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Aprender a leer, aprender a amar en maria de jorge isaacs


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Susana Zanetti (Universidade de Buenos Aires e Universidade Nacional de La Plata)

APRENDER A LEER, APRENDER A AMAR EN MARIA DE JORGE ISAACS

“En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversaba con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.” (ISAACS, 1986, p. 78)1 Una escena entre otras similares de María (1867) del escritor colombiano Jorge Isaacs: El encuentro de los adolescentes en el ámbito protector y fuertemente estetizado de la antigua hacienda patriarcal. Propicio al nacimiento del amor, es además resguardo de los riesgos del que acosan al mundo rural del Cauca, una de las regiones de Hispanoamérica celebradas por su belleza natural .

Suave pasaje del afecto de la infancia al amor2, en la intimidad que alientan nuevas lecturas (a solas, pero sobre todo en la comunión entre jóvenes) de las novelas románticas traídas por Efraín de Bogotá, que lentamente desplazan a las famosas Veladas de la Quinta (1784) de Madame de Genlis y a las Tardes de la granja (1794) de Ducray-Diminil, que María no termina de hacer a un lado, en esa convivencia de candor y pasión, que la narración controla, o quizás se trate del horizonte posible en esa Hispanoamérica de mediados del XIX, para esta novela que, hasta casi un siglo más tarde, será lectura canónica para acompañar el despertar de los sentimientos amorosos3. Pareciera sin embargo que buena parte de su éxito es deudora de la representación del “pequeño mundo”, ese universo arcaico, y arcádico de María. Las guerras de independencia y las civiles habían trastrocado la sociedad hispanoamericana, sus modos de vida y los sentidos que la fecundaban. Más tarde, cuando los estados nacionales lograron cierta estabilidad, una modernidad abrupta dio otra vuelta de tuerca a esos cambios violentos, por los que se escurrían sentimientos de nostalgia que el futuro promisorio no lograba enjugar. La fuerza disgregante de estas tranformaciones, por otra parte, afectaron intensamente la vida campesina, impulsando migraciones que separaban familias y desgarraban afectos... En los siglos XIX y XX se multiplica la conciencia de experiencias nuevas: las agresiones a la naturaleza, las duras condiciones de trabajo, el exilio y, también, el imperativo de lograr un arte propio, todos ellos presentes en la narrativa hispanoamericana -se las representa, se las denuncia, se las alegoriza, etc. María habla de estan tensiones oblicuamente.

Aprender a leer las nuevas novelas, es aquí aprender a amar. María aparta lentamente y sin conflictos a Mme de Genlis, una de las ideólogas de la mujer doméstica como reguladora del deseo y de la tranquilidad hogareña. Aparta también sin conflictos al virtuoso anciano Palemón, quien todas las tardes, al ponerse el sol, se sentaba en el jardín de su granja a educar con sus relatos a sus hijos casi adolescentes, para ser reemplazado por Efraín en escenas similares pero encaminadas al aprendizaje del arte de amar. Es cierto que estamos ante el poder evocador de la lectura en voz alta y en un ámbito campesino, ajeno a los folletines truculentos y otros libros “peligrosos” frecuentes en la capital, si bien de allá viene la biblioteca de Efraín y las lecturas que alienta. Han cambiado los libros -la lección de moral-, el lector y la audiencia. Hemos pasado del padre que leía a sus hijos a la lectura entre adolescentes, donde quien lee posee un saber que apenas va un poco más allá de los que escuchan.



Estrategias y controles para propiciar la lectura

Detengámos un momento en esta pregunta ¿cómo llegan al ámbito hispanoamericano estas lecturas edificantes? Tengo en mis manos un ejemplar de Las tardes de la granja o Las lecciones del padre (Nombrada en María con el título Las veladas de la quinta) , editado por entonces -y lo supongo, entre otros indicios, por alusiones del prólogo, pues no hay fecha de publicación. Es de Garnier de París, un volumen in 4º, encuadernado y con cantos dorados, de unas 450 páginas, con viñetas que ilustran cada cuento. La edición muestra la atención dada a los dispositivos materiales, y a los formales, presentes en el prólogo, los resúmenes recapituladores, las supresiones y las ilustraciones, introducidos por autores y editores interesados en mercados, cuyas pautas podían variar notablemente de un medio a otro cuando se trataba de textos traducidos, como en este caso.

