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Anarquismo y organización


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CAPÍTULO 3

El susodicho carácter del movimiento se transformó paulatinamente después de la guerra franco-alemana y sobre todo después de la espantosa caída de la Comuna de París. El triunfo de Alemania y de la política de Bismark originó en Europa un nuevo hecho histórico del que no se pudo librar más. La aparición en el centro de Europa de un Estado militar-burocrático equipado con todos los medios de poder, ha tenido que influir inevitablemente en el desarrollo de la reacción general que levanto entonces cabeza por todas partes. En efecto, también eso fue la causa. El centro del movimiento obrero europeo fue arrojado de Francia a Alemania contribuyendo allí al desarrollo del movimiento social-demócrata, el que en el transcurso de su desarrollo influyó resueltamente, salvo pocas excepciones, en los demás países. De esa manera, de un lado nació el periodo infortunado, en el que Europa cada vez caía más como víctima de la militarización general qué partía de Alemania, mientras que del otro lado del movimiento obrero en general, bajo la continua influencia de la floreciente social-democracia alemana, se hundía cada vez más en desesperado posibilismo.



En los países latinos donde el ala libertaria de la Internacional ha tenido la más fuerte influencia al principio del séptimo decenio (del siglo XIX) se desencadenó una reacción salvaje. En Francia, donde los mejores y más inteligentes elementos del movimiento obrero hallaron la muerte en la horrenda caída de la Comuna, o fueron desterrados a Nueva Caledonia, si no lograban huir al extranjero y llevar allá la vida intranquila y apenada del refugiado, fueron reprimidas todas las organizaciones obreras por el gobierno y la prensa revolucionaria fue prohibida. Otro tanto se repetía dos años más tarde en España después de la represión sangrienta del movimiento cantonalista y la capitulación de la Comuna de Cartagena. Instantáneamente fue suprimido todo el movimiento obrero y toda noticia pública del movimiento revolucionario durante años fue imposible. En Italia se provocaba a los miembros de la Internacional como si fuesen bestias salvajes, y la propaganda pública se hizo tan difícil, obligando así a recurrir a las organizaciones secretas por las que estaban más inclinados que los camaradas de otros países debido a sus viejas tradiciones de las sociedades secretas de los Carbonarios y los Mazzinianos.
De esa manera, debido a las atroces persecuciones que debía soportar el movimiento anarquista, durante largos años, desapareció de la vida pública en los países latinos, viéndose obligado a crear un refugio en las sociedades secretas. Como el periodo de reacción duro más de lo que creyó la mayoría, el movimiento adquirió lentamente una nueva psicología, que fue fundamentalmente distinta de su anterior carácter. Los movimientos secretos son ciertamente capaces de desarrollar, en su círculo limitado, un grado superior de disposición al sacrificio y al sufrimiento físico en los individuos en bien de la revolución, pero les falta el contacto amplio con las masas populares, lo único que es capaz de fructificar su eficacia y de conservarlos durante largo tiempo, frescos y con animación. Por eso ocurre que cada uno de los adherentes de esa especie de movimientos pierden, sin darse cuenta, toda noción exacta de los verdaderos acontecimientos de la vida real y el deseo se convierte en padre de sus pensamientos. Pierden lentamente el sentido de la actividad constructiva y su pensamiento evolutivo toma una dirección puramente negativa. En resumen, inconscientemente pierden la concepción de un movimiento popular. Ese proceso evolutivo original ocurre a menudo con sorprendente rapidez y, en pocos años, da un carácter bien distinto a un movimiento cuando las circunstancias exteriores, es decir, ciegas persecuciones por parte de los gobiernos, favorecen el desarrollo de organizaciones secretas.
