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Fundación Vocento


Jueves, 16 de marzo de 2006
Los Perdedores de la Historia de España

D. Fernando García de Cortázar

Historiador y escritor


Hay una tragedia del fuerte y otra del débil y hay quizá otra, más tortuosa, la de quien tiene que mirar a fondo su debilidad radical, su inadecuación en la vida y en la historia, luchando para trasformar la impotencia en dignidad. En cada entrevista los periodistas nos preguntan a los historiadores si es verdad aquello de que la historia siempre la escriben los vencedores y yo siempre contesto que también la hacen los vencidos y que muchas veces las interpretaciones de éstos sobre su dolor y su derrota calan más hondo en el imaginario popular que las versiones de los historiadores. Para unos y otros “ todas las guerras civiles están irremisiblemente perdidas”, escribía Ramon J.Sender.

Quizá también la historia universal pueda resumirse a través de unas cuantas derrotas: los barcos persas desarbolados cerca de Salamina; la fragilidad del pensamiento de Cicerón ante las cohortes de Julio César; la caída de las murallas de Bizancio en poder de los turcos; la escritura de Alonso de Ercilla, que resume la del conquistador tantas veces conquistado y anticipa los ejércitos de George Washington y Simón Bolívar; la palabra silenciosa de Servet – que es la protesta del individuo frente a la utopía de ayer, de hoy y de siempre – contra la furia ensordecedora de Calvino; la figura desangelada de Luis XVI camino de la guillotina o la retirada de los ejércitos napoleónicos a través de las estepas heladas de Rusia, reflejo o antítesis de las tropas alemanas de 1941, también luego vencidas y forzadas a desandar sus primeras huellas.

Tiene razón Jaime Gil de Biedma cuando afirma que la historia es una marea que todo lo devora. Lo que hay bajo sus aguas son muchos espinazos rotos, muchas vidas y muchos destinos quebrados de españoles que pagan con su marginación la derrota militar o política, que padecen el cerco de la ortodoxia religiosa y la represión inquisitorial, o purgan el fracaso de sus proyectos vitales y de sus más preciosas, incluso más sencillas, esperanzas. Los conceptos trono, libertad, religión, igualdad… aturden a muchos de sus protagonistas y no son pocos los que caen triturados bajo el peso de sus propias y más íntimas quimeras. La historia de España es rica en perdedores y olvidados, avara en crepúsculos y elegías, pero si hay marginales y periféricos, humillados y reprimidos, es porque también existen los precavidos, los aprovechados del triunfo y los inquilinos de la gloria, aunque ésta, como el éxito, nunca sea definitiva. Hay perdedores, porque hay ganadores y administradores de la victoria. Hay perdedores, además, que no merecen el reconocimiento sentimental , ni una lágrima, que son pusilánimes y corruptos, anacrónicos y reaccionarios o antipáticos e implacables.

Nuestra historia de perdedores comienza en Hispania, en el momento en que la rivalidad entre Roma y Cartago introduciria la Península Ibérica en la historia universal. Con su cultura y sus ejércitos, a menudo de forma brutal, muchas veces sangrienta, Roma vertebra esa realidad histórica llamada Hispania. Roma trajo la lengua, el arte , la tradición literaria grecolatina, el derecho , las calzadas y un rosario de importantes ciudades . ¡Somos hijos de Roma! En la vieja metrópoli, y cuando las luchas civiles concluidas a mayor gloria de Octavio Augusto anuncian grandes transformaciones políticas, comienza esta historia de España. Entre el 82 y el 72 a. C., Hispania ocupó un lugar privilegiado y sangriento en las crónicas de la historia universal. Ocurrió después de que se instaurara la dictadura en Roma, cuando uno de los muchos proscritos de aquel régimen, Sertorio, llegó a Iberia con el objeto de reclutar hombres y reunir paisajes; también para convertirse en refugio de otros romanos en desgracia, resistir con fortuna a los ejércitos enviados por el Senado, y tal vez regresar, victorioso y brutal, a la ciudad del Capitolio.

