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¡Ay mis tardes de cazalla y Puccini, quien las cogiera ahora!


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En fin, se estarán vds imaginando que con tanta truculencia lo mío es el morbo. Y de eso nada, monada. Lo mío es Gluck y Monteverdi, San Juan de la Cruz y Mantegna. Yo en esto voy de cronista, no pongo nada mío. De verdad. Mío, mío...bueno, sí, Laura, mi pequeña heroína, mi barquita. ¡Cómo la echo de menos! ¡Qué tardes gloriosas con el tocata desorejado! Puccini sobre todo, Puccini. Música suntuosa y grave que resbalaba sobre aquel cuerpo de Laura, suave como la seda y sólido como el sílice, al tiempo que mis besos de amante añejo y torpón. Mi Laura de músculos duros, de tendones cómo jarcias, mi niña chica.

Ya sé, ya sé. Los argumentos del melodrama italiano son impresentables. Sus heroínas, inverosímiles. Pero a nosotros nos daba igual. Que la geisha moría haciéndose el harakiri, tal día hizo un año. Que Mimí cascaba tuberculosa, caramelos de menta. Que a Liu la despedazaban, mercromina. Que a Mario le fusilaban, chaleco antibalas. Lo que importaba era que nosotros bogábamos en aquellas olas despaciosas e inmensas; que nos dejábamos arrebatar por el fulgor de aquella belleza incandescente, imposible casi, paroxística, como nuestro deseo todavía sin aplacar, nuestro embeleso.

¡Ay mis tardes de cazalla y Puccini, quien las cogiera ahora!

Teníamos nuestros ritos, no se crean. Laura siempre llamaba a la puerta con dos timbrazos y un golpe de aldaba. Toques de cobrador de recibo, quede claro. Nada de señales convenidas, de mariconerías de novela rosa. La nuestra era una ternura militante. Ni carreras por la playa ni Canon de Pachebel ni cámara lenta. Nos tomábamos unos churros con orujo viendo amanecer desde Palacio y los besos nos salían cómo el respirar, sin pensarlo. ¡Nada, tíos, aquello era legal y lo demás spots de la publi! Nosotros no íbamos por la carretera cogiditos de la mano como la maestra y el sheriff. Ni como los ecologistas, con una pegatina de Ballenas for Life en el culo. Subíamos por Mayor liándonos un purito de afgana y aquello era la Ruta. Parecía que estuviésemos en Turquía o en algún punto repleto de aduaneros corruptos, bandidos y guerrilla.

Y sin embargo al oir sus golpetazos en la puerta me salía un fondo de viejo solterón y refunfuñaba siempre: esta cría se cree con derecho a todo, podía avisar por lo menos, coño, joder con la femineidad del S XX, se pasa.

Pero en cuanto la veía en el umbral, sonriéndome entre inocente y distraída es que me desarmaba, me olvidaba de todo y en lo único que pensaba era en comérmela cómo a un polo de nata. Pasa, muñeca, le decía yo imbuído de una virilidad de peli de Bogart años cuarenta pero en realidad de pocacosa de Valdemorillo de esos que no aguantan ni una corrida de toros (como es el caso y a mucha honra)

Y Laura sonreía. No cómo Lauren Bacall ni cómo las vamps del viejo cine americano sino con un gesto que era mezcla de disculpa y desafío y sugerencia. Cruzaba la puerta cómo de puntillas y sin siquiera darme un beso- ni aun las buenas tardes, se llegaba hasta la mesa y empezaba a vaciarse los bolsillos.

Esos gestos tranquilos de Laura mientras se aligeraba los pantalones-sin tan siquiera un reojillo cómplice, un guiño, nada, tenían para mi un significado especial. Laura es la única mujer que he conocido capaz de salir sin bolso a la calle. Porque ¿qué es una mujer sin bolso? Cómo un jardín sin flores o un buzo sin escafandra. ¡Chica valiente, Laura! Se enfrentaba a la jungla sin rifle, se hacía a la mar sin bote salvavidas.

Luego, el recuento de sus posesiones era cómo un catálogo de la modestia. Era una cría, no tenía nada. Ni dinero ni deudas. Por no tener no tenía ni prejuicios ni malicia. Unas monedas, un paquete de tabaco siempre en las últimas, un encendedor de tres al cuarto, un bonobús.

No sé si ella se daba cuenta de cómo esa indefensión suya, al mostrarme lo parco de sus posesiones, despertaba en mi una ternura que arrasaba cualquier resistencia. Tras esa confesión de humildad yo era ya solo un vagabundo perdido en su propia derrota, un ciego embrujado, una víctima en fin, su amante.

Luego la descalzaba yo. Ella se dejaba hacer, dócil, amable, y en ocasiones me acariciaba suavemente el pelo. Piececitos minúsculos, de niño, de niño de verdad, un treinta y cinco que yo miraba siempre con veneración antes de besarlos. ¡Que perfección la de la curva del empeine! Divina, inencontrable en las obras del hombre, un arco que no me hacía pensar en Praxíteles ni en Rafael sino en la perfección de una fruta lisa como el jade, en la redondez de una piedra pulida por siglos de erosión: la armonía que se produce porque nadie ha alterado su esencia con la búsqueda.

Me retiraba a la cama y esperaba con impaciencia ese gesto que cómo un relámpago la revelaba. Laura se quitaba la camisa de un manotazo, casi con rabia y parecía decir: aquí estoy, vale, ¿qué te creías?

Y si nuestra liturgia había tenido un introito aquel era el momento de la exhibición, del ostensorio. Allí estaba como cuando la luz estalla en fogonazo: desnuda, redonda, inalcanzable. Deslumbrado aun por la oferta pensaba siempre en custodias de oro, en grandes joyas, en dioses que se exhiben entre perlas y gemas.

Laura conmigo era así, altiva, desafiante. Soy tu otro yo, me decía en silencio, tu victoriosa derrota, tu pareja. Y yo la admiraba en silencio y envidiaba la certeza de sus veinte años, la crueldad de su desafío. Y le tendía los brazos.

Pero ella no se apresuraba. Me mostraba sus armas con la serenidad de un héroe que se sabe vencedor de antemano y que ni desprecia ni odia a su oponente sino que le ama-porque su derrota será su fama y cuanto más ardua la pelea mayores la gloria y la leyenda.

Brillante Laura. Dura, fresca, se hacía de rogar unos segundos antes de descender a la justa mientras yo deseaba que empezase cuanto antes el combate. Una batalla cómo las de Ucello, en rosa y violeta, resuelta con la misma íntima trabazón, con idéntica avidez desaliñada.