Se comprende que, en épocas de reacción general, cuando los gobiernos cortan de un movimiento toda posibilidad de vida pública, la organización secreta es el único medio para conservar ese movimiento, pero, al reconocer ese hecho, no debemos continuar ciegos frente a los inevitables defectos, de esas organizaciones y de vanagloriar su importancia. Una organización secreta puede considerarse siempre tan solo como un medio, que el peligro del momento justifica, pero nunca podrá impulsar con éxito, ni poner en marcha una revolución social. En la propia atmósfera de las reuniones secretas con suma facilidad el individuo olvida ese hecho irrefutable. La influencia mág1ca que esas corporaciones ejercen sobre los elementos jóvenes, románticamente dispuestos, es un poderoso estorbo a una observación clara de la propaganda real y enceguece a muchos frente a la desnuda realidad. Todo se ve como por medio de un sueño, no como es en verdad sino como se quisiera que fuese.
Las organizaciones secretas de los viejos revolucionarios rusos contribuyeron enormemente, pero a pesar de eso tuvieron que ensangrentarse lentamente y sus ideas no pudieron alcanzar a la multitud. El movimiento se hizo recién invencible cuando por el desarrollo de la industria rusa, las grandes masas del proletariado, y en parte también los campesinos, se compenetraron de las ideas socialistas.
Además de esto, un movimiento clandestino está ligado a una serie entera de defectos graves, que inevitablemente proceden de su propia existencia. En primera línea se encuentran en continua lucha con los guardadores del orden estatal, que espían siempre y por todas partes para descubrir conjuraciones o si es necesario crearlas por sus propios provocadores. Esa lucha inquebrantable que obliga al conspirador a buscar continuamente nuevas reglas de seguridad, aparte de que ocasiona un enorme desgaste de energías, engendra también una permanente desconfianza morbosa en todos, la que se convierte en una segunda naturaleza. La sospecha se introduce en todas partes silenciosamente y destruye para siempre infinidad de vidas humanas. Me basta recordar aquí al affaire Poucquart, que se convirtió no sólo en la tragedia de su propia vida, sino que mucho tiempo dividió espantosamente el movimiento, paralizando sus fuerzas. Es también evidente que las luchas personalistas han de tomar en tales movimientos caracteres fatales tanto más graves cuanto más limitado sea el círculo de sus actividades. Recordemos las luchas amargadas entre Barbes y Blanqui, en las sociedades secretas durante el gobierno de Luis Felipe, las que paralizaron por un tiempo largo las actividades de sus organizaciones.
Todos estos acontecimientos colocan sobre los movimientos clandestinos un sello propio y tienen una influencia poderosa sobre la estructura espiritual de sus miembros. Perjudican el desarrollo espiritual de esos movimientos y sus aptitudes creadoras, porque están siempre obligados a sobreponer su eficacia destructiva.
En tal período de reacción y de relaciones secretas, entró el movimiento anarquista en el último decenio del siglo pasado y es natural que no se haya logrado librar de la influencia de la nueva atmósfera. Durante el transcurso de varios años, en las filas anarquistas se acostumbró considerar a la actividad clandestina como un estado normal. Los nuevos elementos que se plegaron al movimiento, en el período conspirativo, tenían una inclinación especial a considerar la organización secreta y su actividad como consecuencia lógica del movimiento anarquista, la que debía anteponerse a toda actividad pública. Un concepto en ese sentido defendió el Comité Italiano para la Revolución Social en una extensa carta al Congreso de la Internacional, que se verificó en noviembre de 1874, en Bruselas. En el susodicho manifiesto se rechaza toda actividad pública de los revolucionarios por peligrosa. Dicen:
Las represiones en masa implantadas por los gobiernos, nos obligaran a una conspiración totalmente secreta. Como esa forma de organización es muy superior, nos congratulamos porque las persecuciones concluyeron con la Internacional pública. Continuaremos el camino secreto; lo hemos elegido como el único que puede conducirnos a nuestra meta: la Revolución Social.
