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Anarquismo y organización


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Anarquismo y organización” de Rudolf Rocker

ANARQUISMO Y ORGANIZACIÓN

Rudolf Rocker

NOTA EDITORIAL

La edición de la presente obra de Rudolf Rocker persigue fundamentalmente:


1. Acabar con el mito basado en el hecho de que el anarquismo, como teoría política, se opone a cualquier forma de organización;
2. Dar a conocer a grandes rasgos un periodo de la historia del anarquismo alemán.
Escogimos este ensayo porque el desempeño del autor dentro del movimiento anarquista germano le autoriza a tratarlo con evidente enfoque crítico y a que además su militancia en el foro del anarquismo internacional sienta las bases de credibilidad a su análisis del punto organizativo.
Como este trabajo fue elaborado en la década de 1920, nos corresponde intentar actualizar sus ideas principales que son:
A) En el plano del desarrollo teórico-práctico internacional, los autores anarquistas clásicos o sea, Pierre-Joseph Proudhon, Mliguel Bakunin y Pedro Kropotkin no elaboraron ninguna teoría anti-organizacionista.
B) En el plano del desarrollo del movimiento anarquista alemán, la falta de preparación política anarquista de cierto sector militante anuló definitivamente la cabal comprensión de los objetivos propiamente anarquistas dando lugar a que los mismos vocablos anarquismo, anarquista y anarquía, se les concediera significados cada vez más alejados de su original sentido llegando al extremo de interpretarlos en el mismo sentido que la burguesía.
C) En lo referente al descubrimiento hecho por J. Mackay de los escritos de Johann Gaspar Schmidt (mejor conocido como Max Stirner), el grado de incongruencias que éstos soliviantaron en un sector del movimiento anarquista alemán e incluso internacional, culminó en la negación absoluta de cualquier intento organizativo.
Sobre el primer punto habría mucho que agregar pero eso no corresponde a los objetivos que nos hemos propuesto ya que las alternativas organizativas dadas por los clásicos y por los no clásicos son numerosas.
Por otra parte, es preciso que levantemos una crítica al análisis que realiza Rocker de la desorganización del movimiento anarquista alemán. Esboza su desarrollo, exponiendo la realidad por él vista y vivida de la continua negación de ciertos grupos para organizarse en el seno de la Federación Anarquista Alemana; pero omite señalar, ubicar y explicar cuándo, dónde y por qué surgió la susodicha federación. Esto es, no precisa a qué necesidades respondía; si era efectivamente un organismo o un simple... cadáver. De las dos partes en supuesto conflicto -federación y grupos anti-federación- pone en tela de juicio la actitud de los segundos pero no aborda, y de aquí nuestra crítica, las posiciones teóricas y prácticas de los miembros de la federación.

Resumiendo, según Rocker, la responsabilidad de que el anarquismo en Alemania no haya progresado en aquella época, recaía en la actitud hostil de los supuestos anti-organizadores cuando en realidad, y si vemos esto objetivamente, tal responsabilidad debe ser imputada a la F. A. A., puesto que si era la Federación la que estaba directamente interesada en organizar a los diversos grupos anarquistas, a ella sola le correspondía el buscar la manera de lograrlo y no a los anti-organizadores.


