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Antonio machado


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ANTONIO MACHADO

POESÍA


1.- TEMAS DE LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO

Tal como afirma José-Carlos Mainer, la poesía machadiana es un universo cerrado de símbolos, de temas recurrentes que forman una constante a lo largo de su vida y que dan un sentido unitario, tal como se ha comentado, a su obra. Machado afirma que existen hondas palpitaciones del espíritu que no pueden expresarse en el lenguaje corriente, y el poeta, para comunicar su experiencia, debe recurrir al lenguaje figurado, a los símbolos, a las imágenes y a las metáforas.



  1. El tiempo

Antonio Machado se llama a sí mismo “poeta del tiempo”; él entiende el tiempo como algo vivo, personal, no como concepto o abstracción. Es la duración limitada, la historia individual de cada ser –de su propio ser-, que se hace, que pasa, pero que permanece en el recuerdo, donde se borran los límites personales. Esta sensibilidad exacerbada para el devenir de las cosas, esta ansiedad perpetúa ante el curso fatal de las horas y los días.

- El poema, la palabra esencial en el tiempo

Para Machado, la poesía es un arte eminentemente temporal: “La poesía es la palabra esencial en el tiempo”. De este modo, une dos elementos contradictorios: lo esencial y lo temporal. La poesía es la palabra que expresa lo que las cosas son (su esencia), pero a través de mi contacto con ellas, con mi experiencia, con mi tiempo vivido.

- El agua

El agua del río, de la fuente, de la lluvia…; su fluir constante se hace símbolo del fluir temporal y, por ello, de la vida interior. Sin embargo, el agua puede representar la muerte, quieta en la taza de la fuente o, a la manera de Manrique, en la inmensidad del mar al que confluyen todas las aguas. Este tema-símbolo es quizá el que con mayor insistencia y también con mayor hondura vivencial se reitera a lo largo de su obra.



  • La tarde

Este tema suele expresar el sentimiento melancólico y a la vez espiritual. Por ello, esta hora del día se suele acompañar frecuentemente de adjetivos que connotan un estado de ánimo de depresión espiritual (cenicienta, mustia, destartalada…) y que contribuyen a personificarla, identificándola con su estado de ánimo.

Al mismo tiempo, los adjetivos referidos a colores que acompañan a la tarde y a los elementos del paisaje de esa hora (rojos, cárdenos, rosados, violetas) se cargan por contagio semántico de esas connotaciones de melancolía y tristeza.



  • Los caminos

Los caminos están presentes en la poesía de Antonio Machado desde sus primeras composiciones. El caminar errante, sin meta prefijada, es ante todo un sentimiento de pesar sin consuelo, una nostalgia de la vida que se va dejando atrás y que también participa en el horror de llegar.

Los caminos son, pues, frecuentemente símbolos de la vida o bien aparecen asociados a ésta. Cuando esto ocurre en el poema, el camino real se difumina, se borra hacia la lejanía, hacia el futuro, del que nada podemos decir; y, al mismo tiempo, se convierte en motivo de melancolía, de ensueño que trae recuerdos del pasado:



Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero,

a lo largo del sendero

-La tarde cayendo está-.

En el corazón tenía



la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón”. […]

La idea de que el camino no está hecho, sino que se hace a la vez que el acto que lo realiza (“se hace camino al andar”) se ve reforzada por otras imágenes, como la estela fugaz que se deja sobre el mar y que, al tiempo que se hace, se borra de manera inaprensible, como el devenir temporal del hombre:



Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

- Los elementos del paisaje y el tiempo vivido

En el proceso de identificación del alma con las cosas del mundo, adquieren especial relevancia en la poesía de Antonio Machado los elementos que conforman el paisaje. En su paso por el tiempo, el poeta se relaciona con las cosas, y éstas (el río, los árboles, el atardecer) adquieren un sentido nuevo, personal, en relación con la experiencia vivida en torno a ellas. Se transfiguran en espejo que refleja los estados del alma.

En este sentido es singularmente destacado el proceso que “sufre” el olmo. Las primeras referencias que se hace a este árbol con meramente denotativas de su presencia en los parques. En el poema “A un olmo seco” (CXV) se inicia el proceso de identificación de su alma con dicho árbol, que continuará de forma más o menos implícita en otros poemas (CC-CXXVI, CC-CIII).





  • El reloj

Machado se refiere siempre al reloj como un objeto real, que mide mecánicamente el tiempo cronológico, por oposición al tiempo psíquico del hombre, del poeta, que se había expresado con los símbolos anteriores.

  1. La muerte

Sus reflexiones sobre la muerte son la derivación lógica de sus inquietudes sobre el tiempo, considerado éste como el gran exterminador del ser humano. La muerte, además, se manifiesta de continuo en forma de brevedad e inconsistencia de la vida, de decadencia de los hombres y de las cosas, de los elementos de la naturaleza, bajo una serie de signos variados como la destrucción, la enfermedad, la guerra o el crimen.

Su actitud vital ante ella es también diversa: desde la angustia personal expresada en tantos poemas de Soledades, hasta la melancolía e incluso la rebeldía por la muerte de la esposa, pasando incluso por la identificación espiritual con el moribundo.