Ésta fue la situación del movimiento cuando varios social-demócratas radicales alemanes en el extranjero, lo llegaron a conocer. Las grandes luchas ideológicas en el seno de la Internacional pasaron para el proletariado alemán casi sin dejar huella. Sobre todo, apenas se distinguía la influencia de la gran Alianza Obrera en Alemania. Los contados viejos precursores del anarquismo en Alemania, ya habían sido olvidados hace tiempo, mientras que los trabajadores alemanes comenzaron por organizarse autonómicamente. Los escritos de Carlos Grun, Moises Hess, Guillermo Marr, etc. eran por ellos completamente ignorados, como también las valiosas traducciones de Proudhon, las que por el cuarto y quinto decenio (del siglo XIX) fueron publicadas en Alemania. Todo el movimiento estaba entonces bajo la total influencia de los social-demócratas.
Las espantosas persecuciones al movimiento anarquista en los países latinos ahuyentaron a una gran cantidad de refugiados a la Suiza francesa. Allí se encontraron franceses, italianos, españoles. Dicho círculo se agrandó cuando en Alemania, se implantó la ley contra los socialistas, y muchos alemanes tuvieron que refugiarse en el extranjero debido a las persecuciones. La Federación del Jura, que tuvo gran influencia en Suiza en el último decenio, desplegó una vivaz propaganda en la que participaron los refugiados. En esa esfera conocieron el anarquismo obreros alemanes, como Emilio Werner, Eisenhauer y Augusto Reinsdorf. Fue justamente aquella fase evolutiva del movimiento, de la que hemos hablado, la que conocieron y que estampó un sello especial sobre su propia evolución. En el espíritu de aquella época consideraba al Arbeiter Zeitung que fue fundado en julio de 1876 en Berna, como el primer periódico anarquista escrito en alemán. Cuando el Reischtag adoptó, dos años más tarde, la ley contra los socialistas, y todo el movimiento socialista fue por este motivo declarado ilegal, naturalmente que tuvo que contribuir poderosamente a que la nueva tendencia se encarrilara en un sentido extremista.
Además hay que añadir un nuevo factor de suma importancia. En Rusia comenzó por entonces la terrible campaña de la Narodnaia Volia, contra los representantes del absolutismo zarista, la que se inflamó con una pasión no vista hasta hoy en la historia europea. Los actos de los revolucionarios rusos tuvieron una mágica influencia sobre el movimiento socialista de Europa, especialmente allí donde el movimiento fue perseguido por el gobierno. No hay nada que contribuya tanto a despertar en los hombres instintos violentos y sed de venganza como el incesante vilipendio de su dignidad. Hay que vivir un periodo así para poder apreciar exactamente su fatal influencia. Las eternas persecuciones de la policía, los bajos chicaneos a que se está expuesto diariamente, las disposiciones económicas y la provocación de todas partes, pueden desesperar al hombre más apacible. Cuando esto sucede a un hombre de gran valor personal, como Augusto Reinsdorf, a quien verdaderamente se perseguía de ciudad en ciudad como a una bestia salvaje, se comprende que su espíritu se desborde finalmente en pensamientos vengativos que han de tener una influencia decisiva sobre toda la manera y el sentido de su propaganda. Cuantas más víctimas son inmoladas, más se arraiga en su alma el deseo de venganza.
