Página principal

Artículos de combate


Descargar 0.63 Mb.
Página1/11
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.63 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

Artículos de combate” de Práxedis Gilberto Guerrero

ARTÍCULOS DE COMBATE

Práxedis Gilberto Guerrero




PRESENTACIÓN

La primera edición de Artículos de combate de Práxedis G. Guerrero, fue hecha en junio de 1977. El trabajo de recopilación y selección del material nos llevó, aproximadamente ocho meses, visitando varias bibliotecas y hemerotecas, para, finalmente, lograr nuestro objetivo.


Aquella primera edición de la selección de artículos de Práxedis G. Guerrero era el quinto título publicado con nuestro sello editorial, Ediciones Antorcha. Los cuatro anteriores habían sido, por orden de aparición, el Epistolario revolucionario e íntimo; el ¿Para qué sirve la autoridad? y otros cuentos, las Obras de teatro y los Discursos, todos de Ricardo Flores Magón.
La edición de Artículos de combate fue el primer trabajo de investigación que publicamos, puesto que para los cuatro títulos anteriormente mencionados, tomamos como base las ediciones realizadas en la década de 1920 por el Grupo Cultural Ricardo Flores Magón, compuesto, entre otros, por Nicolás T. Bernal, Librado Rivera y Diego Abad de Santillán.
Decidimos realizar aquella investigación porque el libro de los escritos de Práxedis G. Guerrero que en su momento editó el Grupo Cultural Ricardo Flores Magón, nos parecía limitado habida cuenta de que conocíamos de la existencia de más material que valdría la pena incluir. Así, ni tardos ni perezosos nos dimos a la tarea de ir realizando el trabajo de recopilación, y al mismo tiempo fuimos elaborando una cronología de su vida.
Una vez que terminamos nuestro trabajo, lo mandamos a imprimir en el taller que administraba el compañero Benjamín Cano Ruíz, del Grupo Tierra y Libertad, y en los créditos respectivos, además de firmar como el grupo editor, nos aventamos el puntacho de enfatizar: el grupo editor no se reserva ninguna clase de derechos, leyenda con la que patentizábamos nuestra ideología ácrata. Y... sucedió lo que jamás esperábamos que sucediera: el gobierno del Estado de Guanajuato quizá se tomó al pié de la letra nuestra declaración de fe anarquista y... ¡pácatelas! se aventó un piratazo de nuestra edición. En efecto, bajo el título de Vocación de libertad, y sin hacer la menor mención de nuestro trabajo, se piratearon nuestra edición de Artículos de combate con nuestras notas y nuestra cronología.
Fue en ese momento que nos mostramos inconsecuentes cuando hicimos un berrinche chinche, y, al percatarnos de que el prólogo de esa edición pirata había sido realizado por el compañero Muñoz Cota, raudos, veloces y presurosos fuimos a verle para que nos explicará lo que había sucedido.
Le pedimos una cita que nos concedió y fuimos a su departamento, preguntándole el por qué de aquella edición piratona y, también sobre su participación en la misma. Hay que decir que no podíamos imaginar que no sabía de la existencia de nuestra edición. Se concretó en precisarnos que le habían escrito solicitándole ese prólogo, pero que nunca le hicieron llegar más información al respecto. Así, conociendo la calidad moral del compañero Muñoz Cota, no dudamos absolutamente de nada y hubimos de hacer mutis mutandis, esperando que se nos bajara el berrinche, aunque el coraje no se nos pasaría sino hasta muchos meses después.
Ahora, visto aquel episodio con la sana perspectiva que da el tiempo, no cabe duda de que todos los sentimientos que exteriorizamos fueron la clara muestra de nuestra inconsecuencia. Porque de que fuimos profundamente inconsecuentes, ni duda cabe. Bien dice el dicho que primero cae un hablador que un cojo, y el azotón que nos dimos fue claro. Así, en vez de habernos sentido orgullosos y satisfechos de que el consejo editorial del gobierno de un Estado de la República mexicana hubiera tomado en cuenta nuestro trabajo editando nuestra recopilación, nuestras notas y nuestra cronología, nos concretamos a patalear berreando como infantes, sobre todo cuando nos enteramos de que hubo alguien que cobró presentándose como autor del trabajo que nosotros realizamos, ¡¡¡aquello sí que nos enchilo!!!
Pero, con todo y el piratazo que representó la edición de Vocación de libertad, nuestra edición de Artículos de combate se desplazó bien, al grado de que hubimos de realizar una segunda reimpresión.
Ahora, veintiocho años después de aquella anécdota, colocamos aquí, en nuestra Biblioteca Virtual Antorcha la edición virtual de los Artículos de combate del periodista, organizador y revolucionario guanajuatense, Práxedis Gilberto Guerrero.
Y ahora, al igual que hace veintiocho años, continuamos lamentando la gran pérdida que su prematura muerte significó para los anhelos libertarios del Partido Liberal Mexicano porque, ciertamente, nadie pudo jamás llenar el hueco que Práxedis dejó en las filas liberales.
Es de esperar que la presente edición cibernética sirva para comprender a uno de los más preclaros personajes de la Revolución Mexicana.
Chantal López y Omar Cortés