El prólogo de Las tardes de la granja proporciona buenos datos acerca de la idea de los editores sobre los lectores hispanohablantes. Se nos dice que la nueva edición obedece a la popularidad alcanzada entre ellos desde la primera edición a principios del XIX, si bien la nueva traducción ha refundido la obra atendiendo, por una parte, a preconceptos morales que expurgan sin rodeos el texto para asegurar la credibilidad del sello editorial ( "algunos argumentos de sus novelillas no correspondían al alto fin moral que el fondo de la obra se propone"); y por otra, al tamaño, que se reduce para aumentar la amenidad y abaratar el precio: "... circunstancia muy atendible en nuestros días, en que el amor a la lectura se va desarrollando con rapidez y los recursos para adquirir libros no abundan demasiado. De este modo las Tardes de la granja podrán circular aun entre las familias menos pudientes, y propiciar útiles y saludables reformas en el carácter, naturalmente impetuoso y turbulento, de algunos jóvenes, haciendo su felicidad y la de las personas que les son allegadas"4. El volumen evidencia los cambios en la demanda de obras extensas y en la concepción de las ediciones según los consumidores buscados, en una etapa en que circulaban colecciones en rústica baratas y de muy diverso tipo en las ciudades más modernas de América Latina. En nuestro caso, la breve descripción del ejemplar permite inferir fácilmente su acceso limitado a un sector acomodado, más allá de las declaraciones, relativamente engañosas, del editor, consciente de las expectativas y las valoraciones del libro como objeto en el público al que se lo destinaba.5

Y aquí es pertinente, si bien lo cuantitativo no determina mecánicamente los lectorados, recordar que en 1870 sólo algunas ciudades colombianas tenían una población medianamente numerosa –Bogotá, 40.883, Medellín, 29.765-, pero la gran mayoría de los 2.891.000 habitantes vivían en zonas rurales, aislados de los centros poblados por extensas regiones semidesiertas y por escollos geográficos, que pesaban en la integración de un mercado nacional, tanto como en el desarrollo de las comunicaciones y, por ende, también en la circulación del material impreso. Pocos sabían leer, y menos aun tenían competencia lectora. En 1844 la población escolar era de 26.924 alumnos, de ellos 19.161 varones y 7.763 niñas. Hacia 1912 el analfabetismo era superior al 70 %6.

Este contexto colorea el tratamiento de la lectura en la novela de Isaacs tanto como su éxito: La afición y la frecuentación de la lectura separa en María el mundo de letrados e iletrados, pero la representación de la lectura en voz alta deja entrever un público más amplio de escuchas y no restringido a textos religiosos y morales. Lo propicia, lo alienta. Como en otros aspectos, la novela tiende a conciliar el mundo social en que ocurre, un espacio idílico sin conflictos políticos, donde no se vislumbra la impronta de una modernidad amenazante, donde tampoco hay literatas ni llega allí “un diluvio de novelas”, como expresa un personaje, y donde la lectura intensiva de los mismos libros, introduce la nostalgia por modos de leer (y de vida) que se iban haciendo a un lado. "La política de la nostalgia es una política muy creativa" (DÍAZ QUIÑONES, 1983)7, y ella es una de las maneras en que la representación de la lectura pesa en las significaciones fundamentales de María, estrechamente unida a la constelación semántica de la pérdida, expresada ya en el comienzo del texto, pues se nos dice que su escritura proviene de un narrador último, autor de la dedicatoria y de la novela, luego de leer "el libro de los recuerdos" de Efraín, ya muerto.

Los textos edificantes leídos en voz alta en las bucólicas veladas femeninas de la hacienda, armonizan sin reparos con la incipiente lectura extensiva, a solas o compartida por las almas sensibles en esa suerte de "educación sentimental" que fusiona virtud y sentimiento. En María el pasaje de uno a otro tipo simula obedecer a un ritmo natural, de la inocencia al cándido juego amoroso, donde el libro vuelve a enhebrar el afecto, nuevos lazos y nuevas familias, al mismo tiempo erotizando fuertemente el vínculo. Esas nuevas lecturas sin embargo preanuncian una fatal repetición del destino.

Si una serie de alusiones hablaban al lector contemporáneo a la publicación de la novela de algo próximo, vivido hacía poco tiempo, la narración ampliaba la distancia desrrealizando la proximidad con la supresión de las fechas y de los acontecimientos ocurridos -las guerras, por ejemplo- para encerrarse en un ámbito de sabor arcaico, donde la naturaleza y los hombres conviven en plenitud casi sagrada -ocultando los problemas, como el de los errores del padre de Efraín, causa de la ruina económica y la frustración del amor de los protagonistas, índices además de contextos políticos y sociales que acarrean cambios profundos en la clase terrateniente.