Yo la veía venir hacia mi, de rodillas, como un felino cariñoso, un gatito flexible hecho de silencio y misterio y admiraba siempre sus pechos duros como picos de mármol. Esfinge, le decía yo, animal salvaje, panterita. Ella no me contestaba. Seguía avanzando con inofensiva fiereza y me asaltaba con una determinación que nunca dejaba de sorprenderme.

Una dulzura aplicada, acuciante, de niño que hace los deberes sacando la lengua y apretando mucho los labios. Yo, al principio casi no respondía, me dejaba atacar por sus cuarenta y cinco kilos de ternura: leoncito juguetón, le mordía la orejita, Juana de Arco. Y si acariciaba su piel la sentía tan tersa que más que acariciar tenía la sensación de tañir una cuerda de prima.

En esos primeros amagos todavía me sentía cómo el gran trasatlántico al que sorprende una brisa que ni siquiera le balancea: enanito, juguete, no te siento, provocaba yo. Pero ella, encelada ya en esa primera escaramuza, no me hacía caso. Y a poco su fuerza era mi fuerza y su deseo mi deseo. Perdía entonces mi norte, entraba con ella en el lance y era suyo. ¡Ay esa Laura que yo solo conocía! No era ya la diosa distante, la adolescente esquiva. Su reciura se deshacía entre mis caricias, su cuerpo era como un nudo mal ajustado que empieza a dstrabarse. Los labios dejaban de ser duras puertas de dientes y se abrían cómo seda tibia y húmeda. Mi mano resbalaba sobre una piel que ya no era aquella prima tensa sino una sombra lisa y dulce. Eramos suspiros, gemidos, una pasión cada vez mas unánime hasta que nos convertíamos por fin en una única ola, un sólo corazón y un sólo origen. Y así, entre quiebros, quejas y súplicas nos abandonábamos a una singladura que nunca era ni menos fulgurante ni venturosa ni menos inesperada ni pródiga en novedades, encuentros y sorpresas que la mas alta de nuestras nostalgias.

Aunque para mí lo mas hermoso del encuentro era que por fin cerraba la herida. Porque mientras esperaba a Laura, o la deseaba, o simplemente pensaba en ella sentía un dolor infinito. Y cuando por fin la tenía frente a mi el daño era ya insoportable, y me invadía y no me dejaba respirar, ni ver, ni casi sentir, cómo si la inminencia del abrazo hubiese hecho insoportable ninguna espera.

A veces me acometía el vértigo y hubiese gritado: si supieses cuanto me hieres, pequeño verdugo, monstruo cruel. Pero eso era ya pasado. Ahora éramos amantes investidos de amor y aunque navegásemos al azar nos protegía la gracia. La travesía se alargaba o se acortaba, cambiaba de rumbo o se interrumpía. Pero nunca terminaba en naufragio o extravío. Nuestro pabellón era cómo un talismán. Contra ese broquel de lumbre y llama no prevalecían conjuras o sortilegios.

Aventureros tocados por la fortuna, sí, exploradores, amantes descaminados en la premura de las invenciones. Naúfragos en el ojo del huracán, víctimas de nuestra propia victoria nos alzábamos ebrios, dispuestos a resistir hasta el final del enigma. Y por fin una ola como un rayo nos empujaba el uno contra el otro y ese choque salvaje nos deslumbraba y rompía en gozo antes de depositarnos, atónitos e incólumes, en la blandura de una fatiga tan cercana al suave silencio y al sueño cómo a la extrañeza de haber escapado indemnes a tanto ardor y a tanta belleza.

Ya está, ya está, dice la chica, que para esto las tías siempre son más avispadas, que se arregla, que no va de ligue, qué bonito, si están enamorados...fíjate, se encuentran en la Plaza Mayor el día de Navidad, casi casi cómo nosotros que nos encontramos en Ceregumillo de la Higueruela el día de Santa Eufrasia, y tate, pero que romanticón el tío este, no estamos ya en los madriles, Nastasio, esto es Holibú.

Ya, ya, que les veo venir. Están pensando en eso. Se aman tiernamente, se les ve el plumero, se desean, se follan cómo monos en celo (¡qué delicado, qué sutil, qué idílico), casi casi de prensa del corazón. El tan cínico, ella tan joven. Y ahora seguro que se casan y se van a vivir juntos o al revés, que el orden de factores no altera el producto, ella le hace sentar la cabeza, montan una sociedad anónima emocional, osea, firman letras, se endeudan cómo sus padres y sus abuelos para que sobre su sudor se edifique una patria cómo es debido: con dividendos. Luego se casan con la Caja de Ahorros y ya está. Hasta que la hipoteca los separe. Lo que el tipo de interés unió no lo desuna el hombre.

Veinte años despues, el epílogo. El hizo oposiciones cuando llegó el primer crío y ahora da clases en la UNED. Ella se licenció en Puericultura por la misma Universidad. Están comprando todavía la parcelita en la sierra, tienen unos ahorrillos en Bonos del Estado y a Laura lo que mejor le sale son las lentejas con bacalao. ¡Ah, y les ha caido la parejita, niño y niña, dos soles! Si ya lo dijo el padre Homero: las generaciones de los hombres se suceden como las generaciones de las hojas...

Pues no señores, pues no, que esto no va de peli americana, que esto es la vida pura y dura, que los guiones son eso, guiones.

Bueno, pues un dia suena el teléfono a una de esas horas raras que tu ya sabes que no puede ser nadie conocido.

Pero el teléfono nunca se sabe. Lo mismo es el huevero con una promoción de natillas a la salmonella que aquella prima loca que se fugó con un maharajá y quiere nombrarte heredero universal en un arrebato. Inverosímil mas no imposible.

Descolgué el aparato. Era la voz de una mujer sin instrucción, poco habituada a explicarse y menos aun por teléfono, de edad avanzada y posiblemente de origen rural...¿todo eso nada más empezar a hablar? Todo eso y más. Voz quebrada, incoherencias ocasionales: que soy la madre de Laura, ¿sabe vd? y cómo no la veo ya desde hace una semanas y yo sé que vd...es que ella...por lo que me cuenta...y vd...

Y se echa a llorar.

Uy, pienso yo, esto va de honor mancillado y a mí me hostian. Macho, cómo Laura tenga un padre rudo camionero o un hermano hecho al andamio y la intemperie, voy dado. ¡Qué digo, dado! Crujido, triturado. Me casan a punta de cacharra.

Verá señora-adopto un tono frío y profesional. Puedo asegurarle que ni he visto a su hija en varias semanas ni tengo la menor indicación de su paradero. La pura verdad, por otra parte. No se crean que lo mio con Laura era un noviazgo años cuarenta.