NOTA EDITORIAL

El total desconocimiento del desarrollo de los movimientos revolucionarios mexicanos y del pensamiento de sus principales instigadores constituye un auténtico freno para nuestra lucha emancipadora. Decimos esto porque los problemas a los cuales nos enfrentamos no son problemas que se han iniciado hace apenas unos años, sino que su origen se encuentra en tiempos muy remotos, y a ellos se enfrentaron, tratándoles de dar solución, los movimientos revolucionarios que se han sucedido a través de la historia.


Conocer la manera en cómo tales movimientos abordaron estos problemas constituye una necesidad para todo aquel que luche -cualquiera que sea su militancia política- por su emancipación. Sólo así tendremos una clara idea de lo que es nuestra situación socio-política actual, cosa imprescindible para poder proponer alternativas.
Práxedis Gilberto Guerrero representa precisamente a un instigador de lo que se ha llamado corriente radical del movimiento revolucionario de 1910. Junto con Ricardo Flores Magón viene a constituirse en el intelecto que con mayor claridad afrontaba los problemas de una clase social que, sometida por siglos, se consumía -y sigue consumiéndose- en la total explotación material y cultural.
Auténtico representante honesto del periodismo militante y revolucionario, Práxedis desarrolló su concepción teórica mediante el artículo periodístico, el cual manejó con gran fluidez y calidad.
Su prematura muerte fue una notoria pérdida, como neto elemento clarificador y organizador, para el movimiento revolucionario en general y para la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano en particular.
Bastante razón tenía Diego Abad de Santillán en 1924 al comentar la muerte de Práxedis:

Práxedis G. Guerrero, secretario de la J. O. del P. L. M. y combatiente de la revolución social, cayó en la flor de su juventud en un encuentro con las tropas del gobierno, en Janos, Estado de Chihuahua, la noche del 30 de diciembre de 1910. En aquellos que lo conocían, su desaparición produjo un dolor inenarrable, pues fue opinión unánime de sus amigos que la pluma y el valor moral de un P. G. G. no se sustituye fácilmente. Y en efecto, han pasado catorce años y todavía no hemos podido llenar el vacío que dejó la muerte heroica del guerrillero y del poeta de la revolución proletaria mexicana.
Chantal López y Omar Cortés

PRÁXEDIS G. GUERRERO HA MUERTO

Últimas noticias procedentes del representante de la Junta en la ciudad de El Paso, Texas, confirman los rumores que circulaban sobre la suerte que corrió en las montañas de Chihuahua el secretario de la Junta Organizadora del Partido Liberal, Práxedis G. Guerrero.


