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Atrapado en La Victoria Bord Lyron


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“La Victoria”, locomotora de carbón que arrastraba a paso lento los diez vagones que tenía enganchados caminaba fatigosa cerro arriba en dirección al pueblo de Aracena, entre los pasajeros del vagón de cola se encontraba un joven de pelo pajizo y perfiladas cejas casi inapreciables que rondaría los veinte años, veinticinco a lo sumo, su cara afable y simpática se ocultaba bajo un pañuelo de seda bordado con las iniciales W. H., en la otra mano portaba un maletín de cuero negro con tres letras grabadas a fuego, T. R. C., el logotipo de la Río Tinto Company Limited, de vez en cuando colocaba el maletín entre sus piernas para dar un corto trago a una petaca que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta de lana marrón, del mismo tejido que el chaleco y los pantalones, entonces descubría su rostro en el que se observaba un gesto de asco típico en estos ingleses estirados cuando se veían obligados a relacionarse con gente tan vulgar como la que le rodeaba en aquellos instantes, antes de guardar la petaca vertía un poco de su contenido, ginebra en este caso, en el pañuelo, para intentar diluir el olor que flotaba en el ambiente.

Su viaje se decidió minutos antes de la partida del tren, fue por ello por lo que no se le pudo encontrar plaza en el vagón de primera reservado para las autoridades y los directivos de la compañía, la fecha era la menos propicia para viajar, ese fin de semana se celebraba en Aracena la feria de ganado y a ella acudían personas de toda la comarca a comerciar con sus productos.

A su derecha se encontraba sentado un hombre que sujetaba con unas sogas de esparto a un par de cabras que no estaban disfrutando del viaje, cada vez que las vías se retorcían por la ladera de la montaña estas perdían el equilibrio y se tambalebana hacia el lado contrario a la curva; la pelea con ellas era contínua, y en más de una ocasión estuvieron a punto de pisarlo, en el asiento opuesto al suyo una mujer mayor vestida de riguroso luto portaba sobre sus piernas un cesto de mimbre repleto de botes de cristal con conservas de lomo de atún en aceite, según le dijo. Asustado de las cabras el joven se arriesgó a continuar el viaje en pie, lo que aprovechó la anciana para dejar en su asiento el pesado cesto.


Una vez erguido pudo divisar el vagón al completo, seis de los quince asientos estaban ocupados por una cuadrilla de doce guardias civiles, tras ellos un hombre con un aspecto que desentonaba con el resto del pasaje jugueteaba entre sus manos con un sombrero de fieltro blanco, lucía unas botas de montar dentro de las que se perdían los bajos de un pantalón claro de algodón, un grueso bigote afiladísimo en ambos extremos unido a su indumentaria denotaba que tampoco era oriundo de aquella zona, quizás fuese Inglés como él, no eran muy habituales en los vagones de tercera los hombres con pajarita y fumando en pipa de espuma, de vez en cuando agradecía que el aroma del humo del tabaco le llegara, lo que le hacía respirar profundamente para borrar de su nariz a las fragancias previas.
El resto del pasaje eran campesinos de la campiña de Huelva que iban a vender sus productos en la feria, con excepción de un cura orondo que ocupaba casi dos plazas y que se entretenía con su rosario de cuentas de madera mientras dormitaba mecido por el traqueteo del tren; aunque las curvas y saltos del camino se empeñaban en no dejarlo, dos niños pequeños justo enfrente del clérigo no cesaban de llorar, parecía como si entre ellos se animasen, su madre intentaba calmarlos sin éxito.

—!Que bueno ha sido Dios con ella, dos hermanitos de una tacada! —se dijo irónicamente mientras abría la ventanilla del final del vagón intentando buscar un aire menos viciado—. Será su hora de comer —pensó mientras observaba las dos aureolas humedas que se le estaban formando a la madre en sus pechos, avegonzado dejó de mirarlos y dirigió su vista al paisaje que corría huyendo del tren. Sus ojos se posaban en cualquier detalle que le llamase la atención y al perderlo de vista buscaban un nuevo foco. Abajo de la montaña corría sinuoso un río rojizo que daba nombre a toda la zona minera. Cada poco tiempo se divisaba en los márgenes del río unas pequeñas construcciones de piedra color bermellón que se adentraban en el agua, a veces tenía que sacar medio cuerpo por la ventanilla para observarlos con más detenimiento, lo que le servía también para airear su chaqueta y dar oportunidad de que se despegase el olor a cabra que se le había clavado en el cerebro, al mirar atrás podía ver como como el humo del tren se quedaba formando un sendero sobre las vías, ya que no se movía ni una brizna de aire.


Tras de sí un carraspeo le hizo volver a meter el cuerpo en el vagón y girarse.
—Buenos días —en un Inglés muy refinado; aunque con una extraña mezcla de acentos, el hombre del bigote tupido le estaba ofreciendo la mano a modo de saludo—, mi nombre es George Bonsor, —ahora que lo contemplaba más cerca pudo ver que era un hombre de avanzada edad, puede que ya hubiese pasado hace tiempo de los sesenta.