Se entiende que en tal estado de ánimo poca comprensión se puede tener para el desarrollo de ideas y para hechos creadores. La comunicación espiritual con la masa popular cada vez desaparece más y aún más en el grado que se desarrollan los aspectos extremos en cada revolucionario. A pesar de eso está bien convencido que de esa manera se acerca más al pueblo, cuando en realidad ocurre todo lo contrario. Es tanto como imposible de comprender la psicología especial de un hombre mientras desconocemos la atmósfera de la esfera en la que actúa. Y esa fue la causa en su más amplia acepción. El sentido para una gran actividad organizadora, sobre la base de la muchedumbre, para completarla con ideas nuevas y luego empaparse en la vida práctica del pueblo, un cambio mutuo eficaz sin el que es incomprensible un verdadero movimiento popular, ese sentido, poco a poco, se pierde del todo y da lugar a toda clase de alucinaciones que no tienen ningún contacto con la realidad de la vida. Tampoco puede ser de otra manera, pues toda actividad, por más extensa que sea, al margen de las multitudes, es debida al estado de excepción, más que a una ilusión. El gran pensamiento fructificador de una organización de las masas, como lo representaba la Internacional, queda poco a poco atrás. La organización se convierte en un pequeño núcleo de conspiradores, mientras cree que tiene cierta importancia, y naturalmente puede tener un campo de influencia bastante limitado. En este sentido concibió Reinsdorf la organización, respecto a la que, en julio de 1880, vertió en Freíheit de Most los siguientes pensamientos:
Cuando consideramos el por qué del terrorismo contra los trabajadores socialistas alemanes, por parte de una pequeña fracción de funcionarios del Reichtag y de periodistas, el que culminó con la expulsión del partido de Hasselmann y de Most, y la burla a los obreros social-revolucionarios y el desprecio de toda actividad revolucionaria, llegamos a la conclusión de que la causa de ese lamentable acontecimiento esta en los mismos obreros alemanes que con su organización centralista crearon ese partido fetichista, que se coloca en contra de toda acción individual y boicotea a todo el que se permite dudar de su infalibilidad. La gran lección que deben deducir de esos hechos los obreros socialistas alemanes es que, en el futuro, cuiden de su autodeterminación individual en contra de todo llamado jefe. Cada individuo debe tener el derecho de ajustar su acción revolucionaria, de acuerdo a su propia idea cada grupo independiente debe tener el derecho de emplear, en su terreno social, como medio de liberación el veneno, el puñal, la dinamita, sin ser por esto declarado irresponsable o de que está al servicio de la policía. Cada grupo debe también tener el derecho de unirse, para ciertos trabajos comunes, con uno o más grupos distintos sin ser acusado de que obra contra la táctica del partido y otras consideraciones artificiales y de palabrería que, hasta el presente, no tienen otro objeto que crear privilegios. Libertad de actividad revolucionaria para cada individuo y para cada agrupación, libertad para cada agrupación y para cada individuo referente a una coalición y, de esa manera, el aceleramiento de iniciativas y la confianza en las propias fuerzas del individuo, en beneficio de la causa, por medio de los hechos y lo que es más importante: la liberación del peso enorme del protectorado de jefes ineptos para la acción, ese es el resultado de una organización anti-autoritaria de labor socialista revolucionara.
En el número 39 de Freiheit (1880) toca otra vez Reinsdorf la organización anarquista y dice:
¿Cuál es el estado actual de la organización de los anarquistas? No se oye mucho de largos congresos, discursos y resoluciones; sin ser culpado de recalcitrante contra una llamada disciplina de partido (la palabra suena militarísticamente) cada agrupación y hasta cada miembro trabaja a su modo por la revolución, seguro del acuerdo solidario de los camaradas, cuando se trata respecto a un acto de propaganda. Pero un relámpago agudo en el Neva, un rápido brillar en el Deniester, un complot campesino en la Romania, un asalto armado a los empleados de impuestos en los valles de Sierra Nevada, una demostración colosal en la ciudad mundial a orillas del Sena o un combate con la policía en las costas republicanas de Aar, son los signos vitales que se traslucen de tiempo en tiempo y que demuestra que tienen siempre ante sus ojos el propósito: la destrucción de la sociedad actual.
