlántico andaluz, articulado en torno a Cádiz y Sevilla8.

Las expediciones pesqueras de altura en lejanas costas también se hicieron regulares, forzadas por el hecho de la estrechez de la plataforma continental del norte español y la circunstancia de que los peces cuya captura era más ventajosa, desde el punto de vista económico, fueran en su mayor parte pelágicos. Desde el siglo XIV se documenta la presencia de pescadores españoles en aguas irlandesas, en lo que se conoció como “el Mar de España”, y desde comienzos de la siguiente centuria en el banco canario-sahariano9.

Las importantes flotas necesarias para el sostenimiento de toda esa actividad marítima, en gran parte aún pendiente de estudio, fueron concebidas para navegar por las broncas aguas de la fachada atlántica europea, enfrentándose a las tormentas y las olas que la caracterizan. No cabe duda respecto a que ello constituyó la mejor escuela imaginable, no sólo para la depuración de los mejores y más fuertes barcos, sino también para la formación de los marineros y pilotos que los tripulaban; todo ello se pagaba a las enfurecidas aguas, frecuentemente levantadas por los vientos y las corrientes, con un alto tributo en vidas, lo que no era el menor de los estímulos para mantener la tensión de cara a la permanente mejora de los niveles de eficiencia en la construcción de sus embarcaciones10.



Si bien la documentación específica sobre barcos conservada del periodo de transición entre los siglos XV y XVI no es tan abundante como la de unos años más tarde, los conflictos reflejados en el Registro General del Sello y en los protocolos de Sevilla ponen de manifiesto no sólo la intensa participación norteña en las navegaciones y campañas africanas, sino también la condición del Cantábrico como astillero del que en gran medida se surtían los andaluces para sus propias navegaciones, especialmente cuando el tamaño exigido a los buques excedía al de las pequeñas carabelas y barcas sureñas, es decir, cuando requerían carabelas redondas, navíos y naos11. Tampoco cabe la menor duda de que la llamada Carrera de Indias se surtió primordialmente de efectivos navales en las tres provincias orientales del Cantábrico, Guipúzcoa, Vizcaya y Cantabria, durante todo el siglo XVI, tal como demostraron los Chaunu y corrobora cualquier acercamiento a los fondos del Archivo General de Indias o al de Simancas12.

La construcción naval de aquel periodo de efervescencia e inquietud expansiva, en que el Reino de Castilla atendía a las navegaciones tradicionales, por las rutas consolidadas a lo largo de la Edad Media, se abría a la exploración y fijación de las nuevas navegaciones oceánicas, como toda vanguardia tecnológica en cualquier tiempo, era un fenómeno diversificado y complejo, al que acercamientos simplificadores y reduccionistas no hacen sino distorsionar13.



Entre las deficiencias y vacíos que presenta la historiografía española al respecto, destaca el desconocimiento de prácticamente todo sobre la naturaleza, cuantía, operatividad y coyunturas por las que debieron pasar las diferentes flotas hispanas del siglo XVI, con la indicada excepción de la Carrera de Indias. Casi nada sabemos de las flotas que regularmente partían de puertos españoles con dirección a Flandes, Francia e Inglaterra14, mientras que la dirigida a Levante o la muy numerosa dedicada al cabotaje son unas perfectas desconocidas, así como las de las expediciones pesqueras de altura.

Una reciente aproximación al estudio de las tipologías navales implicadas en esos tráficos durante la primera mitad del siglo XVI nos ha permitido, tanto corroborar la importancia numérica de los barcos en ellos comprometidos, como algunas de las características de su evolución durante ese periodo15.

Las embarcaciones de altura en la fachada atlántica española de aquel tiempo eran fundamentalmente las construidas en el norte, y abastecían a tres grandes ámbitos funcionales: la pesca, el comercio y la guerra. Cada una de estas funciones contaba con diversas tipologías navales específicamente desarrolladas para ella.

Para las pesquerías se utilizaban bateles, barquías, chalupas y galeones abiertos, pinazas, chalupas con cubierta, zabras y carabelas; desde los años cuarenta, las expediciones en pos de los bacalaos y las ballenas de Terranova y Labrador involucraron también a galeones mercantes y naos.

El comercio de altura se realizaba con buques de mediano y gran porte, de menor a mayor, carabelas, navíos, galeones mercantes, naos y muy raras carracas procedentes del Mediterráneo.


Por lo que respecta a la guerra, en el Atlántico hispano los barcos diseñados ex profeso para tal actividad, es decir, las galeras, vieron su ámbito de actuación restringido al Estrecho de Gibraltar, sus aledaños y el Mediterráneo Occidental; en el Norte el enemigo era de menor entidad y su acción más difusa, sin constituir fuerza poderosa, sino reducido a puntuales intervenciones de piratas y corsarios con navíos menores y medianos, frente a lo que fue respuesta suficiente la formación de pequeñas escuadras de embarcaciones equivalentes, generalmente de carabelas y zabras bien armadas, a las que se añadieron en los años cuarenta unas pocas unidades de nuevo diseño denominadas galeazas y galeones de guerra, a cargo de Álvaro de Bazán. Contingentes importantes de buques mercantes cantábricos fueron sistemáticamente incorporados a las armadas reales que operaron en el Mediterráneo durante aquellos años.