—Buenos días, yo soy Harold Wible, encantado de conocerle señor Bonsor.

—¿Qué es lo que mira con tanto interés, joven?

—Nada en particular, me fijaba en esas pequeñas torres de piedra que se adentran en el río.

—Aquellas —dijo Bonsor señalando una que acababa de aparecer a su izquierda.

—Eso es, me parece extraño que alguíen haya construido algo en un lugar tan inaccesible.

—Antes no lo era, esas construcciones llevan ahí más de mil años.

—¿Mil años? —preguntó sorprendido el joven.

—Sí, para ser más exactos casi dos mil, son coladas Romanas que se adentraban en el río para el lavado del mineral, ¿ve usted esos montones de piedra que se amontonan en los laterales de las cosntrucciones?

—Por supuesto, ¿son los restos de las construcciones derruidas?

—Evidentemente no, es la escoria que produjeron los minerales extraidos en aquellos tiempos.

—¿De dónde es usted? —preguntó el joven extrañado por su forma de hablar.

—Se podría decir que soy una mezcla de Inglés nacido en Francia y criado en España.

—¿Trabajador de la Riotinto?

—Jovencito, no todos los Ingleses venimos a estas tierras a lo mismo.

—No veo que otro interés puede haber entre estas gentes tan retrógradas.

—Cuidado con esta tierra, puede acabar atrapándole.

—Lo dudo mucho, en cuanto pasen dos años volveré a mi hogar.

—¿Papá tiene acciones de la compañía?

—Papá es el jefe médico de la compañía y uno de los propietarios, y me ha mandado a que estudie si nuestra industria produce algún daño en los trabajadores de la zona.

—¿Las teleras? —Bonsor era conocedor de la polémica en torno al sistema de calcinación del mineral de cobre empobrecido, y de los hechos ocurridos años atrás en torno al mismo problema.

—Entre otras cosas, están empeñados en la zona de que son dañinas y de que afectan a los cultivos.

—¿Y no es así?

—No está demostrado que lo sean, pero la gente de estas tierras no atiende a razones, hay varios estudios de nuestra compañía que dicen que no lo son.

—¿Pero no están prohibidas en nuestro país esas prácticas?

—Ya sabe usted… los movimientos naturistas, nuestros paisanos están perdiendo el norte.

—Eso será, pero por aquí la gente no es tonta, hace años que estoy trabajando por la zona, personalmente he detectado que este tren cada vez va más cargado con productos hortícolas, y eso solo puede significar dos cosas, o la gente ha dejado de sembrar, o la tierra ha dejado de producir, y esto último es lo mismo que me cuentan los lugareños.

—¿Quién sabe? Habrá que esperar a ver que obtengo en mi estudio.

—Su estudio dirá lo mismo que todos los que ha encargado la propia compañía, que no se puede demostrar que la bajada de producción y el elevado número de muertes por afecciones respiratorias sean achacables a la minería.

—¿Es usted médico?

—Yo soy muchas cosas, pero no médico, aunque me vanaglorio de ser un buen observador.

El tren había empezado a acelerar el paso, ya había dejado de subir por las empinadas laderas y viajaba por una meseta que unía varios pueblos con el trazado de sus vías.

George volvió a encender su pipa que se le había apagado y se dirigió de nuevo a Harold.

—¿Había venido alguna vez a esta zona?

—No, llegué hace un par de días y no me debía incorporar hasta la semana próxima, pero algo urgente me ha hecho venir hoy. —Ese desconocido era la única persona con la que había podido entablar una conversación seria desde hacía unas semanas, lo que unido a su inexperiencia y a los continuos tragos a su petaca de ginebra hacía que se le soltara la lengua.

—¿Un accidente?

—¿Ha oído usted algo?

—No, pero veo demasiados guardias para una feria, y los curas de la capital no acostumbran a ser muy habituales por la zona, además de que el vagón de primera va repleto. Imagino que los responsables de su empresa querrán estar presentes cuando Santa Bárbara truene, quizás más por obligación que por voluntad.

—Algo así es.

—¿No habrá sido en el pozo de Sao Domingo?

—Casi, en el pozo Victoria.

—Pues nos queda casi un día más hasta llegar a la zona.

—No a mí, le recuerdo que pertenezco a la compañía.

—Es cierto, yo tendré que finalizar el trayecto a caballo, a partir de Aracena las vías son privadas.

—Puede continuar el trayecto en tren.

—Pero yo no soy miembro de la compañía.

—Pero papá sí —dijo intentando imitar el tono usado minutos antes por Bonsor—, dispondré que continúe usted con nosotros, aunque a cambio quiero saber que hace un Inglés nacido en Francia en estas tierras.

—Eso está hecho jovencito.