Guerrero ha muerto, dice el Delegado de la Junta. En la gloriosa jornada de Janos dio su adiós a la vida Práxedis G. Guerrero, el joven libertario.
Práxedis ha muerto y yo todavía no quiero creerlo. He acopiado datos, he tomado informaciones, he analizado esos datos, he desmenuzado a la luz de la más severa crítica esas informaciones, y todo me dice que Práxedis ya no existe, que ya murió; pero contra las deducciones de mi razón se levanta anegado en llanto mi sentimiento que grita: no, Práxedis no ha muerto, el hermano querido vive...
Lo veo por todas partes y a todas horas; a veces creo encontrarlo trabajando en la oficina en sus sitios favoritos, y al darme cuenta de su ausencia eterna, siento un nudo en la garganta.
El hermano se fue, tan bueno, tan generoso.
Recuerdo sus palabras, tan altas como su pensamiento. Recuerdo sus confidencias: yo no creo que sobreviviré a esta Revolución, me decía el héroe con una frecuencia que me llenaba de angustia. Yo también creía que tendría que morir pronto. ¡Era tan arrojado!
Trabajador incansable era Práxedis. Nunca oí de sus labios una queja ocasionada por la fatiga de sus pesadas labores. Siempre se le veía inclinado ante su mesa de trabajo escribiendo, escribiendo, escribiendo aquellos artículos luminosos con que se honra la literatura revolucionaria de México; artículos empapados de sinceridad, artículos bellísimos por su forma y por su fondo. A menudo me decía: qué pobre es el idioma; no hay términos que traduzcan exactamente lo que se piensa; el pensamiento pierde mucho de su lozanía y de su belleza al ponerlo en el papel.
Y sin embargo, aquel hombre extraordinario supo formar verdaderas obras de arte con los toscos materiales del lenguaje.
Hombre abnegado y modestísimo, nada quería para sí. Varias veces le instamos a que se comprase un vestido. Nunca lo admitió. Todo para la causa, decía sonriendo. Una vez, viendo que adelgazaba rápidamente, le aconsejé que se alimentase mejor, pues se mantenía con un poco de legumbres: no podría soportar, me dijo, que yo me regalase con platillos mejores cuando millones de seres humanos no tienen en este momento un pedazo de pan que llevar a la boca.
Y todo esto lo decía con la sinceridad del apóstol, con la sencillez de un verdadero santo. Nada de fingimiento había en él. Su frente alta, luminosa, era el reflejo de todos sus pensamientos. Práxedis pertenecía a una de las familias ricas del Estado de Guanajuato. En unión de sus hermanos heredó una hacienda. Con los productos de esa hacienda pudo haber vivido en la holganza, cómodamente; pero ante todo era un libertario. ¿Con qué derecho había de arrebatar a los peones el producto de su trabajo? ¿Con qué derecho había de retener en sus manos la tierra que los trabajadores regaban con su sudor? Práxedis renunció a la herencia y pasó a unirse a sus hermanos los trabajadores, para ganar con sus manos un pedazo de pan que llevar a la boca sin el remordimiento de deberlo a la explotación de sus semejantes.
Era casi un niño Práxedis cuando después de haber renunciado al lujo, a las riquezas, a las satisfacciones casi animales de la burguesía, se entregó al trabajo manual. No llegaba a las filas proletarias como un vencido en la lucha por la existencia, sino como un gladiador que se enlistaba en el proletariado para poner su esfuerzo y su gran cerebro al servicio de los oprimidos. No era un arruinado que se veía obligado a empuñar el pico y la pala para subsistir, sino el apóstol de una gran idea que renunciaba voluntariamente a los goces de la vida para propagar por medio del ejemplo lo que pensaba.
Y a este hombre magnífico le llama El Imparcial, bandido; con grandes caracteres esa hoja infame, al dar cuenta de los sucesos de Janos, dice que allí encontró la muerte el temible bandido Guerrero.

¿Bandido? Entonces, ¿cuál es la definición de un hombre de bien? ¡Ah, duerme en paz, hermano querido! Tal vez esté yo predestinado para ser tu vengador.