Los símbolos relacionados con este gran tema son múltiples: el mar, el ocaso, el otoño, la sombra, la luna… El mar simboliza con frecuencia la ciega inmensidad de la muerte, lugar al que confluyen todos los ríos de la vida, siguiendo la alegoría de las Coplas de Manrique. A pesar de alguna pequeña esperanza ante la muerte expresada en algún breve poema (por ejemplo CC-CXXII o CC-CXX), en el maestro sevillano se palpa una honda turbación del espíritu: la angustia existencial ante la nada, ante el no ser, que está desde el principio en su obra y se va acentuando con el paso de los años.



  1. Dios

La presencia de Dios en la obra de Antonio Machado es imprecisa y variable en el tiempo y, sin embargo, ocupa en su pensamiento un lugar significativo. Se trata de un Dios en el que no se puede creer aunque se quiera; es el Dios añorado, soñado, deseado más que afirmado (poema LIX).

Aparte de esta figura, la de Cristo es mucho más cercana a Machado que ese “Dios entre la niebla” que busca sin alcanzar. Jesucristo es en él el paradigma del hombre, lo que éste tiene de humano y divino, de carne mortal que sueña la inmortalidad, el triunfo sobre la muerte (La saeta CC-CXXX)



  1. El recuerdo y el sueño

En Machado estos dos términos son, muchas veces, equivalentes, ya que normalmente se refieren al soñar despierto con la propia vida. En Soledades, galerías y otros poemas, los caminos del sueño son galerías de espejos donde se refleja la propia vida, donde el hombre que sueña intenta revelar el secreto de su yo más íntimo. Las galerías del alma son símbolos predilectos de Machado para representar esa parte de sí mismo que ignora.

Pero en su poesía, especialmente a partir de Campos de Castilla, el sueño no sólo emana del hombre, sino de las cosas: sueña la naturaleza; y los elementos que la conforman, convertidos en personificaciones, en proyecciones de su yo, también sueñan. Sueñan la tarde, el campo, el agua de un río, de una fuente o de una noria, los frutos, las estatuas, las rocas…



  1. El amor

A lo largo de toda la obra se intuye el deseo de Machado de amar y la necesidad de ser amado. Es una presencia constante y, sin embargo, difícil de precisar en muchas de las composiciones de su primer libro. Ahora bien, los poemas referidos a las dos pasiones de su vida ocupan un lugar más importante en su producción: el de su esposa Leonor (en Campos de Castilla y Nuevas canciones), cuya muerte provocaría los más doloridos acentos del poeta, y el amor otoñal, pero apasionado, de Guiomar (en el Cancionero apócrifo).

De cualquier modo, el amor es para Machado un sentimiento ennoblecedor que dignifica al amante, quien poseído de esa exaltación espiritual comprende mejor la belleza del mundo y rescata las cosas del olvido, del tiempo y de la muerte.



  1. El tema autobiográfico

En numerosos poemas evoca Antonio Machado su infancia, su juventud, sus amores, incluso sus experiencias de la vida cotidiana. Pero no sólo aparece la biografía externa, sino especialmente, la espiritual. De este modo, su poesía puede considerarse un diario de su propia alma, una vida hecha verso, que así escrita puede hacerse eterna: la palabra esencial en el tiempo; el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo.

En este apartado véanse los poemas III, V, VII, LXV o XCII de Soledades…, muchos de Nuevas canciones y otros poemas de su última etapa, puesto que este tema de la infancia desaparece casi por completo en Campos de Castilla, excepción hecha, claro está, del poema “Retrato” que abre este libro y que concuerda con un uso de la época, que consistía en insertar el semblante del autor como introducción a una obra.



  1. El paisaje y el tema de España

En algunos poemas la visión que tiene del paisaje Machado es puramente objetiva; sin embargo, en otros el paisaje se convierte en símbolo del pasado histórico de Castilla o, incluso, los elementos del paisaje castellano se transforman en símbolo de realidades íntimas.

En Soledades… predominan los paisajes interiores del alma, aunque no faltan aquellos en los que el paisaje es marco para la expresión de sentimientos, generalmente relacionados con los estados de melancolía. No obstante, en algún otro predomina la visión objetiva del paisaje, que luego tendrá mayor desarrollo en Campos de Castilla; es el caso del poema titulado “Orillas del Duero” (IX), en el que la subjetividad sólo está presente en las exclamaciones finales.

Otra forma de ver el paisaje –castellano o andaluz- es como imagen del pasado histórico que se hace presente a través del lenguaje figurado. Este recurso es manifiesto en muchos de los poemas de Campos de Castilla (“A orillas del Duero”, CC-XVIII); de hecho, la preocupación patriótica le inspira poemas sobre el pasado, el presente o el futuro de España. De cualquier manera, Machado aporta un claro componente subjetivo: proyecta sus propios sentimientos sobre aquellas tierras, seleccionando lo que prefiere, que es lo adusto y acentuando, especialmente con adjetivos, o lo que sugiere soledad, fugacidad o muerte.

En cuanto a la tercera forma de ver el paisaje, es decir, la identificación de los elementos del paisaje con el alma, cabe hablar del paisaje como reflejo del mundo interior del poeta, del estado de su alma. Esta nueva visión se infiere de su concepto del tiempo como fluir interior. El poeta entra en diálogo con el mundo y consigo mismo, en íntima comunión con el paisaje que describe y canta (CXIII-VII-VIII-IX).



