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Andrea Reguera


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LA MULTIPLICIDAD DE LOS POSIBLES.

LAS FORMAS DEL EMPRESARIO RURAL

EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XIX

CONTRAPUNTO DE CASOS


Andrea Reguera




Introducción

En la instancia de desarrollo que la historiografía sobre historia de empresas y empresarios ha alcanzado en la Argentina, uno de los temas que es importante consagrar a la discusión es la capacidad innovadora de sus empresarios y las formas que ésta adquirió en el siglo XIX, en un país cuyo marco contextual podríamos caracterizar como de transición a las formas capitalistas de producción.1 Claramente, se trata de una sociedad en proceso de cambio, que desde su independencia política ha adquirido una forma republicana de gobierno y experimentado una economía primaria en expansión.

Por ello, nos proponemos analizar, desde una perspectiva comparada y bajo la contraposición de estudios de casos que el tema admite y requiere, la capacidad de innovación de las formas empresariales adquiridas en la démarche de una sociedad en proceso de transformación, permitiendo hacerla a ésta más inteligible.

Habitualmente, se habla del empresario argentino en general, sin alcanzar a ver las particularidades y diferenciaciones que esta forma general ha podido reconocer en este largo siglo XIX, contradictorio, complejo y turbulento, social y políticamente, aunque con una cierta uniformidad en su base económica, lo que le permite dar una aparente imagen de dominio y estabilidad, pero con una dinámica cuyo origen sigue en debate: ¿de empresarios innovadores en términos schumpeterianos, con capacidad técnico-comercial y organizacional o, simplemente, de empresarios exitosos que conocían las reglas de juego y sabían adaptarse a las circunstancias?

Para observar casos concretos, dentro de la generalidad de estas formas, hemos seleccionado dos casos: Ramón Santamarina, uno de los propietarios de tierras más importantes de la segunda mitad del siglo XIX, y Manuel Suárez Martínez, un comerciante que fracasó en su intento de hacer fortuna en la Argentina. Ambos eligieron la nueva zona de la frontera sur para sus emprendimientos, el Partido del Chapaleofú (luego Tandil). El análisis de sus trayectorias individuales, la formación de sus patrimonios familiares y los modelos de organización empresarial, permite comprender las diferentes estrategias y comportamientos que tuvieron en la consecución de riqueza, prestigio y poder.

La biografía de Ramón Santamarina y la autobiografía de Manuel Suárez Martínez, ambos inmigrantes de origen gallego, contribuyen a dilucidar y comprender las capacidades individuales que demostraron tener estos hombres; esa historia permite, además, entrever el grado de “permisividad” y “posibilidad” de una sociedad, y cuánto de racional y azaroso existió en la construcción de los vínculos y las relaciones sociales que permitieron la movilidad laboral y social necesaria para obtener el éxito.


La biografía de Ramón Santamarina
Ramón Santamarina fue uno de los terratenientes y empresarios más importantes de la Argentina de fines del siglo XIX. Su fortuna, valuada al momento de su muerte (1904) en 12.462.636 de pesos, estaba compuesta en un 60% por bienes raíces y en un 40% por capital comercial.2 Su patrimonio fundiario estaba constituido por treinta y tres estancias que sumaron una superficie total de 281.727 has., distribuidas en trece partidos de la provincia de Buenos Aires, además de 94.000 has. en la provincia de Santiago del Estero y 2.024 has. en la de Río Negro; a ello deben agregarse veintiséis solares urbanos en la ciudad de Tandil y diez quintas (46 has.) y veintidós chacras (532 has.) en el ejido de Tandil, un terreno en Alte. Brown, seis chacras (252 has.) en el ejido de Tres Arroyos, una propiedad rural en San Vicente (765 has.), una casa-quinta en San Fernando, todos partidos de la provincia de Buenos Aires y una treintena de propiedades en la ciudad de Buenos Aires.3