Pero la novela establece el control de la lectura permitida: la edificante, compañera de las tareas hogareñas femeninas, se da junto a las masculinas, como evidencia la biblioteca imaginaria del poeta adolescente (esto es Efraín) en el colegio de Bogotá8, limitada a un repertorio, no solo verosímil sino respetuoso de lo socialmente aceptado -no hay que olvidar la flexión autobiográfica de la novela-, respaldando la lectura de libros “serios” que derivan hacia lecturas modernas. Lecturas devotas (Frayssinous, Cristo ante el siglo, la Biblia), clásicos recuperados por los románticos (Calderón y Shakespeare), además de Cervantes, y alguna otra útil a Efraín en la escritura de sus versos (Blair), se alínean con La democracia en América de Tocqueville. Construye así Isaacs una biblioteca “creíble” y cauta con el fin de alcanzar la autorización de una sociedad puntillosa en asuntos ideológicos y morales. Recordemos simplemente los libros utilizados en la escuela para el aprendizaje de la lengua –el catecismo y otros textos religiosos-, unidos al peso del catolicismo y la tradición hispánica en las luchas políticas por el control ideológico y cultural en Colombia9.

Quedan en la sombra relaciones intertextuales fáciles de advertir con Saint-Pierre, Byron, Goethe y Victor Hugo, quizás con la intención de focalizar el problema de los modelos sólo en Chateaubriand. Es bueno recordar que en la novela se menciona a Byron y se alude a Los misterios de París.

Las significaciones de las lecturas de Chateaubriand

Con las representaciones de la lectura Isaacs nos indica las distancias y apropiaciones del modelo extranjero que privilegia y explicita, Chateaubriand, famoso, discutido y modelo por excelencia de la novela indianista romántica en toda América Latina. Por una parte nos dice las significaciones que otorga a la novela y las estrategias para lograrlas, poniendo directamente en escena cómo opera en el texto el modelo extranjero al narrativizar los efectos de su lectura. Por otra, las historias contadas -la de María, la de Nay y la de “la casa de la sierra”- nos hablan, por sus diferencias, de la lectura oblicua del modelo, punto de partida de la nacionalización que del mismo se emprende.

A mediados del siglo XIX en Colombia, el giro, ese tránsito sin inconvenientes de unos a otros textos, pareciera sin embargo algo más radical si reparamos en el género predilecto del más importante grupo de escritores, reunidos en las tertulias de El Mosaico, el artículo de costumbres, con que alentaban formar el gusto por lo propio y conformar una literatura nacional, al mismo tiempo que se trasmitían patrones de conducta familiares y sociales deseados. Por otra, el modo en que se privilegia Atala nos indica una escenificación de la productividad de la lectura (única hasta entonces en Hispanoamérica) en muy diferentes niveles, uno de ellos al constituirse en núcleo auspicioso de significaciones de toda la novela, valiéndose de una “mise-en-abîme” que respalda, y refuerza, las búsquedas estéticas de María, alentando sobre todo las reflexiones acerca de las posibilidades del arte.

Más allá de la importancia dada a Chateaubriand por algunas figuras destacadas del ambiente literario colombiano (José María Vergara y Vergara, entre otros), Atala y su autor, aparecen en María liberados de la reiteración epigonal del indianismo latinoamericano, así como del encierro en el “entretenimiento”, sin por ello enfatizar la lectura virtuosa o la estetización del catolicismo, promoviendo una lectura en el ámbito privado más moderna y más libre, pues no se deja sentir la supervisión familiar, demasiado confiada en la tutoría de Efraín.

La recatada María, si por un lado reprocha al amado su ausencia con la excusa de que no ha leído “porque me da tristeza leer sola” y si por otro no se atreve a retomar Atala, por motivos ambiguos, quizás pudorosos, quizás dolorosos, no duda en afirmar que ya no le atraen las antiguas lecturas edificantes, con lo que da cuenta de una nueva manera de leer no atenta ya a los estatutos de autoridad impuestos para lo impreso. La escena ocurre en el capítulo XXXIV, relato del reencuentro de los jóvenes que se inicia con la “travesura” de la muchacha, quien requiere la ayuda, y el contacto físico, de Efraín para bajar de una alta piedra:

“-¿No has leído?

- No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la Quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer a Atala, pero como me has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...” (ISAACS, 1986, p. 92)

Las nuevas lecturas, cómplices de la relación amorosa, se inician en María cuando llega de la capital Efraín con sus "estantes cargados de libros" y con conocimientos que lo convierten en maestro improvisado de las niñas de la casa. El descubrimiento del amor, y la inminencia de su fin, se exasperan con la sensualidad del roce de la mano o los cabellos, con la seducción de las miradas, con los ritmos de la muselina -la falda de su traje, por ejemplo, “susurraba tan quedo como las brisas de la noche en los rosales de mi ventana” (ISAACS; 1986, p. 57) tanto como con el entorno del paisaje del Cauca, constantemente descripto, recorrido, disfrutado. Estamos ante la lectura de iniciación en el amor, que modula en la concatenación de las secuencias un nuevo y refinado arte de amar, que alentó seguramente el éxito de esta ficción doméstica, en una Hispanoamérica donde aún imperaban concepciones coloniales sobre la concertación de los matrimonios. “El amor como sentimiento se empezó a valorar en las relaciones varón-mujer, como condición para que hubiera matrimonio y para que éste persistiera. Dicha actitud es otro de los cambios que se da en estos años y que es de gran importancia porque durante la Colonia las alianzas matrimoniales tendían a establecerse sin tener en cuenta este tipo de sentimientos de la pareja. En este contexto, Jorge Isaacs escribe la famosa novela María, que se convertiría en una de las obras más leídas del momento”(BERMÜDEZ, 1993, 12).