Las armadas aprestadas para las expediciones de exploración, conquista y colonización de los nuevos mundos, entonces en proceso de incorporación a la Monarquía, se formaron en principio con los barcos seleccionados de entre las flotas atlánticas disponibles, aunque a partir de la primera vuelta al mundo, no fue raro que se labraran unidades específicamente diseñadas para las expediciones a la Especiería, como por ejemplo la capitaneada por García Jofre de Loaisa.

El complejo panorama que proporciona la diversidad de barcos pergeñada, en modo alguno puede interpretarse en el sentido de una especialización rígida de cada tipo de buque en una función y tráfico concreto, antes al contrario, casi todas las tipologías eran susceptibles de ser utilizadas en más de una de esas funciones, en razón de las circunstancias. Efectivamente, muchos de los barcos de pesca eran adaptados durante el verano para la práctica de un activo comercio de cabotaje; también había embarcaciones de altura que se fletaban para expediciones pesqueras en lejanos caladeros; no resultaba raro que unos y otros intervinieran en acciones corsarias durante situaciones de crisis, cuando no eran directamente embargados para, convenientemente reformados, ser encuadrados en las armadas reales.

Pueden resumirse en dos las razones de tal aparente promiscuidad funcional; una sería la necesidad económica de mantener ocupados los barcos durante el mayor tiempo posible a lo largo del año, dado su alto coste y notable coeficiente de obsolescencia; la otra, los requerimientos estratégicos de la Corona ante los sucesivos conflictos navales en que se vio envuelta.

Esto último no debe de extrañar, ni ser juzgado a la ligera, puesto que respondía al procedimiento generalizado de operar practicado por todas las monarquías marítimas europeas desde la Edad Media, de las que el establecimiento de la Ley de Mayoría (preferencia de carga para los barcos mayores) y la del Acostamiento (prima anual a los constructores de barcos mayores de 600 toneles) promulgadas por los Reyes Católicos no constituyen sino una muestra del interés por promocionar la construcción de los más idóneos para ese fin.


Ajustando la descripción a los tipos de barcos más frecuentemente citados en las fuentes de información escritas conservadas, resulta que estos eran naos, carabelas, galeones mercantes, zabras y chalupas con cubierta. Las naos estaban presentes en todas las grandes rutas de navegación comercial, mientras que al parecer los galeones mercantes eran preferidos para las efectuadas a los puertos con barra de Francia y Flandes, dado que su presencia no trasciende el nivel de meramente testimonial en el sur y el Mediterráneo. Por lo que respecta a las carabelas, aún eran abundantes en el Cantábrico por los años treinta de aquella centuria, a partir de la cual fueron progresivamente sustituidas por los galeones mercantes, que por entonces comenzaron a aparecer también en los registros de la Carrera de Indias. El porte medio de las naos oscilaba entre los 120 y los 250 toneles, el de los galeones entre 100 y 160, el de las carabelas entre 50 y 90, el de las zabras y chalupas cubiertas entre 20 y 50 toneles. Estos últimos eran barcos sutiles y con justa fama de buenos veleros, que también utilizaban remos; todo parece indicar que eran muy apreciados para la práctica del corso y como auxiliares en las armadas reales.

Una relación de hacia 1552 de “Las personas que tienen acostamiento por razón de las naos e fustas con que son obligados a servir” pone claramente de manifiesto lo escaso que siempre fue el número de grandes barcos acogidos al beneficio del “Acostamiento”, por cuanto se reducía a solamente cuatro naos y dos galeones cantábricos de poco más de los 600 toneles requeridos, además de una gran carraca mediterránea de 1.800 toneladas16.

De las numerosas relaciones de buques manejadas para la confección del trabajo en que se basan estas afirmaciones se desprende que a lo largo de la primera mitad del siglo XVI los tonelajes medios de las diversas tipologías navales se mantuvieron en los mismos estándares, con crecimiento prácticamente imperceptible, constante que comenzó a variar de forma significativa en los años cincuenta; periodo en que también se detectan noticias de cambios en la morfología, distribución y estructura de algunos tipos; pero éstos fueron años de transición que ya podemos incluir en los tiempos de la intervención de Felipe.
2. FELIPE II Y LA MADUREZ DE LA CUESTIÓN NAVAL


El periodo central del siglo XVI fue aquel en que se consumó el traspaso de la corona de Carlos V a Felipe II, rey que hispanizó definitivamente la dinastía austriaca. La década de los años cincuenta y siguientes se caracterizaría por un fuerte incremento de la demanda de buques en todos los frentes. La Carrera de Indias crecía sin parar, estimulada por la explotación de los nuevos yacimientos de metales preciosos descubiertos en Perú (Potosí) y Méjico (Zacatecas); otro tanto le ocurría a la Carrera de Flandes, suplementada a menudo con el envío de barcos cargados de soldados y plata al frente norte de las guerras con Francia. Con Levante se mantenían los tráficos, aunque al parecer en proceso decreciente, a la vez que el Mediterráneo drenaba buen número de buques cantábricos adquiridos por miembros de la Orden de Malta, así como por próceres italianos, su color de naturalidad como súbditos de una misma Corona. Las pesquerías en Irlanda y frente al Sahara estaban en todo su apogeo, mientras se consolidaban y sistematizaban las expediciones regulares a los lejanos caladeros del actual Canadá, diversificadas en dos tipos, las que iban tras los bacalaos y las que buscaban ballenas. Además, durante la confrontación con Francia, cada año se aprestaron grandes armadas, algunas tan espectaculares como la que llevó a Inglaterra al príncipe Felipe para casar con su tía María; hubo ocasiones en que se llegaron a levantar hasta tres importantes armadas a la vez, como ocurrió en el año de1557.

