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Arthur Conan Doyle El sabueso de los Baskerville


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Arthur Conan Doyle

El sabueso de los Baskerville

Índice
1. El señor Sherlock Holmes

2. La maldición de los Baskerville

3. El problema

4. Sir Henry Baskerville

5. Tres cabos rotos

6. La mansión de los Baskerville

7. Los Stapleton de la casa Merripit

8. Primer informe del doctor Watson

9. La luz en el páramo

10. Fragmento del diario del doctor Watson

11. El hombre del risco

12. Muerte en el páramo

13. Preparando las redes

14. El sabueso de los Baskerville

15. Examen retrospectivo


La idea para este relato me la pro­porcionó mi amigo, el señor Fletcher Robinson, que me ha ayudado además en la línea argumental y en los detalles de ambientación.

A. C. D.
1. El señor Sherlock Holmes
Eseñor Sherlock Holmes, que de ordinario se levanta­ba muy tarde, excepto en las ocasiones nada infrecuentes en que no se acostaba en toda la noche, estaba desayu­nando. Yo, que me hallaba de pie junto a la chimenea, me agaché para recoger el bastón olvidado por nuestro visi­tante de la noche anterior. Sólido, de madera de buena ca­lidad y con un abultamiento a modo de empuñadura, era del tipo que se conoce como «abogado de Penang»1. In­mediatamente debajo de la protuberancia el bastón lleva­ba una ancha tira de plata, de más de dos centímetros, en la que estaba grabado «A James Mortimer, MRCS2, de sus amigos de CCH», y el año, « 1884». Era exactamente la clase de bastón que solían llevar los médicos de cabecera a la antigua usanza: digno, sólido y que inspiraba con­fianza.

-Veamos, Watson, za qué conclusiones llega?


1. Bastón de paseo de cabeza abultada que se fabrica con el tallo de Li­cuala Acutifida, una palma dé Asia oriental.
2. Member of the Royal College of Surgeons (Miembro del Real Colegio de Cirujanos).

Holmes me daba la espalda, y yo no le había dicho en qué me ocupaba.


-¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Voy a creer que tiene usted ojos en el cogote.

-Lo que tengo, más bien, es una reluciente cafetera con baño de plata delante de mí -me respondió-. Vamos, Watson, dígame qué opina del bastón de nuestro visitan­te. Puesto que hemos tenido la desgracia de no coincidir con él e ignoramos qué era lo que quería, este recuerdo fortuito adquiere importancia. Descríbame al propieta­rio con los datos que le haya proporcionado el examen del bastón.

-Me parece -dije, siguiendo hasta donde me era posi­ble los métodos de mi compañero- que el doctor Morti­mer es un médico entrado en años y prestigioso que dis­fruta de general estimación, puesto que quienes lo conocen le han dado esta muestra de su aprecio.

-¡Bien! -dijo Holmes-. ¡Excelente!

-También me parece muy probable que sea médico ru­ral y que haga a pie muchas de sus visitas.

-¿Por qué dice eso?

-Porque este bastón, pese a su excelente calidad, está tan baqueteado que difícilmente imagino a un médico de ciudad llevándolo. El grueso regatón de hierro está muy gastado, por lo que es evidente que su propietario ha ca­minado mucho con él.

-¡Un razonamiento perfecto! -dijo Holmes.

-Y además no hay que olvidarse de los «amigos de CCH». Imagino que se trata de una asociación local de cazadores', a cuyos miembros es posible que haya atendido profesionalmente y que le han ofrecido en recompensa este pequeño obsequio.
1. La deducción de Watson se explica porque la inicial H sirve en inglés tanto para la palabra hunt, una de cuyas acepciones es «asociación de ca­zadores», como para «hospital».
-A decir verdad se ha superado usted a sí mismo -dijo Holmes, apartando la silla de la mesa del desayuno y en­cendiendo un cigarrillo-. Me veo obligado a confesar que, de ordinario, en los relatos con los que ha tenido us­ted a bien recoger mis modestos éxitos, siempre ha subes­timado su habilidad personal. Cabe que usted mismo no sea luminoso, pero sin duda es un buen conductor de la luz. Hay personas que sin ser genios poseen un notable poder de estímulo. He de reconocer, mi querido amigo, que estoy muy en deuda con usted.

Hasta entonces Holmes no se había mostrado nunca tan elogioso, y debo reconocer que sus palabras me pro­dujeron una satisfacción muy intensa, porque la indife­rencia con que recibía mi admiración y mis intentos de dar publicidad a sus métodos me había herido en muchas ocasiones. También me enorgullecía pensar que había llegado a dominar su sistema lo bastante como para apli­carlo de una forma capaz de merecer su aprobación. Acto seguido Holmes se apoderó del bastón y lo examinó du­rante unos minutos. Luego, como si algo hubiera desper­tado especialmente su interés, dejó el cigarrillo y se tras­ladó con el bastón junto a la ventana, para examinarlo de nuevo con una lente convexa.

-Interesante, aunque elemental -dijo, mientras regre­saba a su sitio preferido en el sofá-. Hay sin duda una o dos indicaciones en el bastón que sirven de base para va­rias deducciones.