2.- LENGUAJE POÉTICO DE ANTONIO MACHADO

Antes de comenzar con un análisis detallado de las cuestiones más destacadas del lenguaje poético de Antonio Machado, cabe hablar someramente de su arte poética (cfr. la Poética, que el propio autor redactó en 1931 para la Antología de Gerardo Diego).

Desde los primeros escritos de Machado hasta sus últimas publicaciones, todo un conjunto de textos, de reflexiones, de meditaciones o de notas breves expresan ideas estéticas de una coherencia y continuidad sorprendentes. Todo su lirismo está marcado por una ascesis y una fidelidad a sí mismo que le dan precisamente, en gran parte, ese tono de sinceridad tan conmovedor y que tanto impresiona a todos los lectores de Machado.

Como decía Pedro Salinas en noviembre de 1933: “Antonio Machado vuelve a publicar sus Poesías completas en tercera edición. Ha adoptado el poeta para la entrega al público de su nueva obra el procedimiento acumulativo que seguía Walt Whitman, de añadir cada unos cuantos años a su obra ya anterior y conocida las nuevas poesías, unidas al conjunto total de modo que el lector tenga siempre presente junto a lo más reciente de la creación lo más remoto, lo inicial de ella. La poesía se nos ofrece así como un ser vivo en toda su integridad, en la florescencia de todas sus primaveras, en su cuerpo, tronco, y en sus últimas raíces”.

En todas sus composiciones se vislumbran los tres aspectos, diferentes y complementarios, de la concepción del poeta según Machado: cantor herido por la fatalidad, cuya melodía traduce los enigmas del corazón; hombre de reflexión, que medita sobre el destino y la historia de su país, su obra es una forma de acción; más profundamente, en fin, el poeta, a la manera mística, canta la canción del alma. La poesía es, en definitiva, la expresión de la palabra esencial de los seres y de las cosas, expresión de su verdad.

De todos modos, el poeta sigue siendo para él un ser solitario, atormentado, más que los demás hombres, por la duda, por la incertidumbre, por la angustia. Aunque lleva dentro el germen de expresiones diversas, si no contradictorias, el poeta es siempre un ser consagrado al silencio, un ser que está a la escucha de algo que viene siempre de otro sitio.

Esta poesía, entendida así, se complace en recordar con frecuencia: la subordinación del intelecto a la emoción, el predominio de la intuición sobre el concepto, la búsqueda de una expresión justa, verdadera, directa, sincera, sencilla, natural, casi humilde, podríamos decir, de las cosas, de las ideas, de los sucesos, de los sentimientos; la concisión y profundidad de la lenguaje; el rechazo de toda retórica, el despojamiento de todo artificio y la búsqueda incesante de la expresión directa. Esta enumeración debe completarse con algunos otros rasgos del lirismo de Machado: empleo moderado de las imágenes, elegidas menos por su valor sensorial que por su valor emotivo; deseo de la verdad y, sobre todo, importancia concedida a la voz íntima, al acento personal, a la expresión del ser profundo; finalmente, intensa vibración temporal de una poesía que quiere, a la vez, estar profundamente inscrita en lo real y de acuerdo con los estremecimientos del alma. Véase esto en un comentario de Juan de Mairena:

Sabed que en poesía –sobre todo en poesía- no hay giro o rodeo que no sea una afanosa búsqueda del atajo, de una expresión directa; que los tropos, cuando superfluos, ni aclaran ni decoran, sino complican y enturbian; y que las más certeras alusiones a lo humano si hicieron siempre en el lenguaje de todos”.

“Esencialidad” y “temporalidad”: estas dos palabras, puestas de relieve por Machado mismo, pueden, al mismo tiempo, definir la naturaleza y la calidad de su lirismo y mostrar el sentido exacto de su evolución a través de los años. Todo ello, resumido en una incesante búsqueda de la expresión personal, unida a la espontaneidad de la inspiración; se trata de ser verdadero, es preciso dejar que hable sencillamente el corazón propio. Por esta razón, conviene evitar el riesgo de que el arte llegue a ser, para sí mismo, su propio fin. La inspiración poética debe brotar del contacto directo con la naturaleza, y no tener su origen en el arte.

Todas estas exigencias dan su rostro original al lirismo de Machado; todo concurre en él para traducir la desnudez pura del alma. Rechazando toda retórica:

MAIRENA: Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

MAIRENA: Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

MAIRENA: No está mal.”
Este arte rechaza tanto el romanticismo sentimental como la estética barroca y conceptista. Este arte, hecho de sencillez y sobriedad, implica así, con toda naturalidad, el rechazo de otras estéticas que conceden más valor a la belleza formal, a la abundancia y a la ornamentación del discurso, a la exuberancia o a la música de la expresión: el arte modernista o el arte barroco.

Por un lado, Machado fue rebelde con su pasado áureo; arremetía contra el que veía como artificioso barroco, seguramente por no querer aceptar la nueva devoción de los jóvenes del 27, y en búsqueda de un nuevo camino que fuera otra cosa, mucho más sencilla, más cercana a todos, noria que recogiera en sus cangilones el tiempo que fluye y al mismo tiempo que fuera música, música popular, canción. Mairena les decía a sus alumnos:

Poesía, señores, será el residuo obtenido después de una delicada operación crítica, que consiste en eliminar de cuanto se vende por poesía todo lo que no lo es”. Pura alquimia, claro está. Antes les había dicho: “Nosotros, meros aprendices de poeta, debemos elegir, para nuestros ejercicios de clase, formas sencillas y populares, que nos pongan de resalto cuanto hay de esencial en el arte métrica”.
Por otro lado, la admiración profunda que Machado sintió siempre por Rubén Darío corre pareja con una reticencia cada vez mayor frente a la estética modernista, cuyo guía genial había sido el poeta americano. Si, a pesar de todo, al iniciar su carrera, cedió a las seducciones del lenguaje bello, no por eso deja de expresar Machado vivas condenas de las florituras superfluas, de la decoración excesiva o de relumbrón, de las sonoridades ruidosas. En palabras del poeta sevillano:

Como valor absoluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo –y en esto estriba su valor relativo- haber contribuido con ella, y al par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras.”