Es que ...sigue ella...es que...y se desmorona. La madre, ¡ah!, la madre eterna. Su hija, una niña, los disgustos que le ha dado, no es la primera vez, desde los catorce años que lleva, y claro es que no hay padre, que se lo llevó un accidente, ni hermano mayor, se querían mucho, ¿sabe vd? Y eso sí que fue una desgracia y cómo ya tiene dieciocho pues la policía dice que no hay nada que hacer, que no es cosa suya, y luego, eso, que los conozco yo, que tenemos un concuñado que es funcionario de prisiones y otras veces...

¿Otras veces? ¿Pero qué es esto?-pienso yo. ¿Tengo una musa carcelaria? ¿Me he encoñado con una empleada de Galerías, perdón de Yeserías? Explíquese por favor, exijo yo.

Sí, dice ella. ¿No lo sabía vd? Desde lo del chalet...

Pero ¿de qué chalet me habla? ¿Son vds constructores? No, no, me dice ella. El chalet de la cura. ¿De la cura?-contesto yo. Pero ¿qué cura? ¿Es que está enferma? No-dice ella. Por el hábito. ¿Hábito? Yo pensaba: a esta tía le patina el coco, no es serio, Laura monja. ¡Venga ya!

Claro, la heroína. La heroína, claro, saltó la palabra y me hizo pensar en uno de nuestros nombres secretos: heroína, Monjita Alferez, chiquirritín... Y de repente me entró un sudor frío. Hostias, está hablando de la Reina. Laura heroinómana. Me caí en el sillón. ¿Diga?-preguntó la pobre señora. No, nada, contesté yo todavía con el susto puesto. Casi no podía hablar, se me había quedado la boca cómo el corcho.

¿Qué dirán que pensé? No pensé, tuve miedo, pánico. Lo primero que se me representó fue el SIDA. El mío, se entiende. ¿Que Laura se picaba? Como si se colgaba de un bonsai. ¿Que para llegar a esa situación tenía que haber estado desesperada? Era su desesperación al fin y al cabo. ¿Que obviamente me lo había ocultado? Sus razones tendría. A mí lo que de verdad me acojonaba era el SIDA, el que me podía haber contagiado en una de aquellas tardes de cazalla y Puccini.

A todo esto Doña Encarnación, la madre de Laura, deliraba: yo ya le había dicho...pero es que...claro...vd que va a saber...cuando iba en casa su tío...y Ramón...ay Ramón...y todo era el paf, ¿eh? (quería decir el Pub)- sollozo- y yo...(más llanto)...el policía, el secreta...

Corté el piar de la vieja: ¿dónde vive vd señora? No se preocupe. Voy a verla y me lo cuenta todo. ¿Sí? No, no se moleste, voy yo a verla, faltaría más, señora. Tal y cual número, Fuenlabrada.

Tomé nota y safari a Fuenla.

Decidido ya a la aventura pues a por todas. En la cosa de bajar el Orinoco, alquilar un yate es una horterada de especulador. Hay que hacerlo en pipante y con un jíbaro de guía. Que no coleccione cocos de blanco, evidentemente.

Pues aquí igual. De taxi nada. Al tren de cercanías escapado. Decía no sé quien, un autor sesudo, seguro, que las ciudades son sus ríos. París era el Sena, Londres el Támesis, Washington el Potomac y Madrid...el Manzanares. Uno, que modestamente algo ha viajado, invita a la comparación de los trenes de cercanías. Surrey, por ejemplo, desde Londres...New Jersey desde Nueva York...Versalles desde París...el metro y cercanías de Munich...na, pues ese cuadro de honor pongan vds Fuenlabrada desde Atocha, fijo.

Algo así como lo de la Plaza Mayor que les contaba yo el día de Navidad tratando de compararla con los Vosges o Trafalgar Square. La España eterna, cutre y rala. Yo siempre digo que cuando a un alemán le gustan los pajaritos va y escribe una Enciclopedia sobre los canarios. Cuando a un español le gustan los pajaritos se los come fritos en el Bar de la esquina. Sigo.

Me picaba tambien la curiosidad porque había leído en el periódico no sé qué a propósito de la Estación de Atocha. La había remodelado Moneo y según el cronista, nada. Aquello era el Monumento de los Monumentos, la Sixtina del Rail, qué digo, la Cúpula de Bruneleschi de la RENFE. Mies, Bramante, Le Corbusier... todos unos aprendices, unos críos. ¡De cabeza pues, a Atocha que es gerundio! Ya de incurable (por el SIDA) morir peregrino artístico. ¡Hala, a la nueva tierra dónde florece el limonero! Hasta a lo mejor me curaba y todo. Bueno, si es que tenía el morbo, un suponer.

Fue una entrada mágica. Casi sin darme cuenta dejé atrás la luz del Prado y entré en un túnel grisáceo dónde apestaba a zotal y de allí, cómo si el pasillo hubiese sido un tobogán, caí en una rotonda dónde confluían varias avenidas y a la que llegaban muchedumbres vestidas de oscuro. Eran muñecos silenciosos, gente resignada y cabizbaja, de ojos tristes. Se movían con rapidez, tenían prisa, claro, querían llegar a casa cuanto antes. Y terminaban todos engullidos por unas aberturas laterales que parecían llevarles a los infiernos.

¡Qué miedo! De verdad, oye, de repente un escalofrío. Aquello me recordaba algo terrorífico, no sabía qué: una pesadilla, una película de suspense o las tardes aquellas de los Jueves, cuando me castigaban de pequeño en el Colegio y yo recorría pasillos y pasillos que parecían de de Chirico.

¡Menudo espacio! ¡Pobre arquitecto! ¡Pero si con aquello no pueden ni Palladio y Vitrubio redivivos! Era un lugar de proporciones inhumanas donde yo creo que te hacían sentirte incómodo a propósito para que lo abandonases a la carrera e hicieses sitio a otros. Un ámbito hostil, desproporcionado y sin armonía donde todo te llevaba hacia el control, la poli, unas grandes cabinas con tipos uniformados que te pedían el billete y te abrían la verja para que pasases hacia unas oquedades rugientes, como de gruta marina.

El sitio aquel terminaba por arriba en una cúpula parcialmente encristalada y alrededor del círculo había una entreplanta desde dónde se podía vigilar el ir y venir de los autómatas, osea, de nosotros. Y por si acaso, por si acaso hacía falta zurrarnos, quiero decir, desde la entreplanta hasta el suelo caían varias escaleras de hierro.