Coincidieron con aquellos años de febril actividad naval se detectan dos hechos significativos. Uno de ellos fue la aparición reiterada de quejas por la escasez de buques españoles para asumir tanta tarea y de memoriales proponiendo remedios; el otro consistió en el comienzo de una política de adopción de medidas para facilitar y promocionar la construcción naval, en la que Felipe estuvo implicado desde el primer momento.

Las quejas pueden resumirse en tres tipos, la permisividad a los extranjeros para cargar mercancías españolas, la preferencia de las embarcaciones mayores para hacer los cargamentos y el daño producido al comercio por los embargos de buques para las armadas; además estaba el alto costo de la madera y otros suministros navales, dada la presión constructora sobre los bosques y la necesidad de importar algunos elementos, así como la tardanza en el cobro de los sueldos por los buques embargados.

Apaciguado el flanco norte mediante la paz de Cateau-Cambrésis, regresó a España Felipe, según las evidencias documentales, decidido a enfrentar los problemas planteados para garantizar los tráficos marítimos y promocionar la construcción naval. Desde el comienzo se detecta la adopción de toda una serie de medidas concurrentes a esos fines, de naturaleza muy diversa. El conjunto de decisiones adoptadas y actuaciones emprendidas a tal propósito a lo largo del extenso reinado pueden agruparse en cuatro bloques: las de carácter legislativo, las de contenido económico y fiscal, las orientadas a la racionalización de los procesos y las encaminadas a la articulación de estructuras operativas.


A. Medidas legislativas

Aunque la manifiesta voluntad de normalización legislativa de Felipe II sea algo reconocido, se ha reparado mucho menos en la constante atención que prestó a los asuntos navales a través de ese instrumento.



Ya en la época de su segunda regencia se emitió una real provisión (21-VI-1552) mandando “que se planten montes de nuevo”, porque la incesante tala para hacer navíos, casas y edificios amenazaba con acabarlos17. Al año siguiente publicó otra prohibiendo que se hicieran en España barcos para extranjeros18.

Las protestas implícitas en las peticiones planteadas por los diputados en las Cortes de Valladolid (1555) y Toledo (1559), achacando la escasez de buques españoles con que responder a la crecida demanda, a la falta de respeto y aplicación de las leyes y pragmáticas que establecían la preferencia de las embarcaciones de los naturales a las de los extranjeros, así como a la frecuencia de los embargos19, no tardaron en obtener respuesta, aunque los embargos se paliaran o cesaran gracias al general apaciguamiento del escenario europeo.

La norma según la cual debían tener preferencia para la carga los barcos de los naturales, emitida por los Reyes Católicos el año 1500, junto a la prohibición de vender barcos españoles a foráneos20, a las que los propios reyes achacaban que “por ello hay en estos reinos más y mejores fustas que en otros”, venía siendo quebrantada desde los tiempos del Emperador. Al comienzo de su reinado otorgó privilegio de naturaleza a flamencos y alemanes, concedió a los ingleses que no se les aplicara la ley de preferencia (1523)21 y lo mismo a los genoveses. Ello posibilitó que poco a poco flamencos, franceses, ingleses e italianos fueran penetrando en los tráficos peninsulares menores y, paralelamente, incrementando sus propias flotas. En un principio el asunto sólo afectó a los tráficos marginales, efectuados con barcos de mediano y pequeño porte, menos atendidos por los propios españoles, pero mediado el siglo ya se percibía como una competencia que podía acabar haciendo daño a la industria naval nacional.


La norma de la preferencia y otras viejas leyes mercantilistas fueron actualizadas por Felipe II, rectificando algunas de las generosas concesiones de su padre, desde el año 156022. Pero fue en 1563, cuando la paz parecía consolidada y la necesidad de formar armadas era mucho menos perentoria, cuando se adoptaron toda una serie de medidas encaminadas a la promoción de la construcción naval española, entre las que no faltaron las legislativas. Así se renovó la ley de preferencia y la de la prohibición de vender barcos construidos en España y madera con que hacerlos, a foráneos, o naturales residentes en el extranjero23.

Sin embargo, no podemos olvidar que el objetivo último del Rey y sus consejeros seguía siendo el propiciar la disponibilidad de buques susceptibles de ser usados en la guerra naval, como pone de manifiesto el mantenimiento de la ley llamada “de la mayoría”, que otorgaba preferencia en las cargazones a los barcos mayores de 600 toneles, si bien revisándola de forma realista y bajando el límite a los 300 toneles24, porte que siguió siendo considerado alto por los transportistas del Cantábrico25.

Todo ello fue complementado con la definición y regulación progresivamente más precisa de los requisitos mínimos de seguridad exigidos a los buques, así como con el establecimiento de premios y privilegios para el autor de cualquier invento que mejorara el rendimiento de los barcos, como podían ser bombas, sistemas de calafateado, clavazón, máquinas de a bordo, arboladura, etc26.
B. Medidas económicas y fiscales

Hasta hace bien poco tiempo, la decidida política de incentivación económica a la construcción naval sostenida por Felipe II, ha merecido tan poca atención como la legislativa27.