-¿Se me ha escapado algo? -pregunté con cierta pre­sunción-. Confío en no haber olvidado nada importante. -Mucho me temo, mi querido Watson, que casi todas sus conclusiones son falsas. Cuando he dicho que me ha servido usted de estímulo me refería, si he de ser sincero, a que sus equivocaciones me han llevado en ocasiones a la verdad. Aunque tampoco es cierto que se haya equivo­cado usted por completo en este caso. Se trata sin duda de un médico rural que camina mucho.

-Entonces tenía yo razón. -Hasta ahí, sí.

-Pero sólo hasta ahí.

-Sólo hasta ahí, mi querido Watson; porque eso no es todo, ni mucho menos. Yo consideraría más probable, por ejemplo, que un regalo a un médico proceda de un hospital y no de una asociación de cazadores, y que cuan­do las iniciales CC van unidas a la palabra hospital, se nos ocurra enseguida que se trata de Charing Cross.

-Quizá tenga usted razón.

-Las probabilidades se orientan en ese sentido. Y si adoptamos esto como hipótesis de trabajo, disponemos de un nuevo punto de partida desde donde dar forma a nuestro desconocido visitante.

-De acuerdo; supongamos que «CCH» significa «hos­pital de Charing Cross»; ¿qué otras conclusiones se pue­den sacar de ahí?

-¿No se le ocurre alguna de inmediato? Usted conoce mis métodos. ¡Aplíquelos!

-Sólo se me ocurre la conclusión evidente de que nues­tro hombre ha ejercido su profesión en Londres antes de marchar al campo.

-Creo que podemos aventurarnos un poco más. Véalo desde esta perspectiva. ¿En qué ocasión es más probable que se hiciera un regalo de esas característi­cas? ¿Cuándo se habrán puesto de acuerdo sus amigos para darle esa prueba de afecto? Evidentemente en el momento en que el doctor Mortimer dejó de trabajar en el hospital para abrir su propia consulta. Sabemos que se le hizo un regalo. Creemos que se ha producido un cambio y que el doctor Mortimer ha pasado del hospi­tal de la ciudad a una consulta en el campo. ¿Piensa que estamos llevando demasiado lejos nuestras deduccio­nes si decimos que el regalo se hizo con motivo de ese cambio?

-Parece probable, desde luego.

-Observará usted, además, que no podía formar par­te del personal permanente del hospital, ya que tan sólo se nombra para esos puestos a profesionales experi­mentados, con una buena clientela en Londres, y un médico de esas características no se marcharía después a un pueblo. ¿Qué era, en ese caso? Si trabajaba en el hospital sin haberse incorporado al personal perma­nente, sólo podía ser cirujano o médico interno: poco más que estudiante posgraduado. Y se marchó hace cinco años; la fecha está en el bastón. De manera que su médico de cabecera, persona seria y de mediana edad, se esfuma, mi querido Watson, y aparece en su lugar un joven que no ha cumplido aún la treintena, afable, poco ambicioso, distraído, y dueño de un perro por el que siente gran afecto y que describiré aproximadamente como más grande que un terrier pero más pequeño que un mastín.

Yo me eché a reír con incredulidad mientras Sherlock Holmes se recostaba en el sofá y enviaba hacia el techo temblorosos anillos de humo.

-En cuanto a sus últimas afirmaciones, carezco de me­dios para rebatirlas -dije-, pero al menos no nos será di­ficil encontrar algunos datos sobre la edad y trayectoria profesional de nuestro hombre.

Del modesto estante donde guardaba los libros relacionados con la medicina saqué el directorio médico y, al buscar por el apellido, encontré varios Mortimer, pero tan sólo uno que coincidiera con nuestro visitante, por lo que procedí a leer en voz alta la nota biográfica.


«Mortimer, James, MRCS, 1882, Grimpen, Dartmoor, Devonshire. De 1882 a 1884 cirujano interno en el hospi­tal de Charing Cross. En posesión del premio Jackson de patología comparada, gracias al trabajo titulado "¿Es la enfermedad una regresión?". Miembro correspondiente de la Sociedad Sueca de Patología. Autor de "Algunos fe­nómenos de atavismo" (Lancet, 1882), "¿Estamos pro­gresando?" (Journal of Psychology, marzo de 1883). Mé­dico de los municipios de Grimpen, Thorsley y High Barrow».
-No se menciona ninguna asociación de cazadores -comentó Holmes con una sonrisa maliciosa-; pero sí que nuestro visitante es médico rural, como usted dedujo atinadamente. Creo que mis deducciones están justifica­das. Por lo que se refiere a los adjetivos, dije, si no recuer­do mal, afable, poco ambicioso y distraído. Según mi ex­periencia, sólo un hombre afable recibe regalos de sus colegas, sólo un hombre sin ambiciones abandona una carrera en Londres para irse a un pueblo y sólo una per­sona distraída deja el bastón en lugar de la tarjeta de visi­ta después de esperar una hora.

-¿Y el perro?