En lo relativo al segundo punto pensamos que este problema es actualmente mucho más pronunciado que en aquel entonces. Diversas causas lo han generado y, a nuestro parecer, las más importantes son:
1. La falta de divulgación, a nivel general, de las alternativas y planteamientos anarquistas a través de libros, folletos, periódicos, revistas, comix, etc.
2. Como consecuencia se origina un enclaustramiento de los grupos que trae un estancamiento tanto a nivel cultural como político, desembocando a su vez en una carencia de imaginación, investigación, creación, análisis y opinión. De ahí se generó el más espantoso monstruo ideológico de todos los tiempos: el fanatismo, que es antagónico a los planteamientos anarquistas. FANATISMO Y ANARQUISMO SON POLOS DIAMETRALMENTE OPUESTOS.
3. El auto-menosprecio entre los partidarios del anarquismo hacia su propia labor y la de los demás anarquistas, mientras que cualquier acción o declaración proveniente del exterior, ajena por sus propias características al anarquismo, es ampliamente comentada y discutida por los anarquistas mismos. Parece ser que se busca, inconscientemente tal vez, lo propio en lo ajeno. Las pocas publicaciones anarquistas de carácter periódico, sobreviven debido mucho más al esfuerzo constante de pequeños, en algunos casos pequeñísimos núcleos de individuos anarquistas, que debido al apoyo de la comunidad ácrata en general. No cabe duda que el origen de tales actitudes es el sentimiento derrotista que está presente. Quien se diga partidario del anarquismo y no intente nada en pro de las alternativas del mismo está trazando con su actitud el esquema de su futura derrota.
4. Producto de lo anterior lo constituye la falta de constancia en cualquier actividad que se inicia por lo general con un entusiasmo y un empeño sin par, pero pasado un corto periodo de tiempo, éstos se esfuman con sorprendente rapidez. El cansancio irrumpe y la poca o mucha labor realizada se desperdicia, además que el tiempo-vida invertido en ella se desaprovechó, lo que es lamentable. Esta inmadurez, esta inconsistencia en lo que se hace, ha sido, a lo largo de las dos últimas décadas, un denominador común en el seno del anarquismo.
En lo que se refiere al tercer punto, acerca del resurgimiento de las posiciones stirnerianas, pensamos que el fenómeno ha vuelto a presentarse siendo varias las causas que lo producen. Es evidente que la obra de Max Stirner El Único y su Propiedad, es un auténtico sacudimiento para todo lector joven, adolescente casi, inquieto, que busca afanosamente el medio idóneo para justificar su presencia en el mundo; y para que esta obra encuentre un importante núcleo de seguidores debe reinar una atmósfera propicia, cuyas bases a nuestro parecer se encuentran en los siguientes elementos:
1. Centros urbanos de desmedida proporción que forman un auténtico dique para la comunicación inter-individual;
2. Hacinamientos humanos de tan inhumanas proporciones que minimicen o destruyen el valor de cada individuo, reduciéndole prácticamente a cero;
3. Contornos arquitectónicos urbanísticos diseñados tan irracionalmente que son un cotidiano reto a la integridad individual.

Mientras tales características ambientales subsistan, el campo se encuentra suficientemente abonado para que los planteamientos stirnerianos florezcan. Y si no se resuelve, si no resolvemos, este problema, de sobra quedara el mencionar los criterios negativos a que en gran medida conducen. Mientras la atomización individual sea la constante, mientras gigantescos edificios pueblen las ciudades, mientras las avenidas sean diseñadas para máquinas contaminantes, mientras los medios de transporte colectivo sean diseñados para llevar carga y no seres humanos, las acciones anti-sociales, anti-comunitarias expresadas, con una amargura angustiante por cierto a lo largo de la obra de Stirner, continuarán presentes. Continuarán señalando a través de su propia irracionalidad, la irracionalidad ambiental que les dio origen, y ese nuevo Frankestein, ese endiablado Horla acosará a su propio creador y estará presente en el momento más felíz -profética advertencia shelleyniana- de su creador: el medio viciado y aberrantemente autoritario.


Esperamos que la presente obra sirva, por poco que sea, para intentar superar los vicios señalados, y que mediante autocríticas y enfoques objetivos podamos encontrar el hilo de Ariadna que nos haga abandonar el terrible laberinto en el que parece estamos.
Chantal López y Omar Cortés.