El rey comenzó por la actualización de las disposiciones ya existentes, redujo de 600 a 300 el porte de los toneles requeridos por los barcos para cobrar de la Corona el “acostamiento”, es decir, la prima anual de 10.000 maravedís por cada cien toneles de arqueo a que tenía derecho cualquiera que hiciera barcos de tal arqueo. Importante decisión que fue complementada con la exención del impuesto de alcabala a todas las transacciones de compra-venta que hicieran los constructores de buques para todo lo referido a la adquisición de materiales y pertrechos necesarios a tal fin, así como en las enajenaciones de barcos que tuvieran lugar entre naturales del reino28.

Mayor transcendencia debió tener la original medida de crear un fondo de capital, destinado a la concesión de créditos sin interés a los constructores de buques, a razón de dos ducados por tonel. Esta iniciativa, excepcional y única en su tiempo, también se puso en marcha en 1563, con un capital inicial de 20.000 ducados, que fue ampliado con posteriores aportaciones de la Corona en 1568, 1577, 1578, 1583, de manera que a los veinte años de iniciados los empréstitos el capital sumaba 44.000 ducados. Era condición indispensable para la concesión de los préstamos que los barcos a ellos acogidos se construyeran atendiendo a unas especificaciones técnicas muy precisas, relativas a las proporciones, fortaleza de la estructura, tamaño, apresto y armamento, encaminadas en su conjunto a mejorar su calidad y rendimiento; todo ello controlado por los oficiales reales. Paralelamente a estas labras de buques bajo empréstito, estipuló el Rey en 1582 un concierto con Lope de Avellaneda para la construcción de 15.000 toneladas de navíos, para lo que realizó un desembolso de 60.000 ducados, a razón de cuatro ducados por tonel, a cambio de condiciones aún más exigentes, estrictas y bajo la condición de permanecer los barcos a la completa disposición para el real servicio29.

Todavía un año antes de su muerte, promulgó Felipe II dos reales cédulas que ampliaban con gran generosidad los créditos a la construcción naval, pues ofrecían un montante de hasta 4.000 ducados por barco construido según los criterios oficiales, a devolver a los tres años después de la botadura, periodo en que la Corona se comprometía a no embargarlos para sus armadas30.
C. Racionalización de los procesos

La intensa movilización de las capacidades navales del reino sostenida por Felipe II, comprendió también lo que puede interpretarse como un programa de racionalización de algunas de las facetas más básicas del asunto, aspecto en que tampoco puede decirse que haya reparado la historiografía al uso.



Entre las medidas de racionalización de la construcción naval puestas en práctica por la Corona durante ese reinado pueden distinguirse tres procesos: el de la unificación de los sistemas metrológicos, el del desarrollo de la formulación matemática para la evaluación de la capacidad de los buques y el de la discusión y fabricación en serie de prototipos de nuevo diseño.

La existencia de diferentes unidades de medida aplicadas a los barcos en los diversos litorales españoles, combinada con los también variados procedimientos practicados para establecer la capacidad de los buques, convertía al asunto del tonelaje en terreno abonado para el fraude. Son relativamente abundantes las discusiones y pleitos conservados que evidencian tal situación, lo que no puede extrañar si se tienen en cuenta los fuertes intereses encontrados que concurrían en el asunto; simplificando mucho, los propietarios pretendían que el número de toneles asignado a sus barcos fuera el más bajo posible cuando de él dependía el pagar derechos y el más alto cuando de lo que se trataba era de cobrar el sueldo que pagaba la Corona cuando los tomaba a su servicio.

Para la unificación metrológica de los diferentes codos usados (en el norte el de ribera: 575 mm, en el atlántico andaluz el de Castilla: 557 mm y en el Mediterráneo el de Cartagena: 592 mm) ya se hizo una consulta a los expertos de la costa en 156831, aunque el primer intento firme en esa dirección se diera en 158032. De todos modos, no fue sino a raíz de la liquidación de los sueldos a los barcos participantes en la Gran Armada contra Inglaterra, cuando se fijó definitivamente el codo de ribera del Cantábrico y el tonel macho (1,52 m3) resultante de su aplicación como unidades básicas para la medición naval en todo el reino33.

Paralelamente a la fijación de un único sistema metrológico, España venía desarrollando procedimientos para el arqueo de los buques, progresivamente más precisos y basados en criterios objetivos, tanto respecto a los puntos del barco desde donde tenían que efectuarse las mediciones, como sobre las formulaciones matemáticas precisas para lograr la cubicación del espacio útil del barco. En 1590 se ordenó la aplicación de un único procedimiento, que incluía una fórmula matemática mucho más matizada y precisa que las utilizadas en cualquier otro país europeo contemporáneo34.



Aunque la fábrica de barcos en serie era algo practicado con anterioridad respecto a las galeras, el asunto experimentó un salto cualitativo importante en tiempos de Felipe II por dos razones: porque él fue quien lo aplicó por primera vez a la construcción de barcos de guerra atlánticos mancos y, sobre todo, por el sistema de consultas y discusiones previas que estableció, encaminadas a la definición y diseño de los prototipos más idóneos, lo que no cave duda que trascendía y mejoraba las condiciones y ventajas de la mera economía de escala.