De ahí que para él la poesía deba ser la expresión del sentimiento de todos los hombres, del pueblo, del corazón humano; y es que, en efecto, Machado siente gran amor al pueblo, que

es, según él, la verdadera fuente de la poesía; el folklore, a sus ojos, es la expresión misma del alma del pueblo.

En lo que respecta más específicamente a las características concretas de su lenguaje poético, son numerosas las declaraciones de Antonio Machado que afirman su gusto por la sencillez, la naturalidad, la expresión directa y no alambicada; declaraciones donde se observa una clara voluntad antirretórica. En el exordio de su proyecto de discurso de ingreso en la Academia, afirmaba:

Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de la forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada”.


Al punto se reconocen la seducción y el encanto que el lenguaje poético de Machado produce en sus lectores: su acento, su tono, su voz, su indecible calidad del alma o del espíritu: sencillez, gravedad, humanidad. Y su verso está forjado de manera única, inimitable, insustituible. Más que un estilo o un léxico, lo que distingue a este poeta es un registro de la emoción a medio camino entre la expansión lírica y el monólogo interior, una voz que busca como un diálogo íntimo y fraternal, una voz que se alza al borde del silencio y como si estuviera siempre amenazada.

Algunas de las líneas esenciales de este lenguaje poético son:



  1. El léxico. Machado tiene, evidentemente, un vocabulario predilecto. Puede agruparse en torno a algunos temas, algunos sentimientos, algunas percepciones.

    1. El sentimiento de la vejez, de la melancolía, de la muerte; la intuición aguda, y jamás desmentida, de que todo se rompe, todo se marchita y todo se destruye, incitan no sólo a la repetición incesante y como obsesiva de la palabra viejo, sino de toda una serie de palabras o de expresiones que dicen de la decadencia de las cosas o de los seres humanos: parque mustio y viejo; viejas cadencias; la vieja angustia; la amapola marchita; una tarde cenicienta y mustia

    2. A estos términos se añaden las palabras que traducen la angustia, el hastío, el spleen, el tedio, de la juventud, sobre todo, del poeta: hastío, melancolía, monotonía

    3. A este desasosiego corresponde un universo en que abundan los tonos sombríos, apagados, grises, negros, polvorientos: los colores de la angustia y el hastío de vivir: la plaza en sombra; viejo paredón sombrío; cerros cenicientos; cerros de plomo y de ceniza

    4. Pero el universo poético de Machado no se reduce a estos tonos de desesperación. Muy al contrario, hay en él una sensibilidad muy viva para la luz del día en sus distintas tonalidades y momentos: una tarde clara; un alba pura; un huerto claro; al claro sol de estío; la tarde arrebolada; el iris en la luz… Machado es simultáneamente el poeta de la sombra y el poeta de la luz. Además, los colores son en extremo diversos y matizados, como en la paleta de un pintor, colores resplandecientes, chillones: el oro, la púrpura, el fuego, el encarnado, el bermejo, el naranja, el rubí… totalmente el estilo de la escuela parnasiana y modernista.

    5. Así mismo, uno de los temas fundamentales de la inspiración poética y de la reflexión de Machado, el tiempo, provoca el empleo de un vocabulario específico pero reducido: los adverbios de tiempo están altamente valorados: hoy, mañana, ayer, todavía, nunca, jamás, ya. Pero un aspecto del lenguaje poético del poeta sevillano es la atracción recíproca que estas palabras, y muy particularmente los adverbios hoy y ayer, ejercen entre sí; a esto se añade, a veces, una asociación con mañana: Hoy es lo mismo que ayer; hoy dista mucho de ayer; ¡Ayer es nunca jamás!; del Hoy que será mañana, / del ayer que es / Todavía

    6. Esta agudeza con que el poeta percibe el fluir del tiempo, esta inquietud radical, no son ajenas, sin duda, a la manera de percibir Machado el mundo: alternancia también, sin fin, entre el ensueño y la realidad. De esto da cuenta igualmente su lenguaje: las campanas suenan; el soñoliento llano; el campo en sueños; El mar es un sueño sonoro

    7. Toda una parte de la atención de Machado se dirige al alma, a lo sobrenatural, atraída por un mundo espiritual maravilloso o fantástico. Todo un léxico obsesivo, y nunca totalmente abandonado, da cuenta de esto; tres palabras, sobre todo, son reveladoras: mágico, hada, fantasma.