¡Coño, eso era, Metrópolis! Yo aquello lo había visto ya en una sesión de Cine Club. Una peli de Fritz Lang, blanco y negro, celuloide rancio, que dicen los enterados, pero más fresco que todos los estrenos, dicho sea de paso y en honor del gran maestro.

Miles y miles de obreros autómatas, uno, dos, uno, dos, derecha, izquierda, derecha, izquierda...iban entrando en Metrópolis y al curro, titis, siempre el mismo, poner tuercas o clavar puntas, sonaba la sirena y a quemar músculo.

Eso era, sí, Metrópolis. Llegaban las masas vigiladas desde arriba por los funcionarios de prisiones, los machacas de la ventanilla les daban el pase y ¡hala!, a los infiernos, a hacer el robot catorce horas.

Y por si algún obrerete con vocación de Espartaco levantaba la voz, no digo ya el puño, que entonces lo desintegraban, primero advertencia por el altavoz, unas carrerillas de los maderos por los pasillos de la entreplanta y discreta desaparición del disidente. Eso por lo constitucional. A los mas sediciosos los hacían gaseosa sobre el pavimento a base de rayo de la muerte.

Algo intimidado pagué y bajé a los infiernos, digo a las vías. Pero no, no eran ni una cosa ni otra. Era una galería larguísima, una cueva también de hormigón y también color ala de mosca. Luego habían cubierto las vigas con un techo agujereado para que por allí entrasen las catenarias y ¡jo, qué diseño el de las catenarias famosas! Macho, ¡vampiros, Dráculas boca abajo! Y claro, la luz, aunque difusa por el día cubierto de nubes seguía siendo cenital-inevitable-y les daba a aquellas troneras un aire gótico pavoroso.

Un decir lo del aire, otro personaje. Porque para aire y frío el que soplaba en el andén. Entre el techo y el muro habían dejado vanos y se colaba un cierzo por allí de ríete tú el de mi infancia en Velazquez. Este, es que a la laringe más pétrea, la de la momia de Tutankamon, un ejemplo, la laminaba.

¡Qué efecto, titis! ¡El castillo de Drácula! Estaba lloviendo y se veía el agua dibujarse en el contraluz de aquellas troneras con vampiro. Seguro que al diseñador del engendro le han dado el Nacional del Horror. ¡Coño con el Departamento de Estética de la RENFE! Ahora, el que se lleva la palma es el de Ventilación. A ese el Nobel. Sin jurado. Directamente. El tipo lo tuvo claro. ¿El mayor tesoro de Madrid? Su aire. ¡Pues aire va, que vacío! Y a presión. Macho, aquí de aire acondicionado, nada. Ni botafumeiro como en los tiempos y espacios devotos. Al puto viento serrano, el mejor remedio para los hedores de la ciudadanía contribuyente.

Alrededor, bajo los vanos, las inevitables galerías de hierro con caminillos para que circulasen los maderos y nos abrasasen a tiros si nos poníamos chulos. No es por dar ideas, pero si yo estuviese preparando un golpe de Estado y no supiese dónde meter preso a tanto rojo, clarísimo. A Atocha, tíos, a los andenes y al que se moviese, matarile desde el balcón.

Dirán vds que qué paranoia, siempre pensando en lo mismo. Pero es que es muy simple. Cómo yo no voy a dar ningún golpe, si alguien lo da será a mí: ¿claro ahora?

Para amenizar la espera nos largaban de vez en cuando unos berridos por los altavoces que te dejaban temblando. No se entendía una palabra. Parecían gritos de torturados, lamentos de agónicos. Yo creo que era para acojonar. Macho, al que proteste esto es lo que le espera, el mensaje lo entendía un tonto.

Uno, que ya va de maduro, que disfruta con Gluck y Rameau más que con el sinfonismo romántico, ya me entienden, bueno y tambien con Yesterday y Greensleeves, todo vale, aquellos puntazos me freían el tímpano. Dura vida la del ferroviario, esto es, la del que usa la ferrovía como medio habitual de transporte.

Mi recuerdo de los trenes es amable y viene de aquellos años lejanos cuando íbamos de veraneo a San Sebastian rodeados de bultos.

Para mi las máquinas y los vagones eran cómo monstruos afables que comían banquetes de platos y platos. ¿No salía humo siempre de sus chimeneas? Pues eso quería decir que tenían dentro una cocina encendida. Solo que el humo de los trenes era guateado y difuso como sin duda correspondía a la calidad de sus calderas que mi padre me hacía luego descubrir en libros inmensos, editados en Alemania y donde cada objeto se mostraba visto por delante, por detrás, de lado, por arriba y en pedacitos. Eso hizo para mi tan fácil entender un dia a Picasso. Y quedar cómo un pedante y un terrorista y un snob ante toda la clase de Historia del Arte cuando el incapaz del P. Beteta dijo que Piero della Francesca era el mejor pintor del mundo y que despues de él, nada. Yo saqué a pasear el cubismo analítico y ardió Troya.

¡Ojo, que derivo! Volvamos a Atocha, dejemos a aquellos monstruos amables que olían a carbonilla y a vapor y que se venían hacia nosotros con su único ojo en ristre cómo una amable invitación a cambiar de aires. ¡Qué felices éramos en San Sebastian! Mamá se ponía vestidos claros, papá se olvidaba de las estrellas y nos contaba historias truculentas de príncipes que perdonaban la vida a esposas infieles si estas sabían rescatarla con relatos.

¡Ay, ay! Bueno, pues el andén, a pesar de ser las seis de la tarde, vacío. Yo, un mosqueo de aquí te espero. ¿Estarán en huelga? ¿Se habrá producido un sabota

je del grupo clandestino Buen Gusto Ciudadano?

El caso es que a mi izquierda había un tren hasta los topes. Salían los codos por las ventanillas. Un aprovechamiento del espacio digno de una tesis doctoral. Y sin embargo y misteriosamente el tren al otro lado del anden, lo que se dice vacío. ¿Incógnita, misterio? De eso nada. El repleto iba a Fuenlabrada. El de la derecha a ningún sitio. Así que reflexionaba yo sobre si entrar o no entrar (en el abarrotado, se entiende) y me preguntaba si las cosas no empeorarían aun más con el próximo tren-el número de los pobres es como el de las arenas del mar, infinito, cuando héte aquí que la voz de ultratumba anuncia que ha habido cambio de planes y que el que va a Fuenla es el vacío.

Momento de estupor en el viajerío ya prensado en sus vagones, dos o tres señoras que se abren a toda pastilla, y, macho, la marea humana, cuando ruge la marabunta, el respetable que escampa, que se atropella, pero disparados, una cagalera de basca a ver quien llega el primero.