-Está acostumbrado a llevarle el bastón a su amo. Como es un objeto pesado, tiene que sujetarlo con fuerza por el centro, y las señales de sus dientes son perfecta­mente visibles. La mandíbula del animal, como pone de manifiesto la distancia entre las marcas, es, en mi opi­nión, demasiado ancha para un terrier y no lo bastante para un mastín. Podría ser..., sí, claro que sí: se trata de un spaniel de pelo rizado.

Holmes se había puesto en pie y paseaba por la habita­ción mientras hablaba. Finalmente se detuvo junto al hueco de la ventana. Había un tono tal de convicción en su voz que levanté la vista sorprendido.

-¿Cómo puede estar tan seguro de eso?

-Por la sencilla razón de que estoy viendo al perro de­lante de nuestra casa, y acabamos de oír cómo su dueño ha llamado a la puerta. No se mueva, se lo ruego. Se trata de uno de sus hermanos de profesión, y la presencia de usted puede serme de ayuda. Éste es el momento dramá­tico del destino, Watson: se oyen en la escalera los pasos de alguien que se dispone a entrar en nuestra vida y no sabemos si será para bien o para mal. ¿Qué es lo que el doctor James Mortimer, el científico, desea de Sherlock Holmes, el detective? ¡Adelante!

El aspecto de nuestro visitante fue una sorpresa para mí, dado que esperaba al típico médico rural y me en­contré a un hombre muy alto y delgado, de nariz larga y ganchuda, disparada hacia adelante entre unos ojos gri­ses y penetrantes, muy juntos, que centelleaban desde de­trás de unos lentes de montura dorada. Vestía de acuerdo con su profesión, pero de manera un tanto descuidada, porque su levita estaba sucia y los pantalones, raídos. Cargado de espaldas, aunque todavía joven, caminaba echando la cabeza hacia adelante y ofrecía un aire gene­ral de benevolencia corta de vista. Al entrar, sus ojos tro­pezaron con el bastón que Holmes tenía entre las manos, por lo que se precipitó hacia él lanzando una exclama­ción de alegría.

-¡Cuánto me alegro! -dijo-. No sabía si lo había dejado aquí o en la agencia marítima. Sentiría mucho perder ese bastón.

-Un regalo, por lo que veo -dijo Holmes.

-Así es.


-¿Del hospital de Charing Cross?

-De uno o dos amigos que tenía allí, con ocasión de mi matrimonio.

-¡Vaya, vaya! ¡Qué contrariedad! -dijo Holmes, agi­tando la cabeza.

-¿Cuál es la contrariedad?

-Tan sólo que ha echado usted por tierra nuestras mo­destas deducciones. ¿Su matrimonio, ha dicho?

-Sí, señor. Al casarme dejé el hospital, y con ello toda esperanza de abrir una consulta. Necesitaba un hogar. -Bien, bien; no estábamos tan equivocados, después de todo -dijo Holmes-. Y ahora, doctor James Morti­mer...

-No soy doctor; tan sólo un modesto MRCS.

-Y persona amante de la exactitud, por lo que se ve.

-Un simple aficionado a la ciencia, señor Holmes, co­leccionista de conchas en las playas del gran océano de lo desconocido. Imagino que estoy hablando con el señor Sherlock Holmes y no...

-No se equivoca; yo soy Sherlock Holmes y éste es mi amigo, el doctor Watson.

-Encantado de conocerlo, doctor Watson. He oído mencionar su nombre junto con el de su amigo. Me inte­resa usted mucho, señor Holmes. No esperaba encon­trarme con un cráneo tan dolicocéfalo ni con un arco supraorbital tan pronunciado. ¿Le importaría que reco­rriera con el dedo su fisura parietal? Un molde de su crá­neo, señor mío, hasta que pueda disponerse del original, sería el orgullo de cualquier museo antropológico. No es mi intención parecer obsequioso, pero confieso que codi­cio su cráneo.

Sherlock Holmes hizo un gesto con la mano para invi­tar a nuestro extraño visitante a que tomara asiento. -Veo que se entusiasma usted tanto con sus ideas como yo con las mías -dijo-. Y observo por su dedo índice que se hace usted mismo los cigarrillos. No dude en encender uno si así lo desea.

El doctor Mortimer sacó papel y tabaco y lió un pitillo con sorprendente destreza. Sus dedos, largos y tembloro­sos, eran tan ágiles e inquietos como las antenas de un in­secto.

Holmes guardó silencio, pero la intensidad de su aten­ción me demostraba el interés que despertaba en él nues­tro curioso visitante.

-Supongo -dijo finalmente-, que no debemos el ho­nor de su visita de anoche y ésta de hoy exclusivamente a su deseo de examinar mi cráneo.

-No, claro está; aunque también me alegro de haber te­nido la oportunidad de hacerlo, he acudido a usted, señor Holmes, porque no se me oculta que soy una persona poco práctica y porque me enfrento de repente con un problema tan grave como singular. Y reconociendo, como yo lo reconozco, que es usted el segundo experto europeo mejor cualificado...

-Ah. ¿Puedo preguntarle a quién corresponde el honor de ser el primero? -le interrumpió Holmes con alguna as­pereza.