CAPÍTULO 1


Nada satisfactorio es que en los círculos anarquistas aún no se haya podido dilucidar esta cuestión, siendo que ella tiene tanta importancia para el movimiento anarquista como tal y para su desarrollo futuro. Justamente aquí en Alemania es donde las perspectivas de esta cuestión son más intrincadas. Naturalmente, el estado especial bajo el cual se desarrolló aquí el anarquismo moderno es en gran parte culpable de lo que hoy acontece. Una fracción de los anarquistas en Alemania rechaza en principio toda clase de organización con determinadas líneas de conducta y opina que la existencia de tales organismos está en contraste con la ideología anarquista. Otros reconocen la necesidad de pequeños grupos pero rechazan toda unión estrecha de los mismos, como por ejemplo, por medio de la Federación Anarquista Alemana, porque en esa fusión de fuerzas creen ver una restricción a la libertad individual y un tutelaje autoritario por parte de unos cuantos. Nosotros opinamos que estos puntos de vista nacen de una total confusión del origen de esa cuestión, es decir, de un completo desconocimiento de lo que se entiende por anarquismo.


Aunque en sus consideraciones sobre las diversas formaciones sociales y corrientes ideológicas el anarquismo parte del individuo, es no obstante, una teoría social que se ha desarrollado autonómicamente en el seno del pueblo, pues el hombre es ante todo una creación social en la cual la especie entera trabaja, pausadamente, pero sin interrupción, y de la que siempre va tomando nuevas energías, celebrando a cada segundo su resurrección. El hombre no es el descubridor de la convivencia social sino su heredero. Recibió el instinto social de sus antepasados animales al traspasar el umbral de la humanidad. Sin sociedad el hombre es inconcebible. Siempre vivió y luchó dentro de la sociedad. La convivencia social es la precondición y la parte más esencial de su existencia individual, pero también es la preforma de toda organización.
Quizás el poderío de las formas tradicionales que observamos en la mayor parte de la humanidad no sea en el fondo más que una cierta manifestación de este profundo instinto social. Como el hombre carece de condiciones para interpretar exactamente lo nuevo, su fantasía ve en ello la disolución de todas las relaciones humanas y temiendo sumergirse entonces en el caos se sostiene convulsivamente en los moldes tradicionales históricos. Seguramente, es uno de los errores de la convivencia, pero nos demuestra al mismo tiempo cómo el impulso social está estrechamente ligado a la vida de cada individuo. Quien ignora o no concibe exactamente este hecho irrefutable jamás alcanzara a comprender con claridad las fuerzas impulsivas de la evolución humana.
Las formas de la convivencia humana no son siempre las mismas. Se transforman con el correr de la historia, pero la sociedad queda y obra incesantemente sobre la vida de los individuos. Quien se encuentre habituado a girar siempre en una misma esfera de representaciones abstractas -hacia lo cual los alemanes tienen especial inclinación- llegaría seguramente a arrancar al individuo de esas incalculables relaciones que lo atan a la multitud, pero el resultado de tal operación científica no sería el hombre sino su caricatura, un ente pálido sin carne ni sangre, que solamente llevaría una vida espectral en el mundo nebuloso de lo abstracto, pero que nunca ha sido encontrado en la vida real. Ocurriría lo mismo que a ese carretero que quiso desacostumbrar a comer a su burro y que gritó desesperado cuando éste murió: ¡Qué desgracia, si hubiera vivido tan sólo un día más, habría llegado a vivir sin comer!
Los grandes teorizadores del anarquismo moderno, Proudhon, Bakunin y Kropotkin, acentuaron siempre la base social de la teoría anarquista, convirtiéndola en punto de partida de sus consideraciones. Combatieron al Estado, no solamente como defensor del monopolio económico y de los contrastes sociales, sino también como el mayor obstáculo para toda organización natural que se desarrolle en el seno del pueblo, de abajo arriba, y que tienda a realizar tareas colectivas y a defender los intereses de la multitud de las agresiones cometidas en su contra. El Estado, el aparato político de violencia de la minoría privilegiada de la sociedad, cuya misión es la de uncir a la gran masa al yugo de la explotación patronal y al tutelaje espiritual, es el enemigo más encarnizado de todas las relaciones naturales de los hombres y el que siempre tratará de que tales relaciones se verifiquen solamente con la intervención de sus representantes oficiales. Se considera dueño de la humanidad y no puede permitir que elementos extraños se entrometan en su profesión.