Plaf, me adelanto yo y me siento. Por poco, titis, que la mara llegaba ya con la espuma en los labios, al galope. ¡Qué escena! El anden se puso negro. Parecían hormigas, joder, llevaban un cohete en el culo, le sacaban chispas al hormigón y eso que llevaban zapatos con suela de goma.

¡Qué avalancha! En la puerta unos remolinos de aquí te espero. Codazos, patadas, bufidos, la leche. A una vieja la estrellaron contra la ventanilla, se oyó el crac de la nariz contra el cristal en todo el vagón. Porque correr, correr, mas que correr volaban. Pero en silencio, tíos, como si hablar o maldecir les hubiera quitado fuerzas para lo esencial- que era llegar los primeros. No sé a donde por otra parte. El vagón estaba allí y no iba a irse hasta que estuviese hasta los topes. En fin, ellos eran usuarios inteligentes, que se dice en informática, ellos sabrían.

Bueno, por fin arranca la chocolatera, nos ponemos en marcha y sin novedad. Quiero decir, un paisaje de pesadilla, claro, pero es lo normal.

Los alrededores son siempre así, bosta. Pero la cosa para un momento no sé dónde y veo en la estación a unos muñecos negros de lo más raro. Unos tipazos cachas, 1.90 cm por lo bajo, negros, pero osea negros que parecían el sobaco de un grillo. De las botas al casco. Con un palo a la cintura cómo de medio metro. ¿Vigilantes? ¿Extras de una peli con cámara oculta?

Arrancamos y de repente zas, una pedrada contra el cristal. Cómo la diligencia cuando entra en territorio indio y empiezan a tirarle flechas, lo mismo. Yo miré al respetable a ver si me daban claves, pero nada, el respetable achantaba el bisté. Un tipo dijo algo así como: jodidos críos, coño.

¿Será esto normal?-pensaba yo. Allí no se veía a nadie. Si eran chinorris dominaban la táctica sioux de atacar sin ser vistos. Pero ¡quien sabe! A lo mejor aquello era solo el prólogo de la carga de caballería y los bravos estaban ya afilando los tomahawks para esculpirnos el tomo a rajatabla. ¡Qué congoja, titis!

Pero ¡quia!, allí estaba el Séptimo de Caballería al quite, los del uniforme negro con la porra, que eso eran, un Séptimo del arrabal. Nada más aparecer unos jovenzuelos por el descampado, los tiznados saltaron a unas motos todo terreno y tras la panda a puño abierto y pistón desorejado. Estaban para eso, eran guardias de seguridad de la compañía.

¡Qué carrera! No veaís el espectáculo en aquellos baldíos. Los críos a escape. Se caían, insultaban a los maderos, buscaban el sitio mas jodido para escabullirse, las quebradas, los charcos, iban ciegos. Como liebres con el galgo detrás. Se veía que si los pillaban los negratas iban a emplearse a fondo.

Lo veía todo a cachos, era un tren en marcha, ya saben. Pero en esto, joder, un primer plano. Un chaval que se cae de morros. ¡Cómo jadeaba, parecía un podenco! Y el de la moto que se le echa encima. ¡Joder emplearse a fondo! Empezó a meterle un mogollón de palos cómo yo no he visto en mi vida y he visto unos cuantos. Un puro molinete. Cuando ya tuvo tierno al paciente empezó a trabajarlo a patadas. Un espectáculo.

Hostias, pensé, han pasado veinte años y estamos en lo mismo. Ese crío somos nosotros en el terraplén de Políticas y el de la moto el gris a caballo. Sólo que él va de macarra marginal y nosotros nos lo hacíamos de guerrilleros por la libertad. Pero es eso, tíos, es eso. No os escandaliceís, compañeros, dejaos de comparaciones literales, sobre todo los que hoy sois autoridad. Que es eso, pasmaos, que ya no hay Universidad ni rebelión juvenil, que ese papel lo cumplen hoy los manguis cabreados. Ese es nuestro tiempo.

Los editoriales de los periódicos dicen lo mismo que en los inolvidables años de paz franquista: son hijos de la Victoria, les sobra de todo, no tienen ideales, le dan al sexo y a la droga, en nuestros tiempos se vivía peligrosamente, eso es lo que les hacía falta a estos pibes, un poco de racionamiento a ver si espabilaban...

Tíos, que a veces no sé si estoy leyendo la canallesca o El Alcazar, ni sé si hablan de estos críos o de nosotros. ¡Despertad de vuestra buena conciencia de próceres! ¡Venga hombre que les están machacando!

Me despertó el coro: que si esto es una salvajada. Pues tirar piedras también. Son unos críos, que les den trabajo. Palos es lo que les tienen que dar. A ver si a vd le gustaría que se los diesen a su hijo. Mi hijo no tira piedras a los trenes. ¡Y vd qué sabe! ¡Toma que si lo sé! No te fíes, salta un castizo, el marido siempre es el último en enterarse. ¡Oiga!, ¿qué quiere vd decir con eso?

Lo de siempre, las dos Españas versión ferroviaria cercanías. Vid mis comentarios supra sobre los canarios del alemán y los pajaritos del español.
Y de repente surgió el perfil de Fuenlabrada. Así, vista todavía sin detalle, aquellos edificios parecían alzarse hacia el cielo anubarrado como una torre fortificada o una almena. Fue solo una visión fugaz desde un tren en marcha. Ya más cerca, visibles las cicatrices de la incompetencia, el desánimo y la pobreza aquellos edificios revelaron su verdadero origen y su melancólica función. Pero durante un momento mágico creí que entraba en un cuento de hadas y que tras aquellas murallas adustas me aguardaban dulces prédicas con princesas y unicornios y alquimistas. Recordaré siempre esa aparición del barrio cómo un surtidor de luz entre los sembrados. Ese relámpago fue como el alma

de mi viaje, la redención de tanta sordidez, un mínimo y efímero consuelo que todavía hoy me acompaña.

Tras mucho buscar llegué por fin a casa de Laura . No fue simple, no. Se ve que el Concejal de Urbanismo se había empleado a fondo para obtener una ciudad digna de un cuento fantástico de Borges. Ibas por la calle que parecía principal y terminaba en un muro. Salías por una bocacalle pequeña y terminaba en la Plaza Mayor. Volvías a la izquierda y habían puesto un trozo de parque. Querías atravesarlo y acababas en descampado. Un prodigio de originalidad. De creatividad, vamos. Osea la creatividad de un plan y de una autorización sobre otros planes y otras autorizaciones completamente distintas. Una anarquía. Aquello no lo desmadeja ni un ordenador de la NASA.