El tren ya había llegado a la parada final para el pasaje. En un par de horas volvería a partir en dirección Sur hacia las zonas mineras en explotación, el tiempo justo para cargar los depósitos de agua, reponer el carbón y desenganchar los vagones sobrantes. Mientras tanto los guardias acudirían a cuartel del pueblo a dar novedades, el sacerdote iría a la iglesia a orar por los accidentados, Harold y George no tenían nada que hacer, el joven pidió que llevaran su equipaje a las instalaciones de la compañía.

—¿Le apetece un Jerez?

—Me apetece quitarme el peste a cabra, y por supuesto que después tomaré ese Jerez.

Ambos hombres acudieron a la plaza de Aracena que se encontraba a la falda del castillo, en ella tenía la compañía minera unas oficinas que hacían las veces de hostal, a ellas se dirigieron todos los directivos que viajaban en el vagón de primera, el Gobernador Civil de la región y un par de ingenieros.

—Joven, le esperaré en aquella posada —dijo Bonsor señalando al otro lado de la plaza.

—No hombre, entre a nuestras instalaciones.

—No Harold, hágame caso y cámbiese rápido, no disponemos de mucho tiempo para lo que le quiero enseñar.
El joven entró en las oficinas de la compañía y pidió que subieran su equipaje a una habitación que tuviera ducha, casi al instante un niño de unos doce años cargaba con la maleta que hacía más bulto que él y casi a rastras consiguió llevarla hasta las escaleras, Harold esperó a que terminara de cargarla al hombro y lo siguió, al subir el primer peldaño el niño casi perdió el equilibrio, pero Harold evitó que se cayera.

—Chico, tendrás que comer más si quieres seguir trabajando aquí.

—Yes sir.

Al llegar a la puerta de la habitación, el niño tiró la maleta al suelo y entregó la llave a Harold, el que alterado por el trato a su equipaje lo reprendió en inglés.

—Imbécil, que vas a romper el material médico.

—Yes sir —contestó el niño mientras extendía la mano a la espera de una propina, Harold le dio un cogotazo y una patada en el culo mientras desaparecía escaleras abajo, le faltó tiempo para meterse bajo la ducha, poco le importó que el agua aun no saliese caliente, puso su cabeza bajo los chorros de agua y cogió el jabón que había junto al lavabo, frotándose con vehemencia todo el cuerpo, como si quisiera arrancarse la piel. Poco a poco el agua caliente empezó a fluir, hasta el punto en el que tuvo que salir de la ducha para evitar quemarse, estaba completamente enjabonado y con los ojos cerrados, por lo que le costó bastante trabajo regular a su gusto la temperatura del agua. Probablemente esas instalaciones fueran las únicas con agua corriente en toda la zona. Se concedió cinco minutos más con los que disfrutar de la ducha y salió expeliendo vaho por todo su cuerpo. Tomó la toalla que había colgada al lado de la puerta y se secó a la carrera. De su equipaje sacó una chaqueta de cuadros grandes en color gris oscuro y un pantalón negro a juego con las líneas que marcaban los cuadros, tomó una camisa blanca de lino en la que venía envuelto el maletín con su equipo médico, y comprobó que no hubiese sufrido ningún daño con la caída anterior; a patadas y con asco llevó la ropa sucia lejos de la ducha y salió de la habitación, dejó su maleta a la chica que había en la entrada de las oficinas.

—Que lleven esta maleta al tren, en la habitación he dejado algo de ropa para que me la laven, a la vuelta la recogeré. —Había estado tentado de decirle que la tiraran.

—Así se hará señor Wible.

—Gracias, pero por favor, que ese niño que deambula por aquí no sea el que la lleve, no vaya a ser que acabe por romper algo.

—No se preocupe señor.

Con el cabello todavía mojado, Harold cruzó la plaza hasta donde le esperaba el señor Bonsor, que estaba sentado a la puerta de la posada del pueblo tomando una copa de vino, a la llegada del joven George se puso en pie.

—No se siente muchacho, lo que le quiero enseñar está justo ahí en frente. —Tomó una gran llave que había sobre la mesa y emprendió el paso.

En el lateral de la posada había un gran portón de madera encastrado en un muro de sillería, George abrió el portón con la llave y prendió las lámparas de carburo que habían nada más entrar, la oscuridad que se abría ente sus ojos continuó siendo la misma, veían poco más allá de sus narices..

—Haga lo que yo hago Harold, y preste atención que esto es muy peligroso.

Con mucho cuidado George fue bajando por una escala que colgaba de la pared, la lámpara la fijó a su cabeza con las cintas que llevaba a los lados para tal fin y fue descendiendo, hasta que llegó a una pequeña repisa en la pared, el túnel continuaba bajo sus pies pero ellos no avanzarían más.

—Acérquese aquí —dijo George mientras cogía la lámpara que había fijado a su cabeza—, ¿ve usted esto? —preguntó mientras indicaba unas pinturas en la pared húmeda.

—¿Los negros dibujos?

—Son pinturas que pueden tener miles de años, a eso es a lo que yo me dedico.

—¿A buscar pinturas en cuevas?