Tal es el motivo porque la historia del Estado es la historia de la esclavitud humana. Solamente por la existencia del Estado es factible la explotación económica de los pueblos y su única tarea, puede decirse en síntesis, es la de defender esa explotación. Se convierte en el enemigo mortal de toda natural solidaridad y libertad -los dos resultados más nobles de la convivencia social y que evidentemente constituyen una sola y misma cosa- al intentar, por toda clase de artificios legales, restringir o por lo menos paralizar toda iniciativa directa de sus ciudadanos y toda fusión natural de los hombres para la defensa de sus intereses comunes. Proudhon ya lo había concebido exactamente y en su Confession d'un Révolutionnaire hace la siguiente aguda observación:
Consideradas desde el punto de vista social, libertad y solidaridad son dos conceptos idénticos. Encontrando la libertad de cada uno, no un impedimento en la libertad de los demás, como dice la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793, sino un apoyo, el hombre más libre es el que mayores relaciones tiene con sus semejantes.
El anarquismo, el eterno contrario de todos los monopolios, científicos, políticos y sociales, combate al Estado como protector de monopolios y enemigo feroz de todas las relaciones directas e indirectas de los hombres entre sí, pero nunca fue enemigo de la organización. Al contrario, una de las acusaciones de más peso, al aparato estatal de violencia, consiste en que encuentra en el Estado el mayor obstáculo para una organización efectiva, basada en la igualdad de intereses para todos. Los grandes comentadores de la concepción anarquista universal, comprendieron claramente que cuantos más intereses opuestos hubiera en las formaciones sociales de los hombres estarían más estrechamente ligados unos a otros y más elevado es el grado de libertad personal que el individuo goza dentro de la colectividad. Por eso vieron en el anarquismo un estado social en el que los deseos individuales y las necesidades de los hombres desbordan de sus sentimientos sociales y son más o menos idénticos a ellos. En lo que abarca el mutualismo hallaron el estímulo eficaz de toda evolución social y la expresión natural de los intereses generales. Por eso rechazaron la ley torniquete como medio de relación de las organizaciones y desarrollaron la idea del libre acuerdo como base de todas las formas sociales de organización. El predominio de las leyes es siempre el predominio del privilegio sobre la multitud que está excluida de prerrogativas y es un símbolo de violencia brutal, bajo la máscara del derecho nivelador.
Las personas que están ligadas por intereses comunes se crean tendencias comunes bajo forma de acuerdos libres que les sirven como norma de conducta. Una convención entre iguales es el fundamento moral de toda verdadera organización. Toda otra forma de agrupamiento humano es violencia y despotismo de prerrogativas. En ese sentido entendía Proudhon la idea de la organización social de la humanidad, la que expresa en su gran obra Idée générale de la Révolution du XIX siecle, en las siguientes palabras:
Colocamos acuerdos en lugar de leyes. Nada de leyes ya sean votadas por mayorías consentidas. Cada ciudadano, cada comunidad, cada corporación se hace su propia ley. En vez de la violencia política colocamos las fuerzas económicas. En vez de las antiguas clases de ciudadanos, nobles, burguesía y proletariado colocamos la categoría y especializaciones en las funciones: agricultura, industria, intercambio, etc. En vez de la violencia pública colocamos la violencia colectiva. En vez de los ejércitos permanentes colocamos las secciones industriales. En vez de la policía colocamos la igualdad de intereses. En vez de la centralización política colocamos la centralización de la economía ¿concebís ese orden sin funcionarios, esa profunda unión intelectual? No supisteis nunca qué es la unión, vosotros que sólo sabéis concebir con una parada de legisladores, polizontes y procuradores. Lo que llamáis unión y centralización es nada más que un eterno caos, que sirve de pedestal para una situación real sin otro propósito que la anarquía (naturalmente, Proudhon emplea aquí la palabra anarquía en su popular y falsa interpretación como desorden) de las fuerzas sociales, que hicisteis base de un despotismo que no podría existir sin esa anarquía.