En los dias de trenka había yo recorrido alguna vez los antiguos pueblos del extrarradio. Lo hacía siempre deprisa, mirando hacia atrás, parándome ante los escaparates y cambiando a menudo de acera.

Y me ha quedado un recuerdo vivo del urbanismo de esos hoy laberintos sórdidos. Cuando yo los conocí eran cómo trocitos de campo. Sus habitantes habían dejado el terrón pero no sus costumbres y vivían en casas individuales, impolutas y encaladas con olor a maceta recien regada y a flores.

Se entraba en ellas apartando una cortina de trocitos de madera y te creías en un pueblo de la España árida. Viviendas pequeñas, entrañables, habitadas por una intensa presencia femenina. Casas pulidas como joyas, humildes pero cuidadas con mimo. Nada sobraba ni faltaba. Sus moradores carecían de lo superfluo pero bruñían su única posesión con una ternura y un celo de artista. Podía suceder que el agua estuviese en un botijo y la luz en un hilo que caía de un poste. ¡Y qué! El recinto era hospitalario y su sobriedad un grado superior de la sabiduría. Yo me sentaba entre sus dueños y me sentía fuerte y feliz. Su inconsciente dignidad me enorgullecía. Un dia, me decía, conquistaremos entre todos su derecho a hablar y esta simplicidad se hará patria.

Grecia nos había enseñado que los dioses eran cómo los hombres. Nosotros corregíamos. Cómo los pobres. Cómo los autores de esas pequeñas moradas. Para hacer hermosura y ser sabio no es preciso ser rico. Basta tener una sensibilidad natural a la armonía de las cosas. Ellos la poseían. Quien nada tiene solo puede ser inocente y justo. Su levedad ratificaba el compromiso de desbordarse un día y cauterizar con su rabia cándida las heridas de los siglos de hierro. Un día mandarían ellos, los elegidos, y todos seríamos felices.

Disculpen el excursus. Me ha salido sin querer.

En todo eso pensaba yo mientras trataba de atravesar el poblachón aquel que no era ni pueblo ni barrio, ni campo ni ciudad, veinte veces parido y veinte veces ejecutado a la diabla o dejado sin terminar.

En fin: les resumo lo que fue mi encuentro con Doña Encarnación, una señora humilde que hablaba tapándose el modesto escote con la mano y que me dio razón de todas estas menudencias en un piso con suelo de baldosa, jaula de pájaros, aparato de TV sobre labor de ganchillo, sofá de skay, muebles de Formica y cortinas de plástico. Eso sí. Todo como un oro de limpio. Recupero para la narración el estilo de mis años juveniles, La Azada de marras que me costó la admiración de Jose Mari y que ha terminado llevándome a esto.


Doña Encarnación enviudó muy joven. A su marido se lo llevó por delante un camión en el tajo, un día cualquiera. La mujer quedó sin más pensión que el aire y cómo tenía que sacar adelante a tres críos, dos varones y la pequeña, Laura, tiró por la calle de en medio y plantó sus reales con un antiguo conocido que le había pretendido sin éxito en tiempos.

Los hijos lo tomaron a mal, sobre todo el mayor, que venía agrio y querenciaba a la calle. El mediano se rebelaba tambien pero menos: los años no alcanzaban a la voluntad

y Laura, pues niña todavía, iba haciéndose mujer y penaba lo suyo.

El mayor terminó en Carabanchel. Robo con quebranto, violencia, siempre delitos contra la propiedad, malas compañías y golpes de cada vez mas enjundia y riesgo. El itinerario obligado para acabar sus dias en presidio de cumplimiento. Sin embargo alguien interrumpió esa carrera un día de San Valentín. El chico apareció en letrinas degollado como un cabrito.

El mediano se perdió entre arrabales sin nombre y quiso iluminarlos con chuta y jaco. Para pagarse el relámpago abrió tienda en un garito de Alcobendas. Servía a putas de carretera y yonkies de fango. Batía a veces el piso familiar y se hacía con cosas de valor cómo cacerolas o sábanas. Le bastaban para pagarse un pico de matarratas. Doña Encarnación, se retorcía las manos, lloraba y a veces hasta llegó a empeñar el anillo de boda.

Con Laura hicieron lo imposible. La mimaron, la trataron siempre cómo a la niña de sus ojos. Al menos salvar a la pequeña, siquiera protegerla un poco. Protegían tambien así su última esperanza de hogar.

Pero Laura arrancó fuerte. Se hizo flor de chiringuito, de alternes baratos, de amaneceres de basurero. Tampoco amaba a su tío-por llamarlo así, el semipadre- o más simplemente el hombre de su madre. Peleaba con él a todas horas, no aguantaba el que le reprochase su conducta. Para hacerlo todo más difícil el hermano apareció un día con el propósito de hacer razzia en el piso. El hombre de la casa estaba de baja y hubo bronca a navajazos. Acabaron los dos en el hospital. Laura escapó a una pensión.

Una redada truncó el vaivén de la cría. Corrupción de menores y tráfico de estupefacientes. Allí se descubrió que Laura estaba tan enganchada cómo su hermano y allí hace su aparición el hombre bueno de la historia, un tal Pelaez, inspector de Policía que les ayudó a encontrar un chalet dónde se desintoxicaba a drogadictos. Entre Pelaez, el hermano y sus propios dineros pagaban cómo podían el tratamiento. Pero Laura se escapaba. Llegaba a casa exhausta, rota, con los zapatos a tiras y los pies sangrantes.

A los dieciocho la niña tarifó. Pero seguía viéndose con su madre. Siempre cuando el hombre no estaba en casa. Con motivo de la hospitalización de su hermano pasaron juntas una temporada. La cría pagó todos los gastos. ¡Ah!-perdón, se me olvidaba, al hermano le hospitalizaron por una reyerta callejera. En Parla, cosa de droga. La navaja le entró a la altura del hígado y le salió por la tetilla izquierda. Coma profundo y setenta puntos de sutura. Veinte años cumplidos en Abril.

Ahora Doña Encarnación llevaba ya tiempo sin ver a su hija y estaba un poco asustada. Había llamado a un señor que sabía que había sido amigo suyo, uno que fue Arcipreste y colgó los hábitos. Nada. Tambien había explorado los paf, osea, los bares de alterne dónde sabía que podía parar. ¿Antes,eh?-precisó discreta la buena madre. No digo que ahora. Desde que está con vd...