-Para una persona amante de la exactitud y de la cien­cia, el trabajo de monsieur Bertillon tendrá siempre un poderoso atractivo.

-¿No sería mejor consultarle a él en ese caso?

-He hablado de personas amantes de la exactitud y de la ciencia. Pero en cuanto a sentido práctico todo el mun­do reconoce que carece usted de rival. Espero, señor mío, no haber...

-Tan sólo un poco -dijo Holmes-. No estará de más, doctor Mortimer, que, sin más preámbulo, tenga la amabilidad de contarme en pocas palabras cuál es exac­tamente el problema para cuya resolución solicita mi ayuda.
2. La maldición de los Baskerville
-Traigo un manuscrito en el bolsillo -dijo el doctor ja­mes Mortimer.

-Lo he notado al entrar usted en la habitación -dijo Holmes.

-Es un manuscrito antiguo.

-Primera mitad del siglo XVIII, a no ser que se trate de una falsificación.

-¿Cómo lo sabe?

-Los tres o cuatro centímetros que quedan al descu­bierto me han permitido examinarlo mientras usted ha­blaba. Una persona que no esté en condiciones de calcu­lar la fecha de un documento con un margen de error de una década, más o menos, no es un experto. Tal vez co­nozca usted mi modesta monografía sobre el tema. Yo lo situaría hacia 1730.

-La fecha exacta es 1742 -el doctor Mortimer sacó el manuscrito del bolsillo interior de la levita-. Sir Charles Baskerville, cuya repentina y trágica muerte hace unos tres meses causó tanto revuelo en Devonshire, confió a mi cuidado este documento de su familia. Quizá deba explicar que yo era amigo personal suyo además de su mé­dico. Sir Charles, pese a ser un hombre resuelto, perspi­caz, práctico y tan poco imaginativo como yo, consideraba este documento una cosa muy seria, y estaba preparado para que le sucediera lo que finalmente puso fin a su vida.

Holmes extendió la mano para recibir el documento y lo alisó colocándoselo sobre la rodilla.

-Fíjese usted, Watson, en el uso alternativo de la S larga y corta. Es uno de los indicios que me han permitido cal­cular la fecha.

Por encima de su hombro contemplé el papel amari­llento y la escritura ya borrosa. En el encabezamiento se leía: «Mansión de los Baskerville» y, debajo, con grandes números irregulares, « 1742».

-Parece una declaración.

-Sí, es una declaración acerca de cierta leyenda rela­cionada con la familia de los Baskerville.

-Pero imagino que usted me quiere consultar acerca de algo más moderno y práctico.

-De inmediata actualidad. Una cuestión en extremo práctica y urgente que hay que decidir en un plazo de veinticuatro horas. Pero el relato es breve y está íntima­mente ligado con el problema. Con su permiso voy a pro­ceder a leérselo.

Holmes se recostó en el asiento, unió las manos por las puntas de los dedos y cerró los ojos con gesto de resigna­ción. El doctor Mortimer volvió el manuscrito hacia la luz y leyó, con voz aguda, que se quebraba a veces, la si­guiente narración, pintoresca y extraña al mismo tiempo.
«Sobre el origen del sabueso de los Baskerville se han dado muchas explicaciones, pero como yo procedo en lí­nea directa de Hugo Baskerville y la historia me la contó mi padre, que a su vez la supo de mi abuelo, la he puesto por escrito convencido de que todo sucedió exactamente como aquí se relata. Con ello quisiera convenceros, hijos míos, de que la misma Justicia que castiga el pecado pue­de también perdonarlo sin exigir nada a cambio, y que toda interdicción puede a la larga superarse gracias al po­der de la oración y el arrepentimiento. Aprended de esta historia a no temer los frutos del pasado, sino, más bien, a ser circunspectos en el futuro, de manera que las horri­bles pasiones por las que nuestra familia ha sufrido hasta ahora tan atrozmente no se desaten de nuevo para provo­car nuestra perdición.

»Sabed que en la época de la gran rebelión (y mucho os recomiendo la historia que de ella escribió el sabio Lord Clarendon)' el propietario de esta mansión de los Bas­kerville era un Hugo del mismo apellido, y no es posible ocultar que se trataba del hombre más salvaje, soez y sin Dios que pueda imaginarse. Todo esto, a decir verdad, podrían habérselo perdonado sus coetáneos, dado que los santos no han florecido nunca por estos contornos, si no fuera porque había además en él un gusto por la lasci­via y la crueldad que lo hicieron tristemente célebre en todo el occidente del país. Sucedió que este Hugo dio en amar (si, a decir verdad, a una pasión tan tenebrosa se le puede dar un nombre tan radiante) a la hija de un peque­ño terrateniente que vivía cerca de las propiedades de los Baskerville. Pero la joven, discreta y de buena reputación, evitaba siempre a Hugo por el temor que le inspiraba su nefasta notoriedad. Sucedió así que, un día de san Mi­guel, este antepasado nuestro, con cinco o seis de sus compañeros, tan ociosos como desalmados, llegaron a escondidas hasta la granja y secuestraron a la doncella, sabedores de que su padre y sus hermanos estaban ausen­tes. Una vez en la mansión, recluyeron a la doncella en un aposento del piso alto, mientras Hugo y sus amigos ini­ciaban una larga francachela, al igual que todas las no­ches. Lo más probable es que a la pobre chica se le trastor­nara el juicio al oír los cánticos y los gritos y los terribles juramentos que le llegaban desde abajo, porque dicen que las palabras que utilizaba Hugo Baskerville cuando esta­ba borracho bastarían para fulminar al hombre que las pronunciara. Finalmente, impulsada por el miedo, la mu­chacha hizo algo a lo que quizá no se hubiera atrevido el más valiente y ágil de los hombres, porque gracias a la en­redadera que cubría (y todavía cubre) el lado sur de la casa, descendió hasta el suelo desde el piso alto, y em­prendió el camino hacia su casa a través del páramo dis­puesta a recorrer las tres leguas que separaban la man­sión de la granja de su padre.