Como es fácil observar, Reinsdorf concibe la organización casi exclusivamente bajo el horizonte de conjuraciones y actos terroristas. Alrededor del mismo punto de vista estaban colocados todos los anarquistas de esa época. La esencia natural del anarquismo no la conocieron, o la conocieron bastante superficialmente y sin ninguna perfección y, la mayoría de ellos, confundieron en forma circunstancial una necesidad del movimiento con el ser substancial de la propaganda anarquista. De ese modo sucedíale a menudo a Reinsdorf que se extraviaba en ideaciones puramente blanquistas y sin darse cuenta se dejaba influenciar por ideas extremadamente autoritarias. Por ejemplo en septiembre de 1880 en una correspondencia en Freiheit exhorta a los trabajadores alemanes a estudiar detenidamente el Catecismo del revolucionario, el que equivocadamente atribuye -como lo hicieron muchos otros- a Bakunin y que en verdad pertenece a Netschaiev y, justamente ese documento que tanto le entusiasmó es la negación de todo sentimiento personal, de toda personalidad en general. Pero eso no le sucedió a Reinsdorf solamente. El llamado Comité ejecutivo revolucionario de New York del que tanto habló John Most por los años ochenta y tantos (del siglo XIX), pero el que con toda seguridad existía más en la imaginación que en la realidad, no fue de manera alguna producto de las ideas anarquistas. En tales periodos de reacción general cuando los movimientos revolucionarios sólo pueden existir clandestinamente, son inevitables esos confusionismos. Es una atmósfera de errores de la que nadie puede librarse completamente.

CAPÍTULO 4


Así como los anarquistas de aquel periodo exageraron el significado de las organizaciones conspiradoras, de la misma manera sublimaron, al correr del tiempo, la importancia de los actos individuales alcanzando esto último proporciones lejanas, llegando muchos de ellos hasta ver en la llamada propaganda por el hecho el punto esencial del movimiento. Los actos terroristas individuales de caracteres apasionados son concebibles y explicables en periodos de reacción desenfrenada y de persecuciones atroces. Estos medios no fueron solamente empleados por los anarquistas. Hasta se puede afirmar tranquilamente que, comparándolos con los partidarios reaccionarios del terrorismo individual, los anarquistas fueron unas simples criaturas inocentes. De todos modos, queda bien establecido que estos actos en sí, nada tienen que ver con los anarquistas. Como seres humanos, igual que todos, estados determinados incitaron a algunos anarquistas a cometer determinados actos, como también solía ocurrir con personas de distintas tendencias ideológicas. Solamente, debido a las espantosas persecuciones de que son objeto los anarquistas en los diversos países, puede explicarse el por qué la importancia de esos actos fue exagerada en los sectores anarquistas de aquel periodo.


Los actos individuales nunca pueden servir de fundamento para un movimiento social y de manera alguna son capaces de transformar el sistema social. Solamente pueden, en ciertos tiempos, atemorizar a algunos sostenedores del sistema existente pero no influyen en absoluto sobre el sistema mismo. Eso tampoco fue afirmado por los anarquistas. Solamente ciertos individuos pueden ser inducidos por procederes terroristas y ese solo hecho es la mejor demostración que sobre la base de individuos no se puede edificar un movimiento Las transformaciones sociales son solamente factibles por movimientos de multitudes. Así lo comprendieron los anarquistas del primer periodo y por lo mismo dedicaron lo principal de sus actividades a la propaganda entre las masas y trataron de relacionarlas en uniones económicas y en centros de estudios sociales. Recién más tarde, cuando la siempre creciente reacción concluyó con esa actividad y el movimiento anarquista fue perseguido por las autoridades, se desarrolló en ella la tendencia de la que ya hemos hablado.
Bajo el dominio de la Ley contra los socialistas en Alemania, el movimiento anarquista desarrolló una actividad subterránea, pero que, se limitó solamente a la distribución clandestina de los periódicos y folletos publicados en el extranjero. Órganos anarquistas como Freiheit de Most y Warheit que también aparecía en New York y especialmente Autonomía de Londres fueron introducidos a Alemania por las fronteras belga y holandesa. La difusión de esa literatura estaba sujeta a infinidad de víctimas y los compañeros que caían en las garras de las autoridades fueron casi todos sin excepción castigados con la prisión. Bastante fuerte nunca lo fue el movimiento, porque siempre tenía que luchar con inmensas dificultades y no sólo tenía que soportar toda especie de persecuciones por parte del gobierno, sino que también los ataques odiosos e intolerables de los jefes social-demócratas, duchos en toda clase de vilipendios. De esa manera Guillermo Liebknecht calumnió a Augusto Reinsdorf, acusándolo de que estaba al servicio de la policía cuando ya lo habían condenado a muerte.