Santamarina no escribió nada sobre su vida. Su historia ha podido ser reconstruida a partir de los datos aportados por uno de sus hijos –Ramón Santamarina (h)- en una biografía, más las crónicas aparecidas en diversos diarios y revistas, los relatos dejados por personas que lo conocieron, la reconstrucción realizada por otros autores y los testimonios ofrecidos por sus descendientes, que permitieron corroborar y ensamblar el conjunto de los datos. Una rica fuente adicional de información proviene de su archivo privado: juicio de sucesión, libros contables, libros de trabajos diarios, etc. Estos materiales han proporcionando información variada sobre una misma persona con diferentes grados de objetividad, lo que permitió recuperar, parcialmente, una secuencia temporal de continuidad.

Ramón Santamarina llegó al Río de la Plata en 1840 cuando tenía trece años de edad, como parte del grupo de los llamados “inmigrantes tempranos”. Según los relatos consultados, su infancia en Galicia habría estado marcada por un destino familiar trágico. ¿Cuáles fueron, según Estrada, esas dramáticas circunstancias que convirtieron a un infante de familia noble y distinguida en un inmigrante huérfano, solitario y económicamente venido a menos?4 De su historia en tierra española, poco se sabe. Está registrado que nació un 25 de febrero de 1827 en Orense (España), bajo el nombre de Ramón Joaquín Manuel Cesário Santamarina, hijo de un Gentilhombre de Cámara y Capitán General de la Guardia de Corps del Rey Fernando VII, José García Santamarina y Varela y de Manuela Valcárcel y Pereyra, con Mayorazgo en Monforte y miembros de dos linajes solariegos de Galicia. El matrimonio Santamarina tenía además una hija menor, Dolores.

La vida de la familia Santamarina habría transcurrido en el anonimato si su padre, según cuentan los relatos, no hubiera perdido buena parte de su fortuna y prestigio a causa de un renombrado romance que mantuvo, según Pérez, con la hermana soltera de la condesa de Priegues, y según Estrada, con una distinguida señora casada con un personaje influyente de la corte.5 Esta situación habría motivado, a instancias de su suegra, que le fuera aplicada una severa sanción disciplinaria: la conminación a renunciar a sus funciones militares en el Palacio, lo cual lo habría llevado a un profundo estado depresivo que terminó con su vida.

Aquí nuevamente las versiones se contraponen. Pérez señala que Don José Santamarina, acompañado por su hijo Ramón, concurrió a La Coruña, capital de las provincias gallegas y sede de la Capitanía, al llamado del Capitán General para recibir su reprimenda; en cambio, Estrada indica que estando con su familia en dicha capital gallega, invita a su hijo a pasear al Faro de la Torre de Hércules, en la punta Herminia, donde acabará con su vida. La versión de Costa, especifica que al tratarse de las vacaciones de Ramoncito, lo invita a realizar una excursión a caballo y al desmontar en la explanada de la Torre, el Capitán saca su pistola y se pega un tiro en la sien. Su madre, Manuela Valcárcel, muere semanas más tarde (seguramente de depresión).6

En ese momento, comienza la historia de un huérfano. Los relatos muestran al pequeño Ramón trabajando en el puerto de La Coruña, en la carga y descarga del equipaje de los pasajeros. Luego, sus tíos Valcárcel lo habrían internado en un orfelinato para niños pobres en Santiago de Compostela mientras que su hermana habría sido recogida por su abuela materna. Después de cinco años de estudios en ese internado, Santamarina escapa del asilo ayudado por un sacerdote, quien habría concertado con un amigo, capitán de un velero contrabandista que partía hacia Buenos Aires, su refugio como grumete. El por qué del escape después de cinco años; el por qué de la ayuda y protección de este sacerdote; el por qué del embarco en un velero con un destino tan lejano e incierto, son cuestiones imposibles de responder ante la falta de comprobación directa que podría darle a esta historia un carácter de verdadera aventura.