  1. Referencia ala guerra civil que concluyó con la condena a muerte y la ejecución de Carlos I, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, en 1649. Lord Clarendon, Primer Conde de Clarendon (1609-1674), fue primer minis­tro en la Restauración, pero en 1667 tuvo que huir a Francia, al acusársele de traición. En el exilio terminó de escribir su Historia de la rebelión y de las guerras civiles en Inglaterra.

»Sucedió que, algo más tarde, Hugo dejó a sus invitados para llevar alimento y bebida junto, quizá, con otras co­sas peores a su cautiva, encontrándose vacía la jaula y de­saparecido el pájaro. A partir de aquel momento, por lo que parece, el carcelero burlado dio la impresión de estar poseído por el demonio, porque bajó corriendo las esca­leras para regresar al comedor, saltó sobre la gran mesa, haciendo volar por los aires jarras y fuentes, y dijo a gran­des gritos ante todos los presentes que aquella misma no­che entregaría cuerpo y alma a los poderes del mal si con­seguía alcanzar a la muchacha. Y aunque a los juerguistas les espantó la furia de aquel hombre, hubo uno más per­verso o, tal vez, más borracho que los demás, que propu­so lanzar a los sabuesos en persecución de la doncella. Al oírlo Hugo salió corriendo de la casa y ordenó a gritos a sus criados que le ensillaran la yegua y soltaran la jauría; después de dar a los perros un pañuelo de la doncella, los puso inmediatamente sobre su pista para que, a la luz de la luna, la persiguieran por el páramo.

»Durante algún tiempo los juerguistas quedaron mu­dos, incapaces de entender acontecimientos tan rápidos. Pero al poco salieron de su perplejidad e imaginaron lo que probablemente estaba a punto de suceder. El alboro­to fue inmediato: quién pedía sus armas, quién su caballo y quién otra jarra de vino. A la larga, sin embargo, sus mentes enloquecidas recobraron un poco de sensatez, y todos, trece en total, montaron a caballo y salieron tras Hugo. La luna brillaba sobre sus cabezas y cabalgaron a gran velocidad, siguiendo el camino que la muchacha te­nía que haber tomado para volver a su casa.

»Habían recorrido alrededor de media legua cuando se cruzaron con uno de los pastores que guardaban durante la noche el ganado del páramo, y lo interrogaron a gran­des voces, pidiéndole noticias de la partida de caza. Y aquel hombre, según cuenta la historia, aunque se halla­ba tan dominado por el miedo que apenas podía hablar, contó por fin que había visto a la desgraciada doncella y a los sabuesos que seguían su pista. "Pero he visto más que eso -añadió-, porque también me he cruzado con Hugo Baskerville a lomos de su yegua negra, y tras él corría en silencio un sabueso infernal que nunca quiera Dios que llegue a seguirme los pasos”.

»De manera que los caballeros borrachos maldijeron al pastor y siguieron adelante. Pero muy pronto se les heló la sangre en las venas, porque oyeron el ruido de unos cas­cos al galope y enseguida pasó ante ellos, arrastrando las riendas y sin jinete en la silla, la yegua negra de Hugo, cu­bierta de espuma blanca. A partir de aquel momento los juerguistas, llenos de espanto, siguieron avanzando por el páramo, aunque cada uno, si hubiera estado solo, ha­bría vuelto grupas con verdadera alegría. Después de ca­balgar más lentamente de esta guisa, llegaron finalmente a donde se encontraban los sabuesos. Los pobres anima­les, aunque afamados por su valentía y pureza de raza, ge­mían apiñados al comienzo de un hocino, como nosotros lo llamamos, algunos escabulléndose y otros, con el pelo erizado y los ojos desorbitados, mirando fijamente el es­trecho valle que tenían delante.