—No joven, a buscar la historia de los pueblos en sus pinturas, en sus cerámicas, en sus ruinas. Me dedico a la arqueología.

—¿En estas tierras? —Harold se extrañó de que George se dedicase a buscar huellas de la historia en un pueblo tan atrasado como aquel.

—Más al fondo de la cueva se encuentran otras zonas con pinturas, e incluso dicen que hay un lago y grandes cavidades, aunque yo no las he visto. Subamos.

Volvieron a colocar las lámparas sobre sus cabezas y ascendieron por la escala, al llegar a la salida la luz del sol los cegó por un instante. George volvió a cerrar la puerta y se encaminó de nuevo a la posada en la que estaba sentado con anterioridad, tomó el vaso de vino y pasó al interior.

—Juan, aquí te dejo las llaves.

—Gracias Jorge.

—¿Jorge? —preguntó extrañado Harold.

—Sí, Jorge, “en estas tierras”, como usted dice, son muy dados a españolizar los nombres, es más, en Carmona soy Jorgito el inglés, o Jorgito el pintor.

—¿Pintor?

—Sí joven, yo llegué a España atraído por el romanticismo de sus paisajes, por su luz, por sus colores, por sus gentes… Pero me atrapó con lo que yo no pensaba que lo haría, me atrapó con su historia. Descubrí que en esta tierra hay mucho más que tópicos, realicé pinturas de Toledo, Cádiz, Córdoba, Sevilla… y en muchos de sus pueblos; pero después de pintar a sus gentes descubrí que tenían un poso que los hacía tener personalidad propia, descubrí que las gentes del sur tenían una fuente común de la que parten casi todas sus historias. Fue así como tras más de treinta años vagando por Andalucía empecé a leer a los clásicos que hablaban de estas tierras, y descubrí como Plinio el viejo en su libro III de la Historia Natural habla de las aldeas que jalonaban el río Guadalquivir, también Estrabón nos habla de estas tierras, e incluso Avieno en su Hispania nos habla del antiguo pueblo Tartesso, con capital en Gadir-Tarsis. Ese es el nexo de unión de todos los habitantes de estas tierras, algo de lo que incluso se habla en las obras de Homero, y hay quien encuentra reminiscencia de esta tierra hasta en la Biblia; pero estas gentes desconocen su procedencia, viven ignorantes del gran pueblo que fueron, se entretienen en usar los materiales de las grandiosas obras que les legaron los pueblos precedentes como simple relleno.

—¿Y qué tipo de pintura hace?

—¿Acaso no ha escuchado lo que le acabo de decir?

—¿Eso de que estas gentes tienen un amplio bagaje cultural y que serían la envidia de la misma cámara de los Lores?… Permítame que no se lo tenga en cuenta. Para mí no dejan de ser unos salvajes.

—Lástima que piense usted así. Cuánto lamento que no se encontrase usted por estas tierras hace unos años, habría visto de lo que son capaces, ¿ha oído hablar de “el año de los tiros”? Este pueblo se levantó unido en contra de la explotación colonial a la que están siendo sometidos, solo reclamaron jornadas de nueve horas en lugar de las de doce, pidieron que sus contratos no fuesen mensuales, sino anuales, lucharon por conseguir que no se les descontase de sus salarios una peseta para el pago de la asistencia médica…

—Pero yo no les cobro nada.

—Pero sí su compañía, la misma que les descuenta dos pesetas y media si pierden en la mina sus cuadernos de trabajo, esa que les descuenta los días de trabajo perdidos por la acumulación de humos en la boca de las minas, “la manta” lo llaman. Esas gentes que se manifestaron tras una banda de música con dos simples pancartas que lo decían todo; “VIVA LA AGRICULTURA” y “HUMOS NO”.

—¿Las manifestaciones de “la teleras”

—¿Sabe algo de ellas?

—Solo sé que no acabaron en nada, que fueron instigadas por un anarquista cubano que desapareció en el momento que se disolvieron las manifestaciones.

—¿Qué se disolvieron? ¿Solas?

—Eso es lo que escuché, que no mantuvieron sus reivindicaciones, que se sobornó a los cabecillas y que el resto de personas volvieron a sus trabajos. Ya ve usted el calado moral de estas gentes.

—¿Y en qué acabaría usted una manifestación si le ametrallan los guardias de seguridad de su propia empresa y la guardia civil?

—¿Ametrallados?

—Y con más de doscientos muertos, aunque en el informe de gobernación apareciese un escueto: “diversos heridos por la violencia de los manifestantes”.

—Manifestaciones anarquistas promovidas por un Cubano, no por gente de estas tierras.

—Y cargadas de razones, y secundadas por más de diez mil hombres.