Sartorio que fue soldado, náufrago, mercenario, general, diplomático, estadista, y embaucador, que arrastró la guerra civil, carcoma de la vieja República, hasta la Península Ibérica, acabó vencido y asesinado por los suyos . Con su lucha, Sertorio pone al descubierto las grandes desigualdades culturales aún vigentes en las dos Iberias, la mediterránea y la meseteño-atlántica: mientras él, obligado por su inferioridad militar a una guerra de guerrillas, es respaldado por una pequeña parte de los hispanorromanos y las tribus celtíberas y lusitanas recién sometidas, Sila y Pompeyo, sus rivales, reciben el apoyo mayoritario de la Hispania más rica y romanizada.

Tiempo después en estas tierras de Hispania , crecerá el cristianismo, religión procedente del norte de África. Comprometida con el poder a raíz de los edictos de Constantino, la Iglesia abandonará las catacumbas y fortalecerá su papel socioeconómico y político en Hispania, conservando la cultura clásica bajo las bóvedas de sus basílicas cuando ya el gran Imperio no sea más que un ocaso o el reflejo de un ocaso. Hasta tal punto la política vivirá en maridaje con la religión que al consumarse el siglo IV los obispos ya desempeñan funciones civiles y los límites entre la jurisdicción eclesiástica y la secular son tan borrosos que a muchos les resulta difícil distinguirlos. Ésta es la gran tragedia del hereje Prisciliano, obispo de Avila ,cuya doctrina convulsionaba las ciudades y cuya exaltación de la pobreza y desprecio hacia las cosas de este mundo y elogio del retiro espiritual - se decía - dañaban la cohesión de los fieles y dejaban en mal lugar a los opulentos prelados .Sus enemigos conspiraron contra él y una caterva de obispos lo denunciaron al emperador Máximo, el asesino de su predecesor Graciano, que necesitado de una legitimación religiosa de su poder mandó ejecutar en la alemana ciudad de Treveris al incómodo Prisciliano, cuya doctrina, ahora convertido en mártir, tocó el corazón de numerosos seguidores.

En los momentos de zozobra que suceden a la decadencia romana, Hispania huérfana de la tutela latina se concentra en sí misma con el asentamiento huracanado de las tribus germánicas y la ruptura administrativa en varios reinos. A largo plazo, la herencia romana quedará salvada con el triunfo del pueblo visigodo y la conversión al catolicismo de Recaredo, cuyos pasos siguen con éxito la ruta de su desafortunado hermano, el primogénito del fuerte rey arriano Leovigildo. Contrariando los planes de su padre, Hermenegildo, renegará de los suyos y se sublevará contra él , renegando del credo arriano y abrazando la fe hispano-romana, adelantándose a la historia con la espada en la mano y pagando su audacia con la prisión y la muerte

Si las disputas armadas de los nobles godos prepararon la irrupción de las tropas de Tariq y el dominio peninsular del Islam, la disolución del Califato de Córdoba y su desmembramiento en reinos de taifas dejó Al Andalus en manos de sus belicosos vecinos cristianos y de las tropas musulmanas del otro lado del Estrecho. Hay muchos perdedores en ese mundo islámico que se acaba , muchos perdedores Las ambiciones de los reyezuelos hispano- musulmanes y su ocaso; la soledad del poder y su barbotar en sangre; la desesperación que las crecientes demandas de Alfonso VI producen en los reyes de taifas, obligándoles a introducir en la Península a los almorávides , el correr del tiempo y del agua… de eso escribe Abd Allah, rey zirí de Granada , desde su destierro norteafricano, cuando la plataforma de la historia falta bajo sus pies.

Terrible en guerreros y augures religiosos, la cabalgada almorávide también arrastrará una riada de mozárabes a las murallas de Toledo, conquistada el año 1085 por el rey Alfonso VI. . Infieles clavados durante siglos en tierras del Islam, cristianos que adoptan la cultura árabe pero se mantienen fieles a la fe y ritos de sus antepasados godos, eternos intérpretes e intermediarios que viven en el filo de dos mundos y por ello son despreciados en uno y en otro lado de la frontera, su historia es la crónica de quienes no pueden entrar en el tiempo. Cuatro siglos de fidelidad a una vieja y arraigada liturgia, cuatro siglos en territorio musulmán durante los que el culto no se interrumpe hasta que Alfonso VI les impone el rito romano de Cluny y desaparecen de las crónicas.