Al hablar de Práxedis G. Guerrero, no es posible dejar de hacer mención de aquel otro héroe que cayó atravesado por las balas de los esbirros en la gloriosa acción de Palomas en el verano de 1908... ¿Os acordáis de él? Se llamó Francisco Manrique, otro joven guanajuatense que renunció a su herencia también para no explotar a sus semejantes. Práxedis y Francisco, bello par de soñadores, fueron inseparables camaradas a quien sólo la muerte pudo separar; pero por breve tiempo...
En el hermoso artículo que escribió Práxedis sobre la acción de Palomas, dice refiriéndose a Francisco Manrique: Conocí a Pancho desde niño. En la escuela nos sentamos en el mismo banco. Después, en la adolescencia, peregrinamos juntos a través de la explotación y la miseria, y más tarde nuestros ideales y nuestros esfuerzos se reunieron en la Revolución. Fuimos hermanos como pocos hermanos pueden serlo. Nadie como yo penetró en la belleza de sus intimidades; era un joven profundamente bueno a pesar de ser el suyo un carácter bravío como un mar en tempestad. Práxedis era el alma del movimiento libertario. Sin vacilaciones puedo decir que Práxedis era el hombre más puro, más inteligente, más abnegado, más valiente con que contaba la causa de los desheredados, y el vacío que deja tal vez no se llene nunca. ¿Dónde encontrar un hombre sin ambición de ninguna clase, todo cerebro y corazón, valiente y activo como él?
El proletariado tal vez no se da cuenta de la enorme pérdida que ha sufrido. Sin hipérbole puede decirse que no es México quien ha perdido al mejor de sus hijos, sino la humanidad misma la que ha tenido esa pérdida, porque Práxedis era un libertario.
Y todavía no puedo dar crédito a la terrible realidad. A cada rato me parece que va a llegar un telegrama consolador dando cuenta de que Práxedis está vivo. La verdad brutal no puede aniquilar en el fondo de mi corazón un resto de esperanza que arde como una lámpara de aceite próxima a apagarse. Y mi torturado espíritu cree encontrar todavía en sus sitios favoritos, en la oficina, donde tanto soñamos con el bello mañana de la emancipación social él y yo, al mártir, inclinado en su mesa de labores, escribiendo, escribiendo, escribiendo.
Ricardo Flores Magón

De Regeneración, 14 de enero de 1911.



PRÁXEDIS G. GUERRERO

Hace un año que dejó de existir en Janos, Estado de Chihuahua, el joven anarquista Práxedis G. Guerrero, secretario de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano.