Habían llegado ya a la estación en la que se aglomeraban otras cuatro parejas más de guardias civiles, doce vigilantes de la compañía y diez mujeres acompañadas por doce o catorce jóvenes cuyas edades oscilaban entre los diez y quince años; entre ellos estaba el que hace un rato había maltratado la maleta de Harold. La compañía había ubicado a George en el segundo vagón, lo que dio tiempo a Harold en recapacitar sobre sus palabras, la locomotora cargada de agua y carbón se veía más lozana en su caminar cuando por un terreno menos escabroso que el que la llevo hasta allí arrastraba tan solo tres vagones, el de primera clase; el que estaba lleno de guardias y familiares de mineros y un último cargado de material para la mina Victoria. La alegría con la que avanzaba el tren contrastaba con las lágrimas de la mayoría de las mujeres, que se abrazaban entre ellas atemorizadas por lo que iban a encontrar, Harold miró con otros ojos al niño que tiró su maleta al suelo.

Casi al anochecer el tren empezó a detener su marcha, hasta que el chillido de las ruedas empezó a avisar de la llegada a la boca de la mina.

Con celeridad Harold pidió a George que le acompañase, presentándolo al capataz de la mina como su ayudante, enseguida preguntó por los heridos.

—Aquí no hay ningún herido, con suerte en ocho o diez horas habrá muertos.

—¿Cómo que con suerte habrá muertos?

—No me ha entendido señor, con suerte en ocho o diez horas, lo de los muertos es seguro.

Harold se asombró de la tranquilidad pasmosa con la que el capataz daba la noticia, miro a su alrededor y pudo ver como los jóvenes que venían con él en el tren empezaban a descargar no menos de veinte ataúdes y los colocaban en la boca de la mina a escasos metros de las vagonetas de carga.

—¿Pero qué ha pasado? —preguntó Harold al capataz.

—Lo de siempre, un turno que no sale a su hora, el otro que va a buscarlos para ver lo que ha pasado, y se encuentran con que ha habido un derrumbe, o una explosión descontrolada, o ambos. Hasta que no se evacuen a las víctimas y entren los ingenieros no sabremos exactamente que ha ocurrido.

—Precisamente cuando entren los ingenieros será cuando no se sepa que ha ocurrido —dijo George al oído del Harold, lo que le hizo girar la cabeza y mirarlo directamente a sus ojos azules.

—¿Qué insinúa? —preguntó un extrañado Harold.

—No insinúo, afirmo que los ingenieros serán los encargados de tapar el accidente como mejor les convenga para que no se cierre la mina.

Poco a poco los mineros que intentaban localizar a sus compañeros empezaron a aparecer por la gran puerta del pozo Victoria, el jefe de la cuadrilla se dirigió al capataz.

—Señor, creo que ha sido un derrumbe, la galería está casi cegada, aunque creo que un par de personas podrían intentar llegar a la zona de extracción, pero sería muy peligroso, si hubiese algún superviviente no podrá subsistir hasta que terminemos de limpiar de escombro el acceso.

—Tendremos que proceder con la limpieza tal y como indica el protocolo.

—Pero señor, mis hombres están dispuestos a intentarlo.

—Tus hombres llevan casi treinta horas en la mina.

—No todos.

Harold pidió que se hiciese todo lo preciso para intentar salvar a los atrapados, pero los directivos de la compañía no lo estimaron conveniente, desescombrarían como indicaban los protocolos, los ingenieros estaban de acuerdo.

El panorama en la boca de la mina era desolador, las mujeres de los mineros y sus hijos no dejaban de llorar, un par de muchachos, los mayores se presentaron voluntarios para ir en busca de sus padres, tenían que intentar salvarlos.

George se apartó un poco con Harold y le propuso acompañar él a los dos muchachos, el joven hizo acudir al capataz y al director de la compañía.

—¿Les parece que una cuadrilla de voluntarios intente localizar a los accidentados?

—¿Voluntarios? —pregunto el director.

—Sí voluntarios, no creo que falten —dijo Harold señalando al reguero de hombres que estaban empezando a llegar.

El capataz que conocía bien a los vecinos de la zona, sabía que todos los presentes serían voluntarios, incluso las mujeres; hasta él mismo lo habría sido hace años.

—Por mi parte solo pongo una condición —dijo el capataz—, que ninguno de los que entren haya estado en el turno que acaba de salir, puesto que no han descansado y serían un peligro añadido.

—Bien, pues organice lo preciso —dijo Harold— iré yo con estos dos jóvenes.

—¡Harold, yo también voy! —exclamó Bonsor.

—¡Y yo! —el responsable de los hombres que acababan de salir también se presentó como voluntario— les indicaré el camino.

—¿Cumple este hombre sus condiciones de descanso? —preguntó Harold al capataz.

—Sí, él llegó hace un par de horas.

—Pues en marcha, que se quede este muchacho, quizás nos venga bien este otro menos corpulento, ¿cómo te llamas? —preguntó Harold.

Migué, Sir.

—Pues tú vendrás con nosotros.

Vale Sir.