    8. Tres aspectos señalados manifiestan su deseo de comunión íntima con lo que le rodea; primero, se observa en la frecuente humanización de las cosas, de los objetos, de los paisajes: el agua clara que reía; cárdenos nublados congojosos; Hierve y ríe el mar… Segundo, es el empleo de diminutivos, que son quizá una herencia inconsciente de Andalucía, cuya alma traducen perfectamente: A la orillita del agua; figurillas; florecillas; olitas; doncellitas; pradillos; abejicas; momentín… El tercero es el empleo de la exclamación, uno de los rasgos más peculiares de este poeta que no abandonará jamás, puesto que le permite traducir su emoción ante los objetos, los seres humanos o los acontecimientos: ¡Hermosa tierra de España!; ¡Oh, flor de fuego!; ¡Tierras de la luna!... Con este gusto persistente por la exclamación, se puede relacionar también el uso frecuentísimo de la interrogación, que da a sus versos un tono personal.

    9. Machado es también muy aficionado a las palabras raras o a los arcaísmos, que descubren en el poeta un amor a las cosas o a las formas de expresión de tiempos pasados y quizá estas palabras revelen también aspectos del alma eterna de la patria: tálamo; guzla; cantiga; trovas; gayos, lascivos decires

De todos modos, el vocabulario de Machado, abundante, sin riqueza excesiva, es sencillo, natural, inteligible, en conjunto, para un público amplio; el mundo concreto (paisajes, animales, plantas) impone un léxico preciso y variado.

Obsérvese también la táctica machadiana de colocarnos, mediante el astuto emplazamiento de los demostrativos, ante una sensación concreta, determinada, de la que es muy difícil zafarse. Los poemas de Antonio Machado empiezan con un atacco muy marcado y no solamente dejan muy clara la presencia explícita del autor (varios empiezan por el pronombre personal yo (VIII, XI, XIV…)) sino que implican además a sus posibles lectores: el mundo poético del escritor es un mundo inquisitivo donde el poeta –como ya se ha dicho- nos pregunta o se pregunta a sí mismo (LXXVIII), es preguntado por sus fantasmas (XXXIV, XLI), apostrofa a sus recuerdos (XXVI, XXIX), interroga a los fantasmas de las cosas (CXVI), conversa con los amigos precisos a los que dirige el poema (CXXVI, XXLI). En función de esto cobran importancia las pausas, los finales abruptos, los ecos y estribillos que abundan en los poemas de Machado.



En cierto modo, parece que nos encontramos ante una poesía hablada, poesía como palabra en el tiempo: en el tiempo del recuerdo fugitivo pero también en el de la enunciación personalizada que pretende comprometer a los oyentes.

  1. Algunos procedimientos estilísticos, a los que el poeta recurre con frecuencia, atestiguan el mismo deseo de encantar a su lector, o bien de sorprenderlo, intrigarlo o fascinarlo. Machado emplea generalmente con mesura, sin abuso, procedimientos estilísticos o retóricos que libran a sus poemas de toda impresión de monotonía:

    1. por ejemplo, la repetición de palabras o expresiones que produce un efecto de insistencia, de obsesión o de encantamiento: Campo, campo, campo; esta tierra de olivares y olivares… O sirve para imitar un movimiento: Se vio a la lechuza / volar y volar. O trata de reflejar una emoción tan fuerte que resulta indecible: ¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

    2. También el empleo de giros populares pertenecientes a la lengua familiar: y lo mismo que nosotros / otros se jorobarán; Y van / las habas que es un primor.

    3. E incluso el uso de símbolos, que se convertirán en el universo imaginario de Machado: el agua, el fuego, el aire, la tierra, la fuente, la galería, el camino, el espejo, el mar… Toda la poesía de Machado está recorrida por estas intuiciones vivas y frágiles que revelan que la realidad, por la metáfora, la imagen o la comparación, debe ser una conquista del lenguaje.

  2. La métrica merece también una atención especial en la caracterización del lenguaje poético de Machado: variedad extraordinaria de metros y estrofas y, al mismo tiempo, natural y espontánea; armonía intensa de los poemas, acentuada a veces por rimas internas; armonías vocálicas; mezcla, muy sorprendente, de tradición y modernidad, de ecos clásicos y populares.

    1. En lo que se refiere a los metros utilizados, en Machado se hallan nueve variedades de versos: el octosílabo y el endecasílabo –los dos metros básicos de la tradición poética española- son los dos preferidos; el último se suele combinar con el heptasílabo. Además, Machado nunca practicó el verso libre, al contrario de las corrientes artísticas que lo preferían. Él mismo dijo: “Verso libre, verso libre… / Líbrate, mejor, del verso / cuando te esclavice.”

    2. En cuanto a las estrofas, Machado cultivó el soneto, el cuarteto y la redondilla; del Modernismo, recibió el pareado en metros largos y las silvas semilibres, y de la tradición popular recogió el romance (con versos octosílabos, hexasílabos, endecasílabos e incluso alejandrinos (poema CXLVIII)), la cuarteta, la seguidilla y la soleá. Otra forma estrófica muy grata al maestro es la silva arromanzada, serie de endecasílabos y heptasílabos libremente combinados, con asonancia en los versos pares; es muy común en sus dos primeros libros y desaparece en el Cancionero apócrifo. Así mismo, numerosas modalidades de cantares recuerdan la profunda impregnación folclórica del poeta. Utiliza frecuentemente con muchas variantes rítmicas coplas, cuartetas, soleares, playeras, soleariyas y seguidillas.