En España la religión ha sido una lucha desaforada y estéril en la que combate el creyente, una historia doliente y desengañada que seca parte de sus viejas raíces. En la Edad Media la convivencia de cristianos, musulmanes y judíos tiene su mejor representación en la Córdoba califal de los Adderramanes y en el renacimiento cultural de las cortes de Alfonso X de Castilla y Jaime I de Aragón, pero la tolerancia, tantas veces mitificada, siempre está expuesta a los ataques de masas azuzadas por sermones incendiarios. Tumultos que se precipitan y arrasan las aljamas en un instante, obligando a los hispano-hebreos a ocultarse o vivir transterrados, antes de que los Reyes Católicos decreten la expulsión de 1492, el mismo año en que la conquista de Granada da la señal de salida para el éxodo musulmán. Dos rebeliones en menos de una centuria y la expulsión de los moriscos en el siglo XVII cierran el pasado islámico español y refuerzan su condición de perdedor de este colectivo.

Ya entonces la unidad religiosa impuesta por Isabel y Fernando ha confirmado a la Iglesia como notario y guardián de la monarquía, y los conversos, además de la vigilancia inquisitorial, sufren la carga sociológica y cultural de la sangre contaminada. Dos razones hay para que Juan Alfonso de Polanco, secretario de los tres primeros Generales de la Compañía de Jesús y quizás el verdadero San Ignacio , de quien fue pies, manos, memoria y voz manuscrita, sea hoy recordado como perdedor . La primera es su valiosa y desconocida labor en la consolidación de la Compañía de Jesús y el asombroso sistema de comunicación y control epistolar que estableció entre los jesuitas. La segunda, el estigma social que disolvió sus pasos al generalato. Candidato firme a ocupar el puesto de Francisco de Borja tras la muerte de éste, su origen converso levantó las suspicacias de los jesuitas portugueses, que presionarían al Papa para que ningún cristiano nuevo, o ninguno que lo favoreciese, ocupase la cima de la ya influyente Compañía.

Tiempo de conversos, de herejes, de pícaros y soldados de fortuna, de toda una galería de personajes que no sabrán del poder más que en su versión coactiva o represiva. Tiempo también de agitaciones forales en Aragón. Un hombre a punto de morir dice: traidor no, mal aconsejado sí. El hombre es el Justicia Mayor de Aragón, Juan de Lanuza .A este joven inexperto ,el sentimiento de servir a una causa grande , la defensa de los Fueros aragoneses le costó la cabeza al embarcarse en la rebelión contra Felipe II . En las calles amotinadas de Zaragoza de 1591 se enfrentan varios ideales, más o menos míticos: las rivalidades entre Castilla y Aragón, las pasiones que separan la nobleza y a sus vasallos, la batalla de siempre entre la autoridad y el desorden, la lucha entre el absolutismo y lo que parece libertad. Y ya sabemos que las derrotas son tierra abonada para la leyenda o la invención de los agravios colectivos.

La muerte de Felipe II señala la hora de los validos Lerma y Olivares, cuya ascensión y caída ha adelantado en el siglo XV el poderoso Álvaro de Luna, defensor del poder real en una Castilla gobernada por la nobleza y favorito de un monarca voluble. Las tragedias de los validos profundizan en los abismos de un hecho terrible y cotidiano: el impulso para imponerse y dominar conduce, ciego, hacia la propia destrucción. No tenía razón Ovidio cuando dejó escrito “Soy demasiado grande para que la fortuna me hiera”. Además, en la mayoría de los casos la caída va precedida por éxitos asombrosos. También el conde de Oropesa, ministro de Carlos II, que vivió el otoño de los Austrias alcanzó favores y riquezas en la corte antes de que su buena estrella dejara de brillar.

Cuando Carlos II cierra los ojos al mundo, huye el siglo XVII y acaba la dinastía de los Habsburgo españoles. El siglo XVIII inicia un cambio de rumbo con el acceso a la corona de una dinasta, los Borbones, cargada de ideas europeizantes y una guerra civil entre los partidarios de los dos candidatos al trono .

En España tierra de absolutistas de todas las creencias, de unilaterales y seres con un solo ojo, un solo oído y una sola razón, el moderado siempre ha sido un perdedor….como lo fueron Pablo Olavide y Jovellanos. Los dos pensaban que el conocimiento y la ciencia debían estar al servicio de la utilidad , del progreso y del bienestar. En el siglo de las Luces fueron perdedores porque se adelantaron a su tiempo y se encontraron con la oposición y la combatividad de los tradicionalistas que despreciaban el pensamiento renovador y porque fueron unos utópicos que no se dieron cuenta de que su esfuerzo resultaba cada vez más descabellado, que resultaba absurdo pretender eliminar los abusos y prejuicios cuando no existían fuerzas ni posibilidades para eliminar sus causas. “ Quienes cruzan el mar cambian de cielo pero no de alma” había escrito Horacio y efectivamente no cambiaron de alma los jesuitas expulsados de España y América por Carlos III en 1767,tras su angustiosa travesía mediterránea y su disolución por el Papa Clemente XIV en 1773.Con los más ancianos, como el achacoso Padre Isla, el primer novelista español de la época son desgajados del añoso tronco de España numerosas gentes de letras que se llevan consigo no sólo su dolor abismal sino también las semillas de algunos de los trabajos críticos e históricos más arrebatadores del siglo XVIII que forman parte de la gran contribución del exilio a las letras.

EL mar, el mar de las exploraciones y las largas distancias y no aquel de las batallas fue el que hechizó al marino de origen italiano Alessandro Malaspina, al que debemos una de las páginas científicas más hermosas de la Ilustración española. Su vida de perdedor rememora las expediciones científicas organizadas por una monarquía que sintonizó con el resto de Europa en el interés y estudio de la historia natural y las intrigas palaciegas de la corte de Carlos IV, donde el ilustre marino italiano, que ha vivido el espejismo reformista de Carlos III y no soporta la corrupta decadencia que parece rodear al hijo de éste, sucumbirá ante el poderoso Godoy.

La época de Carlos IV se aparece siempre ante nuestros ojos a través de un trasunto plástico. Es la época de Goya, enmarcada por dos versiones muy diversas: la de los cartones para tapices y la de las pinturas negras y los Desastres, ya en el reinado de Fernando VII. En la penumbra de Goya vivirá el pintor Luis Paret y Alcázar, cuya carrera en la corte se vio interrumpida por una misteriosa orden de destierro y cuyos cielos algodonosos y azules se verán eclipsados por aquel Saturno de la pintura que fue el genial artista de los fusilamientos del dos de Mayo. Contrariado al tener que gobernar a golpe de bayoneta, el hermano mayor de los Bonaparte, José I encontró poco amor entre sus súbditos españoles y aún menos justicia en la posteridad. Todos los vicios, toda la depravación moral, todas las formas de perversidad le fueron atribuidas sin vacilar en periódicos, folletos y pasquines. Marea de voces, en el boca oreja del pueblo se le pinta borracho, se le llama Pepillo, Pepe Botella, rey de Copas o Pepe Plazuelas. El rey José Bonaparte quiso reinar sobre un pueblo en armas y traer a España los beneficios de la revolución liberal, acompañado de unos ministros de utopía, que intentaron gobernar sin poder y sin dinero. Perdieron.

Con el exilio de los afrancesados, parecido al vivido por los austracistas de la Guerra de Sucesión a comienzos del XVIII, se estrena el camino que, durante el siglo XIX y XX, habrían de seguir tantos españoles fieles a la opción política o ideológica que representaron. La invasión francesa de 1808 tuvo atroces resultados. Precipitó la discordia latente, apenas iniciada, en España, y provocó lo que había de ser decisivo para todo el siglo siguiente: la disputa entre las Españas, entre quienes se afanaban en perseguir la modernidad y los que anclados en el pasado defendían tercamente sus privilegios. Perdedores natos fueron los carlistas, siglo y medio persiguiendo el trono de España, inmunes al desaliento. Vencidos siempre y siempre aferrados a la tradición llevaban en el exilio la vida del conspirador esperando siempre a que los desmanes y excesos de los gobiernos liberales ofrecieran un nuevo latido a su perenne quimera: ¡Dios, Patria, Rey! 150 años cruzando fronteras hasta el socialista y autogestionario Carlos Hugo de Borbón-Parma con el que jugó Franco unos años.

Tierra ingrata esta España de íntimas tristezas reaccionarias, que antes ha cerrado sus ojos a los liberales de Cádiz. En Londres hallaría refugio el poeta sevillano José María Blanco White, cuya historia es la crónica de un alma en fuga, la crónica de un hombre desarraigado de su país natal y rechazado y despreciado por el nuevo mundo, el mundo anglicano de Oxford, al que ha sacrificado el viejo y en el que no consigue integrarse.