La jornada de Janos tiene las proporciones de la epopeya.
Treinta libertarios hicieron morder el polvo de una vergonzosa derrota a centenares de esbirros de la dictadura porfirista; pero en ella perdió la vida el más sincero, el más abnegado, el más inteligente de los miembros del Partido Liberal Mexicano.
La lucha se desarrolló en las sombras de la noche. Nuestros treinta hermanos, llevando la Bandera Roja, que es la insignia de los desheredados de la tierra, se echaron con valor sobre la población fuertemente guarnecida por los sicarios del Capital y de la Autoridad, resueltos a tomarla o a perder la vida. A los primeros disparos del enemigo, Práxedis cayó mortalmente herido para no levantarse jamás. Una bala había penetrado por el ojo derecho del mártir, destrozando la masa cerebral, aquella masa que había despedido luz, luz intensa que había hecho visible a los humildes el camino de su emancipación. ¡Y debe haber sido la mano de un desheredado, de uno de aquellos a quienes él quería redimir, la que le dirigió el proyectil que arrancó la vida al libertario!
Toda la noche duró el combate. El enemigo, convencido de su superioridad numérica, no quería rendirse, esperanzado en que tendría forzosamente que aplastar aquel puñado de audaces. Los disparos se hacían a quemarropa, se luchaba cuerpo a cuerpo en las calles de la población. El enemigo atacaba fieramente, como que contaba con una victoria segura; los nuestros repelían la agresión con valentía, como que sabían que, inferiores en número, tenían que hacer prodigios de arrojo y de audacia.
El combate duró toda la noche del 30 de diciembre, hasta que, al acercarse el alba, el enemigo huyó despavorido rombo a Casas Grandes, dejando el campo en poder de nuestros hermanos y un reguero de cadáveres en las calles de Janos. El sol del 31 de diciembre alumbró el lugar de la tragedia, donde yacían dos de los nuestros: Práxedis y Chacón.
Práxedis fue, sencillamente, un hombre; pero hombre en la verdadera acepción de la palabra; no el hombre-masa atávico, egoísta, calculador, malvado, sino el hombre despojado de toda clase de prejuicios, el hombre de abierta inteligencia que se lanzó a la lucha sin amor a la gloria, sin amor al dinero, sin sentimentalismo. Fue a la revolución como un convencido. Yo no tengo entusiasmo, me decía; lo que tengo es convicción. Cualquiera se imaginaría a Práxedis como un hombre nervioso, exaltado, movido bajo el acicate de la neurastenia. Pues, no: Práxedis era un hombre tranquilo, modestísimo tanto en teoría como en la práctica. Enemigo de tontas vanidades, vestía muy pobremente. No bebía vino como muchos farsantes por alardear de temperantes: no lo necesito, decía cuando se le ofrecía una copa, y, en efecto, su temperamento tranquilo no necesitaba del alcohol.
Práxedis fue heredero de una rica fortuna que despreció: no tengo corazón para explotar a mis semejantes, dijo, y se puso a trabajar codo con codo con sus propios peones, sufriendo sus fatigas, participando de sus dolores, compartiendo sus miserias. Era niño entonces; pero no se arredró ante el porvenir tan duro que se le esperaba como esclavo del salario. Trabajó varios años en México, ya de peón en las haciendas, o de caballerango en las casas ricas de las ciudades, o de carpintero donde se le daba ese trabajo, o de mecánico en los talleres de los ferrocarriles. Por fin vino a los Estados Unidos, ávido de aprender y de ver esta civilización de la que tanto se habla en los países extranjeros, y, como todo hombre inteligente, quedó decepcionado de la pretendida grandeza de este país del dólar, de la insignificancia intelectual y del patriotismo más estúpido.
Aquí, en este país de los libres, en este hogar de los bravos, sufrió todos los atentados, todos los salvajismos, todas las humillaciones a que está sujeto el trabajador mexicano por parte de los patrones y de los norteamericanos que, en general, se creen superiores a nosotros los mexicanos porque somos indios y mestizos de sangre española e india. En Louisiana, un patrono a quien le había trabajado algunas semanas, iba a matarlo por el delito de pedirle el pago de su trabajo.
Práxedis trabajó en los cortes de madera de Texas, en las minas de carbón, en las secciones de ferrocarril, en los muelles de los puertos. Verdadero proletario libertario, tenía aptitud especial para ejecutar toda clase de trabajos manuales. Así fue como se templó ese grande corazón: en el infortunio. Nació en rica cuna y pudo haber muerto en rico lecho; pero no era de esos hombres que pueden llevarse tranquilamente a la boca un pedazo de pan, cuando su vecino está en ayunas.
Práxedis fue, pues, un proletario, y por sus ideales y sus hechos, un anarquista. Por dondequiera que anduvo, predicó el respeto y el apoyo mutuo como la base más fuerte en que debe descansar la estructura social del porvenir. Habló a los trabajadores del derecho que asiste a toda criatura humana a vivir, y vivir significa tener casa y alimentación aseguradas y gozar, además, de todas las ventajas que ofrece la civilización moderna, ya que esta civilización no es otra cosa que el conjunto de los esfuerzos de miles de generaciones de trabajadores, de sabios, de artistas, y, por lo tanto, nadie tiene derecho de apropiarse para sí solo esas ventajas, dejando a los demás en la miseria y en el desamparo.
Práxedis fue muy bien conocido por los trabajadores mexicanos que residían en los Estados del sur de esta nación, y la noticia de su muerte causó gran consternación en los humildes hogares de nuestros hermanos de infortunio y de miseria. Cada uno tenía un recuerdo del mártir. Las mujeres se acordaban de cómo el apóstol de las ideas modernas blandía el hacha para ayudarlas a partir leña con qué cocer los pobres alimentos, después de haber permanecido encerrado todo el día en el fondo de la mina, o de haber sufrido por doce horas los rayos del sol trabajando en el camino de hierro, o de haberse deslomado derribando árboles en las márgenes del Mississippi. Y las familias, congregadas en la noche, oían la amable y sabia plática de este hombre singular que nunca andaba solo; en su modesta mochila cargaba libros, folletos y periódicos revolucionarios, que leía a los humildes.
De todo esto se acordaban los trabajadores y sus familias cuando se supo que Práxedis G. Guerrero había muerto. Ya no se hospedaría más en aquellos honestos hogares el amigo, el hermano y el maestro...
¿Y qué habrá ganado el hijo del pueblo, que por sostener el sistema capitalista tronchó la fecunda vida del mártir?
¡Ah, soldados que militáis en las filas del Gobierno: cada vez que vuestro rifle mata a un revolucionario, echáis otro eslabón a vuestra cadena! Volved a la razón, soldados de la Autoridad; sois pobres, vuestras familias son pobres, ¿por qué matáis a los que todo lo sacrifican por ver a toda criatura humana libre y contenta?
Volved, soldados, las bocas de vuestros fusiles contra vuestros jefes y pasaos a las filas de los rebeldes de la Bandera Roja, que luchan al grito de ¡Tierra y Libertad! No matéis más a los mejores de vuestros hermanos.
Y vosotros, trabajadores, pensad en la ejemplar vida de Práxedis G. Guerrero. Ved su rostro: es una blusa de peón la que tiene encima, y, la actitud en que está, es la misma en que se le veía cuando al frente tenía unas hojas de papel en que vaciar generosamente sus exquisitos pensamientos.
Práxedis G. Guerrero, el primer anarquista mexicano que regó con su sangre el virgen suelo de México, y el grito de ¡Tierra y Libertad! que lanzó en el obscuro pueblo del Estado de Chihuahua, es ahora el grito que se escucha de uno a otro confín de la hermosa tierra de los aztecas.
Hermano: tu sacrificio no fue estéril. Al caer al suelo las gotas de tu sangre, surgieron de ella héroes mil que seguirán tu obra hasta su fin: la libertad económica, política y social del pueblo mexicano.
Ricardo Flores Magón