De ese modo se hicieron, cuando menos, las siguientes series de buques de guerra durante su reinado: doce galeones agalerados fabricados en Deusto durante 1568; ocho fragatas construidas en La Habana en 1570; cuarenta y tres zabras labradas en las tres provincias del Cantábrico oriental en 1574; dos grandes galeazas hechas en Deusto en 1578; nueve galeones botados en Santander en 1583-84; doce galeones fabricados en Santander y Bilbao en 1589-91; seis galeones construidos en Portugal en 1590; dos galizabras labradas en Zumaya en 1592; cinco barcos diversos en Lisboa en 1594; seis galeones hechos en Rentería en 1595 y otros seis y dos zabras en Pasajes en 1597, sin contar otras construcciones menores35.

Las condiciones y especificaciones técnicas establecidas para disfrutar de los empréstitos, permanentemente ajustadas y mejoradas, también constituyeron otro factor nada despreciable para la racionalización de la construcción naval.
D. Creación de estructuras operativas permanentes

Contra lo que viene afirmando desde hace algunas décadas cierta historiografía del ámbito anglosajón36, la conformación de estructuras navales permanentes de carácter bélico no fue privativa del Mediterráneo hasta el momento del fracaso de la Gran Armada contra Inglaterra, antes bien, se trató de un objetivo reiteradamente puesto en práctica por la Corona en aguas del océano, desde el mismo comienzo del reinado de Felipe II.



Entre 1561 y 1564 estableció la norma legal que fijó definitivamente el sistema de navegación en conserva a las Indias, mediante la formación de dos flotas anuales, una destinada a Nueva España y la otra a Tierra Firme, cada una de las cuales había de ir convoyada y escoltada por dos barcos aprestados de guerra, la “capitana” y la “almiranta”, que para ello debían ir menos cargados que es resto respecto a su porte, a fin de disponer de mayor facilidad para la maniobra y mayor agilidad en el manejo de la crecida artillería que embarcaban. En 1565 y 1566 ordenó que tal papel en adelante lo desempeñaran galeones de más de 300 toneles, sin carga alguna de mercadería y con aún más artillería.37 El año de 1562 ordenó el Rey la formación de un armada guarda costa permanente, con base en Sevilla y Cádiz, compuesta por ocho galeras y destinada a garantizar la arribada de las flotas, manteniendo limpias de corsarios las aguas entre el cabo San Vicente y el Estrecho de Gibraltar.38

En 1568 mandó fabricar el núcleo de lo que más tarde recibiría el nombre de Armada para la Guarda de la Carretera de Indias, formación permanente compuesta inicialmente por doce galeones de guerra construidos ex profeso para tal fin.39 Dos años más tarde se hicieron ocho fragatas de nuevo diseño en La Habana para la patrulla permanente de las islas, en prevención de acciones piráticas. A partir de 1575 se articularon dos escuadras permanentes de galeras, con base en La Habana y Cartagena de Indias, a fin de garantizar la limpieza de piratas en el Caribe, las cuales en conjunto recibieron el nombre de Armada de Barlobento, cuyas unidades no tardaron en ser sustituidas por galeones40. Desde 1578 se comenzó a estructurar, con base en Perú, otra armada permanente para la defensa del Mar del Sur y la seguridad del transporte de plata al istmo de Panamá41.



Con los galeones de Portugal y sucesivos añadidos de naos, galeones y pataches españoles se conformó a partir de 1580 la formidable armada permanente, con base en Lisboa, que no sólo hizo posible la conquista de las Azores, sino que también garantizó la arribada de las flotas de ambas Indias durante la conflictiva década de los ochenta; tras el episodio de la Gran Armada se reestructuró en un cuerpo de varias escuadras con base en Lisboa, El Ferrol, Santander y Pasajes, que recibiría el nombre conjunto de Armada del Mar Océano42; mientras, otras armadas se seguían a prestando temporalmente para campañas concretas, como la defensa de las costas, las intervenciones en Bretaña y Flandes o el castigo al litoral inglés.

La operatividad y logística de todas esas grandes formaciones, requirieron y fueron posibles merced ala conformación de una cadena de mandos militares y marinos, acompañada de eficientes estructuras administrativas. Estaba aquella formada por capitanes generales, almirantes, capitanes, alféreces, cabos, capitanes de mar, maestres, etc, cuya permanencia en los cargos fue considerable; mientras que la de gestión corría a cargo de proveedores, contadores y demás oficiales bajo su mando.

Respecto a la promoción de la construcción naval, es preciso citar al hombre que diagnosticó los problemas y puso en práctica las iniciativas de la Corona en el Norte, Cristóbal de Barros. Felipe II lo nombró “nuestro criado que por nuestro mandado entendéis en lo de la fábrica de los navíos” en 1563, cargo al que once años más tarde añadió el de Superintendente de Plantíos para todo el Norte, con capacidad ejecutiva. Un índice claro de la importancia que le otorgaba el Monarca se encuentra en el hecho de que fue el oficial que cobraba el sueldo más alto del aparato administrativo: 100 ducados al mes. Permaneció en la costa hasta 1590, en que fue destinado a Sevilla en calidad de Proveedor de las Flotas de Indias, oficio en cuyo ejercicio moriría el año de 1596. Otro hombre de gran importancia para el asunto, que desempeñó el cargo de Proveedor de Armadas del Mar de Poniente desde los años cincuenta hasta su muerte tras la Gran Armada, fue Juan Martínez de Recalde, quien a su vez había sucedido a su padre en tal cometido.43 Ambos personajes, Barros y Recalde, contaron durante más de tres décadas de la confianza y el favor real, siendo los instrumentos primordiales de una estructura de gestión permanente dedicada a los asuntos navales en lo que entonces fue el astillero nacional, el Cantábrico, completada con sus respectivos equipos de gente de confianza y apoyada en los corregidores y demás oficiales de la red de gobierno provincial.