»Los jinetes, mucho menos borrachos ya, como es fácil de suponer, que al comienzo de su expedición, se detu­vieron. La mayor parte se negó a seguir adelante, pero tres de ellos, los más audaces o, tal vez, los más ebrios, continuaron hasta llegar al fondo del valle, que se ensan­chaba muy pronto y en el que se alzaban dos de esas grandes piedras, que aún perduran en la actualidad, obra de pueblos olvidados de tiempos remotos. La luna ilumi­naba el claro y en el centro se encontraba la desgraciada doncella en el lugar donde había caído, muerta de terror y de fatiga. Pero no fue la vista de su cuerpo, ni tampoco del cadáver de Hugo Baskerville que yacía cerca, lo que hizo que a aquellos juerguistas temerarios se les erizaran los cabellos, sino el hecho de que, encima de Hugo y des­garrándole el cuello, se hallaba una espantosa criatura: una enorme bestia negra con forma de sabueso pero más grande que ninguno de los sabuesos jamás contempla­dos por ojo humano. Acto seguido, y en su presencia, aquella criatura infernal arrancó la cabeza de Hugo Bas­kerville, por lo que, al volver hacia ellos los ojos llamean­tes y las mandíbulas ensangrentadas, los tres gritaron empavorecidos y volvieron grupas desesperadamente, sin dejar de lanzar alaridos mientras galopaban por el páramo. Según se cuenta, uno de ellos murió aquella misma noche a consecuencia de lo que había visto, y los otros dos no llegaron a reponerse en los años que aún les quedaban de vida.

»Ésa es la historia, hijos míos, de la aparición del sa­bueso que, según se dice, ha atormentado tan cruelmente a nuestra familia desde entonces. Lo he puesto por escri­to, porque lo que se conoce con certeza causa menos te­rror que lo que sólo se insinúa o adivina. Como tampoco se puede negar que son muchos los miembros de nuestra familia que han tenido muertes desgraciadas, con fre­cuencia repentinas, sangrientas y misteriosas. Quizá po­damos, sin embargo, refugiarnos en la bondad infinita de la Providencia, que no castigará sin motivo a los inocen­tes más allá de la tercera o la cuarta generación, que es hasta donde se extiende la amenaza de la Sagrada Escri­tura. A esa Providencia, hijos míos, os encomiendo aho­ra, y os aconsejo, como medida de precaución, que os abstengáis de cruzar el páramo durante las horas de oscu­ridad en las que triunfan los poderes del mal.

»(De Hugo Baskerville para sus hijos Rodger y John, instándoles a que no digan nada de su contenido a Eliza­beth, su hermana.) »


Cuando el doctor Mortimer terminó de leer aquella sin­gular narración, se alzó los lentes hasta colocárselos en la frente y se quedó mirando a Sherlock Holmes de hito en hito. Este último bostezó y arrojó al fuego la colilla del ci­garrillo que había estado fumando.

-¿Y bien? -dijo.

-¿Le parece interesante?

-Para un coleccionista de cuentos de hadas.

El doctor Mortimer se sacó del bolsillo un periódico doblado.

-Ahora, señor Holmes, voy a leerle una noticia un poco más reciente, publicada en el Devon County Chroni­cle del 14 de junio de este año. Es un breve resumen de la información obtenida sobre la muerte de Sir Charles Bas­kerville, ocurrida pocos días antes.

Mi amigo se inclinó un poco hacia adelante y su expre­sión se hizo más atenta. Nuestro visitante se ajustó las ga­fas y comenzó a leer:
«El fallecimiento repentino de Sir Charles Baskerville, cuyo nombre se había mencionado como probable can­didato del partido liberal en Mid-Devon para las próxi­mas elecciones, ha entristecido a todo el condado. Si bien Sir Charles había residido en la mansión de los Bas­kerville durante un periodo comparativamente breve, su simpatía y su extraordinaria generosidad le ganaron el afecto y el respeto de quienes lo trataron. En estos días de nuevos ricos es consolador encontrar un caso en el que el descendiente de una antigua familia venida a me­nos ha sido capaz de enriquecerse en el extranjero y re­gresar luego a la tierra de sus mayores para restaurar el pasado esplendor de su linaje. Sir Charles, como es bien sabido, se enriqueció mediante la especulación sudafri­cana. Más prudente que quienes siguen en los negocios hasta que la rueda de la fortuna se vuelve contra ellos, Sir Charles se detuvo a tiempo y regresó a Inglaterra con sus ganancias. Han pasado sólo dos años desde que estable­ciera su residencia en la mansión de los Baskerville y son de todos conocidos los ambiciosos planes de recons­trucción y mejora que han quedado trágicamente inte­rrumpidos por su muerte. Dado que carecía de hijos, su deseo, públicamente expresado, era que toda la zona se beneficiara, en vida suya, de su buena fortuna, y serán muchos los que tengan razones personales para lamen­tar su prematura desaparición. Las columnas de este pe­riódico se han hecho eco con frecuencia de sus genero­sas donaciones a obras caritativas tanto locales como del condado.

»No puede decirse que la investigación efectuada haya aclarado por completo las circunstancias relacio­nadas con la muerte de Sir Charles, pero, al menos, se ha hecho luz suficiente como para poner fin a los rumores a que ha dado origen la superstición local. No hay razón alguna para sospechar que se haya cometido un delito, ni para imaginar que el fallecimiento no obedezca a cau­sas naturales. Sir Charles era viudo y quizá también per­sona un tanto excéntrica en algunas cuestiones. A pesar de su considerable fortuna, sus gustos eran muy senci­llos y contaba únicamente, para su servicio personal, con el matrimonio apellidado Barrymore: el marido en calidad de mayordomo y la esposa como ama de llaves. Su testimonio, corroborado por el de varios amigos, ha servido para poner de manifiesto que la salud de Sir Charles empeoraba desde hacía algún tiempo y, de ma­nera especial, que le aquejaba una afección cardíaca con manifestaciones como palidez, ahogos y ataques agudos de depresión nerviosa. El doctor James Mortimer, ami­go y médico de cabecera del difunto, ha testimoniado en el mismo sentido.