Existieron grupos en Berlín, Hamburgo, Hannover, Magdeburgo, Francfort del Mam, Maguncia, Manheim y en otras diversas ciudades en el bajo Rhin, en Sajonia y en el sur de Alemania. La mayoría de los miembros, especialmente en los años posteriores durante la Ley contra los socialistas, estaba compuesta de jóvenes entusiastas, que más concibieron el anarquismo con el sentimiento que con la razón. Pero no es del todo extraño, puesto que la literatura anarquista en lengua alemana no podía gloriarse de un rico contenido. Además de Dios y el Estado de Bakunin había contados folletos de Kropotkin, Most y Poucquart. Esto fue toda la pequeña riqueza. Tampoco hay que olvidar que las palabras de fuerte sustancia de Most influyeron entonces más sobre nosotros, la juventud, que las sencillas exposiciones de Kropotkin. Psicológicamente es fácil entenderlo. En un país donde estaba prohibida la palabra libre, se sobreentiende que las expresiones más radicales han debido tener mayor éxito, aunque esas expresiones no hayan sido profundizadas.
Con la caída de la Ley contra los socialistas en 1890 se verifico también un cambio en el horizonte anarquista de Alemania, de considerables proporciones aún cuando se opero con lentitud. La oposición dentro de la social-democracia, que ya se podía notar bien durante las últimas fases de la ley de excepción, salió ahora públicamente ocasionando disgustos a los viejos jefes del partido. Los viejos intentaron toda clase de recursos para conformar a los jóvenes y al no lograrlo se declararon abiertamente por una ruptura, llegando a tal extremo que los oradores de la oposición fueron expulsados durante la convención de Erfurt en 1891. Los expulsados fundaron entonces una nueva organización, el Partido de los Socialistas Independientes, fundando un órgano propio en Berlín, Sozialist.
Estos hechos facilitaron también a los anarquistas públicamente con sus ideas, siendo Berlín el punto donde se celebraron las primeras conferencias anarquistas. Dos años más tarde se llego hasta el intento de fundar un órgano anarquista propio en Alemania, pero el Arbeiter Zeitung que se titulaba órgano de los anarquistas de Alemania y que debía aparecer en noviembre de 1893 en Berlín, fue inmediatamente confiscado por el gobierno. Toda la edición del primer número, exceptuando algunos ejemplares, cayó en poder de la policía. Mientras tanto el Sozialist evolucionaba cada vez más en dirección al anarquismo, hasta que finalmente bajo la dirección de Gustavo Landauer, hubo una ruptura en el seno de los socialistas independientes y la mayoría se declaró por el anarquismo. Desde entonces el Sozialist fue netamente anarquista.
Entonces, es decir en la mitad del noveno decenio, fue quizá posible organizar los diversos grupos anarquistas en Alemania y de esa manera colocar el fundamento para un movimiento saludable y vigoroso. Efectivamente, una parte de los anarquistas alemanes tenían esta intención, pero justamente fue entonces cuando comenzaron las discordias intestinas que durante años sacudieron a todo el movimiento joven. Todo un diluvio de ideas distintas se volcó sobre el nuevo movimiento anarquista, las que llevaron una espantosa confusión a los espíritus. Si el movimiento hubiera tenido la posibilidad de desarrollarse públicamente algunos años sin contratiempos y poder fortificarse espiritualmente, muchas ideas que adquirieron entonces habrían ayudado a acelerar y fructificar su evolución espiritual. Desgraciadamente no se encontraba en esa afortunada situación. A la mayoría de sus partidarios de entonces les faltaba la madurez espiritual que les pudiera habilitar independientemente para probar y valorizar críticamente todas las nuevas ideas que se introducían tan de improviso en su seno.