Una dirección ideológica análoga desarrolló con frecuencia Bakunin en sus escritos y publicaciones conocidas. Recuerdo sólo sus conclusiones en el Primer Congreso de la Liga de la Paz y la Libertad en 1867 en Ginebra. De Kropotkin ya no queremos hablar aquí, porque sus obras principales son por todos bien conocidas. Señalaremos solamente su admirable libro El apoyo mutuo en el que estudia la historia de las formas de organización humana hasta en sus tiempos más remotos, proclamando la solidaridad, el resultado más maravilloso de la convivencia social, el factor más grande y poderoso de la historia de la evolución de la vida social.
Proudhon, Bakunin, Kropotkin no eran amoralistas como algunos de los rumiadores sosos de Nietszche en Alemania que se titulan anarquistas y son bastante modestos con considerarse super-hombres. No han construido con habilidad una llamada moral señorial y esclava de la que toda clase de conclusiones se pueden sacar, pero al contrario se preocuparon de investigar el origen de los sentimientos morales en el hombre y lo hallaron en la convivencia social. Estando lejos de dar a la moral un significado religioso y metafísico, vieron en los sentimientos morales del hombre la expresión natural de su existencia social que se cristalizo lentamente en determinadas conductas y costumbres y servía de pedestal para todas las formas de organización que salían del pueblo. Con especial claridad lo observó Bakunin y aún en mayor medida Kropotkin, quien se ocupo en esta cuestión hasta el final de su vida y nos hizo conocer los resultados de sus investigaciones en una obra especial, de la que hasta ahora se publicaron unos capítulos solamente (Origen y evolución de la moral, Buenos Aires, Ed. Americalee. N. d. E.). Ciertamente, porque observaron el origen social del sentido moral eran profetas tan fogosos de una justicia social que encuentra su expresión complementada en el eterno combate del hombre hacia la libertad individual y la igualdad económica.
La mayoría de los innumerables escritos burgueses y socialistas estatales que hasta ahora se ocuparon de la crítica del anarquismo, no notaron mayormente el hondo carácter básico de la doctrina anarquista, -en Guillermo Liebknecht, Plekanoff y varios otros, esto sucedió intencionalmente- porque solamente de esa manera se puede explicar el contraste artificial entre anarquismo y socialismo, absurdo e infundado, que aquellos pretenden notar. Para esta clasificación singular se han basado principalmente sobre Stirner, sin considerar que su obra genial no tuvo la menor influencia sobre el origen y la evolución del verdadero movimiento anarquista y lo más que Stirner puede ser considerado, como lo observa acertadamente el conocido anarquista italiano Luis Fabbri, es como uno de los más lejanos precursores y antecesores del anarquismo. La obra de Stirner El único y su propiedad apareció en 1845 y quedo completamente relegada al olvido. El noventa y nueve por ciento de los anarquistas no han tenido la menor idea de ese filósofo alemán y de su obra, hasta que alrededor de 1890 el libro fue desenterrado en Alemania y desde entonces fue vertido en diversas lenguas. Y aún desde entonces la influencia de las ideas de Stirner sobre el movimiento anarquista en los países latinos, donde las teorías de Proudhon, Bakunin y Kropotkin durante decenas de años han tenido ya su influencia decisiva en los extensos círculos de la clase obrera, fue bastante ínfima y nunca aumentó. En ciertas esferas de intelectuales franceses, que por aquel entonces coqueteaban con el anarquismo, y de los cuales la mayoría hace tiempo ya, que se han retirado al otro lado de las barricadas, la obra de Stirner hizo un efecto fascinador, pero la inmensa mayoría de los anarquistas de allá nunca ha tenido contacto con ella.
A ninguno de los primeros teorizadores del anarquismo se les hubiese ocurrido siquiera, que llegaría un día en que lo tildarían de a-socialista. Todos ellos se sentían socialistas, porque estaban hondamente compenetrados del carácter social de su teoría. Por esta razón se llamaban con más frecuencia revolucionarios o en contraposición a los socialistas estatales, socialistas antiautoritarios; recién más tarde el nombre de anarquistas se hizo natural en ellos.