Junto con las lecciones de geografía y de historia dadas por Efraín, ingresa entonces, propiciatorio y agorero, Chateaubriand, también sagaz mediador del deseo –“...su aliento, rozando mis cabellos ... turbaron mis explicaciones”(ISAACS, 1986 p. 20). Parece que la novela transfiriera a este padre con el que sí puede enfrentarse Efraín para tomar su camino de escritor americano, los conflictos con ese otro padre obcecado y autoritario, que labrará la ruina amorosa y la económica de la familia, quien, además, al expulsar a Efraín de la tierra natal (al obligarlo a abandonar por dos años a María para estudiar medicina en Londres) signa la futura muerte del joven.

En dos momentos se lee a Chateaubriand en la novela. En el primero María y la hermana de Efraín, Ema, escuchan fragmentos de El genio del cristianismo en la voz de Efraín, el cual en el presente de la escritura de sus recuerdos valora a la mujer lectora por su sensibilidad, como reveladora de la poesía, en tanto son solo algunos hombres los que reciben el don de crearla.

En el otro momento significativo se detiene morosa –y amorosamente- en Atala. Cambia el escenario. Ahora se lee en los jardines de la “casa de la sierra”, en medio de la paradisíaca naturaleza del Cauca. María vuelca de esta manera sobre sí el espacio exótico de Atala, acercando a la experiencia del lector la lectura que los personajes llevan a cabo y, al mismo tiempo, recuperando como propia la naturaleza americana por quien la vive de cerca, despojada de toda extrañeza e inundada por los sentimientos de una subjetividad que le otorga una compleja carga simbólica, en un atardecer pródigo en connotaciones de muerte (“Una tarde, tarde como las de mi país, engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro pálido, bella como María, bella y transitoria como fue ésta para mí ...”, ISAACS, 1986, p. 21).

Circunscripta aquí al entorno amable de la lectura, la naturaleza es eminentemente paisaje, cuya armonía acompaña la comunicación estética porque, en sí mismo, es belleza. Paisaje envolvente que anuda lazos extendidos sin fracturas a todo el ámbito rural, donde conviven distintos campesinos y diferentes relaciones con la propiedad de la tierra -los “buenos vecinos”, los esclavos, respetuosos de la autoridad instalada en la “casa de la sierra”, centro patriarcal de la hacienda señorial.

Pero la luz indecisa de cuando muere el día preanuncia la fragilidad de esa constelación armoniosa, en camino inexorable hacia la culminación de las pérdidas como anuncia el pasaje entre los fragmentos anteriores y éste de Chateaubriand, que se fusiona con la belleza del Cauca y la de María. El texto funde, mediante la anticipación, las significaciones de muerte y destierro en Atala y en María, estetizando fuertemente a su heroína: "Luego que leí aquella desgarradora despedida de Chactas sobre el sepulcro de su amada, despedida que tantas veces ha arrancado un sollozo de mi pecho: ‘¡Duerme en paz en extranjera tierra, joven desventurada! En recompensa de tu amor, de tu destierro y de tu muerte, quedas abandonada hasta del mismo Chactas!’. María, dejando de oír mi voz, descubrió la faz, y por ella rodaban gruesas lágrimas. Era tan bella como la creación del poeta, y yo la amaba con el amor que él imaginó."(ISAACS, 1986, p. 21)

Oblicuamente también se lee el vínculo entre ficción y experiencia, cuando la novela introduce la escucha de otro relato, a cuya escenificación se le concede mayor espacio que a Chateaubriand, que lleva al Cauca el descenlace de una historia de separación y muerte más dolorosa que la de Atala (y evidentemente inspirada en ella). Es la de Sinar y Nay en Africa, y la muerte del joven en combate y la posterior esclavitud de la muchacha, muerta cuando ya es vieja en la “casa de la sierra”. Más dolorosa también en cuanto arraiga en personajes próximos, con los que se convive, y en cuanto al destierro (del amor y del amor al terruño). La relatora trae a la imaginación infantil de María y Efraín un mundo fabuloso -"la tierra de esas princesas lindas de tus historias" (ISAACS, 1986, p. 131) de sino tan trágico como el amor futuro de esos niños y el destino de ese valle que tienen ante sí.