El 99% de los anarquistas de Alemania no tuvieron entonces una idea siquiera del origen y de las aspiraciones del movimiento anarquista. Por medio de los periódicos y folletos anarquistas que aparecían en el extranjero llegaron a conocer superficialmente una fase determinada de la lucha, pero las circunstancias que mediaron para la nueva forma del movimiento, fueron para ellos completamente desconocidas. Los compañeros que alcanzaron a conocer el periodo de conspiración del movimiento en Alemania, todos sin excepción eran partidarios del anarquismo comunista. De otra tendencia antes no se supo siquiera. En 1891 apareció en Munich la conocida novela de Juan Enrique Mackay Los anarquistas. El susodicho libro hizo mucho ruido en los círculos anarquistas de Alemania, a pesar de su bien floja base teórica. En las reuniones de agrupaciones y en las disertaciones nocturnas se entablaban discusiones sin fin sobre la cuestión: ¿Anarquismo comunista o anarquismo individualista? No eran pocos los que llegaron a la conclusión de que el llamado individualismo representa en sí la verdadera dirección ideológica del anarquismo. Algunos se fueron tan lejos después de Mackay, que hasta llegaron a disputar seriamente a los de tendencia comunista el derecho de llamarse anarquistas. Es notable que los prosélitos más fanáticos de la libertad son justamente aquellos que quieren limitarla estrechamente.
Un año más tarde apareció en la Biblioteca Universal de Reclam una nueva edición de la obra de Stirner, El Único y su Propiedad, la que ya había sido casi completamente olvidada. (La segunda edición que apareció en 1852, fue poco divulgada y en los centros anarquistas quedó casi desconocida por completo). La reaparición de esa obra extraña es un acontecimiento importante para el movimiento anarquista en Alemania. Solamente un pequeño porcentaje tenía una idea cabal del tiempo y de las circunstancias en que apareció la obra de Stirner. Las grandes luchas ideológicas del periodo anterior a 1848 fueron hace bastante tiempo olvidadas y por lo consiguiente se comprende que muchos de los que se embucharon ávidamente el Único, no las conocían o si las conocían era pobremente y no como para interpretar los agudos ataques polémicos del libro. Es fácil presumirlo, porque aquel periodo no dejó ningún rastro de literatura que nos presente valores contrarios a las luchas de aquel tiempo remoto. Por eso la obra de Stirner se convirtió para muchos en un nuevo Manifiesto, una especie de última verdad que no puede ser superada. Aunque resulte paradójico, esa obra clásica de negaciones, que seguramente no tiene otra igual en toda la literatura, se convirtió, para muchos anarquistas de aquel tiempo, en una nueva Biblia la que fue de muchas maneras comentada e interpretada y desgraciadamente comentadores no faltaron. Creo que es una tragedia de todos los grandes espíritus, o quizá del espíritu en general, que justamente las cabezas más obtusas y los charlatanes más sosos se consideran siempre prontos para aparecer como sus apóstoles. Con Stirner y Nietzsche ya sobrepasa la medida. y esto verdaderamente no lo merecieron. En muchos grupos anarquistas se encontraron comentadores stirnerianos que siempre estaban prontos con un comentario de la egocracia -que, dicho sea de paso, no comprendieron- e imposibilitaron toda obra razonable. Es decir, en cada grupo naturalmente uno sólo de esos espíritus podía figurar, porque en cuanto aparecía otro espíritu en la agrupación era inevitable la ruptura y originaba la inmediata fundación de una nueva agrupación. Esos alemanes combatían principalmente toda actividad organizadora mirando de arriba abajo, con orgullo despectivo al gran rebaño. Llegaron hasta a olvidar que el mismo Stirner otorga un valor relativo a la organización cuando habla de las Sociedades de egoístas. Tuve oportunidad de estudiar a algunos de los que siguen su propio camino, los que siempre estaban prontos con sus frases banales, rebaño vacuno, e idiotismo de masas y la experiencia me demostró que la mayoría de estos extraños santos estaban siempre a la altura del simple hombre del pueblo y que para muchos de ellos el epíteto al margen de las masas les estaba como pintado. Lo mismo ocurría con la herejía autoritaria de esos señores. Acechaban caer siempre sobre alguna autoridad y reducirla a ceniza pero ellos mismos fueron siempre la gente más intolerante que se pueda concebir, e imbuidos de una terquedad y oposición enfermiza que imposibilitaba simplemente colaborar con ellos durante un tiempo.