CAPÍTULO 2


Está claro que los grandes exponentes del anarquismo y los comentadores del movimiento anarquista moderno, los que nunca se cansaron de afirmar el carácter social de sus ideas, no podían ser contrarios a la organización. Y en verdad nunca lo fueron. Combatieron la forma centralista de organización transportada de la Iglesia y del Estado, pero todos ellos reconocieron la necesidad absoluta de una fusión organizada de las fuerzas y hallaron en el federalismo la forma más adecuada para ese objeto. La influencia de Proudhon sobre las asociaciones obreras francesas es generalmente conocida. No es aquí el lugar de ocuparse detalladamente en la historia de ese movimiento sumamente interesante, que sin duda representa uno de los más admirables capítulos de la gran lucha del Trabajo contra la fuerza explotadora del régimen capitalista. Aquí nos interesa solamente la actitud de Proudhon con respecto a las organizaciones de camaradería. Proudhon criticó agudamente en su periódico la idea originaria de la asociación y trató con empeño de influenciarla con sus apreciaciones. Con la incansable labor de sus amigos dentro de las asociaciones, logró quebrantar la influencia del socialista estatista Luis Blanc sobre la comunidad y de realizar en ellos una gran transformación espiritual. En todo lugar y en todo momento exhortaba a sus camaradas a una lucha contra el gobierno, y aquellos quedaron fieles a su lado en todas sus luchas. Con la ayuda de la asociación las ideas del gran pensador francés penetraron benéficamente en los círculos obreros, adquiriendo una forma práctica. El famoso proyecto del Banco del Pueblo se apoyaba principalmente en la comunidad de los trabajadores, los que lo aceleraron con sacrificio. El Banco del Pueblo debía ser un medio natural de coalición entre las asociaciones de todo el país y al mismo tiempo restar terreno al Capital. No es ahora nuestra intención hacer la crítica del valor y el significado de ese proyecto nacido en las circunstancias especiales de aquella época. Se trata sólo de señalar que Proudhon y sus adeptos fueron fervientes partidarios de la organización. El proyecto del Banco del Pueblo era una empresa organizadora en gran escala y el mismo Proudhon opinaba que el Banco en su primer año de existencia contaría con más de dos millones de participantes.