El capataz dotó a cada uno de los hombres con un equipo de seguridad compuesto por botas de cuero impermeables, levita negra de algodón y casco con lámpara de acetileno. Mientras, los directivos de la mina, el gobernador y los ingenieros no dejaban de mirar desesperados sus relojes, la noche acababa de comenzar y deambulaban de un lado a otro esperando que no se demorase en exceso el rescate, el cabo de los civiles se aproximó para indicarles que lo más probable era que por lo menos hasta la mañana siguiente no se tuvieran noticias, por lo que les propuso que volviesen a Aracena en el tren y que volviesen a la mañana siguiente, que allí no tenían nada que hacer. El gobernador aceptó de buen grado la sugerencia del cabo.

El tren partió sólo con el vagón de primera a la vez que el grupo de rescate se adentraba en la mina Victoria.

Harold asumió la dirección del grupo, junto a él estaban George, Pedro Martines, el portugués jefe de grupo y uno de los chicos, el menor de los dos.

—¿Está tu padre entre los desaparecidos? —le preguntó George.

Es el marío de mi mare, mi pare murió cuando “la teleras”, yo tenía tres na más.

George buscó con su mirada a Harold, el que escuchaba esforzado las palabras del niño, ya que no comprendía casi nada de lo que decía.

—Dice que su padre era uno de los que murió en las manifestaciones, que el que ahora está aquí atrapado es su padrastro.

Poco a poco se iba estrechando el acceso a la mina, ahora estaban penetrando por un túnel que no medía más de metro y medio de altura, los cuatro andaban agrupados siguiendo las indicaciones de Pedro Martines.

—Las minas en esta zona no son excesivamente profundas —dijo Pedro—, la mayoría son a cielo abierto, con excepción de algunas como esta, en las que resulta más barato tunelar.

Ante ellos la galería empezaba a empinarse en un descenso peligroso, en la roca había tallados unos escalones que facilitaban algo el tránsito, en las paredes una especie de agarraderos servían de barandilla.

Tras media hora de descenso se encontraban en la zona del derrumbe, ante ellos una gran cantidad de rocas se amontonaban, siguiendo los carriles que usaban las vagonetas de extracción se podía ver como un par de traviesas de las usadas para entibar la galería habían quedado apoyadas entre sí evitando el total desplome del techo del corredor, con el esfuerzo de los cuatro consiguieron retirar una par de rocas que obstruían el paso. La anterior expedición casi había conseguido liberar todo el acceso, aunque se vieron obligados a salir al exterior siguiendo las órdenes recibidas de Pedro. Para su sorpresa, una vez apartadas estas dos grandes rocas se presentó ante ellos un camino que se presentaba libre de obstáculos. Uno a uno pasaron por la estrecha abertura, hasta que un poco más adelante se les presentó el pasillo libre de trabas. No había señal alguna de los hombres desaparecidos, los que según Pedro se encontrarían unos cientos de metros más adelante, las lámparas alumbraban poco más allá de sus cabezas, y las ganas de hablar hacía tiempo que habían desaparecido. Delante de ellos se observaban los restos de otro derrumbe, entre los restos pudieron ver a un hombre atrapado bajo las rocas y del que solo se veía parte del tronco, la cabeza y un brazo.

Harold esperaba que no estuviese muerto y acudió a ver si podía socorrerlo, cuando lo alumbró con su lámpara pudo ver que tenía la cabeza aplastada por un peñasco, lo que le hizo vomitar al instante.

—¡Doctor, rápido, venga aquí! —Pedro había encontrado a un superviviente con las piernas atrapadas por una vagoneta.

Harold se aproximó e intentó hacer algo por él, al ir a liberarlo pudo observar que una de las traviesas de las vías se le había clavado en el vientre.

—Geroge, no sé si intentar sacarlo al exterior o no, podría morir al moverlo —dijo Harold en inglés.

—No creo que podamos hacer nada —contestó su paisano—, recemos por él e intentemos tranquilizarlo, déle un poco de su ginebra.

—Tenga, beba un poco, esto le calmará el dolor.

Gracias sir, ¿ha quedao alguno vivo?

—No hemos encontrado a nadie más, ¿qué ocurrió?

Llevar esto a los del sindicato, ellos tienen que saber lo que ha pasao. Poco preocupaba al herido su estado, para él parecía más importante lo que estaba entregando a Harold, este tomó en sus manos lo que le estaba entregando el herido, aunque no tenía ni idea de lo que era.

—Es la cartilla de horas —dijo Pedro al verla—, en ella anotan sus jornadas de trabajo para entregarlas al capataz.

Tienen que verla en el sindicato, dársela al Aurelio, él sabrá lo que hacer.

—¿Es este tu padrastro? —preguntó Harold al chico que les acompañaba.

No, el marío de mi mare era aquel —dijo el chico señalando al hombre de la cabeza destrozada—, este es el pare del Paco, el nene que trabaja en las oficinas.

—¿El pelirrojo?

El del pelo colorao, ese mismo.

Harold recordó con pena la colleja que dio esa misma tarde al niño, al que hoy la vida le iba a dar una mucho más fuerte.

Sir, naide más ha sobrevivío, ahí detrás estaban trabajando los otros, vi como cayeron la piedras encima de tos, yo había venío a mear. —Un golpe de tos hizo que el herido esputara un poco de sangre.