El filólogo Tomás Navarro Tomás estudió en 1973 los caracteres principales de la prosodia del poeta sevillano en su artículo “La versificación de Antonio Machado” y la condensó así:

En resumen, todos los tipos de verso que practicó Machado están presentes en sus Soledades, galerías y otros poemas, 1907. Abandonó pronto los metros modernistas de 12 y de 16 sílabas. Ya en la versificación de Campos de Castilla, 1912, quedó limitada al alejandrino pleno y al endecasílabo y octosílabo con sus respectivos quebrados. A pesar del importante papel que el alejandrino desempeñó en este libro, también tal metro desapareció después, casi totalmente, de la atención de Machado. En sus últimas obras, a la vez que su lírica se hacía más depurada y densa, se versificación se fue reduciendo al clásico endecasílabo, común instrumento de la poesía grave, y a los versos de 8, 7 y 6 sílabas en sus formas más simples y populares.”

En definitiva, una conclusión parece imponerse: la de la complejidad, diversidad y originalidad profunda, y frecuentemente mal percibida, del lenguaje poético de Antonio Machado, donde confluyen a la vez diversas corrientes estéticas y emociones o intuiciones agudas que expresan una experiencia vital llevada hasta la pasión.



3 -. FOCOS DE INFLUENCIA EN LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO Y SIGNIFICACIÓN DE LA MISMA EN LA LÍRICA POSTERIOR1

En 1969 la UNESCO declara a Antonio Machado “Poeta de los valores universales” y reconoce en él “el valor universal de su obra”, ya que “continúa siendo hoy una fuente de inspiración para las nuevas generaciones”.

Después de la Guerra Civil española, algunos poetas, como Blas de Otero, vuelven hacia Machado y lo convierten en el más alto ejemplo de poesía y de humanidad. Precisamente un crítico del 27 como Dámaso Alonso dirá por entonces: “Era, ante todo, una lección de estética […]. Y era una lección de hombría, de austeridad, de honestidad sin disfraces ni relumbrones”. Debe hablarse, pues, de una inagotable vigencia a través de la proyección de su poesía en las distintas generaciones que le han sucedido hasta hoy.

El autor de Campos de Castilla ha sido visto como el poeta que abre caminos a la altura de las circunstancias; no quien los hace difíciles de transitar a fuerza de normas estéticas inflexibles. El propio poeta, en 1931, en su Poética enviada a la Antología de Gerardo Diego indica: “Muy de acuerdo, en cambio, con los poetas futuros de ni Antología, que daré a la estampa, cultivadores de una lírica otra vez inmergida en las “mesmas aguas de la vida”, dicho sea con frase de la pobre Teresa de Jesús”. Poesía, pues, nacida de la personal existencia sentida como tiempo, ya que “al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada”, como aclara en el propio texto. Y poesía, a la vez, surgida de unos empeños comunes, que hermanan a todos los sufridores de una misma desazonante situación colectiva o social. En resumen: poesía del tiempo existencial y del tiempo histórico, dos de las líneas más resaltadas en la lírica española desde la posguerra hasta el presente, a pesar de las matizaciones que en cada momento deban añadirse. Debe insistirse en estos puntos para comprobar cómo la honda afinidad que ligaría a Machado con esos poetas posteriores ya estaba en él avizoramente prevista o, mejor, presentida.

Así mismo, Antonio Machado no es sólo el crítico denunciador, en verso y en prosa, de una España inferior, sino que fue también el febril explorador de las misteriosas galerías del alma, y el grave meditador de la universal realidad temporal, siempre agredida por la terca asechanza de la nada.

La influencia ejercida por la lírica machadiana desde varias zonas de su obra se manifiesta, bajo diferentes modos de concreción, a lo largo de una período que comprende algo más de seis décadas: el período que va desde los años que preparan al del 1936 (año en que los historiadores de la poesía reconocen el surgimiento de una nueva generación, que no obstante se manifestará con toda su madurez y todo sus integrantes a partir de 1939, con el fin de la contienda civil) hasta el siglo XXI.

Si la denominada generación del 36 se había vuelto ya hacia Machado antes de la guerra, cuando después emerja de nuevo a la vida literaria, sabrá entonces con más ahincada conciencia cuáles han de ser sus guías. Y así, sin olvidar a Miguel de Unamuno, se propondrá el reconocimiento y la exaltación de Antonio Machado, el poeta del tiempo y de la existencia, y el poeta en cuya doctrina estuvo siempre desterrada cualquier forma de virtuosismo verbal que impidiera la plasmación cálida de la vida.

Puede rastrearse la presencia machadiana en los miembros emigrados de esta primera generación de posguerra, donde el aprecio hacia su persona y hacia su obra fue prácticamente indiscutido desde el principio; el caso más llamativo sea quizá el del poeta Francisco Giner de los Ríos quien en 1945, en México, publica Las cien mejores poesías españolas del destierro, volumen enteramente dedicado a Antonio Machado.

En cuanto a la poesía escrita en España por los miembros de esta primera generación de posguerra, cabe destacar, entre otros (Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Ildefonso-Manuel Gil, José Luis Cano…), a Leopoldo Panero, seguidor entrañable de Machado en el tratamiento lírico del paisaje; a Luis Rosales, especialmente en su poema-libro La casa encendida y en los proverbios y cantares, continuación de los de Machado:

Soñaba mi corazón,

cuando quise despertarlo

despertó.