La historia de Nay explicita, y desarrolla, el tema del exilio, de la pérdida del nombre, de la religión junto con el de la tierra nativa –no de la nación, sino del “país”, como por entonces se decía- que ha vivido no sólo a María, sino también el padre de Efraín y, sobre todo, de Efraín10. El himno cantado en su entierro, con el que culmina la historia de Nay: "Muero sin ver tus montañas / ¡Oh patria! donde mi cuna / se meció bajo los bosques / que cubrirán mi tumba."(ISAACS, 1986, p. 132). Una tumba que preanuncia la de María, cuya muerte convierte a “la casa de la sierra” en "recinto frío y oloroso a tumba", añorado por el proscripto Efraín -"Ya no volveré a admirar aquellos cantos, a respirar aquellos aromas, a contemplar aquellos paisajes llenos de luz, como en los días alegres de mi infancia y en los hermosos de mi adolescencia: ¡Extraños habitan hoy la casa de mis padres!"(ISAACS, 1986, p.90).

El desarraigo la atraviesa. La maestría de Isaacs reside en el tejido de esa trama de dicha y pérdida. Vamos al descubrimiento del amor al mismo tiempo que sabemos que vamos hacia la muerte. La novela lo dice en cuanto entramos a ella, flexionando las significaciones hacia lo trágico.

Este repertorio de situaciones de lectura se va traduciendo en variables históricas. En un plano inmediato María amalgama modos auspiciosos de convivencia social bajo el paternalismo de los dueños de la tierra, donde la pérdida de la propiedad y del poder que ésta entraña provienen de la fatalidad y desembocan en la errancia, el destierro y la muerte en consonancia con destinos más humildes, sin que tal sino haya afectado negativamente el porvenir de los sectores que de ese poder dependían. La hacienda patriarcal alentaba, amparaba sin perjudicar, modelos de conducta y de trabajo; aunque arañando un poco la superficie frágil emergían las contradicciones y los conflictos con habilidad concentrados en el amor frustrado, como nostalgioso paliativo en que anclaba la realidad amenazante. El riesgo de derrumbe de estos patrones económicos, sociales y privados, o la palpación misma del derrumbe, hiere los modos de percibir las transformaciones operadas en los siglos XIX y XX.

Algunos de los lectores colombianos que leyeron las primeras ediciones seguramente vinculaban la “casa de la sierra” con la hacienda El Paraíso, propiedad de los Isaacs durante algunos años, hoy museo de María, pero en la novela solo una vez se habla del Edén como espacio de la ensoñación de la infancia y de la adolescencia, tan fugitivo como la misma naturaleza puesta constantemente en escena: “La infancia, en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas... la adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas visiones de amor... presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano; solo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén –ensueño o realidad- que aún no ha olvidado. No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas ...”(ISAACS, 1986, p. 81).



La retórica de las lágrimas

Por los textos que se leen y por el explícito lazo entre sentimiento y virtud María tiene una deuda grande con el prerromanticismo. La historia de las prácticas de la lectura el siglo XVIII nos dice que se expande en Europa el placer del llanto como piedra de toque tanto del valor de una novela como de la sensibilidad de sus lectores, mediante una retórica que favorece al acercamiento entre autor y lector, a través de la identificación.

La dedicatoria en el caso de María concita al llanto convocando a una lectura participativa que grabe la enseñanza moral propuesta. Las lágrimas de los personajes o las del narrador se comparten, se mezclan, se confunden en el espacio social de la lectura, propiciando un sentimentalismo edificante, que posibilitó sin problemas el éxito de María, en una Hispanoamérica muy controladora de los supuestos efectos negativos del género. Se llora en familia, entre amigos, los enamorados bañan con sus lágrimas los retratos y las cartas de la amada, en suma, se articula un código amplio, cuyos matices regula el novelista, definiendo las lógicas de la comunicación lacrimógena, que pautan la historia de amor, la intimidad familiar, etc. Como afirma Anne Vincent-Buffault, "la sensibilidad es ante todo una cultura de la subjetividad"11, y en ésta a la que me refiero, la visibilidad de lo sensible compromete ahora a los cuerpos hasta entonces ajenos a la expresión de los sentimientos y ahora encarnados en sus secreciones. María acentúa el efecto. La lectura, con su “don” de lágrimas, impulsa el desborde sensual del cuerpo enamorado12.

Lloró con María el mundo americano, como certifican innumerables lectores, de Darío a Neruda, deslizándola cada vez más a la lectura adolescente, pero no sin disidencias, pues si privilegiamos estas significaciones la novela parece desentenderse de virtud de las almas sensibles e inclinarse a las transformaciones del siglo XIX en la economía imaginaria de las lágrimas, que abre otro espectro de lecturas.