Pero no fueron ellos las únicas nuevas influencias sobre el movimiento joven, aunque sin duda tuvieron la eficacia más perjudicial. En 1892 apareció la obra del Dr. Benedicto Fridlander El socialismo libertario en contraposición a la esclavitud estatal de los marxistas, libro muy digno de ser leído, que hizo recordar a los anarquistas la obra vital de Eugenio Duhring, que era también desconocida por la mayoría de los jóvenes. Esto impuso a muchos anarquistas el estudio de las obras de Duhring, especialmente cuando la nueva tendencia comenzaba a editar en 1894 un órgano propio Der moderne Volkergeist (El espíritu popular moderno) que les facilitaba la propagación más intensiva de sus ideas.
Además el movimiento en pro de la tierra libre que por entonces propagaba Teódoro Hertzka, influyo de una manera tan poderosa sobre el movimiento anarquista, que resulta imposible valorizarla. Sus obras Tierra libre, Un viaje a Tierra libre, etc., fueron muy leídas en los centros de los anarquistas alemanes y muchas veces comentadas en el Sozialist.
En 1894, el Dr. Bruno Wille publicó su obra Philosophie der Befreiung durch das reine Mittel (Filosofía de la emancipación por un medio puro), la que también provocó grandes divergencias de opiniones, porque trajo nuevamente al tapete la cuestión sobre el empleo de la violencia como un medio táctico de lucha, medio que naturalmente Wille rechazaba. Se podría hablar aquí de algunas otras cosas que han tenido una mayor o menor influencia sobre el desarrollo del movimiento anarquista en Alemania, pero basta con señalar las corrientes más importantes. Repetimos nuevamente que, todas esas ideas y aspiraciones nuevas que circundaron al movimiento joven, podrían resultarle útil y ventajosas, si tuviera el tiempo suficiente para fortificarse espiritualmente y establecer una base para su actividad. Pero como lamentablemente no fue así, todas esas nuevas tendencias obraron como la pólvora sobre el movimiento joven, destruyéndolo interiormente cada vez más. La redacción del Sozialist, que halló en Gustavo Landauer un admirable representante, se empeñó grandemente en unir y educar al movimiento por dentro, pero no fue trabajo fácil y se hizo cada vez más difícil por las persecuciones atroces y los chicaneos policiales que el movimiento tuvo que soportar. Los atentados de Ravachol, Vaillant, Henry, Pallás y otros que ocurrieron en Francia y España enloquecieron a la policía alemana induciéndola a perseguir atrozmente a los anarquistas. Las persecuciones cayeron sobre el movimiento como un granizo y en especial fueron dirigidas contra los editores del Sozialist al que se pretendía destruir a toda costa. En el corto tiempo de su existencia, es decir de noviembre de 1891 hasta enero de 1895, no menos de 17 redactores responsables fueron acusados y con excepción de dos que lograron huir al extranjero, fueron todos condenados, y cuando estos medios no dieron más resultado se llegó hasta violar las leyes, con el objeto de terminar con ese periódico tan odiado, hasta que finalmente lo consiguieron.

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