»Los hechos se relatan sin dificultad. Sir Charles tenía por costumbre pasear todas las noches, antes de acostarse, por el famoso paseo de los Tejos de la mansión de los Baskerville. El testimonio de los Barrymore confirma esa costumbre. El cuatro de junio Sir Charles manifestó su intención de emprender viaje a Londres al día siguiente, y encargó a Barrymore que le preparase el equipaje. Aquella noche salió como de ordinario a dar su paseo nocturno, durante el cual tenía por costumbre fumarse un cigarro habano, pero nunca regresó. A las doce, al en­contrar todavía abierta la puerta principal, el mayordo­mo se alarmó y, después de encender una linterna, salió en busca de su señor. Había llovido durante el día, y no le fue dificil seguir las huellas de Sir Charles por el paseo de los Tejos. Hacia la mitad del recorrido hay un portillo para salir al páramo. Sir Charles, al parecer, se detuvo allí algún tiempo. El mayordomo siguió paseo adelante y en el extremo que queda más lejos de la mansión encontró el cadáver. Según el testimonio de Barrymore, las huellas de su señor cambiaron de aspecto más allá del portillo que da al páramo, ya que a partir de entonces anduvo al pare­cer de puntillas. Un tal Murphy, gitano tratante en caba­llos, no se encontraba muy lejos en aquel momento, pero, según su propia confesión, estaba borracho. Murphy afir­ma que oyó gritos, pero es incapaz de precisar de dónde procedían. En la persona de Sir Charles no se descubrió señal alguna de violencia y aunque el testimonio del mé­dico señala una distorsión casi increíble de los rasgos fa­ciales -hasta el punto de que, en un primer momento, el doctor Mortimer se negó a creer que fuera efectivamente su amigo y paciente-, pudo saberse que se trata de un sín­toma no del todo infrecuente en casos de disnea y de muerte por agotamiento cardíaco. Esta explicación se vio corroborada por el examen post mortem, que puso de manifiesto una enfermedad orgánica crónica, y el vere­dicto del jurado al que informó el coroner 1 estuvo en con­cordancia con las pruebas médicas. Hemos de felicitar­nos de que haya sido así, porque, evidentemente, es de suma importancia que el heredero de Sir Charles se insta­le en la mansión y prosiga la encomiable tarea tan triste­mente interrumpida. Si los prosaicos hallazgos del coro­ner no hubieran puesto fin a las historias románticas susurradas en conexión con estos sucesos, podría haber resultado difícil encontrar un nuevo ocupante para la mansión de los Baskerville. Según se sabe, el pariente más próximo de Sir Charles es el señor Henry Baskervi­lle, hijo de su hermano menor, en el caso de que aún siga con vida. La última vez que se tuvo noticias de este joven se hallaba en Estados Unidos, y se están haciendo las averiguaciones necesarias para informarle de lo suce­dido.»
1. Funcionario público cuyo principal deber es investigar, en presencia de un jurado, cualquier defunción cuando hay motivos para suponer que las causas no han sido naturales.
El doctor Mortimer volvió a doblar el periódico y se lo guardó en el bolsillo.

-Ésos son, señor Holmes, los hechos en conexión con la muerte de Sir Charles Baskerville que han llegado a co­nocimiento de la opinión pública.

-Tengo que agradecerle -dijo Sherlock Holmes- que me haya informado sobre un caso que presenta sin duda algunos rasgos de interés. Recuerdo haber leído, cuando murió Sir Charles, algunos comentarios periodísticos, pero estaba muy ocupado con el asunto de los camafeos del Vaticano y, llevado de mi deseo de complacer a Su Santidad, perdí contacto con varios casos muy interesan­tes de mi país. ¿Dice usted que ese artículo contiene todos los hechos de conocimiento público?

-Así es.


-En ese caso, infórmeme de los privados -recostándose en el sofá, Sherlock Holmes volvió a unir las manos por las puntas de los dedos y adoptó su expresión más impa­sible y juiciosa.

-Al hacerlo -explicó el doctor Mortimer, que empeza­ba a dar la impresión de estar muy emocionado- me dis­pongo a contarle algo que no he revelado a nadie. Mis motivos para ocultarlo durante la investigación del coro­ner son que un hombre de ciencia no puede adoptar pú­blicamente una posición que, en apariencia, podría ser­vir de apoyo a la superstición. Me impulsó además el motivo suplementario de que, como dice el periódico, la mansión de los Baskerville permanecería sin duda desha­bitada si contribuyéramos de algún modo a confirmar su reputación, ya de por sí bastante siniestra. Por esas dos razones me pareció justificado decir bastante menos de lo que sabía, dado que no se iba a obtener con ello ningún beneficio práctico, mientras que ahora, tratándose de us­ted, no hay motivo alguno para que no me sincere por completo.