Cabe destacar también a José Hierro, a quien, principalmente en los períodos iniciales de su obra, se le siente mantenido por una estética de la intuición y de la temporalidad fluyente, más próxima a Machado que a ningún otro poeta mayor de la tradición española del siglo XX. Así mismo, en algunos de sus poemas, Gabriel Celaya recuerda a Machado: la puerta que abre el poemario Cantos iberos (1955) son los versos del “Retrato” de Machado “famosa por la mano viril que la blandiera / no por el docto oficio del forjador preciada”. En el caso de Blas de Otero, la amistad ininterrumpida con Machado hace que sean muchos los poemas que tiene sobre, con y hacia él; señalado es el poema “In memoriam” donde Otero rememora al cantor de Castilla en su persona y su contexto histórico:



IN MEMORIAM
Cortando por la plaza de la Audiencia, bajaba

al Duero. El día era de oro y brisa lenta.

Todo te recordaba, Antonio Machado (andaba

yo igual que tú, de forma un poco vacilenta).
Álamos del amor. La tarde replegaba

sus alas. Una nube, serena, soñolienta,

por el azul distante morosamente erraba.

Era la hora en que el día, más que fingir, inventa.
¿Dónde tus pasos graves, tu precisa palabra

de hombre bueno? En lo alto del ondulado alcor,

apuntaba la luna con el dedo. Hacia oriente,
tierras, montes, y mar que esperamos que abra

sus puertas.

Hacia el Duero caminé con dolor.

Regresé acompañado de una gran sombra ausente.

En los mismos años del auge de la tendencia social, los poetas de esta llamada “segunda generación de posguerra” vinieron a restituir y sostener la correcta creencia de que el acto poético es, ante todo, un proceso de exploración y conocimiento en hondura de la realidad, y que lo demás se da como añadidura fatal en el poeta auténtico. También hicieron sentir la denuncia de la motivación social convertida en tendencia, con detrimento y descuido del estilo verdadero. La visión que tenían de Machado fue ensanchándose notablemente y rescataron de él de nuevo aquellos olvidados aspectos de su obra que, sólo en su absoluta interrelación de totalidad con el poeta cívico y el hombre comprometido que también hubo en él, nos han podido dar esa imagen del Machado integral.

Algunos de los autores más conocidos que mostraron afinidad o influencias evidentes de la poesía de Antonio Machado son: Ángel González, quien reflexiona sobre la capital influencia del poeta sevillano en su obra y afirma: “[esta capital influencia] deriva tanto de su forma de abordar los problemas estrictamente poéticos como de su manera de interpretar la realidad y de integrarla en la obra”. Y como prueba contundente de su continuo reconocimiento del maestro, Ángel González dedicó su Discurso de ingreso en la Real Academia Española (1997) a explicar, de un modo documentado y lúcidamente razonado, las motivaciones de Machado para enarbolar las ideas radicalmente antiesteticistas sobre la poesía en su inconcluso discurso de ingreso en la misma institución, que nunca alcanzó a leer.

Para otro poeta de esta generación, el jerezano José Manuel Caballero Bonald, la raíz de su obra poética es machadiana: la poesía, dice, “viene medida por el intercambiable rasero cotidiano, donde lo íntimo de cada uno puede identificarse, desde la profundidad de la conciencia, con el “tú esencial” del que hablaba Machado”.

No fueron menos importantes en esta época los trabajos poéticos de José Ángel Valente, quien trató de denunciar al “Machado convertido en pancarta y propaganda” por muchos. Para él “Machado, un gran poeta, está en la línea meditativa de Quevedo y Manrique” y no en el “machadismo de algunos poetas actuales”; “esa insistencia en la bondad tan literaturizada ya da asco”. Léase este hermoso poema de Valente que trata de desenmascarar al falso Machado creado por muchos compañeros poetas que sólo querían hacer de él un poeta de tendencia:

SI SUPIERAS

creo en la libertad y en la esperanza



ANTONIO MACHADO
Si supieras cómo ha quedado

tu palabra profunda y grave

prolongándose, resonando…

Cómo se extiende contra la noche,

contra el vacío o la mentira,

su luz mayor entre nosotros.

Como una espada la dejaste.

Quién pudiera empuñarla ahora

fulgurante como una espada

en los desiertos campos tuyos.
Si supieras cómo acudimos

a tu verdad, cómo a tu duda

nos acercamos para hallarnos,

para saber si entre los ecos

hay una voz y hablar con ella.

Hablar por ella, levantarla

en el ancho solar desnudo,

sobre su dura entraña viva,

como una torre de esperanza.
Como una torre llena de tiempo

queda tu verso.

Tú te has ido

por el camino irrevocable

que te iba haciendo tu mirada.
Dinos si en ella nos tuviste,

si en tu sueño nos reconoces,

si en el descenso de los ríos

que combaten por el mañana

nuestra verdad te continúa,

te somos fieles en la lucha.

También en Jaime Gil de Biedma se observan coincidencias de actitud con Machado, del mismo modo que no es infrecuente la mirada hacia Machado de Francisco Brines, Claudio Rodríguez y de José Agustín Goytisolo, quien escribió:



HOMENAJE EN COLLIURE

Aquí, junto a la línea

divisoria, este día

veintidós de febrero,

yo no he venido para

llorar sobre tu muerte,

sino que alzo mi vaso

y brindo por tu claro

camino, y por que siga

tu palabra encendida,

como una estrella, sobre

nosotros, ¿nos recuerdas?,

aquellos niños flacos,

tiznados, que jugaban

también a guerras, cuando,

grave y lúcido, ibas,

don Antonio, al encuentro

de esta tierra en que yaces.