De Regeneración, 30 de diciembre de 1911.



CRONOLOGÍA DE PRÁXEDIS G. GUERRERO

1882. El 28 de agosto, en el seno de una familia acomodada, nace, en Los Altos de Ibarra, cerca de León, Guanajuato, José Práxedis Gilberto, sexto hijo de José de la Luz Guerrero y de Fructuosa Hurtado.
1889. Ingresa a la escuela del señor Jesús Lira, en León, en la que conoce a Francisco Manrique.
1894. Termina su instrucción primaria en la escuela de Francisco Hernández, en León.
1896-1898. Lleva a cabo los estudios secundarios en el internado del profesor Pedro Hernández, uno de los principales colegios de León.
1899. Envía a los periódicos El Heraldo del Comercio, de León, y a El Despertador, de San Felipe, sus primeros artículos sobre cuestiones de interés general.
1900. Al principiar el año se marcha con uno de sus hermanos a San Luis Potosí, donde se quedan varios meses trabajando como obreros en la Cervecería de San Luis y luego en la Fundición de Morales. Regresa a la hacienda familiar y, dos meses después, va a León para atender los asuntos mercantiles de su familia. Ahí trabaja también como agente de seguros de La Mexicana.
1901. Realiza una serie de viajes comerciales -la mayoría de las veces a Puebla, México y Laredo- llevando carros de ferrocarril con loza fabricada en la hacienda familiar. En mayo solicita ser corresponsal del Diario del hogar. Cargo que le fue concedido en julio por Filomeno Mata, director de ese periódico.
Después de solicitar su ingreso a la Segunda reserva del ejército -organizada por el aquel entonces ministro de la guerra, Bernardo Reyes- es nombrado en noviembre subteniente de Caballería.
1903. Empieza a leer los periódicos de oposición (El Demófilo, de San Luis Potosí, El hijo del ahuizote, de México, etc.) así como a varios autores anarquistas (Bakunin, Kropotkin, etc.). En abril, a raíz de los sucesos del día 2 en Monterrey1 renuncia a su cargo en la reserva.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje