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Argumentos secuestradores, esos monstruos


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ARGUMENTOS


Secuestradores, esos monstruos
MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA
Esta vez los terroristas de ETA han mezclado dos de las sinrazones que más conturban a los ciudadanos en las sociedades modernas: junto al secuestro de una persona, privándola de su libertad, despojándola de los derechos fundamentales que hoy se reconocen a todos los seres humanos, convirtiéndola —¡horror, Dios mío!— en una piltrafa de ínfima consistencia física, la amenaza de una muerte a hora fija. La inquietud que produce la amenaza no la generan los hechos consumados. Acaso no tendría que ser así, pero el temor a un acontecimiento incierto nos moviliza con fuerza casi irresistible.
Muchos son los españoles que ayer se lanzaron a la calle para protestar contra los crímenes de ETA. No fue sólo una condena, una condena masiva por parte de quienes siguen comportándose de acuerdo con unos principios éticos, sino la confesión pública de la fe democrática que se profesa y en la que se desea vivir. Los asesinos no lo entenderán. Cuentan los especialistas en conductas hetero­doxas que los componentes de algunos sectores marginales llegan a convencerse de que son ellos, y no la mayoría integrada, los que transitan por la mejor senda. La reinserción social de ciertos delincuentes se convierte, así, en una operación imposible.
Éste es el caso del secuestrador, el cual ha perdido completamente la sensibilidad. Tal carencia le lleva a mantener a su víctima largo tiempo en condiciones infrahumanas. Le falta al secuestrador la propensión natural a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura.
El secuestrador que mantuvo a José Antonio Ortega Lara en el nicho que ahora hemos conocido, con más perversidad, a mi juicio, que la de los guardianes de los campos de concentración de los nazis, es un monstruo, si por monstruo entendemos no sólo una persona muy cruel y perversa, sino el ser producido contra el orden regular de la naturaleza.
El secuestrador antinatura vuelve a escena con Miguel Ángel Blanco Garrido en sus garras, y los españoles preferimos pasar unos días bajo la ira que unos años bajo el arrepentimiento.
Tendría que explicarnos el secuestrador, si no fuera un monstruo, el por qué somete a su tortura a unos seres humanos y para qué lo hace. Aquí no caben las soflamas, ni las argumentaciones artificiosas para engañar a los incautos. España es hoy uno de los países del mundo en el que se disfruta de más libertad. Todas las opciones políticas son admitidas en nuestra Monarquía parlamentaria. Nadie es excluido por lo que piense o diga. Jamás en nuestra historia se llegó a alcanzar semejante nivel de libertades públicas y de participación ciudadana. Las nacionalidades y las regiones gozan de una autonomía política que, en algunos aspectos, es más extensa e intensa que la de los Estados miembros de una República federal. Y la Constitución de 1978 no cierra puerta alguna a quienes, democráticamente, propugnan mejoras, sean sociales, económicas, culturales o políticas.
Pero el secuestrador opera en un clima que le es favorable. Tendrían que explicarnos los tibios, si no fueran unos fanáticos, por qué intentan en el País Vasco defender una postura de equidistancia entre el secuestrador y su víctima. Tal pretensión de buscar una vía intermedia no es admisible cuando en uno de los extremos se sitúa el monstruo y en el otro la persona inocente. Estos tibios, con discurso de ambigüedades, palabras que pueden entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones, causan la confusión ideológica que alimenta al secuestrador.
La pacificación de esa zona de España que denominamos País Vasco exige, como primera condición, que todos los que están en aquel escenario público (sea como actores políticos, culturales, económicos o religiosos) digan claramente lo que son y lo que quieren. La luz ha de ser lo suficientemente fuerte para brillar entre tantas tinieblas, y para que éstas, en contra de lo que leemos en la Biblia, lleguen a comprenderla.
La mayoría de los españoles (incluidos la mayoría de los vascos) hemos proclamado ya lo que somos y lo que queremos. Somos unos ciudadanos que deseamos ser libres. Así de sencillo.

Los tibios, en cambio, tienen que elegir. Los estoicos griegos, especialmente desde Epicteto, sostuvieron que la elección es lo que hace al hombre ser lo que es. No sólo es un acto del hombre, sino que es lo que constituye al hombre mismo. Gracias a la elección —que tanto rehuyen los tibios— se llega a ser moral o inmoral.


Los españoles (con la mayoría de los vascos incluidos) hemos elegido pasar unas jornadas pletóricas de rabia antes que unos años bajo el arrepentimiento. Ayer dimos testimonio de ello. Como seres tolerantes estamos dispuestos a convivir pacíficamente con todos los hombres y mujeres. Pero nos agobia la idea de coexistir con quienes ya no se dejan llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura. El producto contra el orden no regular de la naturaleza, el secuestrador, el monstruo, no encaja en los esquemas del género humano que en la escuela aprendimos.


* ABC, 12 de julio de 1997.


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