Y en el extremo opuesto de esta vigencia que se observa en las décadas de los cuarenta y cincuenta, la fecha de 1966 puede señalarse como el principio definido de otra reacción, esta vez en un sentido que habrá de calificarse de antimachadiano. Hacia entonces se pone en pie una nueva promoción de poetas a los cuales, por el libro que en 1970 los lanzó publicitariamente (la antología Nueve novísimos poetas españoles, de José María Castellet), se les dio en llamar “novísimos”. Y esta promoción irrumpió urgida por un propósito de rompimiento abrupto frente a la tradición ético-realista del ayer inmediato, que se hacía corresponder grosso modo con las dos anteriores generaciones de posguerra. Tal tradición, sobre la que se proyectó la sombra natural de Machado, venía a ser percibida ahora como inoperante para aquello en que se centraba el mayor interés de estos jóvenes: la extremada concienciación lingüística de la escritura poética, lo que inducía por encima de todo a la apetencia de una lenguaje violentamente innovador y creativo. Machado para ellos era un obstáculo, fundamentalmente por la prioridad que nuestro autor dio a las preocupaciones morales y, en general, humanas, por su obstinada defensa del habla natural en el verso (se le impugnó su “sencillismo” rural o provinciano), y por sus modos poéticos externos, apenas rebasadores de los cauces decimonónicos y cuando más modernistas, que hacían de él un anacronismo estético extremado. En esta línea se expresaba también el eminente profesor Francisco Rico: “Pertenece demostrablemente a otro siglo: acendra las mejores vetas de Espronceda, Campoamor, Bécquer; y quizá [su poesía] convierte a su autor en el más alto lírico castellano del diecinueve”.

Por todo lo dicho, en 1966 el cese de la total vigencia machadiana comenzó a apuntarse. Y se señala el calificativo total, porque esta fecha no supone, afortunadamente, el desvanecimiento definitivo de un poeta ya clásico, como lo era Machado de un modo indiscutible a estas alturas.

Durante las décadas de los ochenta y los noventa (e incluso en la segunda mitad de los setenta), los poetas españoles jóvenes o no tan jóvenes volverán la mirada hacia la obra multiforme a integral de Antonio Machado, de manera que el cese de esa vigencia resultó muy limitado en el tiempo; es el caso, por ejemplo, de Andrés Trapiello, cuya filiación machadiana es indiscutible y constante en su obra, que es en buena parte un inmenso conjunto de paisajes naturales recreados subjetivamente por la memoria y el sueño, procedimiento también esencial en la percepción poética machadiana.

Otros autores de la generación de finales del XX y principios del XXI “tocados” por el halo poético de Machado son José Mateos, y, especialmente, Luis García Montero, que es el poeta que las últimas dos décadas más ha reivindicado el magisterio machadiano para liberar a la poesía del solipsismo del yo burgués. Al maestro le ha dedicado varios ensayos y estudios críticos, además de una atención muy frecuente en sus declaraciones poéticas.

En toda la obra lírica de García Montero late un profundo deseo por conquistar la otredad, principalmente la otredad amorosa, por cuanto esta se concibe como el origen y el fin último de la realización personal. Además, para él la poesía ha de expresarse de manera que el lector se sienta identificado con esa vivencia y pueda realizarla luego cabalmente en su propia vida. En esta tentativa por querer trasformar el mundo íntimo en materia de comunicación directa y cordial con el lector debemos reconocer un indiscutible ascendiente machadiano, pues Antonio Machado trató siempre de que su individualidad anímica y espiritual no adquiriese nunca los tintes de un caso extraordinario, excéntrico o insólito. García Montero también se acerca a Machado por su aguda conciencia de la temporalidad, del vivir en el tiempo y gracias al tiempo.

En suma, ¿qué es lo que convierte a Antonio Machado en un poeta eternamente moderno? Nos ofrece infinidad de recetas para uso individual, pero, sobre todo, abre nuevas sendas, nunca antes transitadas que ya nadie podrá cegar ni con decretos ni con olvidos, porque todo es papel mojado ante esa claridad de otros cielos que traspasa los siglos. “La poesía es –decía Mairena– el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo. […] El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos: entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados.” Si Miguel Ángel sabe hacer brotar de la piedra la figura, Antonio Machado consigue moldear el lenguaje para que surja de él la naturaleza y la vida misma.

Por encima de las mareas de gustos y modas, Machado significa, en resumen, la hondura en el enfoque de graves problemas humanos, una identificación inigualada de un poeta con una tierra, un ejemplo de fidelidad a sí mismo y a su pueblo. Y, estrictamente visto en la trayectoria de la poesía española del siglo XX, se alza como una de sus más altas cimas.



Páginas web de recursos sobre la vida y la poesía de Antonio Machado:



http://www.antoniomachadoensoria.com/

http://www.poema-de-amor.com.ar/poemas-de.php?autor=127

http://www.abelmartin.com/guia/guia.html

http://www.soria-goig.org/senderos/autores/machado.htm

1 Véase a este respecto el interesante vídeo que se realizó en la Feria del Libro de Sevilla el 25 de mayo de 2009 en homenaje a Antonio Machado: http://ferialibrosevilla.blogspot.com/2009/05/homenaje-antonio-machado.html


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