Y vd era yo, su seguro servidor, con unos ojos cómo platos. Aldecoa, viejo escritor favorito, a domicilio. Un relato de realismo socialista impecable. Realismo todo, la vida misma. Socialista porque sucedía en la España del PSOE. ¡Quien lo hubiera podido predecir!

Bueno, pues con esos datos me puse en marcha. Lo que yo no dije a Doña Encarnación era que la última vez que nos vimos Laura me pidió dinero para no sé qué movida de un gimnasio de aerobics que quería montar con unas amigas. Yo se lo había dado y en esas estábamos.

¿Creerán vds que con esos testimonios me fui a Pelaez, el poli protector? ¿O al Obispado a preguntar por el Arcipreste? Nones. Me fui directamente a la Voz de la Calle, osea a Manolo, mi camello, el menda ese de los ojos cómo mermelada de moras.

Bueno, alucinen. Lo sabía todo. Todo. Mi Love Story andaba en lenguas. Por lo visto éramos los Romeo y Julieta de la movida dura. ¡Y yo sin enterarme de que estábamos haciendo cine! El Arcipreste, un viejo conocido, el Rey del Capricho. Se lo hacía con crías un rollo curioso. Las ponía en cueros y a verlas dormir. Un vicio japonés, creo. Había sido misionero por aquellas tierras.

El Pelaez, otro punto filipino. ¡No iba a ayudar a Laura a desintoxicarse! Llevaba dico, vulgo comisión, en la cosa del chalet. El más interesado en que no se escapasen las pupilas. A tantas mil la semana perdía el tío el bul por recuperarlas. No le costaba mucho. Preguntaba por teléfono a los puticlubs de turno dónde fichaban las ninfas y los mismos dueños le devolvían las pacientes al chalet. Les iba en ello la licencia, ya me dirán.

Luego Pelaez se llevaba a sus chavalas de paseo, y del bracete, para que todos viesen lo macho que era y las muchas jais que se beneficiaba. Sólo que era un bujarrón cerrado, un trapo de water, una ladilla de urinario. Y con las chicas, la que tenía suerte, sodomizada. La pagana, un palizón curioso. Y la sacrificada, las dos cosas.

Hablando de palizas, las del hermano de Laura con su padrastro no tenían nada que ver con las rapiñas del yonki. Que es que el viejo llevaba violando a Laura desde el primer día que entró en casa. Cómo Doña Encarnación se había quedado con una mano delante y otra detrás, ¿qué iba a hacer? Dormir y callar.

Mientras tanto, Laura en ignorado paradero. Era verdad que no había aparecido por los puticlubs, era verdad tambien que ya liada conmigo había hecho noches en los locales de marras. Y en casa del Arcipreste también. No había duda al respecto. Manolo se enrolló con el hermano de Laura y el chaval largó todito, todito. Cuando Laura estaba asfixiada de pelas, en lugar de derrotarse y pedir al menda, se echaba al oreo. ¡Toma del frasco, Carrasco!

En Fuenla me enteré de que era predestinato, osea, cabrón. En el Foro subí de categoría. Cabrito y empujaleches, delicadas expresiones de la mala vida barriobajera. Y ya lo más, lo más de todo, ahora, macarra, taxista, chuloputa, vamos. Bien es verdad que cómo lo único que yo acepté alguna vez de Laura fueron porros o cañas ¿qué tal suena chulocaña? ¿O chulotate?

Lo peor era lo de Bangkok. Por el importe de mi “préstamo”, Manolo dedujo que mi media naranja me había sableado lo justo para un viaje de negocios a Tailandia, participación en la mercancía incluída. Debía de ser normalísimo, me lo soltó a la primera y sin titubear. ¿Cuanto dices que le diste?-eso es para un apex a Tailandia, fijo: jaco. ¿La Agencia de Viajes? Un sujeto de Logroño que tenía una Inmobiliaria, un par de Cafeterías, una Agencia de Artistas (varietés), y un yate de aquí te espero. La habían embarcado cómo correo, seguro.

Bien, pues allá me fui, a la calle de la Lechuga. Ministerio de Asuntos Exteriores, Dirección General de Asuntos Consulares. Tengo un amigo diplomático y me resolvieron el tema en dos minutos. Telegrama de Frankfurt y puerta. Allí estaba: defensa de oficio, tráfico de estupefacientes, kilo y medio.

Y allí sigue. ¡Puta vida! Creo que saldrá, espero, el año que viene. ¡Qué movida! Y sobre todo ¡qué rabia, qué pasón de odio, qué ceguera! Saldría a la calle y empezaría a matar.

¿Se creerán vds que la historia es excepcional y truculenta? Manolo no le dio importancia. Me la contaba cómo si estuviera contándome la Sirenita de Andersen. No saben vds, ni yo lo sabía tampoco, cómo está de verdad la calle, cómo. ¿Qué les hemos dejado a estos críos cago en diez? Tíos, íbamos a poner a la juventud en el solio y la hemos puesto en la puta rue. A los chavales en el semáforo, a limpiar ventanillas y vender pañuelos. A las chicas en la acera para que vendan lo que vendieron siempre las desheredadas.

La imaginación al poder, desde luego. La nuestra, se entiende, los que fuimos jóvenes en los sesenta, que para eso nacimos antes. El que venga detrás que arree. Ese ya no es tan joven cómo nosotros. Y desde luego, imaginación toda. ¡Anda que no hace falta imaginación para copar hasta el último, ultimísimo momio.! Ministros, Presidentes, Directores de periódico, prebostes de medios, altos cargos digitales y no digitales...¡la leche en bote!

Les veo comer a veces en la Plaza Mayor. Claro, para vds esas caras han sido siempre así. Regordetas, cuidadas, de commendatore ilustre, de padrino, enmarcadas por un pelito secado con secador en pelu de lujo...figurines de campaña electoral, vamos.

Yo les conocí años atrás. Cuando no se afeitaban, llevaban trenka verde, estaban en los huesos y si pedías un Rioja te miraban cómo si fueses un desviacionista y merecieses la Lubianka. Ahora ya tienen coartada. Si todo ha cambiado y cambia ¿por qué no nosotros?

¡Hay que echarle papo al discurso! No es que todo cambie, titis, es que lo habeís cambiado todo en vuestro beneficio, gentuza, mamones.

Cuando me entran esas rabias no duermo. No hay lectura, música o porro que me aplaque. Miro la Plaza y sueño. Sueño cómo el Profeta aquel del Apocalipsis. Pues eso, yo sueño con un Apocalipsis de mi generación, con una venganza sin fronteras, una masacre cómo la de Herodes pero no de Santos Inocentes sino de Culpables Cuarentones.