Víctima de la historia, más que protagonista ,fue Mariana Pineda. Hasta su actuación en la trama liberal que habría de conducirla al patíbulo la remite a su condición de mujer en el siglo XIX: marginal, secunda, ayuda y borda o manda bordar una bandera, una actividad del cuarto de atrás, del mundo interior, destinada a otros, los hombres, que llegado el caso se echarán a la calle.

De puntillas, sin más identidad que la levedad del ser, pasa por la historia otra mujer que contempló el resquebrajamiento del Antigüo Régimen. Si ha logrado permanecer en la memoria de las emociones ha sido por el retrato que Goya hizo de ella después de quedar embarazada de Manuel Godoy. Hija del infante Don Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III , y condenada durante trece años a la vida conventual, la condesa de Chinchón nunca fue protagonista de la historia. Humillada públicamente por Godoy, con el que decidieron casarla Carlos IV y Maria Luisa de Parma, en 1808 contempla aterrorizada cómo los amotinados asaltan su palacio de Aranjuez en busca del príncipe de la Paz y cómo la acompañan al palacio Real gritando ¡Viva la inocente! ¡Viva la cándida paloma! ¿Diríase que Goya, cuando la pintó a comienzos de siglo, adivinó en el aire sonámbulo y triste de sus ojos que iba a terminar sus días sola y pobre en un pequeño apartamento de París? La invisibilidad ha sido la condición obligada de la mujer en la historia. Triste sino el del maestro en España, desde las Cortes de Cádiz a las negras represalias del franquismo a vueltas siempre con la estrechez económica y la falta de reconocimiento social . Historia de la que cuelgan hambres de cada de día y trajes cansados, hilos de un relato no contado, al que hoy podría añadírsele un triste epílogo, el sufrimiento de los profesores víctimas de la mal llamada normalización lingüística aplicada en las regiones consideradas bilingües. . Entre 1978 y 1984 cerca de 4.000 educadores prefirieron abandonar el País Vasco a aceptar la dictadura del poder nacionalista en materia de euskera pero han sido muchos más los que sin estar en edad se han visto obligados a iniciar su aprendizaje .


En el siglo XIX hay otros actores además del general, el político y el obispo, el guerrillero o el exiliado. Hay otra historia, la historia arrinconada de quienes construyen con chimeneas donde otros lo hacen con frases huecas y sonoras. Hombres de levita y alto horno pueblan también el ruedo ibérico. Representante adelantado de nuestros empresarios modernos, Manuel Agustín Heredia, cuñado del especulador marqués de Salamanca, es uno de ellos. Chimeneas de humo largo y comercios de largo navegar ocuparon la mente de quien a pesar de sus éxitos y riquezas no lograría plantar las raíces del capitalismo industrial en Andalucía, después de levantar los primeros Altos Hornos en Marbella.

Siglo de masas y minorías, el XX también es la centuria de las ideologías, porque las muchedumbres las necesitan para echar raíces. En la hora de las grandes contiendas mundiales muchos españoles prefirieron la seguridad de las ideologías a la intemperie de los hechos. Pero la democracia cristiana en una España de confesionalismos agresivos, el confesionalismo laico y el nacionalcatólico estaba condenada al fracaso y se frustraría siempre en nuestro país mientras habría de triunfar en algunos países de Europa. Perdedores fueron Luis Lucia o José María Gil Robles, cuya carrera política se ha terminado a los cuarenta años y Joaquín Ruiz Jiménez. al que las elecciones de la Transición le dieron la espalda, a pesar de ser uno de los españoles que más había luchado porque se celebraran. No fue una decisión acertada del Presidente de la República Alcalá Zamora negarle la jefatura del gobierno a Gil Robles que había ganado las elecciones de 1933 y al que José Antonio Primo de Rivera consideraba un colaboracionista de los republicanos. El adelanto electoral de febrero de 1936 empujó a España a la bipolarización del Frente Popular y el Nacional. En aquellos años fue España una triste cantera de perdedores. Perdedores como Ramiro de Maeztu, fusilado, al principio de la guerra civil que ha pasado por ganador al supervivir en la ideología del franquismo: perdedores porque la deriva ideológica del siglo XX les hizo abandonar su impronta liberal para enrocarse en el tradicionalismo ultraconservador y nacionalcatólico. Y muchos perdedores del lado republicano, moderados de distintas tendencias políticas –pienso en Besteiro, en Martínez Barrio y en Manuel Azaña y en anarquistas templados como Juan Peiró ,entregado a Franco por los nazis que han ocupado Francia en 1941.Muchos escritores antes y después de la guerra civil insistían machaconamente en que los españoles de 1936 cumplían su destino funesto, como los héroes de una tragedia griega, como esos dos individuos que pintó Goya enterrados hasta las rodillas y matándose a garrotazos.