—¿Intentamos sacarlo? —preguntó George.

—No sé lo que hacer, aquí es imposible que podamos hacer nada por su vida, y si lo movemos puede que aceleremos el desenlace, no creo que podamos salvarlo; aunque quizás podamos lograr que vea a su mujer y su hijo por última vez.


Al final decidieron que lo mejor era intentar sacarlo de la mina para que se pudiese despedir de su esposa, George y Pedro anudaron sus levitas en torno a su cuerpo apretando con firmeza para evitar que se le removieran las tripas. Harold intentaba leer con la escasa luz que había la cartilla de trabajo, si estaba comprendiendo bien, en los últimos cuatro días habían descansado tres periodos de cuatro horas cada uno. Con uno de los tablones de la vagoneta destrozada George y Miguel improvisaron una camilla.

—¿Es cierto lo que pone aquí? —Harold entre susurros preguntó a Pedro por la cartilla del herido.

—Sir, este último mes llevamos ya siete “mantas”, los mineros andan escasos de dinero y no tienen más remedio que doblar turnos.

—Pero eso no está permitido.

—En teoría no, pero o los dejamos doblar o les suben ustedes el salario.

—Harold, deje la charla y ayúdenos a mover a este hombre, acaba de perder el conocimiento, respira con mucha dificultad.

Para llegar a la zona del derribo anterior utilizaron una de las vagonetas que estaban cargadas de mineral.

Pedro y Miguel empujaban la vagoneta, George y Harold iban delante iluminando el recorrido.

—Harold, ¿qué le entregó el minero?

—Su cartilla.

—¿Su cartilla? ¿Y qué quiere que haga usted con ella?

—Eso es lo que me ronda, no sé qué hacer, me pidió que se la entregase al líder sindical, pero si lo hago me temo que vuelva a haber una revuelta; llevaban cuatro días casi sin descansar. Puede que ese no sea el motivo del accidente…

—Pero también puede que sí lo sea.
Harold se debatía entre arrojar la cartilla en la galería o llevarla al exterior; a la par, el minero se debatía entre la muerte y la muerte un poco más tarde, si lanzaba la cartilla en uno de los montones de escombro quizás nunca la encontraran, pero si la llevaba al exterior era para entregarla a ese líder sindical, si la dejaba bajo tierra puede que más mineros perdieran sus vidas en otro derrumbe, o en otro accidente producido por su cansancio, o puede que no ocurriese nada; pero si la sacaba al exterior es más que probable que se volvieran a producir altercados, y los civiles que vinieron desde Huelva venían bien pertrechados, si dejaba la cartilla bajo tierra nadie sabría que se deshizo de ella, Pedro era un hombre de la compañía, no diría nada, y su paisano no lo traicionaría, además no tenía pruebas. Tardaron casi media hora en llegar al estrecho pasadizo que había quedado bajo las traviesas, esa era la parte más difícil de pasar con el herido, tendrían que arrastrarlo por el suelo apoyado en tan solo un tablón, los movimientos le hicieron recobrar la conciencia, y se aferró con fuerza a Pedro.

¿Quea mucho? —le preguntó hablando con mucha dificultad.

—No, en el momento que salgamos de esta zona tan solo nos quedarán una de hora, llegarás a ver a tu mujer y tu hijo.

Solo cinco minutos, quiero velos solo cinco minutos, un beso y despedirme, júrame que llegaremos.

—Pues claro que vamos a llegar, no te fatigues.

Ya casi estaban a la altura de la escalera de piedra, ellos solos no podrían subirlo, Pedro propuso adelantarse para pedir ayuda a algunos de los mineros que esperaban en el exterior, pero Harold se opuso a que fuera él, ya que quería ser él mismo el que se adelantase para tantear al líder sindical.

—Harold, le acompaño —dijo George.

—Bien vamos ya, no nos demoremos.

Cuando llegaron a la salida del pozo Victoria la noche estaba a punto de acabar, la sierra de Aracena se empezaba a iluminar, las encinas y los alcornoques empezaban a marcar sus siluetas negras al contrastar con la claridad que bañaba algunas de las nubes anaranjadas, desde la boca de la mina se divisaba en su inmensidad el valle del que surgían numerosas nubes que ascendían unos cientos de metros para quedarse estancadas sin dispersarse, el cabo de la guardia civil se aproximó a los dos hombres para recibir novedades.

—¿Hay algún superviviente?

—Solo uno, está cerca de la salida pero necesitamos que algunos hombres nos ayuden a sacarlo.

—No creo que la falta de hombres sea problema alguno —el cabo señaló a la zona en la que se habían instalado los hombres y las mujeres que habían ido llegando a lo largo de la noche; como siempre que había un accidente todas las minas de la zona cesaron su actividad.

—¿Ha venido Aurelio el del sindicato? —Harold necesitaba hablar con él.