En general basta observar las inapreciables conclusiones de Proudhon, sobre la esencia y el objeto de formaciones organizadoras, que se encuentran con frecuencia en todas sus obras y en los periódicos que sacaba, para reconocer con cuánta profundidad y con cuántos detalles ese pensador francés definió los atributos y la substancia de todas las formas sociales de organización. Con especial dedicación se expresa en sus obras: Del principio federativo y De la capacidad política de las clases obreras.
Los innumerables admiradores que Proudhon se captó entre la clase trabajadora, fueron todos partidarios convencidos de la organización. Fueron el elemento más importante que originó la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores y las primeras fases evolutivas de la gran unión obrera estuvieron completamente bajo su influencia espiritual.
Pero todos estos esfuerzos que hallaron su expresión en las organizaciones de los mutualistas, como se llamaban los partidarios de Proudhon, pueden considerarse como precursores y el comienzo del movimiento anarquista recién se inicia en el periodo de la Internacional, y sobre todo cuando la influencia de Bakunin y sus amigos es más reconocida en las federaciones de los países latinos. El mismo Bakunin fue en toda su vida un ferviente defensor de la idea de organización y la parte más importante de su actividad en Europa consistía en su deseo inquebrantable de organizar a los elementos revolucionarios y libertarios y prepararlos para la acción. Su actividad en Italia, la fundación de su Alianza, su portentosa propaganda en las filas de la Internacional tuvo siempre como aspiración de su pensamiento aquella finalidad. Defendió ese pensamiento en toda una serie de artículos admirables, que aparecieron en L'égalité de Ginebra, y que se ocupan especialmente en la organización de la Internacional como una co-fusión de federaciones económicas en oposición a todos los partidos políticos. En su escrito La política y la Internacional, que apareció en el precitado periódico, en los números del 8 al 28 de agosto de 1869, advierte Bakunin a los trabajadores que toda la política, bajo cualquier forma de vestimenta, persigue fundamentalmente un sólo propósito: el sostenimiento del dominio de la burguesía, vale decir al mismo tiempo la esclavitud del proletariado. No debe interesar, por lo tanto, la participación en la política de la burguesía, con la esperanza de lograr de ese modo mejorar su situación, por cuanto todo intento en ese sentido conduciría a decepciones crueles y aplazaría la emancipación del trabajo del yugo capitalista para el lejano porvenir. El único medio para emancipar al proletariado es la unión de trabajadores, en organizaciones económicas de combate, como la Internacional. El obrero aislado es una nulidad frente a las fuerzas del Capital, aún poseyendo aptitudes extraordinarias y energía personal. Solamente dentro de las organizaciones se desarrollan las fuerzas de todos y se concentran para una acción común.
Hasta su último aliento fue Bakunin un ferviente defensor de la organización, y estaba tan compenetrado de su necesidad, que no olvido de recordarlo una vez más en su sensible carta de despedida a sus hermanos de la Federación del Jura, poco después del Congreso de Ginebra en 1873, una carta que puede considerarse como testamento a sus amigos y colaboradores:
El tiempo ya no pertenece a las ideas sino a las acciones y ejecuciones. Hoy, lo esencial es la organización de las fuerzas proletarias. Pero esa organización debe ser obra de los mismos proletarios. Si yo aún fuera joven me instalaría en un barrio obrero, donde, participando en la vida laboriosa de mis hermanos, los obreros, hubiera al mismo tiempo participado con ellos en la gran obra de la organización.
Al final de esa carta-despedida vuelve a resumir otra vez esas dos conclusiones que, según su opinión, están en condiciones de garantir por sí solas el triunfo del trabajo, en las siguientes palabras:
1) Aferraos al principio de la grandiosa y extensa libertad del pueblo en la que igualdad y solidaridad no son mentiras.
2) Organizad lo mejor posible la Internacional y la solidaridad práctica de los trabajadores de todas las profesiones y de todos los países.
Recordad siempre que aunque sois débiles cada uno por sí, o como simples organizaciones locales y nacionales, encontraréis una fuerza colosal y un poder irresistible en la comunidad universal.