A todo ello habría que añadir las estructuras de gestión para asuntos navales que operaban dependiendo del Consejo de Indias y de la Casa de la Contratación de Sevilla en todo lo referente a la navegación por el Atlántico y el Pacífico.



¿ Qué otro país europeo contemporáneo contaba con un aparato logístico y operativo para actuar en los océanos siquiera semejante a este? Desde luego que la construcción, articulación y mantenimiento de una realidad tan compleja no estuvo exento de problemas, provocados por errores humanos y dificultades de financiación, pero, considerada en su conjunto, no se puede negar que lograra los objetivos últimos que pretendía: el mantener unidos y articulados los diferentes miembros de una Monarquía Hispánica dispersa por todo el planeta y garantizar las rutas principales. Bien es cierto que en el camino fue preciso sacrificar abundantes recursos navales y hombres, procedentes en gran medida del Cantábrico.
APÉNDICE: DOCUMENTOS CONTRA UN ESTADO DE OPINIÓN

En otro lugar creo haber demostrado que la pobre opinión sobre los barcos españoles existente en la historiografía al uso tiene sus raíces en dos causas. Por un lado, en el escaso interés demostrado por los historiadores españoles en el estudio de este hecho tecnológico tan importante para la comprensión de la historia de su país; por otro en el fracaso de la Gran Armada de 1588, convenientemente utilizado a lo largo del tiempo, primero por la propaganda política protestante, y después por una historiografía exaltadora de los mitos nacionales44.

Aunque la producción historiográfica de las últimas décadas ha revisado en buena medida y relativizado lo que hasta entonces se presentaba como un nuevo triunfo de David contra Goliat45, el asunto de los barcos sigue dando pie a opiniones sin suficiente fundamento46.

El trabajo invertido en la investigación de archivo nos permitió acumular evidencias claras sobre que muchos de los barcos que los libros daban por perdidos siguieron sirviendo en las armadas posteriores y cobrando regularmente su sueldo47 .



Se da la circunstancia d e que la Gran Armada fue una formación naval compuesta por unidades procedentes de las diversas tradiciones constructivas europeas entonces vigentes, ya fueran propiedad de la Corona o tomadas a sueldo por Felipe II para la ocasión. Además se trataba de un convoy de avituallamiento fuertemente armado, destinado no para ser el protagonista principal de la invasión de Inglaterra, sino para escoltar y reforzar a los tercios de Flandes, a quienes estaba encomendada la tarea. Este hecho determinó que la mayor parte de sus efectivos fueran grandes mercantes, en número y variedad de procedencias suficientes como para permitir el estudio comparado de su comportamiento.

Entre los 137 buques que zarparon el 18 de julio de 1588 de La Coruña, había barcos construidos en los tres grandes ámbitos con tradiciones navales diferenciadas, el Mediterráneo, el Cantábrico y el Mar del Norte, de los que solamente la mitad eran españoles, además de no los más grandes, puesto que en conjunto arqueaban solamente el 42% del total. De todos ellos la tipología dominante fue la de los cargueros, pues sumaban sesenta y cinco, una vez descontados los que se accidentaron o retiraron por una u otra razón. Estos grandes barcos de carga eran de tres clases, según el ámbito de procedencia: naos los del marco ibérico, carracas los de Mediterráneo y urcas los de fábrica inglesa, flamenca o alemana.

Cada una de tales tipologías puede considerarse como la quintaesencia y elemento clave y más representativo de las respectivas tradiciones constructivas. Dado que también eran el conjunto tipológico mejor representado, puede entenderse que constituyen el mejor indicador posible para intentar el acercamiento a una comparación objetiva del comportamiento de las diferentes tecnologías navales presentes en aquel escenario.

No tenemos noticia de la existencia de otra circunstancia semejante, en que un número significativo de tipologías funcionalmente semejantes de las principales tradiciones navales europeas se vieran sometidas a la misma prueba de mar.

Los barcos estuvieron navegando por lo menos dos meses sin tocar puerto, de los que las seis últimas semanas transcurrieron entre temporales, huracanes y mar arbolada, mientras volvían a España dando la vuelta por el norte de las Islas Británicas. Los recios vientos destrozaron jarcias, desgarraron velas, quebraron mástiles y se llevaron vergas, mientras que la constante brega de las enormes olas abría vías de agua en los cascos que las bombas, a pesar de mantenerlas en funcionamiento durante todo el día y la noche, no daban abasto a desalojar.

A partir del 21 de septiembre logró fondear en puertos españoles el grueso de la Gran Armada. De todos los cargueros encuadrados en la formación faltaron veintiuno, distribuidos según el siguiente cuadro.