La guerra civil fue la consecuencia del fracaso de una sociedad pero no fue inevitable ni su latido de sangre puede explicarse con el determinismo de una tragedia. Ocurrió pero pudo no haber ocurrido. Ocurrió y el silencio roto de las armas, el resoplar de los odios colándose por las mirillas de las puertas, por las ventanas, por las calles…petrificaron el porvenir de aquellos españoles perdedores de algo: la vida, la decencia, la libertad , la ilusión, la infancia, la inocencia.

“La posteridad no podrá creer que, después de que ya se hubiera hecho la luz, hayamos tenido que vivir de nuevo en medio de tan densa oscuridad.” La frase es de Sebastián Castellio, aquel humanista que protestó ante Calvino por la ejecución de Servet, pero resume a la perfección lo que, a caballo del nacionalismo étnico, ha ocurrido en el País Vasco, donde a la dictadura de un general le ha sucedido la tiranía del terrorismo .

Qué raro tener que escribir que las libertades y la justicia son inseparables, y que la abolición de la ciudadanía en beneficio de abstracciones como las masas o el pueblo es el primer mandamiento de los tiranos.. Qué cansancio escribir cosas tan obvias. Qué tristeza volver a vivir viejos e insomnes pasados. Qué vida desolada la de la víctima del terrorismo etarra. “Cuando a nosotros nos mataban, no le importaba a nadie”, dice la hija de un guardia civil asesinado hace quince años en un reciente documental, y sus palabras rescatan la crónica de un infierno muchos años oculto, la vida de muchas personas desbaratadas por la saña del terrorista y de todos los fanáticos , perseguidas además por el sadismo de quienes les hacían pintadas amenazadoras en las puertas de sus casas y satánicos epitafios en las tumbas de sus deudos o les auguraban la muerte desde el anonimato miserable de una llamada telefónica.

Cuántos silencios, y durante cuánto tiempo. Con las bayonetas se puede hacer de todo menos sentarse en ellas, recordó en una ocasión Talleyrand a Napoleón La observación es de una claridad cegadora, porque las peores dictaduras no sólo se cimentan sobre el terror público sino también sobre el envilecimiento moral de la ciudadanía, que por cobardía política o porque es muy fácil acostumbrarse al terror a condición de que sean otros los que lo padezcan, pacta su ceguera, su sordera.

El 10 de enero de 1980 los terroristas etarras asesinaron al comandante Jesús Velasco Zuazola, jefe de la policía foral de Alava. Era un día de nieve y mucho frío cuando lo enterraron en Vitoria. Al despedir para siempre a su joven marido , una mujer admirable Ana María Vidal Abarca tocando el féretro e interpretando el sacrificio supremo de su esposo y como último homenaje a él gritó, llena de coraje, ¡ Viva España! Con emoción recordamos a quienes han sido asesinados por sentirse españoles, aunque algunos políticos como Ibarreche o Llamazares nieguen esta relación. Es claro que no hubieran muerto de no vivir en España, de no vivir en una nación que el nacionalismo terrorista no hace más que perseguir, de un país que es continuamente impugnado, de una España que es negada y perseguida y a la que se quiere ver perdedora. 25 años más tarde de aquel día de nieve y dolor, Ana María Vidal Abarca - que sólo un año después de enviudar fundó la Asociación de Victimas del Terrorismo- volvió a proclamar en el aniversario del asesinato de su marido: “ Todos los que estamos aquí, vengamos de donde vengamos, pensemos como pensemos, somos depositarios de un legado que hemos de donar a las generaciones venideras este legado es nuestra patria y nuestra patria es España”.



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