Y en este sentido tiene especial relevancia la redefinición de lo íntimo, y uno de los modos de llevarlo a cabo es la escritura del diario, al cual María no es ajena, pues el “libro de los recuerdos” de Efraín garantiza la narración en la cual se representa un conflicto de matriz romántica, entre el individuo y el mundo, que en este caso se funda en el despojo -una pérdida que trasciende la amorosa- y que la novela calla. Esta flexión autobiográfica, instalada en la sencilla vida cotidiana y en la primera experiencia de amor era prácticamente nueva en Hispanoamérica, donde prevalecía el memorialismo de personajes importantes -Recuerdos de provincia (1851) de Sarmiento podría ser su contrapartida.

Las significaciones de la lectura ponen en escena un topos significativo en cuanto a los recursos desplegados para su control. La lectura compartida de Atala, como sabemos, inmediatamente anterior a la enfermedad de María, da pie a la introducción del complejo universo semántico de lectura y enfermedad.

Si bien es cierto que las ficcionalizaciones de la lectura y de la escucha se imbrican estrechamente con la historia narrada y sus significaciones, y están muy lejos de una función accesoria (la simple notación costumbrista, por ejemplo), solo hay entre la escena comentada y la enfermedad una relación sintagmática que introduce, con el presentimiento, la anticipación, recurso constructivo importante en la novela -“Nos dirigimos en silencio y lentamente hasta la casa. ¡Ay!, mi alma y la de María no solo estaban conmovidas por aquella lectura, estaban abrumadas por el presentimiento” (ISAACS, 1986, p. 21).

En realidad estamos ante una enfermedad hereditaria rodeada del misterio romántico y si recordamos los mitos y metáforas analizados por Susan Sontag acerca de este tema, nuevamente la novela se inclina hacia concepciones netamente románticas, tanto por el tratamiento totalmente espiritualizado de la enfermedad, como por los riesgos que los sentimientos suponen. La amenaza de muerte que conlleva el mal incurable de María solo puede atenuarse, demorarse, si la adolescente modera sus emociones, de modo que únicamente de modo oblicuo la lectura contribuiría a debilitar esa subjetividad amenazada por el exceso, pues si las prescripciones del médico y del padre de Efraín imponen a los jóvenes el control de los sentimientos, la novela intensifica el valor dado a la pasión amorosa.

En la compleja carga simbólica de la "lectora enferma", tópico fuerte a partir del romanticismo,13 la novela latinoamericana muestra un espectro amplio. Si bien muchos ejemplos contribuyen a la condena de la lectura descontrolada con la simple mención convencional, en general ingresa cumpliendo un papel relevante, muy ligado a funciones narrativas14. Es cierto también que las novelas de matriz naturalista – además del vínculo estrecho con el positivismo y el papel rector de los médicos en la sociedad- cuando culpan a las mujeres de los males del hogar, suelen incluir como causa la lectura de novelas, que en algunos relatos suelen alcanzar características de verdadero flagelo. Muchas de las novelas publicadas hacia fin del siglo liberan del efecto dañino a María, quien empezará a convertirse en modelo de la sensibilidad deseada para la mujer americana, aunque a un obispo colombiano no se le pase por alto la sensualidad de la novela de Isaacs (sobre todo de la escena del baño), y la mande, sin más, al Index.

El tratamiento en las ficciones totalmente espiritualizado y estetizado de la enfermedad -el relato de la agonía elude corporizar el deterioro- contribuían a desrealizar la dura realidad cotidiana de la muerte, proyectada en nuestra novela a un universo simbólico urdido entre esperanza y fatalidad. Si por una parte la fractura irreparable sufrida por la pérdida de la casa patriarcal es absoluta, por otra, en el desenlace halla Efraín consuelo en cierto modo por la muerte de la adolescente mediante la imaginaria unión con la ausente. Me refiero a la ensoñación de la boda como una de las posibilidades de recuperación tematizadas por la novela, entre ellas y especialmente, la escritura de la novela misma.

Tanto los encuentros como las despedidas hallan paliativo en la lectura: “Estaremos todo el día juntos: leeremos algo de lo que nos leías cuando estabas recién venido ...” (p. 164), dice María a Efraín el día anterior a su partida a Londres. De ahí en más la unión se ciñe a la lectura de cartas, en las cuales la efusión desplaza las antiguas reticencias de la adolescente hacia una escritura inundada por ese lenguaje amoroso que, pareciera, solo pudo haber aprendido en Atala. Del intercambio epistolar la novela solamente reproduce la novela las cartas de María: “Todo está como lo dejaste ... los libros como estaban, y abierto sobre la mesa el último que leíste ...” , dice en la primera (ISAACS, 1986, pp. 166/167). Ellas irán puntuando los avances de la enfermedad hasta convertirse en el legado que la joven deja al amado al morir, junto con las azucenas, los vestidos y las trenzas, que propician el “castísimo delirio” de boda con una ilusoria María, nacido de la relectura que hace Efraín de la carta de la muchacha, durante la última noche en la oscura y solitaria casa de la sierra: “Soñé que María era ya mi esposa ... tocó mi frente con sus labios suaves como el terciopelo de los lirios de Páez: ... dejóme aspirar un momento su aliento tibio y fragante; pero entonces esperé inútilmente que oprimiera mis labios con los suyos: sentóse en la alfombra, y mientras leía algunas de las páginas dispersas en ella, tenía sobre la mejilla una de mis manos que pendía sobre los almohadones ...” (ISAACS, 1986, p. 193)