COMPORTAMIENTO COMPARADO DE LOS BUQUES MERCANTES ESPAÑOLES CON LOS DEL NORTE Y MEDITERRÁNEOS


Tipos y construcción


Implicados


Perdidos







Toneles





%


Toneles


%

Naos (Cantábrico)


25

13.155

4

16

2.649

20

Urcas (Norte)


27

11.160

11

41

6.212

56

Carracas (Mediterráneo)


13

8.983

8

62

5.473

61

Resulta evidente que las naos cantábricas superaron la terrible prueba mucho mejor que el resto de los barcos diseñados para la carga en cualquiera de los otros litorales europeos. Realmente sólo se perdieron cuatro, lo que en porcentaje supone casi un tercio de lo ocurrido a las urcas norteñas y únicamente la cuarta parte de las pérdidas sufridas por las carracas mediterráneas; considerando el asunto en base a los tonelajes, las pérdidas españoles se limitaron a solamente un tercio de las padecidas por cada una de las otras dos tipologías.



A la vista de estos números entendemos que se impone revisar los tópicos al uso sobre la calidad de los barcos españoles de aquel periodo histórico, como no podía ser menos, dada la condición de España como país hegemónico y cabeza de un imperio construido y sostenido por sus fuerzas navales.

1 Sobre la génesis y evolución de ese estado de opinión a partir del episodio de la mal llamada Armada Invencible, CASADO SOTO, J. L., “La construcción naval atlántica española del siglo XVI y la Armada de 1588", en La Gran Armada. Simposio hispano-británico, Londres-Madrid, 1988, Madrid, 1989, pp. 51-86; existe versión inglesa en RODRÍGUEZ-SALGADO, M. J. y S. ADAMS (eds.), England, Spain and the Gran Armada, 1585-1604, Edinburgo, 1991, pp. 95-133. Para una argumentación más reciente, CASADO SOTO, J. L., “Flota atlántica y tecnología naval hispánica en tiempos de Felipe II”, en Congreso Internacional Las Sociedades Ibéricas y el Mar a finales del siglo XVI, vol. II, Madrid, 1998, pp.339-364.

2 Desde los trabajos de FERNÁNDEZ DURO (Disquisiciones Náuticas, Madrid, 1876-1881), GUIARD y LARRAURI (La industria naval vizcaína, Bilbao, 1917) y ARTIÑANO (La arquitectura naval española , en madera, Barcelona, 1920) puede decirse que no se ha revisado el asunto hasta el presente.

3 BARKHAM, M., A report on XVI century Spanish Basque Shipbuilding, 1550 to 1600, Otawa, 1981; CASADO SOTO, J. L., Los barcos españoles del siglo XVI y la Gran Armada de 1588, Madrid, 1988; GOODMAN, Poder y penuria. Gobierno, tecnología y ciencia en la España de Felipe II, Madrid, 1990; RAHN PHILLIPS, C., Seis galeones para el rey de España, Madrid, 1991.

4 Por ejemplo de la persistencia de tópicos al respecto en el difundido libro MARTIN, C. y G. PARKER, La Gran Armada, Madrid, 1988; o en los éxitos de ventas de hace dos años, cuando se celebra el cuatrocientos aniversario de la muerte del Rey Prudente: KAMEN, H., Felipe de España, Madrid, 1997; FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M., Felipe II y su tiempo, Madrid, 1998.

5 BALLESTEROS BERETTA, A., La marina cántabra y Juan de la Cosa, Santander, 1954; VV. AA., El fuero de San Sebastián y su época, San Sebastián, 1982; VV. AA., El fuero de Santander y su época, Santander, 1989.

6 VIÑAS y MEY, C., “De la Edad Media a la Moderna. El Cantábrico y el Estrecho de Gibraltar en la historia política española”, Hispania, I (1940) pp. 52-70; II (1941), pp. 53-70; (V (1943), pp. 63-101 y V (1944) pp. 41-105; RENOVAR, Y., “Les voies de communication entre pays de Mediterranée et pays de l’Atlantique du Moyen Age”, en Etudes d’histoire medieval, vol. II, París, 1968.

7 FERNÁNDEZ DURO, C., La Marina de Castilla, Madrid, 1893; SUÁREZ FERNÁNDEZ, L., La intervención de Castilla en la Guerra de los Cien Años, Valladolid, 1950.

8 FINOT, J., Etude historique sur les relations commerciales entre la Flandre et l’Espagne au Moyen Age, Lille, 1899; MOLLAT, M., Le commerce maritime normand à la fin du Moyen Age, París, 1952; SUÁREZ FERNÁNDEZ, L., Navegación y comercio en el Golfo de Vizcaya, Madrid, 1959; CHILDS, W. L., Anglo-Castilian trade in the later Middle Ages, Manchester, 1979; CUNEDO DEL POTRO, B., Mercaderes castellanos en el Golfo de Vizcaya, 1475-1492, Madrid, 1984; FEREIRA, E., Galicia en el comercio marítimo medieval, La Coruña, 1986.

9 LA RONCIERE, C., La decouverte de l’Afrique au Moyen Age, El Cairo, 1925; ROMEU DE ARMAS, A., “Las pesquerías españolas en la costa de África (siglo XV-XVI)”, en Hispania, 130 (1975)

10 Una síntesis reciente de este proceso y circunstancias en CASADO SOTO, J. L., “El arte de navegar en el Atlántico en la época del Tratado de Tordesillas”, en El Tratado de Tordesillas y su época (actas del Congreso Internacional de Historia, Setúbal, Salamanca, Tordesillas, 1998), 3 vols., Madrid, 1995, I, pp. 985-1005.