—Llegó hace media hora, con el tren que trajo al amanecer a los directivos y al gobernador, quiso entrar, pero se lo tuvimos que impedir, está muy nervioso, no le recomiendo que trate con él.

—Quiero verlo.

—Tendrá que autorizarlo el gobernador.


Pasados unos minutos el cabo volvió con un hombre a su lado, Harold se extrañó de que un tipo como ese pudiera ser líder de nada, medía poco más de metro y medio, su complexión débil y sus finos brazos no denotaban nada que hiciera temer su bravura, llegados a la boca de la mina el cabo lo presentó como Aurelio Cabrera, el jefe del sindicato, Harold quiso hablar a solas con él.

—Buenos días, soy Harold Wible, médico de la Río Tinto Company Limited, e hijo de Sir Harmond Wible, uno de los mayores accionistas de la compañía.

—Buenos días, ¿qué ha ocurrido? ¿hay algún superviviente? ¿han encontrado a los muertos? —No podía quedar quieto, movía los pies de un lado a otro a pequeños saltitos y se frotaba las manos con excitación.

—Hemos traido al único superviviente y necesitamos unos treinta hombres para pasar las escaleras de la entrada, quiere ver a su mujer, está muy mal, no creo que le quede mucho tiempo.

—Entonces voy a entrar.

—Deje eso, de ello se está ocupando el señor Bonsor.

—¿Jorgito? No lo ví.

—Está allí, organizando a los hombres.

—Voy con ellos —dijo dándose la vuelta en un salto.

—Espere. —Harold fue a cogerlo por el brazo, pero ya se encontraba a un par de pasos de él cuando lo intentó. Sin detener el paso Aurelio volvió la cabeza y Harold le pidió un minuto. Un grupo de más de cincuenta hombres se encaminaba a la boca del pozo Victoria, las mujeres abrazadas en grupo se acercaban con paso dubitativo sin saber hasta donde las dejarían llegar, en un cerrete que dominaba la entrada a la mina la dotación de civiles esperaba el devenir de los acontecimientos, el gobernador y los ingenieros esperaban sentados al rededor de una hoguera deseosos de volver a sus casas, el sol ya despuntaba, los colores negros de los árboles empezaban a adquirir matices, las nubes naranjas no eran sino el humo que salía de “las teleras”.

—Tengo que pedirle un favor.

—Y yo tengo que salvar a mi compañero.

—Usted y yo tenemos que intentar salvar a otros compañeros suyos, este no tiene salvación.

—Explíquese —la curiosidad hizo que Aurelio volviese sobre sus pasos.

—Creo que las condiciones de trabajo que proporciona mi compañía no son las más idóneas.

—¿Lo cree?

—No se ponga a la defensiva conmigo.

—Diga rápido lo que vaya a decir, mis compañeros me necesitan.

—Cierto que le necesitan, pero aquí donde está ahora, este es su sitio.

—¿Con un Sir sin excrúpulos? —dicho esto escupió al suelo.

—Con un médico con principios.

—Venga termine.

—No quiero que hoy haya una revuelta.

—Mal empezamos —dijo mientras pasaba el peso de su cuerpo de un pie a otro—, yo no quiero que haya muertos.

—Aurelio confíe en mí, tenga —Harold entregó la cartilla de horas del accidentado.

—¿Es de los compañeros?

—Del que estamos sacando.

La clarida inundaba ya toda la zona y los rostros se distinguían con todo detalle, Aurelio ojeó la cartilla y alzó la mirada.

—¿Me entrega esto y me pide que no hayan revueltas? Pero si esto es para que voláramos las minas con todos ustedes dentro.

—Lo sé, y también debe saber usted que pude no habérsela entregado, pero quiero mejorar sus condiciones de trabajo.

—¿Las mías? —Aurelio no se fiaba de ningún inglés, exceptuando a Jorgito.

—Las de todos los mineros.

—¿Cómo?

—¿Le parece que negociemos sus reivindicaciones después de sacar a su compañero?



—No me fío de ustedes.

—Si no fuese de fiar, ¿le habría entregado la cartilla?

Saltando de pie en pie, Aurelio apretó con fuerza la cartilla mientras pensaba qué contestar.

—Quiero que Jorgito esté en las negociaciones.

—Por supuesto, yo también lo quiero.

—Y quiero que las viudas de esos hombres reciban una compensación.



—Aurelio, mañana hablamos de todo eso, hoy vamos a despedirnos como se merece de su compañero y a extraer al resto de fallecidos.
Con un apretón de manos ambos hombres sellaron el compromiso que acababan de adquirir y se encaminaron a la boca del pozo, por ella ya salía el primer cadáver de los muchos que lo harían antes de volver a caer la noche. Al final no se puedo despedir de su esposa, el del pelo “colorao” se abrazaba a ella con fuerza mientras lloraba, Harold acarició con dolor la nuca que horas antes había golpeado con tanta injusticia y también lloró, George junto al cadáver miro a Harold y le dijo en inglés:
—Cuidado con estas gentes señor Wible, pueden terminar atrapándolo.


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