La pérdida de la “casa de la sierra”, por el contrario, es una pérdida absoluta: no se dice prácticamente nada de ella ni de las causas que la provocaron y, por otra parte, en realidad empuja a la muerte. A ese espacio el proscripto, así se llama a sí mismo, solo puede volver en la rememoración, convirtiendo su novela familiar en un modelo de fábula de la nostalgia de gran eficacia.

Simbólicamente tales pérdidas se cubren con la fatalidad de esa diafanidad dorada del verano imposible de anclar y que deslumbra por breve tiempo con su fugaz esplendor, pues su transcurso conlleva la muerte -tan presente en el motivo de las flores marchitas que, aparentemente, solo comprometen el juego amoroso. De allí que el texto se vuelva obsesivo con la notación temporal -continuamente apunta los días, los meses, las horas- y simultáneamente intensifique y amplifique la densidad del momento, erizado por la amenaza que ensombrece ilusiones y esperanzas, constantemente mediatizadas por las anécdotas sobre la posibilidad de triunfo sobre el peligro de perder a María, pero únicamente recibimos algunos pocos indicios que parecen motivar la pérdida de la “casa de la sierra”.

Las reflexiones estéticas acerca del sentido y de los límites del arte introducidas con las ficcionalizaciones de la lectura también tienen que ver con la recuperación de ambas pérdidas. Dos veces se detiene en la acción del olvido. En la primera, durante la lectura de Chateaubriand, Efraín condensa al mismo tiempo el secreto intransferible del lazo amoroso y la impotencia de la escritura para expresarlo totalmente pues en ella se desvanece la púdica y discreta voz de María: "... y su acento, sin dejar de tener aquella música que le era peculiar, se hacía lento y profundo al pronunciar palabras suavemente articuladas que en vano probaría recordar hoy; porque no he vuelto a oírlas, porque pronunciadas por otros labios no son las mismas, y escritas en estas páginas aparecerían sin sentido. Pertenecen a otro idioma, del cual hace muchos años no viene a mi memoria ni una frase." (ISAACS, 1986, p.20).

En la segunda, las lágrimas parecen servir de consuelo a lo irrecuperable: “Si las que derramo aún, al recordar los días que precedieron a mi viaje, pudieran servir para mojar esta pluma al historiarlos; si fuera posible solo una vez, por un instante siquiera, sorprender a mi corazón todo lo doloroso de su secreto para revelarlo, las líneas que voy a trazar serían bellas para los que mucho han llorado, pero acaso funestas para mí. No nos es dable deleitarnos para siempre con un pesar amado: como las del dolor, las horas de placer se van.” (ISAACS, 1986, p. 165. La cursiva es mía).

Sin embargo, si el tiempo huye hacia la nada, hacia ese vacío que repara precariamente la escritura, la escritura de la novela, y su lectura, y es la separación su marca y su sino, el texto se entrega empecinadamente a conjurar estos rasgos, deteniéndose moroso en momentos enriquecidos, casi apenas sostenidos por mil detalles nimios de una cotidianidad idealizada. Si el rostro y la voz de María se van volviendo inalcanzables al recuerdo, su figura circula en la novela en múltiples fragmentos, cuyas singularidades intensifican la presencia: la mirada palpa las sinuosidades de un pie por el que se ha deslizado "la chinela roja salpicada de lentejuelas", acaricia el envés de sus brazos o sorprende la "cintura inquieta" y el cuerpo todo bajo los movimientos de la muselina.

A la misma estrategia recurre para disolver la fatalidad de la otra pérdida, pero aquí Isaacs valoriza la perduración mediante el arte. Ya el comienzo de la novela nos guía hacia las significaciones tan imbricadas entre la recuperación de la figura de María y la del espacio, revivido de continuo en cielos, árboles, ríos, valles y los múltiples rincones que enmarcan la casa patriarcal, al establecer un entrañable lazo entre él y la seducción femenina, pero no referida a María. Aquí se expresa que la pérdida de ese ámbito amado puede enjugarse, mediatizada por el tiempo, en la rememoración que hace posible el arte: "Estaba mudo ante tanta belleza, como recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los diez y ocho años, y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosostros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla: pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el vulgo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca, hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas. Es necesario que vuelven al alma empalidecidas por la memoria infiel” (ISAACS, 1986, p. 4 y 5. La bastardilla es mía).