Sin cartas de recomendación, sin parientes ni amigos, sin previo conocimiento de estas tierras, “con tan solo una moneda de oro de cinco duros”, según los relatos, obsequio de ése sacerdote al partir, Ramón Santamarina desembarcó en el puerto de Buenos Aires un día cualquiera de 1840.

Según parece, el primer trabajo que consiguió en el Río de la Plata fue pasar bueyes con carretas de un lado al otro del Riachuelo para lo cual se necesitaba de una gran fortaleza física. Su hijo, Antonio Santamarina, describe en qué consistía este duro oficio de carrero: “Cruzaba el Riachuelo a nado, con una soga atada a la muñeca, para conducir a los bueyes que tiraban de las carretas encargadas de llevar provisiones a la capital. Solía permanecer muchas horas en el agua sin dar tregua a su trabajo”.7

En sus horas libres, continúan los relatos, enseñaba como maestro de escuela a leer y escribir a los chicos del barrio de Barracas, donde se afincó inicialmente. Poco después, en fecha que no se conoce a ciencia cierta, se empleó en un Café-Hotel, el de Las Cuatro Naciones, ubicado en el Mercado Viejo, y por lo tanto asiduamente frecuentado por los habitantes del sur de la provincia de Buenos Aires. Aquí también se requería de una gran fortaleza física, pues las largas jornadas de trabajo que exigía la atención de un comercio sólo le dejaba pocas horas de descanso, por lo cual, después de unos meses, el cansancio y la fatiga eran tales que le fue imposible proseguir con el trabajo.

En sus continuos viajes a la Plaza Constitución -punto de concentración de carretas que transportaban personas y los llamados “frutos del país” provenientes del sur de la provincia de Buenos Aires-, llevando los bagajes de los pasajeros-huéspedes, habría entrado en contacto con algún carrero que lo empleó como boyero en una tropa de carretas y así llegó a Tandil en 1844.

No se sabe si fue el azar o una decisión personal lo que motivó que Santamarina se contratara en esa tropa de carretas rumbo a las sierras del Tandil y consiguiera su primer trabajo en esas tierras como peón de campo en la estancia San Ciriaco de Ramón Gómez (uno de los más antiguos y ricos propietarios del partido). Hasta aquí los hechos-relatos han descrito el caso de un inmigrante común que hizo lo que todo inmigrante debió hacer: buscar trabajo entre las varias alternativas posibles y comenzar así el costoso aprendizaje de la diferenciación.

Logrado cierto ahorro y adquirido los conocimientos necesarios sobre los trabajos de campo, según señala Estrada, se inicia en el comercio de cueros, donde llegó a tener cuarenta hombres a su cargo que carneaban de 200 a 300 reses diarias. La carne era destinada al abastecimiento de las tropas del Gral. Díaz Vélez en la frontera en lucha contra el indio y los cueros eran destinados a la exportación. La tarea no era sencilla porque, como señala su hijo Ramón en su biografía, “Tandil quedaba muy lejos de Buenos Aires y los peligros abundaban”.8

Tandil distaba sesenta leguas del mercado de Buenos Aires y, hasta la llegada del ferrocarril en 1883, la comunicación dependió de los servicios de chasquis, carretas y galeras. En 1846, Santamarina adquirió una carreta, estableciendo así el primer servicio de carretas Tandil-Buenos Aires-Tandil. Esa primera unidad se fue multiplicando y la empresa llegó a tener un total de 24, y se “convirtió en una caravana famosa que fue vehículo de todo”.9

Durante largo tiempo, Santamarina realizó continuos viajes a la capital con sus carretas, trayendo toda clase de mercaderías para abastecer los almacenes de campaña y proveer a una parte de las fuerzas defensoras de la zona a cargo del Coronel Benito Machado. Por estas diligencias, se dice, recibió en pago documentos a cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires que luego transformaría en tierras a las que fue poblando de hacienda y donde fue instalando sus propios almacenes de campaña; inició así la formación del grandioso patrimonio que se mencionó previamente.10




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