11 ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS (A65), Registro General del Sello, 13 vols., Valladolid y Madrid, 1950-1987; INSTITUTO HISPANO CUBANO DE HISTORIA DE AMÉRICA, Catálogo de los fondos americanos del Archivo de Protocolos de Sevilla, 7 vols., Sevilla, 1930-1990. También pueden encontrarse abundantes referencias al respecto en FERNÁNDEZ NAVARRETE, M., Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde finales del siglo XV, 5 vols., Madrid, 1825-1837.

12 CHAUNU, H. y P., Seville et l’Atlantique (1504-1650), 12 vols., París, 1955-1960.

13 Intentamos poner esto de manifiesto en CASADO SOTO, J. L., “Los barcos del Atlántico Ibérico en el siglo de los descubrimientos. Aproximación a la definición de su perfil tipológico”, en Andalucía, América y el Mar, Sevilla, 1991, pp. 121-156.

14 Algo se sabe sobre estas rutas y flotas en la Edad Media, por los trabajos citados en la nota 8, con algunas expresivas referencias sobre la continuidad de la presencia de barcos españoles en aquellos tráficos en obras como BASAS FERNÁNDEZ, M., El Consulado de Burgos en el siglo XVI, Madrid, 1963, o BERNARD, J., Navires et gens de mer a Bordeaux (1400-1550), París, 1968, sin embargo el conocimiento de todo lo referente a la logística de las flotas, cuantía y características de los barcos implicados está en buena medida pendiente de investigación.

15CASADO SOTO, J. L., “Aproximación a la tipología naval cantábrica en la primera mitad del siglo XVI”, en Itsas Memoria, II (1998), (en prensa)

16AGS, Guerra Antigua (G. A.), leg. 44, fol. 169.

17MAZA SOLANO, T., Aportación al Estudio de la Economía Montañesa, Santander, 1957, p.384.

18MUSEO NAVAL MADRID (MN,M), Col. Vargas Ponce, leg. 3, nº 6, Valladolid, 6 de julio de 1553.

19Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, Madrid, 1883-1884. Las de Valladolid en IV, pp. 666-667; las de Toledo en V, pp. 836-837.

20FERNÁNDEZ DURO, C., La Armada Española, I, Madrid, 1876, p. 395.

21Nueva Recopilación, leg. IV, tít. VIII, libro IX.

22Idem, ley X, tít. VIII, libro IX.

23GUIARD, T., Historia del Consulado y Casa de Contratación de Bilbao y comercio de la villa (1511-1850), I, Bilbao, 1913, p. 67.

24AGS., Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 49, nº 24, Madrid, 6 de mayo de 1563.

25SAGARMINAGA, F., El Gobierno y Régimen del Señorío de Vizcaya, Bilbao, 1938, I, pp. 170-178.

26GARCÍA TAPIA, M., Patentes de Invención Españolas en el Siglo de Oro, Madrid, 1990

27Véase la nota 3.

28Véase nota 24.

29CASADO SOTO, J. L., Los barcos españoles..., cit. Pp. 106-115.

30Recopilación de las Leyes de los Reynos de Indias, Madrid, 1681, IV, f. 17.

31AGS., GA, leg. 347, n º 23.

32AGS., GA, leg. 96, nº 63.

33CASADO SOTO, J. L., Los barcos españoles..., cit. pp. 58-71.

34 Idem, ibídem, pp. 73-94.

35 CASADO SOTO, J. L., “Construcción naval atlántica...”, cit., pp. 71 y del mismo, Los barcos españoles, cit., pp. 136-153.

36 Entre otros muchos, por ejemplo, LEWIS, M., The Spanish Armada, Londres, 1960; THOMPSON, I. A. A., War and Government in Habsburg Spain 1560-1620, Londres, 1576; WALKER, B., Seafarers: The Armada, Alejandría, 1981.

37FERNÁNDEZ DURO, C., Armada Española, cit. IIpp. ; CHAUMU, H. Y P., Seville...cit.,III, pp.

38MN.M, Col. Navarrete, XXII, fol.377.

39CASADO SOTO, J L., Los barcos españoles, cit., pp.138-139; CHAUMU, H. Y P.,Sevilla, cit. III, pp. 160-225

40TORRES RAMÍREZ, B., La Armada de Barlobento, Sevilla, 1981.

41PÉREZ MALLAINA, P.E. y B: TORRES RAMÍREZ, La Armada del Mar del Sur, Sevilla, 1987.

42CASADO SOTO, J.L., Los barcos españoles, cit. pp. 44-54; FERNÁNDEZ DURO, C., Armada Española, cit. III, pp.

43CASADO SOTO, J.L., Los barcos españoles...cit. pp. 103-153 y 275-374.

44CASADO SOTO, J.L., “Flota atlántica y tecnología naval hispana en tiempos de Felipe II”, en Las sociedades ibéricas y el mar a finales del siglo XVI, vol. II, Madrid, pp. 339-363.

45 En el ámbito de la cultura protestante la revisión de la interpretación de aquel episodio fue iniciada por MATTINGLY, G., The Spanish Armada, Boston, 1954, su punto culminante en RODRIGUEZ SALGADO, M.J. (ed), Armada. 1588-1988. An international exhibition to commemorate the Spanish Armada, Londres, 1988.

46 MARTIN, C. and G. PARKER, The Spanish Armada, Harmondsworth, 1988.

47CASADO SOTO, J.L., Los barcos españoles del siglo XVI y la Gran Armada de 1588, Madrid, 1988.


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