»El páramo está muy escasamente habitado, y los po­cos vecinos con que cuenta se visitan con frecuencia. Esa es la razón de que yo viera a menudo a Sir Charles Basker­ville. Con la excepción del señor Frankland, de la man­sión Lafter, y del señor Stapleton, el naturalista, no hay otras personas educadas en muchos kilómetros a la re­donda. Sir Charles era un hombre reservado, pero su en­fermedad motivó que nos tratáramos, y la coincidencia de nuestros intereses científicos contribuyó a reforzar nuestra relación. Había traído abundante información científica de África del Sur, y fueron muchas las veladas que pasamos conversando agradablemente sobre la ana­tomía comparada del bosquimano y del hotentote.

»En el transcurso de los últimos meses advertí, cada vez con mayor claridad, que el sistema nervioso de Sir Charles estaba sometido a una tensión casi insoportable. Se había tomado tan excesivamente en serio la leyenda que acabo de leerle que, si bien paseaba por los jardines de su propiedad, nada le habría impulsado a salir al pára­mo durante la noche. Por increíble que pueda parecerle, señor Holmes, estaba convencido de que pesaba sobre su familia un destino terrible y, a decir verdad, la informa­ción de que disponía acerca de sus antepasados no invita­ba al optimismo. Le obsesionaba la idea de una presencia horrorosa, y en más de una ocasión me preguntó si du­rante los desplazamientos que a veces realizo de noche por motivos profesionales había visto alguna criatura ex­traña o había oído los ladridos de un sabueso. Esta última pregunta me la hizo en varias ocasiones y siempre con una voz alterada por la emoción.

»Recuerdo muy bien un día, aproximadamente tres se­manas antes del fatal desenlace, en que llegué a su casa ya de noche. Sir Charles estaba casualmente junto a la puer­ta principal. Yo había bajado de mi calesa y, al dirigirme hacia él, advertí que sus ojos, fijos en algo situado por en­cima de mi hombro, estaban llenos de horror. Al volver­me sólo tuve tiempo de vislumbrar lo que me pareció una gran ternera negra que cruzaba por el otro extremo del paseo. Mi anfitrión estaba tan excitado y alarmado que tuve que trasladarme al lugar exacto donde había visto al animal y buscarlo por los alrededores, pero había desapa­recido, aunque el incidente pareció dejar una impresión penosísima en su imaginación. Le hice compañía durante toda la velada y fue en aquella ocasión, y para explicarme la emoción de la que había sido presa, cuando confió a mi cuidado la narración que le he leído al comienzo de mi vi­sita. Menciono este episodio insignificante porque ad­quiere cierta importancia dada la tragedia posterior, aun­que por entonces yo estuviera convencido de que se trataba de algo perfectamente trivial y de que la agitación de mi amigo carecía de fundamento.

»Sir Charles se disponía a venir a Londres por consejo mío. Yo sabía que estaba enfermo del corazón y que la an­siedad constante en que vivía, por quiméricos que fueran los motivos, tenía un efecto muy negativo sobre su salud. Me pareció que si se distraía durante unos meses en la gran metrópoli londinense se restablecería. El señor Sta­pleton, un amigo común, a quien también preocupaba mucho su estado de salud, era de la misma opinión. Y en el último momento se produjo la terrible catástrofe.

»La noche de la muerte de Sir Charles, Barrymore, el mayordomo, que fue quien descubrió el cadáver, envió a Perkins, el mozo de cuadra, a caballo en mi busca, y dado que no me había acostado aún pude presentarme en la mansión menos de una hora después. Comprobé de visu todos los hechos que más adelante se mencionaron en la investigación. Seguí las huellas, camino adelante, por el paseo de los Tejos y vi el lugar, junto al portillo que da al páramo, donde Sir Charles parecía haber estado esperan­do y advertí el cambio en la forma de las huellas a partir de aquel momento, así como la ausencia de otras huellas distintas de las de Barrymore sobre la arena blanda; final­mente examiné cuidadosamente el cuerpo, que nadie ha­bía tocado antes de mi llegada. Sir Charles yacía boca abajo, con los brazos extendidos, los dedos hundidos en el suelo y las facciones tan distorsionadas por alguna emoción fuerte que difícilmente hubiera podido afirmar bajo juramento que se trataba del propietario de la man­sión de los Baskerville. No había, desde luego, lesión cor­poral de ningún tipo. Pero Barrymore hizo una afirma­ción incorrecta durante la investigación. Dijo que no había rastro alguno en el suelo alrededor del cadáver. El mayordomo no observó ninguno, pero yo sí. Se encon­traba a cierta distancia, pero era reciente y muy claro».

-¿Huellas?

-Huellas.

-¿De un hombre o de una mujer?

El doctor Mortimer nos miró extrañamente durante un instante y su voz se convirtió casi en un susurro al contestar:

-Señor Holmes, ¡eran las huellas de un sabueso gigan­tesco!

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