Solamente en María alcanza el acto de leer esta intensidad. Las relaciones intertextuales que tal representación hace con Chateaubriand, especialmente con Atala, nos hablan también de cómo procesa los modelos prestigiosos, en cuanto estímulos y desafíos de la producción de una literatura propia. Esta cuestión fue también uno de los modos en que leyeron María los escritores latinoamericanos, al entender la novela como origen de un linaje, de un tratamiento de la tensión entre lecturas y escritura.




1 ISAACS, Jorge. María. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1986.

2 El padre de Efraín trae a la hija de su primo, María, cuando queda huérfana de madre, desde su patria, Jamaica.

3 En 1976 el Instituto Caro y Cuervo contabilizaba 164 ediciones de María en español, realizadas en Chile, Argentina, Uruguay, Cuba y, por supuesto, en Colombia, además de España y París. Recordemos, por otra parte, que María fue editada por primera vez directamente en libro, no en folletín como era habitual en América Latina, y que conoció un éxito inmediato y sostenido por ediciones prácticamente constantes. Desde temprano halló diferentes canales de circulación, ampliados por los medios que ofrece el nuevo siglo: fue llevada al cine en cuatro oportunidades, a partir de 1918, y como telenovela en 1978. En el año 1997 se la podía ver en uno de los canales retransmisores de Buenos Aires, en horario clave para este tipo de programas. Es muy conocida además la referencia del mismo Isaacs a Justo Sierra en 1889 sobre la repercusión de su novela: "Usted sabe que en México se han hecho ediciones de María, y las hechas en los demás países de Hispanoamérica, sin contar éste (por México), pasan de veinticinco." REYES, Alfonso. Obras completas. México: Fondo de Cultura Económica, 1956, v. 8, p. 333. María se editó en México en 1871, 1873, 1875 y 1878.

4 DUCRAY-DIMINIL, J. Las tardes de la quinta o Las lecciones del padre. París: Garnier, s.f., pp.VII-VIII.

5 Véanse las observaciones acerca de la representación de la lectura de Las veladas de la quinta en otras novelas hispanoamericanas contemporáneas a María en ZANETTI, Susana. La dorada garra de la lectura. Lectoras y lectores de novela en América Latina. Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 2003.

6 Los datos provienen de VV.AA.. Manual de historia de Colombia. Bogotá: Procultura-TM,1992, vols. 2 y 3.

7 DÍAZ QUIÑONES, Arcadio. Recordando el futuro imaginario. San Juan: CEREP, 1983, p. 3.

8 “... recordarás que siempre me reí de la fe con que creías en las grandes pasiones de quellos dramas franceses que me hacían dormir cundo tú me los leías en las noches de invierno.”(ISAACS, p. 76)

9 Cuando Luciano Rivera y Garrido recuerda sus lecturas juveniles, mezcla de obras arcaicas y nuevas en Colombia, pone el acento en los modos modernos de leer – la lectura silenciosa y a solas, a escondidas-, coincidiendo con las que hace María en uno de los títulos mencionados, Las veladas de la quinta, a los que agrega Robinson Crusoe y El último abencerraje. Más tarde intensifica los valores de la lectura solitaria con los riesgos de la lectura prohibida y singular entre sus condiscípulos como muestra de un heroico periplo de escritor cuando refiere sus años de estudiante hacia los años sesenta, poco antes de la edición de la novela de Isaacs, lo cual ayuda a advertir la novedad de ésta en su ámbito cultural, al distraerse con libros ajenos a los de estudio: “Muy decidido por las lecturas amenas, nunca hablaba con esos niños de mi afición favorita, porque apenas si tres o cuatro de entre ellos habrían oído mencionar a Robinson Crusoe o leído Los Incas y Pablo y Virginia . “RIVERA Y GARRIDO, Luciano. Impresiones y recuerdos. Bogotá: Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946, vol. 2, p.34.

10 El tema de la esclavitud ha sido muy tratado por la crítica a la novela y a ella me remito. Solo me interesa considerarlo desde la perspectiva del destierro.

11VINCENT-BUFFAULT, Anne. Histoire des larmes. XVIIIe-XIXe siècles. París : Rivages, 1986, p. 55.

12 BARTHES,Roland. Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo XXI, 1998 (14 ed.), p. 175.

13 CATELLI, Nora. Buenos libros, malas lectoras: la enfermedad moral de las mujeres en las novelas del siglo XIX. Lectora. Barcelona: 1,1995.

14 SONTAG, Susan. La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas. Buenos Aires:Taurus, 1996, p. 50.


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