Bakunin, el gran profeta de la libertad individual, pero que siempre la concibió dentro de los marcos de los intereses de la comunidad, reconocía plenamente que Ia necesidad de cierta subordinación del individuo a resoluciones y líneas de conducta generales, voluntariamente concebidas, está fundada en la esencia de la organización. No vio de manera alguna en esa acción una violación de la libre personalidad, como ciertos dogmáticos serviles que estando ebrios de algunas frases banales no penetraron nunca el verdadero origen de la ideología anarquista, a pesar de que se declararan siempre pomposamente verdaderos depositarios de los principios anarquistas ¡De esa manera declara por ejemplo en su gran obra El imperio Knouto germano y la revolución social, escrita bajo la fresca impresión de la Comuna de París:
Por hostil que yo sea referente a lo que en Francia se llama disciplina, debo no obstante reconocer, que cierta disciplina no automática sino voluntaria y razonada es y será siempre necesaria allí donde se junten voluntariamente varios hombres para una obra común o deseasen una acción común para afianzar un movimiento. Esta disciplina no es más que voluntario acuerdo razonado para un común propósito y para la unificación de todas las energías individuales para un fin común.
En ese sentido concibieron los anarquistas del período de Bakunin la organización y trataron de verificar lo que conceptuaron práctico. En este sentido obraron en las federaciones y secciones de la Internacional, fructificándola con sus ideas. Organizaron a los trabajadores en secciones locales de propaganda y en grupos por oficio. Las sociedades y los grupos locales estaban adheridos a las uniones regionales y éstas a las organizaciones nacionales, las que a su vez estaban ligadas unas a otras en la gran unión de la Internacional.
Si se quiere tener un cuadro exacto de la extraordinaria y movida actividad organizadora, que desplegaban en aquel tiempo los anarquistas, basta ver el informe que presentó la Federación Nacional Española en el Sexto Congreso de la Internacional en Ginebra en 1873. Dicho informe es justamente de especial importancia, porque la Internacional en España desde su comienzo fue orientada por principios anarquistas. Si el anarquismo hasta hoy en día quedó como el factor decisivo en el movimiento obrero español en general, y era capaz de rechazar con éxito todas las intentonas social-demócratas, es principalmente porque los anarquistas españoles más que otros continuaron adictos a sus principios y métodos primitivos a pesar de las horribles persecuciones que de tiempo en tiempo han sufrido y siguen sufriendo aún hoy en día. Nunca se marearon con la enfermedad superhombrista y la estúpida manía del Yo, cuyas lamentables víctimas están siempre sumergidas en una muda admiración de su propio ombligo. y no temieron que la organización pudiera perjudicar su figura insignificante. Los anarquistas españoles siempre estuvieron hondamente arraigados en el movimiento obrero, cuya eficacia espiritual y organizadora intentaron siempre acelerar con todas sus fuerzas y en cuyos combates ocuparon siempre las primeras filas.
En el informe de la Federación Nacional de España leemos lo siguiente:
La Federación Nacional de España contaba el 20 de agosto de 1872 con 65 federaciones locales existentes, con 224 secciones de oficio y 49 secciones de oficios varios. Además contaba en 11 ciudades con adherentes individuales. El 20 de agosto de 1873 la Federación Nacional de España contaba 162 federaciones locales existentes, con 454 organizaciones de oficios y 77 secciones de oficios varios.
Agregando a las susodichas federaciones locales existentes, las federaciones que se están formando (es decir. las secciones existentes que están por unirse en federaciones), se llega al siguiente resultado: La F. N. de España contaba hasta el 20 de agosto de 1872, con 204 federaciones locales existentes y en formación, con 571 secciones de oficio y 114 secciones de oficios varios, además tiene en 11 ciudades, donde no hay organización, adherentes individuales.
El 20 de agosto de 1873 la F. N. de España contaba con 270 federaciones locales existentes y en formación, con 557 secciones de oficio y 117 secciones de oficios varios.
Podría también traer extractos de diversos informes de la Federación Italiana, de la Federación del Jura, etc., que se refieren a las actividades organizadoras de esas corporaciones, pero me hubiera extendido demasiado. Toda la literatura en periódicos y folletos de aquella época está repleta con indicaciones sobre la necesidad de la organización y en las filas de los anarquistas de entonces no había quien representase otra tendencia en tal sentido. Todos afirmaron el carácter social de la concepción anarquista y todos estaban convencidos que la liberación social sólo será posible realizarla por medio de la educación y de la organización de las masas, y que la organización es la primera condición para una acción común.

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