¡Chavales, a la calle, generala, sus y a ellos! ¡Se ha levantado la veda del sesenta y ocho, basta de coñas, hombre, a no dejar uno! ¡Tanta revolución y tanto discurso crítico, leche! ¿No queriais guerrilla urbana ahora? La vais a tener. A toba viva, tíos, a inflarles a cates, zacatrás, sin miedo.

No os preocupeís que yo os los localizo. A vosotros se os escapan fijo, que vais de críos y podeís tomarles por gente de treinta a poco que os descuideís. Se han tratado muy bien, saben vivir, no veaís la fortuna que se gastan en tónicos, hidratantes, clínicas de adelgazamiento y demás. El Krug no mata, hermanos. Matan la caña y el pincho de anchoa. Eso es criminal, lejía. Pero el Burdeos del 61 te hace eterno. Lo que yo os diga. Nada, yo os los marco con el dedo: manel, tecel, fares. ¡A muerte!

Los ojos, chaveas, los ojos. Vestirse bien lo hace mucha gente. Tener un dedito de grasa bajo la barbilla no es pecado. Un día unos garbancitos de más, otro unas natillas...mi método es infalible, lo voy a patentar: los ojos.

¡Cómo les brillaban en tiempos! Aquellos críos miraban por derecho y sin complejos. Tíos, era un mazo lo que tenían por pupila. Aquello deslumbraba, era un relámpago. Citaban a Lenin y era cómo un cañonazo. Aquellos ojos se vendían caro. No creían en Dios, ni en amor, ni en nada. Creían en el futuro y en la Historia y en la Clase Universal. Más de un porrazo se llevaron solo por mirar así. A la bofia no se le escapaba aquella chispa de insolencia, aquel puñetazo. Ahora ya no, nenes, ya es otra historia. Les miras a los ojos y se protegen. Miran a otro lado, te esquivan, se callan. Tu ves que se les vela el argumento, que se sienten culpables, que no saben qué decir.

Cuando guipe a uno de esos yo os lo marco y zas, contra la esquina, sin contemplaciones. Interrogatorio tipo madero, para acojonar, duro, sin dar tiempo a que contesten: zas, y la primera directamente al papo, no muy fuerte, solo para que se caguen un poco, que son unos caguetas.

Lo primero de todo, a botepronto: traidor, cabrón, hijoputa: ¿dónde la Revolución, dónde tus veinte años? Y otro cate: chorizillo, aprovechado, pringueta, chota ¿con qué la Banca todos unos chupópteros y la íbais a nacionalizar, eh? Otro capón por insensatos. Y la droga libera, libérate, ¿te acuerdas? Y ahora al que la pasma le pilla con un gramo se lo pasa por la piedra, flun, flun, otro par de hostias.

Subid el tono, indignaos, teneís todo el derecho, el que pierde siempre tiene razón. ¿Con que bajo los adoquines la playa, ¿eh? Joder, macho, será la vuestra, la que os curraís con la modelo de millón por noche, hijoputas, que para nosotros bajo las adoquines el asfalto. Palabra, colegas, que lo que nos curramos nosotros es el semáforo y gracias, veinte horas al día, que es lo único que nos habeís dejado: el paro, el pañuelo de papel y el semáforo. Todo lo más bajo los adoquines el Metro. Que vosotros no usaís, choros, que vais en unos bugas de aquí te espero y con aire acondicionado y fax.

¡Anda que no sois boqueras ni na! ¡Vendidos, comemierda! Slogans si que sabíais hacer, eso sí, y seguís en ello, en la publi, se entiende, comiendo el tarro al personal con unas frases de puta madre.

Bofetón sin más y ya en materia, cate, sin dejarles disculparse, sobre todo eso, que no abran la boca, que os lían, que son muy mala gente y vosotros muy niños, que ya hablan bastante por la tele, ahora os toca a vosotros, sopapo al morro, duro.

Y os llevaís una titi del brazo, una piba legal, una colega de esas de rompe y rasga y que se meta con él, que es lo que más les duele, las nenas. Que le diga: carroza, casado, que se te ven las canas, soplagaitas. Que vais por la vida pidiendo guerra y luego si no os la maman dos mulatas siamesas disfrazadas de gato montés no se os levanta ni pa chasco, vejestorios, pajaritos mojados, margaritas. A cuidar de los niños y a pasear con la mujer por el Retiro, que no valeís para otra cosa, si estais mas que pasados, so momias, os disfrazaís de disc jockeys y llevaís ya peluquín y faja, si es un escándalo...

Y tu al relevo: y esto por los pagarés que no has declarado, tu que defendías la imposición progresiva. Y esto por la parcela que has vendido al 1000 % en un año. Y esto por el piso que te costó diez y has revendido cómo un favor a unos recien casados por 500. Que van a estar pagando letras por lo menos hasta el segundo nieto. Y esto por lo de la modelo aquella con la que te fuiste a Duesseldorf con dietas del Ayuntamiento. Y esto por el viajecito a las Bahamas con cargo al hermanamiento aquel de ciudades, osea, al contribuyente. Y esto, por el frac que te compró el Alcalde. Y esto, y ya le meteís dos buenas patadas en la espinilla, esto porque sí, porque saltasteis a la arena más chulos que nadie, os habeís hecho con el pais y va peor que nunca, macho, peor que nunca. Para nosotros, los jóvenes, que parece que vosotros no lo fuisteis nunca y solo peinaís cuarenta tacos, coño, que no se puede aguantar, de verdad, que no nos dejaís sacar la cabeza, nos teneís asfixiados, tíos, un respiro, un detalle, no sé...Y otra vez: dónde la Revolución, dónde vuestros veinte años?

Y hala, que se vayan corridos y amoratados a que les cure Purita en la casa de masajes. Sueño con ese día. Chavales delgados, puros, jovencísimos, acorralando yuppies por las calles, comandos de ángeles vengadores cómo lo fuimos nosotros. Acosando gilipollas por las esquinas y poniéndolos tiesos a rodillazos, tíos, ¡jo qué locura!, el día del comando juvenil. Y luego celebrarlo con unas cañas en el Bar de Hermógenes. ¡Que guay del Paraguay! Me apunto. Si lo haceís, llamádme, que voy de vanguardia y os los descubro. Y si no...¡cascadme a mí tambien, no dejeís uno, matadnos, coño, lo tenemos merecido!

¡Joder, qué a gusto me he quedado! ¡No tenía yo ganas de soltar esto ni nada!

Bueno, pues para curiosos incorregibles: Laura sigue en la trena. Y yo me hice el test del SIDA: negativo. Pero en el viaje a Fuenla pillé piojos. ¡Ya ven qué miseria!








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